25 Ene 2006
Jason Braithwaite, psicólogo de la Universidad de Birmingham, utilizará un castillo encantado inglés para despertar entre sus alumnos el espíritu crítico. "Al final del curso, los estudiantes estarán mucho mejor preparados para emitir sus propios juicios sobre lo que hay detrás de hechos que aparentemente no tienen una explicación racional", ha declarado el científico a la BBC.
La escuela de cazafantasmas será el castillo de Muncaster, del siglo XIII y en el que hay visitantes que dicen haber visto una dama blanca que se identifica con el espectro de Mary Bragg, una joven asesinada junto a las rejas de la finca en el siglo XIX. Según la agencia Efe, el edificio es famoso también por los gritos y gemidos de niños que se escuchan en una sala.
Psicólogo cognitivo y neurólogo, Braithwaite no cree en fantasmas ni nada parecido. Para él, las vivencias en casas encantadas tienen su origen en fenómenos físicos naturales. Por eso, utilizará a los fantasmas para fomentar el escepticismo, para enseñar a la gente a pensar, a buscar una explicación alternativa a la paranormal. "Éste es un curso para personas con mente abierta, para aquéllos que cuestionan sus experiencias y quieren averiguar más de sí mismos desde un punto de vista serio y científico", advierte.
El curso se celebrará el 29 y 30 de marzo, y matricularse cuesta 176 euros.
19 Ene 2006
Martin Gardner (Tulsa, 1914) sigue en la brecha. A los 91 años, ha abandonado su retiro para ofrecer a los lectores de The Skeptical Inquirer su visión de la polémica recuperación de recuerdos reprimidos que hizo, a finales de los años 80 y principios de los 90, que salieran a la luz numerosos falsos casos de abusos sexuales infantiles en Estados Unidos. "Las guerras de la memoria", como titula su artículo, se saldaron con multitud de familias rotas y de padres inocentes en la cárcel. "Recientes investigaciones han demostrado cómo un terapéuta incompetente puede llevar fácilmente a un niño a imaginar hechos que nunca sucedieron", escribe Gardner en la primera entrega de un trabajo que ha dividido en tres partes. Nadie niega que, por desgracia, los abusos sexuales infantiles existan. Lo que han demostrado en los últimos años científicos como la psicóloga Elizabeth Loftus es que es falso que haya recuerdos traumáticos que puedan reprimirse para, años después, recuperarse mediante hipnosis.
El escritor no olvida otros episodios vinculados a la recuperación de falsos recuerdos que sólo se diferencian del fenómeno de los abusos sexuales infantiles en las creencias previas el protagonista y en lo que va buscando el terapéuta. Variaciones del mismo tema son los casos de abducciones, los de rituales satánicos en los que se sacrifican bebés y los de narraciones de vidas pasadas. En todos estos casos, lo único que tenemos son testimonios y lo que nos faltan son pruebas: miles de secuestrados por los extraterrestres no han sido capaces de sustraer de la nave de turno ni un simple clip, nadie ha encontrado rastro de los cientos de niños sacrificados al Maligno y ningún reencarnado ha proporcionado información nueva de la época en la que presuntamente vivió antes. La conclusión es obvia: estamos ante fenómenos que no suceden en el mundo real, sino en la mente de sus protagonistas, víctimas de los manejos de terapéutas sin escrúpulos que muchas veces han hecho de lo extraordinario su modo de vida.
El regreso de Gardner a la actividad escéptica, aunque sea temporalmente, es de agradecer. No esperaba que lo hiciera después de lo que me comentó en Bruselas hace unos meses Barry Karr, director ejecutivo del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP). Karr me dijo que los achaques propios de su avanzada edad habían obligado al veterano ensayista a retirarse a una residencia y jubilarse definitivamente. Sin embargo,Gardner, que entre 1983 y 2002 mantuvo una columna dedicada al mundo del misterio en The Skeptical Inquirer, la revista del CSICOP, ha vuelto y con la misma agudeza demostrada entre 1956 y 1981 como columnista de juegos matemático de Scientific American y en sus más de cien libros, muchos de ellos dedicados al desenmascaramiento de charlatanes.
