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    <body>      &lt;p class="MsoNormal"&gt;El d&#237;a que empec&#233; con esto prepar&#233; un &#237;ndice aproximado que pretend&#237;a y pretendo seguir. Pero la rigidez nunca es buena, y &lt;em&gt;findes&lt;/em&gt; como este me hacen ver que, menos mal, tambi&#233;n puedo ser un aut&#233;ntico blandengue.

&lt;p class="MsoNormal"&gt;


&lt;p class="MsoNormal"&gt;Era viernes noche, y en una peque&#241;a sala del centro escuchaba a mi amigo &lt;em&gt;L&#225;zaro Valiente&lt;/em&gt;, que con su ej&#233;rcito de sintetizadores, tubos de aluminio, cafeteras, secadores y diapasones trucados nos embriagaba con su en&#233;sima experimentaci&#243;n post-rock. Yo pensaba en el d&#237;a siguiente, pero aquello era un buen pre&#225;mbulo.

&lt;p class="MsoNormal"&gt;


&lt;p class="MsoNormal"&gt;A las 11 de la ma&#241;ana del s&#225;bado lleg&#225;bamos al punto convenido para agarrar el autob&#250;s del Festival Colmena, la &#250;nica forma de llegar al pueblo m&#225;gico de Tepoztl&#225;n, en el Estado de Morelos, un par de horas despu&#233;s. En realidad, la muchachada apenas se hab&#237;a le&#237;do el cartel, ni los horarios, ni nada. La voz que hab&#237;a tomado la ciudad desde hac&#237;a un mes era muy lac&#243;nica: el 7 de junio viene Sigur Ros.

&lt;p class="MsoNormal"&gt;


&lt;p class="MsoNormal"&gt;El festival estuvo muy pensado, ten&#237;a concepto, algo desconocido en mi curr&#237;culum&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;musiquero. Se planteaba como un festival ecol&#243;gico sin alcohol, ni tabaco, ni carne roja, ni humo de veh&#237;culo particular, ni siquiera anunciantes poderosos. Lo patrocinaban Amnist&#237;a Internacional, Pronatura y una marca de agua. El escenario no fue una decisi&#243;n banal. El &#8220;Jard&#237;n M&#225;gico&#8221; de Tepoztl&#225;n result&#243; ser una hendidura gigante entre dos pe&#241;ascos volc&#225;nicos de unos 200 metros, las espectaculares formaciones que moldean el skyline de &lt;em&gt;Tepoz&lt;/em&gt;, que es el pueblo hippie y m&#237;stico por excelencia. A&#250;n hab&#237;a que ascender un buen trecho desde el pueblo, acceder por caminos embarrados hasta el bosque de acacias y llegar a un campo de f&#250;tbol abandonado al cobijo de los megalitos.

&lt;p class="MsoNormal"&gt;


&lt;p class="MsoNormal"&gt;M&#233;xico es un pa&#237;s muy m&#237;stico, y en lugar de corazonadas todo el mundo habla de buena &lt;em&gt;vibra&lt;/em&gt;. El s&#225;bado, todo era buena vibra. Se ve&#237;a en las caras, las ropas, colgantes y cabellos. Pasaron los grupos uno tras otro, todos muy en la l&#237;nea del festival y deparadores de buenas sorpresas. Pero cuando cay&#243; el sol se termin&#243; el aperitivo. Un foco amarillento se prendi&#243; entre la niebla artificial y la niebla natural, pues nubes oscuras se cern&#237;an ya por entre las pe&#241;as. Todo el mundo contuvo el habla y hasta el sirimiri aguant&#243;, intentando el milagro de convertir estas latitudes agrestes, jocosas, tropicales, en las suaves llanuras de una Islandia fr&#237;a y perpetua. No fue lluvia, sino aplausos, lo que irrumpi&#243; para recibir las guitarras, chelos y ninfas que acompa&#241;aban al cuarteto. Pero despu&#233;s, las palmas fueron decreciendo para dejar paso a los primeros cantos de sirena, y cientos de ojos se cerraron para empezar el viaje a donde cada mente mandara a uno.

&lt;p class="MsoNormal"&gt;


&lt;p class="MsoNormal"&gt;Yo pas&#233; primero por Islandia, era inevitable. Sobrevol&#233; las llanuras de Heima, la pel&#237;cula que hace llorar, y los litorales fr&#237;os con naufragios oxidados. Y termin&#233; en Euskadi, previo paso por Catalu&#241;a, donde los vi tocando por primera vez y donde dej&#233; a alguien muy especial, ese alguien pasado de quien uno se acuerda cuando se siente m&#237;nimo y muy humano. Pero al fin llegu&#233; a Obaba, y al bosque de casta&#241;os por donde paseaba David, el hijo del acordeonista, el libro que ahora me ocupa y que hay que leer en el exilio. Sin embargo, al cabo de la cuarta canci&#243;n, la voz temblorosa del solista anunciaba la indisposici&#243;n de Orri, el bater&#237;a.

&lt;p class="MsoNormal"&gt;


&lt;p class="MsoNormal"&gt;Fue como un aterrizaje forzoso. Algo no funcionaba en aquel lugar perfecto. Por un momento record&#233; que vivo en una ciudad ca&#243;tica y que me pagan por construir una marca de telefon&#237;a, y me pareci&#243; pobre, casi mezquino. Pero muy h&#225;bil, la banda dispuso a su miniorquesta para que nos mostrara en el &#237;nterin un poco de folclore island&#233;s a base de trompetas, trombones y pulmones imposibles. No desentonaba y sonaba casi igual de celestial. As&#237; que pude retomar el vuelo, volv&#237; a Obaba, me met&#237; en el bosque y vi a Virginia, que en la realidad es &lt;em&gt;payesa&lt;/em&gt; pero con sangre vasca. El sirimiri arreci&#243; por un momento y escuch&#233; el r&#237;o de Obaba fluir, y entonces la banda sali&#243; de nuevo, sin Orri, pero con canciones in&#233;ditas y todo el arsenal de voces y recursos dispuestos a sumarse para no hacer notar la ausencia. Y las notas subieron al ritmo del sirimiri, y me fui hacia atr&#225;s, donde pude sentarme igual que mucha otra gente rendida a los o&#237;dos, esparcida por el valle ensimismada y quieta, mirando al cielo e ignorando casi en qu&#233; pa&#237;s estaba y en plena borrachera sonora, en &lt;em&gt;crescendo&lt;/em&gt; continuo, pero m&#225;s abstemia que nunca.


&lt;p class="MsoNormal"&gt;


&lt;p class="MsoNormal"&gt;En teor&#237;a. Hasta que estall&#243; entre las siluetas de las rocas una nube de papelitos brillantes, que por un momento parecieron mariposas, y ascendieron y se clavaron contra el cielo negro como cientos de estrellas, tal como si las notas las sostuvieran en el aire para poner el broche a aquel orgasmo que no necesit&#243; de cigarrillo postrero: el bosque se descongel&#243; lentamente y gota a gota, en mitad de la noche, sin ninguna prisa, en diez minutos de papelitos girando y cayendo suavemente hasta posarse sobre la hierba. Y justo antes de los aplausos, el silencio fue total.

Por fin, un domingo con buena resaca.






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    <title>Sigur Ros en M&#233;xico o c&#243;mo congelar un bosque tropical.</title>
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