08 Nov 2007
El misterio de Ummo es el equivalente extraterrestre al enigma cutre de las caras de Bélmez. Los ummitas son unos alienígenas de aspecto nórdico que se inventó José Luis Jordán Peña a mediados de los años 60 para tomar el pelo al contactado Fernando Sesma, sus seguidores y cuanto ufólogo se pusiera a tiro. Mediante cartas, llamadas telefónicas y fotos trucadas, convenció a sus víctimas de que un platillo volante había aterrizado en los Alpes franceses en marzo de 1950 y sus ocupantes vivían desde entonces mezclados entre nosotros. Las cartas que mandaban los supuestos extraterrestres a Sesma y los suyos llevaban el extraño sello que mostraba en la panza el ovni de plástico fotografiado en San José de Valderas (Madrid) en 1966 y que se ve en el citado episodio de Perdidos.
Aunque desde un principio hubo quienes sostuvieron que todo era un fraude y apuntaron como autor a Peña, los vendedores de misterios optaron por engordar el falso misterio mediante libros y programas de radio y televisión. Así, Antonio Ribera publicó Un caso perfecto (1976) -con Rafael Farriols-, El misterio de Ummo (1979) y Ummo: la increíble verdad (1985). "Con un poco de suerte, confío dentro de poco entablar contacto personal con seres de Ummo, planeta que gravita en torno a la estrella Iumma, situada a 14,6 años-luz de la Tierra, codificada por nosotros como la estrella Wolf 424", declaraba Fernando Jiménez del Oso en la revista Garbo a finales de 1979. El globo estalló cuando Peña confesó en 1993 que era el autor del engaño, a pesar de los cual todavía hay ufólogos, como Juan José Benítez, siguen reivindicando el misterio.
Ahora, parece que los ummitas vuelven. Quizá sea que no pisaron tierra por primera vez en Francia, sino en la isla más famosa de la televisión.
24 Oct 2007
Ricardo Campo,
filósofo de la Universidad de La Laguna, y miembro de la Fundación Anomalía y el CE, habla de la historia del mito en La invasión que nunca llegó.
Fernando L. Frías,
abogado y presidente del CE, habla de la investigación ovni en nuestro país en La chapuza galáctica: ufología a la española.
Eduardo Angulo, biólogo de la UPV y miembro del CE, habla de los extraterrestres de la ciencia ficción en ¡Marciano, ven a casa!
Luis Alfonso Gámez, periodista, habla sobre el origen del prototipo de extraterrestre en 40 años de hombrecillos grises.
Mesa redonda. 60 años de platillos volantes, con los conferenciantes y Agustín Sánchez Lavega, astrofísico de la UPV.
19 Oct 2007
04 Oct 2007
Un objeto pintado por Ventura Salimbeni en la iglesia de San Pedro, en Montalcino (Italia), ha sido interpretado por algunos ufólogos como una representación de un ingenio espacial. De aspecto metálico, es conocido como el Sputnik de Montalcino, por su parecido con el primer satélite artificial -lanzado hace hoy 50 años-, y forma parte del fresco La glorificación de la Eucaristía, realizado por Salimbeni para conmemorar el Año Jubileo de 1600. En la parte alta de la obra, están la Santísima Trinidad y una esfera, sobre la que vuela el Espíritu Santo en forma de paloma, de la que salen dos antenas que tocan con sus manos Jesús y Dios Padre. A los ojos del lego, el objeto que acompaña al trío divino recuerda al Sputnik, así que algunos ufólogos proclives a encontrar naves extraterrestres hasta en las pinturas rupestres se preguntan qué fue lo que Salimbeni vio en el cielo de la Toscana hacia 1600. Retóricamente, claro, porque ellos saben que fue una nave extraterrestre. Pero ¿qué es en realidad el Sputnik de Montalcino?
Lo mejor para entender este fragmento de la pintura es recurrir a la Historia del Arte. Es lo que hace el arquitecto italiano Diego Cuoghi en su artículo 'Art and ufos? No, thanks, only art...', donde explica que el misterioso objeto es, en realidad, un globo de la Creación, un elemento que simbolizaba el Universo y que es habitual en muchas pinturas de la época, con ligeras variaciones. El autor cita, entre otros ejemplos, La adoración de la Santísima Trinidad (1640), de Johan Heinrich Schonfeld, y la Fundación de la Orden de los Trinitarios (1666), de Juan Carreño de Miranda, cque pueden ver en el artículo de Cuoghi junto a otras obras similares. El autor destaca que lo más raro de la esfera de Montalcino es el objeto que se ve en la parte inferior izquierda, cerca del pie izquierdo de Jesús, que algunos han interpretado como un objetivo de una cámara. La verdad, dice, es que se trata de la Luna, como la luz brillante en la parte superior central de la esfera es el Sol, que para algo es una representación del Universo. ¿Y qué decir de las antenas? Pues que son cetros: el de Jesús, explica en el correspondiente artículo el periodista científico Mauricio-José Schwarz, está rematado con una cruz roja en símbolo de su sacrificio por la Humanidad.