15 Abr 2005
"Hemos acumulado una gran cantidad de información y los primeros análisis -los definitivos se conocerán dentro de unos meses- ya han sacado a la luz algunos hallazgos fascinantes", afirma Richard Wiseman, psicólogo de la universidad británica de Hertfordshire. Especialista en psicología del autoengaño y de las creencias paranormales, este experto demostró en 2001 que, a la hora de jugar a la bolsa, es mejor hacer caso a una niña de cuatro años que a un analista bursátil o a un astrólogo, y en 2003 que los fantamas más famosos del Reino Unido se deben "a la respuesta de las personas a factores ambientales normales", como la temperatura y la humedad.
Las preguntas previas al experimento revelan que las mujeres están convencidas de ser mucho más intuitivas que los hombres, ya que el 77% de ellas está convencido de su capacidad para juzgar con acierto a la gente al primer vistazo, frente al 58% de los varones. Los hechos, sin embargo, no les dan la razón. Mientras que los hombres detectan el 72% de las sonrisas auténticas, las mujeres se quedan en el 71%. Y también son peores cuando se trata de descubrir una sonrisa falsa en alguien del otro sexo. Los hombres aciertan en el 76% de los casos en los que una mujer simula sonreír; ellas sólo el 67% de las sonrisas falsas masculinas.
"Estos hallazgos ponen en tela de juicio la idea de que las mujeres son más intuitivas que los hombres", indica Wiseman, quien destaca el extraño caso de un juego de imágenes. "Curiosamente, uno de los pares de fotos fue juzgado de un modo muy diferente por hombres y mujeres, con el 82% de ellos detectando la sonrisa simulada frente a sólo el 64% de ellas: esperamos que análisis adicionales ayuden a descubrir qué es lo raro de esas imágenes".
La intuición de los participantes se va abajo, ha explicado el psicólogo, cuando se tapa la boca de la persona y se ha de juzgar la sonrisa a partir de los ojos. Entonces, cuando sólo ven la parte superior del rostro, los sujetos únicamente descubren el 38% de las falsas sonrisas. Respecto a los fotografiados -entre los que está Wiseman-, los hombres simulan mejor la sonrisa que las mujeres, como lo demuestra que sólo les descubran el 65% de las veces, frente al 75% que les sucede a ellas.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
06 Abr 2005
16 Dic 2004
"Hay gente que ha descubierto invocaciones satánicas en la música rock", dijo Christopher French, psicólogo de la Universidad de Londres. Y sonó en el auditorio un fragmento de Stairway to heaven, de Led Zeppelin, reproducido al revés. El psicólogo preguntó al público si alguien había identificado la palabra Satán: un puñado de personas levantó la mano. La segunda vez que sonó la canción, casi todos escucharon Satán. Entonces, el conferenciante explicó que hay quien sostiene que ese fragmento contiene una larga invocación al Maligno y proyectó el texto en una pantalla. La gente se rio, incrédula. La música volvió a sonar y, sorprendentemente, todos escucharon la diabólica perorata donde antes no había nada. Ocurrió el 9 de octubre en Abano-Terme, cerca de Venecia, donde 420 científicos, ilusionistas y periodistas analizaron durante tres días el auge de la creencia en lo paranormal.
Los asistentes a la conferencia de French, dedicada a la psicología del autoengaño, fueron víctimas del mismo fenómeno por el cual vemos animales en las nubes y rostros en las mesas de mármol. Se conoce como pareidolia, una ilusión que hace que percibamos un estímulo sin sentido o ambiguo -las manchas en un mantel- como algo definido -un rostro o un objeto-. "Se suele asumir que el ojo funciona como una cámara de fotos y el oído como una grabadora. La psicología sabe desde hace siglos que no es así. Nuestro cerebro está preparado y diseñado para encontrar patrones hasta donde no los hay", advierte Carlos Álvarez, profesor de Psicología Cognitiva de la Universidad de La Laguna. Esa búsqueda inconsciente de orden en el caos está probada en la vista y el oído, y es posible que también afecte al resto de los sentidos.
