09 Nov 2009
17 Oct 2009
La búsqueda científica de inteligencias alienígenas (SETI, por su denominación en inglés) nació en un momento en el que parecía difícil que alguien se la tomara en serio. Después del descubrimiento de los canales marcianos por parte de Percival Lowell a finales del siglo XIX , los contactos por radio con extraterrestres de Marconi y Tesla a principios del XX, y las visiones de platillos volantes en Estados Unidos nada más acabar la Segunda Mundial, unir ciencia y estraterrestres resultaba embarazoso. Cocconi y Morrison, quienes no creían en el origen alienígena de los ovnis, destacaban en su artículo las implicaciones "filosóficas y prácticas" que tendría la detección de mensajes de radio extraterrestres y sugerían buscarlos en la frecuencia del hidrógeno, el elemento más común del Universo. Lo que ignoraban es que, a 530 kilómetros al suroeste de Ithaca, un joven astrofísico llamado Frank Drake, que años antes había llegado a esa misma conclusión, estaba a punto de intentar escuchar por primera vez a seres de otros mundos desde Virginia Occidental.
Drake bautizó la primera búsqueda sistemática de señales alienígenas como Proyecto Ozma, en honor a la reina del imaginario país de Oz. Se puso en marcha el 8 de abril de 1960. La antena del observatorio de Green Bank apuntó hasta junio durante 200 horas hacia Tau Ceti y Epsilon Eridani, dos estrellas de la edad del Sol que Cocconi y Morrison habían citado en Nature. Nada más iniciarse el rastreo, saltó la primera falsa alarma en la historia de SETI: un avión.
Tres años después, los astrónomos soviéticos Nikolai Kardashev y Gennady Sholomitskii anunciaron que habían captado una señal procedente de CTA-102 que atribuían a una civilización alienígena. Al final, CTA-102 resultó ser un cuásar, una fuente emisora de grandes cantidades de energía que todavía intriga a los científicos. En 1967, investigadores británicos captaron otra extraña emisión de un objeto que bautizaron como LGM-1, de Little Green Men (pequeños hombres verdes). No se trataba de un mensaje alienígena, como en principio creyeron, sino de un pulsar, los restos de una estrella colapsada, un cuerpo tan denso que una cucharada de su materia pesa como una montaña. La más famosa de todas las emisiones misteriosas es la señal Wow!, detectada el 15 de agosto de 1977 por un radiotelescopio de la Universidad del Estado de Ohio. Duró 72 segundos, no ha vuelto a escucharse y sigue siendo un enigma. Los científicos de SETI han descubierto los cuásares y los pulsares, pero no han dado con extraterrestres.
Si difícil es dar con una aguja en un pajar, más lo es con alienígenas en un Cosmos de una inmensidad sobrecogedora. La Vía Láctea, nuestra galaxia, es un disco de 100.000 años luz de diámetro y 10.000 años luz de espesor, formado por unos 100.000 millones de estrellas. ¡Y la Vía Láctea es sólo una de las 100.000 millones de galaxias que se calcula que hay en el Universo! Que nos encontremos con extraterrestres puede ser cuestión de tiempo, o no: es posible que estemos solos, que seamos los primeros, que las distancias entre civilizaciones resulten insalvables, que la inteligencia esté condenada a la extinción... Cualquiera de éstas puede ser la solución a la paradoja formulada en 1950 por el físico Enrico Fermi, uno de los padres de la bomba atómica, al preguntarse cómo puede explicarse en un universo presuntamente repleto de seres inteligentes que no hayamos encontrado pruebas de su existencia.
Mensajes a otros mundos
¿Convendría responder a un mensaje alienígena, decir que estamos aquí? Es demasiado tarde para la cautela, para optar por el silencio ante el riesgo de que ahí fuera haya extraterrestres con malas intenciones. Llevamos más de siete décadas dando señales de vida, desde que se retransmitió por televisión en 1936 la inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín con Hitler en el palco. El escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke (1917-2008) descartaba hace diez años que hubiera alguna civilización extraterrestre en nuestro vecindario cósmico basándose en la calidad de nuestros programas de televisión, que llevan décadas viajando por el espacio a la velocidad de la luz. Decía que, si no había venido ya una patrulla policial alienígena a darnos un toque por llenar de basura el espacio, es que nadie había visto nuestros "programas de debate idiotas, informes de tráfico y meteorológicos interminables, entrevistas con víctimas de delitos menores, televangelistas vociferantes vendiendo diferentes marcas de salvación y desfiles de moda con modelos medio muertas de hambre con ropa horrible". Piense la próxima vez que se siente ante el televisor que cualquier programa de cotilleo o reality show puede ser nuestra tarjeta de visita ante seres de otros mundos.
