24 Ago 2008
El granjero brasileño Antonio Villas Boas tenía 23 años en 1957 cuando gozó de su encuentro sexual interplanetario. Ocurrió el 15 de octubre, cuando araba de noche con su tractor un terreno familiar en São Francisco de Sales, en el estado de Minas Gerais, para evitar laborear bajo el Sol. Hacia la medianoche, llamó su atención una extraña luz que cruzaba el cielo. El ovni llegó hasta la vertical del campo de labranza y empezó a descender cerca de donde estaba él. Intentó huir, pero el motor del tractor se paró y presenció el aterrizaje de un aparato, "en forma de ave", de 10,5 metros de largo y 7 de ancho, que desprendía una luz cegadora. Varios seres vestidos con monos grises y escafandras bajaron de la nave, capturaron al agricultor cuando escapaba a la carrera y lo metieron por la fuerza en la nave.
La mujer más hermosa
Los visitantes, de alrededor de metro y medio de altura, llevaron al hombre a una pequeña estancia circular de unos 2 metros de diámetro y algo menos de altura, desde la que luego lo condujeron a otra en la que sólo había un diván. Le desnudaron, le extrajeron sangre de la barbilla y le lavaron con una esponja húmeda antes de dejarle solo durante unos veinte minutos. Tras el preámbulo, y después de que la habitación fuera inundada con gas, entró en ella una mujer desnuda, de ojos azules rasgados. Era rubia, aunque pelirroja en el pubis y las axilas. Tenía, según el hombre, el cuerpo más hermoso que nunca había visto.
"La mujer se acercó a mí en silencio... y de pronto se apretó contra mí y empezó a frotar su cabeza contra la mía. Al mismo tiempo, noté su cuerpo pegado al mío como una ventosa... y me sentí incontrolablemente excitado, como nunca lo había estado en mi vida... Terminamos sobre el diván, donde nos acostamos por primera vez. Fue un acto sexual normal y ella reaccionaba como lo hubiera hecho cualquier mujer. Después nos acariciamos un poco mutuamente y volvimos a hacerlo, pero ahora había empezado a mostrarse más esquiva, deseosa de acabar pronto", recordaría el joven.
Tras el doble coito, la mujer abandonó la habitación, no sin antes señalar su vientre y luego al cielo. Los ufólogos interpretaron después ese gesto como una alusión a que la visitante que tendría en su planeta al hijo producto de aquella noche de sexo. Villas Boas contó días más tarde lo ocurrido a un periodista de la revista O Cruzeiro que escribía sobre platillos volantes y se convirtió así en el primer ser humano en confesar sus relaciones sexuales con un extraterrestre, algo de lo que no se retractó ni siquiera cuando a finales de los años 70 era ya un respetable abogado y feliz padre de familia.
Violadas en platillos
Del hijo alienígena del agricultor de Minas Gerais nunca más se ha sabido, como tampoco del que gestó la australiana Marlene Travers. "Créame o no, ¡fui retenida cautiva en un platillo volante, violada y fecundada por un hombre del espacio exterior!", declaró la mujer a The New York Chronicle el 21 de noviembre de 1966. La joven, de 24 años, decía haber sido llevada a bordo de un ovni y forzada por "un hombre alto y apuesto vestido con una especie de guerrera verde metálica, no rígida". El embarazo fue confirmado después por un médico, aunque del niño se perdió el rastro. Es lógico porque hoy en día algunos expertos en platillos volantes sospechan que este caso fue una invención periodística, aunque otros nunca han descartado que puedan haberse producido casos similares.
Antonio Ribera, el padre de la ufología española, creía que la historia de Shane Kurz, joven de 26 años que decía haber sido violada por un extraterrestre el 2 de mayo de 1968 en Westmoreland (Nueva York), tenía "todos los visos de ser cierta". Dudaba, sin embargo, de la autenticidad del vis-à-vis de Elizabeth Klarer, una sudafricana que aseguraba haber tenido en 1957 un hijo con Akon, vecino de un planeta del sistema de Alfa Centauri. En todos estos casos, incluido el de Villas Boas, los terrícolas nunca se hacen con una prueba de su excepcional encuentro, ni denuncian los hechos a las autoridades y se someten a un reconocimiento médico inmediato.
