26 Dic 2007
16 May 2005
La gran densidad de rocas en el campo de asteroides -¿cómo sobrevive el gusano a los impactos?- es otra libertad que previamente se ha tomado el cineasta. Como si se tratara de una persecución por una autopista en el sentido contrario de la marcha, el Halcón Milenario y los cazas que siguen sus pasos se las ven y se las desean para esquivar los planetoides que les vienen encima. Oportuno -los malos, como es normal y deseable, llevan las de perder y son blanco de algunos pedruscos-, pero inexacto: en un campo de asteroides, éstos se encuentran separados por grandes distancias y lo que hay, sobre todo, es nada.
Batallas espectaculares
El vacío es al campo de asteroides lo que el silencio a las batallas espaciales. Sin embargo, a pesar de que en el vacío no hay ondas sonoras y de que, por tanto, sería imposible oír algo, los espectadores de la saga de las galaxias escuchan los zumbidos de las naves en vuelo, los disparos de los láser y las estruendosas explosiones. Resulta igualmente llamativo, e incorrecto, que se vean los rayos láser atravesar el espacio o salir de las pistolas en las luchas cuerpo a cuerpo. Claro que ¿quién aguantaría una escena de combate interplanetario sin rayos ni explosiones? Posiblemente, ni el más recalcitrante de los fans.
Las batallas espaciales son llamativas no sólo por el despliegue de luz y sonido, sino también porque parecen un remedo de las aéreas de la Segunda Guerra Mundial. Las naves evolucionan como aviones de guerra y no como ingenios que surcan el espacio interplanetario. Así, en La guerra de las galaxias, los cazas de la Alianza Rebelde llegan al extremo de desplegar sus inútiles alas antes de emprender el ataque final a la Estrella de la Muerte. Como si eso les fuera a servir para algo si la Fuerza no les acompaña.
El Universo de Lucas se completa con espectaculares vistas que, en La amenaza fantasma, permiten disfrutar del planeta Naboo en todo su esplendor, asediado por las naves de la Federación de Comercio y con un tapiz de estrellas al fondo. Busquen esto último en una fotografía tomada en la Luna o desde la Estación Espacial Internacional y comprobarán que no hay ninguna estrella. La razón -en contra de lo que defienden los conspiranoicos que niegan la realidad de los alunizajes- es muy simple: el tenue brillo de las estrellas no llega a impresionar la película a no ser que se aumente el tiempo de exposición considerablemente. Entonces, la Tierra quedará sobreexpuesta. El astrónomo Phil Plait recoge el testimonio de Ron Parise, un astronauta que asegura que, al mirar por la ventana del transbordador con la Tierra debajo, la luz de ésta oculta al ojo humano la de la mayoría de las estrellas y sólo se ven unas pocas, las más brillantes.
Un Universo muy humano
Un error incomprensible en el mundo digital en el que se mueve Lucas en la nueva trilogía afecta al planeta natal de Luke Skywalker. En La guerra de las galaxias, vimos una doble puesta de sol en Tatooine, pero las sombras eran una y siguieron siendo una en La amenaza fantasma, cuando tenían que ser tantas como soles. Además, el Universo resulta muy pobre en variedad de formas de vida inteligente: predominan los seres antropomorfos, con variaciones de estatura, tono de piel, pelaje y órganos sensoriales, y habituados a la misma gravedad que los humanos. Y, cuando un alienígena es claramente no humanoide, tampoco eso le libra de las debilidades humanas. El lascivo interés de Jabba el Hutt por la princesa Leia, en El retorno del Jedi, es equiparable al de un humano por una babosa. Pero el malo es el malo.
Salvar las distancias interestelares como si nada gracias al inexistente hiperespacio o que todas las naves cuenten con gravedad artificial son otras licencias que se permite Lucas en aras del divertimento. Porque eso es al final lo que importa. "He disfrutado mucho con La guerra de las galaxias", reconocía Arthur C. Clarke en el prólogo de su novela Cánticos de la lejana Tierra (1986). Y lo mismo decía Isaac Asimov en su libro Sobre la ciencia ficción (1981). Ambos divulgadores científicos se sentaban a disfrutar cuando se apagaba la luz, estallaba la música y les empezaban a contar lo que pasó "hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana...". Es lo mejor y lo más divertido: suspendan su sentido crítico y disfruten de la fábula que ahora acaba.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
13 Mar 2005
"Los astrónomos protestan", titula Serrano un texto en el que indica que "la utilización del término astrólogos en lugar de astrónomos en las dos primeras páginas citadas ha llevado a una docena de científicos a expresar su protesta mediante mensajes remitidos al Defensor del Lector". Él se hace eco de cuatro quejas y entre los autores hay, por lo menos, tres astrofísicos. Además, consulta a un cuarto, Javier Armentia. ¿Es que nadie que no sea científico se dirigió a El País? ¿Es que los escépticos organizados no se enteraron de la historia? Si es así, han perdido otra magnífica oportunidad de hacerse notar más allá de las listas de correo y los canales del IRC, de saltar a la calle y decir: "¡Aquí estamos!". Bastaba con un simple mensaje de correo electrónico. Una nueva omisión de acción demostraría, una vez más, lo mucho que nos queda por aprender en el campo de la comunicación, donde los charlatanes nos dan sopas con honda. Aprovechan cualquier pretexto para llevar el agua a su molino, mientras que los escépticos somos capaces de desperdiciar oportunidades continuamente, da igual que se trate de la emisión de documentales pseudocientíficos por una televisión pública, del engaño perpetrado por un cazador de misterios desde una emisora privada o de un grave error en el diario de más tirada. Parece que nuestra realidad no es de este mundo.
10 Mar 2005
El experimento formó parte de la primera sesión de dos que estoy dedicando a los misterios de lo paranormal dentro de un seminario sobre la informaicón científica que este año hemos organizado por primera vez en el Máster de Periodismo de El Correo y la UPV. La iniciativa surgió de los alumnos. Después de una clase de introducción al periodismo científico, me preguntaron por la Atlántida, la no llegada del hombre a la Luna y la idea de que sólo usemos el 10% del cerebro, entre otras cosas. Mi respuesta fue clara: si querían que habláramos de esos temas en serio, necesitaba al menos un par de horas en las que podrían preguntar lo que quisieran. Al final han renunciado a parte de su tiempo libre para saciar la curiosidad que tienen acerca de lo que hay de verdad y de mentira en lo llamado paranormal.
La primera sesión la hemos dedicado a la astrología, el espiritismo -vieron a John Edward en acción y descubrieron sus trampas-, la lectura fría -de la mano de Ray Hyman- y los trucos básicos de dotados como Uri Geller expuestos por ilusionistas como Ian Rowland y James Randi. El material de apoyo estaba compuesto por fragmentos de documentales cuidadosamente seleccionados. La 'prueba' en carne propia de la falsedad de las cartas astrales resulta reveladora para quien se expone a ella. Después, cuando ve a Edward 'hablando con los muertos' o recuerda al tarotista que en la televisión local de turno echa las cartas, se da inmediatamente cuenta del engaño.
El objetivo de estas sesiones -en la segunda haremos un experimento de telepatía y hablaremos de la Atlántida, los ovnis, los círculos de las cosechas, la sábana santa, la reencarnación y otros asuntos- es que los jóvenes periodistas cuenten con anticuerpos cuando, el próximo verano, empiecen a trabajar en un medio. Si alguien les cuenta algo extraordinario, espero que le pidan las pruebas correspondientes y, si lo necesitan, que consulten con quienes llevamos años nadando en las aguas de la sinrazón. Para esto último, les doy una corta bibliografía, varias direcciones claves de Internet y algunas revistas escépticas. Son gente curiosa a inteligente: tuve que pedirles que calificaran la carta astral con sinceridad y se olvidaran de si había gato encerrado o no, porque nada más empezarla a leer comenzaron a sospechar. Al final, vieron que lo que dicen los astrólogos es cierto; pero que cualquiera puede hacer lo mismo, que no hay nada sorprendente en ello y que sólo es una estafa. Y se dieron cuenta de que cualquiera, empezando por ellos mismos, puede ser engañado y de que el hecho de que no sepamos cómo se hace algo no quiere decir que sea inexplicable.
15 Sep 2003
Palabras clave: Pseudociencia. Medios de comunicación. Prensa. Radio. Televisión. Ética publicitaria. Ética periodística.
1. Los periodistas como creadores de mitos
"Si los platillos volantes son reales en un sentido físico, los periódicos habrán hecho un magnífico trabajo cubriendo la historia, aunque las explicaciones se hayan echado en falta. Si los platillos volantes son totalmente inexistentes, los periódicos habrán, por lo menos, explotado una buena historia hasta el límite" [1]. Medio siglo después de que un estudiante de periodismo de la Universidad de California, DeWayne B. Johnson, pusiera a los medios de comunicación en el ojo del huracán de la naciente ufología, podemos decir, sin lugar a dudas, que éstos no han desempeñado el papel de héroe, sino el de villano. Porque los platillos volantes nunca han surcado los cielos de la Tierra ni se han posado en nuestros campos; los extraterrestres jamás han secuestrado a inocentes almas solitarias ni sus naves se han estrellado contra la superficie de nuestro planeta.
