07 Dic 2007
05 Dic 2007

Vi Encuentros en la tercera fase (1977) en el desaparecido cine Astoria de Bilbao en abril de 1978, meses después de haber alucinado en la misma sala con La guerra de las galaxias (1977). Salí de la proyección, a la que fui con mi hermano, impresionado por la historia y el despiegue de efectos especiales. Es posible -no lo puedo asegurar- que esta cinta me acabara por lanzar en los brazos del fenómeno de los platillos volantes, que consideré un auténtico enigma durante la adolescencia. Después, he visto la película de Steven Spielberg varias veces, aunque de otro modo, quizá porque es una obra con una carga religiosa que la enriquece a quien la ve con fe.
"Para aquéllos que no pueden creer en la Segunda Venida, ni en las esperanzas mesiánicas del judaísmo ortodoxo, ¡están los ovnis! Si la Tierra está siendo visitada por extraterrestres, si el cielo (como señala un sahdu indú en Encuentros) está cantando para nosotros, seguramente los alienígenas deben ser amistosos o ya nos habríamos enterado de lo contrario. Esta posibilidad infantil es la que ha mantenido en el candelero a los platillos volantes durante treinta años. ¡Treinta años! Exactamente la edad del señor Spielberg", escribió Martin Gardner en 1978 en The New York Review of Books. En ese texto, publicado en español en La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso (1981), el divulgador científico y escéptico fustiga sin piedad la novelización de la película firmada por el cineasta y califica el credo ufológico de religión pop.
Coincido con Gardner en que el libro de Spielberg se le cae a uno de las manos -fui incapaz de leerlo en su día y eso que he leído cosas muy, muy malas- y en que estamos ante una película equiparable a esas epopeyas religiosas con las que ciertas cadenas de televisión castigan a la audiencia en Navidad y Semana Santa, época esta última en la que mi debilidad es La vida de Brian (1979). Sin embargo, Encuentros en la tercera fase me sigue gustando, al igual que, a pesar de las críticas de muchos amigos escépticos, me encanta Expediente X. Por eso, celebro que, con motivo del trigésimo aniversario de su estreno en Estados Unidos, haya salido a la venta un paquete con la versión original, la especial, el montaje de 1998 y tres documentales.
Ufólogos en la pantalla grande
El hombre que está en el origen de Encuentros en la tecera fase murió en abril de 1986, a los 75 años. Se llamaba Joseph Allen Hynek y era astrónomo. Fue asesor de los proyectos Signo, Imán, Rencor y Libro Azul, nombres en clave de los estudios sobre ovnis de la Fuerza Aérea de Estados Unidos entre 1947 y 1969. Explicaba convencionalmente sucesos en los que los ufólogos veían extraterrestres. Poco después de que la Fuerza Aérea abandonara en 1969 las investigaciones sobre platillos volantes por considerar que éstos ni eran producto de una tecnología avanzada ni una amenaza para EE UU, se cayó del caballo y se convirtió a la fe alienígena.
Hynek publicó en 1971 The ufo experience (la experiencia ovni). En este libro, divide los avistamientos de platillos volantes en observaciones lejanas y cercanas, siendo estas últimas las que tienen lugar a menos de 150 metros. Dentro de las primeras, distingue las luces nocturnas, los discos diurnos y los objetos detectados por radar, mientras que divide las segundas en encuentros cercanos del primer tipo -el objeto no interactúa ni con el testigo ni con el entorno-, del segundo tipo -deja pruebas en forma de huellas, quemaduras...- y del tercer tipo -se hacen visibles los tripulantes-, que son los que dan título a la película de ovnis más famosa.
Encuentros en la tercera fase -errónea traducción de Close encounters of the third kind- es un recorrido por la clasificación de Hynek, quien fue asesor técnico de la película. La acción arranca con las luces nocturnas, elude los discos diurnos -ver los ingenios alienígenas claramente hubiera minado la apoteosis final- y culmina con el descenso de los tripulantes de una gran nave en la Torre del Diablo, en Wyoming. Entre los asistentes a ese primer contacto, está Hynek, quien protagoniza 8 segundos de la cinta en los que se abre paso entre el gentío, con su barba de chivo, bata blanca y chupando una pipa. Pero hay otro ufólogo con mayor protagonismo en la trama.