Ventaja evolutiva
"Investigaciones con recién nacidos han revelado que prefieren como estímulos visuales aquéllos que parecen una cara humana; aunque sea una dibujada con dos puntos como ojos, una raya vertical a modo de nariz y otra horizontal como boca", explica Álvarez. La inclinación de los bebés a reconocer como un rostro incluso lo que no lo es demuestra que esa capacidad es innata. Pero también hay en la pareidolia un componente cultural que hace que nuestras expectativas y creencias influyan en lo que percibimos. "Si creemos en Jesús, tenderemos a ver a Jesús, no a Buda", indica el psicólogo canario. Será, por supuesto, el Jesús de la iconografía cristiana, porque nadie sabe cuál era la apariencia del personaje histórico.
¿Pero por qué nuestro cerebro busca y encuentra algo donde no lo hay, formas definidas en borrones de tinta? Los expertos apuntan a que esa capacidad pudo suponer una clara ventaja evolutiva. "Es posible que uno de nuestros antepasados viera una mancha amarilla entre la maleza, saliera corriendo por temor a que fuera un tigre y al final se tratara de una fruta. Pero, si alguno no huyó por sistema ante un estímulo de esas características, es muy probable que acabara siendo devorado", explica Álvarez. Descendemos del homínido que puso tierra de por medio entre una imagen o un sonido sospechoso y él; al que se quedó, tarde o temprano se lo comió una fiera.
Esta ventaja evolutiva tiene su contrapartida, como apunta Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios (Editorial Planeta, 1997): "Como efecto secundario involuntario, la eficiencia del mecanismo de formas en nuestro cerebro para aislar una cara en un montón de detalles es tal que a veces vemos caras donde no las hay. Reunimos fragmentos inconexos de luz y oscuridad e, inconscientemente, intentamos ver una cara. El Hombre en la Luna es un resultado". "Al ser un proceso sobre el que carecemos de control consciente, puede derivar en ilusiones y alucinaciones", señala Álvarez.
French recuerda el caso de un psiquiatra y parapsicólogo, Berthold Schwarz, al que sorprendió la aparición de un remolino en algunos fotogramas de una película de 8 milímetros rodada por un joven que decía tener poderes psíquicos. El investigador identificó en el remolino varios rostros, un retrato de Jesús, un ovni, un torso femenino con pezones, pechos y muslos, y hasta un bebé naciendo. Tuvo que pasarlo muy mal cuando, en una rueda de prensa, el joven confesó que no era un psíquico, sino un ilusionista que participaba en un proyecto para poner a prueba los métodos de trabajo de los parapsicólogos, y que el enigmático remolino se debía a que había escupido en la lente de la cámara.
Dios y los fantasmas
Que las creencias hacen a los sujetos más propensos a dotar de significado estímulos sin sentido se ha comprobado experimentalmente. En diciembre de 1996, la aparición de la Virgen María en los cristales mal aclarados de un edificio de Florida atrajo hasta el lugar a más de medio millón de devotos; en enero de 2003, decenas de personas rezaron en una playa de Sydney en dirección a una valla de madera situada a unos 300 metros, parte de la cual parecía, desde la distancia, una silueta de la Virgen. En las fotos de la región marciana de Cydonia tomadas por la sonda estadounidense Viking 1 en 1976, algunos creyentes en los platillos volantes ven una esfinge, a la que otros suman pirámides y hasta las ruinas de una ciudad; todo ello ha sido borrado de la superficie del planeta rojo por la más aguda vista de la Mars Global Surveyor.
