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    <body>(Sigue de los 3 post anteriores)

 &lt;em&gt;Los suicidas van por libre&lt;/em&gt;

Es el turno de Wendy. Ahora, yo me quedar&#233; leyendo. Para ella es un nuevo reto, con lo euf&#243;rica que es, pues comoquiera que sea yo ya hab&#237;a escalado alg&#250;n peque&#241;o muro de iglesia o pared caliza por mis pagos, con un amigo que es una aut&#233;ntica ara&#241;a.

Mientras ella se prepara y comienza, mis ojos se centran en otras dos personas que se encaraman a la roca. Van sin nada, libres de equipo, a pelo, como ir&#237;an a comprar el pan. Uno de ellos, incluso, con pantalones de rapero y gorra del rev&#233;s. Sus pocas fachas s&#237; me enga&#241;an esta vez. Empiezan a subir temerariamente, colg&#225;ndose como pueden sin ning&#250;n estilo ni preocupaci&#243;n, como si una enorme colchoneta los esperara debajo en lugar de las fr&#237;as rocas. En un santiam&#233;n la adelantan a ella, y luego a Pedro, sin siquiera atascar la ruta. La verdad es que no tendr&#237;an por qu&#233; caerse, yo no me he resbalado en ning&#250;n momento, por ejemplo, pero parecer&#237;a normal que la pura estad&#237;stica diera como resultado m&#225;s crucecitas blancas. Los del pueblo lo suben sin nada -me hab&#237;a dicho Pedro- antes, a veces yo tambi&#233;n lo hac&#237;a. Wendy sube a su ritmo, disfrutando como ni&#241;a, gritando con el est&#243;mago y alzando los brazos para cada foto desde abajo. Enseguida desaparecen tras el repecho.


&lt;em&gt;Libros, basura y reggaeton&lt;/em&gt;

Confiado por el turismo familiar que ha ido poblando la explanada, me alejo a un rinc&#243;n para leer tranquilo. Disfruto de las p&#225;ginas de Galeano, si bien me distraigo a ratos siguiendo en la pared a dos nuevas parejas de osados hombres-cabra. Mi taquicardia es ahora menor que con los primeros, adem&#225;s Wendy ya no est&#225; debajo de ellos. Lo que s&#237; me distrae innecesariamente es el ruido de botellas de refrescos rodar rocas abajo. El viento ha resurgido y es seguro que cada descuido aporta una botella m&#225;s monte abajo, pero no he visto a nadie recoger un solo resto por mucho que est&#233;n en medio del camino. Eso me enfada, y yo no quiero enfadarme.

Intento concentrarme en mi libro, pues intuyo que si no voy a cazar a alg&#250;n irresponsable y a vomitarle una despechada lecci&#243;n de civismo expr&#233;s antes de mandarlo en busca de su pl&#225;stico. Pero a ratos es imposible. La enorme hebilla de un cintur&#243;n macizo me lanza por un instante un destello de sol. Tres adolescentes se acercan saltando de roca en roca. De abajo arriba observo en todos impecables zapatillas sin restos de polvo, jeans oscuros con bajo vuelto, cinturones de Power Ranger, camisetas estrechas y en sus caras imberbes, gafas solares y pelo parado. La vestimenta no ser&#237;a en m&#237; generadora de prejuicios si no fuera por los complementos: tel&#233;fonos celulares que cambian de canci&#243;n cada diez segundos, con estilos que van del blanco al negro y que parecen competir absurdamente por probar cu&#225;l de todos es el celular de las mil canciones. Rezar&#237;a a los chamanes de la Pe&#241;a m&#225;gica por que les provocaran una infecci&#243;n de silencio.

Wendy est&#225; tardando demasiado, pero ni modo que bajaran por otra cara. Vuelvo a leer a la tienda, salgo de nuevo, cambio de libro, busco otra roca diferente, otro cap&#237;tulo. Dos horas despu&#233;s de perderla de vista, un grupo de personas se aposta en lo alto de la pared trepada y enseguida lanzan una larga cuerda. De a poco comienzan a bajar, rapelando, uno, dos, tres hombres. El cuarto es Pedro, que me agita el brazo para que me acerque a la base. Desciendo del roquedal para encaramarme a la pendiente que lleva a sus pies, justo para alcanzar a Wendy y fotografiarla un par de veces a media bajada. Llega euf&#243;rica, tiembla y temblar&#225; de la emoci&#243;n durante toda la bajada a Bernal. Se deshace en abrazos y agradecimientos a sus compa&#241;eros de la altura.