Los visitantes se arriesgan, por su parte, a contraer o propagar una enfermedad sexual por no recurrir a la fecundación in vitro para su programa de hibridación. Esa técnica y otras sólo las empiezan a usar en los años 80, y no todos. Quizá sea porque, como ironiza el estudioso escéptico Luis R. González, "algunas razas alienígenas parecen disfrutar con el procedimiento clásico y resultan ser amantes mejores que los humanos". O eso o están tan atrasadas como nosotros hace unas décadas a pesar de sus portentosas naves. Los frutos de esas relaciones interespecies se van a veces con su progenitor alienígena al espacio; otras, se quedan aquí. Pero nunca vuelve a saberse de ellos. Como se pregunta Carl Sagan en El mundo y sus demonios (1995): "Se habla de números ingentes de casos de este tipo. ¿No es raro que no se haya visto nunca nada anómalo en las ecografías habituales de estos fetos, o en la amniocentesis, y que nunca haya habido un aborto que fuera un híbrido extraterrestre? ¿O es que los médicos son tan idiotas que echan una ojeada al feto, ven que es medio humano y medio extraterrestre y pasan al siguiente paciente?". Tampoco se ha detectado un aumento significativo de niños con antenas o tres ojos en las guarderías durante el último medio siglo.
El libro
Las abducciones ¡vaya timo! (2008): Luis R. González recorre la historia de los secuestros por extraterrestres, que considera vinculados al folclore y a la psicología, y no a alienígenas.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
17 Ago 2008
"Fue a las 12.30 horas del jueves, 20 de noviembre de 1952, cuando establecí contacto en persona con un hombre de otro mundo. Había venido a la Tierra en una nave espacial, un platillo volante", explica Adamski en su libro Flying saucers have landed (Los platillos volantes han aterrizado, 1953). Había ido al desierto con otras seis personas, ansiosas todas de encontrarse con los extraterrestres. El grupo vio "una gigantesca nave plateada con forma de puro, sin alas ni apéndices de ningún tipo". Se movía en silencio y, cuando salió de ella un disco volante, el elegido se separó de sus acompañantes con la esperanza de hablar con la tripulación de la pequeña nave e incluso hacer un viaje en ella.
En son de paz
El platillo que aterrizó en el desierto estaba pilotado por Orthon, un venusiano rubio y de excelente facha que impresionó al hombre. "Me sentía como un niño en presencia de alguien poseedor de una gran sabiduría y mucho amor". Mediante gestos y telepatía, el visitante, que venía en son de paz, le informó de la creciente preocupación en el vecindario cósmico por la radiación producida por nuestras pruebas nucleares. Adamski quiso hacerle una foto; pero Orthon se negó a ello, aunque le dejó fotografiar el disco volante. Por desgracia, a pesar de llevar encima dos cámaras de fotos y durar la conversación una hora, todas las pruebas de la histórica entrevista se reducen a una imagen borrosa en la cual, tras una colina, asoma una mancha: parte de "la pequeña nave de Venus".
El encuentro con Orthon fue sólo el primero de los que mantuvo Adamski con seres de otros planetas. Con el tiempo, el hombre hizo realidad sus sueños y viajó por el espacio a bordo de platillos volantes. En la cara oculta de la Luna, vio ríos y florecientes ciudades pobladas por paisanos de Orthon, además de por marcianos y saturnianos. El Sistema Solar en pleno estaba preocupado por el futuro de la Humanidad y, consciente de la trascendencia de su misión, Adamski se dedicó a partir de entonces a escribir libros sobre sus experiencias y viajar por el mundo dando conferencias y concediendo entrevistas. Hizo una gira por Nueva Zelanda, tuvo una audiencia privada con la reina Juliana de Holanda y decía haber mantenido otra con Juan XXIII.
Adamski murió de un ataque cardiaco en 1965. Desde entonces, las sondas automáticas han fotografiado al detalle la cara oculta de la Luna sin ver nada de lo dicho por el contactado. Tampoco han encontrado rastro de civilización alguna en Venus, Marte y Saturno, ni en ningún otro lugar del Sistema Solar. "Era hombre de exiguos logros académicos, pero compensaba tal deficiencia con una excelente imaginación, una agradable personalidad y una provisión aparentemente inagotable de desfachatez", escribió el periodista Frank Edwards en su libro Platillos volantes... aquí y ahora (1967).
Viajando en aspiradora
Al profesor Adamski -como firmaba sus cartas- hay que reconocerle el mérito de haber sido el primero en aprovecharse de los extraterrestres para escapar de una vida gris. En su caso, un puesto de la carretera del observatorio de monte Palomar donde preparaba hamburguesas. Había intentado sin éxito dejar los fogones en 1949, con una novela de ciencia ficción titulada Pioneers of space. An imaginary trip to the Moon, Venus and Mars (Pioneros del espacio. Un viaje imaginario a la Luna, Venus y Marte), pero el fracaso se convirtió en oportunidad y Adamski el contactado nació cuando una escritora le animó a presentar la ficción como si fuera una experiencia real e ilustrarla con fotos de platillos volantes.