Pero que alguien sea más propenso por razones culturales a encontrar patrones donde no existen no quiere decir que haya gente inmune al fenómeno. "Nadie esta libre, porque se trata de una propiedad fundamental y característica de nuestro cerebro. Los procesos cognitivos y perceptivos son algo universal en nuestra especie", señala Álvarez. El público de French en Abano-Terme no creía que hubiera un mensaje satánico en Stairway to heaven -como defienden algunos fundamentalistas cristianos-, pero lo acabó escuchando cuando el conferenciante dijo lo que debía oír. "Tan pronto como sabes lo que se supone que tienes que escuchar, lo percibes claramente", explica el psicólogo inglés. Y, una vez que se interpreta un estímulo vago como algo coherente, resulta casi imposible no caer en la ilusión, aunque uno no crea que los cantantes de rock esconden mensajes en sus composiciones para quienes las reproducen al revés.
"¿Qué puedo decir? Es la prueba definitiva: ¡El Padre, el Hijo y la Santa Tostada!", dice Christopher French sobre el emparedado de queso con la imagen de la Virgen María vendido a finales de noviembre en una subasta en Internet por 28.000 dólares. Diane Duyser, de cuya tostadora salió la rebanada en 1994, seguramente no sabe que debe su golpe de fortuna a una combinación de una capacidad innata y de nuestro bagaje cultural. "Las creencias mueven montañas y quien cree es capaz de hacer cualquier cosa. ¿No hay gente que pagaría una millonada por un pañuelo sucio de Elvis? Pues esto es lo mismo", concluye Carlos Álvarez.
Ilusiones sonoras y visuales en Bélmez
La primera cara de Bélmez pudo ser fruto de una pareidolia Una mancha de grasa en el suelo de una cocina es algo habitual y, que llegue a recordar una cara, posible. Un fenómeno natural habría sido así el detonante del enigma del pueblo jienense en una de cuyas casas aparecen figuras en el cemento desde 1971. El misterio se convirtió después en un negocio cuyas últimas manifestaciones han sido denunciadas como fraudulentas por Francisco Máñez, un estudioso de lo paranormal que dice que enseñó cómo pintar las caras a los que han descubierto las nuevas. Además, nadie ha demostrado que lo que sucede en ese pueblo andaluz tenga un origen extraño.
Los parapsicólogos se han encontrado en Bélmez no sólo con caras de cemento, sino también con voces de ultratumba. Y dicen haberlas grabado. Es lo que se conoce en la jerga del misterio como psicofonías, sonidos que se obtienen al dejar una grabadora encendida en un entorno silencioso. Las más famosas en España fueron las del palacio de Linares, en Madrid, en 1990.
Como con las caras de Bélmez, con las voces de los espíritus pasa que los únicos que las consiguen son quienes viven de explotar la credulidad ajena. Es posible que, en alguna ocasión, una grabadora capte voces que suenan en la distancia, pero de las que no somos conscientes. Sin embargo, las que no son un fraude ni de origen accidental provienen de fuentes tan dudosas como las del mensaje satánico de Stairway to heaven y, por eso, no han de inquietar a nadie. De hecho, si uno las escucha sin saber lo que dicen, no entenderá nada; sólo después de saber cuál es el supuesto mensaje fantasmal, seremos capaces de distinguirlo. Pura ilusión.
Creer para ver
"La gran mayoría de los ovnis no son más que fenómenos y objetos conocidos malinterpretados por los testigos", dice el filósofo y analista del mito extraterrestre Ricardo Campo en su libro Luces en los cielos. Todo lo que siempre quiso saber sobre los ovnis (Editorial Benchorno, 2004). El campeón de los platillos volantes es Venus, cuya visión ha confundido hasta a pilotos de líneas aéreas y astronautas. Pero otros planetas e ingenios de origen humano también han protagonizado expedientes x. En julio de 1985, vehículos de la DYA, la Cruz Roja, la Ertzaintza y la Policía Municipal de Legazpia persiguieron por las carreteras guipuzcoanas un platillo volante durante cinco horas. Un episodio digno de una película de Steven Spielberg si no fuera porque al final el ovni era Júpiter.