Nos quitamos los equipos y cambiamos los datos con todos mientras comenzamos a deshacer la tienda. La promesa de Pedro es un curso de escalada en roca si ofrecemos continuidad, y la de los rapelistas una convenci&#243;n de monta&#241;eros, el pr&#243;ximo s&#225;bado en Jilotepec.

Comenzamos a bajar. Estamos felizmente fatigados, no es f&#225;cil retener los pies. Mientras sorteamos las piedras y los arenales conversamos y sacamos conclusiones. Por fortuna, la insensibilidad vista entre la gente de arriba no es tan generalizada. Uno tiende a homogeneizar a la masa, a excluirse, y adem&#225;s a atribuirle injustamente cierto tufillo chilango. He escuchado a varios hombres ubicar y nombrar los pueblos en el horizonte, empe&#241;&#225;ndose en su palabra. Sobre unas rocas, he comprobado c&#243;mo una madre instru&#237;a a sus tres hijos que rondaban los diez a&#241;os ubic&#225;ndolos en el paisaje y las preguntas y observaciones de los chicos exhalaban pura curiosidad. Mejor a&#250;n, he visto a una familia completa guiada por una simp&#225;tica escuincla de seis a&#241;os, todo garbo, cuyo padre, nos dice Pedro, le ha contado de sus a&#241;os de alta monta&#241;a. A&#250;n hay quien sube, pese a que quedan pocas horas de sol. Bajo un solitario &#225;rbol con el aspecto del espino, pero sin p&#250;as, otra familia con varios mayores descansa y come mandarinas. Con toda naturalidad nos regalan una, que al desgarrarla se convierte para Wendy en &#8220;la mejor naranja&#8221; de su vida.


&lt;em&gt;Gorditas de migaja y horchata &lt;/em&gt;

No s&#233; si es mayor la sed o el hambre. Atravesamos el pueblo hasta que damos con un local donde sirven gorditas. Me pregunto por qu&#233; cuando me informo sobre las &#8220;migajas&#8221; me dicen que son de carne y yo me quedo tan tranquilo. Obvio que camarones no eran. &#191;Carne de qu&#233;? De puerco aceitoso, creo, no eran como las de pollo pero est&#225;n buenas igualmente. El agua de horchata es para m&#237; man&#225;, siempre deliciosa, as&#237; que me tomo dos vasos. &#191;Tanto costar&#237;a llevarla a Europa? Porque esta horchata es a base de arroz. Nada de chufa.

Enfilamos una calle ancha, muy apacible, con aspecto de pueblito de pel&#237;cula western. En una pared desconchada, sobre ventanales enrejados hasta el suelo, se lee lo que queda de &#8220;Hotel&#8221;. Se escucha de pronto un aullido, luego dos y luego tres, a coro. Al pasar por una ranchera vemos a tres ni&#241;os de unos ocho a&#241;os deshaci&#233;ndose en sollozos por las ventanillas y la trampilla de la cabina. Hecho un mar de l&#225;grimas, bajo su sombrero ranchero, el que se sienta al volante dice que lloran porque su madre tiene un rato que se fue y les dijo que no salgan. No son del pueblo y est&#225;n aterrados. Los calmamos, les damos tres chocolatinas y avisamos a la se&#241;ora de los abarrotes que les eche un ojo, no sea que no aparezca la madre. Doblamos la esquina hacia la carretera y el mismo coro a tres voces irrumpe al un&#237;sono. Nos detenemos, nos miramos y decidimos continuar.

Continuar&#225; con el &#250;ltimo cap&#237;tulo: &lt;em&gt;El 'raid' del anticuario&lt;/em&gt;</body>
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    <title>Bernalenses en Bernal</title>
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    <body>(Viene de los dos post anteriores)
&lt;em&gt;
Noche entre las piedras y el cielo&lt;/em&gt;

Se ha levantado el viento en el peor momento. Inspeccionamos el paraje y nos damos cuenta de que eso es todo lo que hay. Unas rocas cercanas aplacar&#237;an el viento, pero nos obligar&#237;an a dormir fuera, sin carpa. Finalmente optamos por el principio de la explanada, aunque nuestra tienda, craso error, no tiene sus clavijas. Superamos el contratiempo con todos los pedruscos que encontramos cerca, hacemos aparejos y contrapesos con las fundas de los sacos y amarras que cortamos a las mochilas. Apenas son las nueve, pero ya es totalmente noche y la idea de bajar a cenar al pueblo se desvanece no bien nace. Wendy se queda dormida antes de que yo acabe de armar la carpa. Yo me lleno el buche con aceitunas, champi&#241;ones, pan bimbo, pl&#225;tano y agua, antes de emplear la botella para componer el &#250;ltimo contrapeso.