Los dos libros posteriores en los que contó sus aventuras fueron sendos éxitos y convencieron a miles de personas de las visitas de seres de otros mundos. Pero algunos fueron más allá. Frank Edwards identificó, por ejemplo, el modelo al que correspondía el platillo en el que Adamski había hecho su primer viaje a Venus. "Tras ocho años de pacientes investigaciones -recordaba en 1967-, llegué, finalmente, a la conclusión de que su nave espacial era en realidad el extremo superior de una aspiradora fabricada en 1937. Y dudo que se pueda viajar a través del espacio montado en una aspiradora". Además, aunque la entrevista con Juliana de Holanda sí se produjo -y le costó a la reina sus críticas-, la de Juan XXIII es tan histórica como la de Orthon.
Cuentan sus seguidores que la audiencia de Adamski con el Pontífice se celebró el 31 de mayo de 1963. Aquel día, el contactado visitaba el Vaticano con dos admiradoras cuando se separó de ellas para volver una hora después. Al regresar, les dijo que había estado con el Papa y les enseñó como prueba una medalla con la efigie de Juan XXIII, como las que podían comprarse en los alrededores de la basílica de San Pedro. Las mujeres creyeron que un Papa agonizante -murió tres días después- no tenía nada mejor que hacer que charlar con un vendedor de hamburguesas que decía viajar a otros planetas y a quien, además, el venusiano Orthon no había contado nada nuevo en 1952 en el desierto de California: un año antes, otro extraterrestre bien parecido, Klaatu, había descendido con su platillo volante en Washington en la película Ultimátum a la Tierra para convencer a las grandes potencias de que dejaran de hacer pruebas nucleares.
El libro
The gods have landed (1995): James R. Lewis coordina una obra cuyos autores examinan las características religiosas de la ufología, considerada por muchos expertos académicos una creencia religiosa de la era espacial.
16 Ago 2008
El ufólogo navarro sostiene que hace 39 años "el mundo, una vez más, fue engañado", que nos ocultaron el hallazgo de ruinas alienígenas en el satélite terrestre. A él se lo contó "un alto militar norteamericano", ya fallecido, cuya identidad nunca ha revelado y que consiguió hacerse con una copia de la película rodada en el Mar de la Tranquilidad, la que muchos creen todavía que se vio en TVE hace cuatro años. Un documento único porque los vestigios extraterrestres ya no existen: Washington los destruyó con bombas atómicas. Pero el militar desconocido no es el único que afirma que los astronautas encontraron construcciones en la Luna.
Un espía inexistente
Quien primero habló a Benítez de las ruinas lunares fue Carlos Paz Wells, un peruano que en los años 70 decía estar en contacto con seres de otros mundos. "Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación (una unión planetaria al estilo de Star Trek). Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano", afirmaba Paz en Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), la obra de Benítez dedicada a las andanzas del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI).
Otra fuente, terrestre, confirmó poco después a Benítez la pasada presencia alienígena en la Luna. En 1979 llegó a las librerías españolas la obra Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O'Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido afincado en nuestro país. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, entonces un joven de veintiún años. "Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas... De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera".
Esteban salpicó su relato del espía arrepentido de accidentes de ovnis y asesinatos. Varios ufólogos contactaron con él creyendo que hablaban con un ex agente de la CIA, y el joven les siguió el juego. Algunas de sus historias acabaron publicadas en periódicos, revistas esotéricas y libros de platillos volantes como hechos reales. Revelaba en su libro, entre otras cosas, que, tras descubrirse "cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna", EE UU las había destruido con bombas atómicas. "Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates", recuerda el autor de Bases de ovnis en la Tierra.
De Guipúzcoa a la Luna
Como en toda conspiración que se precie, en ésta también hay de por medio un presunto empleado de la NASA. Se llamaba Alan Davis y murió en Sevilla hace unos años. Decía ser ingeniero de telecomunicaciones y que, en la noche de la llegada del hombre a la Luna, había visto en la estación de la NASA de isla de Antigua unas imágenes que ocultó al resto del mundo. Según varios ufólogos, era el encargado en la base caribeña de cortar la señal de televisión si sucedía algo inconveniente, y es lo que hizo cuando los astronautas del Apollo 11 se dieron de bruces con los edificios extraterrestres. "Es mentira. Nadie podía cortar la señal. Todo eso de las ruinas en la Luna no son nada más que tonterías", sentencia Luis Ruiz de Gopegui, director de la Estación de Seguimiento de Fresnedillas de la NASA en tiempos del proyecto Apollo.
