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    <body>&lt;DIV id=e_msg_80483668&gt; Desde muy peque&#241;o Quetza demostr&#243; un talento notable para dise&#241;ar y armar embarcaciones. Al principio constru&#237;a canoas de juguete, ahuecando peque&#241;os troncos con una cu&#241;a de obsidiana. Eran &#233;stas r&#233;plicas tan exactas que, vi&#233;ndolas sin otra referencia, no se diferenciaban de las aut&#233;nticas. Pod&#237;a pasarse horas en la orilla de los canales estudiando c&#243;mo se comportaban sus naves frente a las adversidades que &#233;l mismo les deparaba, fabricando tempestades con las manos. Examinando cu&#225;les eran causas que las hac&#237;an zozobrar, las iba perfeccionando hasta que pudiesen mantenerse a flote ante las peores calamidades. A la copia en escala de las canoas de troncos, sigui&#243; la compleja t&#233;cnica de armar los cascos con juncos entrelazados.
Quetza sol&#237;a ir hasta el mercado y all&#237; se quedaba, mirando c&#243;mo trabajaban los armadores de canoas, desde la ma&#241;ana hasta el anochecer. Con el tiempo lleg&#243; a hacerse amigo de uno de ellos, un hombre envejecido por el des&#225;nimo m&#225;s que por a&#241;os; pese a su apariencia senil, ten&#237;a las manos j&#243;venes y veloces para ahuecar la madera o entrelazar los tallos secos. Le dec&#237;an Machana, nombre que significaba "&lt;EM&gt;tejer ca&#241;a&lt;/EM&gt;". Era una amistad silenciosa. Casi no se hablaban. Quetza lo ayudaba en peque&#241;as tareas como ir a buscar esparto para unir ca&#241;as o amarrando las canoas terminadas a los embarcaderos. Pronto se convirti&#243; en su aprendiz y el hombre, al fin del d&#237;a, le regalaba un pu&#241;ado de juncos seleccionados para que pudiera sus peque&#241;as embarcaciones. Quetza sent&#237;a por su maestro una mezcla de admiraci&#243;n y cierta silenciosa pena: no se explicaba c&#243;mo pod&#237;a sustraerse a la tentaci&#243;n de navegar en las maravilllosas canoas que &#233;l mismo hac&#237;a y, en cambio, se pasaba el d&#237;a entero doblado sobre sus espaldas setado en el mismo sitio. Habiendo fabricado miles de canoas, nunca hab&#237;a cruzado el lago y, de hecho, dec&#237;an, jam&#225;s sali&#243; de la isla. Y como viv&#237;a junto a la tienda, ni siquiera ten&#237;a una canoa propia. Cierta vez, t&#237;midamente, Quetza le hizo ver esta paradoja, a lo cual el viejo contest&#243;:
-Se es lo que se hace.
Con aquellas escuetas palabras, Quetza entendi&#243; que el viejo Machana pod&#237;a navegar en torno al lago, por todos los r&#237;os que de &#233;l sal&#237;an y por las costas del mar en el que los r&#237;os converg&#237;an, sin haberse movido jam&#225;s de ese mercado.
Machana le dec&#237;a a su aprendiz que cu&#225;nto m&#225;s esmero pusiera en la construcci&#243;n de una canoa, tanto m&#225;s lejos habr&#237;a de llegar. Y, ciertamente, Quetza quer&#237;a llegar lejos. No s&#243;lo so&#241;aba con ir m&#225;s all&#225; del lago y surcar los r&#237;os que en &#233;l conflu&#237;an; quer&#237;a llegar hasta el mar y, no conforme, saber qu&#233; hab&#237;a al otro lado. Y para eso deb&#237;a construir una nave capaz de soportar mareas, vientos y tempestades.
Un d&#237;a, al llegar al mercado, vio que Machana lo esperaba sentado sobre un tronco. Con una expresi&#243;n como nunca le hab&#237;a visto, le dijo que hab&#237;a llegado el gran momento: en pago por la ayuda que le hab&#237;a dado durante todo ese tiempo, hab&#237;a decidido regalarle la mejor de todas las canoas.
-Aqu&#237; est&#225; -dijo el viejo.
Quetza mir&#243; en todas las direcciones pero no vio nada. Se asom&#243; hac&#237;a el embarcadero y tampoco distingui&#243; ninguna &lt;EM&gt;acalli&lt;/EM&gt; nueva. Viendo que la alegr&#237;a inicial de su disc&#237;pulo se dilu&#237;a en un gesto de desconcierto, el viejo le dijo:
-Lo primero que tiene que aprender un armador de canoas es a mirar. Est&#225; frente a tus ojos.
S&#243;lo entonces Quetza repar&#243; en el tronco: era una madera de forma tortuosa y aspecto deslucido. Percibiendo la decepci&#243;n de su aprendiz, Machana le hizo notar que un buen naviero, antes que el tronco, deb&#237;a ver la canoa que &#233;l conten&#237;a. Pero adem&#225;s de su forma caprichosa y compleja, a Quetza le result&#243; una madera mucho menos vistosa que las que usaba a diario. Entonces el viejo le dijo que, aun antes que la nave y el tronco, un armador deb&#237;a aprender a ver la madera que se escond&#237;a bajo la corteza.
El viejo Machana se incorpor&#243;, arranc&#243; un pedazo de c&#225;scara negruzca y ajada y, como si acabara de abrir una caja que contuviera un tesoro, apareci&#243; una madera dorada, suave y de una textura tan lisa como la superficie del lago.
-Es un &lt;EM&gt;cacayactli&lt;/EM&gt;, vale m&#225;s que el oro. No existe otra madera igual para construir canoas. Es tuyo -le dijo al tiempo que le exend&#237;a una cu&#241;a de obsidiana- quiero que me muestres el barco que oculta el tronco.

 Fueron cuarenta jornadas de trabajo arduo. Quetza se pasaba el d&#237;a tallando, ahuecando, puliendo y midiendo. A la noche, exhausto y con las manos ampolladas, se dorm&#237;a pensando en su canoa, so&#241;aba con ella y se levantaba al alba para volver a poner manos a la obra. Trabajaba en soledad dentro de una tienda en la que el viejo dejaba secar los troncos; vigilaba con escr&#250;pulo que nadie viese su barcaza hasta que estuviera completamente terminada.
Al cabo de esos cuarenta d&#237;as de trabajo, Quetza sali&#243; por fin de la tienda. Agitado y sudoroso, llam&#243; a Machana y lo invit&#243; a que viera la obra. El viejo, en silencio, caminaba en torno de la canoa pasando la palmo de la mano por la superficie. Se sinti&#243; homenajeado. Era una embarcaci&#243;n como nadie imagin&#243;: la quilla, dorada y pulida, ten&#237;a la terminaci&#243;n de piedra. Sobre el casco hab&#237;a un habit&#225;culo de junco enlazado y, debajo, un dep&#243;sito para guardar vituallas. Los cuatro remos pod&#237;an fijarse al casco mediante trabas y se accionaban desde dentro, sin que los remeros tuviesen que asomar los brazos. Sin embargo, Machana no pod&#237;a dar un veredictoantes de probarla. S&#243;lida y a la vez ligera, la botaron al lago y, al abordarla, la sintieron estable, segura y acogedora. Remaron de forma acompasada y comprobaron que era veloz y muy d&#250;ctil. Luego de dar una vuelta completa a la isla, como si lo hicieran en el aire y no en el agua, regresaron, desembarcaron y se quedaron de pie en tierra contempl&#225;ndola sin hablar. Quetza supo que el mutismo de su maestro era el mejor veredicto que pod&#237;a esperar. Entonces, sin decir palabra, Quetza amarr&#243; la canoa, gir&#243; sobre sus talones y se fue. Ya hab&#237;a aprendido todo lo que deb&#237;a saber.
Machana guard&#243; silencio y Quetza, mientras se perd&#237;a entre el follaje, supo que el viejo aceptaba el regalo. Era hora de que tuviese su propia canoa. Ya tendr&#237;a tiempo el disc&#237;pulo para armar su barco.
Toda una vida. 

