17 Abr 2008
17 Ene 2008
10 Oct 2007
"La Calavera del Destino es de cristal de roca puro y, según los científicos, hacerla debió llevar unos 150 años, generación tras generación, trabajando todos los días de sus vidas, frotando con arena una inmenso bloque de cristal de roca hasta que finalmente emergió el cráneo perfecto. Tiene al menos 3.600 años y, de acuerdo con la leyenda, el gran sacerdote de los mayas la utilizaba en la celebración de ritos esotéricos. Dicen que, cuando invocaba a la muerte con la ayuda de la calavera, la muerte siempre acudía. Se la considera la encarnación de todo mal", escribió F.A. Mitchell-Hedges en 1954 en Danger my ally (El peligro, mi aliado), su autobiografía.
Formada por dos bloques de cuarzo -el cráneo y la mandíbula-, la joya mide 13,3 centímetros de alto y de largo, y pesa unos 5 kilos. Su origen nunca ha estado claro. La hija del aventurero mantuvo hasta su muerte, el 7 de abril pasado, que la había encontrado el día de su decimoséptimo cumpleaños en las ruinas de Lubaantun, versión que encaja perfectamente en la vida de quien, a principios del siglo XX, se vendió como una especie de Indiana Jones. Durante muchos años, algunos sospecharon, no obstante, que el hombre había mandado tallar la pieza y luego la había enterrado para que su hija la encontrara a modo de regalo de cumpleaños. Ninguna de las dos versiones se sostiene en la actualidad.
Una vida de película
Nacido en 1882, de niño, F.A. Mitchell-Hedges "leyó a los grandes novelistas de aventuras de la época y fantaseó con el descubrimiento de ciudades perdidas, el encuentro con fieras tribus y sobrevivir a enfrentamientos con bestias salvajes", según se lee en su web, donde se explica que cumplió sus sueños y, con los años, fue agente de bolsa, comerciante de antigüedades, explorador, arqueólogo, pescador deportivo, escritor... Personaje al estilo del creado por George Lucas y Steven Spielberg, protagonizó episodios muy cinematográficos, según su biografía oficial. Así, cuando fue capturado en México por las tropas de Pancho Villa en 1913, le salvó de morir a tiros probar que era inglés, y no estadounidense, cantar el Dios salve a la reina. Después, Mitchell-Hedges se unió al bandolero y luchó a su lado en la batalla de Laredo.
Tanto ajetreo se plasmó en los años 30 en un programa de radio semanal en Nueva York, en el cual contaba las múltiples ocasiones en las que había escapado de morir a manos de salvajes o entre las fauces de alguna fiera. Escribió cinco libros -incluido uno sobre sus recuerdos como prisionero de Pancho Villa- y, a pesar de ser famoso por el hallazgo de la calavera de cristal, nunca la mencionó antes de 1944 y sólo le dedicó en su autobiografía el párrafo antes citado, al que precedían las siguientes líneas: "Llevamos con nosotros [a África en 1948] la siniestra Calavera del Destino de la que tanto se ha escrito. Tengo razones para no revelar cómo llegó a mis manos". F.A. Mitchell-Hedges murió en 1959 sin aclarar cómo se había hecho con la joya.
Supercherías
Joe Nickell, del Centro para la Investigación Escéptica (CSI), y el forense John Fisher indagaron en los orígenes de la calavera de cristal a principios de los años 80, con sorprendentes resultados. Comprobaron, para empezar, que Thomas Gann, arqueólogo aficionado, y T.A. Joyce, del Museo Británico, que excavaron en Lubaantun en los años 20, no mencionan la pieza en ninguno de sus libros. "Este objeto no tiene nada que ver con el lugar ni con la arqueología maya (realidad, hasta donde sé, ni con la América precolombina)", explicó el arqueólogo Norman Hammond, experto en la cultura maya de la Universidad de Boston, cuando le preguntaron por qué no la citaba en su monografía sobre el enclave, publicada en 1975.
En su libro Secrets of the supernatural (1988), Nickell y Fisher destacan que en ninguna foto tomada por Lilian Mabel Alice -más conocida como Lady Richmond-Brown y que solía inmortalizar los descubrimientos del explorador- se ve la joya o a la presunta autora del hallazgo en la ciudad maya. "Anna Mitchell-Hedges nunca estuvo en Lubaantun, a tenor de las pruebas", sentencia Hammond. Existen documentos, sin embargo, que prueban que la pieza fue subastada por un tal Sydney Burney en Sotheby's, en Londres, en 1943 con un precio de salida de 340 libras. Nadie la compró y, al año siguiente, F.A Mitchell-Hedges pagó a su propietario 400 libras por ella. Un artículo publicado en 1936 por la revista Man revela, además, que la joya era ya entonces propiedad de Burney. Pero ¿de dónde había salido?
La Calavera del Destino no es única en su género. Hay varias más de tamaño casi real, de las que la más famosa es propiedad del Museo Británico. Hasta mediados de los años 90, estaba catalogada como "probablemente azteca, de entre 1300 y 1500". La institución la adquirió en 1898 en Tiffany's, Nueva York, por 120 libras. Su propietario hasta entonces había sido el comerciante de antigüedades francés Eugène Boban. "Un análisis de varias calaveras de cristal realizado por el Museo Británico en 1996, utilizando microscopía electrónica de barrido, encontró surcos regulares que sólo pudieron hacerse mediante pulimentado mecánico, y el análisis del cuarzo reveló que se trataba de cristal brasileño, que nunca se había empleado en Mesoamérica y sí en Alemania en el siglo XIX", explica el historiador José Luis Calvo, miembro del Círculo Escéptico.
De azteca a europea
Cuatro años antes, en 1992, la Institución Smithsoniana examinó una joya similar adquirida en México en 1960 y que se presumía azteca. El estudio concluyó que había sido fabricada recientemente y que procedía de Boban, el marchante de antigüedades francés, quien aseguraba haberla adquirido en Alemania. Tanto la pieza británica, como otra similar que hay en el Museo del Hombre, de París, fueron adquiridas igualmente a Boban, quien comerció con antigüedades precolombinas auténticas y falsas en México entre 1860 y 1890, y sobre el que recaen todas las sospechas de la autoría de estas falsificaciones. El Museo Británico tiene ahora su calavera catalogada como "probablemente europea, del siglo XIX". Es lo que piensan los historiadores de las culturas precolombinas sobre todos los cráneos de cristal, incluido el de Mitchell-Hedges, por mucho que éste se haya rodeado de leyenda.
El aventurero y su hija hicieron de su cráneo de cristal un símbolo del esoterismo, atribuyéndole él un poder maléfico y ella, todo lo contrario. "La calavera ha sido utilizada varias veces para curar y espero que algún día esté en alguna institución donde la usen matemáticos, meteorólogos, cirujanos...", escribió a Nickell en 1983 Anna Mitchell-Hedges, quien se negó a ceder la pieza para que fuera examinada en un laboratorio. Las palabras de la mujer hay que ponerlas en cuarentena, como en su momento se hizo con la falsa historia del hallazgo y las hazañas autobiográficas de su padre.
