26 Ago 2008
Según el Génesis, poco después de la Creación, la corrupción se generalizó entre los hombres hasta tal punto que Yahvé se arrepintió de su obra y decidió acabar con todos los seres vivos. Sin embargo, mostró piedad hacia Noé -"el varón más justo y cabal de su tiempo" (Gén. 6, 9)- y le dio instrucciones para que construyera una embarcación de tres cubiertas en la que encontraran refugio él, su mujer, sus tres hijos y las esposas de éstos. Además, le pidió que metiera en ella una pareja "de todo ser viviente" (Gén. 6, 19) -posteriormente, le dijo que fueran siete parejas de cada ave y animal puro, y una de cada impuro-, después de lo cual empezó a diluviar. Cuando bajaron las aguas, el arca encalló "sobre los montes de Ararat" (Gén. 8, 4), desde donde los supervivientes -animales y seres humanos- partieron para repoblar la Tierra. Hasta aquí, el relato bíblico; pero ¿hubo un Diluvio Universal?
Un barco inmenso
Quienes consideran la Biblia un libro de historia dicen que sí. Son millones de personas en Occidente. Otros muchos millones creen que la narración del Antiguo Testamento se refiere a lo ocurrido durante una inundación en Mesopotamia, la región del Tigris y el Éufrates, y también hay quien piensa que todo es un mito: que nunca hubo un arca, ni un Noé, ni nada parecido. La idea de una inundación universal se ve aparentemente respaldada porque existen en el mundo más de 250 relatos de esta naturaleza, desde Mesopotamia hasta los pueblos indígenas americanos, pasando por India y China. Así, pues, examinemos si fue posible.
No se conoce ningún mecanismo natural por el cual pueda quedar sumergido todo el planeta, hasta las montañas más altas. Además, ¿dónde fue a parar después toda esa agua? Cabe aducir que cayó de la nada y fue a parar a la nada gracias a sendos milagros divinos; pero la historia y la ciencia no entienden de milagros, fenómenos que, por cierto, han ido desapareciendo según ha ido avanzando el conocimiento humano. Desde el punto de vista logístico, tampoco resulta factible que Noé y los suyos -cuatro hombres y cuatro mujeres- afrontaran con éxito la tarea que Yahvé encargó al primero.
El dios del Antiguo Testamento pide a Noé que construya un arca de madera de 140 metros de largo, 23 de ancho y 14 de alto. Un navío grande; pero no lo suficiente como para meter en él a una pareja de cada especie viviente. Porque, en 2005, había identificadas en la Tierra 1.085.000 especies de insectos, 400.000 de bacterias, 270.000 de plantas, 72.000 de hongos, 19.000 de peces, 9.700 de aves, 6.300 de reptiles, 5.000 de virus, 4.300 de mamíferos, 4.200 de anfibios, según el Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas. Y se cree que hay muchas más que no conocemos.
Los problemas de Noé
"Noé contaba 600 años cuando acaeció el diluvio" (Gén. 7, 6) y, aun ayudado por su mujer, sus hijos y sus nueras, nunca pudo construir una embarcación capaz de acoger una pareja de todo bicho viviente. Nadie podría hacerlo. Además, había que disponer a los animales estratégicamente -el león lejos de la gacela o cualquier otra sabrosa presa; las aves, de los insectos...- y disponer de miles de metros cúbicos para almacenar el alimento para que subsistieran todos hasta la retirada de las aguas. Eso por no hablar de cómo llegaron hasta el arca los pingüinos, los dragones de Komodo, los canguros, los pandas...; y de cómo repoblaron luego el mundo de tal manera que, nada más salir, el lobo no se merendara al conejo o éste no se comiera la zanahoria recién brotada.
Los geólogos no han encontrado ni rastro de una inundación planetaria hace miles o millones de años. Las pruebas contra la veracidad histórica del relato bíblico son tan sólidas, que mucha gente se inclina por un fenómeno local ocurrido en Mesopotamia para explicar lo vivido por Noé. ¿Pero cómo va a acabar Yahvé con todos los seres vivos de la Tierra inundando sólo una región? ¿Por qué Noé construye un arca cuando podía, simplemente, haberse ido con los suyos caminando a otra parte? ¿Por qué tiene que coger una pareja de cada especie, incluidas aves que podían salir volando más allá de la zona anegada?... Demasiadas preguntas sin respuesta. La que lo tiene es la de por qué existen múltiples tradiciones diluviales.
