28 May 2009
05 Ago 2008
Los extraterrestres sufrieron su primer accidente en la Tierra en un paraje deshabitado de Siberia Central el 30 de junio de 1908. Conocido como el evento de Tunguska porque ocurrió cerca del río de ese nombre, se achacó en principio al choque de un asteroide o un cometa. El ingeniero soviético Alexander Kazantsev propuso, sin embargo, en 1946 que había sido la explosión del reactor nuclear de una nave de otro mundo la que había arrasado 2.150 kilómetros cuadrados de bosque, tumbado 80 millones de árboles, provocado un terremoto de grado 5 en la escala de Richter y hecho las noches siguientes tan brillantes que podía leerse el periódico en las calles de Londres sin iluminación artificial.
"Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteorito o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado", escribió Kazantsev hace más de sesenta años.
Ecos de Hiroshima
La atribución del desastre de Siberia a una nave alienígena en 1946, un año antes de la visión de los primeros platillos volantes, no fue casual. Como recuerda el ingeniero espacial James Oberg en su libro Ufos & outer space mysteries (1982), Kazantsev había visitado las ruinas de Hiroshima tras la bomba atómica y le había impresionado su parecido con los efectos de la explosión de Tunguska: si en la ciudad japonesa se mantuvieron en pie algunos árboles cerca del centro de la detonación, en el epicentro de la explosión siberiana, señalado por millones de troncos tumbados radialmente, habían quedado en pie algunos, pelados como postes de telégrafos.
Un astrónomo soviético, Felix Zigel, fue con el tiempo el principal defensor de la teoría de la nave interplanetaria. Y un físico, Alexei Zolotov, dirigió varias expediciones a Tunguska, tras las cuales anunció la detección de rastros anormales de radiactividad. "Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica", escribió Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). La idea de la nave alienígena ha sido abrazada después por Jacques Bergier, Andreas Faber-Kaiser, Juan José Benítez y muchos otros. Recientemente, en su libro El enigma de Tunguska (2006), el autor esotérico argentino Antonio Las Heras ha ido más allá: lo que explotó en Siberia no fue una nave, sino una bomba lanzada por extraterrestres que han elegido la Tierra como campo de pruebas nucleares con fines científicos.
Sea por mala memoria, por hablar de oídas o por otra razón, los partidarios de la teoría de Kazantsev suelen olvidarse de que no la propuso en una revista científica, ni siquiera en un libro de divulgación. El autor soviético era escritor de ciencia ficción y la idea del Roswell siberiano es el eje argumental de su cuento ‘Un visitante del espacio’, publicado en 1946. Däniken y compañía tampoco recuerdan que la nave accidentada proviene de Marte y estalla cuando está aprovisionándose de agua en el lago Baikal para transportarla al sediento planeta rojo; ni que los canales que hace poco más de cien años creyó ver Percival Lowell -y que al final resultaron ser una ilusión óptica- son en el relato "una vasta obra de irrigación"; ni que los marcianos gozan de un "sistema social perfecto" basado en "una economía planificada a escala total del planeta", consecuencia, sin duda, de una oportuna revolución socialista.
Otra dimensión
Los seguidores de la idea de la nave estrellada en Siberia citan todavía a Kazantsev como una autoridad de la ciencia soviética, como alguien que se adelantó a su tiempo. Sin embargo, cuando después de publicar su cuento expuso su idea ante la comunidad científica de la URSS, nadie le tomó en serio. Kazantsev se convirtió con los años en un defensor de las visitas extraterrestres en la Antigüedad: veía, por ejemplo, un astronauta en la losa de la tumba del rey maya Pakal, en Palenque (México). Y acabó renegando del origen marciano del objeto de Tunguska: "Ahora pienso que (los ovnis) vienen de otras dimensiones, incluido el que cayó en Tunguska", declaró a la revista Más Allá en 2002, poco antes de su muerte. Añadía que "existen hasta once dimensiones y tres mundos paralelos", y que de uno de los últimos vienen los Bigfoots y los Yetis "a buscar alimentos que allí les faltan". ¿Las pruebas? Las mismas que en el caso de la nave espacial.
