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28 Ago 2009

"¿Te das cuenta de lo que es el Arca? ¡Es un transmisor! ¡Una radio para hablar con Dios! ¡Y ahora está a mi alcance!", dice Emile Belloq, el arqueólogo francés al servicio de los nazis, a Indiana Jones en En busca del Arca perdida (1981). La idea de que el cofre en el cual Moisés y los suyos guardaban las Tablas de la Ley era una especie de radio es, sin embargo, muy posterior a 1936, año en el que está ambientada la primera aventura cinematográfica del arqueólogo más famoso. La propuso Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968), libro en el cual defiende que los dioses del pasado eran extraterrestres.

El autor suizo interpretaba literalmente lo dicho por Yahvé a Moisés en el Éxodo sobre el Arca: "Allí me encontraré contigo; desde encima del propiciatorio, de en medio de los dos querubines colocados sobre el Arca del Testimonio, te comunicaré todo lo que haya de sordenarte para los israelitas". Antes, Yahvé ha precisado que el cofre ha de medir dos codos y medio (130 centímetros) de largo y un codo y medio (78 centímetros) de ancho y alto, ser de madera de acacia, estar revestido de oro y tener cuatro anillas de oro para los dos varales de madera, forrados también en oro, que servirán para transportarla. La tapa estará coronada por dos querubines de oro macizo cuyas alas se desplegarán sobre la caja.

Fue el antisemita Robert Charroux quien, en su libro Cien mil años de historia desconocida (1963), popularizó la idea del Arca como "un condensador eléctrico", formulada por primera vez por Maurice Denis-Papin en 1948. Estos autores y otros incluyen en su relato del Éxodo palabras que no existen en el original, como chisporroteos, pero ayudan a ver la reliquia como algo más que un cajón de madera. El Arca del Antiguo Testamento es un objeto mágico, símbolo de la alianza entre el pueblo de Israel y su dios; pero de ahí a considerarla un aparato eléctrico, un equipo de radio o un arma de destrucción masiva -como hace el ufólogo Juan José Benítez- va más que un trecho.

De Jerusalén a Etiopía

Que el Arca de la Alianza fuera un condensador eléctrico choca con su diseño. El artefacto carece de polos positivo y negativo, y, en vez de estar aislado, está recubierto de oro, con lo que dejaría fritos a sus portadores, de los que el meticuloso dios de los judíos no dice en ningún momento que tengan que llevar una vestimenta especial protectora. Que Yahvé necesite una radio para hablar con Moisés, y viceversa, carece de sentido cuando ya han conversado varias veces antes de que se construya el artefacto. Y la caída de las murallas de Jericó, que Benítez atribuye al Arca y cuyas víctimas mortales cifra en más de un millón, es una ficción romántica: Jericó en la época era una pobre aldea sin fortificar.

Según una leyenda -no según la Biblia-, la reliquia habría sido sacada de Jerusalén por un hijo de Salomón y la reina de Saba que la habría llevado a Etiopía. El patriarca de la Iglesia ortodoxa etíope dice que el artefacto está en su país desde hace siglos y que él lo ha visto, pero no está dispuesto a mostrarlo al mundo. En realidad, como todo el libro del Éxodo es ficción, la búsqueda del Arca de la Alianza está condenada al fracaso. Es la búsqueda de una ilusión.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

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21 Ago 2009

La Humanidad estaba hace 35 años en peligro. Lo descubrió Juan José Benítez, entonces reportero de La Gaceta del Norte, gracias a los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI), quienes mantenían contacto con seres de otros mundos. En concreto, con humanoides de tres metros de Apu, un planeta de la constelación del Centauro, y otros más bajos -aunque más altos que nosotros- procedentes de Ganímedes, una luna de Júpiter. Los extraterrestres formaban parte de la Confederación de Planetas de la Galaxia, donde estaban bastante preocupados por nuestro futuro.

"La Tierra está amenazada por una tremenda destrucción. Una catástrofe que provocará el propio hombre. Los seres del espacio lo saben y quieren evitar que la raza humana desaparezca del Universo", explicaron los integrantes del IPRI al periodista. Los visitantes habían puesto en marcha una operación de rescate, la Misión Rama, para sacar de nuestro planeta al máximo de gente posible y repoblarlo cuando volviera a ser habitable. "Miles de familias enteras salen cada año de nuestro mundo hacia astros de la galaxia o de nuestro propio Sistema Solar", decían los contactados peruanos.

Revelaron a Benítez que en Marte vivían dos especies de seres inteligentes, en Venus la temperatura superficial era "adecuada para el desenvolvimiento de la vida" y había colonias alienígenas en lunas como Calisto, Io, Europa y Ganímedes. Todo esto se lo habían contado los extraterrestres no por radio ni ningún otro sofisticado medio, sino a través de la escritura automática: uno del IPRI cogía papel y lápiz, se relajaba y un guía alienígena lo poseía para escribir el mensaje. Ése fue el método que usaron para anunciar la aparición de sus naves a la que asistió el periodista, quien guardó la hoja con el anuncio telepático de la cita "como un verdadero tesoro".

Y se hizo el ovni

Benítez vio varios platillos volantes en el desierto peruano en la noche del 7 de septiembre de 1974. No sacó fotos porque los contactados se lo prohibieron. Publicó la historia del IPRI en forma de serial en La Gaceta del Norte y después en Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), su estreno como ufólogo. Acto seguido, surgieron por toda España grupos que esperaban ser elegidos para sobrevivir en otros mundos a la guerra atómica que, según Sixto Paz, uno de los fundadores del IPRI, iba a destruir nuestra civilización en coincidencia con la siguiente visita del Halley.