La narración más antigua del un Diluvio Universal está en el Poema de Gilgamesh, un relato mítico mesopotámico -posiblemente inspirado en una gran inundación- que adaptaron los autores del Génesis a sus necesidades. Con el paso de los siglos, como apunta el geólogo Xabier Pereda Suberbiola, el relato de Upnapishtim, el Noé sumerio, pasó de pueblo en pueblo y, ya transformado en su versión bíblica, fue divulgado por los misioneros cristianos, hasta que acabó siendo asimilado y adaptado a su realidad por distantes culturas. Así pudo universalizarse una historia poco ejemplarizante, en la cual un padre omnipotente decide ahogar a todos sus hijos porque uno de ellos -el hombre- no se porta como es debido.
El libro
Ararat. Tras el arca de Noé, un viaje entre el mito y la ciencia (2007): El periodista Frank Westerman protagoniza un viaje con la historia bíblica del Diluvio como leitmotif.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
09 Ago 2008
"Esta historia de la liberación de los israelitas de la servidumbre es tan importante que los libros bíblicos del Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio -nada menos que cuatro quintas partes de las escrituras fundamentales de Israel- están dedicados a los trascendentales acontecimientos vividos por una sola generación en poco más de cuarenta años", apuntan los arqueólogos Israel Finkelstein y Neil A. Silberman en La Biblia desenterrada (2001). Milenios después, la autenticidad del relato es incuestionable para el nacionalismo hebreo, que ve en él el pilar de sus derechos históricos sobre el terreno que ocupa el actual Israel. ¿Pero ocurrió en algún momento lo que cuenta la Biblia?
Un bebé en una cesta
La historia de los israelitas en Egipto arranca con José. Hijo de Jacob, nieto de Isaac y biznieto de Abraham, llega a la tierra de los faraones como esclavo, después de haber sido vendido por sus hermanos. Acaba, sin embargo, siendo un personaje influyente en la corte -llega a ser visir- y ofreciendo asilo a sus hermanos cuando el hambre castiga Canaán. Los descendientes de Jacob se asientan entonces en Egipto y se multiplican durante más de 400 años hasta que un faraón los esclaviza por miedo a que le traicionen. El monarca ordena ejecutar a todos los niños hebreos; pero uno se salva milagrosamente en una cesta que recoge del Nilo una de las hijas del faraón: se llama Moisés, se educará en la corte y liderará la revuelta de los israelitas, a los que, como intermediario con Yahvé, guiará hasta la Tierra Prometida.
Al igual que sucede con el relato del Diluvio, los orígenes del liberador de los hebreos son una copia de una leyenda mesopotámica anterior, de finales del tercer milenio antes de Cristo (aC). A Sargón de Akad, el creador del primer imperio de la Historia, su madre lo tuvo en secreto y lo puso en una cesta que depositó en el río Éufrates. Recogido de las aguas y criado por un jardinero, con el tiempo se ganó el favor del rey Ur-Zababa, a quien se cree que usurpó el trono. Las similitudes entre los orígenes de Moisés, cuyas peripecias se sitúan hacia 1300 aC, y el rey de Akad no invalidan, no obstante, la posible existencia histórica del primero. Son muchos los personajes de carne y hueso, como el propio Sargón, cuyos orígenes se han embellecido con leyendas increíbles; Moisés podía ser simplemente uno más.
La estancia de los israelitas en Egipto está documentada sólo en la Biblia, donde se dice que eran más de 600.000 cuando emprendieron el Éxodo. La huida suele situarse cronológicamente en tiempos de Ramsés II, el más poderoso de los faraones. Sin embargo, a pesar de que los egipcios lo documentaban todo, no hay ni una referencia en sus textos a la presencia masiva de hebreos en el país, lo que resulta tan extraño como que Moisés y los suyos consiguieran dar esquinazo al ejército más poderoso del mundo. ¿Podría un grupo de desheredados huir hoy en día de las tropas estadounidense a través de un desierto plagado, además, de instalaciones militares?
Historia y milagros
Los autores bíblicos recurren a prodigios para que el pueblo elegido se imponga a la superpotencia. Primero, las diez plagas obligan al faraón a prometer que los dejara marchar; luego, cuando el rey incumple su palabra, el mar Rojo se abre para facilitar la huida de los fugitivos y cerrarse sobre las tropas egipcias. La Historia no entiende de milagros -son cosa de la religión- y, aunque ha habido quienes han intentado encontrar explicaciones naturales a estos prodigios vinculándolos, por ejemplo, con la erupción de Santorini, la opinión más extendida es que estamos ante hechos inventados. Y no sólo en el caso de las plagas y la apertura de las aguas del mar Rojo.