Las Heras sostiene en su libro que "la ciencia oficial rusa" ha acabado confirmando que "solamente una explosión atómica debida a presencias inteligentes extraterrestres puede servir como explicación para esta catástrofe". La realidad, no obstante, es que el consenso científico no va por ese camino, y ni siquiera Zigel y Zolotov son investigadores que merezcan crédito alguno: el primero es el padre de la ufología soviética; el segundo ha anunciado el hallazgo de radiactividad en Tunguska tantas veces como las que ha acabado retractándose.
La explosión de Siberia es un enigma no porque hubiera alienígenas de por medio -que no los hubo-, sino porque cien años después se ignora todavía qué la provocó, si un asteroide o un cometa. Los últimos cálculos apuntan a que el culpable fue un objeto de unos 20 metros de diámetro que estalló a entre 5 y 10 kilómetros de altura. La energía liberada fue equiparable a la de 400 bombas como la de Hiroshima y la onda de choque arrasó una superficie de bosque equivalente a Guipúzcoa. Por fortuna, el objeto de Tunguska cayó en una región deshabitada. Puede que la próxima vez no sea así.
El libro
Alguien vino del futuro (1962): Los dos cuentos de ciencia ficción -'Un visitante del espacio' y 'El marciano'- en los cuales se basa la creencia de que en Tunguska se estrelló en 1908 una nave de otro mundo.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
18 Jul 2008
Josep Maria Trigo-Rodríguez, astrofísico del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), habla de El peligro de impacto por asteroides y cometas.
Xabier Orue-Etxebarria
Agustín Sánchez Lavega, director del Grupo de Ciencias Planetarias de la UPV y miembro del CE, habla de Tunguska y otros impactos ¿Qué podemos hacer?
Mesa redonda. Impactos extraterrestres. Tunguska, 100 años después, con los conferenciantes .
10 Jul 2008
04 Jul 2008
30 Jun 2008
Segundos antes, a cientos de kilómetros del epicentro, algunas personas habían presenciado la llegada de una bola de fuego desde el Sureste. "Vi un objeto llameante alargado volando a través del cielo. La parte frontal era mucho más ancha que la cola y su color era como de fuego a la luz del día. Su tamaño era varias veces mayor que el del Sol, pero su brillo mucho más débil, de modo que se podía mirar sin cubrirse los ojos. Detrás de las llamas había una estela como de polvo. Iba envuelto en pequeñas humaredas dispersas y las llamas iban dejando detrás otras llamitas azules. Cuando desapareció la llama, se oyeron estallidos más fuertes que el disparo de una escopeta, podía sentirse temblar el suelo, y saltaron los vidrios de las ventanas de la cabaña", recordaba un testigo veinte años después. "El viento era tan fuerte que arrancaba la tierra del suelo", rememoraba otro.
La explosión fue detectada por estaciones sísmicas de Europa y Asia: se calcula que el terremoto alcanzó los 5 grados en la escala de Richter. Durante los siguientes días, la gente pudo leer el periódico en plena calle en Londres a medianoche, gracias al polvo en suspensión, que redujo la transparencia de la atmósfera durante meses, según el Observatorio Smithsoniano de Astrofísica y el de Monte Wilson. No hay constancia de víctimas humanas; pero, si el objeto de Tunguska hubiera chocado contra la Tierra cuatro horas más tarde, su blanco habría sido San Petersburgo.
La búsqueda del cráter
Lo aislado del lugar y unos tiempos turbulentos, marcados por la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, hicieron que la primera expedición científica no llegara a la región hasta 1927. La dirigió el geólogo Leonid Kulik y la financió la Academia de Ciencias de la recién nacida Unión Soviética. Kulik esperaba descubrir restos del meteorito y el inmenso cráter abierto por éste al chocar contra la Tierra. No fue así. En vez de un agujero, se encontró una zona de 50 kilómetros de diámetro de árboles abrasados y derribados radialmente, con sus raíces apuntando en la misma dirección, hacia el lugar de la explosión.
