07 Abr 2008
23 Mar 2008
"Siempre ha habido un elemento místico en mis escritos, pero tengo que decir que no creo en lo sobrenatual o lo paranormal", decía Arthur C. Clarke en junio de 2000 en una entrevista al periodista de la BBC Alastair Lawson. Un año antes, en un nuevo prólogo a su novela El fin de la infancia (1954), advertía a sus lectores:
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"Me sentiría desolado si este libro contribuyera todavía más a la seducción de lo crédulo, ahora cínicamente explotada por los medios. Las librerias, los quioscos y las ondas están todas contaminadas con idioteces pudrementes sobre ovnis, poderes psíquicos, energías piramidales, canalizaciones..."
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Hay enigmas de diversos tipos y él los clasificó en Arthur C. Clarke's mysterious world (1980), el libro que escribieron Simon Welfare y John Fairley a partir de la serie de televisión. La serie cuenta con breves epílogos del padre de HAL 9000 -como el que ilustra estas líneas, correspondiente al capítulo dedicado al monstruo de lago Ness-, rodados en Sri Lanka y menos tajantes que los del libro, una obra bonita y bien ilustrada, aunque muchas de las presuntas pruebas que incluye sobre la existencia de monstruos y enigmas se hayan desvanecido en los años pasados. Una demostración más de la capacidad profética de Clarke, como verán.
El divulgador científico hace en su introducción una ilustrativa clasificación de los misterios, que recuerda la que Joseph Allen Hynek hace de los avistamientos de ovnis en 1971 en The ufo experience. El ufólogo estadounidense divide las observaciones de ovnis en lejanas y cercanas, siendo estas últimas las que tienen lugar a menos de 150 metros. Dentro de las primeras, distingue las luces nocturnas, los discos diurnos y los objetos detectados por radar, mientras que divide las segundas en encuentros cercanos del primer tipo -el objeto no interactúa ni con el testigo ni con el entorno-, del segundo tipo -deja pruebas en forma de huellas, quemaduras...- y del tercer tipo -se hacen visibles los tripulantes-, que son los que dan título a la famosa película de Steven Spielberg. Clarke no se complica tanto la vida, pero su taxonomía, al igual que la de Hynek, es muy reveladora de las creencias de su autor.
"Un misterio del primer tipo (M1K, por sus siglas en inglés) es algo que una vez fue totalmente desconcertante, pero ahora entendemos completamente. Virtualmente, todos los fenómenos naturales entran dentro de esta categoría". El ejemplo que pone Clarke es el del arco ris, creación de la divinidad en tiempos antiguos -en el Génesis es la señal de Dios en el cielo que garantiza que no habrá más diluvios- cuya naturaleza no tiene ningún misterio desde el siglo XVIII. Los misterios del segundo tipo (M2K) son aquéllos "que todavía son misterios, aunque en algunos casos tenemos una idea bastante aproximada de las respuestas. Generalmente, el problema es que hay demasiadas respuestas; podríamos sentirnos satisfechos con una cualquiera, pero las otras parecen igualmente válidas". Su ejemplo preferido son las observaciones de ovnis. "Los misterios del tercer tipo (M3K) son los más raros y se puede decir muy poco de ellos; algunos escepticos sostienen que no existen. Son fenómenos -o hechos- para los cuales parece no haber explicación racional". Ejemplos de este tipo de enigmas serían, a su juicio, la combustión espontánea y los postergeist.
Clarke creía no sólo posible que los M3K no existan, sino también que no existan tampoco los M2K. "Si son reales los M3K rápidamente pasarán a ser M2K y eventualmente M1K". Esa degradación mistérica la ha sufrido, recuerda, la radiactividad desde su descubrimiento en el siglo XIX. "El hecho de que este proceso no se haya dado en el caso de los fenómenos paranormales es uno de los más sólidos argumentos contra su existencia real. Después de más de cien años de esfuerzos, los defensores de lo paranormal todavía son incapaces de convencer a la mayoría de sus pares científicos de que ahí hay algo. Por el contrario, la corriente parece estar volviéndose contra ellos con las crecientes revelaciones de fraude y técnicas increíblemente chapuceras en lo que parecían resultados firmemente establecidos". Por último, el autor de Cita con Rama (1973) advierte de que existen también los misterios del tipo cero (M0K), enigmas que nunca han existido como el del triángulo de las Bermudas, la Atlántida y la energía de las pirámides, por citar sólo tres.