El de la calavera de cristal es sólo un episodio más en una trayectoria vital trufada de elementos ficticios. Porque F.A. Mitchell-Hedges nunca fue arqueólogo y, cuando visitó Lubaantun, lo hizo enviado por la revista The Illustrated London News; tampoco hay constancia de que fuera apresado por Pancho Villa y es imposible que luchara junto al bandolero en la batalla de Laredo, porque ese encuentro armado nunca tuvo lugar... Él decía que la calavera de cristal procedía de la Atlántida, un continente perdido tan imaginario como muchas de sus proezas y que habrá que esperar hasta el 22 de mayo para saber si es el reino al que se refiere el título de la última aventura de Indiana Jones.
El arqueólogo más famoso vuelve a sus orígenes
El arqueólogo más famoso vuelve a sus orígenes en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Veintisiete años más tarde de arrebatar el Arca de la Alianza a los nazis y diecinueve después de beber agua del Grial, regresa a un escenario idóneo para sus aventuras y el espectáculo. Porque, al igual que en En busca del Arca perdida (1981) e Indiana Jones y la Última Cruzada (1989), la historia girará alrededor de uno de los mitos del esoterismo actual, ésos alimentados por autores como Erich von Däniken, Louis Charpentier, Robert Charroux...
El doctor Jones sacó hace casi treinta años el Arca de la Alianza de los libros de pseudohistora. Según la tradición bíblica, era el receptáculo en el que Moisés guardaba las Tablas de la Ley, que contenían los Diez Mandamientos. Sin embargo, en 1963 Robert Charroux, en Cien mil años de historia desconocida (1963), habló del Arca por primera vez como de "un condensador eléctrico", citando una obra de 1948 en la que Maurice Denis-Papin decía que se trataba de "una especie de cofre eléctrico capaz de producir poderosas descargas, del orden de los 500 a 700 voltios". Con esa base y ninguna prueba, los pseudoarqueólogos -individuos que han llenado el pasado humano de extraterrestres- han convertido con los años el Arca en una especie de arma de destrucción masiva gracias a la cual los israelitas derribaron, por ejemplo, los muros de Jericó. En su primera aventura, Indiana Jones se hacía eco de esa tradición y el Arca acababa guardada en un gran hangar, cabe suponer que junto a otros objetos históricos turbadores.
La realidad es que no hay ninguna prueba de que sucediera algo parecido a lo que relata la Biblia y, mucho menos, de que el Arca de al Alianza fuera, de existir, remotamente parecido a lo que sostienen los vendedores de misterios. Como tampoco la hay de la existencia del Grial, la copa que habría utilizado Jesús en la Última Cena y en la que José de Arimatea recogió su sangre durante la crucifixión.
Como en el caso de la sábana santa, la leyenda del Grial es de origen medieval. Nace en el siglo XII y se nutre de tradiciones culturales paganas, como la del cuerno de la abundancia. Fue una época en la que aparecieron reliquias por todos lados, porque proporcionaban riqueza a los monasterios e iglesias en forma de visitas masivas de peregrinos. Así se multiplicaron dedos y cabezas, prepucios, sábanas santas y griales, de los cuales ha llegado a haber varios sólo en España. Uno de ellos, el de la catedral de Valencia, fue utilizado por Benedicto XVI para oficiar misa en su visita a España en 2006. Es tan auténtico como el de Indiana Jones.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
22 Ene 2005
Cuando vi el libro en El Corte Inglés de Zaragoza, creí que era una humorada. ¿Quién puede sostener en 2005 que el ser humano apareció en América del Sur? Pues Germiniano González, un profesor leonés de Enseñanza Secundaria, y su obra Sudamérica: ¿cuna de la Humanidad? es la prueba. "Los humanos que hoy habitan la Tierra tienen un origen común, y ése fue Sudamérica. En el proceso evolutivo los hominideos primitivos son de una época geológica mucho más antigua en Argentina que en el resto del planeta", escribe González, un hombre convencido de que esa realidad fue descubierta por Florentino Ameghino (1854-1911), un naturalista aficionado argentino, a finales del siglo XIX y principios del XX. Si esa idea no está en boga es porque la ciencia oficial -dirigida por los investigadores europeos- ha marginado injustamente a Ameghino y ha ignorado sus hallazgos. Vamos, porque hay una conspiración.
Al título del libro de Germiniano González le sobran los signos de interrogación. El autor no tiene ninguna duda sobre el origen americano de los homínidos y de nuestra especie, y sitúa la existencia de los primeros humanos ¡hace decenas de millones de años! "Ayudándonos de datos paleontológicos, la arqueología y una metódica geología, muchos podemos defender que el hombre comenzó a ser tal, animal simbólico, hace no miles, sino millones de años, 10, 16, 20 millones y más", sostiene. E intenta convencer del error y la ceguera de centenares de paleoantropólogos con pruebas que ni siquiera hace cien años fueron consideradas dignas de atención. La impresión que da es que las herramientas de piedra y los huesos lo son en realidad, y que lo que Ameghino hizo fue errar en las dataciones y en las interpretaciones estratigráficas y de los restos óseos en su sueño de dar al hombre un origen americano. Así, los cráneos de Homo sinemento y H. pampaeus corresponden a H. sapiens, y los útiles que se datarían hace millones de años no tendrían más de miles de años.
Florentino Ameghino fue un evolucionista convencido y, para Germiniano González, un genio incomprendido en lo que respecta a la visión que tenía de la evolución humana. No importa lo que demuestran los hallazgos hechos en África en las últimas décadas, con fósiles en los que se ve reflejada la transición de los homínidos desde chimpancés bípedos hasta nuestros ascendientes inmediatos. El autor ignora todas esas pruebas en un texto ilustrado con dibujos que dirán algo a quienes tengan formación arqueológica, pero no al lector medio. Contiene, además, apuntes claramente racistas, como cuando habla de "las razas afro-asiáticas de las regiones tropicales, como los negros, negroides, australoides", y afirma que pasaron de América a África y "alcanzaron una evolución mayor que las anteriores, pero todavía muy inferior a la rama siguiente del Homo sapiens", la que da lugar a "las razas cáucaso-mongólicas"
No falta un capítulo dedicado a la Atlántida -"un continente entre Europa-África y América"-, nada sorprendente en un autor que ha escrito otro libro titulado Una biblioteca lítica, en el cual defiende la autenticidad de las piedras de Ica, uno de los más descarados fraudes de la arqueología del siglo XX. Que Germiniano González, quien muestra en Sudamérica: ¿cuna de la Humanidad? una clara propensión al disparate y una supina ignorancia sobre nuestros orígenes, de clases de Secundaria resulta inquietante.