Miles de personas llamaron por teléfono, el 1 de diciembre de 1994, a las comisarías y los medios de comunicación de Euskadi y Cantabria para alertar de la presencia de un extraño objeto en el cielo. La observación duró una hora y muchos creyeron estar viendo algo ajeno a la Tierra. Era un globo estratosférico de grandes dimensiones lanzado por el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). En 1979, decenas de personas tomaron en Irún un juego de focos por una nave de otro mundo que algunos vieron aterrizar. Numerosas han sido las naves marcianas camufladas como aviones y helicópteros -de noche, sus luces desorientan a cualquiera- e incluso nubes lenticulares.
Publicado originalmente en el diario El Correo.
17 Oct 2004
"En su insaciable búsqueda de beneficios, las editoriales persiguen siempre obsesivamente el sensacionalismo. Durante veinte años, mis libros, víctimas de esa obsesión, han sido tan manipulados y tergiversados que, muchas veces, ni siquiera me reconozco en ellos... Ha habido portadas en las que podía leerse con sonrojante falsedad: ¡Pruebas científicas de que existe la vida después de la vida!", decía Moody en 1997 a la revista Más Allá (número 100). "Lo declaro nulo y vacío", añadía respecto a Vida después de la vida. Aseguraba que los parapsicólogos "no son más que pseudocientíficos" y que "lo paranormal tiene su encaje en el mundo del humor y del entretenimiento, antes que en el de la ciencia. Creo que es un error monumental perseguir científicamente los fenómenos paranormales. A mi juicio, urge desdramatizarlos y situarlos en el contexto que les corresponde". El sorprendente ataque de vergüenza formaba parte de la promoción del libro que en aquel entonces había sacado al mercado, The last laugh, cuya lectura consideraba imprescindible para poner la primera obra en el sitio que realmente la correspondía.
Willis leyó hace años Embraced by the light (1992), libro en el que Betty J. Eadie narra su ECM y el mensaje que recibió de Dios antes de regresar al mundo de los vivos. "Me pareció abominable. Pensé que se trataba de un libro malvado, muy malvado. Sentí que, como en el espiritismo a la vieja usanza, se alimenta de los temores y deseos de la gente. Y que la halaga de la manera más vergonzosa diciéndole: 'No temas. No sólo no morirás, sino que seguirás siendo tú, y tus seres amados estarán contigo. Y no hay nada terrorífico en la muerte'. Para mí, sea lo que sea lo que la muerte aporte, es algo enorme, mayor, aterrador. Impone un temor reverencial", afirma la autora de ciencia ficción. En Tránsito, Maurice Mandrake, autor de un best seller sobre lo paranormal, intenta a toda costa que la realidad no derribe el castillo de naipes que ha construido sobre las ECM mediante la manipulación. Resulta fácil ver reflejado en este personaje y sus ruines métodos a Moody y otros vendedores de misterios. La contrapartida es una pareja formada por una psicóloga y un neurólogo que simula ECM mediante drogas: sus experimentos se rigen por el método científico, con resultados sorprendentes y no siempre acordes con sus expectativas.
La de Connie Willis es un novela entretenida, quizá demasiado larga, pero basada en una buena historia. Se trata de ficción pura y dura, con un claro mensaje: no se fíen de quienes hacen afirmaciones extraordinarias sin presentar pruebas igualmente extraordinarias. Todo ello sin olvidar una escritura cuidada y que el objetivo no es sermonear al lector. Tránsito divulga el pensamiento crítico con humor e inteligencia y está a años luz de lo que algunos expertos españoles consideran un ejemplo de ficción racionalista, Polvo de estrellas (2003), de María Teresa Giménez Barbat. A diferencia de la de Willis, esta novela es un tostón: es a Tránsito lo que Campo de batalla: la Tierra (2000) a Blade runner (1982). De ahí que se haya estrellado en las librerías y que no haya acabado de leerla ni alguno de los más fervientes incondicionales de Giménez Barbat, aunque sorprendentemente haya recibido una mención honorífica en los premios de divulgación científica de la Casa de las Ciencias de La Coruña en la modalidad de libros editados en 2003, año en el que vio la luz la traducción de Tránsito de Rafael Marín. ¡País...!