La instalación madrileña era una de las tres estaciones claves en las comunicaciones con los astronautas, junto con las de California (EE UU) y Canberra (Australia). "En el momento del alunizaje, correspondió a Fresnedillas estar en contacto con la nave. Cuando Armstrong y Aldrin abandonaron el módulo lunar, era California", indica Ruiz de Gopegui. Los conspiranoicos argumentan que la NASA ocultó -¿para qué?- la existencia de los edificios y que hay que creer a Alan Davis. "¿Por qué se va a dudar de una persona que tiene esa valentía?", dice uno de sus amigos. Por una razón muy simple, porque ni él ni nadie ha presentado nunca una sola prueba que respalde sus extraordinarias afirmaciones, equiparables a las de quienes sostienen que ningún avión se estrelló contra el Pentágono el 11-S.
Y es que la película que mostró Benítez en la penúltima entrega de la serie Planeta encantado no es una documento grabado en la Luna, a pesar de que apareciera sobreimpresionada la leyenda Imágenes inéditas. La filmación es una recreación, un encargo del ufólogo a Dibulitoon Studio, una firma de animación radicada en Irún. Los astronautas que recorrían edificios en la Luna eran guipuzcoanos. Ésa es la verdad, la única y pública verdad.
El libro
Bad astronomy (2002): El astrónomo Phil Plait habla sobre algunas falsas ideas populares vinculadas con las astronomía y la astronáutica. Es una obra viva que se actualiza en su blog.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
14 Ago 2008
Los conocimientos astronómicos de los dogones asombraron en la primera mitad del siglo pasado a los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen. El primero había establecido contacto con la tribu en 1931, y los dos publicaron en 1950, en el Journal de la Société des Africanistes, un artículo en el cual sostenían que los mitos dogones de la creación del mundo giraban alrededor de Sirio y de su estrella compañera. No aventuraban cómo podía haber llegado una cultura precientífica, sin telescopio, a conocer esa estrella; pero el enigma estaba ahí: ¿cómo sabían los dogones que Sirio tiene una pareja?
Superhombres
Griaule y Dieterlen explicaban que, vinculada al periodo orbital de Sirio B, los dogones celebran la ceremonia Sigui, "cuyo propósito es la renovación del mundo". A partir de sus hallazgos, Robert K.G. Temple propuso en 1976, en El misterio de Sirio, que hombres-peces procedentes de ese sistema estelar no sólo habían trasmitido a los dogones sus conocimientos astronómicos, sino que además habían fundado su civilización. Para el escritor estadounidense, los visitantes "se parecerían un poco a las sirenas y los tritones, y podrían asemejarse, de alguna manera, a nuestros inteligentes amigos los delfines". La idea fue acogida con júbilo por Erich von Däniken y otros, y todavía hoy es defendida por ufólogos como Juan José Benítez, para quien hace mil años los extraterrestres seleccionaron a los dogones más capacitados, los secuestraron y los adiestraron "como superhombres, como hombres santos".
La tribu africana sabía, según Griaule y Dieterlen, que Sirio tiene una compañera y también que esa estrella invisible es muy densa y completa una órbita alrededor de su hermana cada 50 años. La astronomía ha confirmado ambos extremos. Sirio B fue, de hecho, la primera enana blanca identificada como tal. Una enana blanca es una estrella tan densa que un centímetro cúbico de su materia pesa una tonelada. "A primera vista, la leyenda de Sirio elaborada por los dogones parece ser la prueba más seria en favor de un antiguo contacto con alguna civilización extraterrestre avanzada", escribió Carl Sagan en su libro El cerebro de Broca (1974).
Suelen citar esta frase quienes abogan por un origen alienígena de la cosmogonía dogon, olvidando que va seguida de una puntualización que hace que cambie de significado: "No obstante -continúa el astrofísico-, si examinamos con más atención el tema, no debemos pasar por alto que la tradición astronómica de los dogones es puramente oral, que con absoluta certeza no podemos remontarla más allá de los años 30 y que sus diagramas no son otra cosa que dibujos trazados con un palo en la arena". La clave es que no hay constancia de la cosmogonía siriaca de los dogones con anterioridad al artículo de Griaule y Dieterlen en 1950.
