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16 Jul 2006

Autorretrato de Leonardo da Vinci.

Galileo Galilei (1564-1642) es "el santo patrón (¡pobre hombre!) de todos los chiflados autocompasivos", dejó escrito Isaac Asimov en 1977 en su corolario. El padre de la astronomía es un fetiche para los vendedores de misterios, quienes argumentan que, como ellos, Galileo también fue un incomprendido por decir aquello de que la Tierra gira alrededor del Sol. Lo que siempre se les olvida a ufólogos, parapsicólogos e historiadores alternativos es que el sabio de Pisa no fue condenado por parte de la ciencia, sino de la religión; que las inquisiciones son promovidas por quienes creen, no por quienes no creen.Los tiempos cambian y los comodines de los mercaderes de lo oculto también. De un tiempo a esta parte, y sobre todo tras el sorprendente -¡porque la novela es mala de narices!- éxito de El código Da Vinci, le ha tocado el turno a Leonardo da Vinci (1452-1519), el genio del Renacimiento al que debemos obras de arte como La Última Cena y La Gioconda, estudios de anatomía y un gran número de inventos que sólo lo fueron sobre el papel. Los charlatanes de este comienzo de siglo siguen proclamándose galileos, pero es Leonardo el personaje que ahora reina en las portadas de las revistas esotéricas y de los ensayos y novelas dedicados a explotar conspiraciones que nunca existieron, como la del Priorato de Sión y la descendencia secreta de Jesús y María Magdalena.

Portada del número 212 de 'ForteanTimes'.Para muestra, el último número de la revista británica Fortean Times, publicación que debe su nombre a Charles Fort (1874-1932). Periodista estadounidense, Fort dedicó treinta años a recopilar noticias de hechos extraños -desde lluvias de ranas hasta apariciones fantasmales- que reunió en 40.000 fichas guardadas en cajas de zapatos. Fortean Times se presenta este mes en su portada con una recreación de La Última Cena presidida por un Jesús al que acompañan a la mesa Pablo Picasso, Charles de Gaulle, Rudolf Hess, Orson Welles, Pierre Plantard de Saint-Clair -el inventor del Priorato de Sión- y un Leonardo que estrangula -y no me extraña- a Dan Brown. Además de defender a estas alturas la historicidad del Priorato de Sión, el reportaje de portada, obra de Lynn Picknett y Clive Prince, reivindica una de esas historias con la que el moderno esoterismo ha vinculado al genio de Vinci y que, de ser cierta, supondría un duro revés para la Iglesia católica y buena parte de la comunidad creyente.

Las fuentes de una 'teoría'

Picknett y Prince son dos escritores de libros esotéricos que están haciendo su agosto gracias al éxito de El Código da Vinci y que han protagonizado un cameo en la película homónima. De uno de sus libros -La revelación de los templarios (1997)-, Brown bebió hasta reventar, y eso les ha devuelto a la actualidad y ha hecho que se reediten sus obras. Una de las que aún no ha reaparecido en las librerías españolas es El enigma de la sábana santa. La revelación de una verdad escandalosa (1994), que acaba de reeditarse en el Reino Unido bajo el más comercial título de Turin Shroud: how Leonardo da Vinci fooled History. Como ya habrán adivinado, en este libro, los autores vinculan a Leonardo con la falsa reliquia más famosa de la cristiandad: sostienen no sólo que la fabricó, sino también que él es el retratado. Cómo surgió esta tesis -con perdón-, tiene su miga.

Los autores de El enigma de la sábana santa asumieron, a principios de los años 90, que todo lo contado en El enigma sagrado (1982) es cierto. Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln decían en su libro, un bestseller esotérico de la época que ha sido la principal fuente de Brown, que Leonardo fue uno de los grandes maestres del Priorato de Sión, guardianes del secreto de la estirpe de Jesús y María Magdalena. Picknett y Prince se apoyaron sobre esos cimientos para levantar su edificio argumental, que cobró vuelo gracias a un comunicante misterioso, un tal Giovanni que seguramente nunca ha existido y que en una serie de cartas les habría informado de la participación del genio en el montaje del sudario de Turín.

'El enigma sagrado', de Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, es la obra que está detrás de la 'fiebre da Vinci'.Pero la auténtica revelación no fue la de Giovanni, sino que se produjo de una manera mucho más acorde con los tiempos actuales, en los que una modelo o un futbolista pueden ser líderes de opinión y un país paralizarse por la agonía y muerte de una folclórica. Picknett se sorprendió en una tienda de Londres al darse de bruces con una postal con un retrato de Leonardo que al final no era tal, sino una reproducción del rostro del hombre de la sábana santa. ¡Y se hizo la luz! La escritora corrió a ver a su socio, quien inmediatamente comprendió la trascendencia del hallazgo. Ambos fueron conscientes de que precisaban de una confirmación independiente y autorizada. "Necesitábamos alguna corroboración por parte de alguna persona desconectada por completo y sin ninguna preocupación por el mundo del sudario", dicen en el libro.

La fortuna quiso que, por aquella época, Picknett colaborara en una revista femenina. No, no sean mal pensados: no fue a la redacción a preguntar a las periodistas quién era el hombre de la postal. Lo que hizo fue mucho más inteligente. ¿Que por qué digo que fue más inteligente? Porque muy posiblemente ninguna redactora -ni redactor, que en la ineptitud tampoco somos distintos un sexo de otro- de una revista femenina hubiera identificado a principios de los años 90 a Leonardo da Vinci en uno de sus autorretratos. Picknett cogió la postal del hombre de la sábana y un retrato de Leonardo, y se metió ¡en el vestuario de las modelos que preparaban una sesión fotográfica! "La respuesta fue instantánea y gratificante en extremo", recuerda en El enigma de la sábana santa. De las quince interrogadas, trece respondieron que las dos imágenes correspondían al mismo hombre, una pasaba del tema y otra reconocía al personaje de la sábana porque era católica.

Picknett y Prince ya tenían la prueba definitiva: ¡el dictamen de un grupo de modelos confirmaba que el hombre de la sábana santa es en realidad Leonardo da Vinci! Coincidirán con ellos y conmigo en que, si algún gremio sabe de trapos, es el de las modelos. A partir de ese momento, intentaron explicar cómo y por qué fabricó Leonardo la reliquia. Y demostraron, a su manera, que el artista pudo hacerla recurriendo a algo que hoy nos es muy familiar y en lo que es un maestro Mauricio-José Schwarz, coordinador de esta mesa redonda. Sí; me refiero a la fotografía. Leonardo, argumentan, describió algo muy parecido a la cámara oscura en uno de sus escritos reunidos en el Codex Atlanticus y pudo identificar y aprender a usar las sustancias químicas sensibles a la luz necesarias para fijar imágenes en un soporte. Pudo o no pudo.

