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24 Dic 2008

"Los evangelios de la infancia no son «el material del que está hecha la historia»", dice el teólogo e historiador Geza Vermes en su libro El nacimiento de Jesús (2006), parafraseando a los estudiosos William D. Davies y Dale C. Allison. Miles de millones de personas conmemoran estos días en todo el mundo unos hechos que en realidad nunca ocurrieron. Porque toda la historia de la concepción y el nacimiento de Jesús, tal como se cuenta en la Biblia, no es más que una ficción mediante la cual los seguidores de un predicador judío intentaron divinizar a su maestro después de su muerte. ¿Es escandaloso que celebremos algo que nunca pasó?

Depende de cómo se mire. Para mí, no lo es; al igual que no lo es mantener la ilusión infantil en los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez mientras sea posible. El problema surge cuando algunos pretenden que vivamos en una infancia perpetua y creamos que hace mucho, mucho tiempo, una mujer quedó preñada sin hombre de por medio, que unos magos recorrieron medio mundo guiados por una estrella hasta el lugar de nacimiento del hijo de la divinidad, que éste se salvó milagrosamente de una masiva ejecución de bebés perpetrada por un malo de película y bobo de remate... No hay nada malo en que alguien crea en un dios, mientras no lo intente imponer a los demás. Por eso no hay nada malo en toda la gente que conmemora estos días la llegada al mundo de un judío llamado Jesús, aunque no naciera en esta época ni en Belén. Pero hay que separar el polvo de la paja, la historia del mito, y poner las celebraciones de estos días en un marco simbólico y el relato de la Navidad en su sitio, el de un cuento que sólo tiene de históricos los nombres de algunos personajes. El resto, los pasajes que de niños nos enseñaron como reales y que se escenifican en los belenes, es ficción, desde la concepción milagrosa hasta el episodio de la estrella de Belén. "Las escenas representadas en un belén obedecen a una acumulación de elementos míticos de diversas procedencias aglutinados a lo largo del tiempo para paliar que lo que sabemos con certeza histórica de la infancia de Jesús se resume en una sola palabra: nada", sentencia el historiador José Luis Calvo en su recomendable artículo 'Se desarmó el belén'.

Que sea ficción no resta, sin embargo, atractivo al relato del nacimiento de Jesús. Los mitos se pueden disfrutar sin creer en ellos. Rastrear hasta sus orígenes los enigmas de la Navidad es bonito y nos lleva a aprender más de nuestra historia, de nuestra tradición. Para empezar, que la Iglesia no tiene por qué quejarse de la paganización y comercialización de unas fiestas que se celebraban mucho antes del nacimiento de Jesús con motivo del solsticio de invierno, unos festejos de los que el cristianismo se apropió e hizo una adaptación a sus intereses. Para seguir, que el relato popular del nacimiento de Jesús es una mezcla de elementos sacados de los llamados evangelios de la infancia -los capítulos iniciales de los de Mateo y Lucas- y de los apócrifos, vinculados con la tradición judía y que persiguen equiparar al Jesús bíblico con otros grandes personajes históricos mediante la concepción virginal y el anuncio de su nacimiento en el cielo por un fenómeno astronómico, motivos habituales en la cultura mediterránea.

Permítanme que, por lo dicho anteriormente, les recomiende en estos días la lectura en paralelo de obras como la de Geza Vermes, los evangelios de la infancia, los episodios del Antiguo Testamento a los que a veces hacen referencia, y los apócrifos:

Geza Vermes [2006]: El nacimiento de Jesús [The Nativity history and legend]. Ares y Mares. Barcelona 2007. 264 páginas.

Aurelio de Santos Otero [1956]: Los evangelios apócrifos. Edición crítica y bilingüe. Prologado por Aurelio de Santos Otero. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid 2003. xxvii + 781 páginas.

Varios Autores [1998]: Nueva Biblia de Jerusalén. Revisada y aumentada. Editorial Descleé de Brouwer. Bilbao. 1.895 páginas.

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11 Jul 2006

SÍMBOLO. El 'Cristo Redentor' del monte Corcovado, en Río de Janeiro, con la Luna llena. / ReutersUn pequeño grupo de judíos está en el germen del cristianismo, un movimiento que surgió en Palestina hace 2.000 años y acabó conquistando la Roma de los césares. Dos milenios después, el libro más vendido gira en torno a Jesús y su hipotética descendencia, y hallazgos como el del Evangelio de Judas protagonizan portadas de periódicos y documentales de televisión. El origen de un movimiento social y religioso que cambió el curso de la Historia está de moda. ¿Qué hay de cierto y de fantasía en la imagen popular que hoy hay de Jesús, sus discípulos, las primeras comunidades cristianas y el nacimiento de la Iglesia?

