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    <body>Hace un par de semanas me un&#237; a un grupo de amigos que hab&#237;an organizado una subida al Iztacc&#237;huatl, pens&#233; que por fin llegaba mi oportunidad de acercarme al viejo volc&#225;n tras dejar ir a Rafa, un madrile&#241;o naturalizado irundarra que era un verdadero experto del Izta. El volc&#225;n hace de l&#237;mite El grupo, siete personas, result&#243; muy heterog&#233;neo, con cinco nacionalidades, gente que ama la monta&#241;a y gente de la que va en playeras y con bolso y que para m&#225;s inri llega hora y media tarde. Pero si quer&#237;a salvar el finde, todo estaba en la mente y en mi capacidad de adaptaci&#243;n, m&#225;s que a la altura, al grupo. Algunos asumimos de inicio que no har&#237;amos cumbre y que simplemente &#237;bamos a disfrutar del campo, y as&#237; las cosas, tuvimos un buen finde.

Por la carretera de Amecameca subimos al Paso de Cort&#233;s, lim&#237;trofe entre los estados de M&#233;xico y Puebla y a escasos cien kil&#243;metros de la capital, el punto desde el que lo exploradores espa&#241;oles descubrieron el Valle de M&#233;xico y lo que despu&#233;s vendr&#237;a. Hay que tener en cuenta que hablar del Valle de M&#233;xico es como hablar del Valle del Ebro, en la m&#225;s amplia acepci&#243;n de la palabra, algo m&#225;s parecido a una cuenca. El paraje al que dio nombre el explorador, a 3.000 metros de altura, es hoy una amplia campa rodeada de pinares que hace de puente entre las faldas del famoso Popocat&#233;petl (5700m.), su legendario amante, y el propio Iztacc&#237;huatl (5300m.).

Desde la caba&#241;a del Paso tomamos un camino de terracer&#237;a que nos llev&#243; al refugio Altzimoni, situado a 4.050 metros. El refugio era un caso extra&#241;o, pues lo presiden tres grandes antenas de Televisa que mandan la se&#241;al a todo el valle, y eso, sumado a que a&#250;n no nos hab&#237;amos bajado del carro, daba una sensaci&#243;n inc&#243;moda de dominguerismo muy poco propia para una excursi&#243;n de altura y para un esperado finde cat&#225;rtico. Sin embargo, junto a las antenas y el edificio adyacente, una cornisa sobre la roca daba acceso a una galer&#237;a alargada de espaldas al valle, pero que mostraba ante la barandilla el majestuoso Popo. Las tres habitaciones eran un aut&#233;ntico refugio monta&#241;ero con los mapas de ascenso a la cumbre pintados en la pared, con chimenea, mesa r&#250;stica y literas de tres pisos.

Y la ventana. Un cono casi perfecto se recortaba en el atardecer, a trav&#233;s suyo, entre las nubes que nos embargaban, humeante en su copa a diferencia del Izta, que son cinco volcanes extintos uno sobre el otro dibujando toda la forma curva de una mujer dormida, como se la conoce.

Una hoguera que cost&#243; prender, por el fr&#237;o y el ox&#237;geno, un frotar de palmas despu&#233;s en torno al fuego y a dormir bajo las gruesas mantas. Al otro d&#237;a, un paseo por las nubes.

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    <title>Una casa a 4000 metros</title>
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