González, Germiniano [2004]: Sudamérica: ¿cuna de la Humanidad? Editorial Club Universitario. San Vicente. 127 páginas.
07 Jul 2004
20 Feb 2004
El mutismo más comprensible ha sido el del autor de Caballo de Troya. Más de un mes después de la emisión de las falsas imágenes lunares, sigue sin decir ni pío. Ha hecho tímidas manifestaciones a través de intermediarios, como su hijo Iván Benítez, fotógrafo y miembro del equipo de Planeta encantado. El joven dirigió una carta al Diario de Noticias en la que esgrimía el éxito de audiencia del programa contra las críticas -"miles de millones de moscas no pueden estar equivocadas; coma mierda", dice el saber popular- y acusaba a quienes hemos sacado a la luz los disparates propalados por su progenitor de no haber visto el programa y escribir de oídas. "Lo peor de todo es que juzgan Planeta encantado sin sentarse a verlo. Qué casualidad que todos estos individuos intentan intoxicar en forma de arrebato infantil lo que la audiencia ya ha premiado cada domingo. Desde aquí les invito a que se sienten algún domingo y reflexionen. De esta manera, Javier Armentia, Gómez y Toharia, entre otros, podrían sacar sus propias conclusiones, sin decir siempre lo mismo y encima de forma equivocada". Iván Benítez no ha debido de leer ninguno de los textos publicados en Magonia horas después del estreno de cada capítulo de la serie.
"Si son tan escrupulosos con la verdad, ¿por qué intoxican diciendo que Planeta encantado ha sido financiado con el dinero público de Televisión Española? Hablan de que la serie ha costado 8 millones de euros y de que si Jesucristo consiguió sentarse en el Coliseo romano... Como decía antes, arrebatos infantiles que no se ajustan a la verdad. Les recomiendo que se vean el capítulo donde aseveran tales tonterías, quizá se den cuenta de que no hay que concentrarse mucho para entender el castellano. En primer lugar, el costo de Planeta encantado fue financiado por la editorial Planeta y no se superó los 500 millones de las antiguas pesetas", escribe el joven en Diario de Noticias. Da la impresión de que quien no ha visto la serie ni lee la web de su padre es él. "Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio", sentencia el director de la serie en el episodio titulado El mensaje enterrado. Quien quiera comprobar que la transcripción es literal, puede escuchar las palabras en boca del novelista. Respecto al coste de Planeta encantado, Juan José Benítez deja claro en su web que ha contado "con un presupuesto superior a los ocho millones de dólares" y aquí siempre hemos dicho que es una serie producida por DeAPlaneta, compañía que vendió a TVE los derechos de la primera emisión por una cantidad que el ente público no ha querido desvelar.
Prietas las filas
Dar la callada por respuesta ha sido la opción de la mayoría de los colegas de Benítez cuando se les ha preguntado por el montaje lunar. Algunos han admitido estar consternados, pero han eludido la crítica de fondo a el maestro. Otros han reconocido que Benítez cometió un error, pero, en vez de pedir explicaciones a su colega, han preferido desviar la atención y atacar a los críticos. Sólo unos pocos -pueden contarse con los dedos de una mano y sobran- han tenido el coraje de agarrar el toro por los cuernos. Entre estos últimos, destacan Marisol Roldán y José Antonio Roldán, dos jóvenes reporteros del misterio a quienes no ha intimidado la larga sombra del ufólogo navarro. "Aún recuerdo, cuando no hace mucho Juan José Benítez decía que los peores y más peligrosos desinformadores estaban dentro de los propios investigadores, unos conscientes por conseguir fama y dinero, otros estúpidos sin saberlo, ingenuos y siendo utilizados... Me pregunto, después de ver este documento lunar, ¿en qué apartado se podría catalogar él mismo?", decía uno de los hermanos Roldán en un artículo publicado pocos días después del escándalo. Compartí con ellos y con Sebastià D'Arbó una tertulia el 19 de enero en Radio Desvern, invitado por Ramón Álvarez. A pesar de nuestras profundas discrepancias a la hora de aproximarnos a lo paranormal, coincidíamos en líneas generales en que Benítez en que había puesto en solfa la credibilidad de todos los interesados en lo paranormal, incluidos los que actúan de buena fe y no persiguen ni fama ni dinero.
La valentía de los hermanos Roldán tuvo su contrapartida en la actitud de las tres principales revistas esotéricas, que en sus números de febrero echaron tierra sobre la historia de Mirlo rojo. Únicamente en Enigmas, la publicación dirigida por Fernando Jiménez del Oso, se hablaba de la emisión por parte de TVE de "un sorprendente vídeo que mostraba a los astronautas del Apollo 11 caminando junto a ruinas artificiales que habrían encontrado en su viaje a la Luna". Se decía que las imágenes habían "desatado una ilimitada polémica", pero nada más. Se ocultaba a los lectores que la polémica se centraba en la actitud de Benítez, no en la autenticidad de la cinta, descartada desde el primer momento. Los asiduos de Más Allá y Año Cero -revistas dirigidas por Javier Sierra y Enrique de Vicente, respectivamente- ni siquiera se enteraron de la existencia de la película de marras.
El escándalo de Mirlo rojo ha demostrado que los más interesados en ocultar la verdad son los responsables de las publicaciones esotéricas. La razón es evidente. Si uno de los maestros no duda en presentar como un documento auténtico una recreación informática, ¿qué no serán capaces de hacer sus colegas y discípulos? Ésa es la reflexión que, con su silencio, los profesionales del misterio han querido abortar entre los aficionados. Por eso, han cerrado filas en torno a Benítez.
Víctimas colaterales
James M. McPherson, profesor de la Universidad de Princeton y presidente de la Asociación Histórica Americana (AHA) durante 2003, ha dedicado su última columna en Perspectives, la revista de la AHA, a denunciar las tergiversaciones de la Historia. Centrado en el caso de Abraham Lincoln, de quien afirma que es el personaje al que se han atribuido más citas falsas, expone las mentiras que se han hecho pasar por verdades en varios libros -entre los que presta especial atención a Dark union: the secret web of profiteers, politicians, and booth conspirators that led to Lincoln's death (2003)- y concluye: "¿Por qué los historiadores deben preocuparse por que este tipo de ficción pase por historia? Precisamente porque los autores y sus editores insisten repetidamente en que ésa es la verdadera historia del asesinato [de Lincoln] y miles de lectores seguirán creyéndolo si los historiadores ignoramos o despachamos con cuatro palabras un libro sin entrar en serio en sus afirmaciones extraordinarias. Tenemos una responsabilidad con los lectores de Historia más allá de nuestro gremio".