El primer mensaje intencionado al espacio se mandó el 16 de noviembre de 1974 desde el radiotelescopio de Arecibo, construido en la selva de Puerto Rico y dependiente de la Fundación Nacional para la Ciencia de EE UU. El saludo tenía como destino M13, un cúmulo de estrellas situado a 25.000 años luz. Fue preparado por Frank Drake y el fallecido Carl Sagan, e incluía, entre otras cosas, un gráfico del Sistema Solar; los números del uno al diez; los números atómicos del hidrógeno, el carbono, el nitrógeno, el oxígeno y el fósforo -componentes del ADN-; y la figura de un ser humano y su altura. Casi nadie espera respuesta al mensaje de Arecibo porque, curiosamente, cuando la señal llegue a M13 dentro de 25.000 años, el cúmulo de estrellas no estará ahí, sino que habrá cambiado de lugar debido a la rotación de nuestra galaxia.
El radiotelescopio de Arecibo es desde el 17 de mayo de 1999 nuestra mejor opción para escuchar a los extraterrestres. Aquel día se puso en marcha el proyecto SETI@home, en el que participan más de 5 millones de internautas de 200 países. Uno de los problemas clásicos de SETI ha sido disponer de tiempo de ordenador suficiente para analizar la gran cantidad de información recogida por los radiotelescopios. SETI@home es la solución: divide los datos recibidos en Arecibo en pequeños paquetes de información que luego examinan computadoras domésticas conectadas a Internet cuando están en reposo. La imposibilidad de usar grandes ordenadores se suple con millones de equipos domésticos y la financiación pública, con la cesión gratuita de tiempo de proceso por parte de particulares entusiastas. Como apuntaba hace una semana Giovanni Bignami, astrónomo y ex director de la Agencia Espacial Italiana, en The New York Times, "descargue el software de SETI@home como su (fascinante) protector de pantalla y podría, algún día, ser el primero en detectar una señal extraterrestre, una perspectiva irresistible para muchos".
Marcianos muy humanos
"SETI no puede escapar a la asociación con los creyentes de los ovnis y otros chiflados", destacaba el editorial de la revista Nature publicado el pasado 17 de septiembre con motivo del 50º aniversario del artículo de Coconi y Morrison. La búsqueda científica de inteligecias extraterrestres carece de sentido para millones de personas, convencidas desde mediados del siglo pasado de que nos visitan seres de otros mundos a bordo de platillos volantes. Los ovnis empezaron a verse en nuestros cielos en junio de 1947 y, cinco años después, un cocinero de hamburguesas de Monte palomar protagonizó el primer encuentro cara a cara con un extraterrestre. El visitante le transmitió la preocupación de nuestros vecinos cósmicos por el uso bélico de la energía nuclear, lo mismo que un año antes había hecho en el cine el marciano Klaatu de Ultimátum a la Tierra.
El extraterrestre de la ciencia ficción suele tener apariencia humana por una razón lógica: la identificación del lector o espectador con el personaje es más fácil con alguien que se le parezca que con una ameba. Pueden tener escamas, cuernos o pelaje, pero los alienígenas de ficción son básicamente variaciones de un mismo tema, algo ilógico porque la evolución no tiene por qué seguir el mismo camino en mundos diferentes. Más bien, al contrario. La mejor prueba, precisamente, de que los tripulantes de los ovnis son producto de nuestra imaginación es lo humanos que son. No es sólo que sean muchas veces físicamente indistinguibles de nosotros, sino que, además, parecen tener nuestras mismas preocupaciones e inquietudes, y profesar similares creencias religiosas. Por no hablar de su imprudencia, de cómo en vez de recurrir a la hibridación en laboratorio la practican in vivo y de su tendencia a secuestrar seres humanos para someterles a torturas sacadas de una película de terror.
Los extraterrestres de la ufología se han alejado de nosotros según han avanzado la exploración espacial y la astrofísica. Primero, venían de Marte, después de las estrellas próximas, y ahora lo hacen de universos paralelos. Y, como los ángeles y los dioses, sólo los ven quienes creen en ellos.

Publicado originalmente en el suplemento Territorios del diario El Correo.