El geólogo buscó durante más de una década un cráter que nunca apareció –ni siquiera en una serie de fotografías aéreas tomadas en 1938– y que los científicos periguen todavía hoy en día. Un grupo de investigadores del Instituto de Ciencia Marina italiano anunció hace un año en la revista de geología Terra Nova, que el lago Cheko –distante 8 kilómetros del epicentro de la explosión– llena el cráter abierto por el objeto de 1908; pero existen fuertes discrepancias dentro de la comunidad científica. La existencia o no de un cráter es clave para resolver el enigma de Tunguska: si lo que tumbó 80 millones de árboles en Siberia Central hace cien años fue un fragmento de un cometa, y no un asteroide, la explosión pudo haberse registrado en el aire y no habría, por tanto, cráter alguno. También hay otras teorías más exóticas.
Un escritor soviético de ciencia ficción, Alexander Kazantsev, publicó en 1946 un cuento en el cual se achacaba el incidente a la explosión del reactor nuclear de una nave marciana. La idea fue retomada años después por autores pseudocientíficos como Jacques Bergier y Erich von Däniken, quienes la presentaron en Occidente como formulada por un prestigioso científico del otro lado del Telón de Acero, no por un autor de ciencia ficción. El físico estadounidense Vladimir Rojansky propuso en 1940 que el objeto de Tunguska pudo ser un trozo de antimateria y, en 1973, los también físicos Albert Jackson y Michael Ryan argumentaron que pudo tratarse de un pequeño agujero negro que atravesó la Tierra. La teoría de la antimateria no casa con los restos encontrados y, respecto a la del agujero negro, no hay constancia de un suceso equiparable en las antípodas de Tunguska, por donde tendría que haber salido,
Amenaza real
Fuera causada por un asteroide o un cometa –el debate científico continúa cien años después–, los efectos de la explosión de Tunguska demuestran que el peligro está ahí fuera. En su novela Cita con Rama (1973), el recientemente fallecido Arthur C. Clarke plantea los devastadores efectos de un incidente similar en el norte de Italia, donde mata a cientos de miles de personas. "Tunguska es el arquetipo de lo que puede ser un impacto catastrófico a escala local", apunta Sánchez Lavega.
Simulaciones hechas por ordenador recientemente en los Laboratorios Nacionales Sandia, en EE UU, han apuntado a que la roca que destruyó una superficie de bosque siberiano equivalente a Guipúzcoa pudo medir sólo 20 metros de diámetro, frente a los más de 30 que se calculaban antes. Y esto no es bueno: se calcula que un destructor total, un objeto como el que mató a los dinosaurios choca contra la Tierra una vez cada 100 millones de años; uno de 50 metros lo hace una vez cada 1.500 años; y uno de sólo 20 metros lo hace una vez cada 500 años. La reducción de tamaño del objeto de Tunguska aumenta las probabilidades de próximos impactos catastróficos a escala regional como el augurado por Clarke.
Las grandes amenazas, los monstruos de más de un kilómetros de diámetro están mas o menos controlados. "Hoy en día es bastante improbable que llegue uno sin ser detectado", asegura Josep Maria Trigo-Rodríguez, del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), quien destaca la importancia de los programas de búsqueda y seguimiento de Asteroides Cercanos a la Tierra (NEO) –se llaman así los que cruzan la órbita de nuestro planeta– puestos en marcha en los años 90. En la actualidad, hay 742 objetos de más de un kilómetro bajo vigilancia, lo que viene a suponer un 79% del total estimado.
El problema son los más pequeños, los del tamaño del que provocó el suceso de Tunguska, que pueden matar a decenas de millones de personas si caen en una región densamente poblada. De hecho, aunque parezca mentira, la probabilidad de morir en una explosión como la de hace cien años, una entre 6 millones, es mayor que las de hacerlo a causa de un ataque de tiburón, que es una entre 8 millones.
Extinciones masivas a golpe de asteroide
"Los astrónomos deberían dejar a los astrólogos la tarea de buscar las causas de los acontecimientos terrenales en las estrellas", decía el 2 de abril de 1985 The New York Times respecto a una hipótesis que empezaba a ganar terreno en la comunidad científica: que un asteroide había acabado con los dinosaurios hace 65 millones de años. Veintitrés años después, prácticamente nadie duda de la teoría propuesta en 1980 por el físico Luis Álvarez y su hijo Walter, geólogo, y los asteroides y cometas se consideran culpables de varias extinciones masivas.