Desde 1947, se han dedicado miles de libros y de artículos, de horas de radio y de televisión, a ahondar en la realidad del que ha sido denominado por sus seguidores el misterio número uno de la ciencia moderna. Sin embargo, no se ha aportado ni una sola prueba que avale la realidad de las supuestas visitas de seres extraterrestres. Esto no quiere decir que los ovnis, como ingenios alienígenas, no existan. Existen, pero únicamente sobre el papel y en la imaginación popular, y han dado lugar a una de las creencias con mayor arraigo social de la segunda mitad del siglo XX. Por eso, la clave del misterio no se esconde en la inmensidad del espacio, sino en lo más íntimo del ser humano, en el contexto histórico en el que aparecieron por primera vez los platillos volantes y en la necesidad de los medios de comunicación, y por extensión de los periodistas, de noticias extraordinarias.
Ya a finales de los años 30, década en la que había cobrado un enorme auge en Estados Unidos la ciencia ficción de la mano de las revistas pulp -denominadas así por estar confeccionadas con papel de ínfima calidad-, gran parte de la sociedad norteamericana consideraba factible un contacto inminente con seres de otros mundos. Quien sacó a la luz esa creencia íntima fue Orson Welles, que el 30 de octubre de 1938 convirtió en víctimas de una invasión marciana a 1,2 millones de personas, según estimaciones del Instituto Americano de Opinión Pública. Los efectos de su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, la novela de Herbert G. Wells, demostraron que el público podía llegar a vivir una ficticia guerra interplanetaria -"Me asomé por la ventana y vi una luz verdosa que creí que procedía del monstruo", "Creí sentir olor a gas y oleadas de calor"- como si estuviera teniendo lugar en realidad [2]. Once años antes de la aparición en Estados Unidos de los primeros platillos volantes, Welles había dejado claro que no hacía falta que nada extraño apareciera en los cielos para que la gente lo viera.
Tras la Segunda Guerra Mundial, tras las explosiones de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos se sumió en una paranoia anticomunista, que derivó en la célebre caza de brujas del senador McCarthy, y en el temor a que la Unión Soviética lanzase un devastador ataque nuclear. La sociedad estadounidense fue inmediatamente consciente de que el monstruo que había liberado -el poder destructivo del átomo- podía volverse contra ella misma. "Se construyeron refugios atómicos en cada comunidad americana, y se exigió a las escuelas públicas que los alumnos practicaran simulacros de ataques. Es en este escenario en el que tienen lugar las observaciones de platillos volantes de 1947", recuerdan el sociólogo Robert Bartholomew, de la Universidad James Cook (Australia), y el psicólogo George S. Howard, de la Universidad de Notre Dame (EE UU) [3].
El término platillo volante fue acuñado el 24 de junio de 1947. Kenneth Arnold, un vendedor de equipos de extinción de incendios, volaba a los mandos de su avioneta en el Estado de Washington cuando vio nueve objetos en formación sobre el monte Rainier. "Se desplazaban como platillos saltando sobre el agua", recordaría después. En un primer momento, Arnold temió que se tratara de ingenios soviéticos e intentó informar al FBI; pero la oficina de Pendleton (Oregon) estaba cerrada, así que acabó contando la historia al corresponsal de la Associated Press. El despacho que emitió al agencia de prensa, que llegó a 150 diarios del país, comenzaba: "Nueve objetos brillantes con forma de platillo volando 'a increíble velocidad' a 10.000 pies de altitud han sido observados hoy por Kenneth Arnold...". El reportero tomó la descripción del vuelo de los ovnis por la de su forma y la gente empezó a ver, primero en EE UU y después en el resto del mundo, platillos volantes [4]. No hubo, sin embargo, observaciones de objetos con forma de bumerán, que era la que tenían los ovnis del monte Rainier, según el propio Arnold.
La irrealidad periodística venció a la realidad en el caso fundacional del mito de los platillos volantes y de la pseudociencia de la ufología, al igual que en el de otras creencias contemporáneas. Por poner sólo dos ejemplos, ahí están el triángulo de las Bermudas y el sudario de Turín.
El mito del triángulo de las Bermudas tiene también su origen en un despacho de prensa de AP, en el que el periodista E.V.W. Jones hablaba, el 16 de septiembre de 1950, de la misteriosa desaparición de barcos y aviones "sin dejar rastro" en una región del Atlántico cuyos vértices serían Florida, las islas Bermudas y Puerto Rico [5]. Aunque la zona fue bautizada como triángulo de las Bermudas en 1964 por Vincent H. Gaddis, realmente no saltó a la fama hasta mediados de los años 70 y, poco después, un bibliotecario estadounidense publicaba un libro en el que demostraba que "la leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad" [6].
El sensacionalismo y la reiteración en la mentira periodística han caracterizado, asimismo, la venta a la opinión pública del misterio del sudario de Turín, la tela en la que habría quedado impresa la imagen de Jesucristo tras su muerte. "Científicos y técnicos de la NASA -después de tres años de estudio- han aportado datos suficientes como para deducir que Cristo resucitó", escribía el periodista navarro Juan José Benítez en 1978 [7]. A pesar de las numerosas evidencias que apuntaban desde un principio al origen medieval de la presunta reliquia, no fue hasta un decenio después, con motivo de la datación de la tela en el siglo XIV por medio del radiocarbono, cuando los medios de comunicación españoles se hicieron eco de las pruebas en contra de la autenticidad de la sábana santa. Entonces, Benítez y el jesuita Jorge Loring -los dos principales popularizadores en España del supuesto enigma de la sábana santa- admitieron por primera vez que no era cierto que la NASA hubiera estudiado alguna vez la pieza de lino. Aún así, hoy en día, el mito persiste y algunos medios de comunicación de ideario católico hacen caso omiso de la evidencia acumulada desde hace veinte años y presentan a sus lectores la tela depositada en la catedral de Turín como prueba científica de la resurrección de Jesucristo, siempre a partir de estudios que carecen del mínimo rigor y que no han sido publicados en revistas científicas. Como contrapartida, esos mismos medios ignoran sistemáticamente que el veredicto científico sobre la fecha en la que se confeccionó la falsa reliquia fue publicado en la revista Nature en 1989 y, desde entonces, ninguna publicación científica se ha hecho eco de críticas argumentadas en contra de la metodología seguida por los investigadores y de unos resultados según lo cuales la tela fue fabricada entre 1260 y 1390 (± 10 años).
2. La falsa ciencia en los medios
La pseudociencia, como hemos visto, ha nacido en ocasiones en los propios medios de comunicación de masas y de la mano de periodistas. Pero el papel de las empresas y de los profesionales de la información no se ha limitado tan sólo a dar el empujón inicial a algunos de los mitos que imperan en la sociedad actual, sino que también les ha llevado a adoptar otros y darles amplia publicidad. La prensa, la radio y la televisión españolas -como las de otros países- han fomentado, y fomentan, la superstición y el pensamiento mágico, cada tipo de medio con sus peculiaridades.
2.1. Prensa
Los misterios paranormales vivieron, a mediados de los años 70, un auténtico boom en nuestra prensa diaria, que ya había sido bastante receptiva a ellos en la última etapa del franquismo. Durante la Transición, ufólogos, parapsicólogos, astrólogos y una amplia pléyade de cultivadores de lo esotérico encontraron en los diarios, sin excepción, el lugar idóneo para hacer publicidad de sus libros y consultas. Por fortuna, esas supersticiones han desaparecido paulatinamente de las páginas de los periódicos, a mi entender, por tres razones: que la repetición de un mismo tipo de suceso -por ejemplo, la observación de luces en el cielo- sin que se vaya más allá hace que éste deje de ser noticia, los tintes cada vez más delirantes de algunas de estas pseudodisciplinas -pueden ir desde la comunicación con los muertos a través del ordenador hasta conspiraciones que nada tienen que envidiar a las de Expediente X-, y la incorporación a las redacciones de los medios de periodistas especializados que saben diferenciar el grano de la paja, la auténtica ciencia de la ciencia-basura.
Dejando a un lado el caso particular de la astrología -que comentaremos más adelante-, la pseudociencia más descarada sólo aparece ahora en los principales periódicos a título anecdótico -a través, sobre todo, de entrevistas-, cuando sirve a la ideología del medio -es el caso de una información recientemente publicada a toda página en La Razón bajo el título de "La ciencia confirma la veracidad de algunas experiencias místicas y apariciones marianas" [8]- o cuando responde a los intereses profesionales de ciertos médicos sin escrúpulos o totalmente anticientíficos. Éste último caso es el más grave y evidente desde hace unos años.
La incorporación de la información médica a los periódicos ha ido acompañada, en muchas ocasiones, de la entrada en sus páginas de lo que se ha dado en llamar medicinas alternativas: acupuntura, homeopatía, iridología, cromoterapia, naturoterapia, magnetoterapia, etcétera. Se trata de métodos de diagnóstico y tratamiento cuya validez no ha sido demostrada científicamente, pero que mueven enormes cantidades de dinero y ofrecen una lucrativa salida profesional a numerosos licenciados en Medicina que no han aprobado el MIR. La homeopatía es, sin lugar a dudas, la pseudomedicina que ha conseguido hacerse con una mayor credibilidad entre el público gracias, sobre todo, a la laxitud científica de los colegios profesionales -han primado, en el caso de ésta y otras pseudomedicinas, los intereses de sus asociados sobre la salud de la comunidad-, a la presión de la poderosa industria farmacéutica, a unas instituciones universitarias que, irresponsablemente, se han dejado y se dejan llevar por modas [9], y a unos medios de comunicación que le han hecho la publicidad gratuita.