"Proliferan las reconstrucciones de los orígenes del cristianismo muy poco científicas e incluso llenas de supercherías", sentencia Rafael Aguirre, profesor de Nuevo Testamento de la Universidad de Deusto y director del curso de posgrado Orígenes del cristianismo. Así, las falsedades que más han arraigado gracias a El código Da Vinci, el superventas de Dan Brown, afectan a María Magdalena y su matrimonio secreto con Jesús, y a la forma en la que se estableció el canon bíblico. Según el novelista estadounidense, Jesús y María Magdalena fundaron un linaje que habría llegado hasta nuestros días, y quien decidió los libros que componen el Nuevo Testamento fue el emperador Constantino (272-337).

Disparate, mito y realidad

No hay ninguna prueba de que Jesús se casara, ni de que tuviera hijos, ni de que haya habido una conspiración secular para ocultar todo eso. "Si vas ahora a una librería, puedes encontrar una docena de novelas sobre María Magdalena que no tienen el más mínimo fundamento histórico", indica Aguirre. Los expertos tienen claro dónde está la barrera entre ficción y realidad. Los evangelios destacan el relevante papel de María Magdalena entre los discípulos, y hay grupos de cristianos primitivos que reivindican su figura; pero de ahí a lo que sostienen Brown y otros media un abismo. Decir que Jesús se casó con María Magdalena y que tuvieron descendencia es un disparate histórico.

Y el fenómeno se repite cuando Brown atribuye a Constantino el canon del Nuevo Testamento. "El proceso mediante el cual las comunidades cristianas reconocieron algunos libros como normativos fue algo paulatino, no producto de una decisión autoritaria. Acabó hacia finales del siglo II. Se trató de una selección natural en la que se aceptaron unos textos con un criterio muy amplio y otros fueron desechados, lo que no quiere decir que se consideraran heréticos", puntualiza Aguirre. Frente a los textos gnósticos -"llenos de elucubraciones, reflejo de una mentalidad más elitista y esotérica"-, se imponen otros, «más cercanos al pueblo y a la historia», que son los que acaban conformando el canon.

Los orígenes del cristianismo tuvieron muy poco que ver con el relato bíblico. "En los Hechos de los Apóstoles, se nos presenta una situación ideal, paradisiaca, de la primera comunidad cristiana. Se trata de una visión simplificada y mitificada -sentencia Aguirre-. Todos los grupos sociales tienden a mitificar sus orígenes. El estudio crítico de los orígenes supone un gran reto porque destruye una visión ingenua y descubre que las cosas fueron más complejas y difíciles, y el proceso largo y traumático. Para el creyente, esto exige una maduración en la fe". Conlleva asumir que en la Biblia no se encuentra ante textos "rigurosamente históricos, sino que tienen otra intención teológica, y que hay que usarlos con una serie de cautelas críticas e históricas". Supone admitir que Jesús se dirigió siempre al pueblo Israel y no pretendió fundar una institución religiosa aparte.

El cristianismo surge en una Palestina donde otros predicadores y profetas han sido ajusticiados por Roma, y acaba imponiéndose. "Los seguidores de Jesús reivindican su causa e incluso su persona, y el movimiento traspasa pronto las fronteras étnicas del pueblo de Israel y se abre a la universalidad. A mediados del siglo IV, es cristiano ya el 50% de la población del Imperio". ¿Cómo se explica esa expansión? "El factor decisivo para un desarrollo tan rápido fue que las comunidades cristianas ofrecían ayuda a la gente, identidad dentro del marasmo que reinaba en el Imperio y protagonismo a sectores marginados, como las mujeres", sostiene Aguirre. Mientras en Roma con frecuencia se abandonaba o sacrificaba a las niñas cuando nacían, las primeras comunidades cristianas acogieron a las mujeres «con respeto» y éstas tuvieron un protagonismo "muy fuerte" que perderían después dentro de la Iglesia. La mujer -ya Jesús había tenido, a diferencia de otros profetas, un grupo de seguidoras- y el auxilio que los cristianos prestaron a los enfermos durante las grandes epidemias que asolaron el Imperio fueron factores decisivos en la expansión del movimiento, mantiene el historiador.

Movimiento muy plural

Son elementos externos al credo los que favorecen su arraigo su arraigo. "El cristianismo no avanza fundamentalmente al principio porque sus ideas convenzan más que las de otros cultos -aunque también es verdad que el comportamiento de los cristianos no se puede explicar al margen de esas ideas-, sino por la atracción de un movimiento muy existencial. La aceptación de las ideas viene después".