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    <title>Uno: 6. Madera De Navegante</title>
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    <body>&lt;DIV id=e_msg_80445955&gt; A diferencia de la mayor&#237;a de los padres de Tenochtitlan, quienes consideraban a sus hijos como un regalo de los dioses. Tepec cre&#237;a, al contrario. que hab&#237;a que protegerlos de ellos para que no se los arrebataran en guerras o sacrificios. Antes de ingresar al &lt;EM&gt;Telpochcalli&lt;/EM&gt; o al &lt;EM&gt;Calm&#233;cac&lt;/EM&gt;, los dos fundamentos de la edcaci&#243;n mexica, la instrucci&#243;n delos ni&#241;os durante los primeros a&#241;os, quedaba en manos de la familia: las mujeres educaban a las hijas y los padres a los hijos varones.
Tal vez porque ya ten&#237;a edad sobrada para ser abuelo, quiz&#225; porque el hecho de haber perdido a su hijos abland&#243; m&#225;s a&#250;n coraz&#243;n. Tepec cri&#243; a Quetza en el cari&#241;o y el consentimiento y no en el rigor propio de la crianza de los mexicas. La educaci&#243;n familiar sol&#237;a ser muy dura y los castigos, en ocasiones, llegaban a la crueldad: era frecuente el azote con varas de ca&#241;a verde, las punzadas con p&#250;as de maguey o la sofocaci&#243;n mediante humo de pimientos quemados, que causaba un ardor insorpotable en ojos y nariz. La educaci&#243;n de las mujeres era menos rigurosa en cuanto a los castigos corporales pero, en cambio, inclu&#237;a grandes humillac&#237;ones morales. A menos que se tratara de las hijas de las &lt;EM&gt;ahuianis&lt;/EM&gt;, las prostitutas, y siguieran los pasos desus madres, las ni&#241;as que eran sorprendidas en una actitud no ya de lascivia, sino de simple seducci&#243;n, deb&#237;an barrer al anochecer fuera de la casa en se&#241;al de repudio, una suerte de condena p&#250;blica mucho m&#225;s oprobiosa que una paliza.
Desde los cuatro a&#241;os los ni&#241;os deb&#237;an comenzar a trabajar: al principio se trataba de tareas simples y, a medida que iban creciendo, los trabajos se hac&#237;an m&#225;s complejos y pesados. Los varones, por lo general, heredaban el oficio del padre y las mujeres se ocupaban de las tareas de la casa.
Quetza tuvo una infancia feliz. El &#250;nico rigor que le impon&#237;a Tepec era el intelectual. El modo de ense&#241;anza de los padres a los hijos dentro del hogar se ajustaba al enunciado de los &lt;EM&gt;Huehuetlatolli&lt;/EM&gt;, las Palabras de los Sabios. Se trataba, por norma general, de una cantidad de apotegmas, proverbios y discursos que resum&#237;an los principios mexicas. Ning&#250;n aspecto de la existencia escapaba a estos postuladores trasmitidos a trav&#233;s de las generaciones. Se pronunciaban oraciones para recibir a los que ven&#237;an al mundo y para despedir a los que lo abandonaban. Los ni&#241;os escuchaban con atenci&#243;n los consejos desus padres con relaci&#243;n al trabajo, a la guerra y a la observancia de los dioses. Las madres dec&#237;an f&#243;rmulas a sus hijas acerca de la preparaci&#243;n para el matrimonio y la crianza de los hijos.
La mejor parte de los &lt;EM&gt;Huehuetlatolli&lt;/EM&gt;, seg&#250;n se cre&#237;a, proven&#237;an de los fundadores de Tenochtitlan: sin embargo, Tepec, fiel a su ascendencia, recitaba a Quetza los antiguos proverbios de los toltecas. El viejo sol&#237;a alzar en brazos al peque&#241;o cuando &#233;ste a&#250;n ni siquiera sab&#237;a hablar y, junto al fuego, pronunciaba las oraciones dedicadas a los hu&#233;rfanos adoptados:

   &lt;EM&gt;Peque&#241;a semilla del cardo abandonada al viento, perdida en la brisas sin abrigo y sin amparo. &#211;yeme, chiquito, polen de la flor que se ha marchitado, n&#225;ufrago del aire, soy yo ahora tu padre, la tierra fecunda en la que habr&#225;s de echar ra&#237;ces y alzarte al cielo con verdes ramas. Soy tu sue&#241;o firme para que en m&#237; reposes y encuentres el sost&#233;n. Soy ahora tu padre, el colibr&#237; que tom&#243; el polen de la flor marchita, mi peque&#241;o, para mostrarte el camiino de las dem&#225;s flores y no est&#233;s nunca m&#225;s en soledad. Chiquito, soy ahora tu padre, soy la casa para darte cobijo y el fuego y el agua. Te ofrezco un nido, peque&#241;o quetzal perdido, para que nunca m&#225;s me alcance a m&#237; soledad.&lt;/EM&gt;

 Y as&#237;, el viejo con el peque&#241;ito recostado sobre su pecho, que, aunque duro y lleno de huesos le resultaba a Quetza tan mullido y c&#225;lido como un lecho de plumas, ambos se dorm&#237;an.
Quetza era hijo de prisioneros acohuas; su padre, un soldado capturado durante la campa&#241;a de conquista, hab&#237;a sido sacrificado al Dios de la Guerra. Su madre hab&#237;a muerto cubriendo con sus tres hijos de la lluvia de flechas y lanzas. La guerra no era para los mexicas s&#243;lo una disputa territorial tendiente a dilatar los dominios del Imperio. Era, ante todo, la manera de mantener la fuente de ofrendas para los dioses; en cada batalla, el bando victorioso tomaba la mayor cantidad de prisioneros para ofrecerlos en sacrificio ritual. &#201;se fue el destino no s&#243;lo del padre de Quetza, sino tambi&#233;n el de sus dos hermanos. Tal vez por haber sido arrancado tan tempranamente de los brazos de su madre, quiz&#225; por haber presenciado aquel acto brutal en el que fue muerta. Quetza necesitaba tener la certeza de que no iba a quedar nuevamente abandonado. Todo el tiempo reclamaba la proximidad de Tepec y, cuando el viejo estaba lejos, el ni&#241;o no pod&#237;a evitar un sentimiento de pavor que lo sum&#237;a en un silencio tal, que ni siquiera pod&#237;a llorar. Viendo que deb&#237;a fortalecer el coraz&#243;n temeroso de su hijo, el anciano le recitaba aquellos  &lt;EM&gt;Huehuetlatolli&lt;/EM&gt; de sus antepasados toltecas que no buscaban la exaltaci&#243;n de la muerte y el miedo, sino, al contrario, llamaban a la calma frente al misterio de la existencia y a morigerar el temor ante la certeza de la muerte.

