23 Oct 2006
Poco antes de leer ese fragmento de Mobius Dick, un compañero de El Correo me contó que Iker Jiménez había dedicado la parte inicial del Cuarto Milenio del 15 de octubre a sacar los colores a los medios de comunicación por hacerse eco de mentiras como la profecía de Nostradamus sobre la caída de las Torres Gemelas y otras. No lo había visto, pero lo tenía grabado. Cuando comencé a leer la novela de Crumey, los paralelismos entre Thomas Mann y Erwin Shcrödinger me trajeron a la mente los existentes entre John F. Kennedy y Abraham Lincoln, y que Jiménez había hablado del asunto hace meses en su programa. Fue el 5 de marzo pasado cuando el director de Cuarto Milenio dedicó unos minutos a las vidas paralelas de Kennedy y Lincoln. Con su teatralidad habitual, aseguro a su público que se trataba de "una historia increíble" y que ambos presidentes estadounidenses "parecen estar ligados por un hilo invisible durante cien años". Vayamos con las extraordinarias coincidencias entre ambos personajes.
"Abraham Lincoln fue elegido congresista en 1847. Un siglo exacto después, cien años después, Kennedy es elegido", destacó Jiménez. Además, los dos llegaron a la presidencia del país con cien años de separación. "Por cierto, que ambos medían 1,83 y, como habrán comprobado, sus apellidos, por los que son célebres, tienen siete letras". Jiménez continuó diciendo que a los dos se les alertó de que no fueran al lugar donde luego les asesinaron. "Más curioso todavía es pensar que el secretario general de John Fitzgerald Kennedy se llamaba Lincoln y que el secretario, cien años antes, de Lincoln se llamaba Kennedy". ¿Les parece poca coincidencia? Pues, vean lo que pasa con los magnicidas: "El asesino de Lincoln disparó desde un teatro, el teatro Ford, y se escondió en un almacén. El asesino supuesto de Kennedy disparó desde un almacén y se escondió en un teatro", apuntó el capitán de la nave del misterio. Ah, y no se olviden de que Kennedy sufrió las heridas mortales cuando iba en un Ford Lincoln, los nombres de los asesinos tenían quince letras -Lee Harvey Oswald y John Wilkes Booth- y "habían nacido también con un vínculo exacto de cien años". Jiménez recordó, para acabar, que los vicepresidentes de Lincoln y Kennedy habían nacido también con cien años de diferencia y que los dos se apellidaban Johnson. "¿Casualidad, azar, juegos del destino? Que cada uno piense lo que quiera", concluyó el periodista. Pensemos, pues.
Coincidencias seleccionadas
Abraham Lincoln -catorce letras, el nombre completo- nació en 1809 y murió en 1865. John Fitzgerald Kennedy -veintiún letras, el nombre completo- nació en 1917 y murió en 1963. Sus nombres completos no tienen el mismo número de letras, y tampoco hay un siglo de diferencia exacta entre sus nacimientos y muertes. Lincoln fundó el Partido Republicano; Kennedy era demócrata. Sí fueron elegidos con cien años de diferencia como congresistas y presidentes, pero mientras la carrera de Lincoln se contó por fracasos en las urnas entre 1846 -no 1847- y 1860, la de Kennedy fue ascendente desde 1946 -no 1947- hasta 1960. Lincoln, además, fue reelegido para el cargo, mientras que Kennedy no acabó su primer mandato en la Casa Blanca. Aunque Kennedy tuvo una secretaria llamada Evelyn Lincoln, no hubo secretaria de Lincoln que se apellidara Kennedy. Oswald se escondió en un cine, y no en un teatro, y asesinó al presidente a distancia, mientras que Booth lo hizo de cerca. Es falso que los dos magnicidas nacieran "también con un vínculo exacto de cien años", porque Booth lo hizo en 1838 y Oswald, en 1939. Que los vicepresidentes se apellidaran Johnson es tan sorprendente como que, dentro de cien años, haya habido dos González o Rodríguez como presidentes españoles. Y podíamos seguir recorriendo la vida de ambos mandatarios y encontrando algunas similitudes y muchas diferencias. Pasa lo mismo con todo el mundo: al comparar la vida de dos personas, si seleccionamos sólo en lo que coinciden, acaba creándose la sensación de que estamos ante algo sorprendente, cuando en realidad no es así.
Busque puntos en común entre usted y un vecino, y verá que hay muchos. Busque diferencias, y verá que hay muchas más. ¿Pero qué pasa si sólo se fija en las coincidencias? Es lo que hacen los defensores de la conexión entre Lincoln y Kennedy, a la que hay una magnífica aproximación en las Páginas de Referencia sobre Leyendas Urbanas. Si quieren explorar el mundo de las coincidencias, les recomiendo el artículo que Bruce Martin, de la Universidad de Virginia, publicó en 1998 en The Skeptical Inquirer, en el que el autor recuerda que los dos presidentes no nacieron el mismo día ni el mismo mes, entre otros detalles olvidados por Jiménez. Lo mismo pasa con Thomas Mann y Erwin Shrödinger. El primero era alemán y el segundo, austriaco; y, contado como lo cuentan los personajes de Mobius Dick, parece que tenían una conexión secreta, pero sus biografías fueron muy diferentes. Basta convertir las fechas aproximadas en exactas para que las similitudes se difuminen. Mann nació en 1875 y murió en 1955, mientras que la vida de Schrödinger discurrió entre 1887 y 1961. La obra más famosa de Mann, La montaña mágica, se publicó en 1924 y recibió el Nobel en 1929. Schrödinger desarrolló su célebre ecuación en 1925 y ganó el Nobel en 1933. ¿Dónde están las coincidencias?, ¿en que un escritor centroeuropeo ambientase una novela en un sanatorio de los Alpes suizos y un físico centroeuropeo pasase una temporada en un centro de ese tipo?
"Ya no sabemos qué es verdad, qué es mentira, qué se inventa... qué se hace con el fin de derrocar a un Gobierno o de derrocar a la competencia. Ya no sabemos casi nada", decía el director de Cuarto Milenio hace una semana. En su lección de ética periodística, habló de "historias que dimos (los medios de comunicación) como reales y son mentira, o, por lo menos, hay gran parte de mentira en ellas", y lamentó que se divulgaran como verídicas. Minutos después, le acompañaba en el plató Santiago Camacho, a quien podía haber preguntado por el caso de Maria Blyzinsky. Camacho afirma, en su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (2003), que esta astrónoma del Observatorio de Greenwich apoya la idea de que el hombre no llegó a la Luna en 1969. Sin embargo, la científica jamás ha dicho eso y considera un disparate la teoría de la conspiración. También podía Jiménez haber hablado con su compañero Gerardo Peláez sobre cómo los dos vendieron a la audiencia de Cuatro como real la historia del falso astronauta soviético Ivan Istochnikov, una creación del fotógrafo Joan Fontcuberta. O, por qué no, podía haber recordado el caso de las elegidas coincidencias entre Lincoln y Kennedy. Además de todo esto, a Iker Jiménez se le olvidó en su lección de ética decir que la explotación de mentiras e invenciones es muy rentable. ¿Casualidad? Lo dudo.