Los motivos del genio

El rostro del hombre del sudario de Turín.¿Y por qué hizo la sábana? "Puede haber una razón sencilla: Giovanni dijo que Leonardo había sido encargado por el propio papa para que preparase otro santo sudario mejor, con el que atraer a las multitudes. También dijo, sin embargo, que no fue Leonardo el primer elegido para ello y que otros, como Miguel Ángel (1575-1564), habían declinado el encargo. No sabemos si esa historia es o no cierta; pero por aquel tiempo las historias de corrupción de la Iglesia eran un lugar común", argumentan los autores. Falazmente, porque la existencia de corrupción en el Vaticano no confirma en sí misma la historia del santo sudario. De todo esto, concluyen que Leonardo hizo la sábana y que, encima, al autorretratarse consiguió que millones de personas -incluido el papa Juan Pablo II- acabaran venerando su imagen como la de un dios durante siglos. Picknett y Prince presentan en su libro una réplica de la sábana santa hecha a partir de material de la época de Leonardo y mediante la impresión fotográfica, pero eso no demuestra nada. También podían haber construido un planeador de madera, hacerlo volar y decir que Leonado consiguió tal logro, cuando los primeros que lo hicieron fueron los hermanos Wilbur y Orville Wright hace poco más de cien años.

El descubrimiento de Picknett y Prince se basa en pruebas circunstanciales, tal como ellos mismos admiten en el último número de Fortean Times, donde, sin embargo, se mantienen en sus trece. Siguen sosteniendo que Leonardo fabricó la sábana santa y, para ello, presentan una nueva prueba: se trata de la comparación del rostro del hombre de la sábana con el del Salvator Mundi, un Jesús pintado por el artista en 1513. Casan perfectamente, sostienen. Y añaden que eso, unido a que el Jesús de Leonardo también encaja con otro pintado en 1935 por Ariel Aggemian inspirándose en el rostro de la sábana, confirma que el genio del Renacimiento está detrás del sudario de Turín. Ustedes seguro que sospechan ya otra cosa, que es posible que Leonardo -como Aggemian- se inspirara en la falsa reliquia, ya famosa en su época, a la hora de pintar un retrato de Jesús. Nuestros agudos investigadores dan carpetazo a esa posibilidad diciendo que, si Leonardo hubiera visitado la sábana, habría constancia de ello. ¿Desde cuándo la ausencia de prueba es prueba de ausencia?

Comparación entre el rostro de la sábana y el 'Salvator Mundi' de Leonardo.El análisis del carbono 14 dejó claro, hace dieciocho años, que la sábana de Turín data en del siglo XIV, así que no pudo envolver el cuerpo de Jesús. Las pruebas hechas en tres laboratorios de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza dataron "el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%". Ese resultado se publicó en la revista Nature, en febrero de 1989 y hasta hoy nadie ha demostrado que sea erróneo. Pero eso da igual a los sindonólogos y a los vendedores de misterios. Los primeros han llegado a inventarse declaraciones de un premio Nobel para desacreditar las pruebas de 1988; las afirmaciones de los segundos se cuentan por mentiras. Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología (CES) en 1989, dijo entonces que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, "como más tarde ratificó el propio inventor del sistema".

Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que realizaron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada. El problema, ay, es que Libby había muerto nueve años antes, cuando nadie contemplaba la posibilidad de que la Iglesia permitiera ese tipo de prueba destructiva. A no ser, claro, que los miembros del CES supieran de la opinión del científico en una sesión de espiritismo.

Picknett y Prince admiten que no hay ninguna prueba histórica de la existencia de la sábana santa antes de 1350, cuando aparece en la localidad francesa de Lirey, y que el veredicto del carbono 14 deja claro que la reliquia fue fabricada en la Edad Media. Que Leonardo no naciera hasta 1452 es un problema menor para su tesis porque los tres laboratorios implicados en el análisis del radiocarbono apuntaron que, con un 99,9% de fiabilidad, la sábana fue confeccionada entre 1000 y 1500. Esa ampliación del paraguas temporal cubre la hipótesis Leonardo, aunque de forma insuficiente, ya que se trata sólo de una posibilidad, apunta a un posible cambiazo de la tela no documentado y a un complot vaticano del que tampoco hay ninguna prueba. Así pues, ¿qué tenemos para defender la idea de que Leonardo es el artífice del sudario de Turín? Un montón de pruebas circunstanciales; nada.

La tontería cátara

No quiero acabar sin dedicar atención a otro reciente gran éxito editorial basado en la tergiversación de la figura de Leonardo: La cena secreta, obra del ufólogo -ahora metido a novelista- Javier Sierra. No les voy a reventar la novela. Allá ustedes si quieren leerla. Les voy a demostrar sólo cómo Sierra es tan fiable cuando habla de Leonardo como cuando defiende que en Roswell se estrelló un platillo volante en 1947, cuando da crédito a una fraudulenta autopsia a un extraterrestre y cuando sostiene que el transistor es un invento basado en tecnología alienígena.

'La Última Cena', de Leonardo da Vinci, capta el momento del Evangelio de Juan en el que Jesús anuncia a sus discípulos que uno de ellos le va a traicionar.

Afirma el novelista que nuestro protagonista fue el último cátaro. Los cátaros creían el universo estaba compuesto por dos mundos en conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material obra del Diablo, y no creían en Jesús como la divinidad encarnada. "Los cátaros, por ejemplo, pensaban que Jesús era un hombre, no un Dios y aquí aparece como hombre -dice Sierra refiriéndose a La Última Cena-; los cátaros no comían carne y en el cuadro no aparece el típico cordero; ellos no tenían sacramentos y por eso no aparece el Cáliz; a Leonardo en tres cuartas partes de su vida nunca se le conoció pareja y los cátaros rechazaban las relaciones sexuales; los cátaros, al igual que Da Vinci, siempre vestían de blanco; los cátaros rechazaban la cruz como símbolo del cristianismo y el artista nunca pintó una cruz, una cosa muy rara en la época. Hay muchas pistas de que Leonardo perteneció a esta herejía y de que la obra que pintó en la sede de los dominicos en Milán fue la burla pictórica más gigantesca de todos los tiempos".

