05 Ago 2008
Los extraterrestres sufrieron su primer accidente en la Tierra en un paraje deshabitado de Siberia Central el 30 de junio de 1908. Conocido como el evento de Tunguska porque ocurrió cerca del río de ese nombre, se achacó en principio al choque de un asteroide o un cometa. El ingeniero soviético Alexander Kazantsev propuso, sin embargo, en 1946 que había sido la explosión del reactor nuclear de una nave de otro mundo la que había arrasado 2.150 kilómetros cuadrados de bosque, tumbado 80 millones de árboles, provocado un terremoto de grado 5 en la escala de Richter y hecho las noches siguientes tan brillantes que podía leerse el periódico en las calles de Londres sin iluminación artificial.
"Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteorito o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado", escribió Kazantsev hace más de sesenta años.
Ecos de Hiroshima
La atribución del desastre de Siberia a una nave alienígena en 1946, un año antes de la visión de los primeros platillos volantes, no fue casual. Como recuerda el ingeniero espacial James Oberg en su libro Ufos & outer space mysteries (1982), Kazantsev había visitado las ruinas de Hiroshima tras la bomba atómica y le había impresionado su parecido con los efectos de la explosión de Tunguska: si en la ciudad japonesa se mantuvieron en pie algunos árboles cerca del centro de la detonación, en el epicentro de la explosión siberiana, señalado por millones de troncos tumbados radialmente, habían quedado en pie algunos, pelados como postes de telégrafos.
Un astrónomo soviético, Felix Zigel, fue con el tiempo el principal defensor de la teoría de la nave interplanetaria. Y un físico, Alexei Zolotov, dirigió varias expediciones a Tunguska, tras las cuales anunció la detección de rastros anormales de radiactividad. "Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica", escribió Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). La idea de la nave alienígena ha sido abrazada después por Jacques Bergier, Andreas Faber-Kaiser, Juan José Benítez y muchos otros. Recientemente, en su libro El enigma de Tunguska (2006), el autor esotérico argentino Antonio Las Heras ha ido más allá: lo que explotó en Siberia no fue una nave, sino una bomba lanzada por extraterrestres que han elegido la Tierra como campo de pruebas nucleares con fines científicos.
Sea por mala memoria, por hablar de oídas o por otra razón, los partidarios de la teoría de Kazantsev suelen olvidarse de que no la propuso en una revista científica, ni siquiera en un libro de divulgación. El autor soviético era escritor de ciencia ficción y la idea del Roswell siberiano es el eje argumental de su cuento ‘Un visitante del espacio’, publicado en 1946. Däniken y compañía tampoco recuerdan que la nave accidentada proviene de Marte y estalla cuando está aprovisionándose de agua en el lago Baikal para transportarla al sediento planeta rojo; ni que los canales que hace poco más de cien años creyó ver Percival Lowell -y que al final resultaron ser una ilusión óptica- son en el relato "una vasta obra de irrigación"; ni que los marcianos gozan de un "sistema social perfecto" basado en "una economía planificada a escala total del planeta", consecuencia, sin duda, de una oportuna revolución socialista.
Otra dimensión
Los seguidores de la idea de la nave estrellada en Siberia citan todavía a Kazantsev como una autoridad de la ciencia soviética, como alguien que se adelantó a su tiempo. Sin embargo, cuando después de publicar su cuento expuso su idea ante la comunidad científica de la URSS, nadie le tomó en serio. Kazantsev se convirtió con los años en un defensor de las visitas extraterrestres en la Antigüedad: veía, por ejemplo, un astronauta en la losa de la tumba del rey maya Pakal, en Palenque (México). Y acabó renegando del origen marciano del objeto de Tunguska: "Ahora pienso que (los ovnis) vienen de otras dimensiones, incluido el que cayó en Tunguska", declaró a la revista Más Allá en 2002, poco antes de su muerte. Añadía que "existen hasta once dimensiones y tres mundos paralelos", y que de uno de los últimos vienen los Bigfoots y los Yetis "a buscar alimentos que allí les faltan". ¿Las pruebas? Las mismas que en el caso de la nave espacial.
Las Heras sostiene en su libro que "la ciencia oficial rusa" ha acabado confirmando que "solamente una explosión atómica debida a presencias inteligentes extraterrestres puede servir como explicación para esta catástrofe". La realidad, no obstante, es que el consenso científico no va por ese camino, y ni siquiera Zigel y Zolotov son investigadores que merezcan crédito alguno: el primero es el padre de la ufología soviética; el segundo ha anunciado el hallazgo de radiactividad en Tunguska tantas veces como las que ha acabado retractándose.