Cuando leí "Fact or fiction?" -así se titula el artículo de McPherson-, lamenté que España siga siendo diferente. Lo hemos comprobado en los últimos meses con Planeta encantado. Nuestros expertos no se han molestado en salir de sus despachos, se han quedado en su torres de marfil, calentitos, mientras fuera Benítez atribuía a seres de Orión la edificación de las pirámides de Egipto, aseguraba que hay pruebas de la convivencia de seres humanos y dinosaurios, decía que un poder mágico facilitó el transporte de los moais de la isla de Pascua y presentaba el Arca de la Alianza como un arma de destrucción masiva. A esos disparates y otros han sido expuestos más de un millón de espectadores españoles, por término medio. No he leído, sin embargo, ningún artículo de opinión ni carta al director en la prensa de historiador alguno denunciando el engaño y que TVE se haya prestado a hacer de altavoz de los falsificadores del pasado.
Los historiadores no han sido los únicos cuya credibilidad ha quedado colateralmente tocada por las andanzas del ufólogo en la televisión pública. Planeta encantado ha confirmado la modorra en la que está sumido el movimiento escéptico español, que no ha aprovechado la mejor ocasión que va a tener en muchos años de hacerse notar. Oportunidades como ésta, en las que un traficante del misterios incurre en un error tras otro ante cientos de miles de personas, no se dan habitualmente y son la perfecta excusa para sembrar la duda necesaria en el público. A comienzos de diciembre, el abogado tinerfeño Luis Javier Capote Pérez, profesor de la Universidad de La Laguna, lanzó un manifiesto contra la emisión de la serie, que han firmado más de quinientas personas. Quienes pensábamos entonces que la reacción de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico -donde hay gente muy capacitada- no se haría esperar, nos equivocamos. Inexplicablemente, la organización escéptica tardó en pronunciarse sobre Planeta encantado más de tres meses. Lo hizo el 15 de enero, después de la emisión de Mirlo rojo, cuando faltaban sólo cuatro días para el final de la serie, cuando ya no servía para nada. ¿Por qué calló ARP durante tanto tiempo cuando las cosas estaban tan claras desde el principio?
19 Ene 2004
Planeta encantado se estrenó con un viejo misterio inexistente, el de las piedras de Ica, y se ha despedido con otro presunto puzle arqueológico que no es tal, el de las esferas de piedra de México y Costa Rica. Supe de este enigma por primera vez cuando protagonizó la portada del número 26 (agosto de 1978) de Mundo Desconocido, la primera revista esotérica que compré y que todavía conservo. Hace veintiséis años, la historia de las bolas de piedra la explotaba Erich von Däniken, quien mezclaba en el reportaje unas de origen natural con otras que parecían de manufactura humana. Lo mismo hace Benítez en Las esferas de los dioses, donde une, en el altar del misterio, las bolas de piedra mexicanas y las costarricenses.
El ufólogo aboga por la artificialidad de las esferas norteamericanas -"obras gigantescas más propias de dioses que de titanes"-, que se encuentran en la sierra de Ameca, en el Estado de Jalisco, y a las cuales los geólogos atribuyen un origen volcánico. Pero, como es habitual, él sabe más que los científicos: "Las explicaciones de geólogos y vulcanólogos no son consistentes", dice tras medir con un metro vulgar y corriente algunas de las bolas. Todo el documental -incluida la segunda parte, dedicada a las esferas de Costa Rica- raya en lo ridículo cuando muestra al novelador haciendo chapuceras mediciones y hablando de "milimétrica perfección", diciendo que se trata piedras de "perfecta esfericidad" y de "un pulido exquisito, casi imposible", muchas veces junto a ejemplos de todo lo contrario. "Los científicos, una vez más, han intentado descafeinar la realidad", sentencia respecto al origen natural de las esferas mexicanas. Él no lo hará jamás: él ha hecho pasar un montaje de estudio de animación por una película grabada por los astronautas en la Luna. Sin embargo, para su desgracia, las esferas de Jalisco son naturales, al igual que otras de menor tamaño que hay en Nuevo México, Estados Unidos. No ocurre lo mismo con las costarricenses; ahí, el problema es otro.
He dicho antes que el puzle arqueológico que presenta Benítez "no es tal" porque une las bolas naturales de México con las de Costa Rica, reconocidas como obra de los indígenas por los arqueólogos. John W. Hoopes, antropólogo de la Universidad de Kansas, mantiene un interesante sitio en el que desmonta el misterio que inventó en su día Von Däniken y que ahora Benítez ha revendido a TVE. Dice el científico que las bolas de Costa Rica están en peligro, que muchas han sido movidas de su emplazamiento original -lo que dificulta cualquier estudio arqueológico-, que sólo un puñado están en el sitio en el que las colocaron sus creadores y que algunas han sido voladas por los lugareños en la creencia de que escondían tesoros en su interior.
Benítez no cuenta, sobre las bolas de piedra de Costa Rica, nada que se ignore, como no lo ha hecho en ningún documental de la serie e intenta meter lo increíble de por medio, como siempre. "¿Se trata de mapas celestes? ¿Indican la posición de las estrellas? Hasta hoy, que yo sepa, nadie ha profundizado en esta sugerente posibilidad. Algunos nativos a quienes consulté me hablaron de algo mucho más fantástico. Según la tradición heredada de sus ancestros, estas esferas son poderosos centros de energía, una especie de focos que irradian fuerza y bienestar, y que afectan a la vitalidad y salud de personas, animales y plantas", indica el periodista. También apunta la verosimilitud de las ideas del atlantófilo Ivvar Zapp, quien mantiene que estamos ante una especie de mapas para navegantes, algo a lo que los historiadores conceden tanto crédito como a la presencia de Jesús en el Coliseo romano; aunque Benítez tiene una explicación mejor. Tras señalar que las esferas tuvieron que ser hechas por "una cultura con un alto grado de evolución mental y material, un pueblo con una especial sensibilidad y un notable sentido de la abstracción". Y se pregunta: "¿De dónde llegó esa sabiduría? ¿Por qué los nativos repiten una y otra vez que son creación de los dioses que bajaron del cielo?".
El director de Planeta encantado vuelve a preferir a los extraterrestres que a unos antepasados nuestros como autores de algo que le maravilla. La arqueología no sabe para qué se hicieron las bolas de piedra de Costa Rica, que datan de antes del Descubrimiento y de las que se han hallado muestras asociadas a restos materiales de las culturas locales. (Lean a Hoopes, que explica muy bien el estado de la cuestión y desmonta las tesis esotéricas, incluida la de la gran perfección que Benítez repite hasta la saciedad.) Pero que no se sepa algo no da carta blanca para decir sandeces, que es lo que hace el reportero de lo paranormal al hablar de los extraterrestres como origen del conocimiento para hacer estas piedras. El autor navarro vuelve a incurrir en ese pecado al que tan proclives son los amantes de la arqueología fantástica: otorgar la autoría de las grandes obras no europeas a seres de otros mundos o a inexistentes civilizaciones desaparecidas. Es una lástima que TVE haya seguido el juego a este inventor de misterios y haya sido, indirectamente, tan poco respetuosa hacia unos humanos que hoy son antiguos, pero nunca fueron tontos. La Historia demuestra, entre otras cosas, que el ingenio humano no es patrimonio del hombre actual.
