04 Ene 2007
"No me es difícil imaginarme la situación", comienza diciendo respecto a las circunstancias que rodearon el descubrimiento del aparato en un pecio en el Egeo en 1900. Y, seguidamente, narra dos inmersiones a cargo de pescadores de esponjas, el saqueo del barco naufragado, el traslado de las piezas supervivientes al Museo Arqueológico Nacional de Atenas y cómo, en esa institución, "en 1902, entre aquel batiburrillo de restos fechados en el siglo I aC, un estudiante de arqueología, Valerio Stais, se fijó en lo que parecía un mecanismo de relojería del tamaño de una caja de zapatos". El autor de Roswell, secreto de Estado explica que Stais concluyó que se encontraba ante "una calculadora astronómica" y que "la ciencia se burló del joven. Y sonrió cuando en las décadas siguientes otros pusieron sus ojos en aquellos restos. Sencillamente, era imposible que alguien hubiera creado un reloj tan perfecto antes del siglo XVII. Pero lo cierto es que allí estaba".
"A finales del pasado mes de noviembre el misterio comenzó a desvelarse -escribe Sierra-. Las revistas Science y Nature publicaron sendos informes confirmando lo que Valerio Stais supuso: que aquella caja de zapatos era una especie de PC del mundo antiguo. Con esas publicaciones se ha dado un paso de gigante a favor de algo que venimos sosteniendo desde hace lustros en estas páginas: que en la Antigüedad hubo tecnología. Incluso alta tecnología". En un pequeño recuadro, el consejero editorial de Más Allá recuerda que Maurice Chatelain, "uno de los ingenieros del programa Apollo", escribió en 1978 respecto a la máquina en Nuestros ascendientes llegados del cosmos: "Era un calculador, probablemente fabricado en Rodas por una astrónomo y matemático célebre llamado Geminos, alumno de Posidonio, que vivió entre los años 135 y 51 antes de nuestra era".
No me extraña que a Sierra le sea fácil imaginarse cómo fue el hallazgo que narra, ya que lo que hace es un resumen de lo que cuenta Chatelain en su libro, incluido algún revelador error. Porque, aunque quede muy bonito de cara a la galería, Valerios -no Valerio, como le llama el novelista español- Stais no era, a principios del siglo XX, un estudiante de Arqueología, ni tampoco joven, como apunta Sierra y escribió hace casi treinta años Chatelain, quien también se confundió en el nombre del protagonista de la historia. En 1902, Valerios Stais tenía 45 años y llevaba ya 15 como director del Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Vamos, que no se trataba de ningún jovenzuelo intrépido que se enfrentara al establishment, como pudiera pensar cualquiera que leyera a Chatelain en 1978 y a Sierra ahora.
Tampoco "la ciencia se burló del joven" (que no lo era), como sostiene el editorialista de Más Allá, ni pasó del estudio de los restos del pecio. Como ya contamos aquí, los primeros resultados científicos que apuntan a la máquina de Antiquitera como una calculadora astronómica datan de los años 50 del siglo pasado, fueron obra de el físico e historiador de la ciencia Derek J. de Solla Price, se publicaron en la revista Scientific American y a ellos se refiere Chatelain en el libro del que bebe Sierra. Por tanto, no puede sorprender a nadie que, en 1978, el autor de Nuestros ascendientes llegados del cosmos se refiriera al aparato como a un "calculador astronómico": lo había dicho De Solla Price veinte años antes. Por cierto, Chatelain se presentaba como ex ingeniero de la NASA -Sierra le cita como ingeniero del programa Apollo- y figura en numerosos sitios de Internet como "jefe de comunicaciones" de la agencia espacial estadounidense durante el primer alunizaje, cuando en realidad fue un ingeniero de bajo nivel de una empresa de Los Ángeles subcontratada por la NASA y su historial como jefe de comunicaciones es tan cierto como que Valerios Stais era un estudiante cuando descubrió la máquina de Antiquitera. Tampoco es verdad que los recientes avances en el conocimiento de la máquina se hayan publicado en Science y Nature; sólo han aparecido en la segunda, lo que no es poco, pero demuestra cuán fiable es la información que maneja el novelista español.