Vayamos por partes. Cuando Sierra dice que, en La Última Cena, Jesús aparece como hombre y no como Dios da como principal argumento la carencia de halo, elemento que está ausente en muchas obras de Leonardo. ¡A ver si va a tener razón y va a ser el de Vinci un hereje...! "¿Es sorprendente que en el cuadro no existan los típicos halos de santidad? Pues, si es así, hay un montón de misterios en el mundo de la pintura porque, por ejemplo, en La Última Cena de Lovaina, obra de Bouts -anterior en algunos años a la pintura de Leonardo-, ya no aparecen. Sencillamente, en este momento se asiste a un intento de aproximar las representaciones de escenas religiosas al espectador y Leonardo se suma a esta corriente", explica José Luis Calvo. El historiador palentino indica en un interesantísimo texto que hay halos en la segunda versión de La Virgen de las rocas porque en este cuadro intervino otra mano; pero que, para encontrarlos en Leonardo, "tendríamos que retrotraernos a las obras juveniles".

El famoso San Juan Bautista, de Leonardo, con rasgos andróginos y el cayado en forma de cruz.No es éste el único detalle que pasa por alto Sierra, quien rivaliza en rigor con Dan Brown. Que no aparezca carne en La Última Cena es algo circunstancial; pero que no se vean restos del sacramento de la eucaristía no. No hay cáliz, no hay Santo Grial, porque el cuadro pretende captar no el momento de la instauración de la eucaristía, sino el del Evangelio de Juan en el que Jesús anuncia a los apóstoles que uno de ellos le va a traicionar. En ese evangelio, no hay ninguna referencia a la eucaristía, a diferencia de los otros tres canónicos. Que a Leonardo no se le conociera pareja y vistiera de blanco significa bien poco, y es mentira que nunca en su vida pintó una cruz. Sin ir más lejos, en una de sus últimas obras, el San Juan Bautista, el profeta lleva una cruz.

Cuando son reales, las pruebas de Sierra son tan circunstanciales como las de Picknett y Prince. Si éstos olvidan cuando les conviene que la sábana santa era ya famosa a mediados del siglo XIV, cien años antes del nacimiento de Leonardo, aquél pasa por alto que el último prefecto cátaro, Guillaume Bélibaste, murió a principios del siglo XIV, dos siglos y medio antes del natalicio del autor de La Última Cena. Son detalles que podrían fastidiar un negocio que precisa de montones de pruebas circunstanciales para ocultar que no hay ninguna que realmente merezca ser considerada como tal.

Leonardo fue un genio con sus luces y sus sombras, como todo ser humano. Y su personalidad y obra tuvieron tan poco que ver con lo que venden los traficantes de misterios como Nostradamus con la caída de las Torres Gemelas y con una profetizada victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Alemania.

Intervención en la mesa redonda Recuperando a Da Vinci, una perspectiva escéptica, celebrada el 12 de julio de 2006 dentro de la XIX Semana Negra de Gijón.

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06 Jul 2006

Si alguno de ustedes está el miércoles próximo en Gijón disfrutando de la XIX Semana Negra y no tiene otra cosa más interesante que hacer, será un placer encontrarnos allí. Fernando L. Frías, presidente del Círculo Escéptico; Mauricio-José Schwarz, periodista y escritor; y quien esto escribe participaremos en una mesa redonda titulada Reivindicando a Da Vinci, una perspectiva escéptica. Será a las 21 horas en la Carpa del encuentro y hablaremos de cómo los mercaderes del misterio han prostituido en los últimos tiempos la figura de Leonardo -como antes hicieron con la de Galileo-, de los muchos disparates que se dicen sobre la vida y obra del autor de la Mona Lisa.

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11 May 2006

¿UNA MUJER A LA DIESTRA DE JESÚS? Leonardo capta en 'La Última Cena' (1495-97) el momento en el que Jesús revela a sus discípulos que uno de ellos le va a traicionar. La apariencia femenina de Juan, que lleva a Dan Brown a defender que se trata de María Magdalena, es una característica compartida por Felipe, el cuarto apóstol por la derecha.
Dan Brown afirma, en el preámbulo de El código Da Vinci, que "todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces". Sus críticos dicen que no es así. En febrero de 2004, Laura Miller sentenció en La burla Da Vinci, un artículo publicado en The New York Times, que "el material de no ficción" de la obra tiene "aversión a la autenticidad". La periodista francesa Marie-France Etchegoin y el filósofo y sociólogo Frédéric Lenoir acusan a Brown, en El código Da Vinci: la investigación (RBA, 2005), de "mencionar hechos reales, pero deformar su sentido, retorcerlos en cierto modo, para ajustarlos a la trama novelesca" y, encima, presentarlos en la nota previa como ciertos. Michael y Veronica Haag sentencian, en El código Da Vinci al descubierto (Ediciones B, 2005), que la obra "no contiene más verdad que la que se encuentra en las ficciones de Tom Clancy o Terry Pratchett, o en las de J.K. Rowling y su mundo de Hogwarts". ¿Es para tanto?

Más de 40 millones de ejemplares de El código Da Vinci se han vendido desde que en marzo de 2003 llegó a las librerías. A partir del 19 de mayo, a buen seguro que se sumarán a los seguidores de Brown muchos de los que vayan a ver la película homónima protagonizada por Tom Hanks y Audrey Tautou, que interpretan a Robert Langdon, experto en simbología de Harvard, y a la policía criptóloga Sophie Neveu. La pareja se conoce después de que un monje albino miembro del Opus Dei asesina en el Louvre al conservador del museo, Jacques Saunière, que dedica su agonía a dejar pistas relacionadas con las obras de Leonardo da Vinci para que los protagonistas descubran el más grande de los secretos: que el Santo Grial existió y que donde Jesús vertió simbólicamente su sangre no fue en una copa, sino en el vientre de María Magdalena. El linaje fundado por la pareja bíblica habría dado origen a los merovingios -dinastía que gobernó Francia entre los siglos V y VIII- y llegado hasta nuestros días.

El primer enigma reivindicado por Brown no forma parte directa de la trama. El apellido del conservador del Louvre remite al llamado misterio de Rennes-le-Château, un pueblo del sur de Francia donde, a caballo entre los siglos XIX y XX, un cura se gastó una fortuna en la restauración de una iglesia. Se llamaba Bérenger Saunière, llegó a la localidad en 1885 sin un céntimo, sus ataques a la república le hicieron pronto merecedor de una donación de 3.000 francos de María Teresa de Módena, viuda del pretendiente al trono francés Enrique V, e invirtió ese dinero en obras en el altar mayor. Según la leyenda, el sacerdote encontró en el pilar hueco del altar unos misteriosos pergaminos y, en el suelo, una losa que daba entrada a una cripta donde halló el tesoro de los cátaros, el Arca de la Alianza, las Tablas de la Ley, el tesoro del templo de Jerusalén o unos documentos en los que se revelaba un turbador secreto, depende de la versión de la historia que se prefiera.