08 Ago 2009
Mucha gente daba por sentado a principios del siglo pasado que en Marte existía una avanzada civilización, la de los constructores de los canales vistos por Percival Lowell que transportaban agua desde los polos hasta las sedientas regiones ecuatoriales. Por eso, en 1900, el premio Guzman para quien primero entablase comunicación con extraterrestres, convocado por la Academia Francesa de Ciencias y dotado con 100.000 francos, excluía expresamente a los marcianos porque contactar con ellos era demasiado fácil. Y, un año más tarde, el físico serbio Nikola Tesla anunciaba que había captado señales de radio de Venus o Marte.
En agosto de 1924, diez meses después de las primeras emisiones radiofónicas trasatlánticas, el planeta rojo iba a estar más cerca que nunca desde 1804, lo que animó a David Todd a tratar de oír a nuestros vecinos. El científico, que había dirigido el departamento de Astronomía de la Universidad de Amherst, pidió a Washington que el Ejército y la Marina guardaran silencio radiofónico durante algunos momentos del 23 y el 24 de agosto para evitar interferencias. El Departamento de Guerra estadounidense no suspendió sus emisiones de radio, pero sí colaboró en la escucha, cumpliendo lo prometido a la prensa días antes del experimento por el general Charles M. Saltzman, al mando del Cuerpo de Señales del Ejército.
Soldados a la escucha
Los operadores de radio militares estuvieron aquellos días atentos a cualquier señal marciana. Para entender el mensaje, no iba a haber problemas: el criptoanalista William F. Friedman, director de Investigación y Desarrollo de la organización que se convertiría en 1952 en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), aseguraba que era capaz de descifrar cualquier mensaje alienígena. Técnicos de las estaciones de Londres, Newark y Vancouver creyeron detectar mensajes de otros mundos, aunque al final ninguno superó la prueba del algodón. Todd, por su parte, había sintonizado sus receptores en una frecuencia tan baja que, de existir, la señal nunca habría podido atravesar la atmósfera terrestre.
Nadie escuchó a los marcianos durante aquellos dos días del verano de 1924. Quizá fue porque estaban planeando en silencio la invasión que retransmitieron Orson Welles y su equipo, y aterrorizó a decenas de miles de radioyentes en Estados Unidos en la noche de Halloween de 1938.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
30 Ago 2008
Lo mismo que nosotros estamos aquí, es posible que haya otra gente ahí fuera; aunque de momento carezcamos de pruebas. Estamos a la expectativa de que un día aparezcan en el cielo -como en la película Independence day y en la serie V, aunque esperemos que con mejores pulgas- o de captar sus señales de televisión -confiemos en que sus programadores tengan mejor gusto que los terrícolas-. Nosotros dimos ya el primer paso en esa dirección hace más de 70 años, con la transmisión televisiva de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. La inauguración de las Olimpiadas del nazismo fue la primera emisión con suficiente potencia como para traspasar la atmósfera terrestre y es, nos guste o no, nuestra tarjeta de visita ante posibles telespectadores de otros mundos, como refleja el fallecido Carl Sagan en su novela Contacto (1985).
Falsas alarmas
Las estrellas están tan alejadas unas de otras que la unidad de medida utilizada es el año luz, la distancia que recorre la luz en un año a 300.000 kilómetros por segundo: unos apabullantes 10 billones de kilómetros. La estrella más cercana al Sol es Próxima Centauri; está a sólo 4,2 años luz. De ir en esa dirección, las sondas Voyager, que viajan a unos 60.000 kilómetros por hora, tardarían 76.000 años en llegar allí. Frente a esa lentitud, las ondas de radio viajan a la velocidad de la luz. Por eso, ya en 1928 se intentaba conectar por radio con los habitantes de Marte, planeta que en aquel entonces se consideraba hogar de una avanzada civilización. La exploración espacial ha descartado, sin embargo, la existencia de vida inteligente en otros mundos del Sistema Solar, por lo que desde hace décadas la búsqueda de otras civilizaciones apunta a otras estrellas.
El primer rastreo del cielo a la escucha de señales alienígenas fue el proyecto Ozma, llamado así en honor a la princesa del país de Oz. Lo puso en marcha el astrónomo estadounidense Frank Drake el 8 de abril de 1960, cuando apuntó la antena del radiotelescopio de Green Bank a Epsilon Eridani y Tau Ceti, estrellas como el Sol distantes 10,5 y 12 años luz, respectivamente. Ozma duró 200 horas y no captó ninguna señal de otro mundo. Medio siglo y cientos de miles de horas de escucha después, el silencio sigue siendo total, aunque haya habido falsas alarmas, presuntas emisiones inteligentes que luego no han sido tales.