A la ausencia de documentos escritos que confirmen el cautiverio en Egipto y la improbabilidad de que las huestes de Moisés eludieran al ejército del faraón, se suma la carencia de restos materiales. Durante los cuarenta años que, según el relato, los descendientes de Jacob vagaron por la península del Sinaí, no sólo evitaron todas y cada una de las fortificaciones egipcias que salpicaban el territorio, sino que además consiguieron no dejar huellas para la posteridad. La misma arqueología que ha encontrado vestigios de nuestros antepasados en Atapuerca ha sido incapaz de dar con el menor resto del calvario de décadas que sufrió la multitud que seguía a Moisés.
La conclusión es evidente: el Éxodo no sucedió. Es una invención de los redactores del Antiguo Testamento que responde a la necesidad de dotar de un pasado glorioso a los israelitas. No hay constancia histórica de la existencia de Moisés, como tampoco la hay de las de Abraham, Isaac, Jacob y otros personajes bíblicos. Los encuentros de Moisés con Yahvé en lo alto del monte Sinaí, donde recibe las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos, la caída de los muros de Jericó a los sones de las trompetas y la prodigiosa Arca de la Alianza forman parte de una narración mítica, salpicada de elementos históricos reales como hacen desde siempre los novelistas para dar verosimilitud a sus tramas.
El libro
La Biblia desenterrada (2001): Israel Finkelstein y Neil A. Silberman examinan el Antiguo Testamento desde el punto de vista de la arqueología.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
01 Abr 2008
Para empezar, no estamos ante una broma del April Fools Day, el equivalente anglosajón de nuestro Día de los Inocentes, que se celebra el 1 de abril. La historia tiene su origen en una nota de prensa de la Universidad de Bristol por la publicación de un libro, A sumerian observation of the Köfels' impact event. Los autores son Alan Bond, ingeniero mecánico y director de la firma Reaction Engines Limited, y Mark Hempsell, físico y astrónomo de la Universidad de Bristol. Sostienen que han traducido la tablilla cuneiforme conocida como El planisferio, datada hacia 700 aC y descubierta en las ruinas de Ninivé, y que contiene una copia asiria de las anotaciones de la observación de un asteroide por un astrónomo sumerio hace 5.000 años. Añaden que, según una simulación informática que han hecho, el planetoide habría caído luego en Köfels, en los Alpes austriacos, provocando un gigantesco deslizamiento de tierras.
Hempsell ha ido más lejos en la, ya sorprendente, interpretación de la inscripción. No sólo está convencido de que la tablilla describe la caída de un asteroiode hacia 3123 aC, sino que también sostiene que el impacto podría haber causado la desaparición de las bíblicas Sodoma y Gomorra. ¿Qué pruebas ha presentado de todo ello? Por ahora ninguna, pero eso no importa para que los periodistas nos lancemos a fantasear, algo que, además, viene bien a las ventas del libro recién publicado.
22 Dic 2007
20 Nov 2004
"Juan Bautista, que era apenas una figura de los Evangelios, cobra vida nuevamente", decía el 21 de agosto Simon Gibson, director de la excavación de la cueva de Ein Kerem, situada a las afueras de Jerusalén. El arqueólogo británico y su equipo han dedicado tres años al vaciado de la cavidad, rellena casi totalmente de tierra y rocas. Han recuperado 250.000 fragmentos de cerámica y descubierto en las paredes grabados de época bizantina -del siglo IV o V- que, en su opinión, contarían la historia de Juan Bautista. Al fondo de la gruta, hay una piscina en la cual Gibson cree que el profeta del Nuevo Testamento bautizó a algunos seguidores.
Reliquias en Tierra Santa
La idea de que en esa cueva celebró el Bautista ritos iniciáticos tiene, para los expertos consultados por este periódico, tanta solidez como la de que Jesús de Nazaret navegó en una barca cuyos restos se descubrieron en el mar de Galilea en 1986. No hay prueba alguna que ligue la gruta de Jerusalén a las actividades bíblicas del Bautista como tampoco la hay de que en la embarcación de Galilea montara el fundador del cristianismo o de que en una piedra, desenterrada en 1997, se sentara a descansar la Virgen María cuando iba a Belén a dar a luz, a pesar de lo cual la roca fue bendecida hace siete años por el patriarca de Jerusalén, Diodorus I. "La información que se ha publicado dice, hacia el final, que la cueva se usaba en el periodo bizantino y que la imagen fue supuestamente grabada por un monje. ¡Esto significa que la figura se hizo unos 500 años después de los días de Juan Bautista! Puede ser o no una imagen de ese personaje, pero, en cualquier caso, no estamos ante restos ligados a él, como han sostenido los engañosos titulares de prensa", ha indicado Ze'ev Herzog, arqueólogo de la Universidad de Tel Aviv, al autor de estas líneas.