El texto de Clarke, escrito en 1980, acaba con el deseo de que el libro y la serie de televisión en la que se basa "ayuden a aquellos interesados en la verdad a distinguir entre misterios reales y fraudulentos. La auténtica sabiduría reside en mantener un delicado equilibrio entre escepticismo y credulidad. El Universo es un lugar tan extraño y maravilloso que la realidad siempre superará a la maginación más desbordada; siempre habrá cosas inexplicadas y, quizás, inexplicables". Es lógico y no ha de interpretarse como una coartada a la charlatanería, sino a la imaginación que requiere la práctica científica.
Ya lo decía Richard Feynman, hay que tener la mente abierta, pero no tanto como para que a uno se le caiga el cerebro al suelo. Ser muy aperturista lleva a confundir ficcion y realidad. "Después de treinta años de investigación, he aprendido que los enigmas no deben ser desvelados. Sólo así podemos seguir soñando", sostiene por su parte Juan José Benítez. Por eso él persigue extraterrestres por los campos de España y cree que el hombre convivió con los dinosaurios, como en Los Picapiedra. Es lo que tienen las "idioteces pudrementes".
Welfare, Simon; y Fairley, John [1980]: Arthur C. Clarke's mysterious world. Prologado por Arthur C. Clarke. Collins. Londres. 217 páginas.
19 Mar 2008
"Me gustaría señalar que las recientes misiones Mariner y Viking han establecido más allá de toda duda razonable la existencia de una civilización marciana con un alto nivel tecnológico. La habilidad para camuflar completamente, en unos pocos años, su sistema planetario de canales es un extraordinario logro de la ingeniería. Pero es sobrepasado por la proeza científica de (a) predecir los lugares de aterrizaje de las Viking y (b) descontaminarlos tan a fondo que se eliminó todo rastro de materia orgánica. Entiendo que destacados expertos como Erich von Däniken y Charles Berlitz están ahora compitiendo entre sí por presentar estas sensacionales conclusiones al mundo. Arthur C. Clarke.
Colombo, Sri Lanka."
19 Mar 2008
El escritor Arthur C. Clarke falleció ayer a los 90 años en su casa de Sri Lanka tras sufrir problemas respiratorios, informó uno de sus ayudantes a la agencia Associated Press. El autor inglés, nacido en 1917, era el último de los tres grandes de la ciencia ficción con vida: Robert Heinlein murió en 1988 e Isaac Asimov falleció de sida en 1992.
Clarke firmó más de un centenar de obras, imaginó el satélite de telecomunicaciones y describió su funcionamiento en un artículo en 1945, y gestó con Stanley Kubrick la película 2001: una odisea del espacio, basada en su cuento El centinela. Fue un consumado submarinista, deporte que, junto con su fascinación por la cultura india, le llevó en 1956 a trasladar su residencia a Sri Lanka. Entre sus novelas fundamentales, destacan El fin de la infancia (1954), 2001: una odisea espacial (1968) y Cita con Rama (1973).
Divulgador científico, dedicó una serie de televisión, El mundo misterioso de Arthur C. Clarke, al análisis de supuestos misterios. Humanista confeso, era muy crítico con la religión: "Hay muchas religiones diferentes, cada una convencida de poseer la verdad, cada una diciendo que sus verdades son claramente superiores a las de las otras. ¿Cómo puede alguien tomarse en serio una de ellas? Creo que es una locura".
