14 Mar 2008
05 Mar 2008
05 Mar 2008
03 Mar 2008
Marion Cotillard, ganadora del Oscar por La vie en rose, es una conspiranoica. Me he enterado de ello esta mañana en la web de Mat Drudge, famoso por haber fastidiado las vacaciones bélicas en Afganistán a Enrique de Inglaterra. El titular del sitio de Drudge enlazaba con una noticia difundida ayer por Reuters de la que ya se han hecho eco numerosos medios: resulta que Cotillard duda de la versión oficial del ataque contra las Torres Gemelas y de la llegada del hombre a la Luna, entre otras cosas. "Pienso que (los Gobiernos) nos mienten sobre muchas cosas", sentencia la actriz en una entrevista televisiva concedida hace un año y que estoy buscando para colgar aquí. Se confiesa adicta a los vídeos conspiranoicos sobre el 11-S y cita como contrapunto a la caída del World Trade Center el incendio del edificio Windsor de Madrid, que no se derrumbó a pesar de que "ardió durante 24 horas". Según Efe, que acaba de mandar el correspondiente despacho, algunos internautas estadounidenses ya están pidiendo que se le retire la estatuilla y hasta se le niegue trabajar en Hollywood. La actriz francesa, informa The Times, está consternada por la reacción a sus palabras, dice que se han sacado de contexto y que la entrevista es vieja; pero no se retracta. Mantiene así su alineamiento con quienes siguen las disparatadas ideas de Thierry Meyssan, autor del libro La gran impostura, y el español Bruno Cardeñosa, quien mantiene que contra el Pentágono no se estrelló ningún avión de pasajeros en septiembre de 2001. Como dice José María Romera hoy en El Correo, "la paranoia se nutre de ciertos trastornos mentales, pero también de pequeños defectos cotidianos: la pereza mental, la vanidad, el afán de notoriedad, el victimismo, la sinrazón". No sé a cuál de estas causas, si no a todas, atribuir el mal de Marion Cotillard. Lo que si sé es que no tiene ningún motivo para molestarse por la reacción pública a sus desvaríos. Quien dice tonterías se arriesga a que lo tomen por tonto.
18 Nov 2007
La historia no es nueva. En mayo de 2001, ocurrió algo parecido, también el Club de la Prensa de Washington. Un grupo de ufólogos, denominado Proyecto Revelación, convocó a los medios de comunicación para hacerles "importantes revelaciones sobre la realidad del fenómeno ovni". En el estrado, una veintena de ex funcionarios del Gobierno estadounidense, algunos de ellos militares; en el patio de butacas, representantes de los principales periódicos y de una docena de cadenas de televisión, a la espera de pruebas. "Es el fin de la infancia de la especie humana. Ha llegado la hora de que nos convirtamos en adultos maduros entre las civilizaciones cósmicas que están ahí fuera", anunció Steven Greer, director del grupo. Sus acompañantes comenzaron entonces a narrar las típicas visiones de platillos volantes habituales desde 1947. Eludieron cualquier referencia a secuestros o a encuentros sexuales con los visitantes; pero la conspiración estaba allí.
Greer cree que los testimonios expuestos -no se presentó otra cosa ni hace seis años ni el martes pasado- "demuestran, de una vez por todas, que no estamos solos". Ni en la Tierra. "Por lo menos desde los años 40, y quizá desde los 30, ha habido vehículos espaciales de origen extraterrestre que fueron derribados, ocupados y estudiados", dijo el director del Proyecto Revelación. Uno de sus compañeros fue más allá. Clifford Stone, sargento retirado, afirmó que hay catalogados nada menos que 57 tipos de alienígenas y aseguró haber visto a los malheridos tripulantes de esas naves, que tienen debilidad por accidentarse en EE UU, cuyo Gobierno oculta la verdad al mundo. Uno de esos aparatos sería el que se estrelló en Roswell, Nuevo México, en 1947. Greer indicó que, del estudio de éste y otros platillos siniestrados, EE UU y Reino Unido han obtenido grandes frutos. El líder del Proyecto Revelación también lo es del Centro para el Estudio de la Inteligencia Extraterrestre (CSETI), entidad "dedicada a establecer relaciones pacíficas y continuadas con formas de vida extraterrestre". Como se ve, todo muy serio.