El famoso cometa pasó cerca de la Tierra en 1986 y no ocurrió nada. Años después, Sixto Paz se sometió, previo cheque, a la máquina de la verdad de Julián Lago en Telecinco. El polígrafo, un ingenio en realidad inútil a la hora de cazar troleros, confirmó lo evidente para cualquiera con dos dedos de frente: que mentía cuando aseguraba haber visitado otros mundos. Lo mismo que sus guías salvadores, porque Calisto, Io, Europa y Ganímedes tienen condiciones infernales para la vida; Venus es un horno en el que se funde el plomo; y en Marte no habrá ni un bicho inteligente hasta que lleguemos nosotros.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

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18 Jul 2009

Ningún ser humano ha llegado más lejos. Doce estadounidenses pisaron la Luna entre el 21 de julio de 1969 y el 14 de diciembre de 1972. Hicieron realidad el sueño de un presidente que había prometido, 43 días después de que Yuri Gagarin se convirtiera en el primer hombre en órbita, que Estados Unidos, y no la Unión Soviética, lideraría la carrera espacial. "Creo que esta nación debería comprometerse a lograr el objetivo, antes de que acabe esta década, de llevar un hombre a la Luna y traerlo de vuelta sano y salvo a la Tierra", dijo John F. Kennedy ante el Congreso el 25 de mayo de 1961. Ocho años más tarde, Neil Armstrong y Buzz Aldrin dejaban sus huellas en el Mar de la Tranquilidad, aunque no todo el mundo lo crea.

La sospecha de que los alunizajes fueron un montaje existía en algunas mentes ya durante la retransmisión del primero, que siguieron 600 millones de telespectadores. Pero fue una creencia marginal hasta que la cadena Fox emitió en febrero de 2001 en EE UU un documental en el cual un tal Bill Kaysing decía que las escenas se habían rodado en un estudio. Bibliotecario hasta 1963 de la compañía que después fabricó el Saturno 5 -el cohete que puso en órbita las misiones lunares-, este filólogo había publicado en 1974 un panfleto, We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna), que pasó editorialmente desapercibido, pero del cual han bebido todos los partidarios de la conspiración.

Alunizajes en Las Vegas

Kaysing asegura que la NASA se dio cuenta ya antes de las primeras misiones Apollo de que no iba a ser técnicamente capaz de cumplir el compromiso de Kennedy, ante lo cual Washington optó por recrear los alunizajes cerca de Las Vegas. Pero, según él, hubo astronautas que quisieron denunciar el engaño, como Virgil Grissom, quien murió después con Edward White y Roger Chaffee en el incendio del Apollo 1 durante un entrenamiento en la torre de despegue el 27 de enero de 1967. Grissom, cuyo nombre adoptó como homenaje el actor William Petersen para su forense de CSI, habría sido, en opinión de Kaysing, asesinado para silenciarlo, al igual que otros siete astronautas oficialmente muertos en accidentes de coche y avión.

Las pruebas del engaño están, para el bibliotecario, en las fotos de los astronautas en la Luna. "¿Estrellas? ¿Dónde están las estrellas?", se pregunta una y otra vez en su libro. Tiene razón. No hay ni una estrella, pero es que tampoco se ven en ninguna foto de ninguna otra misión tripulada, desde el primer paseo espacial de Alexei Leonov de marzo de 1965 hasta la reparación del telescopio Hubble de mayo pasado. La razón no es que todas esas misiones sean fraudulentas y a los decoradores de la NASA, la ESA y Roscosmos se les haya olvidado poner de fondo un telón negro con agujeritos iluminados, sino algo que sabe cualquier aficionado a la fotografía: cuando la luz solar es muy intensa -como pasa en el espacio y en la Luna-, hay que programar la cámara con un tiempo de exposición muy corto para que la imagen no resulte sobreexpuesta. Ese corto tiempo de exposición impide que las máquinas de fotos de los astronautas capten el débil brillo de las estrellas, aunque estén ahí.

Los partidarios de la conspiración suelen añadir, entre otras cosas, que en la Luna la bandera estadounidense ondea, algo imposible en un mundo sin atmósfera. Pero es que no es así. Todas las enseñas que hay en el satélite cuelgan de una varilla horizontal que parte del extremo superior del mástil. Las banderas de algunas misiones presentan arrugas -lo que puede dar la sensación de que ondean al viento- debido a que los astronautas no las desplegaron completamente y hay veces que en las películas una enseña se mueve hasta pararse después de que un expedicionario golpea el mástil.

La mejor prueba de la realidad de los alunizajes es que la URSS, que competía con EE UU por la conquista del satélite terrestre, admitió su derrota. Además, los astronautas de los Apollo se trajeron de vuelta a casa 382 kilos de rocas que han examinado geólogos de todo el mundo y dejaron en la Luna tres reflectores láser. La medición del tiempo transcurrido desde el envío hacia cualquiera de estos espejos de un rayo de luz láser hasta la captación de su reflejo por un telescopio terrestre permite conocer la distancia media entre la Tierra y su satélite con un margen de error de sólo 5 centímetros: es de 384.467 kilómetros. La Luna se aleja de nosotros 3,8 centímetros al año, lo que implica que en un futuro lejano -unos 500 millones de años, como poco- su disco tendrá en el cielo terrestre menor tamaño que el del Sol y, por tanto, dejará de haber eclipses solares.

Otros visitantes

Las dos horas y media que los tripulantes del Apollo 11 exploraron los alrededores de Base Tranquilidad el 21 de julio de 1969 han generado una mitología que incluye erratas en frases históricas, sexo oral, platillos volantes y hasta ruinas extraterrestres. Cuando Armstrong pisó la Luna, los nervios le traicionaron. Tenía que haber dicho: "Thats one small step for a man, one giant leap for mankind" (Éste es un pequeño paso para un hombre, un salto de gigante para la Humanidad). Pero se comió la a de antes de man, con lo que cambia el significado original de la frase, que traducido al español sería: "Éste es un pequeño paso para el hombre...". El lapsus ha quedado como una anécdota y la frase ha pasado la Historia como tenía que haber sido dicha.

A mediados de los años 90, se supo gracias a Internet que, tras esa primera sentencia, Armstrong añadió: "¡Buena suerte, señor Gorsky!". Era un mensaje en clave para un vecino a quien, cuando el astronauta era niño, su esposa dijo a gritos: "¿Quieres sexo oral? Tendrás sexo oral cuando el chico del vecino se pasee por la Luna!". Según sostienen en la actualidad numerosas webs, la historia fue confirmada por Armstrong el 5 de julio de 1995, una vez muerto el señor Gorsky. Quien escuche las grabaciones del alunizaje no encontrará, sin embargo, ninguna referencia al vecino ansioso de sexo oral, porque todo es una leyenda urbana.