El historiador Neil A. Silberman destaca que "en Tierra Santa existe una auténtica industria de las reliquias -tanto muebles como inmuebles- que recuerda más al culto medieval de reliquias que a la arqueología. Cada vez que oigo hablar de descubrimientos espectaculares vinculados a personajes bíblicos, se me dispara la tensión". "Estamos ante otro ejemplo de cómo la arqueología bíblica tergiversa las pruebas", sentencia Herzog. No hay que descartar, además, que la vinculación de la gruta israelí con el predicador pariente de Jesús tenga que ver con que Gibson ha escrito un libro sobre la cueva del Bautista que está a punto de salir a la venta.
El penúltimo hallazgo de este tipo fue el de una urna presentada en la prestigiosa Biblical Archaeology Review en noviembre de 2002 como el osario de Santiago el Menor, hermano de Jesús de Nazaret. La inscripción de la caja -"Jacobo, hijo de José, hermano de Jesús"- sería la primera prueba arqueológica de la existencia de Jesús. La pieza apareció en manos de un anticuario que decía haberla encontrado en una cueva en las inmediaciones de Jerusalén y que meses después fue detenido por tráfico ilegal de piezas arqueológicas. La Dirección de Antigüedades de Israel concluyó en junio de 2003 que la inscripción de la urna es moderna.
Al margen de los Evangelios, la única mención a Jesús es la del historiador Flavio Josefo (37-94) en su obra Antigüedades judías. Dice que el sanedrín juzgó "a Santiago, hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados". Hay filólogos que consideran el pasaje una inserción posterior de un autor cristiano. "Históricamente hablando, no hay suficientes pruebas de la existencia de Jesús. No digo que no existiera. El Jesús bíblico es un personaje marginal, hijo de un carpintero, en una zona marginal del Imperio romano y las evidencias históricas se centran normalmente en los grandes hombres, en los poderosos", explica Josep A. Borrell, director de la revista de divulgación histórica Clío.
Hablan las piedras
La arqueología y la Biblia no casan bien. Las excavaciones de las últimas décadas han minado los cimientos históricos del Antiguo Testamento, los 39 libros que constituyen la base del cristianismo y del judaísmo, y que además son, para muchos israelíes, una crónica de los orígenes del pueblo hebreo y justificación de sus aspiraciones territoriales. Arqueólogos como Israel Finkelstein y Ze'ev Herzog, ambos de la Universidad de Tel Aviv, son tildados por los más fundamentalistas de enemigos de Israel porque mantienen que los Patriarcas -Abraham, Isaac y Jacob- son personajes de leyenda, que no hubo un periodo de esclavitud en Egipto ni un éxodo, que los israelitas no conquistaron Canaán por las armas, que no existió una monarquía unificada -que abarcara todo Israel- en tiempos de David (1005-970 aC) y Salomón (970-931 aC), que el culto a Yahvé como único dios se impuso muy tardíamente...
"La mayoría de las personas que formaron el primitivo Israel eran gentes del lugar -las mismas a las que vemos en las tierras altas a lo largo de las edades del Bronce y del Hierro-. En origen, los primeros israelitas fueron también -ironía de ironías- ¡cananeos!", explican en su libro Finkelstein y Silberman. Hasta hace unos años, los hallazgos arqueológicos se acomodaban a los hechos bíblicos: si se desenterraban restos de grandes construcciones, se atribuían a Salomón. Ahora, hablan las piedras y los documentos. Los archivos egipcios y mesopotámicos han servido para establecer una cronología, pero no incluyen ni palabra del supuesto esplendor de las cortes de David y Salomón, ni de ninguno de los episodios más famosos de la Biblia. Las piedras han demostrado, por ejemplo, que el Jerusalén de David y Salomón no fue la gran capital bíblica, sino un pequeño pueblo.
El hallazgo de la cueva del Bautista ha sido una serpiente más en un verano en el que se han encontrado la Atlántida en Cádiz y una nave extraterrestre en Siberia, ha partido la enésima expedición en busca del Arca de Noé y se ha detectado la primera señal de radio de una civilización alienígena. "En verano no hay noticias y hay que llenar las páginas de los diarios", argumenta Borrell. Silberman lamenta "el entusiasmo de los medios de comunicación, los editores y algunos arqueólogos por aunar esfuerzos para promocionar lo que sólo puede calificarse de arqueología bíblica sensacionalista".
Dos reinos para un único pueblo elegido
"Hacia el final siglo VII aC, durante unas pocas décadas extraordinarias de ebullición espiritual y agitación política, un grupo inverosímil de funcionarios de la corte, escribas y sacerdotes, campesinos y profetas judaítas se unió para crear un movimiento nuevo cuyo núcleo fueron unos escritos sagrados dotados de un genio literario y espiritual sin parangón, un relato épico entretejido a partir de un conjunto asombrosamente rico de escritos históricos, memorias, leyendas, cuentos populares, anécdotas, propaganda monárquica, profecía y poesía antigua", dicen los autores de La Biblia desenterrada.