    &lt;EM&gt; Oye, mi peque&#241;o, no hay por qu&#233; temer a la sombra porque nos recuerda que es sombra de luz. Oye bien, mi chiquito, mi quetzal, no temas de la muerte porque ella nunca nos toca: mientras tenemos la vida, la muerte nos es ajena. Y cuando ella llega, ya no estamos ah&#237; para recibirla.&lt;/EM&gt;

 Y a medida que Quetza crec&#237;a y aprend&#237;a a hablar, aquellas palabras se le hac&#237;an carne y su coraz&#243;n se iba templando poco a poco. Tepec cre&#237;a, igual que sus ancestros que era el miedo el &#250;nico enemigo del hombre y que el temor, hijo del oscurantismo, era la mejor herramienta de dominaci&#243;n.

          &lt;EM&gt;Mira, oye, entiende, as&#237; son las cosas en la Tierra. No vivas de cualquier modo, no vayas por donde sea. &#191;C&#243;mo vivir&#225;s, por d&#243;nde has de ir? Se dice, ni&#241;o m&#237;o, quetzal, chiquito, que la Tierra es en verdad un lugar dif&#237;cil, terriblemente dif&#237;cil. Pero eso s&#243;lo es verdad para quienes andan a tientas en las tinieblas, en la ignorancia. Si te encomiendas a Quetzalc&#243;atl, Dios de la Luz, no hay nada que temer. El conocimiento, mi ni&#241;o, no consiste en echar oscuridad sobre la luz, como hacen tantos, sino en caminarcon la antorcha de la raz&#243;n por delante. Se teme lo que se desconoce; igual a la luz de la antorcha es el af&#225;n del conocimiento y d&#243;nde arde ese fuegose quema el miedo, todo miedo, para siempre.&lt;/EM&gt;

 Quetza se convirti&#243; en un ni&#241;o de porte robusto y estatura breve. Ten&#237;a una sonrisa blanca y unos ojos sagaces que, m&#225;s que mirar, indagaban. Ning&#250;n vestigio qued&#243; en su cuerpo ni en &#225;nimo de la vieja enfermedad. Tepec nunca le ocult&#243; la tragedia que hab&#237;a signado sus d&#237;as; sab&#237;a cu&#225;l hab&#237;a sido el destino de sus padres verdaderos y el de sus hermanos. Su esp&#237;ritu, antes temeroso, se robusteci&#243;, sin que por eso se endureciera su coraz&#243;n. Pese a que Quetza sab&#237;a que no un mexica y que, al contrario, fueron ellos los que lo arrancaron de su familia y de su pueblo, jam&#225;s sinti&#243; que viviera en el seno del enemigo. Tepec lo hab&#237;a criado en la idea de que todos los pueblos que compart&#237;an el valle y la lengua n&#225;huatl, alguna vez hab&#237;an sido un solo pueblo y, m&#225;s tarde o m&#225;s temprano, deb&#237;an volver a serlo, que aquellas matanzas demenciales ten&#237;an que terminar, que esas luchas para la obtenci&#243;n de corazones j&#243;venes no hac&#237;an m&#225;s que cebar de sangre al Dios de la Guerra. Sin embargo, Quetza no ignoraba que sus vecinos de &lt;EM&gt;calpulli&lt;/EM&gt; lo trataban como si fuese distinto de ellos. En rigor, en aquel barrio habitado por la nobleza mexica, todos aquellos que no fueran &lt;EM&gt;pipiltin&lt;/EM&gt; eran considerados inferiores. Mucho m&#225;s, si se trataba de oriundos de los pueblos que circundaban el lago, fuesen o no tributarios de Tenochtitlan. Por muy respetado que fuese Tepec, nadie ignoraba que el ni&#241;o que hab&#237;a tomado bajo su ciudadano era un acohua y que, por lo tanto, por sus venas no corr&#237;a la sangre de los hijos de Tenoch. Quetza recib&#237;a la indiferencia, cuando no el rechazo de los dem&#225;s ni&#241;os del &lt;EM&gt;Calpulli&lt;/EM&gt;, hecho al que, desde luego, no era insensible. No suced&#237;a lo mismo con los ni&#241;os de los esclavos, con quienes se sent&#237;a y lo recib&#237;an como si fuese unos de ellos. De hecho, el viejo Tepec muchas veces reun&#237;a a varios de los hijos de los esclavos e, invit&#225;ndolos a que se sentaran en torno de &#233;l, es recitaba tambi&#233;n &lt;EM&gt;Huehuetlatolli&lt;/EM&gt;.
Los dos grandes amigos de Quetza eran Huatequi e Ixaya. Ambos eran hijos de dos esclavas de la casa. Huatequi, cuyo nombre significaba &lt;EM&gt;golpear madera&lt;/EM&gt;, ya que, cuando peque&#241;o, la &#250;nica forma de calmarlo para que dejara de llorar era d&#225;ndole dos palitos que hac&#237;a sonar golpe&#225;ndolos una y otra vez, era todo lo contrario de Quetza: era alto, muy delgado y un tanto torpe de movimientos. Ixaya era una ni&#241;a de una belleza infrecuencia: tal como indicaba su nombre, ten&#237;a unos ojos muy redondos, claros y grises como las nubes despu&#233;s de la tormenta. Llevaba su hermosura con naturalidad, como si no le otorgara ninguna importancia. Quetza y Huatequi eran amigos inseparables; sin embargo, la presencia de Ixaya agregaba a su relaci&#243;n fraterna un componente de rivalidad; a veces, sin advertirlo, compet&#237;an por su atenci&#243;n y pod&#237;an hacer cualquier cosa para ganar una mirada de aquellos ojos grises, desde trepar un &#225;rbol y hacer equilibrio en lo alto, hasta arrojarse de cabeza a las aguas heladas del lago en pleno deshielo.
Quetza se reun&#237;a con sus amigos en los jardines del &lt;EM&gt;calpulli&lt;/EM&gt; y pasaban las tardes jugando Tlachtli. En rigor, se trataba de un remedo infantil ceremonial reservado a los adultos. El verdadero Tlachtli se jugaba en el campo delimitado por el Templo Mayor y el recinto consagrado a los caballeros &#193;guila. En lugar del alto aro de piedra ubicada en el muro de la pir&#225;mide, usaban una canasta colocada sobre la rama de un &#225;rbol. Y no s&#243;lo golpeaban con las manos. Tepec acostrumbraba sentarse al borde del improvisado campo de juego y, con mucha seriedad, estudiaba el curso del juego. Por momento instaba a los ni&#241;os a que prescindieran de las manos e impulsaran la pelota como correspond&#237;a. Como si no se tratara de un simple juego infantil, el viejo los exhortaba a que planificaran t&#225;cticas y a que se distribuyeran de manera estrat&#233;gica en el campo. Tal vez porque &#233;l mismo hab&#237;a sido jugador en su juventud, quer&#237;a que, si acaso Quetza llegaba a jugar alguna vez en el campo ceremonial, estuviese preparado de la mejor forma: el equipo vencido deb&#237;a honrar la derrota con la vida de sus integrantes. Y, en efecto, adem&#225;s de divertirse, Quetza jugaba al Tlachtli como si en cada partido le fuera la vida.
Otro de los juegos era la lucha de los caballeros &#193;guila y los caballeros Jaguar. Tambi&#233;n era una imitaci&#243;n pueril de otro rito que despertaba el fervor de la gente. Para los chicos se trataba de una suerte de combate entre los dos clanes guerreros; se disfrazaban con m&#225;scaras talladas por ellos mismos y se cubr&#237;an con telas pintadas que semejaban las plumas del &#225;guila y la piel del jaguar. As&#237; ataviados, armados con espadas de madera de filo romo, Quetza y Huatequi se trenzaban en una lucha que consist&#237;a en tocar con la hoja cualquier parte del cuerpo del contricante. Ixaya presenciaba el combate sentada con las piernas cruzadas, lo cual ciertamente exacerbaba los &#225;nimos de los contendientes hasta la brutalidad. Si bien este juego por momentos parec&#237;a violento, el verdadero era, lisa y llanamente, atroz: eran s&#243;lo tres participantes, un caballero &#196;guila, un caballero Jaguar y un prisionero enemigo, por lo general un t&#237;ascalteca, rivales tradionales de los mexicas. Los dos primeros estaban armados con espadas de filo de obsidiana, capaces de cortar una cabeza de cuajo con un sablazo certero, mientras que el prisionero s&#243;lo ten&#237;a una espada sin filo alguno. Luego de una danza que imitaba el vuelo del &#225;guila y los saltos del jaguar, los guerreros atacaban al soldado mal armado, que se defend&#237;a tanto como era posible. Ante los gritos fanatizados del p&#250;blico que previamente hab&#237;a apostado por uno de los dos clanes, quien consegu&#237;a dar la estocada letal resultaba el ganador. Tepec abominaba de aquel juego aunque, a rega&#241;adientes, toleraba el remedo infantil porque, finalmente, constitu&#237;a una pr&#225;ctica templana de las batallas reales. Y quer&#237;a que, si le tocara ir a su hijo estuviese bien preparado.
Fue por estos d&#237;as de infancia cuando Quetza descubr&#237;o la vocaci&#243;n que habr&#237;a de signar su existencia.