Sierra cuenta la misma historia que Chatelain a finales de los años 70 -qué hay de cierto y de ficción en el relato original es difícil de saber- y la presenta como fruto de su imaginación, habla de un veterano arqueólogo como si fuera un pobre aprendiz y atribuye a un vendedor de misterios la resolución de un enigma que, en realidad, nunca solucionó y sobre el que se limitó a repetir lo que decían los científicos respecto a su finalidad y añadió luego tonterías de su propia cosecha. Porque Chatelain no veía en la máquina de Antiquitera un producto del ingenio griego, tal como sostenía De Solla Price y mantienen los científicos del Proyecto de Investigación del Mecanismo de Antiquitera (AMRP). Para el autor de Nuestros ascendientes llegados del cosmos -libro en el que se defiende que somos producto de experimentos genéticos de extraterrestres que nos civilizaron-, "el aparato de Rodas -como llamaba Chatelain a la máquina- y aquel que sirvió de modelo para el mismo son vestigios salvados por milagro de la destrucción de una civilización muy antigua", que vivió hace decenas de miles de años. Una de esas civilizaciones que los mercaderes de lo oculto se sacan de la manga para aderezar sus falsos misterios y llenar páginas de revistas como Más Allá.
03 Dic 2006
"A muchos científicos les cuesta aceptar que en aquellos tiempos hubiera hombres capaces de calcular todos estos movimientos (se refiere a los del Sol, la Luna, los planetas...). Sin embargo, el enigma de Antiquitera les deja en evidencia. Por ello, aún no se han enfrentado en condiciones al reto que plantea", escribía hace tres años. Y añadía: "La máquina de Antiquitera es un ejemplo perfecto que viene a quebrar una verdad impuesta: hace 2.000 años no existía la tecnología para confeccionarlo y aún no se habían alcanzado los conocimientos que se derivan de su perfección a la hora de calcular movimientos de astros. Pero la historia -menos la que se impone a golpe de verdad científica- no siempre sabe de lógica". ¿Es cierta esa conspiración contra el ingenio de los griegos a la que apunta Cardeñosa?, ¿quiénes están detrás?
El autor de 100 enigmas del mundo no identifica a quienes desde la ortodoxia han tratado, a su juicio, de imponer la idea de que los griegos no pudieron fabricar la máquina de Antiquitera. A mí, sólo me vienen a la mente nombres como el de Erich von Däniken, que de científico no tiene nada y que atribuye a extraterrestres casi todo lo que se cruza en su camino. Al contrario de lo que sostiene Cardeñosa, una rápida búsqueda bibliográfica demuestra que la ciencia oficial siempre ha considerado el mecanismo un producto del saber de los antiguos griegos, si bien sólo la tecnología de exploración no destructiva del siglo XXI ha revelado finalmente para qué se usaba.
La ciencia y la máquina
Para cuando Von Däniken dijo en 1973, en El mensaje de los dioses, que el aparato fue un regalo de "benévolos astronautas" a nuestros antepasados, la ciencia llevaba décadas estudiando los restos de Antiquitera como los de un mecanismo sorprendente. El descubrimiento del aparato, entre los restos de un barco romano naufragado, fue obra en 1902 del arqueólogo Valerios Stais, entonces director del Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Algunos expertos dijeron pronto que se trataba de una especie de astrolabio; otros rechazaron esa posibilidad.
Quien empezó a revelar su auténtica naturaleza fue el físico e historiador de la ciencia Derek J. de Solla Price, quien publicó en la revista Scientific American en junio de 1959 un artículo en el que presentaba la máquina como algo único, como una calculadora astronómica de la Antigüedad. El novelista y divulgador científico Arthur C. Clarke recuerda, en Arthur C. Clarke's mysterious world, que fue él quien puso en contacto a finales de los años 50 del siglo pasado a De Solla Price con Dennis Flanagan, entonces director de Scientific American. "Durante años, acosé al doctor Price para que completara su investigación, que fue finalmente publicada en 1974 ("Gears from the Greeks", en las Transactions of the American Philosophical Society)", escribe el autor de 2001: una odisea espacial. Poco antes, Von Däniken convirtió el aparato en un enigma alienígena en Recuerdos del futuro y recibió la consiguiente respuesta de la ciencia oficial.