21 Jul 2006
El creacionismo ¡vaya timo! es decepcionante no por su contenido, sino por su forma. Es una lástima que el biólogo Ernesto Carmena haya desperdiciado la oportunidad de poner al alcance de mucha gente una crítica razonada del creacionismo. Porque este libro es un alegato en el que los buenos argumentos -que los hay, y muy buenos- quedan sepultados bajo el insulto y el desprecio continuado que muestra el autor hacia sus destinatarios. No entiendo que una obra lleve el subtítulo de Carta a un crédulo y esté salpicada de insultos a ese crédulo. El discurso de Carmena remonta el vuelo, y tiene momentos brillantes, cuando deja de lado el lenguaje tabernario o de discusión característico de los grupos de noticias de Internet, pero se desploma durante gran parte del ensayo porque el autor escribe desde la superioridad y califica a los creyentes creacionistas, entre otras lindezas, de "palurdos", "zoquetes", "merluzos", "zoquetes ignorantes", "cenutrios", "IDiots" y "listillos".
Llamarle a alguien palurdo y merluzo no es la mejor manera de atraerlo hacia el bando de uno. Lo más triste es que Carmena sabe que ese discurso abiertamente hostil y despectivo no lleva a ninguna parte. Así, cuando habla de Duane Gish, un creacionista acostumbrado a los debates públicos, el autor dice: "Gish es un vendedor nato. El tipo sube al estrado seguro de sí mismo, sonríe, habla relajadamente y hace simpáticos chistes a costa de su rival (sólo los justos: la humillación resulta contraproducente)". Entonces, ¿por qué recurre él a la humillación como estrategia? Ese grave error hiere a mi juicio de muerte la obra y, a ojos de algunos lectores, convertirá a los creacionistas en unos tipos simpáticos víctimas de un escéptico faltón. Estos nuevos libros escépticos tienen como público objetivo "ese crédulo que llevamos dentro", según Javier Armentia, director de la colección ¡Vaya Timo! La duda que me queda tras leer el trabajo de Carmena es si el autor ha entendido que lo que se pretende con la colección es que ese crédulo dé el salto a razonar y no el salto al cuello del autor que corresponda.
Una obra desfasada
Tampoco el libro de Félix Ares, ex director del museo de la ciencia de San Sebastián, responde a mis expectativas. Como en el caso anterior, me había hecho a la idea de que iba a encontrarme con una obra sobre el sudario de Turín imprescindible en la biblioteca de alguien interesado por el tema. No es así. Casi todo en La sábana santa ¡vaya timo! es viejo, sabido. Lo que, por ejemplo, se cuenta respecto al análisis del carbono 14 y los polénes de Max Frei ya lo explicaron hace tiempo muy bien Lynn Picknett y Clive Prince en El enigma de la sábana santa (1994). Eso no sería un factor en contra del libro, si no fuera porque pasa por alto inexplicablemente algunos de los más recientes hallazgos en torno al sudario de Turín y la fiebre novelesca que rodea a la reliquia, que ha dado lugar a grandes éxitos de ventas como La hermandad de la sábana santa (2004), de Julia Navarro. No busquen en la obra de Ares explicaciones al descubrimiento en la tela de una segunda cara por parte de Giulio Fanti y Roberto Maggiolo, ni a la afirmación de Ray Rogers de que las muestras analizadas por el radiocarbono no eran representativas de la reliquia -desmontada por Joe Nickell-; ni siquiera a la idea de que Leonardo fabricó el sudario de Turín.
La mayor parte de La sábana santa ¡vaya timo! fue redactada hace más de un decenio y hay fragmentos que se remontan a la segunda mitad de los años 80, cuando Ares, Jesús Martínez y quien esto escribe perpetramos un manuscrito, titulado El fraude lo paranormal, al que el tiempo ha hecho justicia sumiéndolo en el olvido. Aquel libro contenía información interesante, pero, entre otros defectos, la redacción y el enfoque dejaban bastante que desear. En 1995, Ares firmó con el pseudónimo de Dr. Fabián Respighi una obra corta titulada La sábana santa para torpes, escrita por un torpe, deudora en gran parte de la anterior y que distribuyó gratis. Lo que ha publicado ahora Laetoli es poco más que una revisión de ambos textos, con capítulos enteros copiados de ellos. Y eso es un lastre para La sábana santa ¡vaya timo! porque ninguno de los dos trabajos anteriores tenía la suficiente entidad como para convertirse en libro y hace tiempo se habían quedado anticuados. Ares podía haber aprovechado la información útil contenida en El fraude lo paranormal y La sábana santa para torpes... para emprender la redacción de una obra desde el folio en blanco -libre de ataduras- y prestar una mayor atención a las noticias ocurridas en los últimos años. No lo ha hecho y, de ahí, mi decepción. Echo en falta todo eso, fotografías de la reliquia que faciliten la lectura y la comprensión de lo que el autor explica y también una referencia en las recomendaciones bibliográficas: la de Inquest on the shroud of Turin (1983), de Joe Nickell, el mejor libro sobre este enigma.
Viaje a Ovnilandia
El mejor de los tres primeros títulos de la colección ¡Vaya Timo! es el que menos me esperaba, el dedicado al mito de los platillos volantes. Mi desconfianza no era hacia el autor, de cuyo carácter concienzudo a la hora de redactar y examinar un original puedo dar fe, sino hacia la posibilidad de leer algo que aportara alguna novedad respecto al fenómeno ovni. Campo ha conseguido lo segundo. Ha escrito un texto intelectualmente sólido que no se entretiene innecesariamente en el recorrido habitual por la casuística, sino que rasca en los pilares del mito y le enseña al lector que son de barro. Filósofo interesado en los platillos volantes desde hace casi veinte años, ha concebido su trabajo como una carta a su hijo después de haber detectado, entre sus lecturas, "revistas sobre asuntos extraños, misteriosos, enigmáticos". Es una misiva escrita desde la tranquilidad y con una capacidad pedagógica enviadiable, en la que el autor hace una magnífica disección de todos los actores que intervienen en el hecho ufológico.