Ya poco queda hacer. Ser&#225; mejor levantarnos temprano y aprovechar la luz. Me meto al saco y busco la posici&#243;n ideal, que mucho temo que no hay. Nos falta una buena esterilla y adem&#225;s la primera de las falsas clavijas no tarda en saltar. El viento arrecia y con cada r&#225;faga la carpa se descubre del lado de nuestras cabezas. As&#237; pasan un par de horas. Los instantes de calma son cada vez m&#225;s espor&#225;dicos. Y radicales: el aire cesa de golpe y pareciera que nos sume en el vac&#237;o. Cuesta dormirse cuando la imaginaci&#243;n vuela pensando en el pr&#243;ximo arre&#243;n, en que la carpa tambi&#233;n vuela como en el tornado del Mago de Oz. A veces ese fr&#225;gil silencio se desvanece suavemente con una cadena de violentas explosiones lejanas. Deben de ser los camiones de las canteras de cal descargando los container. Y tras el falso aviso, el viento da un nuevo manotazo y la carpa se balancea como un flan. Y otro. Y otro. Dudo varias veces si salir en busca de una piedra mayor. Asumo que no voy a dormir nada. A trav&#233;s de la telilla se intuye parte de la roca, cada vez menos, y el resplandor de las velas de la capilla. Ha bajado la temperatura y siento que nos ha envuelto la niebla. Y por si fuera poco, la telilla interior es un filtro inocuo contra el polvo, que ya se siente en la cara y se ve en la pantalla del celular, reducido ya a reloj, al marcar m&#225;s de las dos.

&lt;em&gt;El rojo amanecer&lt;/em&gt;

Me despierta el ruido de las cremalleras. Wendy se incorpora y abre la carpa. Un chorro de luz tenue entra frontal, mis ganas de ver el alba ganan al sue&#241;o e inmediatamente, con esfuerzo, abro los ojos. S&#237; me he dormido. Son las siete y el sol, a&#250;n oculto, ya ti&#241;e de rojo el horizonte bajo el que brillan enjambres de luces e hileras que los unen. Tout est calme. Agarro la c&#225;mara. Salgo en calcetines y de un salto alcanzo la fr&#237;a roca. Abajo, el pueblo. Arriba, la monta&#241;a. El viento se ha ido. (Cobarde, como si s&#243;lo te atrevieras por la noche.) Ni siquiera las briznas de hierba entre los popotes de basura se mueven. Hace fr&#237;o. Hago varias fotos, disfruto del silencio y de la soledad y me vuelvo a dormir.

&lt;em&gt;Pedro el rescatista&lt;/em&gt;

Oigo los jadeos de los primeros visitantes. No me molestan demasiado, pues a quien madruga para subir al monte no se le puede reprochar nada. Retozo unos minutos m&#225;s y termino por salir. Tiene gracia. Abro la puertecita y ya estoy all&#237; arriba, el pueblo a los pies, la capilla a mi lado. Y un escalador que descarga su mochila y saca las cuerdas y todo su ajuar. Buenos d&#237;as. Buenos d&#237;as. As&#237; que va a subir&#8230; S&#237;, subir&#233; hoy, &#191;quieren venir conmigo? Eh, apenas hemos escalado alguna vez, nada serio nunca. No importa, yo me dedico a esto, soy rescatista. &#191;Tienes tiempo, no te interrumpimos? No, todo bien. Buen&#237;simo. Yo me lanzo. Yo no s&#233;. Dale Wendy, yo primero. Va, y luego yo.

