24 May 2009
06 Mar 2009
Los astrofísicos Arlin Crotts, de la Universidad de Columbia, y Peter Schultz, de la Universidad de Brown, quieren desentrañar uno de los grandes misterios lunares, el de los cientos de destellos y oscurecimientos de origen inexplicable que los astrónomos han creído ver en la superficie del satélite y que se conocen como Fenómenos Transitorios Lunares (TLP). "Se ha informado de unos 1.500", indica Crotts, quien cree que se trata de algo real, frente a otros astrónomos que sospechan que son ilusiones ópticas.
Los TLP son resplandores u oscurecimientos en la superficie lunar que duran entre segundos y horas. Los han visto astrónomos y astronautas de las misiones Apollo, y no se sabe a qué se deben. La mayoría de ellos ha ocurrido en unos pocos sitios de la Luna, con el cráter Aristarco acaparando casi la mitad y el Platón, el 20%. Los científicos escépticos sobre los TLP no consideran que esa localización concentrada sea una prueba a favor de su realidad física. Chuck Wood, de la Universidad Jesuita de Wheeling, cree que se debe simplemente a que son los accidentes lunares que, por sus dimensiones, más atraen la atención de la gente y que los fenómenos transitorios podrían deberse a que el Sol ilumina periódicamente zonas que están normalmente en sombra.
Crotts y Schultz coordinan un proyecto, financiado en parte por la Sociedad Geográfica Nacional, en el que van a utilizar dos telescopios robot de 25 centímetros, uno en Nueva York y otro en el Observatorio Interamericano de Cerro Tololo (Chile), para fotografiar la Luna cada 20 segundos durante este año y el próximo. "Queremos empezar cogiendo esas cosas en el acto". Si detectan un TLP auténtico -no debido a las fluctuaciones atmosféricas que hacen titilar las estrellas, por ejemplo-, los ordenadores conectados a los telescopios alertarán a los satélites en órbita lunar para que apunten sus instrumentos de observación al lugar. Los dos científicos creen que los TLP se deben a explosiones causadas por gas radón que escapa del interior del satélite, lo que, de confirmarse, significaría que la Luna está geológicamente viva.
En Paranormalandia se han sugerido, ¡cómo no!, otras razones. "La conclusión más directa que puede deducirse de estos extraños fenómenos -suponiendo que los científicos tengan razón en la no existencia de vida nativa en la Luna- es la de que la Luna está siendo utilizada como base espacial por extraterrestres", escribía Don wilson en La Luna, una misteriosa nave espacial (1975). Y citaba a Robert Charroux, quien consideraba los TLP una prueba de que los cráteres lunares podían estar siendo "frecuentados por astronautas extraterrestres".
22 Jul 2008
Resulta chocante, ciertamente, que hoy tengamos problemas para que un puñado de hombres vuelvan sanos y salvos de la Estación Espacial Internacional, cuando se encuentra a sólo 400 kilómetros de altura, una milésima parte de la distancia de la Tierra a la Luna. ¿Cómo se explica que el transbordador espacial corra peligro de desintegrarse durante la reentrada en la atmósfera y que con ninguna cápsula Apollo pasara algo parecido? Muy sencillamente, responden los incrédulos: el proyecto Apollo fue un montaje, y las naves caían al Pacífico, en realidad, desde un avión.
Cielo sin estrellas
La teoría de la conspiración fue formulada en 1974 por Bill Kaysing en su libro We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna). Empleado de Rocketdyne, la firma que desarrolló los motores del cohete Saturno 5, decía que la farsa empezó a urdirse cuando la NASA se convenció de que no iba a poder poner a un hombre en el satélite antes de que acabara la década de los 60, en contra de lo anunciado por John F. Kennedy ante el Congreso de EE UU el 25 de mayo de 1961. El engaño había culminado con la simulación de los seis alunizajes en unas instalaciones cercanas a Las Vegas. El autor de We never went to the Moon sostiene que hubo quien intentó contar la verdad y lo pagó con la vida, como Virgil Grissom.