Ocurrió en tiempos de Josías (639-609 aC), rey del sureño Judá, cuya capital era Jerusalén. Durante la mayor parte de su historia, Judá había vivido a la sombra del reino del norte, el más rico y poblado Israel. Eso cambió cuando los asirios conquistaron Israel en el siglo VIII aC y Judá recibió gran cantidad de refugiados. Cien años después, los asirios se retiraron del norte y los judaítas vieron el camino libre para su expansión. Para justificar sus pretensiones -unir a los israelitas en un reino gobernado desde Jerusalén-, crearon un pasado común glorioso para todos los hebreos, hicieron de su antiguo rival -Israel- el reino del pecado, borraron de la memoria a otros dioses que habían adorado y convirtieron a Yahvé en el único.
Un pasado de leyenda
El Diluvio. Dios castiga al hombre con un diluvio; pero de la catástrofe se libra un hombre santo, Noé. "Entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo. Y de todo ser viviente meterás en el arca una pareja para que sobrevivan contigo. Serán macho y hembra" (Génesis 6, 18-19). Después de cuarenta días y cuarenta noches de lluvia, el arca encalla y los refugiados repueblan el planeta. No hay barco en el que quepan dos miembros de cada especie, ni agua en la Tierra para inundarla hasta la cima de la montaña más alta, ni restos de una catástrofe así. El relato bíblico es una adaptación de otros mesopotámicos anteriores.
Los Patriarcas. La Biblia es la historia de los descendientes de Abraham, con quien Yahvé suscribe un pacto: "Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré" (Génesis 12, 1-2). No hay pruebas arqueológicas de la existencia de Abraham, Isaac y Jacob hacia 2100 aC. La ambientación apunta a los siglos VIII y VII aC, después de David y Salomón, sucesores de Abraham. "La gran genialidad de los creadores de esta epopeya nacional en el siglo VII consistió en entretejer los relatos antiguos sin despojarlos de su humanidad o su peculiaridad individual. Abraham, Isaac y Jacob siguen siendo al mismo tiempo retratos espirituales vívidos y antepasados metafóricos del pueblo de Israel", concluyen Finkelstein y Silberman en La Biblia desenterrada.
Esclavitud y éxodo. "Preséntate al faraón por la mañana, cuando vaya hacia el Río... Y le dirás: 'Yahvé, el Dios de los hebreos, me ha enviado a ti para decirte: 'Deja partir de mi pueblo, para que me den culto en el desierto'; pero hasta ahora no has hecho caso'" (Éxodo 7, 15-16). Moisés se enfrenta al faraón, libera a su pueblo, recibe las Tablas de la Ley y los hijos de Israel vagan durante cuarenta años por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. Ningún texto egipcio, de los muchos que hay, menciona nada de esto. La acción se sitúa en tiempos de Ramsés II (1304-1237 aC). Sin embargo, "los detalles más evocadores y geográficamente más coherentes del relato del éxodo proceden del siglo VII aC", destacan Finkelstein y Silberman. Huir del ejército del faraón hubiera sido imposible para un grupo de desheredados que, de conseguirlo, se habría enfrentado después a las guarniciones egipcias del Sinaí y Canaán. Por si eso fuera poco, los israelitas no dejaron rastro de su larga estancia en el desierto.
La conquista de Canaán. El pueblo de Israel, dirigido por Josué, conquista Canaán, donde hay "ciudades grandes, con murallas que llegan hasta el cielo" (Deuteronomio 9, 1). "La famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico", indican Finkelstein y Silberman, tras explicar que el Jericó del siglo XIII "era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado". Muchos enclaves que se citan en el texto no estaban habitados en aquella época. La conquista de Canaán no sucedió en el mundo real.
