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21 Dic 2008

En 1972, cuatro de los mejores hombres del Ejército americano, que formaban un comando, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. Aquí acababa la carrera del coronel John ‘Hannibal’ Smith, también conocido como el actor George Peppard, también conocido como el escritor Paul Varjak, al que llamaba "Fred" Holly Golightly, el sublime personaje encarnado por Audrey Hepburn en ‘Desayuno con diamantes’. Fumador empedernido, alcohólico y estrella de ‘El Equipo A’, Peppard era un actor mediocre como mediocre era el escritor Varjak, como todos los escritores que no conocen a Holly todavía. Pájaros solitarios, no frecuentan talleres ni tertulias, sino cafés cuyos ventanales dan unas veces a la Quinta Avenida y otras a la plaza Moyúa. Por allí andan Loewe o Gastón y Daniela, que son a Bilbao lo que Chanel y Tiffany’s a ciudades más aparatosas.

(imagen: José Luis Nocito/El Correo)

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20 Dic 2008

El joven Sherlock Holmes no habría desentonado en el patio del Instituto Central de Bilbao. Se le puede imaginar acompañado por el futuro doctor Watson, esquivando balones de fútbol y baloncesto en partidos jugados simultáneamente en el mismo campo, lupa en mano, indagando bajo la torre del masculino, o en mitad de un experimento con el pararrayos de la cúpula de hierro. Habría compuesto su precursora monografía sobre las cenizas de esas colillas que apagaba el gigantón de turno contra el techo de la tejavana. Habría descubierto la ofrenda en flores a la diosa Minerva, centinela de la esquina de la Diputación. Del paraninfo llegan ecos preuniversitarios y obras de teatro y planes de evacuación de incendios que atraviesan corredores forrados de madera. Si se escucha con atención, oreja contra el muro, todavía se escucha la lección primera de pedagogía: «Sois la peor clase que he tenido». A unos metros, la biblioteca foral es un buen lugar para pasar la tarde. Hasta es posible, llegado el caso, estudiar para los exámenes.

(imagen: Mitxel Atrio/El Correo)

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18 Dic 2008

Pasado el ábside de Santiago, según se viene por Tendería, aparece a mano izquierda la Puerta del Ángel, que da acceso al claustro renacentista de la catedral de Bilbao. Hasta hace pocos años exponía allí por Navidad sus obras la Asociación de Belenistas de Vizcaya. Los visitantes contemplaban los belenes subidos a un entarimado, a paso de procesión, sin prestar mucha atención al patio. De éste, que sin aquella visita anual se imagina como abandonado, asoman por encima de la tapia dos agujas finamente labradas, tal que árboles de piedra blanca. De estilo clasicista, sobrio y austero, el museo arqueológico se levanta a unos metros de la catedral, junto a la parroquia de los Santos Juanes. Colegio jesuita fundado en el siglo XVII, se articula éste en torno a un claustro de tres plantas, de corte herreriano, infrecuente en el País Vasco. Allí se encuentra una serie de tallas heráldicas y elementos funerarios, con el ídolo de Mikeldi en el centro del patio, flotando sobre la hierba donde pastan los bueyes celestiales. En la tercera planta del museo se puede admirar la grandiosa maqueta de Vizcaya de Montorio y Eguía, en madera de calabó, actualizada en los años ochenta por Pedro Eguía, que es de visita obligada.