Un buen amigo me ha dicho que echa en falta en el libro de Campo la casuística clásica. Es cierto. Si usted busca el típico libro que comience con la observación de Kenneth Arnold en junio de 1947 y acabe con los ovnis de México de hace un año, no es ésta la obra que quiere. En Los ovnis ¡vaya timo!, los casos son los ejemplos utilizados por el autor para ilustrar usos, abusos, costumbres y vicios de Ovnilandia. No es la única obra que puede escribirse sobre el mito -el propio Campo tiene otra: Luces en los cielos-, pero ofrece las claves para entender una creencia que ha sido para algunos un gran negocio: habla del secreto oficial, de las alertas ovni, de la falacia del residuo, de la lógica que manejan los ufólogos de feria, de sus trampas... Y, cuando la acaba de leer, uno concluye que realmente ha merecido la pena hacerlo.
Los libros de ¡Vaya Timo! son baratos -cuestan 10 euros cada uno-, con buena encuadernación y diseño, y portadas atractivas. Si leen el dedicado a los ovnis, les aseguro que no les defraudará. Sobre el centrado en el creacionismo, la abundancia de insultos resulta molesta y me lleva a compartir el juicio formulado en El blog de evolutionibus: "Éste era un libro necesario en español en nuestras librerías, pero no creo que sea el que todos esperábamos". Y el de la sábana santa es un ensayo viejo que se deja demasiadas cosas en el tintero, además de que en el apartado histórico es conveniente tener en cuenta las puntualizaciones del historiador José Luis Calvo. Mi recomendación personal es que los lean y lleguen a sus propias conclusiones, que es lo que siempre hay que intentar hacer. Además, si compran estos títulos estarán contribuyendo económicamente al sostenimiento del movimiento escéptico, porque la colección está editada por Laetoli en colaboración con ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, entidad a la que en las portadas y dentro de estos libros se le ha caído el ARP del nombre. ¡Y eso sí que es un misterio! ¿O no?
Los libros
Carmena, Ernesto [2006]: El creacionismo ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. "¡Vaya Timo!", Nº 1). Pamplona. 152 páginas.
Campo, Ricardo [2006]: Los ovnis ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. "¡Vaya Timo!", Nº 2). Pamplona. 135 páginas.
Ares, Félix [2006]: La sábana santa ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. "¡Vaya Timo!", Nº 3). Pamplona. 135 páginas.
16 Jul 2006
Los tiempos cambian y los comodines de los mercaderes de lo oculto también. De un tiempo a esta parte, y sobre todo tras el sorprendente -¡porque la novela es mala de narices!- éxito de El código Da Vinci, le ha tocado el turno a Leonardo da Vinci (1452-1519), el genio del Renacimiento al que debemos obras de arte como La Última Cena y La Gioconda, estudios de anatomía y un gran número de inventos que sólo lo fueron sobre el papel. Los charlatanes de este comienzo de siglo siguen proclamándose galileos, pero es Leonardo el personaje que ahora reina en las portadas de las revistas esotéricas y de los ensayos y novelas dedicados a explotar conspiraciones que nunca existieron, como la del Priorato de Sión y la descendencia secreta de Jesús y María Magdalena.
Para muestra, el último número de la revista británica Fortean Times, publicación que debe su nombre a Charles Fort (1874-1932). Periodista estadounidense, Fort dedicó treinta años a recopilar noticias de hechos extraños -desde lluvias de ranas hasta apariciones fantasmales- que reunió en 40.000 fichas guardadas en cajas de zapatos. Fortean Times se presenta este mes en su portada con una recreación de La Última Cena presidida por un Jesús al que acompañan a la mesa Pablo Picasso, Charles de Gaulle, Rudolf Hess, Orson Welles, Pierre Plantard de Saint-Clair -el inventor del Priorato de Sión- y un Leonardo que estrangula -y no me extraña- a Dan Brown. Además de defender a estas alturas la historicidad del Priorato de Sión, el reportaje de portada, obra de Lynn Picknett y Clive Prince, reivindica una de esas historias con la que el moderno esoterismo ha vinculado al genio de Vinci y que, de ser cierta, supondría un duro revés para la Iglesia católica y buena parte de la comunidad creyente.
Las fuentes de una 'teoría'
Picknett y Prince son dos escritores de libros esotéricos que están haciendo su agosto gracias al éxito de El Código da Vinci y que han protagonizado un cameo en la película homónima. De uno de sus libros -La revelación de los templarios (1997)-, Brown bebió hasta reventar, y eso les ha devuelto a la actualidad y ha hecho que se reediten sus obras. Una de las que aún no ha reaparecido en las librerías españolas es El enigma de la sábana santa. La revelación de una verdad escandalosa (1994), que acaba de reeditarse en el Reino Unido bajo el más comercial título de Turin Shroud: how Leonardo da Vinci fooled History. Como ya habrán adivinado, en este libro, los autores vinculan a Leonardo con la falsa reliquia más famosa de la cristiandad: sostienen no sólo que la fabricó, sino también que él es el retratado. Cómo surgió esta tesis -con perdón-, tiene su miga.
Los autores de El enigma de la sábana santa asumieron, a principios de los años 90, que todo lo contado en El enigma sagrado (1982) es cierto. Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln decían en su libro, un bestseller esotérico de la época que ha sido la principal fuente de Brown, que Leonardo fue uno de los grandes maestres del Priorato de Sión, guardianes del secreto de la estirpe de Jesús y María Magdalena. Picknett y Prince se apoyaron sobre esos cimientos para levantar su edificio argumental, que cobró vuelo gracias a un comunicante misterioso, un tal Giovanni que seguramente nunca ha existido y que en una serie de cartas les habría informado de la participación del genio en el montaje del sudario de Turín.
Pero la auténtica revelación no fue la de Giovanni, sino que se produjo de una manera mucho más acorde con los tiempos actuales, en los que una modelo o un futbolista pueden ser líderes de opinión y un país paralizarse por la agonía y muerte de una folclórica. Picknett se sorprendió en una tienda de Londres al darse de bruces con una postal con un retrato de Leonardo que al final no era tal, sino una reproducción del rostro del hombre de la sábana santa. ¡Y se hizo la luz! La escritora corrió a ver a su socio, quien inmediatamente comprendió la trascendencia del hallazgo. Ambos fueron conscientes de que precisaban de una confirmación independiente y autorizada. "Necesitábamos alguna corroboración por parte de alguna persona desconectada por completo y sin ninguna preocupación por el mundo del sudario", dicen en el libro.
La fortuna quiso que, por aquella época, Picknett colaborara en una revista femenina. No, no sean mal pensados: no fue a la redacción a preguntar a las periodistas quién era el hombre de la postal. Lo que hizo fue mucho más inteligente. ¿Que por qué digo que fue más inteligente? Porque muy posiblemente ninguna redactora -ni redactor, que en la ineptitud tampoco somos distintos un sexo de otro- de una revista femenina hubiera identificado a principios de los años 90 a Leonardo da Vinci en uno de sus autorretratos. Picknett cogió la postal del hombre de la sábana y un retrato de Leonardo, y se metió ¡en el vestuario de las modelos que preparaban una sesión fotográfica! "La respuesta fue instantánea y gratificante en extremo", recuerda en El enigma de la sábana santa. De las quince interrogadas, trece respondieron que las dos imágenes correspondían al mismo hombre, una pasaba del tema y otra reconocía al personaje de la sábana porque era católica.
