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    <body>[&#218;ltimo relato de cinco]

&lt;em&gt;El raid del anticuario

&lt;/em&gt;Seg&#250;n nos indican, debe de faltar a&#250;n uno de los autobuses para Ezequiel Montes, el de las siete. Tres chicas esperan, pero decido pedir una segunda y tercera opini&#243;n, que resultan cada vez m&#225;s negativas. Cuando regreso de preguntar a la taquera de enfrente, un se&#241;or de barbas me pregunta a d&#243;nde vamos. Le respondo que a Ezequiel, para agarrar el cami&#243;n al DF. Nos dice que nos lleva. Voy por Wendy y en instantes ya estamos dentro de su carro, con las mochilas en el asiento de atr&#225;s. Nos ha reconocido, pero nosotros a &#233;l no. Al pasar por un anticuario, hace un rato, he preguntado al tendero por el retrato que colgaba de un marco. El me ha contestado y nos hemos despedido cort&#233;smente, hasta ahora.

En realidad Paco vuelve a Quer&#233;taro ciudad, que queda a una hora escasa. Si queremos puede llevarnos all&#225;. Supone alejarse un poco, no mucho, pero desde all&#237; es seguro que encontramos autob&#250;s a M&#233;xico y con mayor frecuencia. Adem&#225;s, s&#233; que el pasaje desde Quer&#233;taro, debido a la guerra de precios de las empresas, cuesta el 40% que el de Ezequiel. La &#250;nica condici&#243;n es pasar por su hijo y su esposa, que esperan a ocho kil&#243;metros de Quer&#233;taro. Nos acurrucaremos.

Se nota que Paco agradece la compa&#241;&#237;a. Wendy est&#225; destrozada y se duerme al instante. Pero yo no tengo tanta suerte y, a cambio, me entero de cosas impagables. Primero charlamos sobre estos parajes del oriente queretano. Me cuenta que su padre era de Cadereyta. Despu&#233;s de tanto verlo en el mapa, no logro saber si se vincula con el Cadreyta navarro, pero s&#237; que el pueblo se qued&#243; casi vac&#237;o por falta de agua, all&#225; por los a&#241;os cuarenta. Los aldeanos ten&#237;an que ir en burro hasta Tequisquiapan, a veinticinco kil&#243;metros, para lavar la ropa y llenar los baldes. Sal&#237;an a las 4 de la ma&#241;ana y volv&#237;an otra vez de noche. Luego, con el pueblo ya casi fantasma, encontraron una balsa de agua e hicieron pozos. Todo cambi&#243; definitivamente cuando hace pocos a&#241;os construyeron la enorme presa de Zimap&#225;n en el ca&#241;&#243;n de Tolim&#225;n. Cadereyta creci&#243;, pero me temo que ese es el precioso ca&#241;&#243;n que descendi&#243; Pedro.

&lt;em&gt;El nazi de los 2,438 municipios&lt;/em&gt;

La conversaci&#243;n nos lleva por distintas partes de M&#233;xico y del mundo. Al cabo de un rato, volvemos a Quer&#233;taro, a la casa de un se&#241;or extraordinario. Es amigo de Paco, y por c&#243;mo lo dice s&#233; que va a contarme algo poco com&#250;n. Es la historia de un joyero, a&#250;n vivo, que empez&#243; de la nada y con mucho olfato se volvi&#243; rico. Cuando se cans&#243; de trabajar quiso conocer todo M&#233;xico. Todo M&#233;xico son 2345 municipios. Despu&#233;s de catorce a&#241;os pudo decir, quiz&#225;s como nadie en toda la historia del pa&#237;s, que lo conoce entero. Pero le falt&#243; algo: las Islas Mar&#237;as, esas tres manchas del mapa frente a las costas de Nayarit. Tras engorrosos tr&#225;mites y numerosos permisos denegados, se dio por vencido. Pero no era poco, hab&#237;a conquistado todo el M&#233;xico continental. Ahora bien: por mucho amor patrio que se tenga, &#191;c&#243;mo abordar tama&#241;a empresa en una orograf&#237;a como la mexicana? Existen en Chiapas y Oaxaca municipios verdaderamente inexpugnables. Y si ahora son as&#237;, no cuesta imaginarlos hace treinta a&#241;os, en el momento de la gesta. A algunos de ellos, este Indiana Jones lleg&#243; a bordo de helic&#243;pteros que llevaban medicinas o con destacamentos del ej&#233;rcito, previa investigaci&#243;n de sus programas. Tuvo que poner en pr&#225;ctica perfectas estrategias y esperar a los d&#237;as exactos para poder poner un pie en ellos. Pero los hombres extraordinarios suelen serlo en varios aspectos. &#201;l, es un ferviente admirador de Hitler. Habr&#237;a que ser qu&#233; admiraba concretamente. A bote pronto, no entiendo qu&#233; cosa diferente al amor puede pasar por una cabeza as&#237;, tras demostrar tanta devoci&#243;n por un territorio tan ind&#237;gena. Pero, pese a lo que el uso del t&#233;rmino nos tiene acostumbrados, ser extraordinario no siempre es un honor.