"Aunque ya antes algunos autores habían vinculado impactos y extinciones, los Álvarez fueron los primeros en presentar pruebas", indica Xabier Orue-Etxebarria, paleontólogo de la UPV. Padre e hijo descubrieron una capa de iridio que, en todo el mundo, aparecía entre las rocas cretácicas, con restos de dinosaurios, y las terciarias, ya sin rastro de esos animales. Como el iridio es un metal muy raro en la Tierra, pero abundante en meteoritos, propusieron que el choque de un asteroide había lanzado a la atmósfera una gran cantidad de ese material que, después, se había precipitado a la superficie y dado lugar a la capa de iridio. Con el paso de los años, se ha descubierto el cráter, en la península de Yucatán.
El hallazgo de los Álvarez lanzó a los geólogos a buscar cráteres de impacto y datarlos por si temporalmente coincidían con algunas otras extinciones. "Hay pruebas de impactos en las cinco grandes extinciones en que murieron más de la mitad de las especies, y también en otras menores en las que desaparecieron entre el 20% y el 30%", dice Orue-Etxebarria. Josep Maria Trigo-Rodríguez cree que Estados Unidos está invirtiendo lo necesario en el control de asteroides, que es una especie de seguro planetario, pero Europa no, y que lo que hace falta es "un esfuerzo común".
Catástrofe en 2077
"A las 9.46 (meridiano Greenwich) de la mañana del 11 de septiembre, en el verano excepcionalmente hermoso del año 2077, la mayor parte de los habitantes de Europa vieron aparecer en el cielo oriental una deslumbrante bola ígnea. En cuestión de segundos se tornó más brillante que el Sol y al desplazarse en el cielo -al principio en completo silencio– iba dejando detrás una ondulante columna de polvo y humo.
En algún punto sobre Austria comenzó a desintegrarse produciendo una serie de explosiones, tan violentas que más de un millón de personas quedaron con los oídos dañados para siempre. Fueron las afortunadas.
Desplazándose a cincuenta kilómetros por segundo, un millón de toneladas de roca y metal cayó sobre las llanuras del norte de Italia y destruyó con una llamarada de segundos la labor de siglos. Las ciudades de Padua y Verona fueron barridas de la faz de la Tierra; y las últimas glorias de Venecia se hundieron para siempre en el mar cuando las aguas del Adriático avanzaron atronadoras hacia tierra después de aquel golpe fulminante venido del cielo.
Seiscientas mil personas murieron, y el daño material se calculó en más de un trillón de dólares."
Arthur C. Clarke (1973): Cita con Rama.
Impacto extraterrestre en Bilbao
La Biblioteca de Bidebarrieta de Bilbao acoge hoy, entre las 18 y 21 horas, la jornada Impactos extraterrestres: Tunguska, 100 años después, organizada por el diario El Correo, Universidad del País Vasco (UPV), el Círculo Escéptico (CE), el Ayuntamiento de Bilbao y el Center for Inquiry.
Josep Maria Trigo-Rodríguez, astrofísico del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), hablará sobre el peligro de cometas y asteroides (18.00). Xabier Orue-Etxebarria, paleontólogo de la UPV, disertará acerca de los impactos de cuerpos espaciales y las extinciones masivas (18.45), la más conocida de las cuales es la de los dinosaurios hace 65 millones de años. Y Agustín Sánchez Lavega, catedrático de Física y director del Grupo de Ciencias Planetarias de la UPV, centrará su intervención en lo que se sabe e ignora todavía del suceso de Tunguska y qué puede hacerse ante este tipo de amenazas (19.45). El acto se cerrará con una mesa redonda (20.30).
Publicado originalmente en el diario El Correo.
25 Jun 2008
18.00 horas: El peligro de impacto por asteroides y cometas, por Josep Maria Trigo-Rodríguez, astrofísico del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC).
18.45 horas: Impactos y extinciones: el fin de los dinosaurios, por Xabier Orue-Etxebarria
19.45 horas: Tunguska y otros impactos ¿Qué podemos hacer?, por Agustín Sánchez Lavega, astrofísico y miembro del CE.