Hale, para arriba. Meto la c&#225;mara al morral y me lo ato a la espalda. Pedro me coloca el arn&#233;s y los juegos de mosquetones y tambi&#233;n su casco. S&#243;lo tiene uno, &#233;l ir&#225; sin casco, pero no insisto. Pienso que siendo rescatista no me dejar&#225; quit&#225;rmelo. Tras unas breves instrucciones de c&#243;mo manejar las cuerdas y los ganchos, trepamos hasta la base de la pared fijada, llena de salientes pero casi vertical. Veo que las presas son bien anchas, con forma de grapas salidas. Le doy unos metros, por precauci&#243;n, y luego comienzo a seguirlo. Pie ac&#225;, mano ah&#237;, pie all&#237;, mano all&#225;&#8230; clac, seguro. Sin prisa alguna y m&#225;s preocupado por hacer los pasos bien, vamos acerc&#225;ndonos a la brecha que marca la mitad de los noventa y cinco metros de desnivel. Desde aqu&#237; la carpa ya se ve rid&#237;cula. Junto a ella, Wendy es uno de los seis o siete puntos sentados en las rocas. M&#225;s abajo, &#233;l s&#237; donde estaba antes, queda el pueblo. El sol se va levantando pero a&#250;n no pica con malicia. Ladeamos un saliente y superamos el &#250;ltimo repecho. A cada paso caminado, por f&#225;cil que sea, Pedro aprovecha para ense&#241;arme qu&#233; hacer. D&#243;nde colocar la cuerda, el orden de los mosquetones, d&#243;nde buscar seguros naturales, o c&#243;mo colocar mi cuerpo tras cada movimiento. En la cima, paseamos unos metros hasta la cruz y seguimos hasta la otra punta, en la cara norte. Es el punto para observar el paisaje, ubicar los puntos cardinales y se&#241;alar la &#243;rbita perezosa del sol de invierno. Tomamos unas fotos y despu&#233;s me ense&#241;a las otras v&#237;as en las que &#233;l practica, escala o bien se descuelga con el crowl, una mosquet&#243;n dentado a modo de gato para subir y bajar por cuerda. Lo hace varias veces en el d&#237;a. Ese es su entrenamiento cuando viene a la Pe&#241;a de Bernal. Cuando no, va al Iztacc&#237;huatl o al Pico de Orizaba a entrenar alta monta&#241;a.

Lo de Pedro es hobby y profesi&#243;n. Contactado por empresas estadounidenses, recibe excursionistas y los sube a los volcanes por una media de doscientos cuarenta d&#243;lares. A la Pe&#241;a, al Izta o al Pico, a donde haga falta. Sin hielo o con hielo. Desde que he salido de la carpa no he dudado un momento de su experiencia. El viejo pantal&#243;n vaquero y el forro polar de primera generaci&#243;n, con algo de barriga incluida, podr&#237;an confundir a primera vista. Pero la seguridad de sus movimientos y la paciencia al ense&#241;ar, o el pa&#241;uelo conmemorativo de Houston&#8217;04, anudado entre su sombrero y las suaves arrugas de tercera edad disimulada, hablan claro. Tiene 65 a&#241;os. En ellos, adem&#225;s de las principales cumbres mexicanas ha hollado los techos de EEUU y Canad&#225; -McKinley y Logan, respectivamente- o el Mont Blanc. Su labor de rescatista, tambi&#233;n lo ha llevado al Himalaya. Fue contratado como m&#233;dico de una expedici&#243;n al Everest, y desarroll&#243; su funci&#243;n a m&#225;s de 7.000 metros. Result&#243; providencial, ya que quienes intentaron la cumbre bajaron sin suerte y con un edema pulmonar. Lo que menos practica es senderismo, aunque no por eso todo es alta monta&#241;a. El descenso de un ca&#241;&#243;n a pocos kil&#243;metros de Bernal lo trae sorprendido desde hace dos semanas.

Es hora de bajar. La paciencia y la mirada entre las piernas, mientras se recula siempre de cara a la pared, son lo &#250;nico necesario. Adem&#225;s de ir asegurando la cuerda, pues ahora yo voy delante.

Continuar&#225;:
&lt;em&gt;Los suicidas van por libre&lt;/em&gt;
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    <nicetitle>noche-entre-piedras-y-cielo-y-la-manana-al-cielo-</nicetitle>
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    <title>Noche entre las piedras y el cielo (y en la ma&#241;ana, al cielo)</title>
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    <body>(Contin&#250;a del post anterior.)&lt;em&gt;

Bernal, pueblo esot&#233;rico&lt;/em&gt;

S&#250;banle, dice el chofer sin dejarnos pagar. Desde Ezequiel Montes tomamos un viejo autob&#250;s de esos que huelen como si el tubo de escape lo llevaran dentro. A los diez minutos de camino, tras el bosque ralo de arbustos y cact&#225;ceas, las suaves laderas polvorientas se quiebran con la aparici&#243;n de la gran roca. Sin duda alguna, en una supuesta lista con Gibraltar, el P&#228;o de A&#231;ucar y Ayers Rock el cuarto elemento ser&#237;a la Pe&#241;a de Bernal.