La homeopatía se basa en que "nos podemos curar con las mismas sustancias que producen la enfermedad", algo que, tal como explicaba hace unos años el divulgador científico Manuel Toharia, "no pasaba de ser una teoría relativamente interesante a finales del siglo XVIII, pero que hoy día ha sido ampliamente superada por los avances científicos" [10]. Pretende sanar a los pacientes mediante la administración de compuestos en los que el supuesto principio activo se ha diluido sucesivamente en un disolvente hasta no quedar en la solución ni una molécula del pretendido medicamento. Un producto homeopático tiene, por consiguiente, tanto poder curativo como un vaso de agua, e incluso menos. Sin embargo, los homeópatas afirman que las propiedades de la sustancia activa inicial acaban contagiándose al disolvente, algo mágico que choca frontalmente con lo que ellos mismos -la mayoría, médicos- han estudiado en la Universidad.
A pesar de todo esto, la homeopatía goza de una enorme popularidad y puede acabar dentro del sistema sanitario público si se escamotea a la sociedad el debate que sería exigible. Por un lado, cientos de médicos que no han logrado un puesto en la sanidad pública recurren a su práctica para hacerse un hueco en el mercado, aunque ello conlleve hacer tábula rasa de lo que han aprendido durante la carrera. Por otro, la industria farmacéutica coloca en los despachos de farmacia multitud de compuestos homeopáticos a los que, merced a una legislación condescendiente, no se exige como al resto de los medicamentos capacidad de curar, sino, simplemente, que no dañen la salud. Y, en medio, el consumidor, que confía en médicos y farmacéuticos, hace uso de una pseudomedicina sin base científica ni poder curativo demostrado. Todo ello con la complicidad de una clase política que está dispuesta a franquear a la homeopatía la financiación pública.
En 1999, el PSA-PSOE, basándose en la demanda popular de las llamadas medicinas alternativas, propuso en el Parlamento andaluz que éstas sean financiadas por el Servicio Andaluz de Salud para "hacer normal" en la Sanidad pública "lo que es normal en la calle y en la sociedad". Y, en Cataluña, donde la industria farmacéutica tiene un gran peso, todos los partidos apoyan la legalización de estas prácticas. Sin que haya estudios que avalen su efectividad, la acupuntura y la homeopatía pueden entrar en nuestro sistema sanitario por la puerta de atrás. Nuestros políticos ya están en ello. ¿Y nuestros científicos? ¿Qué dicen? ¿Van a tomar cartas en el asunto, exigir pruebas concluyentes sobre su efectividad y prestar un servicio a la sociedad o van a eludir sus responsabilidades? ¿Por qué la prensa no entra a investigar cómo es posible que, tras sucesivos medicamentazos, algunas Adiministraciones estén planteándose financiar medicamentos de nula efectividad? Los medios, en este caso, están prestando un muy flaco favor a la sociedad que dicen servir.
El de la astrología en la prensa es un caso aparte. Disimulada en las páginas de ocio o de pasatiempos, aparece a diario en casi todos los periódicos -la única excepción es El País- en forma de horóscopo, como si fuera algo inocuo. Puede que lo sea para mucha gente, que una mayoría de la población se tome a risa las perogrulladas que pueblan las columnas astrológicas, que sea consciente de la estupidez que conlleva dividir a los 6.000 millones de seres humanos en doce grupos -signos del Zodíaco-, que no haga depender de tales vaguedades ni de los astrólogos decisiones más o menos importantes... Pero lo cierto es que hay un sector de la población para el que el horóscopo funciona de guía, que lo lee con fe y que hasta puede tomar decisiones importantes para su vida de acuerdo con las indicaciones de las estrellas. Evidentemente, los medios pueden escudarse tras el parapeto de que se trata de un mero pasatiempo, pero eso no es, a mi juicio, más que una manera de justificar el hecho de que, como los horóscopos tienen su público, prefieren evitar problemas y seguir fomentando una superstición.
Desde mediados de los años 80, algunos diarios estadounidenses incluyen junto al horóscopo esta advertencia: "Las siguientes predicciones se deben leer solamente como entretenimiento. Estas predicciones no tienen bases fundamentadas en ningún hecho científico". Aquí, 250 astrónomos reclamaron en 1990 a los periódicos españoles que siguieran el ejemplo de sus colegas del otro lado del Atlántico. Basta echar una ojeada a la prensa para comprobar que esa reclamación cayó en saco roto y que los mismos medios que repiten cada dos por tres estar preocupados por mantener la credibilidad, al mismo tiempo, dan cabida en sus páginas a supercherías manifiestas como el horóscopo.
2.2. Radio
La radio constituye un mundo aparte en lo que respecta a la explotación comercial de la pseudociencia, en tanto en cuanto ésta toma muchas veces la forma de información cuando se trata en realidad de publicidad pagada, y los profesionales que realizan los programas dedicados a lo paranormal no dudan en mezclar ciencia y pseudociencia, para otorgar a la segunda el crédito que ante la opinión pública tiene la primera.
Resulta habitual encontrarse en algunas emisoras radiofónicas magazines en los que se inserta, periódicamente, un espacio con un presunto especialista de la salud que habla de la homeopatía, el poder anticancerígeno del cartílago de tiburón y un largo etcétera de hechos no demostrados o, en algunas ocasiones, refutados por la ciencia. Esas entrevistas suelen correr a cargo de un profesional de prestigio de la cadena radiofónica y, en el transcurso de las mismas, se recomienda reiteradamente algún tipo de producto del que el entrevistado es -¡qué casualidad!- fabricante, distribuidor o vendedor. Ocurrió esto hace años con todos los ingenios caseros que pretendían imantar el agua y ahora se centra en el mundo de la salud.
La publicidad disfrazada cuestiona muy seriamente la ética de los profesionales del periodismo que se avienen a practicarla. Estos informadores ponen su credibilidad al servicio de productos más que cuestionables sin advertir, en ningún momento, de que les pagan por cantar sus excelencias. Están, por consiguiente, engañando al público desde el mismo momento en el que le venden publicidad como si fuera información objetiva, como si tuviera el mismo valor que lo que dicen una vez que ha acabado el espacio pagado. Este mal de la radio es fácil de detectar y demuestra la ausencia de ética de unos profesionales y unas empresas a las que el afán de lucro lleva a disfrazar la publicidad de producto informativo.
La otra particularidad de la pseudociencia en la radio hunde sus raíces en las revistas esotéricas. Su origen se remonta a Planète, una publicación creada en los años 60 por Louis Pawels y Jacques Bergier para rentabilizar el éxito editorial de El retorno de los brujos. Planète -y sus versiones hispanas Planeta (Argentina) y Horizonte (España)- incluía en sus páginas textos sobre la Atlántida o los platillos volantes junto a otros sobre astronomía o el origen de la Humanidad. Ciencia y pseudociencia compartían un mismo envoltorio, lo que, sin duda, otorgaba a la segunda un barniz del que carecería de ir sola. Pues bien, este modo de vender misterios, que practican desde hace años las revistas esotéricas españolas, se ha trasladado a la radio de la mano de divulgadores pseudocientíficos con experiencia en cabeceras de quiosco como Más Allá, Año Cero, Enigmas y Karma.7, por citar sólo las cuatro más conocidas.
La radio española ha contado en las tres últimas décadas con programas dedicados al misterio; pero los de ahora se diferencian por el hecho de que, en ellos, el último descubrimiento publicado en Nature o Science se alterna con el último delirio sobre el chupacabras o una máquina capaz de fotografiar el pasado. Todo, al mismo nivel de credibilidad. Todo, comentado por los mismos periodistas, que no dudan en mentir o tergiversar la realidad para mayor gloria del misterio de turno. Estamos ante individuos que lo que buscan es vender enigmas y recurren a lo más sorprendente de la ciencia para dar, a lo que de verdad les interesa, una pátina de credibilidad. No se trata de profesionales de la información científica, sino de la información pseudocientífica.
Desgraciadamente, no resulta extraño topar en esos espacios destinados al fomento de la pseudociencia con científicos que hablan de los últimos avances en su especialidad. Supongo que estas personas ignoran para lo que sirve su intervención en un programa de este tipo: para equiparar ciencia con ciencia-basura y que, tras una entrevista con un astrónomo sobre posibilidades de vida extraterrestre, el fabricante de paradojas [11] emplee las palabras del entrevistado, que ya no está presente, para respaldar el origen alienígena de los ovnis o la existencia de vestigios arqueológicos que demuestran que la Tierra fue visitada por extraterrestres en un pasado remoto. Los científicos deberían estar obligados a divulgar y, por eso, sería injusto criticar a los que lo hacen. Cabe reclamarles, no obstante, que eviten aparecer en programas y revistas esotéricas, porque, con su presencia en estos medios, contagian de seriedad a asuntos que carecen de ella.