11 Dic 2003
24 Nov 2003
"Hace 3.200 años aproximadamente, este gesto habría sido fatal. Al tocar el Arca de la Alianza, habría caído fulminado", dice el novelista al inicio del documental mientras toca una reconstrucción digital del contenedor de la Tablas de la Ley. El autor de Caballo de Troya se refiere al episodio bíblico en el que un hombre muere al tocar el cofre para evitar que caiga al suelo cuando es transportado en un carro. "Al llegar a la era de Nacón, tendió Oza la mano hacia el Arca de Dios y la agarró, porque los bueyes recalcitraban. Encendiose de pronto contra Oza la cólera de Yahvé, y cayó allí muerto, junto al Arca de Dios" (Samuel II 6, 6-7). Esta historia ha sido utilizada durante décadas como prueba de que la caja era el condensador eléctrico defendido por Charroux y Von Däniken, quienes añadían de su cosecha en sus libros que Oza cayó "fulminado" y que el Arca estaba "envuelta a menudo en chisporroteos", cosas que no se dicen en el Éxodo.
¿Cómo llegaron estos autores a la conclusión de que el Arca de la Alianza es un artilugio eléctrico? No lo sabemos, pero es imposible, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Yahvé (Éxodo, 10-23), construir algo parecido a un condensador. El cofre bíblico es una caja de madera recubierta de oro "por dentro y por fuera", con cuatro anillos de oro en los que encajan dos barras de madera, también cubiertas de oro, y coronada por dos querubines, igualmente dorados. Von Däniken no sabe de lo que habla. Lo demostró hace más de treinta años Clifford Wilson en Crash go the chariots (1972), ensayo en el que un técnico en electrónica explica que, para que haya un condensador, tiene que haber un polo positivo y otro negativo separados por un aislante, algo que en el Arca de la Alianza no existe. Además, un cajón electrificado, si estaba todo recubierto de oro, tenía que haber dejado fritos a todos los que lo tocaran -sin excepción-, pero en la Biblia tampoco se dice que los portadores del Arca deban llevar vestimentas especiales, y eso que Yahvé es muy meticuloso en sus instrucciones. Igual de ridícula es la afirmación de Von Däniken de que el objeto es una especie de transmisor de radio entre Yahvé y Moisés. ¿Para qué lo necesitaban si habían hablado varias veces antes de que existiera el Arca? La ilógica lógica del autor de Recuerdos del futuro no conoce límites.
Benítez coge los fragmentos de la Biblia en los que se cita el Arca de la Alianza y también los reinterpreta a su gusto. Así, convierte el cofre en un arma "mortífera" al servicio del pueblo elegido y cifra las víctimas de las acciones del "objeto santo" en más de un millón de muertos. Da por hecho, por ejemplo, que el ejército de Josué conquistó Jericó después de que sus murallas se derrumbaran por arte de magia gracias al cajón de madera y oro. La opinión de los historiadores es otra. "La famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico", indican, en La Biblia desenterrada (2001), los arqueólogos Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman tras explicar que el Jericó de entonces "era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado".
El periodista navarro nos narra también cómo, en tiempos de Salomón, se construyó en Jerusalén un templo para el Arca y, después, ésta desapareció misteriosamente. Antes, visitó Jerusalén la reina de Saba, que volvió a su tierra -para el novelista, la actual Etiopía- embarazada de Salomón. El hijo de ambos, Menelik, fue enviado a Jerusalén años después para conocer a su padre y ser educado, y, cuando regresó a Etiopía, se llevó consigo el Arca de la Alianza. La robó. Esta historia da pie a Benítez para jugar a Indiana Jones, en busca del Arca perdida por Etiopía y decirnos al final que no hay ninguna pista fiable de que el cofre esté en el país, ya que toda la historia del hijo de la reina de Saba y el rey Salomón es un mito creado por los cristianos etíopes, hacia el siglo XII, para dar un origen sagrado a la dinastía real. "La presencia del Arca en Etiopía no resiste el menor análisis histórico", concluye con buen tino Benítez, quien podía haber recordado a sus espectadores que la Constitución vigente en el país africano hasta 1974 establecía que el emperador descendia de Menelik I y que, en Etiopía, hay tantas reproducciones del Arca de la Alianza como iglesias.
El novelista, sin embargo, no se ha parado a pensar en que los libros de la Biblia que mencionan el Arca de la Alianza persiguen exactamente lo mismo que la leyenda etíope de Menelik: otorgar al pueblo protagonista el rango de elegido de Dios. Si algo saben los historiadores, es que no hay pruebas de que el pueblo de Israel fuera esclavizado en Egipto, de la existencia de Moisés, de los cuarenta años de exilio en el desierto, de la conquista de Canaán ni de nada parecido. Son hechos tan históricos como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Por eso, carece de sentido perder un minuto en intentar averiguar qué era el Arca de la Alianza: no se trata nada más que de un objeto mítico dentro de una historia mítica, el sagrario ideal en el que guardar las leyes dadas por la divinidad a sus elegidos. De ahí que Benítez yerre cuando, tras reconocer que su búsqueda ha sido infructuosa, apunta que el Arca de la Alianza se encuentra en "las grutas o laberintos que hay bajo la roca que hoy protege la cúpula de la mezquita de Omar" y que ésa es "la razón más importante y secreta por la que Jerusalén jamás será devuelta a los palestinos". Eso es, simplemente, una tontería.
24 Oct 2003
El código secreto es una antología del disparate cuya llegada a las librerías españolas demuestra que ha fallado el mínimo control de calidad al que habría de someterse todo original en una editorial seria. Los despropósitos y falsedades se suceden línea a línea, desde la primera hasta la última página. La mentira aflora ya en la solapa: "Bruno Cardeñosa colabora en diversas revistas de divulgación científica", dice. Lo cierto es que la carrera periodística del autor -conocido, ante todo, por su actividad como ufólogo- se ha desarrollado exclusivamente en publicaciones, como Más Allá de la Ciencia y la desaparecida Karma.7, que mantienen que es posible adivinar el futuro, comunicarse con los muertos y entrar en contacto con extraterrestres. En esa misma línea, El código secreto -subtitulado Los misterios de la evolución humana- es un libro contra la ciencia y los científicos, escrito, además, desde presupuestos antievolucionistas. Porque resulta evidente que, a la hora de redactarlo, Cardeñosa ha bebido hasta saciarse de uno de los principales adalides del creacionismo hinduista, Michael A. Cremo, coautor, junto a Richard L. Thompson, de Forbidden archeology: the hidden history of human race, publicado en 1993 por la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna.