Conspiración liberadora
¿Qué pruebas tienen de lo que dicen quienes hicieron hace seis años esas extraordinarias afirmaciones y quienes han pedido hace unos días al Gobierno de EE UU que lidere la investigación ovni en el mundo? Las mismas que todos los ufólogos que han anunciado alguna vez disponer de pruebas de que los ovnis son naves extraterrestres. Ninguna. Si las tuvieran, no se limitarían a mostrar fotografías y películas más que dudosas ni recurrirían a la manida conspiración gubernamental, que tan bien les ha venido desde el nacimiento del mito para justificar la falta de pruebas y hacer recaer la carga de la prueba en quienes sostienen que no hay nada extraordinario en los ovnis, en vez de en quienes afirman que nos visitan extraterrestres, que andan secuestrando gente por ahí y le hacen todo tipo de perrerías. La conspiración es la coartada perfecta. Libera a los ufólogos de la carga de la prueba: ellos no tienen que demostrar que nos visitan seres de otros mundos; son los científicos los que lo saben y lo están ocultando.
Por eso, cada cierto tiempo surge un grupo de ex cualquier cosa que, ansiosos de publicidad gratuita, hacen rimbombantes anuncios en Washington y durante unos días salen en algunos medios de comunicación -cada vez menos y cada vez más como una excentricidad- repitiendo un cuento conocido desde hace sesenta años. Porque fue en enero de 1950 cuando Donald E. Keyhoe, comandante retirado de la Infantería de Marina de EE UU y autor del primer libro sobre el tema, The flying saucers are real (1950), publicó un artículo en la revista True que sentó los dos pilares básicos de la ufología: el origen alienígena de los ovnis y el tan socorrido secretismo gubernamental, cuyo final reclaman ahora los catorce pilotos, ex mandos militares y funcionarios de Washington.
Lamentablemente para ellos, el secretismo gubernamental hace tiempo que no existe en países como EE UU, Reino Unido, Francia y España, donde los archivos oficiales sobre avistamientos de platillos volantes se han hecho públicos sin que se haya encontrado rastro de ET. Los ovnis "son una mezcla de fenómenos naturales y de origen humano, en vez de una prueba de vida extraterrestre", indican las conclusiones de un estudio oficial hecho público hace un año en Reino Unido y que abarca más de treinta años de avistamientos. "No existen pruebas que sugieran que los fenómenos sean hostiles o estén bajo algún tipo de control diferente a las fuerzas de la naturaleza", sentenciaban los autores del trabajo, en la misma línea que todos los proyectos de investigación de los países citados. Nada de esto impedirá, no obstante, que ufólogos y creyentes sigan con su cantinela y vuelvan en un futuro próximo a contar anécdotas tan reales como las visiones de hadas y las apariciones demoniacas en el Club de la Prensa de Washington, al que los conspiranoicos han cogido gusto en los últimos tiempos.
01 May 2005
Otro español, Santiago Camacho -famoso en el mundo del misterio como experto en conspiraciones-, ha hecho algo parecido a la hora de defender que el hombre no llegó a la Luna y que hay científicos que apoyan la idea de que las misiones Apollo fueron un montaje hecho en un estudio cinematográfico. Dice Camacho en su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (La Esfera de los Libros, 2003): "Pero quizá la más curiosa de estas anomalías -se refiere a las de las fotografías de las misiones Apollo- es la que hace notar Maria Blyzinsky, directora de astronomía del Observatorio de Greenwich (Londres). A falta de una atmósfera que entorpezca el paso de la luz, en la Luna las estrellas deberían ser totalmente visibles. Pues bien, en las imágenes tomadas por los astronautas no es que se vean muchas... ni pocas, en realidad no se ve ninguna estrella. Resulta ciertamente notable que, dadas las inmejorables condiciones de observación, la gran calidad de la cámara Hasselblad con la que estaban equipados y la sensibilidad de la película Ektachrome utilizada, a ninguno de los astronautas se le ocurriese hacer una instantánea con un tiempo de exposición suficiente como para recoger ese firmamento único". Ese capítulo se publicó en forma de reportaje en El Mundo el 10 de noviembre de 2002 y en él Camacho explicaba la ausencia de estrellas en el cielo lunar: "Tal vez se debiera a que, de todos los elementos susceptibles de falsificación a la hora de construir un decorado que simulase el paisaje lunar, el cielo es precisamente el único imposible de reproducir sin levantar las sospechas de un astrónomo".