2.3. Televisión
La televisión es caso aparte. Tras dos décadas en las que se han sucedido los espacios dedicados al misterio, de los que fue pionero Fernando Jiménez del Oso, en la actualidad, la pseudociencia tiene una presencia escasa en las parrillas de las cadenas españolas. Sin embargo, como en la pequeña pantalla todo es cuestión de modas, no sería de extrañar que en los próximos años surgiera una oleada de espacios como la que se registró a comienzos de los 90 con Rappel, Félix Gracia y Andrés Aberasturi, entre otros. La pseudociencia vive sus horas más bajas en la televisión como resaca de la moda de los debates-espectáculo en los que, frente a los científicos y escépticos, compartían bando los chiflados más delirantes con los divulgadores pseudocientíficos que hoy dirigen buena parte de las revistas y los programas especializados.
Lo paranormal ha quedado reducido en la televisión española de finales del segundo milenio casi exclusivamente a las apariciones de los adivinadores en las cadenas locales y a la publicidad de los consultorios telefónicos astrológicos. Para cualquiera que haya tenido oportunidad de ver a alguna echadora de cartas de las que proliferan en el sector televisivol local, resulta evidente que nos encontramos ante un subproducto que sólo puede engañar a quienes ya han sido engañados. Y lo mismo podría decirse respecto a los coloristas anuncios de Aramis Fuster, Victoria Pino y Octavio Aceves. Pero lo cierto es que fomentan la superstición, que son un engaño, porque ni es posible ver el futuro -¿cómo se explica que los astrólogos trabajen y no vivan retirados en una isla del caribe tras haberse llevado un premio millonario de un juego de azar?- ni quienes atienden las llamadas de los ingenuos que pican el cebo de los consultorios astrológicos telefónicos son especialistas en nada.
La publicidad de los brujos en la pequeña pantalla tendría sus días contados si se aplicara la legalidad vigente. La Ley General de Publicidad prohíbe en España todo anuncio que "induce o puede inducir a error a sus destinatarios, pudiendo afectar a su comportamiento económico", y la directiva europea sobre televisión sin fronteras, aprobada por el Parlamento español en 1999, establece que "son ilícitas la publicidad y la televenta que inciten a la violencia o a comportamientos antisociales, que apelen al miedo o a la superstición o que puedan fomentar abusos, imprudencias, negligencias o conductas agresivas". No debería haber, pues, hueco en ninguna televisión de la Unión Europea para los anuncios de los adivinadores, pero basta ver los canales privados y locales españoles para comprobar que una cosa es la ley y otra la realidad. La Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC) anunció en agosto de 2000 que iba a denunciar esta situación ilegal ante el Ministerio de Fomento. Sin embargo, no se ha hecho efectiva tal denuncia, y los brujos se asoman a diario a miles de hogares para apelar al miedo y a la superstición y llenarse los bolsillos.
3. El desenmascaramiento de la anticiencia
Ante esta situación, ¿qué debe hacer el periodista, sea cual sea el medio en el que desarrolla su labor? La directriz a seguir la marcaron los 550 profesionales de la información, educadores y científicos que participaron en el I Congreso sobre Comunicación Social de la Ciencia, que se celebró en Granada en marzo de 1999. Una de las principales conclusiones de dicho encuentro fue que "es urgente incrementar la cultura científica de la población. La información científica es una fecundísima semilla para el desarrollo social, económico y político de los pueblos. Como se ha repetido a lo largo del congreso, el conocimiento debe ser considerado de enorme valor estratégico. La complicidad entre los científicos y el resto de los ciudadanos es una excepcional celebración de la democracia. Pero es que además esa nueva cultura contribuiría a frenar las supercherías disfrazadas de ciencia, aumentaría la capacidad crítica de los ciudadanos, derribaría miedos y supersticiones, haría a los seres humanos más libres y más audaces. Los enemigos a batir por la ciencia son los mismos que los de la filosofía, el arte o la literatura, esto es, la incultura, el oscurantismo, la barbarie, la miseria, la explotación humana".
No queda hueco, por lo tanto, para posiciones intermedias. O se está del lado de la ciencia, de la cultura, o se está del lado de la anticiencia, de la incultura y la superstición. El periodista tiene como obligación informar verazmente al público y sacar a la luz estafas y engaños, y la pseudociencia es una estafa intelectual y, a veces, económica. Por ello, ante la explotación de la credulidad y la ignorancia de los ciudadanos, el profesional de la información no puede ser imparcial, debe tomar partido por la defensa de la razón frente a la sinrazón y no medir por el mismo rasero las manifestaciones de quien, por ejemplo, afirma que nuestro destino está escrito en los estrellas que las de un astrofísico. No cabe ofrecer una perspectiva intermedia. La objetividad y la profesionalidad, en este caso, pasan por colocarse claramente de uno de los lados y ejercer de desenmascaradores de la pseudociencia.
Sin embargo, la anticiencia, dejando a un lado sus más burdas expresiones, puede llegar a grados de sutilidad que dificulten su identificación para los no conocedores de ese submundo. Al igual que hay que ser extremadamente cautos a la hora de dar noticia de nuevos tratamientos para enfermedades hoy por hoy incurables, como el sida y el Alzheimer, para no sembrar falsas esperanzas entre los afectados, hay que ser prudentes a la hora de valorar en su justa medida noticias presuntamente científicas que llegan a los medios a diario y que carecen de base real. De ahí que sea necesario que todo profesional de la información conozca algunas herramientas básicas y a quién dirigirse en caso de duda sobre el auténtico carácter de algunas afirmaciones.
El lego tiene muchas de esas herramientas ya a su disposición en Internet, en forma de webs de organizaciones escépticas con sólida reputación, como el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) -creado hace un cuarto de siglo por Isaac Asimov y Carl Sagan, entre otros- o la española ARP - Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico -de la que forman parte pensadores y divulgadores como Mario Bunge, Fernando Savater y Manuel Toharia-, que pueden servir de punto de partida de cualquier búsqueda de información. En el caso español, ARP cuenta con un teléfono en el que atender las solicitudes de información de los profesionales y del público, e indicar quiénes pueden ser los especialistas más apropiados para aclarar cada caso.
Obviamente, eso, que sería lo deseable en el caso de todos los profesionales, resulta poco menos que imposible para aquéllos que, aunque ello conlleve sacrificar la verdad al negocio, han convertido la divulgación de lo paranormal en un modo de vida o carecen de escrúpulos para poner su imagen y su voz al servicio de la anticiencia. Ante estos casos, muestra evidente de la falta de ética profesional que caracteriza a una parte de la profesión periodística, poco se puede hacer.
Referencias
[1] Johnson, DeWayne B. Flying saucers over Los Angeles. The ufo craze of the 50's. 1ª ed. Kempton: Adventures Unlimited Press, 1998; 280 pp. (El manuscrito original data de 1950, pero no fue publicado hasta su hallazgo por parte del ufólogo Kenn Thomas cinco décadas después.)
[2] Cantril, Hadley. La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico. Trad. de Carlos Reyles. 1ª ed. en español. Madrid: Revista de Occidente, 1942; 237 pp.
[3] Bartholomew, Robert E., y Howard, George S. Ufos & alien contacts. Two centuries of mystery. 1ª ed. Buffalo: Prometheus Books, 1998; 408 pp.
[4] Empleamos indistintamente en el texto platillo volante y ovni -en su origen un acrónimo que significa Objeto Volante No Identificado-, dado que ambas expresiones se consideran popularmente sinónimo de nave extraterrestre.
[5] Kusche, Lawrence David. The disappearance of Flight 19. 1ª ed. Nueva York: Harper & Row, 1980; 213 pp.
[6] Kusche, Lawrence David. El misterio del Triángulo de las Bermudas solucionado. Trad. de Carme Collell. 1ª ed. en español. Barcelona: Ediciones Sagitario, 1977; 320 pp.
[7] Benítez, Juan José. "Cristo resucitó. Sensacionales descubrimientos de la NASA". Mundo Desconocido, nº 20, febrero 1978; pp. 11-18.
[8] Rosal, Alex. "La ciencia confirma la veracidad de algunas experiencias místicas y apariciones marianas". La Razón, 18 de noviembre de 2000.
[9] La Universidad del País Vasco ha avalado y destinado fondos públicos a la organización de cursos de posgrado sobre homeopatía, a pesar de las bases anticientíficas de esta pseudomedicina.
[10] Toharia, Manuel. "Homeopatía y curanderismo". Diario 16. 22 de noviembre de 1992.
[11] Carl Sagan acuñó la denominación fabricantes de paradojas en su libro Cerebro de Broca (1974) para referirse a los ufólogos, parapsicólogos, adivinos, etcétera. La última obra que concluyó en vida el astrofísico, El mundo y sus demonios, es, sin duda, uno de los más preclaros textos sobre ciencia y pseudociencia publicados hasta la fecha.
Publicado originalmente en Mediatika. Cuadernos de Medios de Comunicación, revista editada por la Sociedad de Estudios Vascos.
