04 Mar 2008
29 Feb 2008
17 Feb 2008
"Roswell, New Mexico. 1947". Tres palabras y una fecha en lo que parece una caja de metal han llamado mi atención del recién estrenado primer trailer de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. ¿Con qué nos sorprenderán Steven Spielberg y George Lucas el 22 de mayo? ¿Habrá alguna referencia directa en la película al mito del platillo estrellado en Roswell en el verano de 1947? Hubiera apostado al principio por una conexión calavera de cristal-Atlántida, pero ya no lo tengo tan claro. Parece que el caso Roswell tiene las de ganar, aunque también puede que estemos un simple guiño como el del club Obi Wan del inicio de la segunda entrega y el cajón de Roswell sea sólo uno más de los muchos guardados en el mismo gran hangar -¿del Área 51?- que el Arca de la Alianza.
31 Ene 2008
El instrumental de los aviones y barcos que pasan por el triángulo de las Bermudas se vuelve loco, cuando no deja de funcionar, según la leyenda tan hábil como rentablemente explotada por Charles Berlitz. Pues, bien, a la región fantasma marina, The Daily News sumó el domingo otra terrestre en la que pasan cosas raras a los coches. Se encuentra en el corazón de Manhattan y abarca un círculo de cinco manzanas con centro en el Empire State. Según el diario neoyorquino, entre Park Avenue y la Séptima Avenida y las calles 26 y 40, hay coches cuyos motores se paran inexplicablemente, pero, si son arrastrados fuera de esa zona maldita, vuelven a funcionar. Al menos, eso dicen personas que atribuyen el efecto Empire State a las antenas de radio y televisión que coronan el edificio más alto de Manhattan tras la caída de las Torres Gemelas y cuyas emisiones interferirían con la electrónica de los automóviles. Una compañía de grúas asegura que retira de esas calles entre 10 y 15 coches al día. Una nimiedad frente a los -seguramente- cientos de miles que circulan cada día por las inmediaciones del rascacielos, detalle que se le olvida al reportero de The Daily News. Igualico, igualico que en el triángulo de las Bermudas.
30 Dic 2007
Si hubiera podido -estoy en Bilbao, no en Madrid-, me habría acercado a Colón para presenciar el milagro de cientos de miles de personas llenando la plaza por tierra y aire, porque o muchos levitaban por la gracia de Dios o la multitud prevista por la clerecía no entraba ni con calzador. Confiaba en ver hoy alguna foto aérea que me permitiera calcular las dimensiones de la marea familiar en el Visor SigPac, pero no la he encontrado. Por fortuna, los chicos del Manifestómetro no han fallado, han estado en los alrededores de Colón y controlado las dimensiones de la concentración, cuya superficie ocupada calculan que fue -cuando el Papa hizo acto de presencia televisada- 43.395 metros cuadrados, con una densidad media de entre dos y tres personas por metro. Eso da entre 86.000 y 130.000 manifestantes, muy lejos de lo jaleado desde los medios afines a los convocantes y todavía más de los 2 millones que estos últimos defendían a primeras horas de la tarde. Así que lo de los cientos de miles de personas es una mentira. Otra más al servicio de Dios.
12 Dic 2007
Ayer me intentaron convencer de ello las agencias Efe, Europa Press y Vasco Press; hoy lo hace el diario Deia, que lo lleva a primera página y le dedica una página de información y un editorial. Aún así, yo no me creo que Euskadi esté "a la cabeza de los países con Índice de Desarrollo Humano alto" (Efe), se mantenga "tercera en el Índice de Desarrollo Humano de 2007, por detrás de Islandia y Noruega" (Europa Press) o se encuentre "a la cabeza en desarrollo humano detrás de Islandia y Noruega" (Deia). Los datos objetivos proporcionados por el Instituto Vasco de Estadística (Eustat) parecen confirmarlo; pero las apariencias engañan. "Hay mentiras, malditas mentiras, y estadísticas", decía Benjamin Disraeli. Y la nota de prensa del Eustat y la clasificación de Euskadi como tercer país del mundo en calidad de vida lo prueban.