Antropología chapucera
A principios del siglo pasado, Sirio B era ya una vieja conocida de los astrónomos. Su existencia había sido propuesta en 1844 por el alemán Friedrich Bessel. Creía que los bamboleos que sufría Sirio en su movimiento se debían a la presencia de una estrella compañera y calculó que el dúo tardaba unos 50 años en completar una órbita alrededor de su centro de masas. Dieciocho años después, el astro invisible fue visto por el estadounidense Alvan G. Clark mientras probaba un nuevo telescopio. Quedaba claro que Sirio era un sistema binario, compuesto por dos estrellas. Y también parece claro ahora que los dogones no sabían nada de Sirio B hasta la llegada de los antropólogos franceses.
Los visionarios más entusiastas suelen olvidar que la cosmogonía de esta tribu africana está llena de errores. Los dogones creen, según Griaule y Dieterlen, que Sirio B es la estrella más pequeña y pesada del Universo, algo que era cierto en los años 30 del siglo pasado; pero no ahora. Desde entonces se han descubierto centenares de enanas blancas más pesadas y las estrellas de neutrones, objetos todavía más densos. En el Universo de los dogones, Júpiter tiene cuatro satélites y Saturno, con sus anillos, es el planeta más lejano; pero el primero tiene más de 60 lunas y el segundo no es el planeta más lejano: más allá están Urano y Neptuno.
Resulta poco creíble atribuir todos esos errores y omisiones a unos avanzados visitantes interplanetarios cuando hay a mano una explicación más lógica: que la historia de Sirio B y los dogones es un ejemplo de contaminación cultural, de transmisión por parte de los investigadores de conocimientos que los investigados acaban incorporando a su acervo como propios. El antropólogo Walter Van Beek descubrió hace casi veinte años, cuando habló con los informantes dogones de Griaule, que el conocimiento que tenían de la estrella compañera de Sirio se lo había transmitido el antropólogo francés, quien era aficionado a la astrononomía. "Todos los interrogados coincidían en que todo lo que sabían de la estrella procedía de Griaule", concluyó Van Beek. Y el resultado de una investigación antropológica chapucera se convirtió con los años en la mejor prueba de visitas alienígenas en el pasado.
El libro
El cerebro de Broca (1974): Carl Sagan no sólo fue un gran divulgador científico, sino también un desenmascarador de falsos enigmas. Este libro tiene una sección dedicada a ellos y un capítulo dedicado al misterio de Sirio.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
10 Ago 2008
Marte nos obsesiona desde que en el siglo XIX el astrónomo aficionado Percival Lowell lo cartografió desde el observatorio de Flagstaff (Arizona), que fundó en 1894. Miembro de una acaudalada familia estadounidense, se había sentido atraído por el planeta rojo tras saber de la existencia de las líneas descubiertas en su superficie por Giovanni Schiaparelli en 1877. El científico italiano había visto lo que consideraba vías de agua naturales. Lowell las convirtió en un producto del ingenio marciano: después de quince años de observaciones, concluyó que eran canales artificiales, una obra de ingeniería a escala planetaria para luchar contra la desertización.
El Marte decimonónico estaba sediento. Agonizaba, y una red de acequias que transportaba el agua almacenada en los polos hasta las regiones ecuatoriales era la solución a la que habían recurrido sus habitantes para sobrevivir. Lowell popularizó la idea en tres libros: Mars (1895), Mars and its canals (1906) y Mars as the abode life (1908). Escribía artículos, daba conferencias... "Era el Carl Sagan de su tiempo", dice Robert Mills, director del Observatorio Lowell. La crítica situación que vivían los habitantes de Marte caló hasta el punto de que protagonizaron la primera invasión extraterrestre, la de La guerra de los mundos (1898) de Herbert George Wells.
El ataque
Los marcianos siguieron siendo una amenaza mucho tiempo después de la publicación de la novela de Wells. El 31 de octubre de 1938, sus ansias de conquista les llevaron hasta la primera página de The New York Times. La noche anterior, un joven Orson Welles había escenificado La guerra de los mundos para la CBS en una sesión de radioteatro con formato de docudrama: científicos, políticos, periodistas y gente de la calle vivían en directo el ataque por parte de "espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus a los de las bestias de alma perecedera; inteligencias vastas, frías e implacables". Miles de personas tomaron la ficción por una invasión marciana, especialmente en Nueva Jersey y Nueva York, y hasta creyeron oír los disparos y ver las llamas del campo de batalla.
Aún no habían aparecido en los cielos los primeros platillos volantes -lo hicieron en junio de 1947-, pero la opinión pública estadounidense ya consideraba posible la llegada de seres de otros mundos. Después de ver los restos de Hiroshima tras la primera bomba atómica, el escritor soviético de ciencia ficción Alexander Kazantsev planteó en 1946, en un cuento, que el objeto que había explotado en Tunguska en 1908, y arrasado 2.150 kilómetros cuadrados de bosque, no había sido ni un cometa ni un asteroide, sino una nave espacial accidentada. Los visitantes procedían del planeta rojo de Lowell y habían venido a recoger agua del lago Baikal para paliar la sed de sus congéneres.