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    <body>&lt;DIV id=e_msg_80312850&gt; El viejo ten&#237;a buenos motivos para negarse a rendirle culto al Dios de la Guerra y los Sacrificios. Hac&#237;a muchos a&#241;os, sus hijos hab&#237;an partido con el gran ej&#233;rcito mexica a la conquista de los territorios que ocupaban los vixtoris en el sur. As&#237; como antes hab&#237;an conseguido dominar a sus antiguos opresores, todo hac&#237;a prever una campa&#241;a militar exitosa y una aplastante victoria sobre el enemigo. Sin embargo, el tiempo pasaba y no llegaban noticias de los huestes.
Tepec hab&#237;a criado a sus hijos en los antiguos principios de sus antepasados toltecas, t&#233;rmino este &#250;ltimo que significaba "hombres sabios". Y as&#237; consideraba Tepec a sus ancestros antes de que triunfara la nueva facci&#243;n de los guerreros. A juicio del anciano, la guerra no s&#243;lo hab&#237;a hecho que los toltecas dejaran de ser sabios, sino que, sencillamente, hizo que dejaran de ser. Tepec nada pod&#237;a hacer para impedir que sus hijos marcharan al frente de batalla; al contrario, era su obligaci&#243;n como funcionario entregarlos para que sirvieran al ej&#233;rcito del emperador. El d&#237;a que se despidi&#243; de ellos se recrimin&#243; el hecho de haberlos educado en la ciencia, la poes&#237;a y el conocimiento, en lugar de templarlos en la lucha y el arte militar. Finalmente, la guerra parec&#237;a ser el &#250;nico destino que pod&#237;a esperar un hombre joven.
Todo esto recordaba el viejo, mientras encend&#237;a una rama de ahuejote, velando por la recuperaci&#243;n del peque&#241;o, que descansaba con un sue&#241;o fr&#225;gil, quebrado por el dolor. Y cuanto m&#225;s miraba al ni&#241;o, tanto menos pod&#237;a olvidar a sus hijos. Cu&#225;ntas veces hab&#237;a tenido que pasar la noche despierto para atenderlos cuando estaban enfermos. Y ahora, se decia Tepec, en el oto&#241;o de su existencia, deb&#237;a empezar nuevamente. No pensaba en el sacrificio que significaba criar un hijo, sino que se resist&#237;a  a la idea de que el peque&#241;o sufriera. Por otra parte, sab&#237;a que &#233;l no vivir&#237;a mucho a&#241;os m&#225;s y que, de hecho, lo estaba condenando, nuevamente, a la orfandad.
Mientras el humo de la rama ardiente invad&#237;a el aire, en la misma medida se iba poblando de recuerdos la memoria del viejo. Jam&#225;s iba a olvidar el d&#237;a en que recibi&#243; la terrible noticia. Despu&#233;s de varias lunas sin saberse nada, corri&#243; la voz: desde la monta&#241;a estaban llegando, por fin, las tropas. La gente sal&#237;a de las casas o interrump&#237;a sus trabajos para ir a recibir a los heroicos hijos de Tenochtitlan. Entre ellos, claro, corr&#237;an tambi&#233;n Tepec y sus esposas. Sin embargo, en lugar de encontrarse con un ej&#233;rcito victorioso, pudieron comprobar que se trataba de unos pocos hombres devastados por la fatiga y la verg&#252;enza. Hab&#237;an sido derrotados. S&#243;lo hab&#237;a logrado sobrevivir ese pu&#241;ado de soldados. Tra&#237;an las armas quebradas, los ropajes hechos jirones y las peores noticias. Tepec supo por boca de ellos que uno de sus hijos, el mayor, hab&#237;a sido alcanzado por una flecha enemiga que le atraves&#243; el cuello y muri&#243; sin sufrir. En cambio el menor, de apenas trece a&#241;os, hab&#237;a ca&#237;do prisionero y su coraz&#243;n fue ofrendado al Dios de la Guerra. Aquel Dios infausto al que su propio pueblo rend&#237;a pleites&#237;a. Unos y otros se estaban matando en nombre de las mismas deidades. Si hab&#237;a un Dios tan ignomonioso para exigir la vida de propios y ajenos, de los hijos de los unos y los otros, entonces el enemigo no pod&#237;a ser otro m&#225;s que ese Dios. As&#237; pensaba el viejo.
Tepec cre&#237;a que habr&#237;a de ser imposible vivir con semejante dolor. Pero no s&#243;lo sobrevivi&#243; a eso, sino tambi&#233;n a la muerte de sus dos esposas; &#233;se era el precio de la longevidad. Recostado con el ni&#241;o sobre su pecho, el viejo miraba atento la brasa de la rama para darle el remedio no bien dejara de arder.
Tres d&#237;as con sus noches pas&#243; Tepec peleando contra el sue&#241;o. Tres d&#237;as con sus noches sin que se le pasara una sola toma de la medicina. Tres d&#237;as con sus noches velando, literamente, para que la madera no dejara de arder. Tres d&#237;as con sus noches consolando al ni&#241;o cada vez que lloraba. Y al cabo de esos tres interminables d&#237;as con sus noches, el ni&#241;o se restableci&#243;. Contra todos los pron&#243;sticos y los sombr&#237;os augurios de los sacerdotes, se cur&#243; por completo. El viejo Tepec consigui&#243; arrancarlo de las garras sangrientas del Dios de la Guerra primero y de las manos m&#243;rbidas de la enfermedad despu&#233;s.
Al t&#233;rmino de tres d&#237;as con sus noches, el anciano pudo ver, por fin, c&#243;mo aqu&#233;l hijo que Quetzalc&#243;atl, el Dios de la Vida, puso en sus manos, dorm&#237;a con un sue&#241;o pl&#225;cido. Con esas mismas manos sarmentosas, huesudas y arrugadas, Tepec alz&#243; al ni&#241;o hac&#237;a el cielo de la madrugada y le puso por nombre Quetza, que significaba "El resucitado".