Picknett y Prince ya tenían la prueba definitiva: ¡el dictamen de un grupo de modelos confirmaba que el hombre de la sábana santa es en realidad Leonardo da Vinci! Coincidirán con ellos y conmigo en que, si algún gremio sabe de trapos, es el de las modelos. A partir de ese momento, intentaron explicar cómo y por qué fabricó Leonardo la reliquia. Y demostraron, a su manera, que el artista pudo hacerla recurriendo a algo que hoy nos es muy familiar y en lo que es un maestro Mauricio-José Schwarz, coordinador de esta mesa redonda. Sí; me refiero a la fotografía. Leonardo, argumentan, describió algo muy parecido a la cámara oscura en uno de sus escritos reunidos en el Codex Atlanticus y pudo identificar y aprender a usar las sustancias químicas sensibles a la luz necesarias para fijar imágenes en un soporte. Pudo o no pudo.
Los motivos del genio
¿Y por qué hizo la sábana? "Puede haber una razón sencilla: Giovanni dijo que Leonardo había sido encargado por el propio papa para que preparase otro santo sudario mejor, con el que atraer a las multitudes. También dijo, sin embargo, que no fue Leonardo el primer elegido para ello y que otros, como Miguel Ángel (1575-1564), habían declinado el encargo. No sabemos si esa historia es o no cierta; pero por aquel tiempo las historias de corrupción de la Iglesia eran un lugar común", argumentan los autores. Falazmente, porque la existencia de corrupción en el Vaticano no confirma en sí misma la historia del santo sudario. De todo esto, concluyen que Leonardo hizo la sábana y que, encima, al autorretratarse consiguió que millones de personas -incluido el papa Juan Pablo II- acabaran venerando su imagen como la de un dios durante siglos. Picknett y Prince presentan en su libro una réplica de la sábana santa hecha a partir de material de la época de Leonardo y mediante la impresión fotográfica, pero eso no demuestra nada. También podían haber construido un planeador de madera, hacerlo volar y decir que Leonado consiguió tal logro, cuando los primeros que lo hicieron fueron los hermanos Wilbur y Orville Wright hace poco más de cien años.
El descubrimiento de Picknett y Prince se basa en pruebas circunstanciales, tal como ellos mismos admiten en el último número de Fortean Times, donde, sin embargo, se mantienen en sus trece. Siguen sosteniendo que Leonardo fabricó la sábana santa y, para ello, presentan una nueva prueba: se trata de la comparación del rostro del hombre de la sábana con el del Salvator Mundi, un Jesús pintado por el artista en 1513. Casan perfectamente, sostienen. Y añaden que eso, unido a que el Jesús de Leonardo también encaja con otro pintado en 1935 por Ariel Aggemian inspirándose en el rostro de la sábana, confirma que el genio del Renacimiento está detrás del sudario de Turín. Ustedes seguro que sospechan ya otra cosa, que es posible que Leonardo -como Aggemian- se inspirara en la falsa reliquia, ya famosa en su época, a la hora de pintar un retrato de Jesús. Nuestros agudos investigadores dan carpetazo a esa posibilidad diciendo que, si Leonardo hubiera visitado la sábana, habría constancia de ello. ¿Desde cuándo la ausencia de prueba es prueba de ausencia?
El análisis del carbono 14 dejó claro, hace dieciocho años, que la sábana de Turín data en del siglo XIV, así que no pudo envolver el cuerpo de Jesús. Las pruebas hechas en tres laboratorios de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza dataron "el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%". Ese resultado se publicó en la revista Nature, en febrero de 1989 y hasta hoy nadie ha demostrado que sea erróneo. Pero eso da igual a los sindonólogos y a los vendedores de misterios. Los primeros han llegado a inventarse declaraciones de un premio Nobel para desacreditar las pruebas de 1988; las afirmaciones de los segundos se cuentan por mentiras. Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología (CES) en 1989, dijo entonces que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, "como más tarde ratificó el propio inventor del sistema".
Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que realizaron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada. El problema, ay, es que Libby había muerto nueve años antes, cuando nadie contemplaba la posibilidad de que la Iglesia permitiera ese tipo de prueba destructiva. A no ser, claro, que los miembros del CES supieran de la opinión del científico en una sesión de espiritismo.
Picknett y Prince admiten que no hay ninguna prueba histórica de la existencia de la sábana santa antes de 1350, cuando aparece en la localidad francesa de Lirey, y que el veredicto del carbono 14 deja claro que la reliquia fue fabricada en la Edad Media. Que Leonardo no naciera hasta 1452 es un problema menor para su tesis porque los tres laboratorios implicados en el análisis del radiocarbono apuntaron que, con un 99,9% de fiabilidad, la sábana fue confeccionada entre 1000 y 1500. Esa ampliación del paraguas temporal cubre la hipótesis Leonardo, aunque de forma insuficiente, ya que se trata sólo de una posibilidad, apunta a un posible cambiazo de la tela no documentado y a un complot vaticano del que tampoco hay ninguna prueba. Así pues, ¿qué tenemos para defender la idea de que Leonardo es el artífice del sudario de Turín? Un montón de pruebas circunstanciales; nada.
La tontería cátara
No quiero acabar sin dedicar atención a otro reciente gran éxito editorial basado en la tergiversación de la figura de Leonardo: La cena secreta, obra del ufólogo -ahora metido a novelista- Javier Sierra. No les voy a reventar la novela. Allá ustedes si quieren leerla. Les voy a demostrar sólo cómo Sierra es tan fiable cuando habla de Leonardo como cuando defiende que en Roswell se estrelló un platillo volante en 1947, cuando da crédito a una fraudulenta autopsia a un extraterrestre y cuando sostiene que el transistor es un invento basado en tecnología alienígena.
Afirma el novelista que nuestro protagonista fue el último cátaro. Los cátaros creían el universo estaba compuesto por dos mundos en conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material obra del Diablo, y no creían en Jesús como la divinidad encarnada. "Los cátaros, por ejemplo, pensaban que Jesús era un hombre, no un Dios y aquí aparece como hombre -dice Sierra refiriéndose a La Última Cena-; los cátaros no comían carne y en el cuadro no aparece el típico cordero; ellos no tenían sacramentos y por eso no aparece el Cáliz; a Leonardo en tres cuartas partes de su vida nunca se le conoció pareja y los cátaros rechazaban las relaciones sexuales; los cátaros, al igual que Da Vinci, siempre vestían de blanco; los cátaros rechazaban la cruz como símbolo del cristianismo y el artista nunca pintó una cruz, una cosa muy rara en la época. Hay muchas pistas de que Leonardo perteneció a esta herejía y de que la obra que pintó en la sede de los dominicos en Milán fue la burla pictórica más gigantesca de todos los tiempos".