Los canales y la visión de Marte como hogar de una civilización agonizante fueron destruidos por las primeras sondas espaciales que sobrevolaron el planeta. La Mariner 4 envió a la Tierra en 1965 veintiún fotos de un mundo desértico, muerto. Las conducciones de agua habían sido una creación del cerebro humano, como los animales en las nubes. Cuando nuestros emisarios mecánicos llegaron al planeta rojo, se fueron al garete también las ensoñaciones de los ufólogos que -como los españoles Eduardo Buelta, Manuel Pedrajo, Óscar Rey Brea y Antonio Ribera- habían situado en Marte el origen de los platillos volantes. Pero pronto volvió a rodear el planeta un halo de misterio.
Giza en los cielos
El orbitador de una de las sondas Viking -los primeros ingenios humanos que pisaron la roja arena marciana- fotografió en julio de 1976 unas extrañas formaciones en la región de Cydonia: parecían una cara que miraba al cielo, unas pirámides y otras construcciones. Robert Bauval y Graham Hancock, herederos intelectuales de Erich von Däniken, propusieron en 1998 que se trataba del equivalente alienígena a las edificaciones de la meseta de Giza (Egipto). "Cuanto más detenidamente se examina, más evidente resulta que realmente podría tratarse de un conjunto de enormes monumentos en ruinas sobre la superficie de Marte".
La foto, tomada desde 1.873 kilómetros de altura, fue durante un cuarto de siglo esgrimida por algunos ufólogos como la prueba de que la NASA ocultaba la existencia de vida inteligente extraterrestre. Los científicos decían, sin embargo, que se trataba de meros accidentes orográficos. "Esas figuras merecen mayor atención con mayor resolución. Seguramente, unas fotos mucho más detalladas de la cara resolverán dudas acerca de la simetría y ayudarán a esclarecer el debate entre geología y escultura monumental", auguró Carl Sagan en El mundo y sus demonios (1995). Esas imágenes las consiguió en 2001 la Mars Global Surveyor y dejaron a Marte sin cara y sin pirámides. Había pasado lo mismo que con los canales, pero con una diferencia.
"Mientras que quienes vieron los canales eran generalmente astrónomos profesionales, los que vieron la cara eran vividores, oportunistas que querían hacer dinero con la credulidad de la gente. La cara y las pirámides de Marte son inventos. En realidad, son restos de una superficie plana que se erosionó, que quedaron ahí con formas diversas y en los que, según la iluminación, uno puede ver cualquier cosa", explica el planetólogo español Francisco Anguita. Hay, no obstante, quienes persisten en su deseo de ver lo que no hay. Richard Hoagland, un escritor que consideraba Cydonia un gran complejo arquitectónico, ve ahora animales, columnas, grabados y máscaras en imágenes tomadas por la Mars Pathfinder en 1997. Y, en enero, otros expertos encontraron una sirenita sentada en una roca en una panorámica del todoterreno Spirit, prueba indiscutible de que en Marte hubo en un pasado mares. ¿O no?
El libro
Historia de Marte. Mito, exploración, futuro (1998): Diez años después de su publicación, este libro del planetólogo español Francisco Anguita sigue siendo la mejor obra de divulgación publicada en nuestro país sobre el planeta rojo. Indispensable.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
07 Ago 2008
14 Jul 2008
10 Jul 2008
01 Jul 2008
30 Jun 2008
Segundos antes, a cientos de kilómetros del epicentro, algunas personas habían presenciado la llegada de una bola de fuego desde el Sureste. "Vi un objeto llameante alargado volando a través del cielo. La parte frontal era mucho más ancha que la cola y su color era como de fuego a la luz del día. Su tamaño era varias veces mayor que el del Sol, pero su brillo mucho más débil, de modo que se podía mirar sin cubrirse los ojos. Detrás de las llamas había una estela como de polvo. Iba envuelto en pequeñas humaredas dispersas y las llamas iban dejando detrás otras llamitas azules. Cuando desapareció la llama, se oyeron estallidos más fuertes que el disparo de una escopeta, podía sentirse temblar el suelo, y saltaron los vidrios de las ventanas de la cabaña", recordaba un testigo veinte años después. "El viento era tan fuerte que arrancaba la tierra del suelo", rememoraba otro.