&lt;em&gt;Valente, el cacticultor&lt;/em&gt;

Estamos a pocas calles de donde esperan Araceli, la mujer de Paco, y su hijo Valente. Resulta que Valente tambi&#233;n es un chico especial. Su amor por los cactus lo llev&#243; a coleccionarlos, y cuando se hizo grande comenz&#243; a ir a buscarlos. A Valente lo llaman bi&#243;logos de la UNAM, desde el DF, en busca de asesor&#237;a y de un gu&#237;a de campo. Sus numerosas salidas al monte le han llevado a documentar grandes extensiones del oriente queretano y del estado de Hidalgo. Valente pasa a una sociedad privada de conservaci&#243;n precisos informes peri&#243;dicos sobre la ubicaci&#243;n de cada ejemplar que suscita el inter&#233;s de los naturalistas. Ahora su afici&#243;n se ha convertido en su trabajo y ha armado un tremendo invernadero que estamos apunto de contemplar. Tras tocar la puerta, nos presentamos, y aunque no nos conoce de nada, con una naturalidad inusitada nos pasa a su vergel privado. La luz del celular nos saca de la negrura mientras &#233;l nos explica que, pese a la rareza de algunas especies que Wendy jura que son hongos, son todas cact&#225;ceas. Algunas de esas miles de peque&#241;as macetas que a nosotros nos parecen repetidas contienen las m&#225;s ins&#243;litas especies de c&#225;ctus de M&#233;xico y del continente americano. Antes de partir, y por sorpresa, nos obsequia uno a cada uno. El m&#237;o no parece un hongo, pero si es que s&#237; parece un cactus, con esa preciosa corona de flores blancas deber&#237;a llamarse cactus novia.

Apretados y con las mochilas encima llegamos hasta la central camionera. All&#237; nos despedimos de nuestro espl&#233;ndido ch&#243;fer y su familia, le agradecemos mil veces y prometemos visitarlo de nuevo en la feria de anticuarios de Quer&#233;taro. Cincuenta pesos y tres horas despu&#233;s, cada uno de nosotros est&#225; en su casa.
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    <nicetitle>camino-queretaro-autoestop-historias-increibles-</nicetitle>
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    <title>Camino a Quer&#233;taro, un autoestop de historias incre&#237;bles.</title>
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    <body>(Sigue de los 3 post anteriores)

 &lt;em&gt;Los suicidas van por libre&lt;/em&gt;

Es el turno de Wendy. Ahora, yo me quedar&#233; leyendo. Para ella es un nuevo reto, con lo euf&#243;rica que es, pues comoquiera que sea yo ya hab&#237;a escalado alg&#250;n peque&#241;o muro de iglesia o pared caliza por mis pagos, con un amigo que es una aut&#233;ntica ara&#241;a.

Mientras ella se prepara y comienza, mis ojos se centran en otras dos personas que se encaraman a la roca. Van sin nada, libres de equipo, a pelo, como ir&#237;an a comprar el pan. Uno de ellos, incluso, con pantalones de rapero y gorra del rev&#233;s. Sus pocas fachas s&#237; me enga&#241;an esta vez. Empiezan a subir temerariamente, colg&#225;ndose como pueden sin ning&#250;n estilo ni preocupaci&#243;n, como si una enorme colchoneta los esperara debajo en lugar de las fr&#237;as rocas. En un santiam&#233;n la adelantan a ella, y luego a Pedro, sin siquiera atascar la ruta. La verdad es que no tendr&#237;an por qu&#233; caerse, yo no me he resbalado en ning&#250;n momento, por ejemplo, pero parecer&#237;a normal que la pura estad&#237;stica diera como resultado m&#225;s crucecitas blancas. Los del pueblo lo suben sin nada -me hab&#237;a dicho Pedro- antes, a veces yo tambi&#233;n lo hac&#237;a. Wendy sube a su ritmo, disfrutando como ni&#241;a, gritando con el est&#243;mago y alzando los brazos para cada foto desde abajo. Enseguida desaparecen tras el repecho.