Vayamos por partes. Cuando Sierra dice que, en La Última Cena, Jesús aparece como hombre y no como Dios da como principal argumento la carencia de halo, elemento que está ausente en muchas obras de Leonardo. ¡A ver si va a tener razón y va a ser el de Vinci un hereje...! "¿Es sorprendente que en el cuadro no existan los típicos halos de santidad? Pues, si es así, hay un montón de misterios en el mundo de la pintura porque, por ejemplo, en La Última Cena de Lovaina, obra de Bouts -anterior en algunos años a la pintura de Leonardo-, ya no aparecen. Sencillamente, en este momento se asiste a un intento de aproximar las representaciones de escenas religiosas al espectador y Leonardo se suma a esta corriente", explica José Luis Calvo. El historiador palentino indica en un interesantísimo texto que hay halos en la segunda versión de La Virgen de las rocas porque en este cuadro intervino otra mano; pero que, para encontrarlos en Leonardo, "tendríamos que retrotraernos a las obras juveniles".
No es éste el único detalle que pasa por alto Sierra, quien rivaliza en rigor con Dan Brown. Que no aparezca carne en La Última Cena es algo circunstancial; pero que no se vean restos del sacramento de la eucaristía no. No hay cáliz, no hay Santo Grial, porque el cuadro pretende captar no el momento de la instauración de la eucaristía, sino el del Evangelio de Juan en el que Jesús anuncia a los apóstoles que uno de ellos le va a traicionar. En ese evangelio, no hay ninguna referencia a la eucaristía, a diferencia de los otros tres canónicos. Que a Leonardo no se le conociera pareja y vistiera de blanco significa bien poco, y es mentira que nunca en su vida pintó una cruz. Sin ir más lejos, en una de sus últimas obras, el San Juan Bautista, el profeta lleva una cruz.
Cuando son reales, las pruebas de Sierra son tan circunstanciales como las de Picknett y Prince. Si éstos olvidan cuando les conviene que la sábana santa era ya famosa a mediados del siglo XIV, cien años antes del nacimiento de Leonardo, aquél pasa por alto que el último prefecto cátaro, Guillaume Bélibaste, murió a principios del siglo XIV, dos siglos y medio antes del natalicio del autor de La Última Cena. Son detalles que podrían fastidiar un negocio que precisa de montones de pruebas circunstanciales para ocultar que no hay ninguna que realmente merezca ser considerada como tal.
Leonardo fue un genio con sus luces y sus sombras, como todo ser humano. Y su personalidad y obra tuvieron tan poco que ver con lo que venden los traficantes de misterios como Nostradamus con la caída de las Torres Gemelas y con una profetizada victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Alemania.
Intervención en la mesa redonda Recuperando a Da Vinci, una perspectiva escéptica, celebrada el 12 de julio de 2006 dentro de la XIX Semana Negra de Gijón.
11 May 2006
afirma, en el preámbulo de El código Da Vinci, que "todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces". Sus críticos dicen que no es así. En febrero de 2004, Laura Miller sentenció en La burla Da Vinci, un artículo publicado en The New York Times, que "el material de no ficción" de la obra tiene "aversión a la autenticidad". La periodista francesa Marie-France Etchegoin y el filósofo y sociólogo Frédéric Lenoir acusan a Brown, en El código Da Vinci: la investigación (RBA, 2005), de "mencionar hechos reales, pero deformar su sentido, retorcerlos en cierto modo, para ajustarlos a la trama novelesca" y, encima, presentarlos en la nota previa como ciertos. Michael y Veronica Haag sentencian, en El código Da Vinci al descubierto (Ediciones B, 2005), que la obra "no contiene más verdad que la que se encuentra en las ficciones de Tom Clancy o Terry Pratchett, o en las de J.K. Rowling y su mundo de Hogwarts". ¿Es para tanto?
Más de 40 millones de ejemplares de El código Da Vinci se han vendido desde que en marzo de 2003 llegó a las librerías. A partir del 19 de mayo, a buen seguro que se sumarán a los seguidores de Brown muchos de los que vayan a ver la película homónima protagonizada por Tom Hanks y Audrey Tautou, que interpretan a Robert Langdon, experto en simbología de Harvard, y a la policía criptóloga Sophie Neveu. La pareja se conoce después de que un monje albino miembro del Opus Dei asesina en el Louvre al conservador del museo, Jacques Saunière, que dedica su agonía a dejar pistas relacionadas con las obras de Leonardo da Vinci para que los protagonistas descubran el más grande de los secretos: que el Santo Grial existió y que donde Jesús vertió simbólicamente su sangre no fue en una copa, sino en el vientre de María Magdalena. El linaje fundado por la pareja bíblica habría dado origen a los merovingios -dinastía que gobernó Francia entre los siglos V y VIII- y llegado hasta nuestros días.
El primer enigma reivindicado por Brown no forma parte directa de la trama. El apellido del conservador del Louvre remite al llamado misterio de Rennes-le-Château, un pueblo del sur de Francia donde, a caballo entre los siglos XIX y XX, un cura se gastó una fortuna en la restauración de una iglesia. Se llamaba Bérenger Saunière, llegó a la localidad en 1885 sin un céntimo, sus ataques a la república le hicieron pronto merecedor de una donación de 3.000 francos de María Teresa de Módena, viuda del pretendiente al trono francés Enrique V, e invirtió ese dinero en obras en el altar mayor. Según la leyenda, el sacerdote encontró en el pilar hueco del altar unos misteriosos pergaminos y, en el suelo, una losa que daba entrada a una cripta donde halló el tesoro de los cátaros, el Arca de la Alianza, las Tablas de la Ley, el tesoro del templo de Jerusalén o unos documentos en los que se revelaba un turbador secreto, depende de la versión de la historia que se prefiera.
Hasta 1915, los gastos de Saunière -que incluyen obras en el templo, la compra de terrenos y la edificación de una villa y una torre- "rozan, sin alcanzarlos, los 200.000 francos", sostiene Massimo Introvigne en Los Illuminati y el Priorato de Sión (Rialp, 2005). ¿De dónde sacó un cura de pueblo tanto dinero? Los vendedores de misterios dicen que de un tesoro o de la venta de alguno de los valiosos objetos bíblicos que presuntamente encontró en el subsuelo de la iglesia de Rennes-le-Château; la realidad es mucho más terrenal. En las cuentas del sacerdote consta que, entre 1893 y 1915, se embolsó dinero por más de 100.000 misas encargadas por particulares, que nunca llegó a celebrar. El tráfico de misas fue la fuente de financiación de las inversiones inmobiliarias de Sauniére, que puso desde el principio todas sus propiedades a nombre de Marie Denardaud, su fiel ama de llaves y quizás algo más. Así que, de misterio, nada. ¿Y los pergaminos del pilar? Según Gérard de Sède, autor de El oro de Rennes (1967), un clásico moderno del esoterismo, los documentos probarían que el linaje merovingio no se extinguió y que su último representante, y legítimo heredero del trono francés, sería un tal Pierre Plantard de Saint-Clair, gran maestre del Priorato de Sión.