Nos bajamos en Bernal. Cuando el autob&#250;s pasa comprobamos abrumados el tama&#241;o real de la roca que preside el pueblo desde el otro lado, magnificada por el cielo casi raso. Cruzando la carretera hay un peque&#241;o almac&#233;n que ocupa un artesano junto a un bald&#237;o pedregoso. Como formando un cr&#243;mlech, se exhiben todo tipo de piedras cinceladas con motivos ex&#243;ticos y diversas esculturas cabal&#237;sticas. Soles aztecas que curiosamente r&#237;en, mientras sirven de florero a largas espigas secas; esferas de vidrio tintado, con aspecto de bolas de Navidad gigantes, que deforman las caras y reflejan la pe&#241;a al fondo. No hay por d&#243;nde taparla. Bernal es una de los diecis&#233;is aldeas que pueden decirse Pueblo M&#225;gico, una lucrativa invenci&#243;n de los patronatos de turismo nacionales que mezcla esoterismo con pol&#237;tica. Y adem&#225;s tiene el icono perfecto. As&#237;, un poco por leyenda popular, un poco porque el Gobierno lo dice, Bernal es un pueblo m&#225;gico.

Nos adentramos por las calles m&#225;s directas hacia el centro, dispuestos a aprovechar la hora de sol escasa que nos queda. A primera vista, Bernal s&#237; tiene la arquitectura p&#233;trea de pueblo viejo y esa esencia de pueblo m&#225;gico, al menos la que tienen los otros. La mayor&#237;a de edificios son de una sola altura, a lo sumo dos, y conforman las calles adoquinadas entre paredes de yeso pintado, arcadas ribeteadas y amplios patios con buganvillas. Una fuente circular de piedra de cantera da pie a una peque&#241;a plaza, aglutina a la chaviza y a algunos viejos y da afluencia a los negocios de artesan&#237;a circundantes.

A un centenar de metros del lugar hay un curioso palacete de muros rosas. Su torre redonda y toda la fachada, dos alturas, est&#225;n cubiertas por picas blancas unidas entre s&#237; por diagonales equidistantes. Un amigo con el que conoc&#237; el norte de Argentina llamaba &#8220;pastelitos&#8221; a las catedrales coloniales de muros color crema. Sin duda esto era un pastelito. Un pastelito de Lewis Carrol, un alarde de psicodelia rural que bien podr&#237;a habitar, tras el balc&#243;n, el As de corazones.

A la vuelta de la torre, en la plaza central, la iglesia local y sus muros bermejos parec&#237;an no m&#225;s que un dulce de aprendiz de pastelero. Junto a ella, tres j&#243;venes vestidos de juglar, noble y cl&#233;rigo anunciaban un tour nocturno de leyendas de Bernal desacreditando con sorna el tour de leyendas de Quer&#233;taro, que viene a ser lo mismo pero en la capital.

&lt;em&gt;Pe&#241;a arriba en plena noche &lt;/em&gt;

Cruzamos la plaza y seguimos una calle y un cartel que anuncia &#8220;A la pe&#241;a&#8594;&#8221;. El sol se ha puesto tras las colinas aleda&#241;as y s&#243;lo los &#250;ltimos rayos se reflejan en lo alto de la roca. Calculamos que se nos har&#225; oscuro en mitad de la subida, pero por suerte y contra pron&#243;stico, hoy no hace fr&#237;o. Me fijo que estamos subiendo en camiseta cuando en la &#250;ltima semana las m&#237;nimas eran de 1 y 2&#186;c. En una tienda de tapices artesanos, un cartel reza Micheladas a $12 y decido pagar una para hacer m&#225;s sabrosa la subida. El suave picor de la salsa Magi, la salsa inglesa, el aceto de lim&#243;n, son ya parte del paisaje.