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    <title>Uno: 4.- Oto&#241;o En Primavera</title>
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    <body>&lt;DIV&gt;El viejo Tepec maldec&#237;a su suerte. Sentado en la poltrona de su casa, comtemplaba al ni&#241;o que lloraba sin parar mientras se revolcaba en el suelo. Se preguntaba c&#243;mo se le hab&#237;a ocurrido semejante idea. Ten&#237;a la edad en que los hombres s&#243;lo aspiran a la tranquilidad, y ahora deb&#237;a empezar todo de nuevo. Ya hab&#237;a criado dos hijos y no parec&#237;a dispuesto a pasar otra vez por eso. Con el &#250;nico prop&#243;sito de dejar de o&#237;r esos berridos, alz&#243; al ni&#241;o y consigui&#243; que se distrajera con los collares que adornaban su pecho; las numerosas cuentas con las que jugaba el peque&#241;o como si fuesen una sonajas, indicaban que su due&#241;o era un hombre de casta superior y un funcionario con grado de ministro. El sonido de las piedras y las cuentas de oro chocando entre s&#237;, hac&#237;a que el ni&#241;o se calmara por breves momentos. Pero al rato se retorc&#237;a dando unos alaridos agudos y estridentes, lo cual, en cierto modo, resultaba una buena se&#241;al para el viejo, ya que era la prueba de que, al menos, los pulmones funcionaban bien. Sin embargo, el vientre estaba muy hinchado y contrastaba con la extrema flacura del resto del cuerpo. No hab&#237;a hueso que no se hiciera notar detr&#225;s de la piel que, ciertamente, estaba bastante irritada. Tepec palp&#243; aquel abdomen inflamado y comprob&#243; que estaba lleno de par&#225;sitos. No sin fastidio, envolvi&#243; al peque&#241;o en una red de c&#225;&#241;amo, se lo colg&#243; por delante del pecho y sali&#243; de la casa. Si se apuraba, todav&#237;a pod&#237;a llegar a conseguir algunas medicinas antes de que oscureciera. El anciano viv&#237;a en el barrio de Mollonco Itlillan, un &lt;EM&gt;calpulli&lt;/EM&gt; al sudoeste del Gran Templo, habitado por la nobleza mexica m&#225;s rancia. La mayor parte de las construcciones eran palacetes que surg&#237;an desde los canales y jardines floridos que perfumaban el aire. La casa de Tepec era amplia y s&#243;lida, estaba hecha de piedra, canter&#237;a y madera. Contaba con cinco aposentamientos y un gran jard&#237;n flotante sobre el canal, con un embarcadero en el que amarraban varias canoas. Ten&#237;a por servidumbre siete esclavos, tres hombres y cuatro mujeres, que eran casi tan viejo como &#233;l y, de hecho, eran su familia. Hab&#237;a tenido dos esposas y, a lo largo de su vida, cerca de cuarenta concubinas, aunque ya no conservaba ninguna. Hab&#237;a enviudado dos veces, con cada esposa tuvo un hijo var&#243;n, aunque prefer&#237;a no recuerdar esa parte de su vida; sus dos hijos hab&#237;an muerto. Hac&#237;a much&#237;simos a&#241;os que no cargaba un ni&#241;o en brazos y al principio sinti&#243; p&#225;nico, como si temiera que la criatura fuera a desarmarse o que se le resbalara de las manos. Pero cuando la tuvo afirmada en la red por delante del pecho, pudo sentir el peque&#241;o coraz&#243;n latiendo y el suyo se conmovi&#243;. Quiso evitar un recuerdo, pero no pudo. Un nudo le cerr&#243; la garganta. Desde su casa, Tepec pod&#237;a ir hasta el mercado a pie por una de las avenidas pero, dado el apuro, resultaba m&#225;s r&#225;pido ir en la canoa. Era una eminencia y todo el mundo lo conoc&#237;a. La noticia de que el viejo debi&#243; hacerse cargo del ni&#241;o por abrir la boca cuando no deb&#237;a, hab&#237;a corrido velozmente. Su cargo p&#250;blico obligaba a los dem&#225;s a inclinar la cabeza a su paso, sin que pudiesen mirarlo a los ojos. Sin embargo, a medida que avanzaba por los canales llevando al cr&#237;o colgando como si fuese una madre, provocaba risas socarronas. El anciano pod&#237;a escuchar los comentarios, pero segu&#237;a con la vista al frente simulando no darse por enterado. Por fin amarr&#243; en uno de las tantos muellesdel mercado y apur&#243; el paso hasta la calle de los herbolarios.En el mercado nada estaba librado al azar: cada rubro ten&#237;a su propia calle. Pese a la inmensidad de la plaza por la que a diario pasaban decenas de miles de almas, era imposible perderse. Cualquier cosa, por m&#225;s rara que fuese, pod&#237;a hallarse r&#225;pidamente. Tepec descendi&#243; de la canoa y atraves&#243; la calle de los peluqueros, donde los hombres se hac&#237;an lavar la cabeza, se rapaban o mandaban hacerse complejos arreglos en el pelo. M&#225;s all&#225; estaba la calle donde platos, fr&#237;os y calientes, carnes y pescados. Por esa hora, la gente se reun&#237;a tambi&#233;n a beber, cosa que no estaba permitida, de modo que deb&#237;an hacerlo de forma m&#225;s o menos clandestina. El viejo apur&#243; el paso, cruz&#243; la calle de las telas y de la loza, pas&#243; por los ruidosos corrales donde se exhib&#237;an los p&#225;jaros y, por fin, lleg&#243; hasta la calle de los herbolarios: de un lado estaban las tiendas que vend&#237;an las hojas, ra&#237;ces y hierbas sueltas; enfrente se ofrec&#237;an los preparados, tales como ung&#252;entos, emplastos, lociones, b&#225;lsamos y pociones. El anciano entr&#243; en una de estas &#250;ltimas y salud&#243; con afecto al due&#241;o de casa, un viejo casi ciego que se mov&#237;a, sin embargo, sin ninguna dificultad. El herbolario examin&#243; al peque&#241;o con sus manos y, al llegar al vientre, no pudo evitar un gesto de preocupaci&#243;n. Palp&#243; cada &#225;pice de ese abdomen inflamado y luego coloc&#243; al ni&#241;o en tal posici&#243;n que consigui&#243; que regurgitara un l&#237;quido amarillento. Oli&#243; profundamente aquel fluido viscoso y hediondo y, por fin, dio su veredicto: &lt;/DIV&gt; &lt;DIV&gt;-No creo que vaya a vivir -dijo terminante. &lt;/DIV&gt; &lt;DIV&gt;El viejo, con una cara impert&#233;rrita, reclam&#243;:&lt;/DIV&gt; &lt;DIV&gt;-Tiene que haber un remedio.&lt;/DIV&gt; &lt;DIV&gt;El herbolario guard&#243; silencio y le extendi&#243; a su antiguo cliente una redoma alargada que conten&#237;a una p&#243;cima y un atado de ramas delgadas de ahuejote. Luego le explic&#243; como deb&#237;a administrar el remedio. Tepec supo que no iba a poder dormir durante los proximos tres d&#237;as: deb&#237;a encender una de aquellas pajuelas dejando que el ambiente se ahumar&#225;; una vez consumida, ten&#237;a que darle de beber un sorbo de la medicina al ni&#241;o, de inmediato encerder otra ramita y repetir la toma al volver a quemarse por completo. Eso deber&#237;a hacer durante los pr&#243;ximos tres d&#237;as con sus noches. El viejo ignoraba si el humo ten&#237;a alguna utilidad terap&#233;utica o si s&#243;lo indicaba la continuidad y frecuencia de la toma de la p&#243;cima; sea como fuere, cada d&#237;a se consum&#237;an cerca de veinticuatro ramas. Tepec pag&#243; con una bolsita llena de polvo de oro y al d&#237;a siguiente la har&#237;a llegar tres sacas de cacao. Antes de que el viejo saliera de la tienda con el ni&#241;o, el herbolario repiti&#243;: &lt;/DIV&gt; &lt;DIV&gt;-No creo que vaya a vivir. Tepec ya hab&#237;a perdido a sus dos hijos y no estaba dispuesto a entregar esa &#250;ltima e inesperada posibilidad de dejar descendencia. Lo alz&#243; nuevamente en su brazos y se aferr&#243; al peque&#241;o desahuciado como si fuese la &#250;nica esperanza de vida para &#233;l.&lt;/DIV&gt;</body>
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    <title>Uno: 3.- La Calle De Los Herbolarios</title>
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    <body>&lt;DIV id=e_msg_80287353&gt; En el mismo instante en que el cuchillo estaba por enterrarse en la carne del ni&#241;o, el viejo Tepec salt&#243; del estrado reservado al Consejo de Sabios, elev&#243; su bast&#243;n, camin&#243; hac&#237;a el centro del templo y, como si la edad no le pesara, ascendi&#243; los pelda&#241;os de la pir&#225;mide hasta llegar, contra todo protologo, a los pies del emperador. La multitud enmudeci&#243;. Los guardias quedaron expectantes a la espera de una orden; nunca antes nadie se hab&#237;a atrevido a semejante cosa. El anciano se inclin&#243; respetuosamente y, sin mirarlo a los ojos, cosa prohibida a los s&#250;bditos, se dirigi&#243; al rey con firmeza. Se&#241;alando al ni&#241;o, le dijo que aquel esperpento escu&#225;lido y barrig&#243;n era muy poca cosa para ofrendar a los dioses, que ese peque&#241;o provocar&#237;a la ira de Huitzilopotchtli, Dios de la Guerra, y lo vomitar&#237;a sobre la ciudad enviando pestes, desdichas y inundaciones.
-No har&#225; m&#225;s que traer la desgracia sobre Tenochtitlan -concluy&#243; el viejo.
Si aquellas palabras hubiesen sido pronunciadas por cualquier otra persona, Axay&#225;catl lo habr&#237;a mandado a ejecutar de inmediato. Pero viniendo de quien tanto hab&#237;a hecho por el Imperio, tal vez hubiera motivos para dudar. El sacerdote que empu&#241;aba el cuchillo pidi&#243; a los gritos al rey que no escuchara al anciano y se dispuso a descargar la punta afilada sobre aquel pecho diminuto y agitado. La multitud acompa&#241;&#243; el pedido con una aclamaci&#243;n un&#225;nime. A un &#225;pice estaba la cuchilla del cuerpecito enfermo, cuando Axay&#225;catl le orden&#243; al cl&#233;rigo que se detuviera. Los zopilotes presenciaban la escena desesperados y lanzaban graznidos de indignaci&#243;n. El sacerdote se acerc&#243; hasta el monarca e intent&#243; hacerle ver que no era posible cumplir la petici&#243;n de clemencia de un mortal, por muy venerable que fuese.
-No lo hago por compasi&#243;n -le replic&#243; el anciano, y le dijo que, al contrario, resultar&#237;a una imperdonable ofensa obsequiar a los dioses un ni&#241;o evidentemente corrompido por la enfermedad.
El sacerdote se llamaba Tapazolli, nombre que significaba "nido de p&#225;jaro". Era un hombre de gesto severo y se caracterizaba por ser un mal verdugo: la muerte, en las manos de Tapazolli, era una lenta agon&#237;a. A diferencia de la mayor&#237;a de los sacerdotes, que ejecutaban sacrificios con mano veloz y separaban el coraz&#243;n del pecho en unos pocos movimientos, &#233;l lo hac&#237;a con una minuciosidad tal, que parec&#237;a deleitarse en el sufrimiento. Tapazolli, igual que Tepec, tambi&#233;n descend&#237;a de los antiguos toltecas y, a diferencia del anciano del Consejo, tra&#237;a el legado de los guerreros que adoraban a Tezcatlipoca, advocaci&#243;n del Dios Huitzilopotchli a quien estaba dedicado el sacrificio que se dispon&#237;a a ejecutar si, de una vez por todas, se lo permit&#237;an.
Tapazolli opuso que hab&#237;a que matar al peque&#241;o de todos modos, ya que era hu&#233;rfano, efectivamente estaba enfermo y de todas formas iba a morir.
-Entonces eres t&#250; el que pide clemencia -le dijo el rey al sacerdote.
Era inadmisible anteponer la piedad humana a las voluntades divinas. Hab&#237;a que ofrendar a los mejores, no a los desahuciados. Axay&#225;catl orden&#243; que liberaran al ni&#241;o. El sacerdote baj&#243; la cabeza e igual que la muchedumbre agolpada al pie de la pir&#225;mide, guard&#243; silencio. Tapazolli nunca iba a olvidar aquella humillaci&#243;n p&#250;blica. Ya habr&#237;a tiempo para cobrarse esa deuda.
No era la primera vez que el viejo Tepec lograba salvar una vida; ya otras veces hab&#237;a conseguido disuadir a los sacerdotes con distintos ardides. Pero nunca habia tenido que llegar a interceder ante el mism&#237;simo monarca para devolver un ni&#241;o a sus padres. S&#243;lo que esta vez no hab&#237;a a quien restituirlo, ya que el peque&#241;o era hu&#233;rfano. El rey, considerando esta situaci&#243;n, llam&#243; aparte al anciano y, se&#241;alando al ni&#241;o, le dijo:
-Es cierto; es poca cosa para ofrendar a los dioses. Pero lo que resulta poco para los dioses, puede ser mucho para los hombres. Viejo terco... -murmur&#243; el soberano.
Tepec sonri&#243; ante el afectuoso reto del monarca. Pero la sonrisa se le trasform&#243; en una mueca de espanto cuando Axay&#225;catl complet&#243; la frase:
-... a partir de ahora te har&#225;s cargo del ni&#241;o.