La explosión de Siberia es un enigma no porque hubiera alienígenas de por medio -que no los hubo-, sino porque cien años después se ignora todavía qué la provocó, si un asteroide o un cometa. Los últimos cálculos apuntan a que el culpable fue un objeto de unos 20 metros de diámetro que estalló a entre 5 y 10 kilómetros de altura. La energía liberada fue equiparable a la de 400 bombas como la de Hiroshima y la onda de choque arrasó una superficie de bosque equivalente a Guipúzcoa. Por fortuna, el objeto de Tunguska cayó en una región deshabitada. Puede que la próxima vez no sea así.
El libro
Alguien vino del futuro (1962): Los dos cuentos de ciencia ficción -'Un visitante del espacio' y 'El marciano'- en los cuales se basa la creencia de que en Tunguska se estrelló en 1908 una nave de otro mundo.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
27 Jul 2008
Roswell tiene hoy unos 49.000 habitantes, casi el doble que el 8 de julio de 1947. Aquel día, el diario local dio en su portada la noticia de la recuperación de un platillo volante en un rancho de la región por parte de los militares. Dos semanas antes, Kenneth Arnold, un hombre de negocios que pilotaba su avioneta, había visto sobre las montañas Cascada nueve objetos extraños que "volaban erráticos, como un platillo si lo lanzas sobre el agua". Tenían forma de bumerán; pero el periodista que cubrió la historia confundió la forma de los objetos con la del vuelo y los bautizó como platillos volantes. La denominación hizo fortuna y pronto las observaciones de discos se multiplicaron por Estados Unidos.
30 años de silencio
La noticia del ovni estrellado que dio The Roswell Daily Record se basaba en un comunicado de prensa dictado por el teniente Walter Haut. "Los muchos rumores sobre platillos volantes se hicieron realidad ayer cuando la oficina de Inteligencia del Grupo de Bombarderos 509 de la Octava Fuera Aérea, Aeródromo de la Armada de Roswell (RAAF), tuvo la suerte de obtener un disco gracias a la cooperación de uno de los granjeros locales y de la oficina del sheriff del condado de Chávez", dijo Haut. Según el periódico, el objeto había sido visto antes de estrellarse por Dan Willmot y su esposa. Él, "uno de los más respetados y fiables" vecinos de Roswell, había calculado que tenía unos 7 metros de diámetro, volaba a 500 metros de altura e iba a entre 600 y 800 kilómetros por hora. Tenía forma de dos platos unidos por su parte cóncava y desapareció detrás de una colina.
Los militares rectificaron al día siguiente. Dijeron que lo recuperado no era un platillo volante, sino piezas de un globo meteorológico, y mostraron a la Prensa los trozos de madera de barco y papel de aluminio encontrados por el ranchero Marc Brazel, materiales que en principio parecen poco apropiados para una nave interplanetaria. El caso del platillo volante estrellado en Roswell se hizo añicos, y los ufólogos olvidaron la historia durante décadas. Hasta que Charles Berlitz y William Moore la resucitaron en 1980 con su libro El incidente. El ufólogo Leo Stringfield había publicado una serie de artículos sobre accidentes de ovnis y autopsias a alienígenas en la Flying Saucer Review un año antes; pero es a Berlitz, autor de El triángulo de las Bermudas (1974), a quien Roswell debe su fama.
Él y Moore dieron con nuevos testigos -y con viejos que contaban cosas que habían callado durante décadas- de un suceso que ya no se limitaba al hallazgo de restos de una nave de otro mundo: resultaba que los militares habían rescatado los cuerpos de los pequeños tripulantes del platillo. Fue sólo el principio. Otros ufólogos volvieron la mirada a Roswell y salieron de debajo de las piedras vecinos que se habían visto involucrados en el incidente y conservaban recuerdos extraordinariamente vívidos. Desde 1990, no hay año sin un nuevo libro sobre el caso que incluya sorprendentes revelaciones. A estas alturas, son tantas las versiones de los hechos que no existe consenso sobre el día de autos -va desde el 14 de junio hasta el 4 de julio- y media docena de lugares compiten por ser el del tortazo.
Bombas y espías
Roswell es una Disneylandia paranormal cuyo Mickey es un extraterrestre cabezón de grandes ojos almendrados. Cuenta desde 1992 con un Centro de Investigación y Museo Internacional Ovni que ha recibido más de 2,5 millones de visitantes. Uno de sus fundadores es Glenn Dennis, joven trabajador de la funeraria local en 1947. Tras cuarenta años de silencio, en 1989 se descolgó con que en su día recibió una llamada telefónica de la base militar preguntándole cuál era el ataúd más pequeño que tenía y sobre técnicas de embalsamamiento. Dennis ha presentado las mismas pruebas de sus afirmaciones que los demás testigos resucitados por Berlitz, Moore y otros ufólogos: ninguna.