"La importancia de la computadora de Antiquitera estriba en que arroja luz sobre los conocimientos mecánicos y astronómicos, y las habilidades, de los griegos", escribía Phillip Grouse, profesor de Informática en la Universidad del Nueva Gales del Sur (Australia), en 1972 en la obra colectiva Some trust in chariots. Sixteen views on Erich von Däniken's 'Chariots of the gods?'. Todavía no había obtenido De Solla Price las primeras imágenes de rayos X y rayos gamma de los restos. La ola danikeniana que llenó de alienígenas el pasado en los años 70 se plasmó en varios libros de científicos y divulgadores que respondían a las tonterías escritas por el hostelero suizo. Ronald D. Story recordaba en 1980, en Guardians of the Universe, que Von Däniken citaba en su primera obra la máquina de Antiquitera "como si fuera un artefacto extraterrestre". "Por supuesto -indicaba Story- fue un soberbio logro de los antiguos griegos, pero está muy lejos de lo que sería razonablemente esperado de una especie de viajeros interplanetarios". Cuatro años después, William Stiebing, historiador de la Universidad de Nueva Orleans, dedicaba un breve -pero concluyente- comentario al aparato en su libro Astronautas de la antigüedad. Colisiones cósmicas y otras teorías populares sobre el pasado del hombre:
Crononautas y misterios inexistentes No ha habido, por tanto, ninguna conspiración por parte de los científicos, que siempre han considerado la máquina de Antiquitera un resto de época helenística. Tiene tanto fundamento lo que Cardeñosa dice sobre esta pieza como lo que afirma respecto a las presuntas huellas humanas junto a huellas de dinosaurio en el lecho río Paluxy (Texas, EE UU), historia en la que afirma, en 100 enigmas del mundo, que los paleontólogos han pecado de ser "unos cabeza cuadrada". "Sólo se me ocurre pensar -dice- que, o bien existió una Humanidad anterior a la nuestra que convivió con los grandes saurios, o bien los primeros homínidos aparecieron mucho antes de lo que se cree o, puestos a aventurarnos, que un hombre del futuro viajó cuan crononauta a un tiempo pasado y pisó donde no debía hacerlo. Qué quieren que les diga... Desconozco qué respuesta es la válida". No hace falta que confiese su ignorancia. La verdad es que no hay huellas humanas junto a otras de dinosaurios. Los paleontólogos demostraron hace mucho que los pies humanos del río Paluxy son en realidad la parte del talón del pie de un dinosaurio, como ya explicamos en Magonia hace tres años. Pero, bueno, qué se va a esperar de un experto que dice que contra el Pentágono no se estrelló ningún avión, que es capaz de ver un fantasma en donde hay una figura de cartón en la película Tres hombres y un bebé (1987), y que sostiene -en su libro El código secreto (2001)- que el Yeti y sus parientes son neandertales, Homo erectus, Australopithecus y Gigantopithecus que han sobrevivido hasta la actualidad. Al lado de esos hallazgos, sacarse de la manga una conspiración científica inexistente en el caso de la máquina de Antiquitera no parece gran cosa. ¡Es una brunada más! Para saber más: Stiebing, William H. [1984]: Astronautas de la antigüedad. Colisiones cósmicas y otras teorías populares sobre el pasado del hombre [Ancient astronauts, cosmic collisions and other popular theories about man's past]. Trad. de Alberto Coscarelli. Tikal Ediciones (Col. "Eleusis"). Gerona 1994. 198 páginas. Story, Ronald D. [1980]: Guardians of the Universe? Book Club Associates. Londres. 207 páginas. Thiering, Barry; y Castle, Edgar (Ed.) [1972]: Some trust in chariots. Sixteen views on Erich von Däniken's 'Chariots of the gods?'. Popular Library. Toronto. 128 páginas. Welfare, Simon; y Fairley, John [1980]: Arthur C. Clarke's mysterious world. Prologado por Arthur C. Clarke. Collins. Londres. 217 páginas.