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    <title>Uno: 2.- El Elegido</title>
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    <body>&lt;DIV id=e_msg_80269284&gt; Desde el lago soplaba una brisa fresca que tra&#237;a el perfume de las flores que crec&#237;an en las chinampas, las islas artificiales que hicieron de ese suelo pantanoso una majestuosa ciudad flotante. El sol todav&#237;a no era m&#225;s que un fulgor rojizo tras las monta&#241;as y la gran metr&#243;poli ya estaba en pie. Las canoas, decoradas con mascarones que representaban aves o serpientes pintadas de rojo estridente, de verde y amarillo, iban y ven&#237;an repletas de ma&#237;z, de frutas y de hortalizas. Aquellos jardines ocultaban bajo la alfombra de los sembrad&#237;os su estructura de troncos unidos por cieno y limo, ancl&#225;ndose al lecho cenagoso con las ra&#237;ces de los tupidos ahuejotes.
La plaza del mercado, rodeada de canales, se iba poblando a medida que llegaban las barcazas cargadas. Era aqu&#233;l el coraz&#243;n del Imperio Mexica, el centro cosmopolita hasta donde llegaban los mercaderes desde las ciudades m&#225;s lejanas. All&#237; se negociaba toda clase de mercanc&#237;as en numerosas lenguas y pod&#237;an verse ropajes de todas las regiones. El alboroto de los comerciantes que pregonaban a viva voz sus ofertas, se mezclaba con la m&#250;sica ritual proveniente de los templos. El sonido de los timbales y las flautas anunciaba la proximidad de la ceremonia m&#225;s esperada por algunos y la m&#225;s fat&#237;dica para otros. No era aqu&#233;l un d&#237;a cualquiera; sin embargo, nada pod&#237;a hacer que la gran ciudad detuviera su marcha.
Un grupo de zopilotes encaramados en la cima del Cerro del Pe&#241;on escuchaba el sonido de los tambores como si estuviesen encantados; y ten&#237;an buenos motivos para estar atentos. Sab&#237;an que eran los principales convidados de aquel rito. Esperaban impacientes que de una buena vez comenzaran a sonar los &lt;EM&gt;atecocolli&lt;/EM&gt;, unas trompetas hechas de caracol ahuecado, que indicaban el comienzo de la ceremonia. Ese d&#237;a iban a ser sacrificados tres mancebos y un ni&#241;o. Como si aquellos p&#225;jaros carro&#241;eros supieran que eran los intermediarios entre los hombres y los dioses, esperaban el momento en que los sacerdotes les arrojaran los corazones todav&#237;a palpitantes de las victimas. Luego de devorarlos, levantar&#237;an vuelo y, as&#237;, en sus vientres satisfechos, llevar&#237;an las ofrendas al Dios de la Guerra.
Por fin sonaron las caracolas. S&#243;lo entonces, los zopilotes se lanzaron al vuelo desde lo alto del cerro. Para llegar hasta la ciudad, una isla dorada en medio del lago rodeado por monta&#241;as, deb&#237;an surcar una enorme distancia sobre las aguas. Volaron por encima del extenso muro que proteg&#237;a a la isla de los desbordes, y desde all&#237; pudieron divisar las cumbres de las pir&#225;mides de las ciudades gemelas: Tlatelolco y, m&#225;s all&#225;, Tenochtitlan. Fatigadas pero con el &#225;nimo renovado por la proximidad, las aves volaron por encima de la majestuosa Calzada de Tepeyac. Atravesaron los puentes levadizos que un&#237;an los monumentales edificios erigidos entre las aguas y desde all&#237; tuvieron un panorama completo: las monta&#241;as que rodeaban al lago se ve&#237;an pobres e imperfectas en comparaci&#243;n con la doble pir&#225;mide de Huey Teocalli, el Templo Mayor. Al pie de la Gran Pir&#225;mide bic&#233;fala, en la explanada del centro ritual, los p&#225;jaros vieron a los sacerdotes afilando los negros cuchillos de obsidiana contra la piedra de los sacrificios. Como si los zopilotes conociesen el ceremonial, ocuparon su lugar en lo alto de la pir&#225;mide, justo por encima del &lt;EM&gt;tlatoani&lt;/EM&gt;, el monarca.
Por aquellos d&#237;as gobernaba Axay&#225;catl. Para muchos era un rey justo comparado con su antecesor, quien hab&#237;a incrementado los impuestos a los vasallos de un modo humilante; cierto era que el sucesor redujo los tributos pero s&#243;lo a expensas de aumentar a&#250;n m&#225;s el dominio del Imperio y someter a sus vecinos. Por otra parte, todo le parec&#237;a propicio para celebrar sacrificios: si ten&#237;a que emprender una acci&#243;n militar, ofrec&#237;a prisioneros al Dios de la Guerra; si eran tiempos de sequ&#237;a, entregaba ni&#241;os al Dios de la Lluvia; si en cambio diluviaba, ofrendaba vidas al Dios del Sol. Los sacrificios divid&#237;an la opini&#243;n de los hijos de Tenochtitlan; dado que proven&#237;an de una tradici&#243;n guerrera, tal vez la mayor parte los aprobaba; sin embargo, eran muchos los que repudiaban secretamente los sacrificios humanos y se negaban a beber la sangre de sus hermanos. &#201;sta era una divisi&#243;n que se remontaba muy lejos en el tiempo y ya hab&#237;a desmembrado a sus antepasados, los toltecas. Una parte de ellos adoraba a Tezcatlipoca. Dios de la Guerray el Sacrificio. Otros veneraban a Quetzalc&#243;atl, a quien consideraban el Dios supremo que se opon&#237;a a la Muerte y la Destrucci&#243;n. Ambos dioses, en su antagonismo, fueron los creadores del mundo; constitu&#237;an una dupla inseparable, una deidad &#250;nica que conten&#237;a en s&#237; misma la vida y la destrucci&#243;n, la guerra y la paz, la noche y el d&#237;a. A medida que los hombres iban tomando partido por uno u otro aspecto de esta deidad, fueron dividi&#233;ndola hasta que dio lugar dioses diferentes y opuestos. Enzarzados en una guerra interna, los partidarios del Dios sombr&#237;o resultaron vencedores. Los derrotados fueron expulsados de Tula y se exiliaron en la m&#237;tica y por entonces abandonada Teotihuacan. Ciertamente, ten&#237;an pocas posibilidades de salir victoriosos de una guerra quienes, de hecho, se opon&#237;an a ella, siendo sus armas la persuasi&#243;n y la palabra contra la lanza y la flecha.
De esta estirpe proven&#237;a Tepec, por entonces un anciano venerable que hab&#237;ahecho suficientes m&#233;ritos para pertenecer al Consejo de Sabios. Pese a que sus opiniones raramente se ajustaban a los caprichosde los monarcas, su voz sol&#237;a ser atendida. Jam&#225;s se hab&#237;a entregado a la genuflexi&#243;n para alcanzar un cargo, ni dec&#237;a lo que los poderosos quer&#237;an o&#237;r. De hecho, no hab&#237;a conseguido su lugar en el Consejo por el solo hecho de haber llegado a viejo, como era el caso de los integrantes. Tepec era un hombre realmente sabio; fue &#233;l quien ide&#243; el sistema de diques que defend&#237;a a la isla del avance de las aguas y quien segment&#243; la calzada de Chapultepec, uniendo sus tramos mediante puentes levadizos para impedir la entrada del enemigo, o bien cortarle la retirada una vez dentro. Era un verdadero oriundo de An&#225;huac, un hombre del agua, obsesionado por hacer que el lago conviviera en forma armoniosa con la ciudad.
Tepec. t&#233;rmino que significaba "cerro", ten&#237;a una apariencia completamente distista de la que indicaba su nombre. Era un hombre sumamente delgado. Ten&#237;a una nariz espl&#233;ndida: inmensa, aguile&#241;a y de fosas generosas, le confer&#237;a un aire de distinci&#243;n y alcurnia tolteca que llamaba al respeto. Su pelo era plateado, muy lacio y tan largo que pod&#237;a cubrirse el torso y las espaldas si quer&#237;a. Por lo general lo llevaba recogido con una vincha. Pese a su posici&#243;n social, Tepec se mostraba austero: vest&#237;a un taparrabo de cuero, unas sandalias de piel de ciervo y llevaba el pecho cubierto de collares. S&#243;lo usaba su pechera de cobre y el tocado de plumas multicolor cuando asist&#237;a a las sesiones del Consejo de Sabios.
Aunque no pudiese admitirlo de forma p&#250;blica, el viejo Tepec se opon&#237;a a los sacrificios humanos. Y ahora, mientras ve&#237;a a los cuatro elegidos siendo conducidos a la piedra ceremonial, no pod&#237;a evitar un sentimiento de piedad, sobre todo por el ni&#241;o que todav&#237;a no hab&#237;a cumplido los dos a&#241;os y se ve&#237;a sumamente enfermo. Siempre hac&#237;a lo que estaba a su alcance para intentar salvar la vida de los m&#225;s peque&#241;os, aunque esta vez no parec&#237;a haber clemencia alguna por parte de los sacerdotes. Hab&#237;a hablado con todos ellos, pero se mostraron inflexibles: eran tiempos de sequ&#237;a y el Dios de la Lluvia exig&#237;a que los ofrendados fuesen ni&#241;os.
El peque&#241;o avanzaba a lo largo de la calzada conducido por un sacerdote que lo llevaba de la mano. Andaba con el paso vacilante de los ni&#241;os de su edad, pero, ademas, cargaba con el peso de una enfermedad que le abultaba el abdomen y le confer&#237;a un gesto de dolor. Apenas hab&#237;a aprendido a caminar y esos primeros pasos eran, tambi&#233;n, los &#250;ltimos. Detr&#225;s iban los mancebos, quienes se hab&#237;an ofrecido a los dioses por propia voluntad. Habiendo sido agasajados durante todo el a&#241;o con manjares, festejos y regalos, despu&#233;s de haber cohabitado con v&#237;rgenes en fiestas orgi&#225;sticas, ahora deb&#237;an pagar con su vida los placeres que les hab&#237;an sido concedidos. No pod&#237;a compararse su situaci&#243;n con la del ni&#241;o que no tuvo la oportunidad de elegir su destino. Ataviado con ropajes coloridos y plumas, el peque&#241;o se acercaba con los ojos llenos de asombro, sin saber lo que le esperaba unos pasos m&#225;s adelante.
Los sacerdotes comenzaron la danza ritual ante la multitud reunida alrededor del centro ceremonial que, enfervorizada, gritaba el nombre del Dios de la Guerra. Por fin recostaron al ni&#241;o sobre la superficie pulida de la piedra y uno de los sacerdotes levant&#243; su brazo empu&#241;ando el cuchillo afilado.
Los zopilotes, cebados igual que la muchedumbre, se balanceaban de un lado a otro. El emperador, sentado en su trono de piedra, se dispuso a dar la orden para que comenzaran los sacrificios.