06 Ago 2003
A ella, le debemos, por ejemplo, la temprana desaparición de Peter Sellers, que se puso en manos de los cirujanos psíquicos, unos estafadores que dicen efectuar intervenciones quirúrgicas sin anestesia y sin dejar cicatriz, y renunció a una operación a corazón abierto que podía haberle salvado la vida; también es obra suya que, cada año, decenas de personas ingresen en los servicios de Urgencias de los hospitales españoles aquejadas de coma diabético tras haber abandonado el tratamiento con insulina por recomendación del curandero de turno; que haya pacientes de cáncer que dejen a un lado las terapias convencionales y confíen en pócimas homeopáticas o en unas bolas metidas bajo la almohada, tal y como se recomienda en algunas revistas esotéricas; que familias enteras queden destrozadas tras denunciar alguno de sus miembros abusos sexuales infantiles cuya única prueba es que la presunta víctima los ha recordado bajo hipnosis... A la pseudociencia, le debemos todo esto y mucho más. Ahí están los miles de millones de pesetas que todos los años estafan los futurólogos con total impunidad; las empresas que seleccionan personal no de acuerdo con sus aptitudes, sino siguiendo los dictados de astrólogos o grafólogos; la curiosidad malograda de miles de jóvenes que caen en las garras de mercaderes de misterios que ofrecen explicaciones simplistas y falsas de la realidad; las ingentes cantidades de dinero que algunos gobiernos han tirado y tiran a la basura en investigaciones fantásticas incontroladas y que podían haberse destinado a otros fines socialmente rentables.
Seguramente, ustedes son gente seria y no creen en demonios ni en nada que se les parezca. Pero si miran a su alrededor, si preguntan a sus vecinos, amigos y familiares, se toparán con otra realidad: el 46% de los españoles consulta habitualmente el horóscopo -entre ellos, Joaquín Almunia, secretario general del PSOE-; el 37% considera que los ovnis son naves extraterrestres; el 32% está convencido de que hay espíritus que conviven entre nosotros; el 23% cree en la reencarnación y un 15% de la población recurre a curanderos cuando tiene algún problema de salud. En resumen, gran parte de nuestros conciudadanos tiene alguna creencia esotérica y las dos principales revistas ocultistas del país venden más de 50.000 ejemplares mensuales. Quizás a ustedes no, sin embargo, a mí estas cifras me demuestran que, por lo menos en lo que se refiere a la población en general, la pseudociencia avanza con paso firme. Habrá a quien esto dé igual, pero lo cierto es que, como ya he dicho antes, la pseudociencia es perjudicial no sólo para quien cree en ella, sino a la larga para la sociedad en su conjunto.
La nuestra, como apunta Richard P. Feynman en su libro Qué significa todo eso, [1] es "una era científica. Si ustedes entienden por una era científica una era en la que la ciencia se está desarrollando rápidamente y avanzando a la mayor velocidad posible, entonces éste es definitivamente una era científica". Entonces, ¿cómo se explica el auge de la pseudociencia?, ¿por qué la ciudadanía cae tan ingenuamente en las garras de pícaros y estafadores, de personajes que en nada se diferencian de los buhoneros del salvaje Oeste? A mi juicio, el trípode que ha fallado, y que todavía cojea, es el compuesto por científicos, educadores y periodistas, tres patas del taburete de la alfabetización científica que, sin embargo, bien sea por acción o por inacción, han propiciado, hasta cierto punto, la irracionalidad campante en el mundo desarrollado de finales del segundo milenio.
Hasta hace relativamente poco tiempo, la comunidad científica vivía en nuestro país de espaldas a la población que financia la investigación a través de sus impuestos. Permanecía encerrada en sus laboratorios y renunciaba a la divulgación, ya que consideraba que hacer comprensible el resultado de su trabajo a los mortales sin aptitudes científicas no formaba parte de su labor. Popularizar la ciencia era algo secundario; conllevaba un estigma. Puede que a algunos les parezca increíble, pero todavía recuerdo como en su época, y no hace mucho de ello, Cosmos, la magnífica serie obra del fallecido Sagan, suscitó recelos entre algunos científicos que llegaban a acusar a su autor de banalizar la ciencia, de convertirla en espectáculo. Craso error: una cosa es practicar la ciencia y otra, muy diferente, divulgarla de manera efectiva. ¿Por qué ese rechazo a que, quien sabe, empaquete la ciencia con papel y cintas de colores para que atraiga la atención del gran público?
A principios de 1999, Michael Crichton -médico y antropólogo, pero, sobre todo, conocido autor de best sellers-, durante su intervención en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), pedía a los científicos que abandonen su torre de marfil y presenten la ciencia de forma comprensible. "Es tiempo de que asuman el poder, hagan frente a su responsabilidad y entreguen su conocimiento al mundo que los aguarda", reclamaba el autor de Parque Jurásico. Nada nuevo. Ya en 1923 lo dijo el periodista norteamericano Henry Louis Mencken:
"Hace mucho menos de un siglo, cualquier hombre dotado de sentido común y de suficiente instrucción podía entender todos los conceptos que se empleaban habitualmente en el ámbito de las ciencias físicas e incluso la mayoría de los que se empleaban en el de las ciencias especulativas. En el campo de la medicina, por ejemplo, no había nada que escapara a la comprensión del profano medianamente inteligente. Pero en los últimos tiempos se ha producido un cambio, con gran perjuicio para el respeto popular de la cultura. Sucede demasiado a menudo que, cuando el médico moderno trata de explicarle al paciente lo que le ocurre, no consigue verter la explicación en términos que estén al alcance de su entendimiento. Cuando el enfermo es relativamente sagaz, acepta de buen grado su falta de idoneidad y se conforma con lo que alcanza a captar. Pero lamentablemente este tipo de sagacidad es bastante escaso en el mundo y está circunscrito, en verdad, a los dueños de lo que se ha dado en llamar una mentalidad científica, o sea una minoría ínfima. Al trasponer los límites de su comprensión, el hombre común deduce instantáneamente que lo que no entiende es sencillamente absurdo.
Esto es lo que explica la actual popularidad de imposturas tales como la osteopatía, la quiropraxia y la Iglesia de Cristo Científico." [2]
Resulta triste comprobar lo poco que han cambiado algunas cosas en más de setenta años. Han cambiado poco y a peor, porque la ciencia se ha hiperespecializado hasta tal punto que, en estos momentos, las dificultades para comunicarse adecuadamente no sólo existen entre el científico y el no-científico, sino que se dan entre los propios hombres de ciencia. Y éste es un error que nos puede pasar factura, si no nos la está pasando ya, en forma de incomprensión, de desconocimiento popular del trabajo de los científicos y de no exigencia a los poderes públicos por parte de la ciudadanía en general de que apueste por la investigación para no perder el tren del futuro. Resulta muy difícil convencer al contribuyente de que hay que destinar más dinero a algo que no sabe para qué sirve, que ni siquiera sabe si sirve, que no entiende... y de lo que desconfía.
Pero el científico no ha de limitarse a explicar al público qué es y cómo funciona la ciencia, y a dar cuenta del resultado de sus trabajos. Debe involucrarse también en la delimitación y crítica de la no-ciencia. Sé que hay muchos investigadores que consideran que eso es una pérdida de tiempo, que la lucha contra la superstición conlleva transmutarse en una especie de Quijote en permanente batalla con los molinos de viento de la irracionalidad. Para quienes así piensan, combatir la pseudociencia es malgastar un tiempo precioso en algo improductivo. Se confunden. Divulgadores, pensadores y científicos como Isaac Asimov, Mario Bunge, Richard P. Feynman, Martin Gardner, Stephen Jay Gould y el citado Sagan comprendieron hace años que enfrentarse al pseudoconocimiento es algo en lo que nos va el futuro.
Si hay algo productivo, es sacar a la gente de su error; si hay algo productivo, es llamar a las cosas por su nombre. Como decía el periodista científico Mario Bohoslavsky, en la denuncia de la superchería nos jugamos los millones de años transcurridos desde Lucy hasta Stephen Hawking, desde la huella del homínido que caminó por Olduvai hasta la que Neil Armstrong dejó en el Mar de la Tranquilidad, en la Luna, el 21 de julio de 1969. Si la pseudociencia sigue avanzando, si el pensamiento acrítico acaba por instalarse en nuestra sociedad, cualquier locura es posible, cualquier Hitler puede aparecer a la vuelta de la esquina. Fíjense en lo que ha ocurrido en los Balcanes, donde los ultranacionalismos fanáticos, en la búsqueda de su Arcadia feliz, han provocado un derramamiento de sangre sin precedentes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Además, "cuando los sueños se vuelven más importantes que la realidad, uno deja de viajar, construir, crear...". La frase no es mía, es de Vina, un personaje de uno de los episodios originales de la serie Star trek que resume así la apatía en la que se ha sumido una especie alienígena que, con la mente, hace realidad sus deseos. [3] Las píldoras milagrosas, las medicinas cuasimágicas, los extraterrestres salvadores, el futuro escrito en las estrellas... Todo esto se traduce en la falta de necesidad de actuar y hace que bajemos hasta límites infrahumanos nuestra capacidad de análisis escéptico, con los peligros que ello conlleva para la democracia. Se empieza por creer a cualquier mercachifle que vende amuletos de ángeles o lee la fortuna y se acaba siguiendo a un fanático que nos lleva al más inhumano de los regímenes, que recrea la historia a su gusto sin que nosotros, con el cerebro abotargado y el pensamiento crítico atrofiado, seamos capaces de rebelarnos.