Don Wilson, en La Luna, una misteriosa nave espacial (1975), y Juan José Benítez, en Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), presentan una conversación entre los dos astronautas del Apollo 11 y Houston en la cual los primeros dicen ver platillos volantes y criaturas gigantescas en el Mar de la Tranquilidad. Se conoce como la transcripción de Sam Pepper, por el nombre del radioaficionado que supuestamente la captó, y atribuye a Armstrong y Aldrin frases como: "Estas criaturas son gigantescas... enormes"; "Vimos unos visitantes. Estuvieron aquí un rato, observando los instrumentos"; "Había otras astronaves. Están alineadas al otro borde del cráter"; "Han aterrizado ahí. Están en la Luna y nos observan". Sobrecogedor... y falso. Todo falso. Esta conversación y otras muchas utilizadas como prueba de que en la Luna pasó algo que nos han ocultado son fruto de la inventiva de fabuladores como Wilson, quien mantiene que nuestro satélite es hueco, una nave que en el pasado estuvo habitada por extraterrestres. "Hay quien dice que vimos hombrecillos verdes al otro lado del cráter. Es la tontería más grande que he oído", responde Aldrin cuando se le pregunta por el asunto.

El segundo hombre en pisar la Luna, un tipo locuaz, no se ha pronunciado -que se sepa- sobre la revelación que hizo Benítez en enero de 2004 en TVE, cuando aseguró que los astronautas del Apollo 11 habían explorado edificios extraterrestres en ruinas en el Mar de la Tranquilidad. "Ésta fue la verdad, la única y secreta verdad. Aquel 21 de julio de 1969, Armstrong y Aldrin se alejaron escasos metros del módulo, filmando esta increíble construcción. Esta película, de 14 minutos, jamás fue difundida por la NASA", decía el ufólogo al tiempo que presentaba como prueba un montaje realizado por un estudio de animación vasco que mucha gente tomó por una filmación hecha en la Luna porque se leía sobreimpresionado Imágenes inéditas.


Las visiones de alienígenas y ruinas en la Luna chocan con un inconveniente contra el que también se estrella la teoría de la conspiración. Durante el proyecto Apollo, la NASA llegó a tener 35.000 empleados y otras 400.000 personas trabajaban en empresas y universidades contratadas. Que, con tanta gente en el ajo en un país donde no son secretos ni los devaneos del presidente con una becaria en el Despacho Oval, no haya trascendido en cuarenta años prueba alguna que respalde la falsedad de los alunizajes o el encuentro de los astronautas con seres de otros mundos pone las cosas en su sitio. Y eso que, a finales de los años 60, el primer contacto se creía inminente. Lo comprobó Stanley Kubrick cuando intentó suscribir una póliza de seguros con Lloyd's para el caso de que el hombre se encontrara cara a cara con extraterrestres antes del estreno, en abril de 1968, de 2001, una odisea del espacio. Lloyd's no quiso correr el riesgo.


Auténticos enigmas lunares

La aventura lunar tuvo su origen en un órdago entre dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, enzarzadas en una guerra fría. Más que un reto tecnológico, fue una apuesta militar y, por eso, el para qué pisar nuestro satélite tenía una explicación muy simple: para ser el primero. Cuarenta años después de aquellas arriesgadas misiones -Neil Armstrong calculó que había un 50% de probabilidades de fracaso en la del Apollo 11-, la Luna sigue sin habernos desvelado todos sus misterios.

A pesar de que las rocas traídas por los astronautas apuntan a que su composición es muy parecida a la de nuestro planeta, la mayoría de los científicos cree que la Luna nació cuando un planeta del tamaño de Marte chocó contra la Tierra recién nacida hace unos 4.500 millones de años. Los restos de los dos mundos que salieron disparados y quedaron en órbita terrestre se fueron agregando hasta dar lugar al satélite. En los últimos años, los modelos informáticos han confirmado esta teoría y apuntado a que el periodo de formación de la Luna pudo durar entre uno y cien años tras el impacto, y a que pudo nacer a sólo unos 26.000 kilómetros de la Tierra, frente a los 380.000 kilómetros actuales.

No hay pruebas definitivas, pero los científicos piensan que puede haber agua helada en la Luna. Pudo haber llegado allí durante la infancia del Sistema Solar, hace unos 3.900 millones de años, del mismo modo que se cree que llegó a la Tierra, en cometas y asteroides. Aunque la mayoría de esa agua se habría evaporado, quedaría algo en cráteres en sombra, según observaciones hechas en 1994 por la sonda Clementine que no han podido ser confirmadas. La existencia de agua en la Luna supondría una gran ventaja de cara a la futura construcción de una base permanente, un proyecto que hoy en día parece muy lejano y que tendrá que ser multinacional.

Desde la Tierra, los astrofísicos tienen pendiente todavía solucionar un gran misterio, el de los cientos de destellos y oscurecimientos inexplicables que se han creído ver en la superficie lunar y que se conocen como Fenómenos Transitorios Lunares (TLP). Duran entre segundos y varias horas, y se barajan dos posibles explicaciones: que se deban a la iluminación por parte del Sol de zonas normalmente en sombra o a emisiones de gas radón, lo que implicaría que la Luna está geológicamente viva.

Publicado en el suplemento Territorios, del diario El Correo.

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24 May 2009

¡Impresionante lo de la Cadena SER! Se hace eco hoy, en su sección de noticias de Cultura, de la historia de "Alan Davis, ingeniero jefe de la NASA entre 1959 y 1973", quien "afirmó haber visto en las grabaciones obtenidas desde el satélite [por los astronautas del Apollo 11] los restos de unas ruinas milenarias". Es el mismo cuento chino que ya vendió en Cuarto milenio en su día Iker Jiménez, pero ahora avalado por los servicios informativos de la cadena de radio más oída de España. El tal Davis decía ser ingeniero de telecomunicaciones y que, en la noche de la llegada del hombre a la Luna, había visto en la estación de la NASA de isla de Antigua unas imágenes que ocultó al resto del mundo. Según Jiménez y sus colaboradores, era el encargado en la base caribeña de cortar la señal de televisión si sucedía algo inconveniente, y es lo que hizo cuando los astronautas del Apollo 11 se dieron de bruces con los edificios extraterrestres. Pero la realidad es otra. "Es mentira. Nadie podía cortar la señal. Todo eso de las ruinas en la Luna no son nada más que tonterías", me decía hace un año Luis Ruiz de Gopegui, director de la Estación de Seguimiento de Fresnedillas de la NASA en tiempos del proyecto Apollo. La historia de las ruinas lunares extraterrestres, que tan bien explotó Juan José Benítez en su serie Planeta encantado, es tan real como un cuento de Harry Potter, aunque la SER nos la intente vender como una noticia, contaminando sus servicios informativos de pseudociencia y conspiranoia.