Las similitudes entre ambas obras son tan descaradas que cabe considerar a El código secreto un remake de Forbidden archeology, una versión española en la que el autor ha incluido, como mucho, un puñado de ideas propias. Cremo y Thompson defienden en su libro que los humanos anatómicamente modernos han existido desde hace cientos de millones de años, que los arqueólogos y paleoantropólogos ocultan e ignoran las pruebas que apuntan en esa dirección, y que el Yeti, el Bigfoot y otros monstruos similares son homínidos de otras especies que han sobrevivido hasta la actualidad en zonas aisladas del planeta. En apoyo de sus dos primeras afirmaciones, recurren a supuestas evidencias fósiles y tecnológicas; para respaldar la tercera, a los testimonios y las pretendidas pruebas recopiladas por los cazadores de seres de leyenda. El libro de Cardeñosa, una peligrosa mezcla de pseudociencia y ciencia mal digerida, sigue el mismo esquema y llega a idénticas conclusiones que el de Cremo y Thompson. Lo único a favor del autor español es que no ha tenido la osadía de enviar un ejemplar a Richard Leakey, como hicieron sus colegas estadounidenses. Así que no tendrá que enfrentarse a críticas como la de Leakey, a quien bastó echar un vistazo al libro para concluir que Forbidden archeology es "una completa tontería y no merece ser tomado en serio por nadie si no es un tonto. Tristemente, hay algunos [tontos], pero eso es parte de la selección [natural] y no hay nada que se pueda hacer al respecto".
Cuando la realidad resulta incómoda
El juicio del célebre miembro de la saga de los Leakey va como anillo al dedo a El código secreto, una obra alumbrada desde la más profunda ignorancia y con la única intención de sacar tajada, a cualquier precio, de la curiosidad del público por nuestros orígenes. Todo vale para Bruno Cardeñosa a la hora de traficar con misterios inventados y abrirse un hueco en el mercado editorial. Así, en el caso del Hombre de Hielo de Minnesota, oculta a los lectores que en su tiempo se desenmascaró el fraude y habla del hombre-mono congelado como de una prueba de que la "ciencia ortodoxa, que impone su verdad desde los púlpitos, ha ocultado, y sigue haciéndolo, sospechas, hallazgos y pruebas suficientes como para volver a escribir algunos de los episodios más trascendentes de nuestra historia como seres vivos" (p. 13). En aras de la transparencia que predica, Cardeñosa -quien se define como alguien que lleva "más de una década" enfrentándose "a realidades que los científicos prefieren soslayar" (p.16)- cuenta la primera parte de la historia de Hansen y su criatura, pero se olvida del desenlace. "No es cuestión de que la realidad estropee un buen titular", dice la máxima del periodismo sensacionalista. Esta sentencia se hace libro en El código secreto. Porque el del Hombre de Hielo de Minnesota no es un caso aislado de falsificación de los hechos por parte del autor, sino la punta del iceberg, la primera de una larga lista de verdades a medias con las que intenta llevar a su huerto al lector, engañándole.
No es el objetivo de estas líneas -requeriría de mucho más espacio y tiempo- analizar una a una las presuntas pruebas presentadas por Cardeñosa para apoyar sus disparatadas tesis. Pero sí me voy a detener en dos ejemplos reveladores: las huellas del lecho del río Paluxy y las piedras de Ica. Para el autor, se trata de evidencias que demuestran que el hombre convivió con los dinosaurios. Nada más y nada menos.
El lecho del río Paluxy, en Glen Rose (Texas, EE UU), es punto de referencia obligado cuando se habla de una Humanidad como la plasmada en Los Picapiedra. Allí, indica Cardeñosa, hay huellas de dinosaurios junto a otras de seres humanas que habrían vivido en la época de los largartos terribles. Sin embargo, no es eso lo que sostiene Glen Kuban, un paleontólogo aficionado que demostró en 1989 que algunos de los pies del río Paluxy son en realidad parte de las huellas plantares de dinosaurios. "Algunas pretendidas huellas humanas de Glen Rose -explicaba en la obra colectiva Dinosaur tracks and traces- no se distinguen de huellas metatarsales de dinosaurios, cuyas impresiones digitales han desaparecido rellenadas por el barro, a causa de la erosión o debido a otros factores. Otras depresiones alargadas de Glen Rose incluyen figuras producto de la erosión y posibles marcas de colas, algunas de las cuales también han sido confundidas con huellas humanas". Los trabajos de Kuban, mediante el análisis cromático y de texturas de las improntas, han demostrado sobre el terreno que las huellas pretendidamente humanas pertenecen en realidad a dinosaurios. Sin embargo, en El código secreto, se desestima esta explicación con el peregrino argumento de que no se ha "encontrado jamás una huella no humana similar" (p. 103) -¿acaso no pueden ser las primeras?- y recurriendo a otros expertos -entre ellos, el "antropólogo Carl Baugh" (p.103)- para quienes los rastros son humanos y datan de hace 140 millones de años. Baugh ni es antropólogo ni tiene ningún título superior, por mucho que Cardeñosa le atribuya falsas credenciales; es reverendo y, como su admirado Michael A. Cremo, un furibundo creacionista cuyas afirmaciones ponen en duda sus propios correligionarios. Una vez más, el fabricante de misterios español opta por la explicación extraordinaria frente a la demostrada por la ciencia, oculta información clave al público y toma partido descaradamente por los antievolucionistas.
Algo parecido ocurre con las piedras de Ica (Perú), grabadas con escenas de caza de dinosaurios, complejas operaciones quirúrgicas y viajes aéreos a bordo de aves antediluvianas. El grupo de defensores de estas piezas, cuyo propietario es el médico limeño Javier Cabrera, se reduce a un puñado de fabricantes de paradojas -como acertadamente los denominaba el fallecido Carl Sagan- liderado por Juan José Benítez, quien exprimió este filón lítico en su libro Existió otra humanidad (1975). A pesar de las confesiones de los campesinos, que han reconocido que realizan los grabados para vender las piedras al crédulo de Cabrera, y de que numerosos análisis han demostrado que las incisiones son recientes y se han utilizado lijas, sierras y ácidos, Cardeñosa rebusca entre los estudios para encontrar un par -uno ambiguo y otro escasamente fiable- de los que colgar su tesis: "Que los grabados se efectuaron en la misma era geológica en la que se formaron las piedras. Es decir, en la era de los dinosaurios" (p. 98). La navaja de Occam vuelve a funcionar al revés; curiosa forma de proceder en un autocalificado divulgador científico.