Cuando el astronauta a quien debe su nombre el más popular de los forenses descubrió lo que se tramaba en los pasillos de Washington, decidió hacerlo público. Por eso murió, junto a Edward White y Roger Chaffee, en el incendio del Apollo 1 en la torre de despegue el 27 de enero de 1967. Otros siete astronautas que fallecieron en accidentes de tráfico y aviación entran también dentro del grupo de víctimas mortales de la conspiración. Para Kaysing y sus partidarios, las pruebas de que todo fue un montaje están en los miles de fotos tomadas en el satélite, en cuyo cielo no se ve ni una estrella -"¿Estrellas? ¿Dónde están las estrellas?", se pregunta en su libro una y otra vez- y en donde la bandera estadounidense ondea, algo imposible en un mundo sin atmósfera.
Santiago Camacho, uno de los miembros del equipo de Cuarto milenio, ha sido uno de los principales promotores en España del fraude de los alunizajes. En su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (2003), sostiene que Maria Blyzinsky, astrónoma del Observatorio de Greenwich (Reino Unido), no se traga la historia de la NASA por la falta de estrellas en las fotos. En Greenwich dicen lo contrario. "La cita es falsa. Maria no sabe de dónde ha salido; pero no representa de ningún modo la postura oficial del observatorio ni su punto de vista personal. El personal del Real Observatorio de Greenwich dedica mucho tiempo a refutar afirmaciones de los promotores del fraude lunar y de otros pseudocientíficos", indicó a este periódico hace tres años Robert Massey, astrónomo jefe del centro.
Silencio en masa
La conspiración lunar es fácil de desmontar. Para empezar, hay un par de argumentos demoledores que nada tienen que ver con la ciencia: el del silencio ruso y el de la falta de pruebas. ¿Cómo es que los soviéticos no denunciaron el engaño? ¿Es posible que el departamento de efectos especiales de la Casa Blanca engañara al Kremlin y en Moscú optaran por callarse y no denunciar las malas artes de los capitalistas? Además, en pleno apogeo del programa Apollo, la NASA tuvo en nómina a 35.000 personas, y otras 400.000 trabajaban en empresas y universidades contratadas, demasiada gente a mantener callada en un país donde sale a la luz hasta lo que el presidente hace con una becaria en el Despacho Oval.
Aunque en las fotos parezca lo contrario, ninguna bandera ondea en la Luna: todas cuelgan de una varilla horizontal que parte del extremo superior del mástil. Que el cielo no esté salpicado de estrellas se debe a lo mismo por lo cual no se ven durante la transmisión nocturna de un partido de fútbol. Las cámaras estaban programadas con un tiempo de exposición muy corto para que las fotos no se velaran debido a la intensa luz del Sol y su reflejo en la superficie lunar; el brillo de las estrellas era, por el contrario, demasiado débil para impresionar la película. No se ven, de hecho, estrellas en las imágenes de ninguna misión tripulada de la Historia.
Los astronautas trajeron 382 kilos de piedras lunares que geólogos de todo el mundo han autentificado como tales, y dejaron en el satélite espejos láser que se han utilizado para medir la distancia entre los dos mundos mediante rayos láser. Por si eso no fuera bastante, a pesar de cómo lo presentan algunos autores, Kaysing no sólo nunca fue empleado de la NASA, sino que tampoco tuvo nada que ver con el proyecto Apollo. Es cierto que trabajó en la compañía Rocketdyne, pero como bibliotecario, porque era licenciado en Filología Inglesa. Además, dejó la empresa en 1963, antes de que se implicara en la conquista de la Luna, que fue una costosa carrera militar que se abandonó una vez que hubo un ganador y el perdedor admitió el resultado. Las cápsulas Apollo eran de un solo uso y por eso, aunque más primitivas, eran más seguras a la hora de la reentrada que los actuales transbordadores, y algunos astronautas murieron en los años 60 en accidentes de aviación porque eran pilotos de pruebas.