El texto de Mencken sobre el carácter críptico del saber científico es de tanta actualidad como el discurso que Thomas Henry Huxley pronunció en 1880 con motivo de la inauguración del Colegio Universitario de Sir Josiah Mason, en Birmingham. La intervención de Huxley constituyó una reivindicación de la formación integral, tanto literaria como científica. Pero seguro que lo que tenía en mente el pensador inglés no era esa sucesión de fórmulas y principios que algunos hemos sufrido en la escuela, el instituto y la universidad, ni que se mutile la curiosidad humana hasta el extremo de que, después de los primeros años de educación, los porqués desaparecen de las aulas. Por un lado, se enseña la ciencia como una sucesión de hechos, sin enmarcarlos en su historia, sin exponer el proceso, sino yendo directamente a los resultados, quizá porque son, a fin de cuentas, lo que va a servir al alumno en el futuro para su vida laboral. Por otro, los estudiantes no preguntan y engullen todo lo que dice el profesor como si fuera la palabra de Dios, cuando precisamente preguntar el porqué de las cosas es lo que hace avanzar nuestro conocimiento. Esa ignorancia del método y esa actitud pasiva ante la multitud de información que se recibe, ese no poner nada en cuestión, son terreno abonado para el avance de la pseudociencia y la superstición en lo más valioso que tiene una sociedad, su juventud.
Permítanme que les cuente algo que me ocurrió en mis tiempos de estudiante. En la Universidad de Deusto, a principios de los años 80, daba Historia del Arte a los alumnos del primer curso de Geografía e Historia un jesuita que, en ciertas muestras de arte rupestre, no veía más que falos y vaginas, para chanza del centenar largo de adolescentes que asistíamos a sus clases. Avanzado el curso, nos propuso la realización de trabajos y la subsiguiente exposición de los mismos, y uno de los temas que aceptó fue el de las llamadas piedras de Ica. En breve, se trata de unas piedras grabadas, propiedad de un médico peruano, en las que aparecen hombres y dinosaurios, y que popularizó en España el ufólogo Juan José Benítez, el mismo que ahora dice que habla con Dios y que la Virgen María era nacionalista. Pero vayamos al grano. Las piedras de Ica son, según su dueño, el vestigio de una desaparecida civilización prehumana, coetánea de los grandes saurios.
Pues bien, basándose en los disparates del médico peruano, una compañera estructuró un discurso en el que en ningún momento dudó de la autenticidad de las citadas piedras. Todo lo contrario. Una vez que lo expuso en público, ante la condescendencia de la autora y del propio profesor, asumí que, en el debate, lo primero que había que hacer era cuestionar la autenticidad de tales vestigios sin ningún tipo miramientos. Así lo hice, recurriendo al, por aquel entonces escaso, material documental que existía sobre el asunto y a mis, también más bien escasos, conocimientos sobre el mismo. La primera parte del debate fue intensa y conseguí mi objetivo: que quedara claro que lo que se había dicho desde el estrado distaba de ser una verdad científica. Y seguí sacando a relucir los puntos débiles de la historia de las piedras de Ica durante la segunda jornada de debate, contraviniendo las indicaciones del profesor, quien me había interceptado a las puertas de clase para pedirme que moderara mis críticas, que conocía al doctor dueño de las piedras y que eran amigos. Podía haberme callado, pero me inquietó que futuros profesores de enseñanzas medias fueran expuestos sin ningún tipo de protección a afirmaciones totalmente pseudocientíficas; aunque tan sorprendente como eso es lo que yo recuerdo como una actitud pasiva de la mayoría de mis compañeros, que no asaetearon a preguntas a alguien que decía que existen pruebas de que el hombre convivió con los grandes saurios. Me gustaría pensar que fue porque lo consideraban un disparate, pero no estoy seguro de ello.
Como alguno de mis compañeros de universidad, multitud de jóvenes caen cada año seducidos por las imposturas, por los charlatanes: no en vano, éstos dan una visión maravillosista de la realidad que, inexplicablemente, no ha merecido hasta ahora la debida atención por parte de los educadores. Y digo inexplicablemente porque existen experiencias que demuestran que la aproximación académica a la pseudociencia -no la aproximación al estilo del citado jesuita, por supuesto- tiene unos efectos indudablemente beneficiosos entre los estudiantes, a muchos de ellos les sirve como una especie de vacuna.
Hay, al menos, tres formas de acercarse a lo paranormal en las aulas: mediante ejercicios didácticos que permitan al alumno comprobar en vivo y en directo la fiabilidad de los postulados de alguna pseudociencia -los centrados en la astrología son los más probados-, a través charlas de expertos que diseccionen con claridad un asunto para luego someterlo a debate y, por último, animando a los alumnos interesados a elaborar trabajos realmente objetivos -consultando bibliografía pro y contra sus creencias, y a defensores y detractores de la materia en cuestión-. Desde mi punto de vista, desechar de principio el tratamiento de cualquier asunto nebuloso en clase por considerarlo una tontería es un error y no sirve sino para alimentar la falsa leyenda de que existe una denominada ciencia oficial que rehuye la realidad paranormal.
Además, desde una perspectiva utilitarista, abrir las aulas al análisis crítico de la pseudociencia es también una manera de enseñar ciencia, lo mismo que desenmascararla en los medios de comunicación o en libros. Porque demostrar que la parapsicología, la ufología, la astrología, la grafología y todas las logías que ustedes quieran no son más que creencias sin fundamento científico exige ir más allá de decir que tal o cual cosa es un disparate; hay que dar argumentos. Así, sacar a relucir los puntos débiles de la astrología requiere contraponer a sus mágicos postulados fundamentos de astronomía, física, estadística...; diseccionar la homeopatía conlleva poner en el otro platillo de la balanza química y biología; excavar en la arqueología fantástica exige echar mano de la historia, la geología, el arte... Con lo que se demuestra que la buena crítica de la pseudociencia tiene un valor añadido: va acompañada inexorablemente de divulgación de la ciencia y puede servir para atraer a los jóvenes al auténtico conocimiento. Bien claro lo ha dicho Martin Gardner: "Una de las mejores maneras de aprender algo sobre cualquier rama de la ciencia es descubrir en qué se equivocan sus chiflados". [4]
De todos modos, aunque el papel de los profesionales de la ciencia y la educación es importante, su trabajo podría caer en saco roto si la tercera pata del taburete cojeara, como ha ocurrido hasta ahora. Me refiero a los periodistas, que hemos fallado estrepitosamente a la sociedad en la lucha contra la pseudociencia; es más, hemos sido, y somos todavía, los principales transmisores de supersticiones y disparates. No hay cadena de televisión, emisora de radio o periódico sin horóscopo -algunos tienen hasta varios-, y los brujos se prodigan más en los medios audiovisuales que los científicos. Cierto es que de unos años a esta parte, desde finales de los 80, los asuntos denominados paranormales se abordan en los medios audiovisuales, además de desde la perspectiva del creyente, a través de debates en los que se enfrentan las opiniones de los defensores de lo paranormal y de quienes abogan por la racionalidad. Pero éste es un paso del todo insuficiente. Supone, en el mejor de los casos, equiparar en respetabilidad y credibilidad al fabricante de paradojas de turno con quien denuncia sus abusos, poner a la misma altura, por ejemplo, a un ufólogo que mantiene que el transistor es un invento que se basa en tecnología alienígena con un físico de la NASA cuyas aportaciones fueron decisivas para el éxito de la misión que hace treinta años llevó al hombre a la Luna.
Algunos profesionales de la comunicación conocen el mundo de la ciencia -por desgracia, el periodismo especializado es todavía en España una rara avis-, otros muchos no; pero todos contamos con los medios adecuados para llegar al gran público. El problema estriba en que todavía son demasiados los periodistas que suspenden el juicio crítico ante las afirmaciones sorprendentes y no aplican la misma vara de medir a la hora de contrastar afirmaciones provenientes, por ejemplo, de un político o de un científico que de un apóstol de cualquier misterio. Curiosamente, los engañabobos gozan en la prensa de una especie de bula, y es habitual que sean objeto de un tratamiento amable.
"Una norma elemental de cualquier periódico riguroso consiste en hablar con todas las partes implicadas en un acontecimiento informativo. Puede ocurrir que no se consiga, pero al menos debe intentarse. Un periodista no ha de permitir que se le quede un palo sin tocar", sentencia Álex Grijelmo en su libro El estilo del periodista. [5] Esta norma elemental es, sin embargo, sistemáticamente vulnerada por la mayor parte de los profesionales cuando se enfrentan a las afirmaciones de lo paranormal. Un periodista puede pasarse horas e incluso días al teléfono para intentar contrastar los datos que han llegado a su conocimiento sobre una posible noticia del ámbito económico, político, cultural... Sin embargo, cuando se trata de platillos volantes, reliquias, medicinas alternativas o poderes paranormales, ese mismo profesional puede suspender su espíritu crítico para convertirse en un mero transmisor de lo que le comunica la fuente, sin más, sin preguntarse nada ni consultar con terceros. Esta actitud, inadmisible en otros campos informativos, es una de las principales características de la información sobre lo paranormal que se ofrece en los medios de comunicación de masas. Y es algo que ha de cambiar para beneficio del público, que tiene derecho a una información fidedigna y no basada en rumores o mentiras, y del periodismo, que incurre en el descrédito cuando se hace eco acríticamente de bulos, rumores o simples mentiras.