El Índice de Desarrollo Humano (IDH) mide los logros de los países, basándose en la esperanza de vida al nacer, las tasas de alfabetización y escolarización, y el Producto Interior Bruto per cápita. Lo calcula el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) desde 1990 y su última actualización, la de 2007, se ha hecho a partir de datos de 2005. Según este ranking, los diez mejores países para vivir serían -por este orden- Islandia, Noruega, Australia, Canadá, Irlanda, Suecia, Suiza, Japón, Países Bajos y Francia. Los peores -de peor a mejor-, Sierra Leona, Burkina Faso, Guinea-Bissau, Níger, Malí, Mozambique, República Centroafricana, Chad, Etiopía y República Democrática del Congo. España ocupa el decimotercer puesto en una lista de 177 países, que tanto el Eustat como los medios citados aumentan a 178 no sé muy bien por qué.
El despropósito es evidente: un instituto de estadística regional mide los indicadores de desarrollo humano en su región y luego la mete en una lista de países como si fuera un país más, a mayor gloria del provincianismo más rancio. Una manipulación clara como el agua. ¿O es que alguien se cree que en los doce países que anteceden a España y en algunos de los que la siguen en calidad de vida no hay regiones con mejores indicadores que Euskadi? Lógicamente, al ser la media nacional del IDH superior, es muy posible que la mayoría de las regiones de los países más desarrollados que España superen en sus indicadores a Euskadi. Y también es posible que lo hagan algunas regiones de países situados en el ranking por debajo de España. Si las cosas se hubieran hecho bien -comparando regiones con regiones-, igual no seríamos ni la más desarrollada de España ni estaríamos entre las primeras del mundo, aunque es posible que sí entre las cien primeras.
Perdónenme, pero yo no me creo que en el Instituto Vasco de Estadística se les haya pasado todo esto por alto. Sólo hay una cosa que no entiendo: ya puestos a manipular, ¿por qué no han dicho que Álava ocupa el primer puesto en el Índice de Desarrollo Humano de 2007 por países? Las pruebas están aquí, ¿no?
05 Dic 2007

Vi Encuentros en la tercera fase (1977) en el desaparecido cine Astoria de Bilbao en abril de 1978, meses después de haber alucinado en la misma sala con La guerra de las galaxias (1977). Salí de la proyección, a la que fui con mi hermano, impresionado por la historia y el despiegue de efectos especiales. Es posible -no lo puedo asegurar- que esta cinta me acabara por lanzar en los brazos del fenómeno de los platillos volantes, que consideré un auténtico enigma durante la adolescencia. Después, he visto la película de Steven Spielberg varias veces, aunque de otro modo, quizá porque es una obra con una carga religiosa que la enriquece a quien la ve con fe.
"Para aquéllos que no pueden creer en la Segunda Venida, ni en las esperanzas mesiánicas del judaísmo ortodoxo, ¡están los ovnis! Si la Tierra está siendo visitada por extraterrestres, si el cielo (como señala un sahdu indú en Encuentros) está cantando para nosotros, seguramente los alienígenas deben ser amistosos o ya nos habríamos enterado de lo contrario. Esta posibilidad infantil es la que ha mantenido en el candelero a los platillos volantes durante treinta años. ¡Treinta años! Exactamente la edad del señor Spielberg", escribió Martin Gardner en 1978 en The New York Review of Books. En ese texto, publicado en español en La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso (1981), el divulgador científico y escéptico fustiga sin piedad la novelización de la película firmada por el cineasta y califica el credo ufológico de religión pop.
Coincido con Gardner en que el libro de Spielberg se le cae a uno de las manos -fui incapaz de leerlo en su día y eso que he leído cosas muy, muy malas- y en que estamos ante una película equiparable a esas epopeyas religiosas con las que ciertas cadenas de televisión castigan a la audiencia en Navidad y Semana Santa, época esta última en la que mi debilidad es La vida de Brian (1979). Sin embargo, Encuentros en la tercera fase me sigue gustando, al igual que, a pesar de las críticas de muchos amigos escépticos, me encanta Expediente X. Por eso, celebro que, con motivo del trigésimo aniversario de su estreno en Estados Unidos, haya salido a la venta un paquete con la versión original, la especial, el montaje de 1998 y tres documentales.