&lt;em&gt;Libros, basura y reggaeton&lt;/em&gt;

Confiado por el turismo familiar que ha ido poblando la explanada, me alejo a un rinc&#243;n para leer tranquilo. Disfruto de las p&#225;ginas de Galeano, si bien me distraigo a ratos siguiendo en la pared a dos nuevas parejas de osados hombres-cabra. Mi taquicardia es ahora menor que con los primeros, adem&#225;s Wendy ya no est&#225; debajo de ellos. Lo que s&#237; me distrae innecesariamente es el ruido de botellas de refrescos rodar rocas abajo. El viento ha resurgido y es seguro que cada descuido aporta una botella m&#225;s monte abajo, pero no he visto a nadie recoger un solo resto por mucho que est&#233;n en medio del camino. Eso me enfada, y yo no quiero enfadarme.

Intento concentrarme en mi libro, pues intuyo que si no voy a cazar a alg&#250;n irresponsable y a vomitarle una despechada lecci&#243;n de civismo expr&#233;s antes de mandarlo en busca de su pl&#225;stico. Pero a ratos es imposible. La enorme hebilla de un cintur&#243;n macizo me lanza por un instante un destello de sol. Tres adolescentes se acercan saltando de roca en roca. De abajo arriba observo en todos impecables zapatillas sin restos de polvo, jeans oscuros con bajo vuelto, cinturones de Power Ranger, camisetas estrechas y en sus caras imberbes, gafas solares y pelo parado. La vestimenta no ser&#237;a en m&#237; generadora de prejuicios si no fuera por los complementos: tel&#233;fonos celulares que cambian de canci&#243;n cada diez segundos, con estilos que van del blanco al negro y que parecen competir absurdamente por probar cu&#225;l de todos es el celular de las mil canciones. Rezar&#237;a a los chamanes de la Pe&#241;a m&#225;gica por que les provocaran una infecci&#243;n de silencio.

Wendy est&#225; tardando demasiado, pero ni modo que bajaran por otra cara. Vuelvo a leer a la tienda, salgo de nuevo, cambio de libro, busco otra roca diferente, otro cap&#237;tulo. Dos horas despu&#233;s de perderla de vista, un grupo de personas se aposta en lo alto de la pared trepada y enseguida lanzan una larga cuerda. De a poco comienzan a bajar, rapelando, uno, dos, tres hombres. El cuarto es Pedro, que me agita el brazo para que me acerque a la base. Desciendo del roquedal para encaramarme a la pendiente que lleva a sus pies, justo para alcanzar a Wendy y fotografiarla un par de veces a media bajada. Llega euf&#243;rica, tiembla y temblar&#225; de la emoci&#243;n durante toda la bajada a Bernal. Se deshace en abrazos y agradecimientos a sus compa&#241;eros de la altura.

Nos quitamos los equipos y cambiamos los datos con todos mientras comenzamos a deshacer la tienda. La promesa de Pedro es un curso de escalada en roca si ofrecemos continuidad, y la de los rapelistas una convenci&#243;n de monta&#241;eros, el pr&#243;ximo s&#225;bado en Jilotepec.

Comenzamos a bajar. Estamos felizmente fatigados, no es f&#225;cil retener los pies. Mientras sorteamos las piedras y los arenales conversamos y sacamos conclusiones. Por fortuna, la insensibilidad vista entre la gente de arriba no es tan generalizada. Uno tiende a homogeneizar a la masa, a excluirse, y adem&#225;s a atribuirle injustamente cierto tufillo chilango. He escuchado a varios hombres ubicar y nombrar los pueblos en el horizonte, empe&#241;&#225;ndose en su palabra. Sobre unas rocas, he comprobado c&#243;mo una madre instru&#237;a a sus tres hijos que rondaban los diez a&#241;os ubic&#225;ndolos en el paisaje y las preguntas y observaciones de los chicos exhalaban pura curiosidad. Mejor a&#250;n, he visto a una familia completa guiada por una simp&#225;tica escuincla de seis a&#241;os, todo garbo, cuyo padre, nos dice Pedro, le ha contado de sus a&#241;os de alta monta&#241;a. A&#250;n hay quien sube, pese a que quedan pocas horas de sol. Bajo un solitario &#225;rbol con el aspecto del espino, pero sin p&#250;as, otra familia con varios mayores descansa y come mandarinas. Con toda naturalidad nos regalan una, que al desgarrarla se convierte para Wendy en &#8220;la mejor naranja&#8221; de su vida.