Más grave que esa actitud acrítica, aunque no tan habitual, es la manipulación consciente de los hechos, la tergiversación de la realidad para alimentar un mito incluso después de que haya sido desenmascarado por la ciencia. Si hay un ejemplo de ello, un ejemplo cuya pervivencia tendrán oportunidad de comprobar ustedes mismos el año que viene, es el de la llamada sábana santa, la tela guardada en Turín que, según la tradición, habría envuelto el cuerpo de Jesucristo y sería, según los fabricantes de misterios, la prueba física de su resurrección.
Se han dicho muchas mentiras acerca de este lienzo, quizá la más descarada de todas es la de que, a finales de los años 70, lo estudio la NASA. En realidad, ese estudio, en el que se habría demostrado la tridimensionalidad de la imagen del lienzo, lo hizo un grupo de creyentes relacionado con la religiosa Hermandad del Santo Sudario del que formaban parte, a título particular, algunas personas vinculadas a la NASA, y del que fue expulsado Walter McCrone, uno de los más reputados microanalistas forenses del mundo, tras anunciar que lo que parece sangre es, en realidad, pintura. A pesar de todo esto, seguramente ustedes volverán a escuchar que la NASA ha estudiado la sábana santa -mentira- y que la supuesta reliquia ha sido objeto de numerosas investigaciones científicas que han confirmado su autenticidad -otra mentira-. Esto segundo quizá lo hayan leído en un periódico de ámbito nacional, Abc.. Permítanme que ahonde en lo que considero una muestra de antiperiodismo, en tanto en cuanto es un ejemplo reciente de lo que nos espera cuando la falsa reliquia vuelva a ser exhibida públicamente.
"Dos científicas israelíes confirman que el santo sudario procede de Jerusalén", rezaba el 18 de junio de 1999 un titular de la sección de Sociedad de Abc. [6] Según el texto, dos investigadoras de la Universidad Hebrea habían hallado en la tela "restos de polen de flores de la Gundelia, planta que sólo crece en las colinas de Judea". Hasta aquí, nada sorprendente. Cada dos por tres, aparecen sindonólogos que afirman haber hecho fabulosos hallazgos en la pieza de lino. Ahora bien, lo que hace de este artículo merecedor de un suspenso periodístico es que el autor toma como excusa el estudio palinológico para referirse al sudario de Turín como "el santo manto que envolvió el cuerpo de Jesús después de su crucifixión", la misma sábana "en la que fue envuelto sobre la piedra de la unción después de ser lavado" y una reliquia que ha sido sometida a "más de mil investigaciones científicas", dejando bien claro que el estudio del que se hace eco el artículo refuerza "la tesis cada vez menos discutida de la Iglesia Católica y de la mayoría de historiadores y científicos acerca de la autenticidad del santo sudario".
Todas estas afirmaciones son falsas y parten del periodista -no de las autoras del estudio sobre el polen-, que, curiosamente, ni siquiera cita de refilón el único estudio científico concluyente realizado sobre la presunta reliquia: el análisis del carbono 14 que llevaron a cabo laboratorios de Oxford, Arizona y Zurich, según el cual el lienzo data del siglo XIV. El informe fue publicado, bajo la autoría de una veintena de científicos, en Nature hace ya diez años y nadie lo ha refutado. El artículo de Abc es un ejemplo de cómo en nuestro país se sigue alimentando la falsa leyenda de la sábana santa desde la prensa. Porque el análisis del radiocarbono, al igual que otros que demuestran que el sudario de Turín es una obra pictórica y no un objeto de origen milagroso, es sistemáticamente ignorado por la denominada prensa seria o citado a título meramente anecdótico, tal como pudimos comprobar durante la última ostensión, entre el 14 de abril y el 18 de junio de 1998. ¿Por qué? Sinceramente, lo ignoro; aunque sospecho que algo pesará que la cristiana sea la religión dominante en España y que haya mucha gente que, erróneamente, considera que poner en tela de juicio la autenticidad de la sábana santa supone un ataque al credo católico.
Pero volvamos a lo que es la tarea de todo periodista: comprobar los hechos antes de divulgarlos. ¿Existen fuentes fiables a las que pueda recurrir un profesional de la información en su trabajo diario cuando se enfrenta a lo denominado paranormal? Sí. Obviamente, el periodista debe ser consciente de que toda información procedente de ufólogos, parapsicólogos, médicos alternativos, adivinos, periodistas especializados... ha de ser puesta en cuarentena. Lo mejor en cuanto una noticia huela a chamusquina es recurrir al responsable de museo de ciencia más cercano -por fortuna, este tipo de instituciones se está multiplicando por la geografía española-, a la Universidad y a ARP - Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, entidad que reúne a escépticos conocedores de la mayoría de las pseudociencias. ARP, además de tener entre sus miembros a científicos, divulgadores y educadores, cuenta con una amplia agenda de contactos en todo el mundo y una experiencia de casi tres lustros en la contrastación de información en tiempo real, cuando el platillo volante de turno aparece en el cielo a media tarde y hay que luchar contra el reloj para intentar aclarar el suceso antes de que las rotativas empiecen a engullir papel.
En los últimos años, me he enfrentado en tres ocasiones al ovni de las cinco de la tarde. Y las tres con éxito, pero no porque yo sea muy listo, sino porque simplemente aplique el mismo criterio que aplico cuando en la cotidianidad del periodismo tengo que cubrir a otras noticias; es decir, porque me molesté en comprobar todas las posibles aplicaciones antes de hablar de un ovni. También -todo hay que decirlo-, tuve suerte: di con las personas oportunas en un tiempo record. Lo que demuestra que la agenda del periodista es importante. Me explico.
La segunda ocasión que me encaré a un platillo volante en tiempo real coincidió con la apertura del II Congreso Nacional sobre Pseudociencias, que se celebró en el Planetario de Pamplona en noviembre de 1995. Por la mañana, durante la rueda de prensa de presentación de las jornadas, una reportera preguntó: "¿Qué pueden hacer los periodistas cuando, en su trabajo habitual, se topan con un suceso aparentemente paranormal?". La respuesta que recibió fue que tenía que sopesar todas las posibilidades alternativas antes de darlo por inexplicado. Pues bien, esa misma tarde, a sólo dos horas de la inauguración del congreso, un ovni se hizo visible sobre Pamplona.
Era para pensar en una conspiración interplanetaria para dejarnos a los escépticos en ridículo, ¿verdad? Bueno, fue una ración de nuestra propia medicina. Contra el reloj, la periodista Victoria Toro, el astrofísico Javier Armentia y yo nos pusimos a buscar no la posible explicación, que la intuimos desde el primer momento, sino los datos concretos, las pruebas que dejaran bien claro que lo que flotaba sobre la ciudad no era nada desconocido, sino un globo estratosférico de grandes dimensiones. Lo conseguimos e hicimos pública una nota de prensa con todos los datos antes de dos horas, además de haber sacado varias fotografías que demostraban que aquello era un globo. Sinceramente, no creo que seamos más listos que nadie: la clave estriba en no creerse nada porque sí -poner en cuarentena cualquier dato no verificado por nosotros mismos-, utilizar la experiencia previa, saber a quién llamar en cada momento y, sobre todo, si no hemos podido confirmar nada de nada, recurrir a la cautela.
Esto último es, quizá, lo más complicado en los medios de comunicación, donde cuenta la celeridad ante todo. Sin embargo, podemos pagar muy caro, demasiado, no confirmar las cosas y dejarnos llevar por el entusiasmo, por la intuición o por las prisas. Podemos perder credibilidad, que es nuestro principal activo ante unos lectores que, como ha revelado un reciente estudio de la Asociación Americana de Editores de Periódicos (ASNE), prefieren que los periodistas hagamos bien nuestro trabajo a que lo hagamos los primeros, que publiquemos hechos debidamente verificados a que demos exclusivas. Como dice uno de los lectores consultados por la ASNE, "muy pocas cosas son tan urgentes como para impedir a los periodistas que verifiquen una historia. Comprendo el deseo de ser el número uno, pero no hay nada que justifique el no ser riguroso". [7] Lo que nos exige el público no es más que profesionalidad. Obviamente, todos ustedes tienen en mente el caso del niño hondureño que ha tomado el pelo a media prensa mundial con su ficticia odisea panamericana a la búsqueda de su padre. Es un buen ejemplo, pero, como está alejado del asunto de esta charla, voy a recurrir a otro, a una noticia que el pasado 18 de junio fue la apertura de dos periódicos de ámbito nacional y de la que televisión y radio se hicieron amplio eco. No era para menos.