Los burdos ejemplos de Paluxy e Ica están acompañados de otros muchos, pobremente descritos, de descubrimientos paleontológicos y tecnológicos que desafiarían, según el autor, nuestra concepción actual de la evolución humana: huesos de Homo sapiens en estratos de hace 280 millones de años -el hombre habría surgido en el camino evolutivo antes que los mamíferos, pero eso no parece turbar al autor-, huellas de zapatos de hace 500 millones de años, clavos de hace 360 millones de años, herramientas de piedra de hace 5 millones de años en Portugal... Muchos son hallazgos del siglo XIX o principios el XX que, como las malas películas, no han superado el paso del tiempo. Cardeñosa, obviamente, sólo cuenta en estos casos una parte de la historia o, cuando presenta las dos, tergiversa la explicación convencional para engordar el misterio. En general, hace lo mismo que sus maestros Cremo y Thompson, quienes ignoran que tan importante o más que una pieza concreta es localizarla debidamente en su contexto y que el valor histórico de los materiales recuperados en una excavación reside en que se extraigan de forma sistemática, en que luego se pueda reconstruir el yacimiento en el laboratorio.
Por si eso fuera poco, vuelve a ocultar al lector en numerosas ocasiones que se ha demostrado hace tiempo que esos hallazgos que, en su opinión, no encajan en el escenario abocetado por los especialistas o bien no se encontraron donde se dijo en un principio o bien no corresponden a lo que se pretende. Es decir, Cardeñosa lleva a la práctica lo mismo que achaca a los científicos cuando afirma que "la historia de la evolución humana se ha borrado de acuerdo con el guión preestablecido. Si algo no encaja, se menosprecia. O se encaja a la fuerza, a riesgo de faltar a la verdad y a la razón empírica" (p. 162). Como sentencia el dicho castellano, "cree el ladrón que todos son de su condición". Pero todo vale a la hora de trasladar la propia falta de rigor a otros, incluido culpar de la situación a esas imaginarias conspiraciones tan del gusto de los charlatanes pseudocientíficos: "Las pruebas de tan arriesgadas afirmaciones [se refiere a la existencia de Homo sapiens hace decenas de millones de años] están en esos archivos secretos que la ciencia y los científicos parecen empeñados en mantener lejos del alcance del gran público, por la sencilla razón de que no se ajustan a los patrones establecidos" (p. 147).
Todo el genoma en un cromosoma
El código secreto es un libro que ataca a la ciencia, pero que, al mismo tiempo, se sirve de ella para intentar disfrazar su mensaje hostil de inocente y bienintencionada heterodoxia. Cardeñosa mezcla indiscriminadamente información científica -muchas veces, erróneamente interpretada- con otra procedente de fuentes pseudocientíficas. A ojos del lector, coloca a la misma altura la posibilidad de que el hombre conviviera con los dinosaurios que los hallazgos de Olduvai, a Lucy que al Yeti. Otorga, a charlatanes como Erich von Däniken, Peter Kolosimo, Jacques Bergier y Zecharia Sitchin, la misma o más credibilidad que a científicos como Glen Kuban, Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell. Todos ellos, sin distinción, son investigadores. Así, abundan ejemplos de travestismo intelectual como el del ufólogo frances Aimé Michel, reconvertido en el mucho más digno de crédito "antropólogo galo Aimé Michel", y hasta el más delirante charlatán ibérico se transmuta en investigador. A la hora de elaborar el libro, Cardeñosa ha seguido esa misma línea y se ha nutrido, a partes iguales, de literatura pseudocientífica y de auténtica divulgación. De los 67 libros que cita y recomienda en la bibliografía, más de una treintena corresponde a ufólogos y a quienes propugnan que la Tierra fue visitada en el pasado por extraterrestres que enseñaron a nuestros torpes ancestros a hacer maravillas: títulos como Astronaves en la Prehistoria, de Kolosimo, y Los extraterrestres en la historia, de Bergier, se recomiendan junto a El origen de las especies, de Charles Darwin, y La especie elegida, de Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez. Y, en lo que se refiere a las revistas, equipara, por ejemplo, las demenciales Año Cero y Enigmas con Nature, Science e Investigación y Ciencia. Es una manera como otra cualquiera de sembrar la confusión, de minar la capacidad crítica del lector poco informado, que, desorientado, concederá el mismo crédito a todas las fuentes y autores citados. Un juego sucio que no sólo practica, sino del que también se beneficia personalmente el propio Cardeñosa.
El autor se presenta reiteradamente como divulgador o periodista científico porque es indudable que, de un tiempo a esta parte, esa denominación da una especie de pátina de credibilidad. Es posible que engañe a los más incautos; pero a nadie medianamente informado, porque, sin entrar en profundidades, su ignorancia es manifiesta respecto a la evolución, a la paleoantropología, a la arqueología, y a la ciencia y a la cultura en general. Concede la misma relevancia a pruebas consistentes que a otras que no lo son, prefiere siempre las explicaciones extraordinarias a las ordinarias, pero pone la guinda a su incompetencia cuando incurre en muestras evidentes de analfabetismo científico. Algunas tan brutales que cualquiera que siga la actualidad a la través de la Prensa es capaz de detectarlas. También sin ánimo de ser exhaustivos, veamos un par de ejemplos.
Cardeñosa dedica parte de su obra a describir los conocimientos actuales sobre la evolución humana -lo que sabe la que él denomina ciencia oficial- y, evidentemente, incluye información sobre los descubrimientos realizados en los últimos años en los yacimientos de Atapuerca. Lo primero que demuestra es una clara hostilidad hacia el trabajo de Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell, los codirectores de las excavaciones burgalesas, de quienes dice que "su ansia de inmortalidad científica les ha llevado a vender más titulares que verdades" (p. 280). "Atapuerca es, sobre todo, espectáculo", mantiene, y añade que "los habitantes del pasado de Atapuerca son un monumento nacional intocable, pero repleto de claroscuros. Tiene sus luces, y muchas. Pero Atapuerca es, a mi entender, sinónimo de misterio y también de polémica. Atapuerca está oscurecida por largas sombras y pronunciadas sospechas. Hoy por hoy, el hombre de Atapuerca, llamado científicamente Homo antecessor, no es el primer europeo. Tampoco el primer español. Y, ni mucho menos, el eslabón perdido" (p. 163).
Eludamos la referencia al eslabón perdido que el autor se saca de la manga y concedamos que los vestigios de homínidos de hace 1,8 millones de años hallados en Dmanisi (Georgia) se encuentran geográficamente en Europa, ¿cuál es el primer homínido conocido que habitó la Península? Cardeñosa afirma que el denominado hombre de Orce. Y, para respaldar su aseveración, no duda en volver a falsear la realidad. "Hay algo que, según todos lo investigadores, no admite discusión: el hombre de Orce fue Homo" (p. 63), dice en apoyo un fósil que, sin embargo, rechaza la mayoría de los especialistas. Porque el autor de El código secreto vuelve aquí a mentir: Josep Gibert se ha quedado prácticamente solo en la defensa de la humanidad de los restos de Orce, lo que no significa que los yacimientos de la vega granadina no vayan a deparar en los próximos años sorpresas deseadas por todos los paleoantropólogos españoles. Si Cardeñosa hubiera hablado alguna vez con Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell -cosa que no ha hecho-, les habría oído decir repetidamente que la carrera por el más antiguo de es estúpida y anticientífica, que esa imagen que él presenta de la investigación paleoantropológica como una competición en la que los protagonistas poco menos que se apuñalan por defender sus fósiles y someten la evidencia al orgullo no tiene nada que ver con la realidad. Reducir Atapuerca al primer europeo es un despropósito: estamos hablando de unos yacimientos que resumen el último millón de años de historia humana en Europa, en los que se ha encontrado una nueva especie, con una riqueza de fósiles humanos inigualable, con abundancia de restos de cultura material, etcétera. Pero, aún siendo una muestra de frivolidad supina, no es esto lo más grave. Se puede entender que, en su ánimo de reescribir la historia a su gusto, Cardeñosa tergiverse una vez más la realidad. Lo difícilmente comprensible es que alguien que firma una obra sobre la evolución humana se haga un lío de proporciones mayúsculas con lo hallado en Atapuerca, un lío que, en esta ocasión, no creo malintencionado, sino simplemente consecuencia de la ignorancia.