Leonardo y el Priorato de Sión
Ya tenemos dos puntos de conexión más entre el misterio de Rennes-le-Château y El código Da Vinci: el Priorato de Sión y los apellidos Plantard de Saint-Clair, que en la novela corresponden a uno de los protagonistas, descendiente de Jesús y María Magdalena. Brown nos cuenta, en la nota previa titulada Los hechos, que "el Priorato de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelli, Victor Hugo y Leonardo da Vinci". Esos personajes son los grandes maestres antecesores de Saunière, guardianes del secreto de la estirpe de Jesús.
El eje de la trama es el Priorato de Sión. La muerte de un gran maestre, Sauniére, enciende la mecha de la acción y la mayoría de las claves que llevan hasta el desenlace están vinculadas a Leonardo en su calidad de dirigente de la sociedad y, por tanto, conocedor del secreto. Brown argumenta, por boca de Robert Langdon, que el Priorato de Sión lo fundó el duque Godofredo de Bouillon en Jerusalén en 1099, por temor a que a su muerte se perdiera "un secreto que había estado en conocimiento de su familia desde los tiempos de Jesús". La sociedad transmitiría de generación en generación una verdad que confirmaban unos documentos enterrados en los restos del templo de Jerusalén, que fueron recuperados años después por el brazo militar del Priorato de Sión, los templarios.
Las pruebas de la existencia del Priorato de Sión no se remontan, sin embargo, más allá del 25 de junio de 1956. Aquel día, el antisemita, ultraderechista y filonazi Pierre Plantard de Saint-Clair inscribió la entidad en la subprefectura de Saint-Julien-en-Genevois, en la Alta Saboya, han constatado Etchegoin y Lenoir. El objetivo de la sociedad era, según sus estatutos, "la constitución de un orden católico destinado a restituir, de forma moderna pero manteniendo su carácter tradicional, la antigua caballería". El Priorato de Sión y la estirpe de Jesús y María Magdalena se unen por primera vez en el mundo real en El enigma sagrado (1982), obra de Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, cuyas ideas son el poso del libro de Brown. Años después, en El legado mesiánico (1986), los tres escritores desenmascararon a Plantard como el artífice de Les Dossiers Secrets, papeles que contienen la lista de grandes maestres del Priorato de Sión y la genealogía sagrada. En Comprendiendo El código Da Vinci. La historia completa (2006), documental de National Geographic, Lincoln dice que Plantard le confesó el engaño y añade que él no se cree nada de lo que ha escrito con Baigent y Leigh acerca de Jesús y sus descendientes.
Si los documentos de la Biblioteca Nacional de París son falsos y el Priorato de Sión no existió antes de 1956, esa organización ni pudo estar en el origen de los templarios, ni guardar un secreto desde hace casi un milenio, ni tener a Leonardo entre sus grandes maestres. El código Da Vinci carece, pues, de fundamento histórico. ¿Qué pasa entonces con las claves contenidas en las obras de Leonardo que apuntan al matrimonio de Jesús y María Magdalena, con la leyenda de que ésta llegó embarazada al sur de Francia y con los textos cristianos que se citan?
El linaje de Jesús
Brown sostiene que, en La Última Cena de Leonardo, el personaje sentado a la derecha de Jesús no es Juan, sino María Magdalena, que ocupa ese lugar por ser la esposa del Mesías. El problema es que, de ser así, las cuentas fallan. A la mesa hay trece personajes, incluido Jesús. Si Juan es María Magdalena, ¿dónde está el auténtico Juan? La explicación es muy sencilla: Juan es Juan. Leonardo pintaba a los jóvenes bellos con rasgos andróginos, como los del ángel Uriel de La Virgen de las rocas y un Juan Bautista con pelo rojo ensortijado que se le atribuye.
El historiador palentino José Luis Calvo ha descubierto, además, que algunos párrafos de la parte de la novela dedicada al misterio de La Última Cena tienen un sospechoso parecido con otros de La revelación de los templarios (1997), obra de pseudohistoria de Lynn Picknett y Clive Prince que, como El enigma sagrado, Brown cita entre los volúmenes de la biblioteca de historiador Leigh Teabing, personaje con el que el novelista homenajea a Richard Leigh y Michael Baigent.
Otra pintura de Leonardo en la que, según El código Da Vinci, hay un mensaje oculto es La Virgen de las rocas, un óleo de dos metros de altura que está en Louvre. Brown reduce su tamaño hasta el metro y medio para que la joven criptóloga pueda, en una escena clave, asomar la cabeza por detrás del cuadro y amenazar con romperlo de un rodillazo. Más adelante, Langdon explica a Neveu que la pintura es enigmática porque Juan Bautista niño, a la derecha, bendice a Jesús niño, a la izquierda, al tiempo que la Virgen tiene su mano izquierda sobre la cabeza del segundo, amenazadoramente. La realidad es que Brown cambia de sitio a los dos niños y la mano de la Virgen se iza protectora sobre la cabeza de Jesús, que está junto al ángel Uriel. En este mismo error, ¡qué casualidad!, incurrieron años antes los autores de La revelación de los templarios. ¿Es eso una descripción veraz?
¿Pero tuvieron o no hijos María Magdalena y Jesús? No hay ninguna prueba de que así fuera, ni siquiera de que estuvieran casados. Hay fragmentos en los evangelios que apuntan a una relación particularmente estrecha entre ambos, como que la primera persona a la que se aparezca Jesús resucitado sea María Magdalena; pero nada más. Existen en los textos del cristianismo primitivo las suficientes contradicciones como para no poder dar muchas cosas por buenas ni por malas, incluido el matrimonio de Jesús con una mujer a la que el papa Gregorio I (540-604) identificó erróneamente con una prostituta en 591. El Vaticano admitió en 1969 que el Pontífice se había equivocado y que la pecadora y María Magdalena son dos personajes diferentes del Evangelio de Lucas.
"Nada en el cristianismo es original", sentencia el historiador Leigh Teabing en El código Da Vinci, una novela que peca de ese mismo defecto. Porque Brown deforma la Historia y el Arte para que encajen con la pretensión de que el Santo Grial fue María Magdalena, idea que tampoco es suya, sino de autores como Baigent, Leigh, Lincoln y otros.