&lt;em&gt;Gorditas de migaja y horchata &lt;/em&gt;

No s&#233; si es mayor la sed o el hambre. Atravesamos el pueblo hasta que damos con un local donde sirven gorditas. Me pregunto por qu&#233; cuando me informo sobre las &#8220;migajas&#8221; me dicen que son de carne y yo me quedo tan tranquilo. Obvio que camarones no eran. &#191;Carne de qu&#233;? De puerco aceitoso, creo, no eran como las de pollo pero est&#225;n buenas igualmente. El agua de horchata es para m&#237; man&#225;, siempre deliciosa, as&#237; que me tomo dos vasos. &#191;Tanto costar&#237;a llevarla a Europa? Porque esta horchata es a base de arroz. Nada de chufa.

Enfilamos una calle ancha, muy apacible, con aspecto de pueblito de pel&#237;cula western. En una pared desconchada, sobre ventanales enrejados hasta el suelo, se lee lo que queda de &#8220;Hotel&#8221;. Se escucha de pronto un aullido, luego dos y luego tres, a coro. Al pasar por una ranchera vemos a tres ni&#241;os de unos ocho a&#241;os deshaci&#233;ndose en sollozos por las ventanillas y la trampilla de la cabina. Hecho un mar de l&#225;grimas, bajo su sombrero ranchero, el que se sienta al volante dice que lloran porque su madre tiene un rato que se fue y les dijo que no salgan. No son del pueblo y est&#225;n aterrados. Los calmamos, les damos tres chocolatinas y avisamos a la se&#241;ora de los abarrotes que les eche un ojo, no sea que no aparezca la madre. Doblamos la esquina hacia la carretera y el mismo coro a tres voces irrumpe al un&#237;sono. Nos detenemos, nos miramos y decidimos continuar.

Continuar&#225; con el &#250;ltimo cap&#237;tulo: &lt;em&gt;El 'raid' del anticuario&lt;/em&gt;</body>
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    <nicetitle>bernalenses-bernal</nicetitle>
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    <title>Bernalenses en Bernal</title>
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    <body>(Viene de los dos post anteriores)
&lt;em&gt;
Noche entre las piedras y el cielo&lt;/em&gt;

Se ha levantado el viento en el peor momento. Inspeccionamos el paraje y nos damos cuenta de que eso es todo lo que hay. Unas rocas cercanas aplacar&#237;an el viento, pero nos obligar&#237;an a dormir fuera, sin carpa. Finalmente optamos por el principio de la explanada, aunque nuestra tienda, craso error, no tiene sus clavijas. Superamos el contratiempo con todos los pedruscos que encontramos cerca, hacemos aparejos y contrapesos con las fundas de los sacos y amarras que cortamos a las mochilas. Apenas son las nueve, pero ya es totalmente noche y la idea de bajar a cenar al pueblo se desvanece no bien nace. Wendy se queda dormida antes de que yo acabe de armar la carpa. Yo me lleno el buche con aceitunas, champi&#241;ones, pan bimbo, pl&#225;tano y agua, antes de emplear la botella para componer el &#250;ltimo contrapeso.

Ya poco queda hacer. Ser&#225; mejor levantarnos temprano y aprovechar la luz. Me meto al saco y busco la posici&#243;n ideal, que mucho temo que no hay. Nos falta una buena esterilla y adem&#225;s la primera de las falsas clavijas no tarda en saltar. El viento arrecia y con cada r&#225;faga la carpa se descubre del lado de nuestras cabezas. As&#237; pasan un par de horas. Los instantes de calma son cada vez m&#225;s espor&#225;dicos. Y radicales: el aire cesa de golpe y pareciera que nos sume en el vac&#237;o. Cuesta dormirse cuando la imaginaci&#243;n vuela pensando en el pr&#243;ximo arre&#243;n, en que la carpa tambi&#233;n vuela como en el tornado del Mago de Oz. A veces ese fr&#225;gil silencio se desvanece suavemente con una cadena de violentas explosiones lejanas. Deben de ser los camiones de las canteras de cal descargando los container. Y tras el falso aviso, el viento da un nuevo manotazo y la carpa se balancea como un flan. Y otro. Y otro. Dudo varias veces si salir en busca de una piedra mayor. Asumo que no voy a dormir nada. A trav&#233;s de la telilla se intuye parte de la roca, cada vez menos, y el resplandor de las velas de la capilla. Ha bajado la temperatura y siento que nos ha envuelto la niebla. Y por si fuera poco, la telilla interior es un filtro inocuo contra el polvo, que ya se siente en la cara y se ve en la pantalla del celular, reducido ya a reloj, al marcar m&#225;s de las dos.