Ufólogos en la pantalla grande
El hombre que está en el origen de Encuentros en la tecera fase murió en abril de 1986, a los 75 años. Se llamaba Joseph Allen Hynek y era astrónomo. Fue asesor de los proyectos Signo, Imán, Rencor y Libro Azul, nombres en clave de los estudios sobre ovnis de la Fuerza Aérea de Estados Unidos entre 1947 y 1969. Explicaba convencionalmente sucesos en los que los ufólogos veían extraterrestres. Poco después de que la Fuerza Aérea abandonara en 1969 las investigaciones sobre platillos volantes por considerar que éstos ni eran producto de una tecnología avanzada ni una amenaza para EE UU, se cayó del caballo y se convirtió a la fe alienígena.
Hynek publicó en 1971 The ufo experience (la experiencia ovni). En este libro, divide los avistamientos de platillos volantes en observaciones lejanas y cercanas, siendo estas últimas las que tienen lugar a menos de 150 metros. Dentro de las primeras, distingue las luces nocturnas, los discos diurnos y los objetos detectados por radar, mientras que divide las segundas en encuentros cercanos del primer tipo -el objeto no interactúa ni con el testigo ni con el entorno-, del segundo tipo -deja pruebas en forma de huellas, quemaduras...- y del tercer tipo -se hacen visibles los tripulantes-, que son los que dan título a la película de ovnis más famosa.
Encuentros en la tercera fase -errónea traducción de Close encounters of the third kind- es un recorrido por la clasificación de Hynek, quien fue asesor técnico de la película. La acción arranca con las luces nocturnas, elude los discos diurnos -ver los ingenios alienígenas claramente hubiera minado la apoteosis final- y culmina con el descenso de los tripulantes de una gran nave en la Torre del Diablo, en Wyoming. Entre los asistentes a ese primer contacto, está Hynek, quien protagoniza 8 segundos de la cinta en los que se abre paso entre el gentío, con su barba de chivo, bata blanca y chupando una pipa. Pero hay otro ufólogo con mayor protagonismo en la trama.
Interpretado por François Truffaut, el francés Claude Lacombe es quien descubre el lenguaje musical de los extraterrestres de Spielberg. El personaje está inspirado en Jacques Vallée, astrónomo y ufólogo galo que en 1969 se doctoró en Informática por la Universidad del Noroeste (Illinois), donde conoció a Hynek. Vallée es autor de Pasaporte a Magonia (1969), libro en el que propuso que "los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos". Ángeles, demonios, hadas, elfos y extraterrestres eran, para él, diferentes denominaciones para unos mismos entes de otra dimensión que han influido en la historia humana.
El prototipo de extraterrestre
El comienzo y parte del final de Encuentros en la tercera fase son guiños al misterio del triángulo de las Bermudas, fabricado por Charles Berlitz y otros autores con alergia a la verdad. Al principio, Lacombe identifica en el desierto mexicano de Sonora un escuadrón de aviones torpederos desaparecidos en aguas del Atlántico, frente a Florida, el 5 de diciembre de 1945, el llamado Vuelo 19. Los aparatos están intactos; sólo faltan las tripulaciones. Al final, los militares desaparecidos en 1945 descienden de la gran nave extraterrestre, y el ufólogo comprueba que no han envejecido. Lacombe y el electricista Roy Neary, interpretado por Richard Dreyfuss, viven sendas conversiones al credo alienígena: el primero por su obsesión tras un encuentro cercano del segundo tipo en el que un ovni vuelve loco el instrumental de su furgoneta; el segundo, a través de la investigación de una sucesión de avistamientos.
Encuentros en la tercera fase fue para Spielberg una película especial. En aquella época, creía en las visitas alienígenas. Pero el tiempo no pasa en vano. "Ya no estoy tan seguro de la presencia de vida extraterrestre entre nosotros como veinte años atrás -admitía el cineasta hace dos años-. En los 70 yo estaba absolutamente convencido de que estábamos siendo visitados. Es lo que reflejé durante el rodaje de Encuentros en la tercera fase, y después con ET. Pero no me han convencido mucho las pruebas que se han aportado desde entonces. A diferencia de los años 60 y 70, ahora poseemos millones de videocámaras y, no obstante, no hemos conseguido mejores evidencias. Las imágenes de los ovnis de hace treinta años no han cambiado y siguen siendo de objetos que no requieren necesariamente una tecnología extraterrestre".