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    <body>&lt;DIV id=e_msg_80253217&gt; Estableci&#243; con exactitud el ciclo de rotaci&#243;n de la Tierra en torno del Sol y traz&#243; las m&#225;s precisas cartas celestes antes que Cop&#233;rnico. Fue el primero en concebir el mapa del mundo adelant&#225;ndose a Toscanelli. Los gobernantes buscaron su consejo sabio, pero, cuando su opini&#243;n contradijo los dogmas del poder, tuvo que retractarse por la fuerza, tal como lo har&#237;a Galileo Galilei dos siglos m&#225;s tarde. Imagin&#243; templos, palacios y hasta el trazado de ciudades enteras durante el esplendor del Imperio. Concibi&#243; el monumento circular que adornaba la catedral m&#225;s importante que ojos humanos hubiesen visto jam&#225;s. Varios a&#241;os antes que Leonardo da Vinci, imagin&#243; artefactos que en su &#233;poca resultaban absurdos e irrealizables; pero el tiempo habr&#237;a de darle la raz&#243;n. Adelant&#225;ndose a Crist&#243;bal Col&#243;n, supo que la Tierra era una esfera y que, navegando por Oriente, pod&#237;a llegarse a Occidente y viceversa. Pero a diferencia del navegante genov&#233;s, nunca confundi&#243; las tierras del Levante con las del Poniente. Ten&#237;a la certidumbre de que hab&#237;a un mundo nuevo e inexplorado del otro lado del oc&#233;ano y que all&#237; exist&#237;a otra civilizaci&#243;n; sospecha que habr&#237;a de confirmar haci&#233;ndose a la mar con un pu&#241;ado de hombres. Se convirti&#243; en naviero y &#233;l mismo construy&#243; una nave in&#233;dita con la cual surc&#243; el oc&#233;ano Atl&#225;ntico. Toc&#243; tierra y estableci&#243; un contacto pac&#237;fico con sus moradores. Pero s&#243;lo porque estaba en inferioridad de condiciones para lanz&#225;rse al ataque. Comprob&#243; que el Nuevo Mundo era una tierra arrasada por las guerras, el oscurantismo, las matanzas y las luchas por la supremac&#237;a entre las diferentes culturas que lo habitaban. Vio que los monarcas eran tan desp&#243;ticos como los de su propio continente y que los pueblos estaban tan sometidos como el suyo. Escribi&#243; unas cr&#243;nicas bell&#237;simas, pero para muchos resultaron tan fabulosas e inveros&#237;miles como las de Marco Polo. Supo que el encuentro entre ambos mundos iba a ser inevitable y temi&#243; que fuese sangriento. Y tampoco se equivoc&#243;. Traz&#243; un plan de conquista que evitara la masacre. Retorn&#243; a su patria luego de dar la vuelta completa a la Tierra, mucho antes de que Magallanes pudiese imaginar semejante haza&#241;a. A su regreso, advirti&#243; la inminente tragedia a su rey.