Interpretado por François Truffaut, el francés Claude Lacombe es quien descubre el lenguaje musical de los extraterrestres de Spielberg. El personaje está inspirado en Jacques Vallée, astrónomo y ufólogo galo que en 1969 se doctoró en Informática por la Universidad del Noroeste (Illinois), donde conoció a Hynek. Vallée es autor de Pasaporte a Magonia (1969), libro en el que propuso que "los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos". Ángeles, demonios, hadas, elfos y extraterrestres eran, para él, diferentes denominaciones para unos mismos entes de otra dimensión que han influido en la historia humana.
El prototipo de extraterrestre
El comienzo y parte del final de Encuentros en la tercera fase son guiños al misterio del triángulo de las Bermudas, fabricado por Charles Berlitz y otros autores con alergia a la verdad. Al principio, Lacombe identifica en el desierto mexicano de Sonora un escuadrón de aviones torpederos desaparecidos en aguas del Atlántico, frente a Florida, el 5 de diciembre de 1945, el llamado Vuelo 19. Los aparatos están intactos; sólo faltan las tripulaciones. Al final, los militares desaparecidos en 1945 descienden de la gran nave extraterrestre, y el ufólogo comprueba que no han envejecido. Lacombe y el electricista Roy Neary, interpretado por Richard Dreyfuss, viven sendas conversiones al credo alienígena: el primero por su obsesión tras un encuentro cercano del segundo tipo en el que un ovni vuelve loco el instrumental de su furgoneta; el segundo, a través de la investigación de una sucesión de avistamientos.
Encuentros en la tercera fase fue para Spielberg una película especial. En aquella época, creía en las visitas alienígenas. Pero el tiempo no pasa en vano. "Ya no estoy tan seguro de la presencia de vida extraterrestre entre nosotros como veinte años atrás -admitía el cineasta hace dos años-. En los 70 yo estaba absolutamente convencido de que estábamos siendo visitados. Es lo que reflejé durante el rodaje de Encuentros en la tercera fase, y después con ET. Pero no me han convencido mucho las pruebas que se han aportado desde entonces. A diferencia de los años 60 y 70, ahora poseemos millones de videocámaras y, no obstante, no hemos conseguido mejores evidencias. Las imágenes de los ovnis de hace treinta años no han cambiado y siguen siendo de objetos que no requieren necesariamente una tecnología extraterrestre".
La influencia de Encuentros en la tercera fase en la cultura popular es evidente. El prototipo actual de alienígena -flacucho, cabezón y gris- se impuso al resto gracias a esta película. "Spielberg triunfó tanto en la creación de la imagen canónica del ET postmoderno como en proporcionar una explicación a por qué no lo vemos: todo se debe a un encubrimiento gubernamental", destaca el historiador del arte John F. Moffitt en su libro Picturing extraterrestrials. Alien images in modern mass culture (Dibujando extraterrestres. Imágenes alienígenas en la moderna cultura de masas). Desde el primer contacto de la Torre del Diablo, los extraterrestres son grises. Si no, no son creíbles.
18 Nov 2007
La historia no es nueva. En mayo de 2001, ocurrió algo parecido, también el Club de la Prensa de Washington. Un grupo de ufólogos, denominado Proyecto Revelación, convocó a los medios de comunicación para hacerles "importantes revelaciones sobre la realidad del fenómeno ovni". En el estrado, una veintena de ex funcionarios del Gobierno estadounidense, algunos de ellos militares; en el patio de butacas, representantes de los principales periódicos y de una docena de cadenas de televisión, a la espera de pruebas. "Es el fin de la infancia de la especie humana. Ha llegado la hora de que nos convirtamos en adultos maduros entre las civilizaciones cósmicas que están ahí fuera", anunció Steven Greer, director del grupo. Sus acompañantes comenzaron entonces a narrar las típicas visiones de platillos volantes habituales desde 1947. Eludieron cualquier referencia a secuestros o a encuentros sexuales con los visitantes; pero la conspiración estaba allí.