Nunca había dado crédito a estas palabras de Blyzinsky -que están reproducidas hasta la saciedad en Internet- porque pensaba que se trataba de un personaje inventado. La verdad, sin embargo, es que Maria Blyzinsky existe, es astrónoma y trabaja en el Real Observatorio de Greenwich. La mentira es que dijera alguna vez algo parecido a lo que sostiene Camacho. Me informó de esta nueva muestra de ética periodística paranormal Alberto Matallanos, un escéptico que se tomó la molestia de localizar a la astrónoma y preguntarle por la autenticidad de la cita que se le atribuye. La respuesta de la científica fue clara: no sólo nunca había dicho lo que Camacho afirma que dice, sino que además jamás le ha hecho nadie una pregunta en ese sentido sobre el proyecto Apollo. En un mensaje personal enviado a Matallanos, la astrónoma señala que este caso demuestra cuál es el caldo de cultivo de las ideas conspiracionistas: "El mal periodismo y la mala investigación".
Consultada por Magonia, Blyzinsky ha reiterado la falsedad de la cita empleada por Camacho en 20 grandes conspiraciones de la Historia, algo que también ha hecho Robert Massey, astrónomo jefe del Real Observatorio de Greenwich. "La cita es falsa. Maria no sabe de dónde ha salido; pero no representa de ningún modo la postura oficial del observatorio ni su punto de vista personal. El personal del Real Observatorio de Greenwich dedica mucho tiempo a refutar afirmaciones de los promotores del fraude lunar y de otros pseudocientíficos. Todo esto probablemente demuestra cómo las ideas se propagan por Internet y la tarea casi imposible a la que nos enfrentamos a la hora de convencer a la gente de que algunas de esas ideas pueden no ser ciertas", me ha indicado Massey en un mensaje de correo. Tanto si ha fabricado las declaraciones de Maria Blyzinsky como si se ha limitado a copiarlas, la calidad del periodismo de investigación que practica Santiago Camacho queda fuera de toda duda.
21 Mar 2005
Más importante que eso es recordar cómo Brown y compañía se han nutrido de la literatura ocultista para vestir sus tramas novelescas, intentando hacer pasar rumores, leyendas y ficciones como hechos reales. El historiador José Luis Calvo lo demuestra en su disección del best seller de Brown y en su pormenorizada crítica de Los guardianes del secreto, de Lorenzo Fernández Bueno, uno de los explotadores del manufacturado misterio de las caras de Bélmez. El de Fernández Bueno es uno de los libros más disparatados y peor escritos que he leído en muchos años. Como Eco, pienso que ninguno de estos autores y casi ninguno de los periodistas del misterio considera ciertas las tonterías que pone en negro sobre blanco o que predica con voz efectista a través de la radio. No son tan tontos y sí tan listos como para aprovecharse de los muchos ingenuos que creen que un investigador va por la vida con un chaleco a lo Indiana Jones, descubriendo exclusivas mundiales a diario a despecho de unos Gobiernos a los que burla continuamente. El negocio es vender misterios; no creer en ellos. Quienes creen en ellos se gastan el dinero; los que los venden no creen en ellos.
Entre lo más inexplicable de todo lo que ha ocurrido con El código Da Vinci, está la reciente reacción del Vaticano. Dos años después de la aparición del libro, cuando ya ha vendido 25 millones de ejemplares, el cardenal Tarsicio Bertone, hombre de confianza de Ratzinger, ha arremetido contra la novela, lo que seguro que habrá lanzado a más gente a comprarla. Es lo que tiene la Iglesia, que, cuando condena un libro o una película, no importa lo mediocres que sean, los convierte en éxitos. En este caso, a la saneada economía de Brown le va a reportar una propina inesperada y en Hollywood ya se tienen que estar frotando las manos ante el previsible éxito de la película protagonizada por Tom Hanks. Lo más chocante, no obstante, es que Bertone base su ataque al libro en que "no se hace una novela mistificando datos históricos o difamando a una institución de prestigio". ¿Sobre qué hechos históricos ha construido la Iglesia su imperio? ¿Cuántas verdades históricamente contrastadas hay en la Biblia? ¿Acaso todo el Antiguo Testamento es algo más que una gigantesca mistificación? ¿Y qué me dice de las apariciones de Lourdes y las reliquias cuya adoración fomentan las corrientes más conservadoras y antediluvianas de la Iglesia? En fin, que a los mandamases vaticanos les molesta que otros usen los mismos métodos que ellos utilizan constantemente desde hace siglos, incluida la difamación contra quienes les critican o no se pliegan a sus intereses.