¿JUAN O MARÍA MAGDALENA? Todo el montaje de Dan Brown descansa sobre la idea de que el Juan de 'La Última Cena' de Leonardo es una mujer.Hasta 1915, los gastos de Saunière -que incluyen obras en el templo, la compra de terrenos y la edificación de una villa y una torre- "rozan, sin alcanzarlos, los 200.000 francos", sostiene Massimo Introvigne en Los Illuminati y el Priorato de Sión (Rialp, 2005). ¿De dónde sacó un cura de pueblo tanto dinero? Los vendedores de misterios dicen que de un tesoro o de la venta de alguno de los valiosos objetos bíblicos que presuntamente encontró en el subsuelo de la iglesia de Rennes-le-Château; la realidad es mucho más terrenal. En las cuentas del sacerdote consta que, entre 1893 y 1915, se embolsó dinero por más de 100.000 misas encargadas por particulares, que nunca llegó a celebrar. El tráfico de misas fue la fuente de financiación de las inversiones inmobiliarias de Sauniére, que puso desde el principio todas sus propiedades a nombre de Marie Denardaud, su fiel ama de llaves y quizás algo más. Así que, de misterio, nada. ¿Y los pergaminos del pilar? Según Gérard de Sède, autor de El oro de Rennes (1967), un clásico moderno del esoterismo, los documentos probarían que el linaje merovingio no se extinguió y que su último representante, y legítimo heredero del trono francés, sería un tal Pierre Plantard de Saint-Clair, gran maestre del Priorato de Sión.

Leonardo y el Priorato de Sión

Ya tenemos dos puntos de conexión más entre el misterio de Rennes-le-Château y El código Da Vinci: el Priorato de Sión y los apellidos Plantard de Saint-Clair, que en la novela corresponden a uno de los protagonistas, descendiente de Jesús y María Magdalena. Brown nos cuenta, en la nota previa titulada Los hechos, que "el Priorato de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelli, Victor Hugo y Leonardo da Vinci". Esos personajes son los grandes maestres antecesores de Saunière, guardianes del secreto de la estirpe de Jesús.

SÍMBOLO. La pirámide del Louvre, que no está construida con 666 paneles de cristal, como dice Brown. Foto: Sony PicturesEl eje de la trama es el Priorato de Sión. La muerte de un gran maestre, Sauniére, enciende la mecha de la acción y la mayoría de las claves que llevan hasta el desenlace están vinculadas a Leonardo en su calidad de dirigente de la sociedad y, por tanto, conocedor del secreto. Brown argumenta, por boca de Robert Langdon, que el Priorato de Sión lo fundó el duque Godofredo de Bouillon en Jerusalén en 1099, por temor a que a su muerte se perdiera "un secreto que había estado en conocimiento de su familia desde los tiempos de Jesús". La sociedad transmitiría de generación en generación una verdad que confirmaban unos documentos enterrados en los restos del templo de Jerusalén, que fueron recuperados años después por el brazo militar del Priorato de Sión, los templarios.

Las pruebas de la existencia del Priorato de Sión no se remontan, sin embargo, más allá del 25 de junio de 1956. Aquel día, el antisemita, ultraderechista y filonazi Pierre Plantard de Saint-Clair inscribió la entidad en la subprefectura de Saint-Julien-en-Genevois, en la Alta Saboya, han constatado Etchegoin y Lenoir. El objetivo de la sociedad era, según sus estatutos, "la constitución de un orden católico destinado a restituir, de forma moderna pero manteniendo su carácter tradicional, la antigua caballería". El Priorato de Sión y la estirpe de Jesús y María Magdalena se unen por primera vez en el mundo real en El enigma sagrado (1982), obra de Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, cuyas ideas son el poso del libro de Brown. Años después, en El legado mesiánico (1986), los tres escritores desenmascararon a Plantard como el artífice de Les Dossiers Secrets, papeles que contienen la lista de grandes maestres del Priorato de Sión y la genealogía sagrada. En Comprendiendo El código Da Vinci. La historia completa (2006), documental de National Geographic, Lincoln dice que Plantard le confesó el engaño y añade que él no se cree nada de lo que ha escrito con Baigent y Leigh acerca de Jesús y sus descendientes.

Si los documentos de la Biblioteca Nacional de París son falsos y el Priorato de Sión no existió antes de 1956, esa organización ni pudo estar en el origen de los templarios, ni guardar un secreto desde hace casi un milenio, ni tener a Leonardo entre sus grandes maestres. El código Da Vinci carece, pues, de fundamento histórico. ¿Qué pasa entonces con las claves contenidas en las obras de Leonardo que apuntan al matrimonio de Jesús y María Magdalena, con la leyenda de que ésta llegó embarazada al sur de Francia y con los textos cristianos que se citan?

El linaje de Jesús

FEMENINO. 'San Juan Bautista' (1513-16), de Leonardo.Brown sostiene que, en La Última Cena de Leonardo, el personaje sentado a la derecha de Jesús no es Juan, sino María Magdalena, que ocupa ese lugar por ser la esposa del Mesías. El problema es que, de ser así, las cuentas fallan. A la mesa hay trece personajes, incluido Jesús. Si Juan es María Magdalena, ¿dónde está el auténtico Juan? La explicación es muy sencilla: Juan es Juan. Leonardo pintaba a los jóvenes bellos con rasgos andróginos, como los del ángel Uriel de La Virgen de las rocas y un Juan Bautista con pelo rojo ensortijado que se le atribuye.

El historiador palentino José Luis Calvo ha descubierto, además, que algunos párrafos de la parte de la novela dedicada al misterio de La Última Cena tienen un sospechoso parecido con otros de La revelación de los templarios (1997), obra de pseudohistoria de Lynn Picknett y Clive Prince que, como El enigma sagrado, Brown cita entre los volúmenes de la biblioteca de historiador Leigh Teabing, personaje con el que el novelista homenajea a Richard Leigh y Michael Baigent.

TERGIVERSACIÓN. 'La Virgen de las rocas' (1483-86), de Leonardo.Otra pintura de Leonardo en la que, según El código Da Vinci, hay un mensaje oculto es La Virgen de las rocas, un óleo de dos metros de altura que está en Louvre. Brown reduce su tamaño hasta el metro y medio para que la joven criptóloga pueda, en una escena clave, asomar la cabeza por detrás del cuadro y amenazar con romperlo de un rodillazo. Más adelante, Langdon explica a Neveu que la pintura es enigmática porque Juan Bautista niño, a la derecha, bendice a Jesús niño, a la izquierda, al tiempo que la Virgen tiene su mano izquierda sobre la cabeza del segundo, amenazadoramente. La realidad es que Brown cambia de sitio a los dos niños y la mano de la Virgen se iza protectora sobre la cabeza de Jesús, que está junto al ángel Uriel. En este mismo error, ¡qué casualidad!, incurrieron años antes los autores de La revelación de los templarios. ¿Es eso una descripción veraz?