(imagen: El Correo)

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Escrito por: Ciro Galante , ,

17 Dic 2008

Edgar Allan Poe: ‘El corazón delator’. ‘El extraño caso del señor Valdemar’. ‘La caída de la casa Usher’. La traslación al castellano de estos títulos no les resta un ápice de genio y de misterio. Sin embargo, Poe escribió también algunos malos, malísimos relatos, y no por impericia o descuido, sino por intentar un género para el que no estaba dotado: el humor. Stevenson señaló que «el ser capaz de escribir ‘El rey peste’ había dejado de ser humano», y Shank vio en dicho relato, fechado en 1835, «una bufonada increíblemente estúpida e ineficaz». La cosa de la Ría guiña los ojos perpleja y se sumerge en el cieno. ¿Poe, mal escritor? El de Boston quería ser un humorista y Bilbao, una ciudad-museo. En 1991, cuando el Guggenheim no era más que un garabato sobre una servilleta, el Ayuntamiento encargó a un grupo de artistas locales la decoración del techo de Los Arcos, el pasaje comercial que se encuentra frente al Mercado de La Ribera. El resultado fue una desigual serie de obras, francamente difícil de contemplar por su emplazamiento. Desde la calle Somera hasta Carnicería Vieja, se suceden las pinturas de Brosio, Ángel Cañada, Justo San Felices, Roberto Zalbidea y Alejandro Quincoces. Temas bilbaínos, históricos y alegóricos, que acaso ya no están a la altura de nuestro presente, pero siguen ahí arriba.

(imagen: Mireya López/El Correo)

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16 Dic 2008

Enfermo terminal, William Wilditch regresa a Winton Hall, la casa de campo donde se crió junto a su hermano George, para resolver un enigma de su infancia. «–¿Recuerdas cuando buscábamos el tesoro? –¿Tesoro?–dijo George–. Ah, ¿te refieres a esos pedazos de hierro?». William ha pensado toda la vida que pasó una semana fuera de casa, perdido en una caverna de Winton Hall situada "debajo del jardín" (que es el título de este relato de Graham Greene). La isla en mitad del estanque del jardín en que halló la gruta es tan extensa como una mesa de cocina. «Un sueño no tiene en cuenta el tamaño», se consuela. En el parque de Doña Casilda hay un canal entre la fuente de roca y el estanque que, tras pasar bajo el sendero, se bifurca dando lugar a una isla como la de William. Allí sólo cabe un árbol, un par de arbustos y la sensación territorial de que fuera de ella no existe la certeza sobre nada.

(imagen: Lara Revilla/El Nervión)

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15 Dic 2008

El muelle de Marzana corre paralelo a la Ría desde el puente de San Antón hasta el de La Ribera, en la orilla contraria a la plaza de abastos. Los edificios que están más cerca de San Antón son de llamativos colores; luego viene una escalera ajardinada, abierta en un solar arruinado para comunicar el muelle con Bilbao La Vieja, y al final se encuentran unas casas blancas de balcones adornados con un aire de camisa bordada. Los miradores de la última de estas casas van a dar a una plazuela, que es donde muelle y calle del mismo nombre se reúnen. No hace mucho que Marzana adquirió su aspecto actual de paseo a la orilla de la Ría. Desde aquí, el mercado revela su metáfora: es un barco atracado al Casco Viejo. En Marzana hay una galería de arte y un club nocturno de los que se reservan el derecho de admisión si uno no es un estupendo. El caso es que no se ve mucha gente de paseo. Es que, aquí en el muelle, corretean ratas del tamaño de conejos. Del susto, en lugar de estar a ras del suelo, los portales se han subido sobre escalerillas metálicas.

(imagen: José Luis Nocito/El Correo)

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14 Dic 2008

Las calles de Bilbao la Vieja –Concepción, Amparo, Cantarranas– todavía suenan a indómito, a barrio chino como de novela de Eduardo Mendoza, a ese realismo socarrón en el que un personaje que camina por la barcelonesa calle del Gas se la encuentra «festoneada de ratas muertas». También llamado Las Cortes o San Francisco, su rehabilitación dará que hablar el año entrante. Habrá que ver qué y cómo se sigue construyendo, pues no da igual la piedra que el ladrillo en un barrio que es también histórico, por más que la gente se lo tome a broma. De la riqueza por descubrir del vecindario cabe destacar, ahora que es tiempo de belenes, dos portales al final de la calle Bilbao la Vieja. Justo antes de la plaza de los Tres Pilares, hay un edificio azul de molduras amarillas, con la primera planta en piedra y un airoso arco abocinado. Desde allí sube una escalera que parece salida de un belén, con la luz del monte al fondo, atravesando una cancela. En la acera contraria, es a la inversa: descienden los escalones al portal –siete, ocho, nueve–, hasta toparse con una puerta misteriosa.