El docudrama
Operation Lune (2002): Película con formato de documental en la que Henry Kissinger, Christiane Kubrick -viuda del cineasta- y Donald Rumsfeld afirman que los alunizajes fueron un montaje. Es una broma del canal Arte francés. A la venta, en inglés y francés.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
21 May 2008
05 Mar 2008
20 Sep 2007
20 Ago 2006
Pues bien, en Antena 3 TV, siguiendo la estela del maestro del periodismo de imbestigación, cogieron el sábado y se montaron una película de casi dos minutos tan espectacular como engañosa sobre las cintas extraviadas por la NASA y el descenso de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en el Mar de la Tranquilidad. Por ver, vimos hasta la estúpida encuesta callejera de rigor en la que se pide a la gente que opine, aunque la mayoría no tenga ni idea sobre lo que está opinando, ni falta que hace. A eso, le llaman ahora algunos periodismo ciudadano y es una de las muestras más evidentes de la falta de rigor del periodismo actual. Porque no todas las opiniones valen lo mismo. No es lo mismo que un biólogo se pronuncie sobre los posibles efectos para el organismo de los teléfonos móviles que el que lo haga sea el primer viandante que pasa por delante de la cámara, pero hoy en día algunos medios dan más valor al segundo que al primero.
"Han pasado ya 37 años y la llegada del hombre a la Luna sigue rodeada de misterios. Aunque fueron millones de personas quienes vieron en directo la gesta espacial, cobra fuerza la versión de los más incrédulos, que llegaron a decir que todo era un montaje grabado en un escenario. A ello, ha ayudado el sorprendente anuncio de la NASA: algunas de las cintas originales de ese histórico momento han desaparecido", decía ayer Miriam Sánchez, presentadora de los informativos de fin de semana de Antena 3 TV, antes de dar pie a un corto reportaje conspiranoico con imágenes de archivo. Dos periodistas de la casa, Fernando Matey y Juan Rubiales, firman en la web de la cadena un texto muy parecido al que leyó un locutor: "Investigadores y periodistas comenzaron a hacerse preguntas, especialmente sobre el foco de luz que se reflejaba en el casco de Amstrong, por qué se movía la bandera americana si en la luna (sic) no había viento, por qué no se veía en el cielo ninguna estrella. Quizá por ello muchos siguen pensando que aquello fue un montaje de Hollywood grabado en el desierto del Mojabe (sic)". Todas esas incógnitas llevan años respondidas.
¿No les impresiona? A mí, sí. A mí me deja sin habla que todavía haya gente que se pregunte por qué no se ven la estrellas en el cielo lunar, que haya periodistas que escriban y digan cosas sin pensar, y se limiten a repetir como loros lo que han oído o leído a alguien. Ignoran los autores de esta información que el ridículo origen de la conspiración luna es un libro titulado We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna), que su autor publicó en fotocopias por su cuenta en 1974 y cuyo principal argumento es que las estrellas no aparecen en las fotos tomadas por los astronautas en la Luna. La razón la sabe cualquiera, aunque no el personal de los informativos de Antena 3 TV: si en la Tierra se saca una foto a alguien de noche al aire libre, el protagonista sale, pero el brillo de las estrellas es demasiado débil como para impresionar la película. Pues eso mismo pasó en la Luna. ¡Ah!, también se olvidan los periodistas de esa cadena de los 382 kilos de piedras lunares -imposibles de imitar- que trajeron los astronautas y cuya autenticidad han confirmado geólogos de todo el mundo, y de los espejos que dejaron allí arriba para medir la distancia entre la Tierra y su satélite. Ciertamente, es algo superfluo cuando de lo que se trata es de vender conspiraciones.