13 Ago 2004
La historia de la nave espacial accidentada en Siberia es más antigua que la de Roswell; más antigua que el mito de los platillos volantes. El primero que habla de ella es Alexandr Kazantsev en 1946. Así lo reconoce la mayoría de los autores que después han abrazado la idea del ovni estrellado. "La hipótesis de Kazantsev me parece la más probable de todas las que se han emitido, comprendiendo la mía", dice en Los extraterrestres en la Historia (1970) Jacques Bergier, quien también propone que pudo tratarse de una explosión nuclear debida a experimentos hechos por "los desterrados políticos en Siberia". "Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica", afirma Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). "Una de las hipótesis más convincentes -dadas las especiales circunstancias del suceso-, compartida por un gran número de investigadores y lanzada en 1949 por Alexandr Kazantsev, es que la explosión de 1909 fue efecto de la explosión de una astronave extraterrestre", concluye Andres Faber-Kaiser en ¿Sacerdotes o cosmonautas? (1974). "Las grandes preguntas siguen sin respuesta: ¿se trataba de una nave tripulada? ¿Fue un accidente o un experimento? ¿Y por qué en esa región del planeta?", se pregunta Juan José Benítez en Mis enigmas favoritos (1993). Todos se olvidan de un detalle: Kazantsev era escritor de ciencia ficción y no presentó la teoría en ninguna revista científica, sino que la ideó para dos cuentos.
Los relatos -"Un visitante del espacio" y "El marciano"- se publicaron en español en Argentina en 1978, reunidos en un libro titulado Alguien vino del futuro, prologado por Antonio Las Heras. La nave de la ficción está tripulada por marcianos que, ante la escasez de agua en el planeta rojo, intentan conseguirla en otros mundos. "Al principio, en el momento más apropiado, volaron a Venus, y luego, el 20 de mayo de 1908, vinieron de Venus a la Tierra. Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteoro o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir la velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado, según lo demuestran los precisos cálculos actuales", dice uno de los protagonistas del primero de los relatos. En el segundo, un marciano ha sobrevivido, parece un humano más -"Los seres de la Tierra eran como él, se asemejaban a ese habitante del lejano Marte, lo cual indicaba que la suprema racionalidad de la evolución es estrecha y selecciona para los seres inteligentes una misma forma en todos los lugares del Universo"- y el diario de su estancia en la Tierra ha llegado a uno de los personajes. No encontrarán estos detalles en las obras de los Bergier y compañía, que se olvidan -si es que alguno ha leído los cuentos originales- del origen real de los visitantes de Kazantsev.
Tampoco busquen a ningún científico ruso de prestigio llamado Yuri Lavbin. Este individuo, que ha visitado varias veces el epicentro del fenómeno de Tunguska y está obsesionado con los ovnis, tiene en Krasnoyarsk un pequeño museo donde expone piezas que supuestamente avalan su teoría -que en Siberia se estrelló una nave de otro mundo- y afirma que Chris Carter se basó en sus ideas para los episodios de Expediente X relacionados con la explosión de 1908. "Vamos a intentar encontrar pruebas de que lo que chocó con la Tierra no fue un meteorito, sino una nave espacial extraterrestre", declaró Lavbin a la prensa el 23 de julio, antes de emprender su última expedición. Ahora dice que los alienígenas nos salvaron haciendo explotar "un meteorito enorme que se dirigía hacia nosotros a gran velocidad". ¿Y las pruebas?
Geert Sassen, un historiador holandés especialista en la exploración espacial, indicaba ayer por correo electrónico a un grupo de colegas que los expedicionarios "pueden haber encontrado piezas del quinto vuelo de prueba del Vostok", que despegó del cosmódromo de Baikonur el 22 de diciembre de 1960 y se estrelló poco después por un fallo en la tercera fase. Y citaba al especialista en historia de la astronáutica Asif Siddiqi, quien -en el libro Challenge to Apollo: the Soviet Union and the space race, 1945-1974- explica que "la carga aterrizó a unos 3.500 kilómetros del lugar del lanzamiento en una de las regiones más remotas e inaccesibles de Siberia, en la región del río Podkamennaya Tunguska, cerca del punto de impacto del famoso meteorito de Tunguska". Sassen recordaba, además, que la región se encuentra en la trayectoria de la mayoría de las naves que despegan de Baikonur, por lo que se puede esperar "que esté plagada de fragmentos de cohetes". Así que es posible que, si se trata de algún tipo de artefacto, lo que Lavbin haya recuperado sea parte de una nave espacial, pero humana.
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Luis Alfonso GámezUna ventana crítica al mundo del misterio
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