Greer cree que los testimonios expuestos -no se presentó otra cosa ni hace seis años ni el martes pasado- "demuestran, de una vez por todas, que no estamos solos". Ni en la Tierra. "Por lo menos desde los años 40, y quizá desde los 30, ha habido vehículos espaciales de origen extraterrestre que fueron derribados, ocupados y estudiados", dijo el director del Proyecto Revelación. Uno de sus compañeros fue más allá. Clifford Stone, sargento retirado, afirmó que hay catalogados nada menos que 57 tipos de alienígenas y aseguró haber visto a los malheridos tripulantes de esas naves, que tienen debilidad por accidentarse en EE UU, cuyo Gobierno oculta la verdad al mundo. Uno de esos aparatos sería el que se estrelló en Roswell, Nuevo México, en 1947. Greer indicó que, del estudio de éste y otros platillos siniestrados, EE UU y Reino Unido han obtenido grandes frutos. El líder del Proyecto Revelación también lo es del Centro para el Estudio de la Inteligencia Extraterrestre (CSETI), entidad "dedicada a establecer relaciones pacíficas y continuadas con formas de vida extraterrestre". Como se ve, todo muy serio.
Conspiración liberadora
¿Qué pruebas tienen de lo que dicen quienes hicieron hace seis años esas extraordinarias afirmaciones y quienes han pedido hace unos días al Gobierno de EE UU que lidere la investigación ovni en el mundo? Las mismas que todos los ufólogos que han anunciado alguna vez disponer de pruebas de que los ovnis son naves extraterrestres. Ninguna. Si las tuvieran, no se limitarían a mostrar fotografías y películas más que dudosas ni recurrirían a la manida conspiración gubernamental, que tan bien les ha venido desde el nacimiento del mito para justificar la falta de pruebas y hacer recaer la carga de la prueba en quienes sostienen que no hay nada extraordinario en los ovnis, en vez de en quienes afirman que nos visitan extraterrestres, que andan secuestrando gente por ahí y le hacen todo tipo de perrerías. La conspiración es la coartada perfecta. Libera a los ufólogos de la carga de la prueba: ellos no tienen que demostrar que nos visitan seres de otros mundos; son los científicos los que lo saben y lo están ocultando.
Por eso, cada cierto tiempo surge un grupo de ex cualquier cosa que, ansiosos de publicidad gratuita, hacen rimbombantes anuncios en Washington y durante unos días salen en algunos medios de comunicación -cada vez menos y cada vez más como una excentricidad- repitiendo un cuento conocido desde hace sesenta años. Porque fue en enero de 1950 cuando Donald E. Keyhoe, comandante retirado de la Infantería de Marina de EE UU y autor del primer libro sobre el tema, The flying saucers are real (1950), publicó un artículo en la revista True que sentó los dos pilares básicos de la ufología: el origen alienígena de los ovnis y el tan socorrido secretismo gubernamental, cuyo final reclaman ahora los catorce pilotos, ex mandos militares y funcionarios de Washington.
Lamentablemente para ellos, el secretismo gubernamental hace tiempo que no existe en países como EE UU, Reino Unido, Francia y España, donde los archivos oficiales sobre avistamientos de platillos volantes se han hecho públicos sin que se haya encontrado rastro de ET. Los ovnis "son una mezcla de fenómenos naturales y de origen humano, en vez de una prueba de vida extraterrestre", indican las conclusiones de un estudio oficial hecho público hace un año en Reino Unido y que abarca más de treinta años de avistamientos. "No existen pruebas que sugieran que los fenómenos sean hostiles o estén bajo algún tipo de control diferente a las fuerzas de la naturaleza", sentenciaban los autores del trabajo, en la misma línea que todos los proyectos de investigación de los países citados. Nada de esto impedirá, no obstante, que ufólogos y creyentes sigan con su cantinela y vuelvan en un futuro próximo a contar anécdotas tan reales como las visiones de hadas y las apariciones demoniacas en el Club de la Prensa de Washington, al que los conspiranoicos han cogido gusto en los últimos tiempos.