19 Jul 2003
La mandíbula de Bart Sibrel recibió el 9 de septiembre de 2002 un puñetazo. Al otro extremo del brazo se encontraba Edwin Aldrin. Sucedió a las puertas del hotel Luxe de Beverly Hills, hasta donde el ex astronauta había ido para que le entrevistara un equipo de televisión japonés. Biblia en mano, Sibrel le abordó a la entrada. "¡Jure que caminó sobre la Luna!", exigió al segundo hombre que puso un pie en otro mundo. Aldrin lo vio entonces claro: todo era un montaje. Los reporteros nipones no existían. Habían sido el cebo del realizador televisivo para atraerle hasta allí, después de varios intentos fallidos de entrevistarle. El acosador volvió a la carga con la Biblia, el puño del ex astronauta despegó como un cohete y el cámara que iba con Sibrel grabó la escena.
Buzz Aldrin está harto de que se ponga en tela de juicio la hazaña en la que participó en julio de 1969. No es el único. Más de tres decenios después de la misión del Apollo 11, el ingeniero espacial y escritor James E. Oberg, trabaja en un libro para demostrar la inconsistencia de las afirmaciones de quienes, como Sibrel, mantienen que el hombre no ha llegado a la Luna. Fue al principio un encargo de la NASA, pero posteriormente la agencia espacial se echó atrás por miedo a la mala publicidad. "Voy a recurrir a ejemplos que la gente pueda comprobar por sí misma. Las argumentaciones se basarán en explicaciones de sentido común", me dijo en octubre de 2002 el escritor, quien acumula veintidós años de experiencia como ingeniero espacial en Houston, una decena de libros y un millar de artículos de divulgación.

La gran conspiración
La falsa conquista de la Luna empezó a urdirse, según los partidarios de la conspiración, a mediados de los años 60, cuando la NASA se convenció de que no iba a ser capaz de poner a un hombre en el satélite antes de que acabara la década, en contra de lo anunciado por el presidente Kennedy ante el Congreso el 25 de mayo de 1961. El engaño, mantienen, culminó con la simulación de los seis alunizajes, el último de los cuales lo protagonizaron Harrison Schmitt y Eugene Cernan el 11 de diciembre de 1972. En pleno apogeo del programa Apollo, la agencia espacial llegó a tener en nómina a 35.000 personas, y otras 400.000 trabajaban en empresas y universidades contratadas. Demasiada gente a mantener callada. "O estaban todos compinchados o las cosas no encajan", apunta Jesús Cancillo, profesor de Psicología Social y Psicofisiología de la Visión en la Universidad de Alicante.
Los expertos en la conspiración afirman que hubo quien intentó romper el silencio y lo pagó con la vida. Ese fue, según ellos, el caso de Virgil Grissom. El astronauta habría descubierto lo que se tramaba en los pasillos de Washington y decidido hacerlo público. Por eso murió, junto a Edward White y Roger Chaffee, en el incendio del Apollo 1 en la rampa de despegue el 27 de enero de 1967. Otros siete astronautas que fallecieron en accidentes de tráfico y aviación -eran pilotos de pruebas- entran también, para Sibrel y sus colegas, dentro del grupo de víctimas mortales del engaño. Las pruebas de tales crímenes no van, sin embargo, más allá de una frase: "El Gobierno oculta la verdad".
Paradójicamente, la munición más popularmente efectiva contra los alunizajes ha salido de los arsenales de la NASA. Se trata de las decenas de miles de fotos que se tomaron en el satélite, algunas de las cuales se presentan como pruebas de que todo fue un montaje: los doce hombres que, aparentemente, anduvieron por la Luna habrían vivido su aventura en un estudio, dirigidos por Stanley Kubrick. Como en Capricornio Uno, película en la que tres astronautas -entre ellos, un O.J. Simpson todavía en activo en el fútbol americano- son sacados en el último segundo del cohete en el que van a viajar a Marte y escenifican en un plató el desembarco en el planeta rojo.