La influencia de Encuentros en la tercera fase en la cultura popular es evidente. El prototipo actual de alienígena -flacucho, cabezón y gris- se impuso al resto gracias a esta película. "Spielberg triunfó tanto en la creación de la imagen canónica del ET postmoderno como en proporcionar una explicación a por qué no lo vemos: todo se debe a un encubrimiento gubernamental", destaca el historiador del arte John F. Moffitt en su libro Picturing extraterrestrials. Alien images in modern mass culture (Dibujando extraterrestres. Imágenes alienígenas en la moderna cultura de masas). Desde el primer contacto de la Torre del Diablo, los extraterrestres son grises. Si no, no son creíbles.
02 Dic 2007
"Uno de esos principios fundamentales [de una sociedad libre] es la libertad de expresión, que se ha visto erosionada de manera alarmante por las amenazas de muerte de los extremistas y por la desacertada voluntad de apaciguarlos de antemano por parte de diversas instituciones públicas y privadas. La libertad de expresión incluye necesariamente el derecho a ofender; no el deber, sino el derecho. En especial, debemos ser libres de decir lo que queramos sobre las figuras históricas, se trate de Moisés, Jesús, Mahoma, Churchill, Hitler o Gandhi, y luego dejar que se contrasten nuestras afirmaciones con las pruebas documentales. Puede que no estemos de acuerdo con lo que digan quienes quieren levantar controversias sobre estas figuras, pero debemos defender hasta la muerte su derecho a decirlo", escribe en su artículo 'Creyentes y no creyentes'. (Me gusta más el título del original: 'What does a free society require of believers and non-believers alike?'.) A ver si toman nota los buenistas y dejan de echar a los críticos de las religiones ante los caballos de los fundamentalistas. Los credos, como cualquier otra ideología, y sus líderes, como cualquier otro, pueden y deben ser blanco de críticas. Es un derecho irrenunciable, digan los fanáticos lo que digan.
Garton Ash aboga por cosas con las que estoy de acuerdo -ya que son principios del humanismo secular-, como la igualdad entre hombres y mujeres -que tanta alergia da a las jerarquías religiosas-, y una libertad religiosa total, enmarcado todo ello en una sociedad laica que no prime ningún credo. Es algo que, desgraciadamente, no se da en España. Aquí, los sucesivos Gobiernos no sólo han dejado el sistema educativo en manos de la Iglesia católica, sino que además han convertido al Estado en recaudador del diezmo a través de la declaración de la renta. Un Ejecutivo realmente progresista debería liberar la escuela de la carga religiosa y garantizar que el adoctrinamiento sea para quien lo desee, pero nunca sufragado por todos. Un Ejecutivo realmente progresista debería olvidarse de incluir más casillas en la declaración de la renta, según nuevos credos quieran acceder a su trozo del pastel, borrar la de la Iglesia católica y que ésta recaude fondos directamente de sus feligreses.
"Yo soy liberal, de modo que mi origen está en el liberalismo; no en la parodia propagada por la derecha estadounidense, sino en el liberalismo debidamente interpretado como la búsqueda del máximo grado posible de libertad individual, siempre que sea compatible con la libertad de los demás", dice Garton Ash. Coincido con él. Me produce repugnancia la caricatura del liberalismo que vende en España la derecha cavernaria -también hay izquierda cavernaria; si no, miren al tirano cubano y sus seguidores-, la misma que ha intentado llevar a los tribunales a unos científicos por experimentar con células madre o que equipara ese tipo de investigación con el asesinato masivo de judíos por los nazis, como hizo el incalificable Miguel Ángel Rodríguez hace unos días en Televisión Española. Frente a fundamentalistas de cualquier signo y credo, apuesto, como el historiador británico, por los principios de convivencia del humanismo laico. Lamentablemente, no parece que haya nacido todavía en España el político capaz de afrontar el reto de convertirnos en un país moderno, así que mucho me temo que seguiremos sumando asignaturas religiosas en la escuela pública y casillas confesionales en la declaración de la renta.
27 Nov 2007
23 Nov 2007
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Luis Alfonso GámezUna ventana crítica al mundo del misterio
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