20.30 horas: Mesa redonda: Impactos extraterrestres. Tunguska, 100 años después, con los conferenciantes.
16 Jun 2008
La jornada Impactos extraterrestres: Tunguska, 100 años después cierra el segundo curso de divulgación del pensamiento crítico programado en la capital vizcaína por el CE, asociación nacida hace hoy tres años. Las seis actividades públicas organizadas hasta el momento en Bilbao han contado con más de un millar participantes, siendo especialmente destacable el éxito de las dos celebraciones del Día de Darwin, en las cuales el salón de actos de la Biblioteca de Bidebarrieta -con capacidad para más de 300 personas- se quedó pequeño. Además de otras dos jornadas de charlas enmarcadas en la Semana de la Ciencia en 2006 y 2007, el CE organizó una especial con motivo de los 60 años de platillos volantes y otra dedicada a la polémica de las antenas de telefonía. Casi una ventena de científicos y divulgadores ha intervenido ya en las actividades de promoción del pensamiento crítico celebradas en Bilbao desde noviembre de 2006, gracias al apoyo desinteresado de todas las instituciones participantes, que ya estan preparando los actos del próximo curso.
Pensamiento crítico en la calle
En las primeras jornadas de Misterios, a la luz de la ciencia, Eduardo Angulo, biólogo de la UPV y miembro del CE, nos acercó a la criptozoología en Me pareció haber visto un lindo monstruito. Nessie, el yeti y otros seres enigmáticos; Jon Sáenz, físico de la UPV, expuso algunos métodos populares de predicción meteorológica en ¿Sirven las témporas para predecir el tiempo del próximo invierno?; Agustín Sánchez Lavega examinó las posibilidades de vida en otros mundos en ¿Hay alguien ahí? La búsqueda de extraterrestres; Mauricio-José Schwarz, periodista científico y miembro del CE, denunció los engaños de lo paranormal en Ferraris a 1.000 euros. Las afirmaciones extravagantes y cómo someterlas a prueba; y Félix Goñi, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de lla UPV y director de la Unidad de Biofísica de la UPV y el CSIC, y Juan Ignacio Pérez, rector de la UPV, reflexionaron sobre los riesgos delpensamiento mágico. En la segunda edición de Misterios, a la luz de la ciencia, Carlos J. Álvarez, psicólogo de la Universidad de La Laguna, habló de Algunas creencias erróneas sobre nuestro cerebro; Javier Cavanilles, periodista del diario El Mundo, disertó sobre Las caras de Bélmez: ¿falsa ciencia o mal periodismo?; José Carlos Pérez Cobo, biólogo de la UPV, analizó el Agua depurativa y otros engaños de la nutrición y la cosmética; y Joseba Zubia, físico de la UPV, nos ilustró sobre Ondas electromagnéticas y salud.
En los actos del Día de Darwin de 2007, Enrique Cerdá-Olmedo, genetista de la Universidad de Sevilla, disertó sobre Evolución ciega y 'diseño inteligente'; Antonio Lazcano, biólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, nos llevó hasta El origen de la vida; y Ana Rallo, bióloga de la UPV, habló acerca de la llegada de las ideas evolucionistas a España en Darwin, imported from England. En el Día de Darwin 2008, Ricardo Amils, profesor de Microbiología de la Universidad Autónoma de Madrid e investigador asociado al Centro de Astrobiología, reflexionó sobre la vida más primitiva en ¿Minerales o azúcares? ¿Qué prefirieron los primeros seres vivos?; Eustoquio Molina, catedrático de Paleontología de la Universidad de Zaragoza, dedicó su charla a Creacionismo contra evolución: la estrategia del 'diseño inteligente'; y José Carlos Pérez Cobo, biólogo de la UPV, disertó sobre la evolución del cerebro humano en ¿Somos listos porque comemos almejas? En las mesas redondas de ambas jornadas, intervinieron, además, Eduardo Angulo, Félix Goñi, Juan Ignacio Pérez y Agustín Sánchez Lavega.