La explosión fue detectada por estaciones sísmicas de Europa y Asia: se calcula que el terremoto alcanzó los 5 grados en la escala de Richter. Durante los siguientes días, la gente pudo leer el periódico en plena calle en Londres a medianoche, gracias al polvo en suspensión, que redujo la transparencia de la atmósfera durante meses, según el Observatorio Smithsoniano de Astrofísica y el de Monte Wilson. No hay constancia de víctimas humanas; pero, si el objeto de Tunguska hubiera chocado contra la Tierra cuatro horas más tarde, su blanco habría sido San Petersburgo.
La búsqueda del cráter
Lo aislado del lugar y unos tiempos turbulentos, marcados por la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, hicieron que la primera expedición científica no llegara a la región hasta 1927. La dirigió el geólogo Leonid Kulik y la financió la Academia de Ciencias de la recién nacida Unión Soviética. Kulik esperaba descubrir restos del meteorito y el inmenso cráter abierto por éste al chocar contra la Tierra. No fue así. En vez de un agujero, se encontró una zona de 50 kilómetros de diámetro de árboles abrasados y derribados radialmente, con sus raíces apuntando en la misma dirección, hacia el lugar de la explosión.
El geólogo buscó durante más de una década un cráter que nunca apareció –ni siquiera en una serie de fotografías aéreas tomadas en 1938– y que los científicos periguen todavía hoy en día. Un grupo de investigadores del Instituto de Ciencia Marina italiano anunció hace un año en la revista de geología Terra Nova, que el lago Cheko –distante 8 kilómetros del epicentro de la explosión– llena el cráter abierto por el objeto de 1908; pero existen fuertes discrepancias dentro de la comunidad científica. La existencia o no de un cráter es clave para resolver el enigma de Tunguska: si lo que tumbó 80 millones de árboles en Siberia Central hace cien años fue un fragmento de un cometa, y no un asteroide, la explosión pudo haberse registrado en el aire y no habría, por tanto, cráter alguno. También hay otras teorías más exóticas.
Un escritor soviético de ciencia ficción, Alexander Kazantsev, publicó en 1946 un cuento en el cual se achacaba el incidente a la explosión del reactor nuclear de una nave marciana. La idea fue retomada años después por autores pseudocientíficos como Jacques Bergier y Erich von Däniken, quienes la presentaron en Occidente como formulada por un prestigioso científico del otro lado del Telón de Acero, no por un autor de ciencia ficción. El físico estadounidense Vladimir Rojansky propuso en 1940 que el objeto de Tunguska pudo ser un trozo de antimateria y, en 1973, los también físicos Albert Jackson y Michael Ryan argumentaron que pudo tratarse de un pequeño agujero negro que atravesó la Tierra. La teoría de la antimateria no casa con los restos encontrados y, respecto a la del agujero negro, no hay constancia de un suceso equiparable en las antípodas de Tunguska, por donde tendría que haber salido,
Amenaza real
Fuera causada por un asteroide o un cometa –el debate científico continúa cien años después–, los efectos de la explosión de Tunguska demuestran que el peligro está ahí fuera. En su novela Cita con Rama (1973), el recientemente fallecido Arthur C. Clarke plantea los devastadores efectos de un incidente similar en el norte de Italia, donde mata a cientos de miles de personas. "Tunguska es el arquetipo de lo que puede ser un impacto catastrófico a escala local", apunta Sánchez Lavega.
Simulaciones hechas por ordenador recientemente en los Laboratorios Nacionales Sandia, en EE UU, han apuntado a que la roca que destruyó una superficie de bosque siberiano equivalente a Guipúzcoa pudo medir sólo 20 metros de diámetro, frente a los más de 30 que se calculaban antes. Y esto no es bueno: se calcula que un destructor total, un objeto como el que mató a los dinosaurios choca contra la Tierra una vez cada 100 millones de años; uno de 50 metros lo hace una vez cada 1.500 años; y uno de sólo 20 metros lo hace una vez cada 500 años. La reducción de tamaño del objeto de Tunguska aumenta las probabilidades de próximos impactos catastróficos a escala regional como el augurado por Clarke.
Las grandes amenazas, los monstruos de más de un kilómetros de diámetro están mas o menos controlados. "Hoy en día es bastante improbable que llegue uno sin ser detectado", asegura Josep Maria Trigo-Rodríguez, del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), quien destaca la importancia de los programas de búsqueda y seguimiento de Asteroides Cercanos a la Tierra (NEO) –se llaman así los que cruzan la órbita de nuestro planeta– puestos en marcha en los años 90. En la actualidad, hay 742 objetos de más de un kilómetro bajo vigilancia, lo que viene a suponer un 79% del total estimado.