&lt;em&gt;El rojo amanecer&lt;/em&gt;

Me despierta el ruido de las cremalleras. Wendy se incorpora y abre la carpa. Un chorro de luz tenue entra frontal, mis ganas de ver el alba ganan al sue&#241;o e inmediatamente, con esfuerzo, abro los ojos. S&#237; me he dormido. Son las siete y el sol, a&#250;n oculto, ya ti&#241;e de rojo el horizonte bajo el que brillan enjambres de luces e hileras que los unen. Tout est calme. Agarro la c&#225;mara. Salgo en calcetines y de un salto alcanzo la fr&#237;a roca. Abajo, el pueblo. Arriba, la monta&#241;a. El viento se ha ido. (Cobarde, como si s&#243;lo te atrevieras por la noche.) Ni siquiera las briznas de hierba entre los popotes de basura se mueven. Hace fr&#237;o. Hago varias fotos, disfruto del silencio y de la soledad y me vuelvo a dormir.

&lt;em&gt;Pedro el rescatista&lt;/em&gt;

Oigo los jadeos de los primeros visitantes. No me molestan demasiado, pues a quien madruga para subir al monte no se le puede reprochar nada. Retozo unos minutos m&#225;s y termino por salir. Tiene gracia. Abro la puertecita y ya estoy all&#237; arriba, el pueblo a los pies, la capilla a mi lado. Y un escalador que descarga su mochila y saca las cuerdas y todo su ajuar. Buenos d&#237;as. Buenos d&#237;as. As&#237; que va a subir&#8230; S&#237;, subir&#233; hoy, &#191;quieren venir conmigo? Eh, apenas hemos escalado alguna vez, nada serio nunca. No importa, yo me dedico a esto, soy rescatista. &#191;Tienes tiempo, no te interrumpimos? No, todo bien. Buen&#237;simo. Yo me lanzo. Yo no s&#233;. Dale Wendy, yo primero. Va, y luego yo.

Hale, para arriba. Meto la c&#225;mara al morral y me lo ato a la espalda. Pedro me coloca el arn&#233;s y los juegos de mosquetones y tambi&#233;n su casco. S&#243;lo tiene uno, &#233;l ir&#225; sin casco, pero no insisto. Pienso que siendo rescatista no me dejar&#225; quit&#225;rmelo. Tras unas breves instrucciones de c&#243;mo manejar las cuerdas y los ganchos, trepamos hasta la base de la pared fijada, llena de salientes pero casi vertical. Veo que las presas son bien anchas, con forma de grapas salidas. Le doy unos metros, por precauci&#243;n, y luego comienzo a seguirlo. Pie ac&#225;, mano ah&#237;, pie all&#237;, mano all&#225;&#8230; clac, seguro. Sin prisa alguna y m&#225;s preocupado por hacer los pasos bien, vamos acerc&#225;ndonos a la brecha que marca la mitad de los noventa y cinco metros de desnivel. Desde aqu&#237; la carpa ya se ve rid&#237;cula. Junto a ella, Wendy es uno de los seis o siete puntos sentados en las rocas. M&#225;s abajo, &#233;l s&#237; donde estaba antes, queda el pueblo. El sol se va levantando pero a&#250;n no pica con malicia. Ladeamos un saliente y superamos el &#250;ltimo repecho. A cada paso caminado, por f&#225;cil que sea, Pedro aprovecha para ense&#241;arme qu&#233; hacer. D&#243;nde colocar la cuerda, el orden de los mosquetones, d&#243;nde buscar seguros naturales, o c&#243;mo colocar mi cuerpo tras cada movimiento. En la cima, paseamos unos metros hasta la cruz y seguimos hasta la otra punta, en la cara norte. Es el punto para observar el paisaje, ubicar los puntos cardinales y se&#241;alar la &#243;rbita perezosa del sol de invierno. Tomamos unas fotos y despu&#233;s me ense&#241;a las otras v&#237;as en las que &#233;l practica, escala o bien se descuelga con el crowl, una mosquet&#243;n dentado a modo de gato para subir y bajar por cuerda. Lo hace varias veces en el d&#237;a. Ese es su entrenamiento cuando viene a la Pe&#241;a de Bernal. Cuando no, va al Iztacc&#237;huatl o al Pico de Orizaba a entrenar alta monta&#241;a.