Desde 1996, Roswell celebra a principios de julio un Festival Ovni en el que conviven ufólogos y turistas disfrazados de extraterrestres. Es otro mundo en el que no importa que nadie se creyera la historia de la nave espacial estrellada cuando ocurrió. Ni siquiera se la tragó Raymond Palmer, un editor de ciencia ficción que fue el primero en explotar en los años 30 el potencial mediático de las creencias paranormales. Es otro mundo en el que los militares han guardado un secreto durante casi cincuenta años; aunque no el que creen los aficionados a los platillos volantes.
Porque la de Roswell no era a finales de los años 40 una base militar cualquiera. Allí estaba estacionado el primer escuadrón atómico del mundo, el Grupo de Bombarderos 509. Y lo que cayó en las cercanías en 1947 no fue un globo meteorológico, ni tampoco una nave de otro mundo. Se trató, según la información desclasificada en 1994 por la Fuerza Aérea, del globo número 4 del proyecto ultrasecreto Mogul, lanzado el 4 de junio desde Alamogordo, a 150 kilómetros de Roswell. El objetivo del ingenio estratosférico era detectar las ondas sonoras provocadas por las esperadas pruebas nucleares soviéticas: EE UU quería saber cuándo la URSS se hacía con la bomba atómica, algo que ocurrió el 29 de agosto de 1949 con la detonación de Joe 1. Los restos recuperados por Marc Brazel en su rancho eran los de un globo espía.
El libro
Roswell. Inconvenient facts and the will to believe (2001): Karl T. Pflock estaba convencido de que hemos sido visitados por extraterrestres; pero en este libro desmonta el caso Roswell.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
14 Jul 2008
22 May 2008
La última aventura de Indiana Jones arranca donde acabó la búsqueda del Arca perdida, en un almacén lleno de cajas. Estamos en 1957 en Nevada, en la base secreta conocida como Área 51. Según la subcultura ufológica, Estados Unidos esconde en esas instalaciones los restos de los alienígenas que en julio de 1947 se estrellaron con su nave en Roswell, Nuevo México. Hacerse con uno de los cuerpos es el objetivo de la agente soviética Irina Spalko, quien a las puertas del hangar -en cuyo interior está pintado un revelador 51, por si hubiera dudas- intenta leer la mente al héroe, que se ríe de sus facultades sobrenaturales.
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, que se estrena hoy, trasplanta al universo del arqueólogo del látigo la fantasía en la que viven quienes creen en las visitas extraterrestres y los poderes paranormales. No sólo el Arca de la Alianza -que volvemos a ver fugazmente dentro una caja medio rota en el Área 51- es un arma de destrucción masiva, sino que, además, seres de otros mundos enseñaron a nuestros antepasados desde la agricultura hasta la construcción de pirámides, la telepatía existe y en Roswell cayó un platillo volante.
Cráneos de cristal
La acción gira alrededor de un cráneo de cuarzo. Queda claro desde las primeras escenas que no es el descubierto en Belice en 1924 por el aventurero británico F.A. Mitchell-Hedges. Esa calavera se presenta en la literatura esotérica como un objeto mágico de origen maya, aunque en realidad fue tallada en Alemania en el siglo XIX. Aun así, inspiró a George Lucas y Jeff Nathanson a la hora de idear una trama a la altura de Indiana Jones y, por eso, Mitchell-Hedges es citado varias veces por el arqueólogo preferido de medio mundo, quien reconoce que su famosa reliquia le obsesionaba ya en la universidad.
El cráneo de cristal cinematográfico es otra cosa: es parte del esqueleto de un extraterrestre, como los de Roswell, y habría sido encontrado por Francisco de Orellana en la mítica ciudad de El Dorado. Según Spalko, "potencia los poderes mentales". Claro que la agente soviética no parece muy en sus cabales. "Es la científica favorita de Stalin. Científica... si consideras ciencia la parapsicología", cuentan a Indy. "Nos encontramos en plena Guerra Fría, con la amenaza de una guerra nuclear y la Amenaza Roja. A la hora de escoger a los malos para esta aventura, no quedaba duda de que debían ser los rusos", ha explicado Steven Spielberg.
La incredulidad sobre la parapsicología es hoy en día compartida por las grandes potencias, pero hubo un tiempo en el que pensaban lo contrario en los pasillos de la Casa Blanca y el Kremlin. Desde los años 50 y durante décadas, Estados Unidos y la Unión Soviética invirtieron dinero en experimentos parapsicológicos. Soñaban, entre otras cosas, con la posibilidad de la mente de viajar hasta posiciones enemigas y ver lo que allí pasaba, lo que se denomina espionaje psíquico. La malvada Irina Spalko cree que el cráneo de cristal es el arma definitiva, una fuente de saber y de poder.