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04 Mar 2009

La ufología española vivió su época dorada a finales de los años 70. No había ciudad de mediano tamaño que no tuviera su grupo de aficionados, la prensa generalista todavía informaba de avistamientos; había un programa de radio -Medianoche, de Antonio José Alés, en la Cadena SER- centrado prácticamente en el fenómeno y que fue donde se inventaron las alertas ovni; otro de televisión -Más Allá, de Fernando Jiménez del Oso, en TVE- dedicado a lo sobrenatural; dos revistas de quiosco -Mundo Desconocido y Karma.7- sobre misterios; y multitud de fanzines sobre platillos volantes, entre los que destacaban Vimana y Stendek, publicaciones del santanderino Centro Investigador de Objetos Volantes Extraterrestres (CIOVE) y del barcelonés Centro de Estudios Interplanetarios (CEI), respectivamente.

El problema número uno de la ciencia moderna, como se llamaba la sección dedicada a los ovnis en Mundo Desconocido, estaba de moda cuando decenas de miles de personas presenciaron un extraordinario fenómeno celeste en Canarias al anochecer del 5 de marzo de 1979. "Un extraño atardecer cautiva las miradas de muchos habitantes de las islas, que ven una especie de estelas multicolores o líneas zigzagueantes con intensa luminosidad en dirección oeste", escribían en 2001 Vicente-Juan Ballester Olmos y Ricardo Campo en la Revista de Aeronáutica y Astronáutica. De repente, surge en esa zona del cielo "una especie de aguja luminosa que comienza a subir, crecer y ensancharse hasta formar una enorme campana o copa luminosa y brillante, dejando atrás una estela en zigzag". Y, cuando el objeto desaparece, deja atrás estelas similares a las del principio. La larga duración del fenómeno permitió que haya muchas fotografías y miles de testigos de lo que pasó a la historia como el ovni de Canarias, y atrajo la atención de numerosos medios de comunicación y del Ejército del Aire, que estudió el caso y elaboró un informe de 229 páginas desclasificado en 1995.

"¿Qué fue lo observado y fotografiado aquella noche del 5 de marzo de 1979? Repito, en mi opinión, una nave que nada tiene que ver con nuestra tecnología y, consecuentemente, con nuestra civilización. Un vehículo espacial ajeno a la Tierra. Empleando la terminología popular -y sin ningún tipo de recelo o miedo, una nave extraterrestre", escribía Juan José Benítez en Mundo Desconocido (Nº 75) en septiembre de 1982. El periodista rechazaba la posibilidad de que el ovni fuera un misil lanzado desde un submarino, tal como había defendido desde el principio, entre otros, el ufólogo valenciano Vicente-Juan Ballester Olmos, apoyándose, entre otras cosas, en un análisis por ordenador de las fotografías. Andreas Faber-Kaiser, director de la revista, decía en el mismo número que tampoco estaba de acuerdo "con la hipótesis de que lo visto en Canarias fuera un misil. En absoluto. Simplemente, porque para demostrarme que una barra de pan se parece a otra, me tienen que poner junto a la primera barra de pan, otra barra de pan igual. Y lo que me están poniendo es un panecillo, que evidentemente no es una barra de pan".

Antonio Ribera, el padre de la ufología española, discrepaba de Benítez y Faber-Kaiser ,y recordaba que él había mostrado a "varios investigadores" una imagen de un libro de Wernher von Braun que "reproducía la tercera etapa de un Saturno 5 fotografiada por una cámara Baker-Nun, y presentaba un asombroso parecido con una de las fotos del supuesto ovni [de Canarias] publicadas en la revista Diez Minutos". El autor de El gran enigma de los platillos volantes (1966) suscribía "enteramente" las conclusiones de Ballester Olmos, quien en el mismo ejemplar de Mundo Desconocido advertía de que sostener que el objeto era un ovni "supone mantener la peculiar idea de que existen objetos volantes que, a pesar de ser iguales a nuestros misiles, siguen siendo no identificables, lo cual es una afirmación cercana al delirio... o a la mera invención sensacionalista". Ballester Olmos y Miguel Guasp mantenían ese mismo dictamen en 1981 en su libro Los ovnis y la ciencia.

El informe militar del suceso no dio ninguna explicación convencional, pero la opinión de un alto mando apunta en esa dirección en una comunicación confidencial hasta 1995. "Mi criterio personal es que el fenómeno ha sido producido por dos misiles de extraordinaria potencia y calibre, lanzados desde la zona que indica el informe", explicaba por escrito el general jefe del Mando Aéreo de Canarias al jefe del Estado Mayor del Aire. El militar creía que los responsables del lanzamiento habían sido los soviéticos.

La defensa de la naturaleza extraterrestre del fenómeno ha tenido durante años dos abanderados: Benítez y el ufólogo canario José Gregorio González, quien ha descartado en repetidas ocasiones la hipótesis del misil. "Hasta que no aparezcan pruebas irrefutables que confirmen la hipotesis del misil, el ovni de Canarias seguirá siendo uno de los grandes enigmas de la ufología española, quedando abierta pues la puerta a cualquier otra hipótesis alternativa. A lo peor, ni el tiempo lo aclara", escribía el segundo en su libro Los ovnis en Canarias en 1995, cuando ya la única duda razonable era quién había lanzado el misil, y volvió a reafirmarse en esa línea en 2003.