Lo de Pedro es hobby y profesi&#243;n. Contactado por empresas estadounidenses, recibe excursionistas y los sube a los volcanes por una media de doscientos cuarenta d&#243;lares. A la Pe&#241;a, al Izta o al Pico, a donde haga falta. Sin hielo o con hielo. Desde que he salido de la carpa no he dudado un momento de su experiencia. El viejo pantal&#243;n vaquero y el forro polar de primera generaci&#243;n, con algo de barriga incluida, podr&#237;an confundir a primera vista. Pero la seguridad de sus movimientos y la paciencia al ense&#241;ar, o el pa&#241;uelo conmemorativo de Houston&#8217;04, anudado entre su sombrero y las suaves arrugas de tercera edad disimulada, hablan claro. Tiene 65 a&#241;os. En ellos, adem&#225;s de las principales cumbres mexicanas ha hollado los techos de EEUU y Canad&#225; -McKinley y Logan, respectivamente- o el Mont Blanc. Su labor de rescatista, tambi&#233;n lo ha llevado al Himalaya. Fue contratado como m&#233;dico de una expedici&#243;n al Everest, y desarroll&#243; su funci&#243;n a m&#225;s de 7.000 metros. Result&#243; providencial, ya que quienes intentaron la cumbre bajaron sin suerte y con un edema pulmonar. Lo que menos practica es senderismo, aunque no por eso todo es alta monta&#241;a. El descenso de un ca&#241;&#243;n a pocos kil&#243;metros de Bernal lo trae sorprendido desde hace dos semanas.

Es hora de bajar. La paciencia y la mirada entre las piernas, mientras se recula siempre de cara a la pared, son lo &#250;nico necesario. Adem&#225;s de ir asegurando la cuerda, pues ahora yo voy delante.

Continuar&#225;:
&lt;em&gt;Los suicidas van por libre&lt;/em&gt;
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    <title>Noche entre las piedras y el cielo (y en la ma&#241;ana, al cielo)</title>
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    <body>(Contin&#250;a del post anterior.)&lt;em&gt;

Bernal, pueblo esot&#233;rico&lt;/em&gt;

S&#250;banle, dice el chofer sin dejarnos pagar. Desde Ezequiel Montes tomamos un viejo autob&#250;s de esos que huelen como si el tubo de escape lo llevaran dentro. A los diez minutos de camino, tras el bosque ralo de arbustos y cact&#225;ceas, las suaves laderas polvorientas se quiebran con la aparici&#243;n de la gran roca. Sin duda alguna, en una supuesta lista con Gibraltar, el P&#228;o de A&#231;ucar y Ayers Rock el cuarto elemento ser&#237;a la Pe&#241;a de Bernal.

Nos bajamos en Bernal. Cuando el autob&#250;s pasa comprobamos abrumados el tama&#241;o real de la roca que preside el pueblo desde el otro lado, magnificada por el cielo casi raso. Cruzando la carretera hay un peque&#241;o almac&#233;n que ocupa un artesano junto a un bald&#237;o pedregoso. Como formando un cr&#243;mlech, se exhiben todo tipo de piedras cinceladas con motivos ex&#243;ticos y diversas esculturas cabal&#237;sticas. Soles aztecas que curiosamente r&#237;en, mientras sirven de florero a largas espigas secas; esferas de vidrio tintado, con aspecto de bolas de Navidad gigantes, que deforman las caras y reflejan la pe&#241;a al fondo. No hay por d&#243;nde taparla. Bernal es una de los diecis&#233;is aldeas que pueden decirse Pueblo M&#225;gico, una lucrativa invenci&#243;n de los patronatos de turismo nacionales que mezcla esoterismo con pol&#237;tica. Y adem&#225;s tiene el icono perfecto. As&#237;, un poco por leyenda popular, un poco porque el Gobierno lo dice, Bernal es un pueblo m&#225;gico.