Lean los trabajos de Cuoghi y de Schwarz. Encontrarán otros muchos ovnis que nunca han existido nada más que en la imaginación de los vendedores de misterios, como las nubes de El milagro de la nieve (1428), de Masolino da Panicale, que Javier Sierra convierte en naves extraterrestres; el capelo cardenalicio de Escenas de la vida monástica (1460), de Paolo Usccello, que Carmen Porter transmuta en platillo volante -"un objeto con forma de disco dotado de una pequeña cúpula central en lo alto y varios trazos a modo de estela con los que Paolo parece querer dar el efecto de una curva repentina", escribía en 2002 en Más Allá-; y una nube luminosa y tres estrellas, típicas de la simbología religiosa de la época, de La Señora con el Niño y San Juan, atribuida a Sebastiano Mainardi o Jacopo del Sellaio, que son convertidas en otros tantos ovnis por Bruno Cardeñosa en el mismo número de Más Allá y por Juan José Benítez en su libro Mis ovnis favoritos (2001), donde, como Cardeñosa, identifica la obra como de Filippo Lippi.
Como bien dice Schwarz, en el caso del Sputnik de Montalcino y de los otros platillos volantes con que los ufólogos llenan obras de arte como las citadas, "saber lo que uno está viendo hace fácil identificarlo, y sólo la ignorancia genera ovnis donde no hay nada raro, nada misterioso, nada para vender". El problema es que, si uno para aprender recurre a alguien que conozca la Historia del Arte, como Diego Cuoghi, puede quedarse sin cuento que contar.
03 Oct 2007
El especialista en efectos especiales John Humphreys confesó en abril pasado que había creado el extraterrestre de la película de la autopsia y había interpretado a uno de los cirujanos. A Santilli, productor de televisión, no le quedó entonces más remedio que admitir que todo era un montaje, aunque argumentó en su defensa que la cinta era una recreación de otra real, rodada en instalaciones militares con alienígenas de carne y hueso. Lo mismo que dijo Juan José Benítez cuando se descubrió que, en su serie Planeta encantado, había presentado una película de animación como si fuera una cinta grabada en la Luna. En la película del autor de Caballo de Troya, se veía a dos astronautas explorando las ruinas de unos edificios extraterrestres en el Mar de la
Tranquilidad. Benítez había encargado la filmación al estudio de animación vasco Dibulitoon Studio y, cuando eso salió a la luz, dijo que la cinta estaba basada en una película real rodada en la Luna. Santilli ha seguido el mismo guión, pero ha ido más allá.
En el ejemplar de otoño de Paranoia, revista a la que uno se imagina suscrito a Fox Mulder y de la que me da la impresión de que beben hasta embriagarse los conspiranoicos ibéricos, el productor explica a Philip Mantle, uno de los ufólogos que le avalaron en 1995, que intercaló fotogramas de una película real de 1947 en la famosa cinta de la autopsia. Y le promete enseñarle algunos la próxima vez que se vean. "Concerté una cita en Londres con Ray Santilli para comer el 22 de junio", indica Mantle en el último número de la revista británica Paranormal. El encuentro tuvo lugar en un oscuro pub donde Santilli y su socio, Gary Shoefiled, le enseñaron una veintena de fotogramas. En el reportaje, titulado 'Alien autopsy re-visited', el ufólogo dice que no puede determinar si eran auténticos o no. ¿De verdad es tan crédulo? No lo creo. Lo que pasa es que así se hace más caja y se venden libros como el que anuncia al final del reportaje, que se puede comprar directamente en su web.
Si Santilli tuviera en su poder una película tan sorprendente como la de una autopsia a un extraterrestre, bastaría con que la falicitara para los análisis pertinentes para que se hiciera multimillonario y pasara a la historia como el desvelador de la Gran Conspiración. Como no lo ha hecho -ni lo hará-, podemos concluir que la filmación no existe, como no existe la lunar de Benítez. Con su nueva argucia, lo que Santilli hace es volver a confirmar que nunca hemos estado con la película de marras ante el "jaque a la ciencia" que Sierra vendió en octubre de 1995 a los lectores de la revista Año Cero.
01 Oct 2007
Si no, miren lo que ha pasado en España, donde las jóvenes promesas de la ufología de los años 90 ahora se dedican a inventarse conspiraciones, explotar la crónica negra, escribir novelas al estilo de Dan Brown y firmar, con pseudónimo, obras de pseudoperiodismo de pseudoinvestigación. Y es que, como dice Francescutti, después de seis décadas "todo lo que resta son unas fotografías más o menos borrosas, unos cuantos libros y una montaña de recortes de diarios y revistas, pues el papel jugado por los medios de comunicación en su difusión ha sido enorme (no parece un detalle secundario el hecho de que los platillos se dieron a conocer en verano, una temporada de sequía informativa)".