¿Pero tuvieron o no hijos María Magdalena y Jesús? No hay ninguna prueba de que así fuera, ni siquiera de que estuvieran casados. Hay fragmentos en los evangelios que apuntan a una relación particularmente estrecha entre ambos, como que la primera persona a la que se aparezca Jesús resucitado sea María Magdalena; pero nada más. Existen en los textos del cristianismo primitivo las suficientes contradicciones como para no poder dar muchas cosas por buenas ni por malas, incluido el matrimonio de Jesús con una mujer a la que el papa Gregorio I (540-604) identificó erróneamente con una prostituta en 591. El Vaticano admitió en 1969 que el Pontífice se había equivocado y que la pecadora y María Magdalena son dos personajes diferentes del Evangelio de Lucas.

"Nada en el cristianismo es original", sentencia el historiador Leigh Teabing en El código Da Vinci, una novela que peca de ese mismo defecto. Porque Brown deforma la Historia y el Arte para que encajen con la pretensión de que el Santo Grial fue María Magdalena, idea que tampoco es suya, sino de autores como Baigent, Leigh, Lincoln y otros.


A rebufo de Dan Brown

Las estanterías están a reventar de obras que desentrañan las claves de la novela de Dan Brown. Tres destacan por su interés: El código Da Vinci: la investigación, de Marie-France Etchegoin y Frédéric Lenoir; El código Da Vinci al descubierto, de Michael y Veronica Haag; y Los Illuminati y el Priorato de Sión, de Massimo Introvigne.

'MARKETING'. Portada con la que salió al mercado el libro 'Sindonem', de David Zurdo y Ángel Gutiérrez, y versión posterior al éxito de la novela de Dan Brown.El resto de lo editado corresponde en su mayoría a autores que engordan misterios inexistentes. También hay quien ha cambiado el título y la portada de una novela para jugar a la confusión y aprovecharse de ella. Es el caso de Sindonem (2000), de David Zurdo y Ángel Gutiérrez, en la que se relaciona a Leonardo con la sábana santa, reliquia fabricada un siglo antes que el genio renacentista. Esta novela no vendió prácticamente nada hasta un cambio de portada y un rebautizo como El último secreto de Da Vinci (2004). Después del lavado de cara, va por la decimoquinta edición.

Publicado originalmente en el suplemento Territorios de la Cultura del diario El Correo.

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19 Abr 2006

Sony Pictures niega, en la información para la prensa sobre la película El código Da Vinci, la existencia del Priorato de Sión como una organización constituida hace casi mil años para guardar el secreto del Santo Grial. "El Priorato de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelli, Víctor Hugo y Leonardo da Vinci", dice Dan Brown en la nota de advertencia que figura al principio de la novela. Los responsables de la productora marcan distancias con el escritor y dejan claro, en el pressbook de la cinta, que el thriller policiaco que se estrena el 19 de mayo en todo el mundo carece de fundamento real, que una cosa es la ficción y otra la realidad.

"En la novela, Dan Brown sostiene que el Priorato de Sión es una organización real fundada en 1099, y que una serie de pergaminos que se encuentran en la Biblioteca Nacional de París revelan que entre sus miembros se hallaban destacadas figuras de la literatura, el arte y las ciencias. Sin embargo, los documentos de la Biblioteca Nacional han resultado ser modernas falsificaciones depositadas allí por Pierre Plantard, que admitió haber fundado el Priorato junto con tres amigos en 1956, para reírse un rato. Él fue nombrado Gran Maestre del Priorato en 1981. En los falsos documentos y manuscritos, que han llegado a ser conocidos como Dossiers Secrets, se afirma que la organización secreta fue fundada en 1099 por Godefroy de Bouillon, que guió el primer ejército que partió hacia Jerusalén en la Primera Cruzada y fue el primer soberano de la reconquistada Tierra Santa. También se dice que fue obra del Priorato la creación de los Caballeros Templarios, de los que, al parecer, se separaron unos cien años más tarde", sostiene la documentación que Sony Pictures ha enviado hace unas horas a la prensa.

La productora no ha descubierto nada nuevo, pero es significativo que admita que no hay que dar crédito a lo que el autor de la novela presenta como hechos veraces, como realidades demostradas. Resulta obvio que, sin Priorato de Sión milenario, hay que olvidarse, entre otras cosas, de la lista de grandes maestres citada por Brown, lo que nos lleva a descartar a Leonardo de Vinci como guardián de ningún secreto sobre Jesús y María Magdalena, y, por tanto, convierte toda la trama de El código Da Vinci en un simple juego de adivinanzas cuyo parecido con cualquier situación real es mera coincidencia, como ocurre con la mayoría de las películas.

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10 Abr 2006

El Tribunal Superior de Londres ha rechazado la demanda de Michael Baigent y Richard Leigh, que acusaban a Dan Brown de haber plagiado en El código Da Vinci su obra El enigma sagrado (Holy blood, holy grail). Según el juez Peter Smith, Brown es inocente de plagio y, por tanto, la película basada en su novela podrá estrenarse en el Reino Unido el 19 de mayo, al mismo tiempo que en el resto del mundo. El autor estadounidense ha reconocido en el juicio que se inspiró en la obra pseudohistórica de Baigent y Leigh a la hora de escribir su novela. Muchos escritores tienen la costumbre de detallar en el epílogo de sus novelas de qué fuentes han bebido, sean estas las que sean. ¿Por qué Brown no lo hizo? Es una pregunta para la que no hay respuesta. De lo que no cabe duda es de que el multimillonario Brown es culpable de vender como hechos históricos cosas que no lo son y, además, de escribir mal.

El código Da Vinci es, ante todo, un libro mal escrito, previsible, con diálogos prescindibles, personajes planos y lleno de lugares comunes. Vale, se lo han comprado 40 millones de personas y eso es una barbaridad, se mire cómo se mire. El recientemente fallecido Stanislaw Lem, por ejemplo, ha vendido 27 millones de libros desde 1946, y su obra es divertidísima, inteligente y de calidad literaria; lo contrario que la de Brown. Los defensores de El código Da Vinci esgrimen los millones de libros vendidos como prueba de la calidad de la novela. Se confunden. La cantidad de adeptos de algo -sea la revista ¡Hola!, Salsa rosa o la serie cinematográfica de Torrente- no es una vara que sirva para medir calidad ni buen gusto. Recuerden el famoso dicho: "¡Cien mil millones de moscas no pueden estar equivocadas, coma mierda!".