"Las filmaciones de los Apollo son extraordinariamente parecidas a las escenas de Capricornio Uno", se argumenta en el documental de la Fox. "Esta afirmación demuestra lo lejos que están dispuestos a llegar los productores para hacer un programa sensacionalista", sentencia el astrónomo estadounidense Phil Plait. Y es que la cinta de Peter Hyams data de 1978; por tanto, pretendía imitar lo mejor posible lo visto por 600 millones de telespectadores nueve años antes. No al revés.
Errores de foto
La web de Cancillo desmonta los argumentos fotográficos esgrimidos por los partidarios de la conspiración. Para éstos, una de las pruebas del engaño es la ausencia de estrellas en el cielo lunar, negro porque no hay aire que disperse la luz solar. "Tampoco se ven las estrellas en las fotos de un partido de béisbol nocturno", apostilla Oberg desde Texas. Con una superficie lunar y unos trajes espaciales muy reflectantes, el tiempo de exposición debía ser muy corto, mientras que el brillo de las estrellas era, por el contrario, demasiado débil como para impresionar el negativo. "¿Cómo se explica que la NASA fuera capaz de un montaje tan complicado y se olvidara, a la vez, de poner unas bombillas al fondo? Sería un fallo de opereta", ironiza Cancillo.
Sombras y reflejos han sido también presentados como pruebas del rodaje en estudio. Cuando no se trata de sombras divergentes producto de un efecto de perspectiva similar al que nos hace creer que los carriles del tren se juntan en el horizonte, se ven cosas que debían ser invisibles por estar en zona de sombra. La explicación es muy sencilla: el Sol es la principal fuente de luz, pero la superficie lunar actúa como un espejo que ilumina áreas, en principio, en sombra. Quienes niegan los alunizajes dicen, además, que las seis banderas de barras y estrellas de la Luna ondean en ciertos momentos, algo que sería imposible en un entorno sin atmósfera. "No ondean. Están colgadas y arrugadas", puntualiza Cancillo. De hecho, la tela -puede verse en las fotos- cuelga de una varilla horizontal que parte del extremo superior del mástil. Sin ella, quedaría flácida.
Jamás aclaran los reporteros de la conspiración cómo pueden explicarse esas, para ellos, descaradas meteduras de pata en unas películas tan caras -la NASA destinó casi 20.000 millones de dólares al programa Apollo entre 1960 y 1973-, y que los soviéticos no denunciaran el engaño de sus rivales y cayeran derrotados por el departamento de efectos especiales de Washington.
"La NASA debe a la gente una explicación de sus actividades, especialmente si parte del público está confundido o ha sido engañado", dice James Oberg. El escritor entiende a quienes consideran increíbles los logros del programa Apollo, "a menudo, personas inteligentes y sensatas que no conocen toda la historia". Y espera proporcionarles las claves para asumir la gesta protagonizada por Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin, en la primera entrega lunar.
Oberg explorará en su obra los orígenes socioculturales de la conspiración. Un fenómeno que Jesús Cancillo, miembro de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, vincula a que cada vez hay más gente que no vivió la aventura de la Luna y a que "a todos nos gusta saber algo que los demás no saben". Eso, unido a la actitud de quienes están dispuestos a hacer negocio de la buena fe del público, explicaría el auge de algunas ideas absurdas.
Existen, además de fotografías y películas, 382 kilos de piedras lunares -imposibles de imitar- que geólogos de todo el mundo han autentificado como tales. Y hay en la Luna varios espejos láser que se han usado para medir la distancia entre la Tierra y su satélite. Aún así, Oberg no lo tiene fácil y los astronautas lo saben. Por eso, le han dicho sólo dos palabras: "¡Buena suerte!".
Publicado originalmente en el diario El Correo.
Sobre este blog
magonia
Luis Alfonso Gámez
Luis Alfonso Gámez es periodista de EL CORREO, donde ha cubierto la información de ciencia durante ocho años. Fundador del Círculo Escéptico, es consultor del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario.
Para contactar con el autor:
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