30 Nov 2006

Una tormenta desvió de su ruta un barco griego de pescadores de esponjas poco antes de la Pascua de 1900. Llegaron a la pequeña isla de Antiquitera -a medio camino entre el Peloponeso y Creta- y, cuando se sumergieron, encontraron a 61 metros de profundidad los restos de un barco romano que había naufragado hacia 65 antes de Cristo (aC). Durante año y medio, pioneros de la arqueología submarina sacaron del pecio esculturas de mármol y bronce, ánforas y multitud de pequeños objetos. Cuando examinaba los restos en 1902, Valerios Stais, director del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, descubrió una masa de madera y bronce que parecía un artefacto de engranajes. Era una pieza de la máquina de Antiquitera.
Tecnología del siglo XXI
El aparato es un mecanismo de bronce y madera del tamaño de una caja de zapatos: 31,5 centímetros de longitud, 19 de anchura y 10 de grosor. Originalmente, el sistema de ruedas dentadas estaba protegido por una caja de madera, hoy casi totalmente perdida. Esa caja tenía una puerta frontal y otra trasera, "con inscripciones astronómicas que cubrían la mayor parte del exterior del mecanismo", explican Michael Edmunds, astrofísico de la Universidad de Cardiff, y sus colaboradores en Nature. Hasta nosotros han llegado 82 fragmentos del aparato, cinco de los cuales incluyen parte de las tapas con las instrucciones.
Edmunds y su equipo han examinado los restos con los más modernos sistemas de exploración. En otoño de 2005, trasladaron maquinaria de grandes dimensiones hasta la capital griega, dada la fragilidad y el valor de las piezas, que se guardan en una urna con condiciones controladas. Expertos de Hewlett-Packard tomaron imágenes digitales de los trozos de metal y madera, que después fueron examinados con un escáner de rayos X de alta resolución de la compañía británica X-Tek Systems, de 8 toneladas de peso. Las dos empresas forman parte del Proyecto de Investigación del Mecanismo de Antiquitera (AMRP), junto con las universidades de Cardiff, Atenas y Aristóteles de Tesalónica, y el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, donde está el artefacto.
La tecnología del siglo XXI ha permitido ver mejor el estilo de letra de las inscripciones, común entre 150 y 100 aC. Además, ahora es legible el doble de texto que en la época de De Solla Price y eso, junto con el número de dientes de las ruedas, ha ayudado a determinar para qué servía la máquina. El dial frontal se utilizaba para conocer "la posición del Sol y la Luna en el Zodíaco, y un calendario correspondiente de 365 días que podía ajustarse para los años bisiestos". Los dos diales traseros indicaban el tiempo según dos ciclos astronómicos: el de Calipo -de 76 años y 940 lunaciones- y el de Saros -de 18 años y 223 lunaciones-, usado para predecir eclipses solares y lunares. Además, los autores creen, por las inscripciones, que pudo haber engranajes -hoy perdidos- para vaticinar el movimiento de los planetas.
"Astronomía exacta"
Los científicos del AMRP han identificado entre los restos del mecanismo un total de 30 ruedas dentadas hechas a mano y creen que la máquina original tuvo otras siete, mientras de De Solla Price propuso en su día una reconstrucción de 29 ruedas, con otras dos hipotéticas. El historiador de la ciencia François Charette, de la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich, afirma que el nuevo modelo es "muy seductor y convincente en todos sus detalles", y que obliga a abandonar el de De Solla Price. "Este dispositivo es extraordinario, único en su género. El diseño es bello, y su astronomía exacta", dice Edmunds. "Quien lo hiciera lo hizo extraordinariamente bien".