Además de las decenas de fotos de fenómenos similares identificados como causados por lanzamientos de misiles, Claude Poher, ingeniero del Centro Nacional de Estudios Espaciales (CNES) francés presenció el fenómeno desde un barco y concluyó que se trataba de "algún tipo de misil"; Desmond King-Hele, del Ministerio de Defensa británico, indicó a Ballester Olmos y Campo que las fotos correspondían a "un lanzamiento no declarado", y dos científicos rusos se expresaron en el mismo sentido. La duda acerca de si lo de Canarias fueron ingenios soviéticos o estadounidenses se zanjó en 1998, cuando el aficionado alemán Gunter Krebs facilitó a Ballester Olmos datos de lanzamientos de misiles Poseidón desde submarinos estadounidenses en el Atlántico Norte, obtenidos por Jonathan McDowell, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian.

La información de McDowell servía para identificar no sólo el ovni canario de marzo de 1979, sino también los vistos en las islas el 22 de noviembre de 1974, el 22 de junio de 1976, el 19 de noviembre de 1976 y el 24 de marzo de 1977. Ricardo Campo, miembro del Círculo Escéptico y la Fundación Anomalía, cree "se prueba así, una vez más, la falsificación histórica a la que se han visto sometidos estos episodios por parte de quienes perpetúan falsos misterios". La mente cerrada de mi amigo es incapaz de admitir que algo que parece un misil y que ha sido visto justo cuando se lanzaban misiles desde un submarino es en realidad una nave extraterrestre saliendo, me imagino, de una de las bases submarinas alienígenas que había cerca de Canarias, cuya existencia defendía Fernando Jiménez del Oso. Ay, estos negativistas...

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15 Dic 2008

Juan José Benítez, el piloto de caza Fernando Cámara y yo, en un minirreportaje sobre los ovnis en Informativos Telecinco el 28 de noviembre.

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18 Ago 2008

Es un pequeño triángulo de tierra en medio de una inmensidad azul. La isla de Pascua está considerada uno de los lugares más remotos de nuestro planeta: se encuentra en mitad del Pacífico, a 3.700 kilómetros -cinco horas en avión- al oeste de Chile y a 1.900 al este del archipiélago de las Pitcairn. A pesar de ese aislamiento y de sus reducidas dimensiones -tiene 163 kilómetros cuadrados, una cuarta parte que la ciudad de Madrid-, es famosa en todo el mundo gracias a los moais, las casi 900 estatuas que la salpican desde el volcán en cuya ladera fueron talladas hasta los altares costeros desde los cuales miran al mar.

De origen volcánico, la isla debe su nombre a que fue descubierta por el holandés Jakob Roggeveen el 5 de abril de 1722, domingo de Pascua de Resurreción. Los tres barcos de la expedición habían partido de Chile y tardado diecisiete días en llegar a Pascua, donde se encontraron con un grupo humano de la Edad de Piedra. ¿Cómo habían llegado hasta allí con unas simples canoas? Y lo más llamativo: ¿cómo habían levantado las estatuas? "En un principio las imágenes de piedra nos llenaron de asombro porque no podíamos comprender cómo estas gentes, que carecían de madera fuerte y pesada para construir cualquier tipo de maquinaria, así como de sogas resistentes, habían conseguido, no obstante, erigir unas imágenes semejantes, que al menos tenían 10 metros de alto y eran proporcionalmente gruesas", escribió el navegante en su diario.

Por arte de magia

Monumental. Cinco de los siete 'moais' del Ahu Akivi, construido en la isla de Pascua entre 1440 y 1600. Foto: Terry L. HuntEl tamaño medio de los moais es de 4 metros y el peso, de 13 toneladas, aunque hay figuras de hasta 82 toneladas. "De ninguna manera se puede admitir que tan enormes trozos de lava hayan sido despejados con primitivas y diminutas hachas de piedra", plantea Erich von Däniken en su libro El mensaje de los dioses (1973). Para el autor suizo, "cosmonautas de otro mundo visitaron a los nativos y les suministraron herramientas perfeccionadas, que podían manejar los sacerdotes o hechiceros". Cuando los visitantes se marcharon, explica Von Däniken, sus herramientas acabaron estropeándose y de ahí las figuras a medio esculpir que invaden la ladera del volcán Rano Raraku, la cantera de donde salieron los moais.

Juan José Benítez sostiene, por su parte, que las estatuas son una obra humana hecha con útiles de piedra, como dicen los arqueólogos; pero añade que hay un enigma: cómo se transportaron hasta sus ubicaciones definitivas. "El gran fallo de cuantos han intentado explicar el traslado de los moais de forma convencional aparece al echar mano de la madera", argumenta el ufólogo, para quien dar por hecho que ésta fue alguna vez "un bien abundante en la isla" es un "grave error". Y añade que el único árbol existente en Pascua, el toromiro, no podía ayudar en una tarea para la cual se necesitarían "cientos o miles de hombres". "Era el poder más excepcional del rey, o de los sacerdotes, el que levantaba las estatuas en la cantera, desplazándolas por el aire", asegura.

Tras una visita a Pascua en 1877, el etnólogo francés Alphonse Pinart describió todo el proceso de talla y traslado de los moais en el Bulletin de la Société de Géographie de París, sin recurrir ni a los extraterrestres ni a superpoderes. Seis años después, el geógrafo Ricardo Beltrán y Rózpide se hacía eco del hallazgo de Pinart en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid: "Escogían siempre una roca en plano inclinado; en la misma roca tallaban la escultura, perforaban después la piedra por debajo de la estatua con tantos agujeros como fueran necesarios para separarla de la roca, y la hacían resbalar sobre la pendiente hasta el lugar en que debía erigirse, donde habían ahondado lo suficiente para enterrar la parte inferior de la estatua, quedando sólo el busto al exterior".

Madera y cuerdas

Los hallazgos de esquirlas de piedra y útiles de obsidiana junto a las figuras a medio tallar del Rano Raraku confirman la hipótesis de Pinart. Porque los moais no son tan duros como los pinta Von Däniken. No sólo es que la toba volcánica se puede trabajar con piedra, sino que, además, es extraordinariamente frágil. Tanto que en marzo pasado un turista finlandés arrancó una oreja a una de las estatuas ¡sólo con sus manos! ¿Y el transporte? Es cierto que hoy en día no hay madera en Pascua; pero sí la hubo en el pasado y, en contra de lo que mantiene Benítez, era apta para construir trineos sobre los que llevar las figuras a kilómetros de distancia.