Nos adentramos por las calles m&#225;s directas hacia el centro, dispuestos a aprovechar la hora de sol escasa que nos queda. A primera vista, Bernal s&#237; tiene la arquitectura p&#233;trea de pueblo viejo y esa esencia de pueblo m&#225;gico, al menos la que tienen los otros. La mayor&#237;a de edificios son de una sola altura, a lo sumo dos, y conforman las calles adoquinadas entre paredes de yeso pintado, arcadas ribeteadas y amplios patios con buganvillas. Una fuente circular de piedra de cantera da pie a una peque&#241;a plaza, aglutina a la chaviza y a algunos viejos y da afluencia a los negocios de artesan&#237;a circundantes.

A un centenar de metros del lugar hay un curioso palacete de muros rosas. Su torre redonda y toda la fachada, dos alturas, est&#225;n cubiertas por picas blancas unidas entre s&#237; por diagonales equidistantes. Un amigo con el que conoc&#237; el norte de Argentina llamaba &#8220;pastelitos&#8221; a las catedrales coloniales de muros color crema. Sin duda esto era un pastelito. Un pastelito de Lewis Carrol, un alarde de psicodelia rural que bien podr&#237;a habitar, tras el balc&#243;n, el As de corazones.

A la vuelta de la torre, en la plaza central, la iglesia local y sus muros bermejos parec&#237;an no m&#225;s que un dulce de aprendiz de pastelero. Junto a ella, tres j&#243;venes vestidos de juglar, noble y cl&#233;rigo anunciaban un tour nocturno de leyendas de Bernal desacreditando con sorna el tour de leyendas de Quer&#233;taro, que viene a ser lo mismo pero en la capital.

&lt;em&gt;Pe&#241;a arriba en plena noche &lt;/em&gt;

Cruzamos la plaza y seguimos una calle y un cartel que anuncia &#8220;A la pe&#241;a&#8594;&#8221;. El sol se ha puesto tras las colinas aleda&#241;as y s&#243;lo los &#250;ltimos rayos se reflejan en lo alto de la roca. Calculamos que se nos har&#225; oscuro en mitad de la subida, pero por suerte y contra pron&#243;stico, hoy no hace fr&#237;o. Me fijo que estamos subiendo en camiseta cuando en la &#250;ltima semana las m&#237;nimas eran de 1 y 2&#186;c. En una tienda de tapices artesanos, un cartel reza Micheladas a $12 y decido pagar una para hacer m&#225;s sabrosa la subida. El suave picor de la salsa Magi, la salsa inglesa, el aceto de lim&#243;n, son ya parte del paisaje.

De pronto me topo una cara conocida. Saludo como si nada, y espero sonriendo. Son dos compa&#241;eros de trabajo del DF, supe que andar&#237;an por estar tierras, as&#237; que pese a la penumbra no dudo que son ellos. Tras los efusivos abrazos y las presentaciones nos deseamos suerte y continuamos. Atravesamos los puestos de souvenirs y el primer tramo de sendero empedrado. Cruzamos a numerosos caminantes que bajan, familias, ni&#241;os gritando, y preguntamos a algunos adultos sobre d&#243;nde acampar. Nuestra pregunta parece extra&#241;a a pesar de la cultura de camping tan extendida que hay en M&#233;xico. Quiz&#225;s frente a la capilla, a media subida, acierta a decir un hombre.

En ese momento percibimos una poderosa luz blanca a nuestras espaldas. Adem&#225;s de la luna, que est&#225; creciente, dos grandes focos blancos apuntan a la pe&#241;a, como se hace con los monumentos importantes. Se hace extra&#241;o pero quiz&#225;s deber&#237;amos agradecer que los focos ser&#225;n poderosos gu&#237;as para el camino. Cada vez hay menos gente. Rebasamos a una pareja de escaladores que, equipados y alumbrados, trepan una fuerte pared de roca como si fuera pleno d&#237;a. Llega un punto en el que es preciso utilizar las manos, ayudarnos en algunos pasos y agarrarnos a las rocas, a veces para no resbalar con la arena del camino.

Alcanzamos la capilla y con ella la primera explanada de la pe&#241;a. La luz de los focos llega ya m&#225;s tenue y no supera el repecho ni alcanza el peque&#241;o altar. En &#233;l s&#243;lo brillan un pu&#241;ado de velas que realzan los p&#243;mulos y los pliegues de una virgen Mar&#237;a y un revoltijo de flores amontonadas ante ella. Cerca del oratorio, dos cruces blancas de hierro recuerdan a adolescentes que fallecieron a pocos metros el uno del otro. S&#243;lo hay que alzar la vista para imaginarlo: de ah&#237; para arriba la roca es una, vertical y maciza, incluso se descuelga sobre nosotros.