Como casi todo el mundo sabe, hay dos zonas particularmente famosas en las excavaciones de Atapuerca: la Sima de los Huesos y la Gran Dolina. La primera es una cavidad situada al fondo de una caída vertical de trece metros en las profundidades de Cueva Mayor. La segunda es una cueva que se excava al aire libre porque salió a la luz cuando se abrió la Trinchera del Ferrocarril a finales del siglo XIX. En la Sima de los Huesos, se han encontrado restos de una treintena de Homo heidelbergensis, que datan de hace 300.000 años y cuya disposición lleva a sospechar a Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell que nos encontramos ante el primer enterramiento conocido. En aquella época, la sima estaba conectada con el exterior por una boca después cegada, y los investigadores creen que por allí tiraban los Homo heidelbergensis a los cadáveres para que quedaran depositados al fondo de la cavidad. Los restos de la Gran Dolina son muy diferentes y mucho más antiguos. Datan de hace unos 800.000 años y corresponden a individuos de Homo antecessor que, a partir de las huellas de descarnación que presentan los huesos, fueron víctimas de un banquete caníbal. De un fenómeno cultural que, en opinión de Arsuaga, no era habitual. Pues bien, este simple puzzle es de imposible comprensión para Cardeñosa, que, gracias a la publicación de su libro, transmitirá su ignorancia a los lectores que se acerquen por primera vez a los hallazgos de Atapuerca.
El autor de El código secreto dice que "aquellos supuestos antecesores no vivían en el interior de la Gran Dolina, sino que fueron arrojados, es de suponer que ya sin vida, por otros homínidos de la época. En realidad, la cueva vendría a ser el primer cementerio del que tendríamos constancia" (p. 175). Los adjetivos sobran ante esta muestra de ignorancia. Cardeñosa confunde la Sima de los Huesos con la Gran Dolina, y Homo antecessor con Homo heidelbergensis, juntando de un plumazo medio millón de años de historia y mezclando episodios que no tienen que ver entre sí. Por ello, provoca la risa que alguien capaz de plasmar con tanta desvergüenza su ignorancia para que quede memoria histórica de ella en forma de libro -la existente en forma de artículos y programas de radio es apabullante- afirme que "todos podemos" elaborar nuestros propios árboles genealógicos sobre el origen del hombre, "no olvidemos la figura del más conocido experto del mundo, Richard Leakey, que decididó abandonar la universidad para investigar" (p. 44). Una desfachatez que se entiende mejor cuando Cardeñosa tampoco duda en adentrarse como elefante en cacharrería en el campo de la genética y nos descubre que "cada cromosoma [humano] puede tener más de 30.000 genes" (p. 202). ¡Impresionante! El número de nuestros genes oscila entre 30.000 y 40.000, según las estimaciones de los especialistas, frente a los alrededor de 100.000 que se creía hace unos años. Sin embargo, Cardeñosa habla de "más de 30.000 genes" en ¡cada cromosoma!, lo que -multiplicado por los veintitrés cromosomas- supondría que el genoma humano tendría unos 700.000 genes. Este error demuestra su categoría profesional y pone en su justo término la credibilidad que merece.
Una evolución teledirigida
Podría extenderme mucho más en esta crítica, pero voy, en este último tramo, a presentar en pocas pinceladas las disparatadas conclusiones del autor, deteniéndome, eso sí, en la idea que da origen al título. Cardeñosa se carga lo que sabemos de la evolución humana, basándose en pruebas que ningún científico considera como tales y apoyándose en material recopilado por antievolucionistas confesos como Michael A. Cremo y Richard L. Thompson. Así, concluye que ya había seres humanos en la época de los dinosaurios y que existieron Homo sapiens en Europa, África y América hace decenas de millones de años. Todas esas Humanidades, sin embargo, se extinguieron y nosotros somos los descendientes de otra que surgió hace unos 150.000, lo que dice la ciencia oficial. Mantiene Cardeñosa también que tenemos algo de neandertales, por mucho que hasta el momento lo que se ha demostrado es que no es así, y que de hecho homínidos que se creen extintos siguen habitando entre nosotros: neandertales serían los abominables hombres de Rusia y Asia Central, pero también algunas poblaciones de Marruecos; Homo erectus serían "los hombres salvajes de algunas islas asiáticas"; Australopithecus, los monstruos humanoides africanos; y Gigantopithecus, el Yeti y otros. "En definitiva, los eslabones de la cadena humana permanecen aún vivos sobre la faz de la Tierra, esperando el momento en que la ciencia se ocupe de ellos" (p. 378), sentencia el autor.
Bruno Cardeñosa titula su libro El código secreto por la sencilla razón de que cree en una evolución teledirigida o, lo que es lo mismo, en una evolución que no es otra cosa que un creacionismo disfrazado. Para él, la vida no sólo llegó del espacio -abraza la tesis de la panespermia-, sino que además "los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución" y "aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens" (p. 397). Ésta es la conclusión de una obra que pretende ser "un libro de denuncia que quiere poner sobre la mesa cientos de pequeñas pruebas e indicios que deberían obligar a los científicos a reescribir la historia", y que se desinfla como un globo en cuanto se leen las primeras líneas.
Bruno Cardeñosa [2001]: El código secreto. Los misterios de la evolución humana. Editorial Grijalbo (Col. "Huellas Perdidas"). Barcelona. 418 páginas.
Agradecimientos
A José María Bello por haberme guiado en algunos tramos oscuros, haber colaborado desinteresadamente en la búsqueda de información y haber aportado mejoras sustanciales al original. A Julio Arrieta, Pedro Luis Gómez Barrondo, Borja Marcos y Víctor R. Ruiz por haber leído el original con minuciosidad y haber detectado errores que, gracias a ellos, han sido subsanados. Cualquier error en este texto es responsabilidad exclusiva del autor.
Publicado originalmente en El Escéptico Digital.
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