31 Ago 2004
Su libro tiene 87 páginas y la mitad están ocupadas por fotografías de las sólo que una decena viene a cuento: se trata de fotocopias -como todas las imágenes de la obra- de instantáneas de los alunizajes. El resto de las ilustraciones corresponden a fotos de rampas de lanzamiento y encendidos de motores, esquemas de naves espaciales y de la misión lunar, paisajes de Nevada... Mis preferidas son las que demuestran que el cuartel general del engaño estuvo en los alrededores de Las Vegas: vistas de la ciudad, de la piscina de un hotel, del buffet del Hotel Casino Dunes -"Otra razón por la que los astronautas y sus jefes eligieron el área de Las Vegas", escribe Kaysing-, de una joven exhibiéndose en biquini -"Las recepcionistas y secretarias del centro de control del Proyecto de Simulación Apollo fueron reclutadas en los casinos de Las Vegas, lo que añadió atractivo al lugar"- y de mesas de juego -"Fue otra de las razones por las que los astronautas creyeron que Las Vegas era el lugar ideal para relajarse y recuperarse del viaje a la Luna"-. Kaysing sitúa su conspiración en Las Vegas porque, simple y llanamente, se trata para él de una especie de paraíso inalcanzable. No presenta, por supuesto, ninguna prueba. A la pregunta de por qué se eligió un lugar próximo a la capital del juego para simular los alunizajes, responde con un simple: "Las fotografías cuentan mejor la historia". Ésa es la realidad de la base secreta de Nevada. Pero ¿por qué cree que el proyecto Apollo fue un gran engaño?
Kaysing tiene pruebas, la mejor de las cuales es que las estrellas no aparecen en las fotos tomadas por los astronautas en la Luna. La razón la sabe cualquiera que haya sacado una foto a alguien de noche al aire libre: el protagonista sale, pero el brillo de las estrellas es demasiado débil como para impresionar la película. Aún así, Kaysing se sorprende una y otra vez: "¿Estrellas? ¿Dónde están las estrellas?". Podría haber preguntado a un fotógrafo, pero no lo hizo. Con los años, sus seguidores han visto en las fotos lunares muchas anomalías que no son tales. Resulta inconcebible que alguien dé crédito a We never went to the Moon. Quienes, basándose en este libro -el germen de esta conspiración-, pregonan a los cuatro vientos que el proyecto Apollo fue un montaje o son unos ignorantes o unos desaprensivos. Me cuesta creer que alguien pueda tomarse en serio el texto de Kaysing, dado que su acumulación de disparates y tonterías casi deja corto el Planeta encantado con el que nos está bombardeando la Televisión Española (TVE) socialista, después de que la popular hiciera el primer ataque al sentido común con tan letal arma. De hecho, me he acordado de la obra de Kaysing hoy porque TVE ha vuelto a emitir el episodio de la serie de Juan José Benítez en el que el ufólogo intenta convencer al público de que un vídeo creado en un estudio de animación vasco fue en realidad rodado en el Mar de la Tranquilidad, lo contrario que en el complot desvelado por Kaysing.