Los primeros cristianos no son un grupo uniforme e impermeable, sino que había tantas líneas como escuelas de predicadores. "Al principio -explica Aguirre-, existía una gran pluralidad de grupos que reivindicaban la memoria de Jesús. Poco a poco, hubo una línea que fue imponiéndose, en gran parte por su flexibilidad y capacidad de adaptarse a las diferentes realidades". El cristianismo primitivo fue el producto de un proceso histórico. "La Gran Iglesia, la que surge a finales del siglo II, acoge diferencias que están plasmadas en el canon, con el que la comunidad es consciente de haberse separado sociológica y jurídicamente del judaísmo".

Dos milenios después, Europa discutió apasionadamente sus raíces cristianas durante la redacción de su frustrada Constitución. Pero ¿de qué cristianismo se hablaba, del plural de los orígenes que acepta al diferente o de uno monolítico, excluyente y cerrado? Aguirre cree que ésa es una de las claves que condicionarán el futuro de la UE, por ejemplo, ya que Turquía no tendría cabida en el segundo caso. "La unidad no es uniformidad", sentencia.

Ciencia histórica contra fantasía e imaginación

Creyente o no, nadie puede dudar del interés que tiene el estudio histórico de los orígenes del cristianismo y más en la actualidad, cuando la pasión popular se ve confundida por fantasías novelescas e imaginativos ensayos de autores sin escrúpulos. Un curso ofrece estos días en la Universidad de Deusto, a quienes quieran, las herramientas para adentrarse en la fundación de un movimiento religioso y social en el que hoy participan 2.000 millones de personas en todo el mundo.

El posgrado, dirigido por Rafael Aguirre, está patrocinado por la Fundación Santa María y el profesorado, compuesto por un grupo multidisciplinar de expertos -arqueólogos, antropólogos, historiadores...- de las universidad de Salamanca, Comillas y Deusto. "Se trata de algo muy innovador en una Facultad de Teología porque es un curso histórico sobre el desarrollo de un movimiento social y no sobre la historia de la teología", indica Aguirre, quien aboga por un estudio interdisciplinar de los textos bíblicos en el que cuenten las nuevas aportaciones de las ciencias sociales.

El curso Orígenes del cristianismo -que comenzó el lunes de la semana pasada con veinticinco alumnos de España y América- abordará este año el nacimiento y los primeros pasos del movimiento y, en julio de 2007, el pluralismo y evolución del cristianismo primitivo. Se ordena en dos ciclos presenciales de quince días -a razón de ocho horas lectivas diarias-, en los que hay clases magistrales, análisis de textos y trabajo en equipo. La obtención del diploma exige, además, trabajos y lecturas previos y posteriores.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

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07 Jul 2006

Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), criticó ayer en Valencia con dureza lo que él considera un intento de apropiación de los Evangelios "por parte de personas y grupos extraños", y reivindicó a la Iglesia como única legítima custodia de "la memoria de Jesús". "Sólo a la Iglesia confió Jesús su Evangelio", dijo en el Congreso de Teología que se celebra en Valencia dentro del V Encuentro Mundial de las Familias. El obispo de Bilbao censuró la publicación del Evangelio de Judas en coincidencia con la Semana Santa y a quienes dijeron que "obliga a revisar todo lo que sabemos sobre Jesús", y añadió que existe una predisposición "a admitir que el cristianismo transmitido por la Iglesia ha ocultado cosas importantes y que la historia se ha deformado" en asuntos sustanciales, en clara alusión a El código Da Vinci y sus innumerables secuelas.

Ricardo Blázquez.El mensaje de Blázquez es mucho más que una pataleta en vísperas de una visita papal, en un momento en el que la jerarquía de la Iglesia española se siente con respaldo suficiente como para sostener disparates como que en los dos últimos años en este país se "ha sufrido un gravísimo deterioro en el tema de la familia". El obispo parece querer profundizar con su discurso en la línea marcada por la instrucción pastoral emitida el 30 de marzo por el organismo que preside, bajo el título de Teología y secularización en españa. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II. Este documento rechaza que los textos bíblicos puedan ser objeto de estudio por parte de las ciencias humanas, al tratarse de verdades reveladas por la divinidad.