Indy sospecha que el cráneo está en la tumba de Orellana y, en su búsqueda de los restos del conquistador español, sobrevolará las figuras de Nazca, uno de los enclaves mágicos para los fanáticos de lo oculto. El doctor Jones no presenta los geoglifos del altiplano peruano como pistas de aterrizaje para naves de otros mundos, como hizo el suizo Erich von Däniken en su libro Recuerdos del futuro (1968), aunque sí apunta a un posible origen alienígena. "Sólo los dioses pueden ver las líneas de Nazca", dice. No séra la última vez que aparezcan en escena los dioses-astronautas, los extraterrestres que según algunos influyeron en todas las grandes culturas del pasado y que resultan omnipresentes en la película del año.
Spielberg y Lucas mezclan en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal elementos de la moderna conspiranoia con otros propios de la pseudohistoria y, como El Dorado, de la leyenda sin más. Y modifican el único elemento real del cóctel -el Área 51 como base secreta- para hacer casar la Historia con la ficción. Las instalaciones militares de Nevada entraron en servicio en 1950, y desde entonces han sido el lugar en el que Estados Unidos ha probado sus ingenios miltares más avanzados. Sin embargo, el cofre de los Diez Mandamientos está allí desde 1936 -cuando transcurre la acción de En busca del Arca perdida- y, once años después, van a parar a ella los restos de Roswell, del "fiasco de las Fuerzas Aéreas del 47", como lo llama el arqueólogo antes de descubrir la verdad. Porque Indy formó parte del equipo que examinó los restos de Roswell. Pero ésa es otra historia...
Publicado originalmente en el diario El Correo.
23 Oct 2003
El suceso ocurrió el 9 de diciembre de 1965 cuando pasó sobre Kecksburg, Pensilvania, una bola de fuego que se estrelló en un bosque. Al estilo de Expediente X, helicópteros y vehículos terrestres militares tomaron la zona y se llegó a imponer en Kecksburg la ley marcial. Desde entonces, muchos han atribuido el incidente a la caída del Cosmos 96, una sonda soviética con Venus como destino, y la posterior recuperación de sus restos por parte de EE UU. Cuarenta años después, sin embargo, Sci-Fi Channel -que lo mismo emite una serie como Babylon 5 que documentales sobre misterios sin resolver- se ha aliado con la Coalición para la Libertad de la Información, una organización de ufólogos obsesionados con el secreto ovni, para denunciar a diversos organismos gubernamentales estadounidenses. El paso lo han dado tras haber ignorado la NASA un ultimátum que le mandaron por carta en el que piden que abra sus archivos, porque no se creen la versión oficial de los hechos. Según ésta, la bola de fuego habría sido el Cosmos 96, algo que para algunos ufólogos no cuadra porque los restos de la nave no pudieron acabar en Pensilvania a la hora en que se vio el ovni, ya que fuentes oficiales han asegurado que la sonda se estrelló en Canadá trece horas antes de la visión de Kecksburg. Entonces, ¿en qué consistió este otro Roswell?
James E. Oberg ha indicado, en el blog de Alan Boyle, periodista de la MSNBC, que, a pesar del desfase geográfico y temporal, pudo tratarse del Cosmos 96. En plena guerra fría, la operación montada por EE UU para hacerse con los restos de la nave enemiga habría incluido la falsificación del horario y la trayectoria de la reentrada para que no se relacionase el depliegue militar con el ingenio soviético y evitar así un incidente diplomático, según Oberg. También pudo tratarse de un meteorito a cuya búsqueda salieron los soldados al tomarlo el Pentágono por la Cosmos 96. Lo cierto es que no hay prueba alguna de que se tratara de algo de otro mundo y, sí en cambio, sospechas fundadas de que fue un ingenio humano o un fenómeno natural. Por de pronto, Sci-Fi Channel estrenará mañana el documental The new Roswell: Kecksburg exposed y lo lógico es pensar que estamos ante una maniobra publicitaria como la de hace un año.
El canal de pago estrenó el 22 de noviembre de 2002 un documental sobre una excavación arqueológica en el sitio en el que presuntamente se habría estrellado el famoso ovni de Roswell en el verano de 1947. El director de las excavaciones, Bill Doleman, de la Universidad de Nuevo México, había anunciado antes el hallazgo de "algo" que le había "sorprendido". La emisión The Roswell crash: startling new evidence pasó, al final, sin pena ni gloria, pero es que tampoco Sci-Fi Channel perseguía otra cosa que no fuera publicidad gratuita. El documental era el cebo para atraer telespectadores hacia Taken, el serial sobre varias generaciones de secuestrados por extraterrestres producido por Steven Spielberg cuyos derechos para España ha adquirido Tele 5. Una órbita solar después, todo parece indicar que estamos ante una repetición de la jugada y que, gracias a la ingenuidad de muchos, Sci-Fi Channel se ha ahorrado un dinero a la hora de promocionar su último producto, el documental sobre el caso de Kecksburg.
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