David y Salomón. Hubo una época en la que Israel, bajo David y Salomón, se extendió desde el río Eúfrates hasta Gaza, según la Biblia. Durante el siglo X aC, Jerusalén llegó a ser una gran ciudad en la que Salomón construyó un palacio y un templo donde adorar a Yahvé. Esa monarquía gloriosa no encaja con lo descubierto por los arqueólogos. "Está claro que el Jerusalén de la época de David y Salomón fue una ciudad pequeña, quizá con una ciudadela para el rey, pero en ningún caso la capital de un imperio como dice la Biblia", asegura Ze'ev Herzog. "Desde un punto de vista político, David y Salomón fueron poco más que caudillos tribales de la serranía cuyo alcance administrativo no superó un ámbito bastante local, limitado al territorio montañés", coinciden Finkelstein y Silberman.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
05 Feb 2004
En el segundo de los libros sobre la serie Planeta encantado, Juan José Benítez narra la historia del nunca demostrado viaje a Roma de Jesús de Nazaret, pero no dice que el Mesías visitara el Coliseo. Me lo contaba hace un par de días el historiador y periodista Julio Arrieta y hoy lo he comprobado en una librería. El novelista ha sido lo suficientemente hábil como para corregir el error y que no quede memoria impresa de él. Sin embargo, al mismo tiempo ha sido tan torpe que ha dejado escrito que el anfiteatro Flavio se inauguró en el año 80 antes de Cristo. Otro disparate que, antes que yo, vio Arrieta. A ver si alguien enseña a Benítez a diferenciar entre antes y después: el Coliseo se acabó de construir en el año 80 de nuestra era. "Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio", sentenció el ufólogo en el cuarto episodio de la serie que emitió Televisión Española (TVE). Poco después de que, el 3 de noviembre de 2003, sacáramos a relucir en esta página la histórica metedura de pata -el Jesús bíblico, si existió, murió cincuenta años antes de que se acabara de edificar el Coliseo-, los seguidores de Benítez decidieron centrar sus esfuerzos en negar que su escritor favorito hubiera dicho lo que aquí recogíamos. Puede que ahora argumenten que la lectura del libro dedicado a los dogones y Jesús les da la razón. Por si acaso, la foto que encabeza este comentario corresponde a la escena de Mensaje enterrado en la que el autor de Caballo de Troya coloca a Jesús en el Coliseo y, si pinchan en ella, podrán escuchar las palabras de Benítez en TVE, sin trampa ni cartón. Juzguen ustedes.
02 Ene 2004
El texto de Mateo fue escrito entre los años 70 y 80. No precisa cuántos fueron los magos ni da sus nombres. Que eran tres, reyes, y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar -monarcas de los persas, los indios y los árabes, respectivamente- se dice, por primera vez, en el Evangelio armenio de la Infancia, un apócrifo tardío datado no después del siglo V.
Mateo cuenta que la estrella sirvió de guía a los magos durante su viaje y que se detuvo "encima de donde estaba el niño". Quienes buscan una base científica al pasaje bíblico parten de que el autor pudo embellecer un fenómeno astronómico. Johannes Kepler fue el primero en asumir ese supuesto. Hace cuatro siglos, relacionó la estrella de Belén con una triple conjunción -acercamiento aparente en el cielo- de Júpiter y Saturno. Para ello, el sabio alemán hubo de recalcular la fecha del nacimiento de Jesús.
Un problema de fechas
¿Cuándo nació Jesús? Es la primera incógnita a la que se enfrentan los científicos atraídos por el enigma de la estrella. En el siglo VI, Dionisio el Exiguo fechó la natividad en el año 753 desde la fundación de Roma; pero el monje astrónomo olvidó el año cero y los cuatro que César Augusto gobernó bajo el nombre de Octavio. Esos errores implican que Jesús nació, como mínimo, cinco años antes del primero de la llamada era cristiana. Además, el día en el que se celebra su natalicio, el 25 de diciembre, tiene su razón de ser en el aprºopiamiento por parte de los cristianos de una festividad pagana, la del solsticio de invierno, a mediados del siglo IV.
Lucas -el otro evangelista que habla de la natividad- dice que, "por entonces, salió un decreto del emperador Augusto, mandando hacer un censo del mundo entero" (Lucas 2, 1-2). Ese decreto fue el que, según la Biblia, obligó a María y José a viajar a Belén y data de 8 antes de Cristo (aC). Por Mateo, sabemos que gobernaba Herodes III el Grande cuando Jesús nació y, gracias al historiador romano Flavio Josefo, que este rey murió poco después de un eclipse lunar visible en Jericó en la noche del 12 al 13 de marzo de 4 aC. Así pues, hay que situar la natividad entre 8 y 4 aC, y buscar la estrella de los magos en el cielo de esos años.
Kepler constató la repentina aparición de una estrella entre Júpiter y Saturno durante una de las tres conjunciones de esos dos planetas que se registraron en 1604. Calculó que hubo otro triple acercamiento de los dos planetas en Piscis durante 7-6 aC y dedujo que la consecuencia lógica era que se hubiera dado la subsiguiente nova: la estrella de Belén. La nova de Kepler nunca pasó, sin embargo, de ser una presunción, a diferencia de las conjunciones planetarias.