Hace tiempo que sostengo que el fenómeno ovni está en animación suspendida, después de que los ufólogos empezaran ampliamente el límite de lo creíble con los secuestros, los platillos accidentados, las conspiraciones gubernamentales... La larga agonía en la que creo que está inmersa esta creencia -que llegará a ser marginal- no impide, obviamente, que sigan publicándose libros, aunque a menor ritmo y con mucho menos impacto público que en otras épocas. Uno de los últimos que he incorporado a mi biblioteca es The day after Roswell, de Philip J. Corso y William J. Birnes. Fue editado originalmente en 1997 y entonces hubo una crítica, Sharon Chance, del Times Record News, que dijo que "podría ser el libro más importante desde la Biblia". Según Corso, los microchips, la fibra óptica y el láser son inventos realizados a partir del examen de los restos del platillos volantes estrellado en Roswell. Para la mayoría de los mortales, sin embargo, este libro es hoy tan desconocido como otras presuntas obras clave de la ufología que iban a cambiar nuestra visión del mundo. Sobre el poder visionario de Chance, mejor no hablar.
28 Ago 2007
05 Ago 2007
24 Jul 2007
Lo mismo que la Virgen en Lourdes y Fátima han hecho los extraterrestres en Roswell. Era un pueblo perdido de Nuevo México (Estados Unidos) conocido por cuatro gatos hasta que en 1980 Charles Berlitz y William Moore publicaron El incidente. Recuperaban del olvido en ese libro un accidente de una nave alienígena en el desierto en julio de 1947. En su día, ni siquiera se tragó la historia Raymond A. Palmer, el editor de ciencia ficción que primero vio el potencial de explotar mediáticamente las creencias paranormales. Sin embargo, hace veintisiete años, Berlitz, que ya había demostrado sus dotes para la ficción en El triángulo de las Bermudas, El misterio de Filadelfia y otras obras por el estilo, enmendó la plana al fundador de Fate.
El incidente fue un éxito de ventas no sólo en EE UU, sino también en otros países. Y los ufólogos profesionales volvieron la mirada hacia Nuevo México para dar el nuevo y definitivo salto hacia el absurdo. A principios de los años 80, la sobrevalorada revista británica Flying Saucer Review dedicó un largo serial a sacar a la luz historias de los platillos volantes estrellados y recuperados, de la mano de Leo Stringfield. Fue el principio de una fiebre. Con los accidentes de naves extraterrestres pasó lo mismo entonces que a mediados de los 70 con las abducciones tras la emisión en la NBC de The ufo incident, la película basada en el secuestro de Betty y Barney Hill.
Mientras en Roswell salían nuevos testigos hasta debajo de las piedras y los vendedores de misterios rentabilizaban la historia, los lugareños empezaron a dar pasos para convertir el pueblo en un parque temático alienígena. Eso es lo que es hoy Roswell, donde los extraterrestres son tan reales como las apariciones de la Virgen en Fátima, Lourdes, El Escorial, Garabandal... El gran beneficiado de todo ha sido el pueblo y por eso se entiende que sus habitantes se hayan volcado en la celebración del 60º aniversario del no-accidente, posen alegres para los fotógrafos rodeados de parafernalia alienígena y tengan las calles rebosantes de motivos ufológicos.
Las estampas que ilustran estas líneas han sido tomadas por fotógrafos de la agencia Associated Press en Roswell en las últimas semanas. En ellas, se ve cómo los marcianos se han convertido hasta en un gancho publicitario para restaurantes de comida rápida en un pueblo cuyo principal atractivo es el Centro de Investigación y Museo Internacional Ovni. Dirigido por Julie Shuster, ha recibido más de 2,5 millones de visitantes desde su inauguración en 1992 y puede verse en él, entre otras cosas, una recreación de la presunta autopsia practicadas a un infortunado alienígena. Aunque el museo es la principal atracción para los fanáticos de los platillos volantes, otros comerciantes locales han creado sus negocios, como Sharon y Larry Welz, los dueños del rimbombante Centro Espacial de Roswell, en realidad, una tienda de recuerdos. Porque Roswell no es nada más que una Lourdes ufológica, así que no le busquen sentido a lo que digan sus habitantes sobre el caso de 1947 que la mayoría de ellos ignoraba hasta hace cuatro días y gracias al que ahora muchos de ellos comen.
Tampoco crean lo que cuentan los ufólogos más populares. Esta pseudociencia, como todas, está liderada por incompetentes. Los ufólogos rigurosos -los hay- investigan honradamente cada caso, suelen darse en las narices con las explicaciones y, por consiguiente, con que no hay casi nada asombroso que publicar. Los malos investigadores son los que triunfan porque son incapaces de explicar nada y tienen, así, muchas historias sorprendentes con las que llenar páginas y páginas, como apuntó en su día Philip J. Klass. Junto a ellos, alcanzan también el éxito los caraduras, los que no se creen nada, pero han hecho de la mentira, el engaño y la tergiversación una forma de vida. Los que han vendido en sus libros casos como el de Roswell como algo inexplicado cuando la verdad es que debe su origen a la recuperación de un globo espía secreto. El resto es simplemente un negocio como el hotel y centro de conferencias con forma de platillo volante que quiere construir en el pueblo el arquitecto Gene Frazier.
22 Jul 2007
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Luis Alfonso Gámez
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