(imagen: Ciro Galante)

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13 Dic 2008

Sobre el pescante del coche de sir William Gull, tiene lugar este diálogo entre el médico de la reina Victoria y su cochero: «–¿Hasta qué punto conoces Londres, Netley? –Como la palma de mi mano, señor. –¡Ja, ja! Sin duda, es igual de mugrienta, pero Londres es algo más». A lo largo de una veintena de portentosas páginas, Gull descubre a su cochero el sustrato legendario sobre el que se asienta la capital británica. Cada iglesia, cada obelisco, cada cementerio se halla sobre un centro de poder pagano. No vamos a desvelar aquí el sentido último de esta peculiar excursión: se puede encontrar en el cómic ‘From Hell’, de Alan Moore y Eddie Campbell. La ciudad que tan bien conoce el cochero es como Bilbao: de puro vivir en ella, sus aspectos incluso extraordinarios nos pasan desapercibidos. Y sin embargo, es una gran obra, con muchos aspectos y complejidades, que se pueden interpretar. Si la estatua de Don Diego da la espalda a la Gran Vía, la calle más importante de Bilbao, no es por casualidad. Es porque entrega la carta puebla el Bilbao originario, el Casco Viejo, que está del otro lado.

(imagen: El Correo)

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11 Dic 2008

De la región en que vagamente los romanos localizaban la futura Vizcaya, Plinio no acertó a citar en su ‘Historia natural’ más que la existencia de una montaña hecha toda de hierro. Desde entonces, la historia de los montes de Triano ha sido la de la extracción del mineral. Al agotarse éste, las reglas que determinan la economía, la evolución social y hasta la geografía parecen haberse vuelto locas. La comunidad minera se ha ruralizado, las minas inundadas se han convertido en lagos de belleza inexplicable y los ‘greens’ del nuevo campo de golf verdean sobre una antigua escombrera. Este paisaje tardará un par de generaciones en asentarse. Entre tanto, en La Arboleda se respira a realismo mágico. A la izquierda de la carretera, según se viene desde La Reineta, un desvío conduce al poblado de Parcocha. Al borde de una ladera desde la que se domina toda la margen izquierda, hay un barracón y una grada frente a una campa desangelada. No se percibe a ras de suelo, pero en las fotografías aéreas, este terreno toma la forma de un campo de béisbol. Qué pinta allí, subido encima de las nubes, es un asunto misterioso. Si lo construyes, vendrán. Aunque sea para pasmarse por ello.

(imagen: Fernando Gómez/El Correo)

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10 Dic 2008

En la entrada principal del parque de los patos, bajo el excesivo nombre de alameda del Conde Arteche, hay una escultura de Joaquín Lucarini que representa a un niño enfrascado en la lectura. Yacen a sus pies un muñeco y un diábolo, como si en mitad del juego se hubiera encontrado el libro y, con la ligereza propia de la infancia, hubiese abandonado una diversión por otra. Como la obra está hecha en mármol, viene el prejuicio de que se trata de un librito de poemas o de cuentos, pero podría ser cualquier cosa, desde el divino Stevenson hasta la guía Don Balón para la temporada que viene. El crío está sentado sobre un poyo, con el torso girado en un elegante escorzo y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Los dedos pulgares de los pies señalan al espectador, crispados; la emoción de la lectura le recorre el cuerpo hasta ellos. Desnudo, le cubre por pudor un paño, mientras sostiene con determinación las cubiertas del libro. Hay que entrar en el parterre y meterse entre las flores para contemplar su rostro concentrado, boquiabierto. ¿Qué estará leyendo?

(imagen: Fernando Gómez/El Correo)

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