 Si hubiese sido escuchado, la historia de la humanidad ser&#237;a otra. Jam&#225;s consigui&#243; que le otorgaran una flota y una armada para lanzarse a la conquista. Fue el primero en ver que ning&#250;n imperio, por muy poderoso, magn&#225;nimo y extenso que fuese, podr&#237;a sobrevivir a la ambici&#243;n de sus propios monarcas. Pero fue silenciado. Tomado por loco, condenado al destierro, vaticin&#243; el fin de su Imperio y la destrucci&#243;n de la ciudad que &#233;l hab&#237;a contribuido a erigir.

 Supo con muchos a&#241;os de antelaci&#243;n que la &#250;nica forma de que su civilizaci&#243;n no pereciera, era llevando adelante el desaf&#237;o m&#225;s grande de la humanidad: la conquista de Cuauhtollotlan, como &#233;l bautiz&#243; al nuevo continente, o Europa seg&#250;n el nombre con que lo llamaban los salvajes que lo habitaban. Fue el m&#225;s brillante de los hijos de Tenochtitlan. Su nombre, Quetza, debi&#243; haber fulgurado por los siglos de los siglos. Pero apenas si fue recogido por unas pocas cr&#243;nicas y luego pas&#243; al olvido. Su inter&#233;s por la unificaci&#243;n del mundo no era s&#243;lo estrat&#233;gico: al otro lado del mar hab&#237;a quedado la mujer que amaba.

 Lo que sigue es la cr&#243;nica de los tiempos en que el mundo tuvo la oportunidad &#250;nica de ser otro. Entonces, quiz&#225; no hubiesen reinado la iniquidad, la sa&#241;a, la humillaci&#243;n y el exterminio. O tal vez s&#243;lo se hubiesen invertido los papeles entre vencedores y vencidos. Pero eso ya no tiene importancia. A menos que las profec&#237;as de Quetza, el descubridor de Europa, todav&#237;a tengan vigencia y aquella guerra, que muchos creen perteneciente al pasado, a&#250;n no haya concluido.

 Hasta la fecha, sus vaticinios jam&#225;s se equivocaron.

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