Celebramos los 60 años de platillos volantes con conferencias de Eduardo Angulo, quien nos presentó a los extraterrestres de la ciencia ficción en ¡Marciano, ven a casa!; Ricardo Campo, filósofo de la Universidad de La Laguna, y miembro de la Fundación Anomalía y el CE, quien resumió la historia del mito ovni en La invasión que nunca llegó; Fernando L. Frías, abogado y presidente del CE, que provocó carcajadas con La chapuza galáctica: ufología a la española; y el autor de estas líneas, que dio su punto de vista sobre el origen del prototipo de extraterrestre en 40 años de hombrecillos grises. Además, Agustín Sánchez Lavega participó en la mesa redonda. La jornada Antenas y salud: verdades y mentiras contó, por su parte, con las inestimables aportaciones de Félix Goñi y Joseba Zubia.
27 Jun 2007
El suceso de Tunguska aún intriga a los científicos a un año de su centenario. Todavía no se sabe si el objeto que impactó en Siberia el 30 de junio de 1908 fue un asteroide, un pequeño cometa o un fragmento de un cometa. Aquel día, hacia las 7.15 horas, habitantes de la región vieron una bola de fuego, procedente del sureste, que cruzaba el cielo a gran velocidad. Poco después, una gran explosión arrasaba 2.200 kilómetros cuadrados de bosque, el equivalente a Guipúzcoa, en las cercanías del río Podkamenaya Tunguska. La energía liberada fue entre 10 y 15 megatones, unas mil veces la de la bomba de Hiroshima.
La explosión de Tunguska es el mayor impacto de un objeto extraterrestre en época histórica. Tumbó unos 80 millones de árboles, las ondas sísmicas fueron registradas por observatorios de todo el mundo y, durante los dos días siguientes, las noches fueron tan brillantes que en Londres podía leerse el periódico en la calle a medianoche. El primer investigador en llegar a la zona fue el mineralogista Leonid A. Kulik, a finales de los años 20, y no encontró ningún cráter, pero sí el epicentro de la explosión, gracias la distribución radial de los árboles. A raíz de que el escritor Alexandr Kazantsev identificó en dos cuentos de ciencia ficción en 1946 el suceso con un accidente de una nave alienígena, algunos ufólogos abrazaron esa disparatada idea.
Ahora, un grupo de científicos liderado por Luca Gasperini, del Instituto de Ciencia Marina italiano, defiende que el lago Cheko -ovalado y de unos 450 metros de largo- ocupa la herida abierta por el choque a baja velocidad una roca de 10 metros de diámetro. "El proyectil que formó el lago Cheko pudo haber sido un fragmento del objeto que explotó en la atmósfera a entre 5 y 10 kilómetros de altura", dicen. A su favor, esgrimen, además, que no hay pruebas -testimonios ni mapas- de la existencia del lago anteriores a 1928.
El geólogo británico Gareth Collins declaraba ayer a la BBC que las pruebas presentadas por Gasperini y sus colaboradores no son concluyentes y se preguntaba cómo podía haber hoy en día alrededor del lago árboles cuya apariencia apunta a que tienen más de cien años. Collins añadía que los fragmentos desprendidos del objeto habrían sido, en cualquier caso, demasiado pequeños y lentos como para abrir un cráter del tamaño del lago. Los científicos italianos sostienen que su modelo explica cómo pudo formarse el cráter y esperan que una expedición a la zona aporte más pruebas el año que viene.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
13 Ago 2004
La historia de la nave espacial accidentada en Siberia es más antigua que la de Roswell; más antigua que el mito de los platillos volantes. El primero que habla de ella es Alexandr Kazantsev en 1946. Así lo reconoce la mayoría de los autores que después han abrazado la idea del ovni estrellado. "La hipótesis de Kazantsev me parece la más probable de todas las que se han emitido, comprendiendo la mía", dice en Los extraterrestres en la Historia (1970) Jacques Bergier, quien también propone que pudo tratarse de una explosión nuclear debida a experimentos hechos por "los desterrados políticos en Siberia". "Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica", afirma Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). "Una de las hipótesis más convincentes -dadas las especiales circunstancias del suceso-, compartida por un gran número de investigadores y lanzada en 1949 por Alexandr Kazantsev, es que la explosión de 1909 fue efecto de la explosión de una astronave extraterrestre", concluye Andres Faber-Kaiser en ¿Sacerdotes o cosmonautas? (1974). "Las grandes preguntas siguen sin respuesta: ¿se trataba de una nave tripulada? ¿Fue un accidente o un experimento? ¿Y por qué en esa región del planeta?", se pregunta Juan José Benítez en Mis enigmas favoritos (1993). Todos se olvidan de un detalle: Kazantsev era escritor de ciencia ficción y no presentó la teoría en ninguna revista científica, sino que la ideó para dos cuentos.