Willis, Connie [2001]: Tránsito [Passage]. Prologado por Miquel Barceló. Trad. de Rafael Marín. Ediciones B (Col. "Nova", Nº 156). Barcelona 2003. 748 páginas.
08 May 2004
"Sí, y si miras desde un poco más cerca, en la esquina superior derecha, puedes ver al Pato Donald... y ahí, a la izquierda, a Mickey Mouse". Esto decía David Sox, ex secretario de la Sociedad Británica del Sudario de Turín, que comentó un sindonólogo cuando, hace años, el padre Francis Filas presentó una foto de la sábana santa en la que decía ver una moneda romana sobre uno de los ojos de la figura. Lo recuerda Joe Nickell en Inquest on the shroud of Turin (1983), un libro imprescindible para quien quiera profundizar en la historia de la falsa reliquia. En septiembre de 2001, hubo muchos que vieron al diablo en la humareda que salía de una de las Torres Gemelas heridas de muerte por el fanatismo religioso y, en febrero de 2003, muchos católicos australianos hincaron las rodillas en una playa de Sydney ante una valla que, vista desde un ángulo determinado, parecía la silueta de una figura de la Virgen.
Giulio Fanti y Roberto Maggiolo, del Departamento de Ingeniería Mecánica de la Universidad de Padua, han anunciado en el Journal of Optics A: Pure an Applied Optics -revista del Instituto de Física de Londres- que han identificado un rostro y unas manos cruzadas débilmente impresionados en el reverso de la sábana santa. El artículo se titula "La doble superficialidad de la imagen frontal del sudario de Turín" y de él se ha hecho eco en sus páginas de Ciencia el diario El Mundo, que recientemente nos descubrió que una niña saudí llora piedras -una primicia de la agencia Efe- y otra rusa tiene visión de rayos X. Comparado con esas proezas infantiles, lo de los científicos italianos apenas tiene un pase. Es más de lo mismo que vienen contando los sindonólogos desde hace más de treinta años, una mezcla de mentiras -¿se acuerdan de cuando Juan José Benítez decía cada dos por tres que la NASA había estudiado la tela, algo que nunca ocurrió?- e investigaciones como las de Filas. En este caso, todo indica que Fanti y Maggiolo han caído por la misma ilusión del niño que ve animales en las nubes.
La parte trasera del lienzo de Turín permaneció oculta por una tela desde el incendio de Chambéry (Francia) de 1532 hasta 2002, cuando el parche cosido originalmente por unas monjas fue sustituido y se sacaron las fotografías que ahora se han tratado digitalmente. Los autores recuerdan que "muchos" consideran la pieza de lino "el sudario en el que fue envuelto Jesús de Nazareth antes de ser depositado en una tumba en Palestina hace unos 2.000 años", pero en el artículo se pasa por alto que el análisis del carbono 14 fechó en 1988 su confección entre 1260 y 1390. Lo cierto es que Fanti y Maggiolo niegan la validez de esa prueba y lo decían en la versión original del texto, según me ha contado el primero de ellos. "Un gran número de científicos -argumentaban en un párrafo suprimido por orden de los revisores- cree que la toma de muestras y la fiabilidad de la datación por radiocarbono no son satisfactorias, porque la tela sufrió muchas vicisitudes (incendios, reparaciones, agua, exposición al humo de las velas, a la respiración de los visitantes)". Y añadían que "algunos investigadores han revelado que la muestra de 1988 no es representativa del sudario de Turín", sino que "tiene características físicas y químicas diferentes de la parte principal de la tela". Al artículo de Nature en el que se dieron a conocer los resultados del carbono 14, contraponían un texto publicado por Ray Rogers en Internet en 2002.