El cielo de Belén
El triple encuentro celeste de Júpiter y Saturno en 7 aC -en mayo, septiembre y diciembre- es la explicación astronómica que parece "más coherente" a Javier Armentia. Eso sí, siempre que se quiera buscar en el cielo un reflejo de la narración evangélica, algo que el director del Planetario de Pamplona no considera imprescindible. "Hay que tener en cuenta que estamos ante un texto mítico, no histórico. En aquella época, el nacimiento y la muerte de un personaje solían vincularse a fenómenos astronómicos", argumenta. Julio César es un buen ejemplo: según las leyendas romanas, una estrella apareció cuando nació y, a su muerte, se vio un cometa.
El quinquenio en el que se enmarca el nacimiento de Jesús ofrece varios candidatos a guía de los magos. "Se puede encontrar un fenómeno celeste llamativo para cualquier año de la historia de la Humanidad que queramos", apunta Armentia. A la conjunción de Júpiter y Saturno de 7aC, se sumó Marte un año después, y astrónomos chinos constataron en 5 aC el paso de dos cometas y la explosión de una supernova, que se traduce en una fuente temporal de luz extremadamente brillante. "Si hubo algo real tras la estrella de Belén, pudo ser cualquiera de esos fenómenos", dice el astrofísico.
Ninguno de los posibles candidatos es el cometa Halley. Su aparición más próxima al nacimiento de Jesús ocurrió en 12-11 aC. Visible en 1301 -pasa cerca de la Tierra cada 77 años-, Giotto se inspiró en él para dar forma a la estrella de Belén de su Adoración de los magos, pintada tres años después. La identificación pictórica del famoso cometa como guía de los magos ha perdurado popularmente hasta nuestros días: la estrella que corona belenes y árboles de Navidad suele presentar la cola propia de un cometa.
La tradición judía
"La estrella es un símbolo del Mesías", afirma Rafael Aguirre, catedrático de Nuevo Testamento de la Universidad de Deusto. Para este teólogo, no hace falta recurrir a explicaciones astronómicas para un texto "muy bello", pero "lleno de inverosimilitudes históricas: habla de una estrella que se para encima de la casa y Herodes es tan bobo que no se le ocurre mandar a nadie que siga a los magos". La estrella de Belén es, para él, una invención piadosa del evangelista.
Aguirre ve todo el episodio de la adoración de los magos como "una actualización de interpretaciones mesiánicas del Antiguo Testamento" y, en concreto, de la intriga de Balak narrada en el libro de los Números. Después de que Moisés libera a los israelitas de los egipcios, Balak, rey de Moab, pide al vidente Balaám que maldiga a los judíos, pueblo al que teme. Balaám pronostica, sin embargo, el futuro esplendor de Israel de la mano de un caudillo y habla de una estrella como símbolo de ese líder.
"Mateo hace una composición a partir de esa tradición judía", señala Aguirre, quien destaca que, al igual que Balak ordena a Balaán que maldiga al pueblo de Israel, Herodes pide a los magos que le digan dónde está Jesús. "El Mesías ha nacido, ha aparecido una estrella y han interpretado los signos los paganos, no los judíos, que tienen la Biblia, pero no los ven". Herodes, como Balak, quiere destruir Israel y los magos, como Balaám, son paganos que interpretan correctamente los designios divinos. "Estamos ante un texto judío, teológico y hecho por creyentes en el que se intenta justificar el universalismo, la apertura de las comunidades cristianas primitivas a los paganos".
La visita de los Magos
Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. En esto, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
-¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.
Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó, y con él Jerusalén entera; convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta:
Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será pastor de mi pueblo, Israel. (Miqueas 5,1-3)
Entonces, Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran cuándo había aparecido la estreIla; luego los mandó a Belén encargándoles:
-Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a rendirle homenaje.
Con este encargo del rey, se pusieron en camino; de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta pararse encima de donde estaba el niño. Ver la estrella les dio muchísima alegría.
Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, incienso y mirra.
Avisados en sueños de que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.
Mateo 2, 1-12.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
24 Nov 2003
"Hace 3.200 años aproximadamente, este gesto habría sido fatal. Al tocar el Arca de la Alianza, habría caído fulminado", dice el novelista al inicio del documental mientras toca una reconstrucción digital del contenedor de la Tablas de la Ley. El autor de Caballo de Troya se refiere al episodio bíblico en el que un hombre muere al tocar el cofre para evitar que caiga al suelo cuando es transportado en un carro. "Al llegar a la era de Nacón, tendió Oza la mano hacia el Arca de Dios y la agarró, porque los bueyes recalcitraban. Encendiose de pronto contra Oza la cólera de Yahvé, y cayó allí muerto, junto al Arca de Dios" (Samuel II 6, 6-7). Esta historia ha sido utilizada durante décadas como prueba de que la caja era el condensador eléctrico defendido por Charroux y Von Däniken, quienes añadían de su cosecha en sus libros que Oza cayó "fulminado" y que el Arca estaba "envuelta a menudo en chisporroteos", cosas que no se dicen en el Éxodo.