"Los calendarios eran importantes en las sociedades antiguas para establecer las actividades agrícolas y las fechas de los festivales religiosos. Los eclipses y los movimientos de los planetas tenían a menudo interpretaciones proféticas, mientras que la tranquila regularidad de los ciclos astronómicos debe de haber sido filosóficamente atractiva en un mundo violento e incierto", explican los autores, entre los que hay astrofísicos, matemáticos, filólogos y arqueólogos, que asisten hoy y mañana en Atenas a un congreso internacional sobre la máquina de Antiquitera. El aparato es tan complicado que no hay otro equiparable hasta que aparecen los primeros relojes mecánicos, ya bien entrada la Edad Media. "Plantea la cuestión de qué más hicieron los griegos de la época. Por su importancia histórica y su rareza, lo considero más valioso que la Mona Lisa", sentencia Edmunds, cuyo equipo planea ahora hacer un modelo informático de la máquina y, con el tiempo, uno real.
¿La construyó Hiparco de Nicea?
Michael Edmunds y sus colaboradores apuntan en Nature la posible identidad del diseñador de la máquina de Antiquitera. Creen que pudo tratarse del considerado primer astrónomo científico, Hiparco de Nicea o de Rodas (190-120 aC). Matemático y geógrafo, además de astrónomo, vivió en la época en la que fue construido el mecanismo y en Rodas, donde murió y de donde se cree que partió el barco romano que lo transportaba.
Hiparco fue uno de los grandes genios de la Antigüedad. Sucedió a Eratóstenes en la dirección de la Biblioteca de Alejandría y sus hallazgos revolucionaron la astronomía. Elaboró un catálogo de 850 estrellas, clasificadas según su brillo aparente, tal como se hace en la actualidad; midió el año con un error de 6,5 minutos; descubrió la precesión de los equinoccios; calculó la distancia de la Tierra a la Luna con mucha precisión; y -lo más importante en el caso de la máquina de Antiquitera- desarrolló una teoría que explicaba las irregularidades del movimiento de la Luna por el cielo debidas a su órbita elíptica.
"Encontramos una plasmación mecánica de esta teoría (sobre el movimiento de la Luna) en el engranaje del mecanismo, lo que revela un grado inesperado de sofisticación técnica para esa época", indican los autores. La máquina podría ser, según ellos, la plasmación física de algunos de los hallazgos de Hiparco de Nicea, ciudad a la que apuntan como puerto de salida las ánforas y monedas recuperadas del pecio de Antiquitera.
Otro invento de los dioses astronautas
"¿De qué benévolos astronautas recibieron nuestros antepasados este sorprendente regalo?", se preguntaba Erich von Däniken sobre la máquina de Antiquitera en 1973, en su libro El mensaje de los dioses. El escritor suizo hizo fortuna en los años 70 y 80 presentando como misterios atribuibles a visitantes extraterrestres numerosos vestigios arqueológicos de todo el mundo.
Treinta años después, el ufólogo español Bruno Cardeñosa considera, en su libro 100 enigmas del mundo, que el mecanismo de Antiquitera es "un ejemplo perfecto que viene a quebrar una verdad impuesta: hace 2.000 años no existía la tecnología para confeccionarlo y aún no se habían alcanzado los conocimientos que se derivan de su perfección a la hora de calcular movimientos de astros".
El astrofísico Michael Edmunds, líder del equipo de investigadores que ha examinado el mecanismo, indicó ayer a este periódico que considera "desafortunadas" tanto la explicación extraterrestre como cualquier otra que hurte el logro a los antiguos griegos. "Estamos seguros de que fue hecha por los griegos. La astronomía que hay en la máquina es completamente compatible con la del periodo en el que se construyó (entre 150 y 100 aC). ¡Lo que esto demuestra es que la tecnología griega era entonces realmente avanzada! Y eso no es un misterio, ¡es interesante!".
Publicado originalmente en el diario El Correo.
Sobre este blog
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Luis Alfonso Gámez
Luis Alfonso Gámez es periodista de EL CORREO, donde ha cubierto la información de ciencia durante ocho años. Fundador del Círculo Escéptico, es consultor del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario.
Para contactar con el autor:
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