CUENTO DE FEBRERO

Platón (filósofo griego de antes de cristo) creía en un alma inmortal. Es más, pensaba que ésta ya existía antes de meterse en un cuerpo. Desarrolló una teoría llamada “El mundo de las ideas”; según la cual el mundo se divide en dos: la parte de los sentidos relacionada con el cuerpo y la parte eterna del alma. La 1ª “fluye” y la 2ª es inmutable. En origen el mundo (ése mundo de las ideas) era perfecto, vamos, la personificación del bien. Pero cuando un “alma” despierta en un cuerpo se olvida de todo, bueno, de casi todo. Recuerda vagamente la “esencia” de las cosas. A esa añoranza la llamó “eros” (amor). Por esto el cuerpo se vive de manera imperfecta e insignificante. De él proviene el lema poético de que “el cuerpo es la cárcel del alma”. Pero no todos los humanos son estúpidos y resignados que viven en el mundo de las sombras. Los filósofos se giran en dirección a la luz para ver la silueta, el molde verdadero que origina la sombra proyectada. El resto incluso cree que las sombras lo son todo, no viven las sombras como sombras. Este planteamiento lo desarrolló en una parábola llamada “el mito de la caverna”.

Esto no es más que un resumen de un capítulo del Best Seller “El mundo de sofía”del genial Jostein Garden. Lo leí hace ya demasiados años pero lo conservo entre mis libros favoritos. No descubrí el pensamiento filosófico de la historia entonces, puesto que yo he sido de la generación del BUP y COU, donde aunque fueras de ciencias mixtas aprendías tanto matemáticas, física, química y biología como literatura, filosofía e incluso latín. Realmente tengo la suerte de que me apasione tanto un axioma matemático o una integral curvilínea como un recurso literario de un poema de Bécquer o las teorías del prusiano de Kant. En fin, aunque sean fantasías, la filosofía es tremendamente interesante y divertida y hace pensar al que no está acostumbrado a plantarse cuestiones tan básicas como si el mundo es tal cual lo percibimos o presenta una realidad invisible a nuestros sentidos. Por ejemplo, si tuviésemos unas gafas a través de las cuales vemos todo monocromático y nunca nos quitamos las lentes porque ni siquiera sabemos que las llevamos, ¿Cómo podríamos saber que el mundo es colorido?

Quizá incluso llevamos gafas graduadas, por eso algunos son cortos de vista, otros sólo ven de lejos y no saben porqué la vecina de abajo está gritando, otros no tienen percepción espacial o tal vez todos tengamos de alguna manera un parche en el ojo.

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Gallinejas y Entresijos

Soy una chica de Bizkaia con turbaciones ante esto que llaman primer mundo

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