Continuar&#225;:
&lt;em&gt;Noche entre las piedras y el cielo&lt;/em&gt;
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    <title>Subida a la Pe&#241;a de Bernal</title>
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    <body>Pues hemen gaude los dos, Quer&#233;taron.

Hace ya unos meses que acept&#233; la idea de una tal Jaione, y estoy escribiendo historias vascas actuales para la asociaci&#243;n Vascosm&#233;xico. (Se las recomiendo si est&#225;n nost&#225;lgicos o si quieren sorprenderse de las an&#233;cdotas m&#225;s inesperadas que tocan Euskadi y M&#233;xico, pueden verlas en www.vascosmexico.com pinchando en &#8220;Cu&#233;ntame tu historia&#8221;, del men&#250; izquierdo.) El caso es que la relaci&#243;n v&#237;a email y telef&#243;nica se hab&#237;a hecho fuerte y a&#250;n no nos hab&#237;amos visto nunca. Tom&#233; un autob&#250;s a Quer&#233;taro y en menos de tres horas ya estaba de copiloto de Jaione fuera de la central de transportes.

Pasamos el s&#225;bado hablando del proyecto, tratando de encauzarlo y lanzando nuevas propuestas, hab&#237;a ilusi&#243;n y fue lo que se dice un buen peloteo de ideas. Al anochecer, Jaione me acerc&#243; a la casa de hu&#233;spedes y tras comprobar que tendr&#237;a todo su viejo jard&#237;n para m&#237; salimos a dar un paseo nocturno. Las calles aleda&#241;as al centro hist&#243;rico eran tambi&#233;n nuestras y s&#243;lo las piedras coloniales escuchaban nuestra pl&#225;tica, ya llev&#225;bamos un buen rato desmenuzando &#225;rboles geneal&#243;gicos y cuestiones de herencias y linajes vascos. De pronto escucho algo ininteligible pero remotamente familiar. Apenas era un murmullo, no distingu&#237; ni una sola palabra pero alguna antena del subconsciente capt&#243; se&#241;al. Me detuve, Jaione continu&#243; un momento pero al ver que yo no la segu&#237;a guard&#243; silencio y se detuvo, m&#225;s a&#250;n cuando me llev&#233; el dedo &#237;ndice a la oreja. Volteo y veo, en la calle Altamirano, un &#250;nico local que tiene un foco prendido al exterior. Es un barcito, el &#8220;Aleph&#8221;, un nombre inmejorable para albergar cualquier sorpresa. A unos metros de la puerta, un hombre habla por tel&#233;fono.

Jaione y yo desandamos unos pasos y volvemos a escuchar. Repetimos la acci&#243;n, parecemos esp&#237;as muy malos de pel&#237;cula mala, y en un proceso muy c&#243;mico de acercamiento terminamos por sonre&#237;rnos y afirmar, primero con la cabeza, luego de palabra. &#8220;Est&#225; hablando euskera&#8221;.

El hombre ya no estaba. Hab&#237;a desaparecido dentro del bar, no pod&#237;a haber ido a otro lado. Era un billar. Estaba vac&#237;o, salvo por tres hombres que jugaban en una mesa, al fondo. Cuando nos ven, nos detenemos. &#8220;Disculpen, buenas noches... &#191;son ustedes vascos?&#8221;. Uno de ellos se gira y dice &#8220;Aiba&#8221;. Hacemos una breve presentaci&#243;n, Jaione cuenta que le hemos o&#237;do y les pasa el turno a los sorprendidos jugadores. Resultan ser un mexicano, un zumaiarra y un irun&#233;s. Son compa&#241;eros de Guascor, la empresa vasca de motores, que trabajan a caballo entre una planta de Gasteiz y otra del Bajo Deba, pero que de vez en cuando los mandan a M&#233;xico, donde la firma se ha expandido. Y nada, estaba hablando con otro migo vasco que lo hab&#237;an mandado a Rep&#250;blica Dominicana, as&#237; nom&#225;s.

Luego, que si conoces a tal, que si mi t&#237;o de Ir&#250;n que si mi abuelo de Zumaia y que si yo en Gasteiz me paso media vida. Para que vea Julio, otra para poner en la lista y ya no s&#233; cu&#225;ntas van. Es s&#243;lo cosa de moverse. Y los vascos lo hacemos muy bien. 

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