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26 Feb 2006

Audrey Tatu y Tom Hanks, en una escena de 'El código Da Vinci'.Que El código Da Vinci es un éxito editorial que no tiene casi nada de original y que Dan Brown tomó prestadas de otros autores las principales revelaciones de su novela, es algo de sobra conocido. Porque el escritor estadounidense no ha sido el primero en especular sobre la posibilidad de que Jesús sobreviviera a la crucifixión, se casara con María Magdalena, y el matrimonio se estableciera en lo que hoy es Francia para iniciar una dinastía que ha llegado hasta nuestros días y cuya existencia explica la de los templarios, una orden secreta denominada el Priorato de Sión y el misterio de Rennes-le-Château. Estos ingredientes fueron ya el eje de El enigma sagrado (Holy blood, holy grail), obra pseudohistórica publicada en 1982 por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln.

Quien primero me habló de esa fuente de la que Brown se habría hartado de beber fue el historiador y periodista Julio Arrieta, que, a finales de 2004, consideraba la novela superventas una mezcla de La revelación de los templarios (1997), de Lynn Picknett y Clive Prince, y El enigma sagrado. Posteriormente, el también historiador José Luis Calvo dedicó un amplio trabajo a demostrar cuáles habían sido, a su vez, las fuentes bibliográficas utilizadas por los autores de El enigma sagrado, y escribió una pormenorizada crítica de El código Da Vinci, en la que deja claro que Brown sacó bastantes de su disparatadas ideas de La revelación de los templarios.

Pues bien, tanto beber de fuentes ajenas sin citarlas y arrogándose la autoría de los hallazgos debió de hartar a dos de los autores de El enigma sagrado, Baigent y Leigh, quienes denunciaron a Brown en el Reino Unido por plagio y ahora podrían impedir a los británicos disfrutar del taquillazo cinematográfico del año, informaba ayer The Times. Porque, cuando Brown -cuya fortuna se calcula en 290 millones de euros- comparezca ante la Justicia en Londres la próxima semana, estará en juego no sólo una millonaria indemnización a los autores de El enigma sagrado, sino también el estreno en el Reino Unido de la película El código Da Vinci, protagonizada por Tom Hanks y presupuestada en 104 millones de euros.

La cinta va a estrenarse el 19 de mayo en todo el mundo, pero los jueces británicos podrían posponer su proyección en el país e incluso prohibirla si consideran que Brown ha violado las leyes de derechos de autor. Además, si dan la razón a los demandantes, éstos podrían recibir una indemnización de 14,5 millones de euros, según el rotativo londinense. Y es que el plagio es una cosa muy seria. Por ahí fuera, claro. Porque en España es algo muy rentable. Aquí a los plagiarios les dan programas estelares de televisión y no les pasa nada, aunque sus editores reconozcan que han copiado a otros.

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13 Dic 2005

Sé algo que ustedes no saben. Tengo información de una conspiración de alcance mundial y algunos de sus protagonistas están en esta sala (1). Me ha costado casi veinte años darme cuenta. Dos décadas en las que he interpretado el papel de tonto útil, de colaboracionista, por ignorancia. Ahora, sólo espero que lo que les voy a contar sirva para que la gente conozca la verdad y para que otros como yo -que creen de buena fe en lo que hacen, a pesar de encontrarse en el bando equivocado- se den cuenta del engaño. Muchos de ustedes se encuentran en la misma situación que yo hasta hace poco; otros, los menos, son conscientes de lo que hacen, son algunos de los ideólogos y estrategas de la conspiración que voy a denunciar.

Todos conocen la historia oficial del moderno movimiento escéptico. Nació en la primavera de 1976 en Buffalo (Estados Unidos), a instancias de Paul Kurtz, profesor de Filosofía de la Universidad del Estado de Nueva York y organizador de un encuentro sobre Los nuevos irracionalismos: la anticiencia y la pseudociencia. En aquella conferencia, se presentó el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), entre cuyos fundadores estaban Isaac Asimov, Martin Gardner, Philip J. Klass, James Randi y Carl Sagan. Tres décadas después de aquel encuentro, el CSICOP -considerado por algunos la Policía de la Ciencia- es el más poderoso de una red mundial de grupos creadores de opinión que se extiende desde Japón hasta el Reino Unido, desde Canadá hasta Argentina, desde Egipto hasta Sudáfrica... ¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿Acaso es creíble que algo surgido de la nada y por iniciativa de un simple profesor universitario extienda sus tentáculos por el mundo de esa manera y atraiga a destacados científicos y pensadores que colaboran en sus proyectos por amor al arte?

Se entiende mejor todo si uno se para a pensar sobre los orígenes del CSICOP. ¿Creen que es accidental que esta organización naciera en Estados Unidos y que participaran en su creación personajes como Klass y Sagan? ¡Abran los ojos! ¡Piensen un poco! Klass fue durante décadas un destacado periodista de Aviation Week & Space Technology que estaba al tanto de los principales avances aeronáuticos de Estados Unidos y al que, desde mucho antes de su implicación en las actividades del CSICOP, se relacionaba con la CIA por su tendencia a explicar prosaicamente las observaciones de ovnis. ¿Y Sagan? ¿Qué les voy a contar a ustedes de este influyente astrofísico que no sepan? No sólo tuvo la sospechosa fortuna de que la televisión pública estadounidense, la PBS, emitiera en 1980 su serie Cosmos, con la que saltó a la fama en todo el mundo, sino que además mantuvo siempre -incluidas las épocas de mayor tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética- fluidas relaciones con sus colegas del otro lado del Telón de Acero.

Señoras y caballeros, el CSICOP es una tapadera, un instrumento creado para abortar cualquier progreso del conocimiento científico que pueda cuestionar el orden establecido. Lo venía sospechando desde hace tiempo y me lo confirmó hace poco una fuente que no puedo identificar. Esa persona me llamó la atención sobre lo que les estoy diciendo y luego me pidió que escribiera el nombre del CSICOP al revés, POCISC, porque ahí se escondía su auténtica denominación: Plan of Censorship and Infiltration in the Scientific Community (Plan de Censura e Infiltración en la Comunidad Científica). Uno lo ve claro si echa una ojeada a la lista de miembros del CSICOP: hay destacados representantes de todos los campos de la ciencia, que actúan como caballos de Troya en sus respectivas disciplinas para desacreditar cualquier idea innovadora que vaya contra el dogma. Y lo mismo sucede con el resto de las llamadas organizaciones escépticas. Todas ellas forman parte de una estructura que tiene como objetivo mantener el statu quo y evitar que la opinión pública sea consciente del enorme potencial de lo paranormal, una trama que me acabo de inventar y que no aguantaría el mínimo análisis crítico, tal como sucede con todas las conspiraciones en las que están de por medio los platillos volantes y lo que en general etiquetamos como enigmas, así como con algunas ideadas extravagantes formuladas a partir de hechos reales.