Dos astrónomos soviéticos anunciaron en 1963 la detección de una rara señal procedente de CTA-102. Sospechaban que había sido enviada por una inteligencia alienígena. Al final, CTA-102 resultó ser un cuásar, un objeto que emite enormes cantidades de energía. Cuatro años después, científicos británicos captaron otra señal que bautizaron como LGM-1, de Little Green Men (pequeños hombres verdes). LGM-1 era un púlsar, los restos de una estrella colapsada.
Recién llegados
La más famosa de todas las emisiones recibidas es la señal Wow!. La captó el 15 de agosto de 1977 un radiotelescopio de la Universidad del Estado de Ohio. Cuando Jerry Ehman, investigador del proyecto de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI), revisaba los registros en papel de impresora de lo captado aquel día descubrió una señal anormalmente intensa, la enmarcó con el bolígrafo y escribió al margen una sola palabra: Wow! (¡vaya!). Duró sólo 72 segundos, llegó a ser 30 veces más intensa que el ruido de fondo, no parecía de origen terrestre y no ha vuelto a escucharse.
El primer saludo humano dirigido a las estrellas es el llamado mensaje de Arecibo. Contiene información sobre la química de la vida, la estructura del ADN, nuestra especie y nuestra situación en el Sistema Solar. Fue enviado en 1974 desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) hacia M13, un cúmulo de estrellas situado a 25.000 años luz en lo que se trató más de una demostración de capacidad tecnológica que de un intento de comunicación con extraterrestres. Porque el cúmulo M13 ya no estará dentro de 25.000 años en el lugar del cielo hacia donde se dirige nuestro mensaje. Nadie sabe cuándo puede producirse el primer contacto, si es que ocurre alguna vez. El Universo es inmenso; pero eso, por sí solo, no es una razón a favor de la existencia de otras civilizaciones. Puede que la vida inteligente no sea rara, pero esté condenada a la autodestrucción, amenaza que pende sobre el ser humano desde la bomba atómica de Hiroshima. O puede ser que llevemos aquí demasiado poco tiempo.
La historia humana es una mínima fracción de la del Universo, que nació hace unos 13.700 millones de años. Los primeros homínidos aparecieron en África hace sólo entre 6 y 7 millones de años. Si reducimos toda la vida del Cosmos a un año y situamos el Big Bang en el primer segundo del 1 de enero, los homínidos no habrían aparecido hasta entre las siete y las ocho de la tarde del 31 de diciembre, y en el último segundo del año habría pasado todo lo ocurrido en los últimos cuatro siglos. Hace menos de cincuenta años que empezamos a escuchar al cielo y un poco más que comenzamos a enviar señales de televisión. Quizás nuestras emisiones involuntarias, como la de los Juegos Olímpicos de 1936, hayan llegado a alguien y no se haya dado cuenta, las esté descifrando, las respuestas estén en camino o tengamos sintonizado el canal equivocado. Nadie lo sabe. Pero merece la pena seguir escuchando porque igual no estamos solos.
El libro
Misterios a la luz de la ciencia (2008): El astrofísico Agustín Sánchez Lavega explora la posibilidad de vida extraterrestre en un volumen en el que científicos y divulgadores hablan con rigor de monstruos, témporas y pensamiento mágico en general.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
07 May 2007
Se conoce como señal Wow! una detectada el 15 de agosto de 1977 por un radiotelescopio de la Universidad del Estado de Ohio, que quedó registrada en papel de impresora. Cuando Jerry Ehman, un profesor de la universidad que trabajaba en el proyecto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), revisaba los registros de ese día descubrió una señal anormalmente intensa, la enmarcó con el bolígrafo y escribió al margen una sola palabra: "Wow!" (¡vaya!, según los diccionarios al uso). De ahí el nombre de la señal, que duró sólo 72 segundos, llegó a ser 30 veces más intensa que el ruido de fondo, no parecía de origen terrestre y no ha vuelto a captarse desde entonces.
Treinta años después de su descubrimiento, la famosa emisión de radio sigue siendo un enigma. El "Wow!" de Ehman sería equivalente al "¡Tierra!" de un marinero de La Pinta el 12 de octubre de 1492 si después Cristóbal Colón y los suyos no hubieran descubierto América y siguieran vagando por esos mares a la búsqueda de una costa en la que desembarcar.
Sobre este blog
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Luis Alfonso Gámez
Luis Alfonso Gámez es periodista de EL CORREO, donde ha cubierto la información de ciencia durante ocho años. Fundador del Círculo Escéptico, es consultor del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario.
Para contactar con el autor:
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