La conspiración vende, sea de la naturaleza que sea: el francés Thierry Meyssan defiende que no se estrelló ningún avión contra el Pentágono el 11-S, pero no explica qué pasó con los pasajeros de la aeronave desaparecida; el periodista Bruno Cardeñosa no sólo hace los coros en español a Meyssan, sino que además mantiene que hubo una conspiración en los ataques terroristas del 11-M, que sólo ve él; su amigo Santiago Camacho no tiene muy claro que el hombre pisara la Luna a finales de los años 60; su maestro Juan José Benítez predica en la televisión pública que los astronautas estadounidenses destruyeron ruinas alienígenas en el satélite terrestre; Javier Sierra dice que el transistor es un invento basado en tecnología de otros mundos... El fundamento de todas esas conspiraciones es, en el mejor de los casos, tan endeble como el de la que Kaysing expone en su libro. La única conspiración que parece real es la de ciertos medios de comunicación y periodistas sin escrúpulos que, para hacer negocio, pretenden hacer creer a la gente que somos víctimas de conjuras un día sí y otro también. Dos meses después de los ataques del 11-M, llegaron a las librerías varias muestras de un periodismo de investigación que no pudo ser muy profundo porque, entre redacción, corrección, impresión y distribución, igual quedó una semana para hacer pesquisas. Con las víctimas de los trenes de Madrid recién enterradas, los conspiranoicos no tuvieron el menor escrúpulo en levantar vuelo y no en aras de la verdad, precisamente.
Kaysing, Bill [1974]: We never went to the Moon. America's thirty billion dollar swindle. Health Research. Pomeroy 2002. 87 páginas.
15 Ene 2004
12 Ene 2004
Una frase aparece varias veces sobreimpresionada en Mirlo rojo. Dice: "Por razones de seguridad, algunos nombres y datos han sido cambiados". Queda bien, da un aire de intriga al documental, pero ¿a la seguridad de quién se refiere? No creo que sea a la de quien Benítez dice que le contó la historia de las ruinas lunares -"un alto militar norteamericano"- porque está ya enterrado en el cementerio de Arlington, en Washington. Y lo curioso es que no hay nadie más involucrado en la trama, además del periodista navarro. Creo que Benítez guarda en secreto sus fuentes sobre el gran secreto del proyecto Apollo por lo cómico del caso. Quien le contó por primera vez que en la Luna se descubrieron ruinas extraterrestres y se destruyeron con bombas atómicas fue el peruano Carlos Paz Wells, que a mediados de los años 70 aseguraba tener encuentros con seres de otros mundos. "Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación. Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano", afirma el contactado en Ovnis: SOS a la Humanidad, la obra que Benítez dedicó en 1975 a las andanzas de los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI). En ese libro, puede leerse una ficticia versión de un diálogo entre los astronautas del Apollo 11 y Houston muy parecida a la que el ufólogo sitúa en el Mar de la Tranquilidad, donde los expedicionarios humanos habrían visto platillos volantes. Pero el chivatazo del bombardeo de los edificios alienígenas lunares no se lo dieron a Benítez únicamente los extraterrestres, vía Paz Wells.
"Durante años he combatido a quienes decían haber visto o tener contacto con naves de otros mundos. Sometido a la disciplina que se exige a cualquier agente secreto y a mis propias convicciones trataba de destruir lo que consideraba patrañas, embustes y acciones de gente sin escrúpulos o de comportamiento demencial. La experiencia me ha demostrado que el equivocado era yo y cuantos tratan de desprestigiar algo natural y positivo. No estamos solos en el cosmos, el planeta Tierra está siendo visitado por extraterrestres que, además, descansan y se estacionan en bases ignoradas en su mayoría". Con esta confesión en su presentación, llegaba en 1979 a las librerías españolas Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O'Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, en aquel entonces un joven de veintiún años, para un premio literario. En la historia, mezclaba hechos reales con tramas conspiranoicas al estilo de Expediente X. "Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas... De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera. A la vista de la información recopilada, inventaba la historia con argumentos cómo: "La noticia que se dio al público por la prensa fue... cuando lo que realmente ocurrió fue...". Siguiendo esta línea, no reparé en gastos: relaté historias inverosímiles, como la de colocar un ovni en medio de una explosión nuclear en Siberia o hacer que el protagonista asesinara a varios ufólogos por acercarse demasiado a la verdad, y cualquier otro tipo de hazañas que los ufólogos suspiran vivir. Toda la trama, una vez argumentada, cumplió con los objetivos propios de una novela. Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates. Ya se sabe que la fe mueve montañas...", recordaba Esteban en 1996 en La Alternativa Racional, revista de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.