El problema son los más pequeños, los del tamaño del que provocó el suceso de Tunguska, que pueden matar a decenas de millones de personas si caen en una región densamente poblada. De hecho, aunque parezca mentira, la probabilidad de morir en una explosión como la de hace cien años, una entre 6 millones, es mayor que las de hacerlo a causa de un ataque de tiburón, que es una entre 8 millones.
Extinciones masivas a golpe de asteroide
"Los astrónomos deberían dejar a los astrólogos la tarea de buscar las causas de los acontecimientos terrenales en las estrellas", decía el 2 de abril de 1985 The New York Times respecto a una hipótesis que empezaba a ganar terreno en la comunidad científica: que un asteroide había acabado con los dinosaurios hace 65 millones de años. Veintitrés años después, prácticamente nadie duda de la teoría propuesta en 1980 por el físico Luis Álvarez y su hijo Walter, geólogo, y los asteroides y cometas se consideran culpables de varias extinciones masivas.
"Aunque ya antes algunos autores habían vinculado impactos y extinciones, los Álvarez fueron los primeros en presentar pruebas", indica Xabier Orue-Etxebarria, paleontólogo de la UPV. Padre e hijo descubrieron una capa de iridio que, en todo el mundo, aparecía entre las rocas cretácicas, con restos de dinosaurios, y las terciarias, ya sin rastro de esos animales. Como el iridio es un metal muy raro en la Tierra, pero abundante en meteoritos, propusieron que el choque de un asteroide había lanzado a la atmósfera una gran cantidad de ese material que, después, se había precipitado a la superficie y dado lugar a la capa de iridio. Con el paso de los años, se ha descubierto el cráter, en la península de Yucatán.
El hallazgo de los Álvarez lanzó a los geólogos a buscar cráteres de impacto y datarlos por si temporalmente coincidían con algunas otras extinciones. "Hay pruebas de impactos en las cinco grandes extinciones en que murieron más de la mitad de las especies, y también en otras menores en las que desaparecieron entre el 20% y el 30%", dice Orue-Etxebarria. Josep Maria Trigo-Rodríguez cree que Estados Unidos está invirtiendo lo necesario en el control de asteroides, que es una especie de seguro planetario, pero Europa no, y que lo que hace falta es "un esfuerzo común".
Catástrofe en 2077
"A las 9.46 (meridiano Greenwich) de la mañana del 11 de septiembre, en el verano excepcionalmente hermoso del año 2077, la mayor parte de los habitantes de Europa vieron aparecer en el cielo oriental una deslumbrante bola ígnea. En cuestión de segundos se tornó más brillante que el Sol y al desplazarse en el cielo -al principio en completo silencio– iba dejando detrás una ondulante columna de polvo y humo.
En algún punto sobre Austria comenzó a desintegrarse produciendo una serie de explosiones, tan violentas que más de un millón de personas quedaron con los oídos dañados para siempre. Fueron las afortunadas.
Desplazándose a cincuenta kilómetros por segundo, un millón de toneladas de roca y metal cayó sobre las llanuras del norte de Italia y destruyó con una llamarada de segundos la labor de siglos. Las ciudades de Padua y Verona fueron barridas de la faz de la Tierra; y las últimas glorias de Venecia se hundieron para siempre en el mar cuando las aguas del Adriático avanzaron atronadoras hacia tierra después de aquel golpe fulminante venido del cielo.
Seiscientas mil personas murieron, y el daño material se calculó en más de un trillón de dólares."
Arthur C. Clarke (1973): Cita con Rama.
Impacto extraterrestre en Bilbao
La Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao acoge hoy, entre las 18 y 21 horas, la jornada Impactos extraterrestres: Tunguska, 100 años después, organizada por el diario El Correo, Universidad del País Vasco (UPV), el Círculo Escéptico (CE), el Ayuntamiento de Bilbao y el Center for Inquiry.
Josep Maria Trigo-Rodríguez, astrofísico del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), hablará sobre el peligro de cometas y asteroides (18.00). Xabier Orue-Etxebarria, paleontólogo de la UPV, disertará acerca de los impactos de cuerpos espaciales y las extinciones masivas (18.45), la más conocida de las cuales es la de los dinosaurios hace 65 millones de años. Y Agustín Sánchez Lavega, catedrático de Física y director del Grupo de Ciencias Planetarias de la UPV, centrará su intervención en lo que se sabe e ignora todavía del suceso de Tunguska y qué puede hacerse ante este tipo de amenazas (19.45). El acto se cerrará con una mesa redonda (20.30).
Publicado originalmente en el diario El Correo.
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Luis Alfonso Gámez
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