"La clonación humana ha empezado", sentenciaba La Razón en una portada compuesta por dieciséis reproducciones de un mismo rostro; "Científicos de EE UU logran clonar un embrión humano", advertía Diario 16 en su primera. Ambos periódicos contaban, más o menos, la misma historia: que, según el rotativo británico The Daily Mail, una empresa norteamericana había utilizado "métodos idénticos a los que permitieron el nacimiento de Dolly" para "llevar a cabo la primera clonación de un embrión humano"; [8] que había recurrido a un óvulo de una vaca al que se le había extraído el núcleo y a una célula procedente de la mejilla de uno de los investigadores, y que el producto del experimento había sido incinerado cuando alcanzó las 400 células, a los doce días. La noticia fue recogida con profusión de comentarios por la radio y la televisión, hubo editoriales en la prensa y hasta un artículo de opinión de un sesudo filósofo que apuntaba la posibilidad de un híbrido hombre-vaca.
Un día después, el diario francés Libération descubría que la historia había sido inventada por The Daily Mail, y, al día siguiente, La Vanguardia se hacía eco del escándalo. La fotografía que había respaldado la información original databa de siete meses antes, y era de un cultivo celular y no de un embrión humano. Obviamente, en este caso, los que fallaron volvieron a ser los periodistas. Se dejaron llevar por lo publicado por otros colegas, sin tener en cuenta siquiera que la fuente original era un diario sensacionalista -es decir, nada fiable-, sin dedicar el tiempo necesario para comprobar que la información ya había sido desmentida parcialmente por The New York Times días antes, y llegando a reconocer uno de los rotativos españoles que no había podido entrar en contacto con la empresa implicada para verificar los hechos, aunque ésta siempre había negado que persiguiese la clonación humana. [9] De historias como ésta, no hay ningún medio libre; pero eso no nos debe consolar. La publicación de noticias falsas, de falsa ciencia, cual es el caso del clon humano, supone un duro golpe para la credibilidad de los medios y revela la necesidad de extremar los controles cuando de hechos sensacionales se trata, y que no sólo fallamos al aproximarnos a la pseudociencia.
Vistas estas muestras de errores periodísticos -a mi juicio, graves-, nos quedaría por explorar, muy brevemente, un segundo frente dentro de los medios de comunicación: el de los periodistas especializados. Si a la laxitud de controles que se da en los medios respecto a las afirmaciones pseudocientíficas, se añade que la mayoría de los informadores científicos piensa que ocuparse de la pseudociencia, aunque sea en tono crítico, supone rebajarse, nos encontramos con que la pata periodística cojea ostensiblemente cuando se trata de poner en su sitio a la falsa ciencia. Por ello, si hay algo también urgente, es concienciar a este colectivo de que la denuncia de la pseudociencia forma parte de la divulgación científica -que, además de su carácter terapéutico, sirve para transmitir conocimiento- y que cerrar los ojos ante la superchería ni acaba con ella ni impide que encuentre nichos en los medios audiovisuales y escritos desde los que analfabetizar a la población y predicar la desconfianza hacia el método científico y la indagación racional.
Contamos, hoy en día, con más medios que nunca para contrastar la información, para dar con hechos susceptibles de atraer al público sin recurrir a ningún tipo de magia, para presentar las noticias de forma atractiva y para llegar a millones de lectores. Y con una red informática mundial que nos puede servir para entrar en contacto con expertos de cualquier rincón del mundo a la hora de verificar la realidad de ciertas afirmaciones. Para que se hagan una idea, sólo en Internet, hay más de un centenar de fuentes totalmente fiables sobre pseudociencia, de lugares que le pueden permitir al periodista o al educador hacerse una idea de hasta qué punto es cierta la afirmación sorprendente de turno. Nunca lo hemos tenido más fácil para hacer bien nuestro trabajo.
Científicos, educadores y periodistas somos la clave en esta lucha, que no es sino una lucha contra la incultura y el aborregamiento de la ciudadanía en la sociedad de la información. De nosotros depende, en gran medida, que pare el avance de lo irracional. Y, para conseguirlo, además de lo apuntado, tenemos que trabajar juntos.
Referencias
[1] Feynman, Richard P. [1999]: Qué significa todo eso. Reflexiones de un científico-ciudadano. [The meaning of it all]. Trad. de Javier García Sanz. Editorial Crítica (Col. "Drakontos"). Barcelona. 149 páginas.
[2] Mencken, H.L. [1949]: Prontuario de la estupidez humana [A Mencken chrestomathy]. Prologado por Fernando Savater. Trad. de Eduardo Goligorsky. Ediciones Alcor (Col. "Campo de Agramante"). Barcelona 1992. 221 páginas.
[3] Daniels, Marc [Dir.] [1966]: "La colección de fieras" ["The menagerie"]. Star trek. Episodio 16. Paramount Pictures. Emitido en Estados Unidos el 17 y el 24 de noviembre. 103 minutos.
[4] Gardner, Martin [1992]: Extravagancias y tonterías [On the wild side]. Prologado por Vladimir de Semir. Trad. de Jordi Fibla. Ediciones Alcor (Col. "Campo de Agramante"). Barcelona 1993. 284 páginas.
[5] Grijelmo, Alex [1997]: El estilo del periodista. Editorial Taurus. Madrid. 600 páginas.
[6] Cierco, Juan [1999]: "Dos científicas israelíes confirman que el santo sudario procede de Jerusalén". Abc (Madrid). 18 de junio.
[7] ASNE [1999]: Examining our credibility: perspectives of the public and the press.
[8] Agencias [1999]: "Científicos americanos logran clonar el primer embrión humano". Diario 16. 18 de junio.
[9] Francescutti, R.; y Ariza, L.M. [1999]: "Clones de embriones humanos bajo secreto". La Razón (Madrid), 18 de junio.
Texto expuesto en el curso de extensión universitaria sobre Ciencia y pseudociencia en la sociedad del conocimiento, de la Universidad de Verano de Maspalomas (San Bartolomé de Tirajana; Gran Canaria), en julio de 1999.
Una versión revisada por el autor y traducida por Borja Marcos y Adela Torres se publicó en Paul Kurtz (Ed.) [2001]: Skeptical odysseys. Personal accounts by the world's leading paranormal inquirers. Prologado por Paul Kurtz. Prometheus Books. Buffalo. 430 páginas.
Sobre este blog
magonia
Luis Alfonso Gámez
Una ventana crítica al mundo del misterio
Para contactar con el autor:
lagamez@gmail.com
Mis tags
Últimos comentarios
- Los vídeos de 'Impactos extraterrestres. Tunguska, 100 años después' 15 comentarios Aristarkus ingeniero Luis Alfonso Gámez ingeniero Mike
- El tercer ojo 47 comentarios Matancero jajajajajaja JAJAJAJAJAJA MAGONIO III Eduardo
- Aluniza como puedas 55 comentarios fer Eduardo Indalecio Indalecio Perico
- Presentación en sociedad de 'Misterios a la luz de la ciencia' 4 comentarios jajajajajaja Eugenio Manuel turulo Sergio L. Palacios
- Las calaveras del poder 18 comentarios Luis Alfonso Gámez L Luis Alfonso Gámez L Luis Alfonso
- Bill Clinton habla del ovni estrellado en Roswell y de los alienígenas del Área 51 251 comentarios Aristarkus j.d.j fernando DAMARIS jose
- Roswell quiere abrir un parque temático extraterrestre 37 comentarios google google daylin alejandra astryd
- Compruebe si tiene un sexto sentido 12 comentarios cris MARIA victor gaby flores castillo andrés pulido jimenéz
- Del plagio de Troya al montaje lunar 57 comentarios Aristarkus Eduardo Marcelo JJ Bernabe Stepsonsky
- ¿Se puede hacer algo contra la telebasura paranormal? 67 comentarios sabo pepe el hincha Luis Miguel La Sístole Chikilicuatre
Categorías
- Apariciones en Punto Radio Bilbao
- Apariciones en televisión
- Astrología, adivinación y predicciones
- Avance de la ciencia, superstición e incultura
- Bruno cardeñosa
- Caras de Bélmez
- Charlas en vídeo
- Conspiraciones
- Crónica negra de lo paranormal
- Creacionismo
- Curiosidades
- Dossier 'Planeta encantado'
- Dotados
- Enigmas de la mente
- Enigmas de la religión
- Enigmas de la Tierra
- Enigmas del espacio
- Enigmas del pasado
- Escépticos
- Fernando Jiménez del Oso
- Iker Jiménez
- Javier Sierra
- Juan José Benítez
- Libros
- Manuel Carballal
- Medios de comunicación y anticiencia
- Monstruos
- Obituarios
- Ovnis
- Pseudomedicinas
- Revistas
- Tergiversación de la Historia
- Varios
- Vendedores de misterios
Enlaces
- Círculo Escéptico
- Comité Italiano para el Control de las Afirmaciones de lo Paranormal (CICAP)
- Comité para la Investigación Escéptica (CSI)
- El Retorno de los Charlatanes
- Golem Blog
- La Biología Estupenda
- La Ciencia en Guerra
- La Nave de los Locos
- Malaprensa
- Marcianitos Verdes
- Microsiervos
- Mihteriohdelasiensia
- Misterios del Aire
- Proyecto Darwin
- Revista 'Pensar'