A rebufo de Dan Brown
Las estanterías están a reventar de obras que desentrañan las claves de la novela de Dan Brown. Tres destacan por su interés: El código Da Vinci: la investigación, de Marie-France Etchegoin y Frédéric Lenoir; El código Da Vinci al descubierto, de Michael y Veronica Haag; y Los Illuminati y el Priorato de Sión, de Massimo Introvigne.
El resto de lo editado corresponde en su mayoría a autores que engordan misterios inexistentes. También hay quien ha cambiado el título y la portada de una novela para jugar a la confusión y aprovecharse de ella. Es el caso de Sindonem (2000), de David Zurdo y Ángel Gutiérrez, en la que se relaciona a Leonardo con la sábana santa, reliquia fabricada un siglo antes que el genio renacentista. Esta novela no vendió prácticamente nada hasta un cambio de portada y un rebautizo como El último secreto de Da Vinci (2004). Después del lavado de cara, va por la decimoquinta edición.
Publicado originalmente en el suplemento Territorios de la Cultura del diario El Correo.
06 May 2006
19 Abr 2006
Sony Pictures niega, en la información para la prensa sobre la película El código Da Vinci, la existencia del Priorato de Sión como una organización constituida hace casi mil años para guardar el secreto del Santo Grial. "El Priorato de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelli, Víctor Hugo y Leonardo da Vinci", dice Dan Brown en la nota de advertencia que figura al principio de la novela. Los responsables de la productora marcan distancias con el escritor y dejan claro, en el pressbook de la cinta, que el thriller policiaco que se estrena el 19 de mayo en todo el mundo carece de fundamento real, que una cosa es la ficción y otra la realidad.
"En la novela, Dan Brown sostiene que el Priorato de Sión es una organización real fundada en 1099, y que una serie de pergaminos que se encuentran en la Biblioteca Nacional de París revelan que entre sus miembros se hallaban destacadas figuras de la literatura, el arte y las ciencias. Sin embargo, los documentos de la Biblioteca Nacional han resultado ser modernas falsificaciones depositadas allí por Pierre Plantard, que admitió haber fundado el Priorato junto con tres amigos en 1956, para reírse un rato. Él fue nombrado Gran Maestre del Priorato en 1981. En los falsos documentos y manuscritos, que han llegado a ser conocidos como Dossiers Secrets, se afirma que la organización secreta fue fundada en 1099 por Godefroy de Bouillon, que guió el primer ejército que partió hacia Jerusalén en la Primera Cruzada y fue el primer soberano de la reconquistada Tierra Santa. También se dice que fue obra del Priorato la creación de los Caballeros Templarios, de los que, al parecer, se separaron unos cien años más tarde", sostiene la documentación que Sony Pictures ha enviado
hace unas horas a la prensa.La productora no ha descubierto nada nuevo, pero es significativo que admita que no hay que dar crédito a lo que el autor de la novela presenta como hechos veraces, como realidades demostradas. Resulta obvio que, sin Priorato de Sión milenario, hay que olvidarse, entre otras cosas, de la lista de grandes maestres citada por Brown, lo que nos lleva a descartar a Leonardo de Vinci como guardián de ningún secreto sobre Jesús y María Magdalena, y, por tanto, convierte toda la trama de El código Da Vinci en un simple juego de adivinanzas cuyo parecido con cualquier situación real es mera coincidencia, como ocurre con la mayoría de las películas.
10 Abr 2006
El código Da Vinci es, ante todo, un libro mal escrito, previsible, con diálogos prescindibles, personajes planos y lleno de lugares comunes. Vale, se lo han comprado 40 millones de personas y eso es una barbaridad, se mire cómo se mire. El recientemente fallecido Stanislaw Lem, por ejemplo, ha vendido 27 millones de libros desde 1946, y su obra es divertidísima, inteligente y de calidad literaria; lo contrario que la de Brown. Los defensores de El código Da Vinci esgrimen los millones de libros vendidos como prueba de la calidad de la novela. Se confunden. La cantidad de adeptos de algo -sea la revista ¡Hola!, Salsa rosa o la serie cinematográfica de Torrente- no es una vara que sirva para medir calidad ni buen gusto. Recuerden el famoso dicho: "¡Cien mil millones de moscas no pueden estar equivocadas, coma mierda!".
26 Feb 2006
Que El código Da Vinci es un éxito editorial que no tiene casi nada de original y que Dan Brown tomó prestadas de otros autores las principales revelaciones de su novela, es algo de sobra conocido. Porque el escritor estadounidense no ha sido el primero en especular sobre la posibilidad de que Jesús sobreviviera a la crucifixión, se casara con María Magdalena, y el matrimonio se estableciera en lo que hoy es Francia para iniciar una dinastía que ha llegado hasta nuestros días y cuya existencia explica la de los templarios, una orden secreta denominada el Priorato de Sión y el misterio de Rennes-le-Château. Estos ingredientes fueron ya el eje de El enigma sagrado (Holy blood, holy grail), obra pseudohistórica publicada en 1982 por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln.
Quien primero me habló de esa fuente de la que Brown se habría hartado de beber fue el historiador y periodista Julio Arrieta, que, a finales de 2004, consideraba la novela superventas una mezcla de La revelación de los templarios (1997), de Lynn Picknett y Clive Prince, y El enigma sagrado. Posteriormente, el también historiador José Luis Calvo dedicó un amplio trabajo a demostrar cuáles habían sido, a su vez, las fuentes bibliográficas utilizadas por los autores de El enigma sagrado, y escribió una pormenorizada crítica de El código Da Vinci, en la que deja claro que Brown sacó bastantes de su disparatadas ideas de La revelación de los templarios.
Pues bien, tanto beber de fuentes ajenas sin citarlas y arrogándose la autoría de los hallazgos debió de hartar a dos de los autores de El enigma sagrado, Baigent y Leigh, quienes denunciaron a Brown en el Reino Unido por plagio y ahora podrían impedir a los británicos disfrutar del taquillazo cinematográfico del año, informaba ayer The Times. Porque, cuando Brown -cuya fortuna se calcula en 290 millones de euros- comparezca ante la Justicia en Londres la próxima semana, estará en juego no sólo una millonaria indemnización a los autores de El enigma sagrado, sino también el estreno en el Reino Unido de la película El código Da Vinci, protagonizada por Tom Hanks y presupuestada en 104 millones de euros.
La cinta va a estrenarse el 19 de mayo en todo el mundo, pero los jueces británicos podrían posponer su proyección en el país e incluso prohibirla si consideran que Brown ha violado las leyes de derechos de autor. Además, si dan la razón a los demandantes, éstos podrían recibir una indemnización de 14,5 millones de euros, según el rotativo londinense. Y es que el plagio es una cosa muy seria. Por ahí fuera, claro. Porque en España es algo muy rentable. Aquí a los plagiarios les dan programas estelares de televisión y no les pasa nada, aunque sus editores reconozcan que han copiado a otros.