Toda teoría de la conspiración descansa en la idea de que una o varias personas o entidades maquinan en secreto, y generalmente al margen de la ley, para alcanzar unos fines. En la historia reciente, hay numerosos ejemplos de conspiraciones demostradas, como el intento de asesinato de Adolf Hitler del 20 de julio de 1944, la manipulación del tabaco por parte de la industria para hacer los cigarrillos más adictivos, el caso Watergate, la implicación de la CIA en el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile, la guerra sucia contra el terrorismo vasco alentada por el Gobierno español entre 1984 y 1986, el hundimiento del Rainbow Warrior por los servicios secretos franceses... Seguro que cada uno de ustedes puede hacer una lista de hechos recientes relacionados con una conspiración. Hasta los Gobiernos democráticos sujetos a un más ferreo control popular recurren al secreto para actuar fuera de ley y a espaldas de sus ciudadanos, escudándose en la denominada seguridad nacional. Y, en ocasiones, alimentan la idea de una conspiración ficticia, como cuando la CIA aprovechó la fiebre por los platillos volantes para camuflar como naves extraterrestres aviones espía como el U-2 y el SR-71, aparatos que -según los expertos de la agencia de inteligencia- llegaron a suponer en su época cerca de la mitad de los ovnis vistos en el país.

Las conspiraciones reales son la base de otras, indignas de crédito, en las que están implicados los extraterrestres, los templarios, el Opus Dei, la NASA, la trilateral, los jesuitas, los judíos y un largo etcétera de colectivos reales e imaginarios. Hay quien cree que todas las conspiraciones demostradas y por demostrar tienen el mismo fundamento, que -como los Gobiernos, las multinacionales y algunos colectivos han hecho a veces cosas ilegales para lograr sus objetivos- prácticamente todo lo que sucede en el mundo -desde la elección de papa hasta el tsunami del Índico de diciembre de 2004- responde a intereses ocultos. Como hay quien quiere creer, hay quien fabrica el producto a la medida de ese consumidor. Así, entre las cenizas de las Torres Gemelas, surgieron todo tipo de tramas que apuntaban a que la planificación de los atentados había corrido a cargo no del terrorismo islámico, sino del presidente de Estados Unidos, que habría implicado en los ataques al Pentágono. Se han publicado en esa línea varios libros en los que no se aporta ni una prueba de tan extraordinaria afirmación y se nos quiere hacer creer, por ejemplo, que ningún avión se estrelló aquel día contra el cuartel general del Ejército de Estados Unidos; pero no se nos explica qué pasó entonces con los 64 pasajeros y tripulantes del Vuelo 77 de American Airlines.

El escritor que asumió en España como propias las disparatadas ideas del francés Thierry Meyssan, autor de La gran impostura (2002), es Bruno Cardeñosa, un ufólogo metido desde entonces en el negocio conspiranoico. Un mes después de los atentados del 11-M, Cardeñosa firmó un libro de "investigación periodística" en el que sostiene "que los atentados de Madrid están enmarcados dentro de un plan internacional que apunta directamente a Estados Unidos, cuyos gobernantes han resultado beneficiados por lo ocurrido en Madrid". No sé para qué pierden el tiempo los servicios secretos, la Policía y los jueces de medio mundo investigando el entramado del terrorismo internacional cuando un perseguidor de platillos volantes da él solito con la verdad en unos días.

Cuando se une a fenómenos traumáticos y en ella se implica a gobernantes o grupos de poder, la conspiración es un buen negocio para el periodismo basura y, además, puede llegar a tener un efecto tranquilizador sobre la población. Hay asesinos de masas que viven camuflados entre nosotros, pueden haberse educado en nuestras escuelas y ser seguidores del mismo club de fútbol que nosotros; en nada se diferencian exteriormente de quienes estamos aquí hasta que actúan. Ante esa amenaza oculta -cuyos hechos resultan difícilmente comprensibles para una mente sana-, el periodismo basura identifica a los culpables -poco importa que no lo sean- de desgracias como la de las Torres Gemelas con personajes, colectivos y países con mala imagen entre los destinatarios del mensaje. Es más fácil -y, por supuesto, más rentable- achacar en el mundo árabe las 270.000 muertes del maremoto del Índico a pruebas secretas de armas hechas por Israel, Estados Unidos e India que admitir que la Tierra es un planeta vivo y que, ante lo imprevisible de algunos fenómenos, lo que falló hace un año fueron los sistemas de alarma y de protección civil de los países afectados.

Según la teoría de la conspiración, el mundo está dividido en tres clases de personas: los que manejan los hilos, la masa ignorante y los valientes que lo revelan todo. En esta sala, los conspiradores son Joe Nickell, Benjamin Radford, Alejandro J. Borgo -director de la revista Pensar-y las otras figuras destacadas del movimiento escéptico. La mayor parte de ustedes ignoraban lo que los primeros persiguen hasta que yo -el arrepentido de turno que ha visto la luz cual Pablo de Tarso- se lo he contado hace unos minutos. Lo que pasa es que tampoco les he dado muchas pruebas, ¿verdad? Digamos que difícilmente convencería de la verosimilitud de mi teoría a un jurado, porque lo que he hecho es reunir un conjunto de pruebas circunstanciales basadas en interpretaciones mías y he dejado de lado todo aquello que no casaba con mi historia. Siguiendo ese principio, puede demostrarse cualquier cosa. Así, podía haber dicho que las siglas de Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP) -asociación cuyos estatutos redacté en 1986- ocultaban en realidad a la Asociación para la Represión del Pensamiento, pero hubiera sido tirar piedras contra mi propio tejado porque me hubiera situado en el mismo corazón de la conspiración, y -que quede claro- yo soy el bueno en esta historia. Como contrapartida a su fácil elaboración, este tipo de montajes no aguanta la mínima reflexión. Veamos un ejemplo.

Prácticamente un tercio de la población estadounidense duda de que Neil Armstrong, Buzz Aldrin y otros diez hombres pisaran la Luna entre 1969 y 1972. Para esas personas, los seis alunizajes del proyecto Apollo fueron rodados en un estudio cinematográfico porque las imágenes son demasiado nítidas, en ellas no se ven las estrellas y, si hubiera sido realidad, se habría vuelto al satélite hace tiempo. Sin embargo, casi cuarenta años después, lo que tenemos es problemas para que unos astronautas vuelvan sanos y salvos de la Estación Espacial Internacional (ISS), que se encuentra a 400 kilómetros de altura, una milésima parte de la distancia que separa la Tierra de la Luna. ¿Cómo se explica en 2005 que el transbordador espacial pueda desintegrarse durante la maniobra de reentrada en la atmósfera terrestre y que con ninguna de las cápsulas del proyecto Apollo pasara algo parecido hace más de treinta años? Muy sencillamente: el proyecto Apollo fue un montaje de principio a fin y las naves se dejaban caer desde un avión a gran altura sobre el Pacífico como parte de una escenografía ideada nada menos que por Stanley Kubrick.