Los relatos -"Un visitante del espacio" y "El marciano"- se publicaron en español en Argentina en 1978, reunidos en un libro titulado Alguien vino del futuro, prologado por Antonio Las Heras. La nave de la ficción está tripulada por marcianos que, ante la escasez de agua en el planeta rojo, intentan conseguirla en otros mundos. "Al principio, en el momento más apropiado, volaron a Venus, y luego, el 20 de mayo de 1908, vinieron de Venus a la Tierra. Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteoro o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir la velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado, según lo demuestran los precisos cálculos actuales", dice uno de los protagonistas del primero de los relatos. En el segundo, un marciano ha sobrevivido, parece un humano más -"Los seres de la Tierra eran como él, se asemejaban a ese habitante del lejano Marte, lo cual indicaba que la suprema racionalidad de la evolución es estrecha y selecciona para los seres inteligentes una misma forma en todos los lugares del Universo"- y el diario de su estancia en la Tierra ha llegado a uno de los personajes. No encontrarán estos detalles en las obras de los Bergier y compañía, que se olvidan -si es que alguno ha leído los cuentos originales- del origen real de los visitantes de Kazantsev.
Tampoco busquen a ningún científico ruso de prestigio llamado Yuri Lavbin. Este individuo, que ha visitado varias veces el epicentro del fenómeno de Tunguska y está obsesionado con los ovnis, tiene en Krasnoyarsk un pequeño museo donde expone piezas que supuestamente avalan su teoría -que en Siberia se estrelló una nave de otro mundo- y afirma que Chris Carter se basó en sus ideas para los episodios de Expediente X relacionados con la explosión de 1908. "Vamos a intentar encontrar pruebas de que lo que chocó con la Tierra no fue un meteorito, sino una nave espacial extraterrestre", declaró Lavbin a la prensa el 23 de julio, antes de emprender su última expedición. Ahora dice que los alienígenas nos salvaron haciendo explotar "un meteorito enorme que se dirigía hacia nosotros a gran velocidad". ¿Y las pruebas?
Geert Sassen, un historiador holandés especialista en la exploración espacial, indicaba ayer por correo electrónico a un grupo de colegas que los expedicionarios "pueden haber encontrado piezas del quinto vuelo de prueba del Vostok", que despegó del cosmódromo de Baikonur el 22 de diciembre de 1960 y se estrelló poco después por un fallo en la tercera fase. Y citaba al especialista en historia de la astronáutica Asif Siddiqi, quien -en el libro Challenge to Apollo: the Soviet Union and the space race, 1945-1974- explica que "la carga aterrizó a unos 3.500 kilómetros del lugar del lanzamiento en una de las regiones más remotas e inaccesibles de Siberia, en la región del río Podkamennaya Tunguska, cerca del punto de impacto del famoso meteorito de Tunguska". Sassen recordaba, además, que la región se encuentra en la trayectoria de la mayoría de las naves que despegan de Baikonur, por lo que se puede esperar "que esté plagada de fragmentos de cohetes". Así que es posible que, si se trata de algún tipo de artefacto, lo que Lavbin haya recuperado sea parte de una nave espacial, pero humana.
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Misterios a la luz de la ciencia Universidad del País Vasco |
Sobre este blog
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Luis Alfonso Gámez
Luis Alfonso Gámez es periodista de EL CORREO, donde ha cubierto la información de ciencia durante ocho años. Fundador del Círculo Escéptico, es consultor del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario.
Para contactar con el autor:
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