De pronto me topo una cara conocida. Saludo como si nada, y espero sonriendo. Son dos compa&#241;eros de trabajo del DF, supe que andar&#237;an por estar tierras, as&#237; que pese a la penumbra no dudo que son ellos. Tras los efusivos abrazos y las presentaciones nos deseamos suerte y continuamos. Atravesamos los puestos de souvenirs y el primer tramo de sendero empedrado. Cruzamos a numerosos caminantes que bajan, familias, ni&#241;os gritando, y preguntamos a algunos adultos sobre d&#243;nde acampar. Nuestra pregunta parece extra&#241;a a pesar de la cultura de camping tan extendida que hay en M&#233;xico. Quiz&#225;s frente a la capilla, a media subida, acierta a decir un hombre.

En ese momento percibimos una poderosa luz blanca a nuestras espaldas. Adem&#225;s de la luna, que est&#225; creciente, dos grandes focos blancos apuntan a la pe&#241;a, como se hace con los monumentos importantes. Se hace extra&#241;o pero quiz&#225;s deber&#237;amos agradecer que los focos ser&#225;n poderosos gu&#237;as para el camino. Cada vez hay menos gente. Rebasamos a una pareja de escaladores que, equipados y alumbrados, trepan una fuerte pared de roca como si fuera pleno d&#237;a. Llega un punto en el que es preciso utilizar las manos, ayudarnos en algunos pasos y agarrarnos a las rocas, a veces para no resbalar con la arena del camino.

Alcanzamos la capilla y con ella la primera explanada de la pe&#241;a. La luz de los focos llega ya m&#225;s tenue y no supera el repecho ni alcanza el peque&#241;o altar. En &#233;l s&#243;lo brillan un pu&#241;ado de velas que realzan los p&#243;mulos y los pliegues de una virgen Mar&#237;a y un revoltijo de flores amontonadas ante ella. Cerca del oratorio, dos cruces blancas de hierro recuerdan a adolescentes que fallecieron a pocos metros el uno del otro. S&#243;lo hay que alzar la vista para imaginarlo: de ah&#237; para arriba la roca es una, vertical y maciza, incluso se descuelga sobre nosotros.


Continuar&#225;:
&lt;em&gt;Noche entre las piedras y el cielo&lt;/em&gt;
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    <title>Subida a la Pe&#241;a de Bernal</title>
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    <body>Quiz&#225;s su fama no traspasa fronteras, pero el altiplano mexicano ofrece un buen pu&#241;ado de parajes pintorescos, aderezados con el misticismo de un sinf&#237;n de leyendas locales que los hacen singulares. A la altura de San Juan del R&#237;o, pasando los balnearios de Tequisquiapan en el &#225;rido paisaje queretano, la l&#237;nea de llanos y suaves lomas calc&#225;reas se trunca estrepitosamente con 400 metros de roca, vertical, de una sola pieza. La Pe&#241;a de Bernal.

&lt;em&gt;La reina de M&#233;xico&lt;/em&gt;

De nuevo desde la central M&#233;xico-Norte, esta vez tomamos un autob&#250;s de d&#237;a hacia el estado de Quer&#233;taro. El pasaje no va completo, por lo que Wendy y yo nos acomodamos en ventanillas opuestas. Durante la salida de la ciudad, ella duerme. Del otro lado, yo leo las &#233;glogas en prosa que escribe Manuel Leguineche en &#8220;La felicidad de la vida&#8221;. Sucede en la Alcarria, en tierra castellana, pero el campo es una patria transversal en la que abundan las personalidades singulares y transparentes cuyas peque&#241;as aristas afloran sin pena. Inmejorable pasaporte para disfrutar dos d&#237;as de cat&#225;rtico puente rural.

Wendy se despierta y se sienta junto a m&#237;. De inmediato presta atenci&#243;n a lo mismo que yo, es cosa f&#225;cil. Delante del asiento que ha abandonado, una se&#241;ora luce un maquillaje tan desmesurado que si no es por su tono cremoso parecer&#237;a propio de un mimo. Es como si hubiera trepado al autob&#250;s en medio de un tratamiento de barro facial. Creo que es imposible maquillarse tan mal, y aunque yo entiendo m&#225;s bien nada de cuestiones de cosm&#233;tica creo que, simplemente, esa se&#241;ora no se vio al espejo. Si no es que algo va mal. Las pesta&#241;as, negras, tan gruesas que parecen cepillos, y las cejas pintadas con una especie de ung&#252;ento dorado m&#225;s parecido a brillantina para manualidades. Atroz. La se&#241;ora sostiene en sus antebrazos un enorme radiocasete del que escucha y repite canciones mexicanas de amor, movi&#233;ndose c&#237;clicamente. Con las manos, pela y come grandes vainas color granate, alargadas y con una especie de habichuelas planas dentro. En el centro de ese aspecto calamitoso, su sonrisa es envidiable. Wendy, entusiasmada por su aspecto poco convencional, la saluda y le pregunta qu&#233; es aquel fruto extra&#241;o que mastica. Ella, halagada por el inter&#233;s, nos regala una vaina a cada uno.