Con Bases de ovnis en la Tierra sucedió lo mismo que con La delegación (1973), de Rainer Erler, y Alternativa 3, de Leslie Watkins, David Ambrose y Christopher Miles: algunos ufólogos tomaron la ficción por realidad. Benítez, Bruno Cardeñosa y Francisco Padrón fueron tres de los que demostraron su perspicacia y rigor. Los dos primeros mantuvieron reuniones en persona con Esteban creyendo que hablaban con un agente de la CIA, y el joven decidió seguirles el juego para ver en qué acababa todo. Terminó con algunas de sus inventadas historias publicadas por los expertos en periódicos, revistas esotéricas y libros sobre platillos volantes. Afirma Benítez en Mirlo rojo que "Estados Unidos usó armas tácticas y nucleares" para destruir unas ruinas extraterrestres en la Luna. Esteban revelaba, como Douglas O'Brien, en 1979: "Según los servicios secretos se descubrieron cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna. En el año 1975 se procedió a realizar un bombardeo táctico". En su novela, también hablaba los llamados Fenómenos Lunares Transitorios (LTP), vinculándolos a la actividad alienígena; de cómo los rusos habían detectado, con sus primeras sondas, la existencia de estructuras artificiales en el satélite; y de cómo se destruyeron tras los alunizajes. La realidad es mucho más sorprendente que la ficción hecha película lunar por Benítez: "Escribí el libro con unos diecinueve años, por lo que, de ser una novela autobiográfica... ¡entré en los servicios secretos estadounidenses con ocho años!", suele ironizar Esteban. Ni el autor de Caballo de Troya ni Cardeñosa ni Padrón pusieron reparos a creer que la CIA cuenta con espías infantiles. Cosas de los ufológos profesionales.
El resto de los ingredientes de este guiso conspiranoico -que ignoró hasta John F. Kennedy, según Benítez- no superaría una mínima inspección por parte de las autoridades sanitarias. El elemento principal son los platillos volantes, de cuyo origen extraterrestre habrían estado al tanto EE UU y la Unión Soviética desde el primer momento. Los ovnis dan cuerpo a un plato cuya base son los LTP, los extraños fenómenos de corta duración -bolas y llamaradas de luz, cambios de color y brillo de la superficie...- vistos en la Luna durante los últimos siglos, achacables muchos de ellos -como los que atañen al cráter Linné- a observaciones hechas al límite de la resolución de los telescopios y del ojo. La NASA hizo en 1968 un catálogo de LTP y la ciencia, de momento, carece de explicación para algunas de las cosas observadas. Benítez toma la parte por el todo y, como siempre, se agarra a que algo carezca de explicación para meter por medio a los extraterrestres, cuando lo cierto es que los marcianos no solucionan nada.
Los LTP y los platillos volantes son los pilares de un decorado que es como un castillo de naipes y al que, para dar consistencia, el ufólogo suma el informe Brookings. Presenta como algo excepcional que unos expertos alertaran, a principios de los años 60, del impacto que podría tener para nuestra civilización el hallazgo de "artefactos alienígenas abandonados en la Luna y otros mundos". En ese documento, sostiene el director de Planeta encantado, "se anima a la NASA a ocultar información y eso fue lo que hicieron". La ingenuidad de muchos científicos y no científicos respecto al contacto con extraterrestres era enorme hace cuarenta años: Stanley Kubrick intentó, sin éxito, suscribir una póliza de seguros con Lloyd's para el caso de que el encuentro tuviera lugar antes del estreno de su película 2001, una odisea del espacio. Ese ambiente venía bien a la NASA para conseguir fondos para la exploración espacial. Lo que Benítez oculta es que el contenido del informe Brookings fue y es público. Seguramente, estamos ante uno de esos datos cambiados en el documental "por razones de seguridad", las mismas por las cuales no se dice que las fuentes de información del novelista -¿cómo puede creerse alguien que un militar estadounidense de alto rango recurra a un reportero español sin ninguna credibilidad, teniendo a su alcance a quienes destaparon el escándalo Watergate?- son un contactado y un inexistente espía de la CIA. Como ha apuntado más de un escéptico, a veces da pena que TVE no haya emitido Planeta encantado en horario de máxima audiencia: Benítez se basta y se sobra para desenmascararse a sí mismo.
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Luis Alfonso GámezUna ventana crítica al mundo del misterio
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