El explorador noruego Thor Heyerdahl visitó Pascua en 1955 y puso a prueba las ideas de Pinart. Con una docena de hombres, levantó un moai de 25 toneladas en la playa de Anakena en dieciocho días. Utilizó para ello cuerdas, palancas y piedras, lo mismo que tuvieron a su alcance los antiguos pascuenses. Levantaban un poco la figura con las palancas y metían piedras bajo ella para sostenerla en esa posición; volvían a levantarla otro poco con las palancas y metían más piedras; y así sucesivamente hasta que alcanzaba la vertical. Heyerdahl calculó que una docena de indígenas podría tallar con sus herramientas de piedra una estatua mediana en un año. Luego, se transportaba hasta su emplazamiento sobre trineos de madera de los que decenas de hombres tiraban con cuerdas.

Porque en Pascua había madera en abundancia cuando llegaron a la isla los primeros humanos hacia 1200, según la datación de muestras del yacimiento más antiguo de la isla. Los análisis de pólenes han revelado que en aquella época crecían en la isla árboles de hasta 30 metros de altura; aunque duraron poco. Los recién llegados empezaron a esculpir estatuas y a talar masivamente árboles y palmeras para calentarse, construir canoas y transportar las figuras. La febril actividad les llevó a diezmar los recursos naturales de la pequeña isla y al declive cultural. Cuando desembarcó Roggeveen en 1722 sólo las gigantescas esculturas quedaban como prueba de la extraordinaria cultura de los talladores de moais.


El libro

Colapso (2005): El geógrafo Jared Diamond, autor del magistral Armas, gérmenes y acero (1997), explora la historia de sociedades desaparecidas, como la maya, la vikinga de Groenlandia y la pascuense.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

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16 Ago 2008

Miles de espectadores de TVE vieron el 11 de enero de 2004 a Neil Armstrong y Buzz Aldrin explorando edificios en ruinas en el Mar de la Tranquilidad, en la Luna. Imágenes inéditas, se leía sobreimpresionado. Y Juan José Benítez decía: "Ésta fue la verdad, la única y secreta verdad. Aquel 21 de julio de 1969, Armstrong y Aldrin se alejaron escasos metros del módulo, filmando esta increíble construcción. Esta película, de 14 minutos, jamás fue difundida por la NASA". Numerosas copias del fragmento de la filmación emitido por TVE pueden verse en la actualidad en YouTube, bajo títulos como Vídeo censurado del viaje a la Luna y Construcciones en la Luna ocultadas por la NASA.


El ufólogo navarro sostiene que hace 39 años "el mundo, una vez más, fue engañado", que nos ocultaron el hallazgo de ruinas alienígenas en el satélite terrestre. A él se lo contó "un alto militar norteamericano", ya fallecido, cuya identidad nunca ha revelado y que consiguió hacerse con una copia de la película rodada en el Mar de la Tranquilidad, la que muchos creen todavía que se vio en TVE hace cuatro años. Un documento único porque los vestigios extraterrestres ya no existen: Washington los destruyó con bombas atómicas. Pero el militar desconocido no es el único que afirma que los astronautas encontraron construcciones en la Luna.

Un espía inexistente

Quien primero habló a Benítez de las ruinas lunares fue Carlos Paz Wells, un peruano que en los años 70 decía estar en contacto con seres de otros mundos. "Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación (una unión planetaria al estilo de Star Trek). Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano", afirmaba Paz en Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), la obra de Benítez dedicada a las andanzas del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI).

Otra fuente, terrestre, confirmó poco después a Benítez la pasada presencia alienígena en la Luna. En 1979 llegó a las librerías españolas la obra Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O'Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido afincado en nuestro país. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, entonces un joven de veintiún años. "Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas... De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera".

Esteban salpicó su relato del espía arrepentido de accidentes de ovnis y asesinatos. Varios ufólogos contactaron con él creyendo que hablaban con un ex agente de la CIA, y el joven les siguió el juego. Algunas de sus historias acabaron publicadas en periódicos, revistas esotéricas y libros de platillos volantes como hechos reales. Revelaba en su libro, entre otras cosas, que, tras descubrirse "cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna", EE UU las había destruido con bombas atómicas. "Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates", recuerda el autor de Bases de ovnis en la Tierra.

De Guipúzcoa a la Luna

Como en toda conspiración que se precie, en ésta también hay de por medio un presunto empleado de la NASA. Se llamaba Alan Davis y murió en Sevilla hace unos años. Decía ser ingeniero de telecomunicaciones y que, en la noche de la llegada del hombre a la Luna, había visto en la estación de la NASA de isla de Antigua unas imágenes que ocultó al resto del mundo. Según varios ufólogos, era el encargado en la base caribeña de cortar la señal de televisión si sucedía algo inconveniente, y es lo que hizo cuando los astronautas del Apollo 11 se dieron de bruces con los edificios extraterrestres. "Es mentira. Nadie podía cortar la señal. Todo eso de las ruinas en la Luna no son nada más que tonterías", sentencia Luis Ruiz de Gopegui, director de la Estación de Seguimiento de Fresnedillas de la NASA en tiempos del proyecto Apollo.

La instalación madrileña era una de las tres estaciones claves en las comunicaciones con los astronautas, junto con las de California (EE UU) y Canberra (Australia). "En el momento del alunizaje, correspondió a Fresnedillas estar en contacto con la nave. Cuando Armstrong y Aldrin abandonaron el módulo lunar, era California", indica Ruiz de Gopegui. Los conspiranoicos argumentan que la NASA ocultó -¿para qué?- la existencia de los edificios y que hay que creer a Alan Davis. "¿Por qué se va a dudar de una persona que tiene esa valentía?", dice uno de sus amigos. Por una razón muy simple, porque ni él ni nadie ha presentado nunca una sola prueba que respalde sus extraordinarias afirmaciones, equiparables a las de quienes sostienen que ningún avión se estrelló contra el Pentágono el 11-S.

Y es que la película que mostró Benítez en la penúltima entrega de la serie Planeta encantado no es una documento grabado en la Luna, a pesar de que apareciera sobreimpresionada la leyenda Imágenes inéditas. La filmación es una recreación, un encargo del ufólogo a Dibulitoon Studio, una firma de animación radicada en Irún. Los astronautas que recorrían edificios en la Luna eran guipuzcoanos. Ésa es la verdad, la única y pública verdad.