29 Ene 2005
La foto del libro -que reproducimos aquí con un detalle resaltado- lo deja claro. No hace falta someter la pieza a ningún análisis. Dice a gritos que es de manufactura humana. O eso o los artesanos de otros mundos también tienen la costumbre de poner marcas de contraste en sus trabajos en plata para identificar al autor. Algo ridículo, como me decía el amigo que me llamó la atención sobre la fotografía. La pena es que, con lo que le gusta a Benítez dibujarlo todo, ignora la marca de contraste en todos los libros en los que habla del enigma del anillo. Desde Magonia nos comprometemos a intentar dar con el platero de cuyo taller salió la pieza si el ufólogo nos envía fotografías de alta resolución de las marcas que hay en el interior de la joya. Es lo que nos han pedido los profesionales del sector con los que hemos consultado y que han visto esta imagen. Daríamos así la puntilla a un presunto enigma explicado ya sin la necesidad de levantarnos del sillón: es lo que tiene la ufología de salón. La pelota ahora está en el tejado de Juan José Benítez.
27 Ene 2005
631 libros relacionados con los ovnis se han publicado en España en los últimos cincuenta años, según recoge Antonio González Piñeiro en 50 años de literatura ufológica en España. Una guía para el coleccionista, un exhaustivo catálogo que acaba de ver la luz en una limitadísima edición, de sólo veintiséis ejemplares. "Este trabajo es consecuencia directa de una afición coleccionista incubada hace diecisiete años, cuando el que escribe, por entonces un adolescente, tuvo el dudoso gusto de comprar un ejemplar de bolsillo del clásico de Charles Berlitz El triángulo de las Bermudas", dice González Piñeiro en la presentación.
Comparto con el autor el afán coleccionista de obras sobre ovnis, astroarqueología y contactados, que también en mi caso hunde sus raíces en la adolescencia y en una credulidad que se tornó escepticismo. Por eso, este catálogo es para mí una delicia en la que miro y vuelvo a mirar qué títulos tengo y cuáles todavía, y a mí pesar, faltan en la parte de mi biblioteca dedicada a lo paranormal, que no deja de crecer día a día, pero que siempre tiene huecos que llenar. González Piñeiro ha hecho un trabajo de catalogación magnífico, que abarca desde la distante aparición de Los platillos volantes y la evidencia (1954), de Manuel Pedrajo, hasta la reciente de Crop circles (2003), de Andy Thomas. No se trata de una obra de lectura, sino de consulta y de disfrute, porque incluye diez páginas dedicadas a las portadas de este tipo de literatura, en las que se recogen a todo color las de 300 libros.
González Piñeiro no entra a enjuiciar la calidad de las obras, pero sí las clasifica en cuatro subtemas -ovnis, astroarqueología, contactismo y enigmas extraterrestres- y, ademas, cuantifica en todos los casos su contenido ufológico, que oscila entre menos del 20% de libros como Los grandes engimas del cielo y de la Tierra (1973), de Alejandro Vignati y Andreas Faber-Kaiser, hasta más del 80% de títulos como Ovnis: documentos oficiales del Gobierno español (1977), de Juan José Benítez, el segundo autor más prolífico después de Antonio Ribera. 50 años de literatura ufológica en España incluye sólo los libros publicados -sean originales (409) o traducciones (222)- después de la observación de Kenneth Arnold. De ahí, por ejemplo, la ausencia de La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico (1940), la obra de Hadley Cantril que examina las causas que llevaron a decenas de miles de estadounidenses a creer que estaban siendo invadidos por los marcianos cuando, en 1938, Orson Welles radió una versión dramatizada de La guerra de los mundos, de H.G. Wells.
Además de datos como el ISBN y el tipo de encuadernación, el autor da el total de reimpresiones y el número de éstas por edición. El catálogo incluye, asimismo, referencias cruzadas en caso de obras