La conspiración lunar es, por desgracia para sus promotores, fácil de desmontar. Para empezar, hay un argumento, que nada tiene que ver con la ciencia, que resulta demoledor: ¿cómo es que los soviéticos no denunciaron el engaño?, ¿es posible que el departamento de efectos especiales de la Casa Blanca engañara al Kremlin? Existen numerosas incongruencias en el discurso conspiranoico sobre las misiones Apollo y pruebas -en forma de rocas, de espejos dejados en la Luna, de grabaciones y de partes de naves que se quedaron allí- que demuestran la realidad de los alunizajes. Sin embargo, una exposición mediocre y sesgada -como la de Bill Kaysing en We never went to the Moon (1974) o la mía del comienzo de esta charla- puede llevar a la gente a olvidarse de la realidad y dar crédito a la ficción. Como ocurre habitualmente cuando hablamos de fenómenos paranormales, en las conspiraciones, el infiltrado arrepentido no suele haber trabajado en donde dice que lo ha hecho. Así, Kaysing no sólo nunca fue empleado de la NASA, sino que no tuvo nada que ver con el proyecto Apollo. Es cierto que trabajó en la compañía Rocketdine, la firma que desarrolló los motores del Saturno 5, pero como bibliotecario y, además, abandonó la empresa en 1963, antes de que se implicara en la conquista de la Luna. Un caso aún más descarado es el del periodista español Santiago Camacho, quien sostiene, en su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (2003), que Maria Blyzinsky, astrónoma del Observatorio de Greenwich, no se explica por qué no se ven las estrellas en ninguna foto lunar. Cuando leí la primera vez las declaraciones de la astrónoma, pensé que se trataba un personaje inventado. No es así. Maria Blyzinsky existe, es astrónoma y trabaja en el Observatorio de Greenwich. Ahora bien, jamás ha dicho lo que afirma Camacho y considera un disparate la teoría de la conspiración.

¿Qué podemos concluir de todo esto? Que hay conspiraciones y conspiradores, sin duda, y que los ha habido siempre; pero que no hay ninguna prueba -más bien todo lo contrario- de que tramas del estilo de la de El código Da Vinci -una novela que pretende hacer pasar por históricos hechos de nunca han ocurrido-, We never went to the Moon, La gran impostura y El incidente (1980) tengan la mínima base real. Lo razonable no es ni negar que hay conspiraciones ni afirmar que vivimos en un mundo regido por ellas. Nos guste o no, las hay; pero eso no significa que tengamos que creer que todo lo que nos cuentan y lo que nos pasa es producto de contubernios. Claro que es más fácil y psicológicamente tranquilizador culpar, por ejemplo, de nuestro estancamiento profesional a un malvado colega que a nuestra incapacidad o falta de entrega. Con las grandes conspiraciones -ésas que ocultan secretos impensables y en las que participan decenas de miles y hasta centenares de miles de personas sin que ninguna sea capaz de filtrar la menor prueba-, basta en la mayoría de los casos con aplicar el sentido común para derribar el castillo de naipes. Quizá sea eso en lo que tengamos que centrarnos los escépticos de cara al gran público porque, simplemente, puede ser lo más efectivo.

(1) Intervención del autor en la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico, celebrada en Buenos Aires (Argentina) en septiembre.

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02 Sep 2005

"Dan Brown es un novelista, es libre de escribir lo que quiera, pero los que se autodenominan descifradores intoxican cuando mantienen la confusión bajo las apariencias de un conocimiento riguroso". La frase es de la periodista Marie-France Etchegoin y del filófoso y sociólogo Frédéric Lenoir, autores de El código Da Vinci: la investigación (2004), un libro que sitúa en su justo término histórico lo que el autor estadounidense presenta como hechos reales en su superventas. El ensayo de Etchegoin y Lenoir es instructivo, divertido y, encima, no hace falta haberse leído la obra de Brown para entenderlo todo y darse cuenta de la desfachatez del novelista y de la incompetencia como historiadora del arte de su esposa, Blythe, quien le ha ayudado como documentalista en sus historias.

El código Da Vinci: la investigación es lo único que se salva de la montaña de títulos publicados en España en los últimos meses para aprovechar el tirón de la novela de Brown, a juicio del historiador y periodista Julio Arrieta. Él se los ha hojeado todos; yo sólo he consultado algunos, con el frustrante resultado de encontrarme ante colecciones de tonterías pseudohistóricas al estilo de Lorenzo Fernández Bueno y su Los guardianes del secreto. Arrieta es uno de los escépticos españoles más cultos y por eso, cuando me recomienda una obra, no lo dudo un instante: la cojo de la estantería de la librería donde estemos y me la llevo a la caja. Yo ya había disfrutado de la crítica a El código Da Vinci de José Luis Calvo; pero quería más. El libro de Etchegoin y Lenoir casi me ha saciado, y además me he reído en algunos momentos de las meteduras de pata del autor estadounidense.

Hay dos tipos de best sellers, aquéllos en los que el autor se ha molestado en verificar detalles y datos y los que son un cúmulo de despropósitos. La lectura de El código Da Vinci: la investigación deja claro, para quien todavía tenga alguna duda, que Brown es un indocumentado y que no hay que tomarse en serio nada de lo que presenta en su novela como cierto. "Como siempre, Dan Brown construye un buen número de invenciones alrededor de un elemento histórico verdadero", dicen Etchegoin y Lenoir cuando el novelista centra su atención en la llamada fuente Q, un hipotético documento que contendría sólo frases de Jesús y del que habrían bebido los evangelistas Marcos, Mateo y Lucas. Lo que hace el autor de El código Da Vinci es lo mismo que hacen los charlatanes que se han lanzado en los últimos años a escribir novelas históricas y presuntas obras de investigación, dar al lector gato por liebre para cimentar una milenaria conspiración. Por eso, libros como el de Etchegoin y Lenoir resultan imprescindibles.

Etchegoin, Marie-France; y Lenoir, Frédéric [2004]: El código Da Vinci: la investigación [The code Da Vinci: L'Enquête]. Trad. de Manuel Serrat Crespo. RBA Libros. Barcelona 2005. 251 páginas.

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Misterios a la luz de la ciencia
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Sobre este blog

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Luis Alfonso Gámez es periodista de EL CORREO, donde ha cubierto la información de ciencia durante ocho años. Fundador del Círculo Escéptico, es consultor del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario.

Para contactar con el autor:
lagamez@gmail.com

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