El libro

Bad astronomy (2002): El astrónomo Phil Plait habla sobre algunas falsas ideas populares vinculadas con las astronomía y la astronáutica. Es una obra viva que se actualiza en su blog.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

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12 Ago 2008

La Gran Pirámide es la más antigua y la única de las Siete Maravillas del Mundo que ha llegado hasta nuestros días. Se levanta en la meseta de Giza, a las afueras de El Cairo, dentro de un complejo funerario vigilado por una gigantesca esfinge. No es única -hay decenas de pirámides en Egipto y sólo en Giza existen once-, pero sí la más grande: de base cuadrada, con 230 metros de lado, fue durante 3.800 años el edificio más alto del mundo. Sus 146,6 metros originales -ahora mide 138,8- fueron el techo de la arquitectura hasta que en el siglo XIV los superó la catedral de Lincoln (Reino Unido).

Considerada por los historiadores la tumba del faraón Keops, que reinó entre 2551 y 2528 antes de Cristo (aC), hay autores que sostienen, sin embargo, que no fue obra de los antiguos egipcios. "Se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica", argumenta Juan José Benítez en su serie Planeta encantado. Resulta ciertamente difícil de creer que "gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura" construyeran un edificio tan complejo, con pocos centímetros de diferencia entre sus lados, milímetros de desviación respecto a la horizontal y sus caras orientadas casi perfectamente hacia los puntos cardinales.

Ayuda atlante

"La pirámide de Keops tiene esta particularidad, entre otras muchas: su altura en metros multiplicada por mil millones equivale a la distancia Tierra-Sol, es decir, 149,5 millones de kilómetros", destaca Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). Quienes como el autor suizo mantienen que no la hicieron por sus medios los súbditos del faraón de la IV Dinastía, apuntan a la ayuda de seres de otros mundos y atlantes que les habrían transmitido los conocimientos para acometer la empresa. Una de esas técnicas sería la del ablandamiento de la piedra, que habría ahorrado la extracción y posterior transporte de los más de 2 millones de bloques de unas 2,5 toneladas que se calculan para la Gran Pirámide.

Los piramidólogos dicen que, sin naves extraterrestres, máquinas atlantes o técnicas como la del ablandamiento de la piedra, los antiguos egipcios no podían levantar el edificio. "La tecnología aplicada en esa construcción es tan increíble que sería imposible realizarla con la que utilizamos en la actualidad, y mucho menos con las herramientas de madera y de cobre que existen en el Museo de El Cairo provenientes de la IV Dinastía", sentencia Manuel José Delgado, un habitual de las revistas esotéricas españolas para quien la Gran Pirámide "ni fue una tumba ni fue construida por Keops". ¿Qué fue entonces?

Hubo en los años 70 del siglo pasado una fiebre piramidológica, como consecuencia de la publicación de El poder mágico de las pirámides (1974), de Max Toth y Greg Nielsen. El libro incluía una pequeña pirámide roja de cartón -a escala de la Keops- para ponerla debajo de la cama y descansar mejor, meter cuchillas de afeitar en su interior y que duraran más tiempo afiladas o usarla para incrementar la potencia sexual. "Sin duda alguna, los próximos años han de aportar un gran avance en la recuperación de la sabiduría extensiva e intensiva de las pirámides", auguraban Toth y Nielsen a mediados de los años 70. El tiempo ha pasado y ahora se venden casas piramidales con el mismo fundamento con que se quitan méritos a los humanos de otras épocas.

Una gran potencia

El Egipto de Keops no era el país atrasado que describe Benítez. Era un Estado con una compleja organización política, económica y social, que conocía la escritura desde hacía siglos. Los habitantes del valle del Nilo disfrutaban hace 4.600 años de grandes obras de canalización y riego, y habían redactado el primer tratado de cirugía. La Gran Pirámide fue la obra cumbre de un largo proceso que había empezado siglos antes con los enterramientos bajo un montón de tierra, arena o piedras; continuado con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; ascendido hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra en la Pirámide Escalonada de Saqqarah; y culminado con la de Keops.

El egiptólogo Mark Lehner calcula que los trabajadores -no esclavos- que construyeron la Gran Pirámide tuvieron que poner "un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas". Herodoto (484-425 aC) escribió que se levantó en 20 años con 100.000 hombres. Lehner piensa que "es posible -y más creíble- que (el geógrafo e historiador griego) se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando en turnos de tres meses, más que al número total en Giza en un momento dado". Los arqueólogos saben de qué canteras salían los bloques, cómo se trabajaban y cómo se transportaban. Bastaba con el ingenio humano y la tecnología de la época, aunque sí había algo extraordinario: la planificación de todo, desde las cuadrillas en Giza y las canteras hasta el transporte de las piedras, pasando por el suministro de alimentos para los trabajadores, la organización de los almacenes... Un esfuerzo gigantesco para garantizar la vida eterna al faraón.

Ningún estudio ha demostrado, por el contrario, que las piedras de la pirámide de Keops sean artificiales, que platillos volantes las colocaran en su sitio o que echaran una mano a los antiguos egipcios los supervivientes de una civilización desaparecida que pasaban por allí. El poder mágico de las pirámides de Toth y Nielsen sigue siendo, treinta años después, tan esquivo para la ciencia como el monstruo del lago Ness. Y, para encontrar una relación entre cualquier dimensión de un objeto y la distancia de la Tierra al Sol, sólo hay que elegir el dato apropiado: un bolígrafo Bic mide 15 centímetros, la billonésima parte de los 150 millones de kilómetros que nos separan de nuestra estrella. ¿Significa esa mágica relación que es un artilugio extraterrestre?