¿Cómo llegaron estos autores a la conclusión de que el Arca de la Alianza es un artilugio eléctrico? No lo sabemos, pero es imposible, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Yahvé (Éxodo, 10-23), construir algo parecido a un condensador. El cofre bíblico es una caja de madera recubierta de oro "por dentro y por fuera", con cuatro anillos de oro en los que encajan dos barras de madera, también cubiertas de oro, y coronada por dos querubines, igualmente dorados. Von Däniken no sabe de lo que habla. Lo demostró hace más de treinta años Clifford Wilson en Crash go the chariots (1972), ensayo en el que un técnico en electrónica explica que, para que haya un condensador, tiene que haber un polo positivo y otro negativo separados por un aislante, algo que en el Arca de la Alianza no existe. Además, un cajón electrificado, si estaba todo recubierto de oro, tenía que haber dejado fritos a todos los que lo tocaran -sin excepción-, pero en la Biblia tampoco se dice que los portadores del Arca deban llevar vestimentas especiales, y eso que Yahvé es muy meticuloso en sus instrucciones. Igual de ridícula es la afirmación de Von Däniken de que el objeto es una especie de transmisor de radio entre Yahvé y Moisés. ¿Para qué lo necesitaban si habían hablado varias veces antes de que existiera el Arca? La ilógica lógica del autor de Recuerdos del futuro no conoce límites.
Benítez coge los fragmentos de la Biblia en los que se cita el Arca de la Alianza y también los reinterpreta a su gusto. Así, convierte el cofre en un arma "mortífera" al servicio del pueblo elegido y cifra las víctimas de las acciones del "objeto santo" en más de un millón de muertos. Da por hecho, por ejemplo, que el ejército de Josué conquistó Jericó después de que sus murallas se derrumbaran por arte de magia gracias al cajón de madera y oro. La opinión de los historiadores es otra. "La famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico", indican, en La Biblia desenterrada (2001), los arqueólogos Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman tras explicar que el Jericó de entonces "era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado".
El periodista navarro nos narra también cómo, en tiempos de Salomón, se construyó en Jerusalén un templo para el Arca y, después, ésta desapareció misteriosamente. Antes, visitó Jerusalén la reina de Saba, que volvió a su tierra -para el novelista, la actual Etiopía- embarazada de Salomón. El hijo de ambos, Menelik, fue enviado a Jerusalén años después para conocer a su padre y ser educado, y, cuando regresó a Etiopía, se llevó consigo el Arca de la Alianza. La robó. Esta historia da pie a Benítez para jugar a Indiana Jones, en busca del Arca perdida por Etiopía y decirnos al final que no hay ninguna pista fiable de que el cofre esté en el país, ya que toda la historia del hijo de la reina de Saba y el rey Salomón es un mito creado por los cristianos etíopes, hacia el siglo XII, para dar un origen sagrado a la dinastía real. "La presencia del Arca en Etiopía no resiste el menor análisis histórico", concluye con buen tino Benítez, quien podía haber recordado a sus espectadores que la Constitución vigente en el país africano hasta 1974 establecía que el emperador descendia de Menelik I y que, en Etiopía, hay tantas reproducciones del Arca de la Alianza como iglesias.
El novelista, sin embargo, no se ha parado a pensar en que los libros de la Biblia que mencionan el Arca de la Alianza persiguen exactamente lo mismo que la leyenda etíope de Menelik: otorgar al pueblo protagonista el rango de elegido de Dios. Si algo saben los historiadores, es que no hay pruebas de que el pueblo de Israel fuera esclavizado en Egipto, de la existencia de Moisés, de los cuarenta años de exilio en el desierto, de la conquista de Canaán ni de nada parecido. Son hechos tan históricos como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Por eso, carece de sentido perder un minuto en intentar averiguar qué era el Arca de la Alianza: no se trata nada más que de un objeto mítico dentro de una historia mítica, el sagrario ideal en el que guardar las leyes dadas por la divinidad a sus elegidos. De ahí que Benítez yerre cuando, tras reconocer que su búsqueda ha sido infructuosa, apunta que el Arca de la Alianza se encuentra en "las grutas o laberintos que hay bajo la roca que hoy protege la cúpula de la mezquita de Omar" y que ésa es "la razón más importante y secreta por la que Jerusalén jamás será devuelta a los palestinos". Eso es, simplemente, una tontería.
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