24 Feb 2006
Si, junto al de las caras de Bélmez, hay un misterio español prefabricado, ése es el de las pirámides de Güímar. Estas estructuras de la isla deTenerife fueron descubiertas a finales de los años 80 del siglo pasado por los miembros de la Confederación Internacional Atlántida, un grupo de aficionados a lo paranormal, y pronto atrajeron la atención del contactado con extraterrestres Francisco Padrón, que habló de ellas en el Diario de Avisos en 1990. Fue aquel mismo año cuando la existencia de las pirámides llegó a conocimiento del explorador noruego Thor Heyerdahl (1914-2002), famoso por haber organizado expediciones para demostrar la posibilidad del contacto transocéanico entre culturas en la Antigüedad.
Heyerdahl asumió que las estructuras aterrazadas de Güímar eran la prueba del paso por las islas Canarias de los egipcios en el viaje hacia América en el que, según él, llevaron a los pueblos precolombinos el conocimiento sobre cómo levantar pirámides. Y los amontonamientos de piedra en terrazas -conocidos localmente como majanos- se convirtieron en un enigma de la Antigüedad, a pesar de que las pruebas arqueológicas y documentales apuntaban a que no se remontaban en el tiempo más allá del siglo XIX y su origen se debía a la limpieza de piedras de la finca para la explotación agrícola, como ocurre en otras zonas de la isla y en un archipiélago del Índico.
Casi veinte años después del descubrimiento de las estructuras, César Esteban y Antonio Aparicio, investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) y de la Universidad de La Laguna, acaban de publicar una obra que derriba las argumentaciones de Heyerdahl y sus seguidores. Las pirámides de Güímar: Mito y realidad (2005) es un libro de fácil e interesante lectura, que no deja lugar a la duda: lo que han vendido durante años Heyerdahl, los periodistas de lo paranormal y los responsables del Parque Etnográfico de las Pirámides de Güímar, un complejo patrocinado por el empresario noruego Fred Olsen, es una fantasía. Los majanos, concluyen los autores, datan del siglo XIX, están vinculados a tareas agrícolas y orientados hacia los solsticios de verano e invierno. No tienen nada que ver ni con los guanches, ni con los atlantes, ni con ningún saber extraño transmitido por los antiguos egipcios en una escala de un viaje a América que nunca pasó de ser una lucubración Heyerdahl.
El punto más aventurado de la argumentación de Aparicio y Esteban, como reconocen ellos mismos, es la justificación de la orientación astronómica del complejo. Sostienen que se debe a que, desde 1854, el propietario de la finca era un masón, Antonio Díaz Flores. "La respuesta, nuestra respuesta
De lo que no hay duda -como no la había antes de la aparición de este libro- es de las mentiras que se cuentan en el Parque Etnográfico de las Pirámides de Güímar, que se inauguró en 1998 y visité poco después.
Allí se informa al visitante de que las construcciones de tipo piramidal surgieron hace 10.000 años simultáneamente en Egipto y América, entre otros lugares. La realidad es que la pirámide apareció en la historia humana mucho después y que, encima, recientes hallazgos han desmontado el sueño difusionista de Heyerdahl, con unos egipcios que irradiarían su saber arquitectónico a otras civilizaciones distantes. Porque las pirámides más antiguas del mundo se construyeron en la región de Norte Chico (Perú) hace más de 5.000 años, mientras que las más antiguas de Egipto datan de hace unos 4.500 años y las olmecas de México tienen poco más de 2.000 años. Los egipcios no fueron, por tanto, los padres de las pirámides. Lo mismo que la agricultura, la pirámide apareció en diversas regiones del mundo sin contacto entre sí. No hay ninguna prueba de lo contrario. Además, ¿hay una forma más simple de construir una estructura estable que se eleve hacia el cielo?Aparicio, Antonio; y Esteban, César [2005]: Las pirámides de Güímar. Mito y realidad. Centro de la Cultura Popular Canaria. Santa Cruz de Tenerife. 151 páginas.
02 Sep 2005
"Dan Brown es un novelista, es libre de escribir lo que quiera, pero los que se autodenominan descifradores intoxican cuando mantienen la confusión bajo las apariencias de un conocimiento riguroso". La frase es de la periodista Marie-France Etchegoin y del filófoso y sociólogo Frédéric Lenoir, autores de El código Da Vinci: la investigación (2004), un libro que sitúa en su justo término histórico lo que el autor estadounidense presenta como hechos reales en su superventas. El ensayo de Etchegoin y Lenoir es instructivo, divertido y, encima, no hace falta haberse leído la obra de Brown para entenderlo todo y darse cuenta de la desfachatez del novelista y de la incompetencia como historiadora del arte de su esposa, Blythe, quien le ha ayudado como documentalista en sus historias.
El código Da Vinci: la investigación es lo único que se salva de la montaña de títulos publicados en España en los últimos meses para aprovechar el tirón de la novela de Brown, a juicio del historiador y periodista Julio Arrieta. Él se los ha hojeado todos; yo sólo he consultado algunos, con el frustrante resultado de encontrarme ante colecciones de tonterías pseudohistóricas al estilo de Lorenzo Fernández Bueno y su Los guardianes del secreto. Arrieta es uno de los escépticos españoles más cultos y por eso, cuando me recomienda una obra, no lo dudo un instante: la cojo de la estantería de la librería donde estemos y me la llevo a la caja. Yo ya había disfrutado de la crítica a El código Da Vinci de José Luis Calvo; pero quería más. El libro de Etchegoin y Lenoir casi me ha saciado, y además me he reído en algunos momentos de las meteduras de pata del autor estadounidense.
Hay dos tipos de best sellers, aquéllos en los que el autor se ha molestado en verificar detalles y datos y los que son un cúmulo de despropósitos. La lectura de El código Da Vinci: la investigación deja claro, para quien todavía tenga alguna duda, que Brown es un indocumentado y que no hay que tomarse en serio nada de lo que presenta en su novela como cierto. "Como siempre, Dan Brown construye un buen número de invenciones alrededor de un elemento histórico verdadero", dicen Etchegoin y Lenoir cuando el novelista centra su atención en la llamada fuente Q, un hipotético documento que contendría sólo frases de Jesús y del que habrían bebido los evangelistas Marcos, Mateo y Lucas. Lo que hace el autor de El código Da Vinci es lo mismo que hacen los charlatanes que se han lanzado en los últimos años a escribir novelas históricas y presuntas obras de investigación, dar al lector gato por liebre para cimentar una milenaria conspiración. Por eso, libros como el de Etchegoin y Lenoir resultan imprescindibles.
Etchegoin, Marie-France; y Lenoir, Frédéric [2004]: El código Da Vinci: la investigación [The code Da Vinci: L'Enquête]. Trad. de Manuel Serrat Crespo. RBA Libros. Barcelona 2005. 251 páginas.
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Luis Alfonso Gámez
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