No recuerdo el nombre de la semilla, pero su sabor est&#225; horrible. Una especie de amargor &#225;cido que quiere saber a algo pero no termina de saber a nada. Y lo peor es que no se va. 
En un par de minutos Wendy se ha echado de nuevo a dormir y ahora la se&#241;ora platica y platica con la mujer del otro lado del pasillo. A ratos, escudri&#241;a los ojos aleda&#241;os para a&#241;adirlos a su audiencia. Habla de sus hijos, a los que clasifica por g&#252;eros y morenos. De los rubios habla maravillas, la boca se le llena y se iluminan sus ojos. Los morenos no le merecen m&#225;s de diez palabras, las que acapara uno de ellos, que dice que se enfada porque ella se maquilla. As&#237; que al menos tiene uno que est&#225; sano. Despu&#233;s cuenta que viene de M&#233;xico, de ver a este hijo y de intentar buscar trabajo. Se vuelve al pueblo. No hubo suerte. Asegura que no le dan trabajo porque es la reina, demasiado guapa para ellos. De hecho, la m&#225;s guapa de M&#233;xico. Con certeza absoluta, concluye que le tienen envidia y por ello no le dan trabajo. Ella hace como que se r&#237;e de la situaci&#243;n, mientras habla se levanta, agita el culo y grita por la ventanilla, &#161;soy la reina! A su lado se ha sentado otra se&#241;ora pero no ha durado m&#225;s de unos minutos. Abandona su asiento y en unos segundos el autob&#250;s se detiene, viene el chofer y le pide silencio a la gritona, deseo al que &#233;sta responde con mayor esc&#225;ndalo y que tambi&#233;n atribuye a la envidia porque es la reina. Tomo de nuevo la vaina. Me pregunto qu&#233; tendr&#225;n esas habichuelas, media de las cuales se me ha quedado entre los dientes. Me las saco como sea. Al apearse lo pasajeros de Tequisquiapan, ella tambi&#233;n se baja, pero al partir vuelve a subir y explica que se baj&#243; para decirles que ella es la reina y a echar males de ojo a quienes la miran mal. Porque si no, no se enteran de qui&#233;n es. Un pu&#241;ado de j&#243;venes sube al veh&#237;culo y en unos minutos se da cuenta de la situaci&#243;n an&#243;mala. Desde atr&#225;s y sin pudor alguno empiezan a referirse a "la loca". A tenor de lo que veo, pienso cu&#225;n feliz es la vida adentro de la demencia. Pero cuando se sale, nom&#225;s se asoma una puntita, qu&#233; dif&#237;cil se vuelve.

Nos apeamos en Ezequiel Montes. Las habichuelas y su due&#241;a se alejan en direcci&#243;n a Cadereyta, y seguir&#225;n hacia la Huasteca en busca de ese sentido que s&#243;lo se encuentra en la propia casa. S&#243;lo conozco a dos huastecos. Y el otro, que lo era de adopci&#243;n, es sir Edward James. Qu&#233; casualidad. El intr&#233;pido escoc&#233;s construy&#243; all&#237; su casa si par, donde dicen que las escaleras suben al cielo y las ventanas siempre dan afuera. Hablan maravillas de aquella comarca que yo a&#250;n no conozco. Pero recuerdo ahora de la morada de Dal&#237;, Port Lligat, en Cadaqu&#233;s, donde la roca volc&#225;nica y la tramontana se al&#237;an para crear mentes geniales. Quiz&#225;s es que James busc&#243; aqu&#237; su Port Lligat privado, una comarca donde las rocas &#237;gneas tambi&#233;n hagan de las suyas. Pero de momento, para parajes dalinianos, queda m&#225;s cerca la Pe&#241;a de Bernal.

Contin&#250;a:
&lt;em&gt;Bernal, pueblo esot&#233;rico.&lt;/em&gt;

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