El libro

Todo sobre las pirámides (2007): Magnífica obra de divulgación del egiptólogo Mark Lehner. Puede complementarse con el documental Así se hizo la Gran Pirámide (2002), de la BBC, que recrea cómo los egipcios levantaron el monumento.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

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06 Ago 2008

El terremoto de Perú de agosto de 2007 no sólo mató a casi 600 personas, sino que también puso en peligro la conservación de los únicos vestigios que han llegado hasta nosotros de una Humanidad que convivió con los dinosaurios, según algunos aficionados a lo paranormal. Se conocen popularmente como las piedras de Ica. Son una colección de rocas grabadas con escenas de operaciones quirúrgicas, partidas de caza de dinosaurios y mapas de la Tierra con Atlántida y Lemuria, que atesoró hasta su muerte, en diciembre de 2001, el médico Javier Cabrera en su casa de Ica, ciudad situada al sur de Lima en medio del desierto.

La primera piedra se la dio a Cabrera como regalo de cumpleaños un amigo en 1966. Se veía en ella un animal alado que el médico identificó como un pterosaurio, reptil volador que se extinguió con los dinosaurios hace 65 millones de años. Se interesó por la procedencia de la roca y su amigo le respondió que las tallaban los campesinos del cercano pueblo de Ocucaje. Cabrera empezó entonces a comprar masivamente piedras grabadas a los lugareños. Uno de ellos, Basilio Uchuya, se convirtió en su principal proveedor y, cuando falleció, el médico contaba con unas 15.000 piezas ordenadas según sus motivos temáticos.

Una biblioteca lítica

Robert Charroux, que con el tiempo se convertiría en uno de los principales impulsores de la idea de que nos visitaron extraterrestres en la Antigüedad, fue quien descubrió al mundo los grabados de Ica en su libro El enigma de los Andes (1974). "Mis piedras provienen de las civilizaciones de los primeros hombres cultos de nuestra Tierra -sostenía Cabrera-. Por razón desconocida, quizá un cataclismo natural, esa civilización desapareció, pero los hombres de la antigua Ica quisieron dejarnos un testimonio indestructible, o al menos susceptible de superar los peligros del tiempo. Esos archivos pertenecen a un pueblo culturalmente próximo a nosotros, pero heredero por línea directa de los conocimientos de nuestros grandes antepasados".

El ufólogo Juan José Benítez abundaba un año después en la idea en su libro Existió otra Humanidad. La biblioteca lítica, como llamaba Cabrera a su colección de rocas, era el legado de una civilización de hombrecillos cabezones, narigudos, que vestían sólo con taparrabos y se cubrían con tocados de plumas, hacían trasplantes hasta de cerebro, volaban en pájaros mecánicos, viajaban a otros mundos, habían declarado la guerra a los dinosaurios, construyeron las pirámides de Egipto... Aquellos humanos habían huido hacia las Pléyades en cuanto vieron la que se les venía encima: dos de las tres lunas que, según los grabados peruanos, la Tierra tenía entonces iban a chocar contra el planeta, lo que provocaría la extinción de los dinosaurios y el hundimiento de la Atlántida. Benítez consideraba que las piedras de Ica contenían unos conocimientos "que han hecho palidecer nuestra soberbia civilización".

El hallazgo chocó, sin embargo, desde el principio con el escepticismo de los historiadores. Frente al entusiasmo de los partidarios de lo paranormal, los académicos dudaban de la historia del médico peruano. Para Roger Ravínez, portavoz en 1974 del Instituto Nacional de Cultura de Perú, todo era un cuento chino y "Cabrera deliraba". El arqueólogo basaba su veredicto en un estudio del estilo de los grabados y en "microfotografías de las incisiones". Tres décadas después, el dictamen de la ciencia sigue siendo el mismo: las piedras de Ica son un fraude porque, aunque las rocas son antiguas, los grabados son recientes y se han hecho con lijas, sierras y ácidos, según han demostrado diversos análisis.

Talla indígena

Nunca hizo en realidad falta llegar hasta el laboratorio. El engaño estaba claro desde el principio para todo el que quisiera verlo. No sólo es que los humanos no convivieron con los dinosaurios -la extinción de los lagartos terribles y la aparición de los homínidos están separadas por unos 60 millones de años-, sino que además el ciclo de desarrollo de aquellos animales no tenía nada que ver con el descrito en las piedras -según éstas, los dinosaurios nacían como larvas para luego sufrir una metamorfosis-. Ni la Atlántida y Lemuria existieron ni hubo alguna vez tres lunas, y resulta ridículo que una civilización avanzada emprendiera una guerra contra los dinosaurios armada con hachas y puñales. Y, lo más importante, nunca un arqueólogo ha desenterrado una piedra de Ica en ningún lugar del mundo; todas han llegado de manos de los indígenas de Ocucaje.

"Entre los huaqueros (saqueadores de yacimientos) de los alrededores de Lima se dice que, si le informas de tu profesión al médico de Ica, se excusará durante quince minutos y podrás escuchar el ruido de su torno de dentista en una habitación trasera antes de que regrese de las profundidades de su museo con una piedra tallada, que, por una extraña y en cierto modo artificial coincidencia, presenta un dibujo de alguien de un distante pasado ejerciendo tu profesión", ironizaba en 1982 el experto en desenmascarar fraudes científicos James Randi. Quienes durante cuarenta años han tallado las piedras han sido algunos vecinos de Ocucaje que se han sacado un dinero extra vendiéndolas a Cabrera y a los turistas.

Basilio Uchuya confesó en 1975 que copiaba en los grabados que hacía para el médico los motivos decorativos de revistas ilustradas y posteriormente ha dicho en repetidas ocasiones que es el autor de la mayoría de las piezas de su colección. Quienes han seguido la estela de Charroux prefieren, no obstante, ignorar los testimonios del campesino y creer que en 1966 Cabrera descubrió las pruebas de la existencia de una remota Humanidad, de que ocurrió en la realidad algo parecido a lo que pasa en la película Hace un millón de años, estrenada aquel mismo año y en la cual Raquel Welch corre en biquini de piel delante de los dinosaurios.


El libro

Fraudes paranormales (1982): El ilusionista y especialista en fraudes científicos James Randi desmonta mil y un enigmas -incluido el de las piedras de Ica- en un libro ideal para quien quiera una aproximación general al mundo de lo paranormal.

Publicado originalmente en el diario El Correo.


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Sobre este blog

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Luis Alfonso Gámez es periodista de EL CORREO, donde ha cubierto la información de ciencia durante ocho años. Fundador del Círculo Escéptico, es consultor del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario.

Para contactar con el autor:
lagamez@gmail.com

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