"En algunas ocasiones los textos bíblicos se estudian e interpretan como si se tratara de meros textos de la Antigüedad. Incluso se emplean métodos en los que se excluye sistemáticamente la posibilidad de la Revelación, del milagro o de la intervención de Dios. En lugar de integrar las aportaciones de la historia, de la filología y de otros instrumentos científicos con la fe y la Tradición de la Iglesia, frecuentemente se presenta como problemática la interpretación eclesial y se la considera ajena, cuando no opuesta, a la exégesis científica. El olvido de la inspiración y del canon de la Sagrada Escritura, como si se tratara de principios irrelevantes para la auténtica comprensión del texto sagrado, no deja de constituir una grave preocupación. El problema no radica en la utilización de los recursos de la filología o de todos los datos que la investigación nos ofrece, sino de aquellos presupuestos filosóficos e ideológicos de los métodos, que resultan incompatibles con la confesión de Cristo, centro de las Escrituras. Dichos métodos son muy útiles y necesarios dentro de su ámbito, pero no pueden tener, por su propia naturaleza, la última palabra en la comprensión de un texto bíblico cuyo elemento determinante es la inspiración. Sería algo semejante a querer comprender la persona e identidad de Cristo prescindiendo de su carácter divino, y, además, presentar tal comprensión como una conclusión científica. La consecuencia de una errónea exégesis es que la Escritura deja de ser el alma de la teología, y no puede fundamentar ni la catequesis, ni la liturgia, ni la predicación, ni la vida moral cristiana, ni la piedad de los fieles", dice el punto 19 de la instrucción pastoral.

Nuestra herencia cultural

Lo que preocupa a la Iglesia es que la gente se aproxime a los textos bíblicos como a otro escrito histórico más. Ése es el quid de la cuestión. La institución que ha monopolizado durante siglos la interpretación de las Sagradas Escrituras se encuentra ahora con que un grupo creciente de eruditos hace públicas interpretaciones de la Biblia que están a años-luz de la fe infantil basada en una sucesión de milagros y prodigios. Los estudiosos analizan los textos con las herramientas de la ciencias humanas y eso acaba con muchos de los mitos que trufan la Biblia. La Iglesia, sin embargo, parece considerar que sus fieles no son lo suficientemente adultos como para admitir, por ejemplo, que los episodios de la Navidad son ficción, aderezada con elementos históricos y culturales propios de la época y la sociedad en la que fueron redactados; que fueron escritos después de la muerte de Jesús y que no hubo nadie el día de autos en el portal de Belén levantando acta de la lista de adoradores porque, entre otras cosas, nadie sabía en aquel momento la relevancia histórica que alcanzaría con el tiempo aquel niño. Es sólo un ejemplo, pero hay muchos más.

Florence Darbre, conservadora del manuscrito, trabaja con el especialista en copto Gregor Wurst para unir los múltiples fragmentos. Foto: Kenneth Garrett-NGS.

Dice Blázquez que "sólo a la Iglesia confió Jesús su Evangelio". Sin embargo, la verdad es que Jesús no fundó la institución que ahora habla en su nombre, que los Evangelios son más que los cuatro incluidos en el Nuevo Testamento, que fueron redactados a lo largo de más de un siglo, que sus autores no fueron aquéllos a quienes la tradición atribuye los textos... Es más, los Evangelios y el resto de los textos del Nuevo testamento ni siquiera son la memoria de Jesús, sino la memoria de los primeros cristianos. Todo eso y mucho más lo sabemos gracias a los investigadores que estudian las Escrituras "como si se tratara de meros textos de la Antigüedad", ninguno de los cuales dijo, a raíz de la publicación del Evangelio de Judas, que hubiera que "revisar todo lo que sabemos sobre Jesús", ni apoya visiones fantásticas y disparatadas como las contenidas en la obra de Dan Brown. Los expertos a los que critica la CEE sostienen, por ejemplo, que el Evangelio de Judas mina una de las agarraderas del antisemitismo -la de la traición por unas monedas- y, sobre todo, demuestra la riqueza y diversidad del cristianismo primitivo. El cristianismo fue durante más de un siglo muy diferente a lo que es hoy en día porque, entre otras cosas, no existía nada parecido a la Iglesia y cada predicador o grupo de predicadores podía seguir unos textos distintos del conjunto formado por los biblicos, los apócrifos y otros.

Aunque no seamos creyentes, los Evangelios -todos- forman parte de nuestra herencia cultural, al igual que las pirámides de Egipto y la escritura cuneiforme. Por eso, es deber de los historiadores acercarse a ellos con espíritu crítico para discernir lo que es realidad y lo que es ficción, y para esclarecer cómo fueron los orígenes reales de un movimiento religioso al que hoy pertenece un tercio de la Humanidad. Que el obispo de Bilbao quiera apropiarse de los textos bíblicos para la Iglesia y blindarlos ante los estudios científicos, es un sinsentido imposible.

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Misterios a la luz de la ciencia
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Sobre este blog

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Luis Alfonso Gámez es periodista de EL CORREO, donde ha cubierto la información de ciencia durante ocho años. Fundador del Círculo Escéptico, es consultor del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario.

Para contactar con el autor:
lagamez@gmail.com

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