Fanti me ha explicado, en comunicación personal, que "hay muchos signos que indican que la tela es muy antigua": la textura del lino, la presencia de almidón en el hilo y un tipo de cosido muy parecido a uno existente en Massada (Israel) hace 2.000 años, entre otros. El sindonólogo italiano considera posible que se sometiera al carbono 14 parte de un parche medieval, hecho que -recuerda- apuntó en su día Rogers, químico del Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP). "Antes de hacer un nuevo análisis del radiocarbono, deberíamos mos saber si posibles factores ambientales pueden causar efectos no despreciables en la muestra a examinar", puntualiza el profesor de la Universidad de Padua, quien se sintió interesado por la sábana a los doce años, está involucrado en su estudio desde mediados de los 90 y defiende su autenticidad. "En una buena investigación, los aspectos religiosos deben separarse de los científicos y yo intento seguir esa directriz. Desde el punto de vista religioso, aunque el sudario no sea considerado una reliquia por la Iglesia católica, estoy convencido de que es la mortaja de Jesucristo. Puedo decirlo después de la experiencia trascendente que tuve al observar directamente el sudario durante un total de diez minutos. En algunas ocasiones que vi directamente la sábana santa, percibí un particular sentido del silencio y del infinito muy diferente a lo que siento cuando miro una buena fotografía del sudario".
"Las conclusiones van más allá de la técnica. Parten de que tiene que haber una cara como la conocida y la encuentran. ¿Por qué sólo algunas partes de la cara y no todas? ¿Por qué la cara y no los hombros? ¿Por qué las manos se ven peor?", se pregunta un experto español en procesado de imágenes que prefiere permanecer en el anonimato. Todo apunta a que los autores han descubierto en la sábana santa lo que quieren ver. Han comparado la parte posterior de la sábana con la anterior, buscando en esta última formas que recordasen el rostro de la primera, hasta que las manchas, en su opinión, han casado. "Está claro desde el principio que quieren encontrar algo. Y, si quieres, siempre lo encuentras. Si yo quisiera encontrar en esa foto el rostro de un mandril o de un león, lo encontraría", apunta el profesor universitario español. Este especialista admite que las herramientas informáticas empleadas por Fanti y Maggiolo para limpiar la imagen son apropiadas -"Se pueden emplear esas técnicas u otras para conseguir un mejor nivel señal-ruido"-, pero discrepa de la metodología seguida a la hora de identificar un rostro en la parte posterior de la sábana santa. "Un coeficiente de correlación mayor que 0,6 hace la correspondencia entre las dos imágenes aceptable", escriben los sindonólogos en el artículo. "¿Por qué 0,6? ¿Por qué no 0,7 ó 0,8?". Quizá porque exigir un mayor coeficiente de correlación -1 sería la correspondencia total y 0 la disparidad absoluta- haría desaparecer algunos de los rasgos del nuevo rostro. ¿Qué ve el lego? Pues, nada. Ni forzando la imaginación al máximo. Hace falta que los investigadores contorneen los presuntos rasgos de la segunda cara de la sábana santa para verla. Hasta Giusepe Ghiberti, de la comisión diocesana de Turín que custodia la tela, ha restado importancia al trabajo de Fanti y Maggiolo: "Es el ojo humano, por un efecto fisiológico de la visión, el que tiende a ver esa imagen que en realidad no existe".
24 Abr 2004
Stephen Lindsay, de la Universidad de Victoria (Canadá), y sus colaboradores probaron hace dos años que verse en una escena lleva a muchas personas a pensar que la han vivido. En un experimento en el que participaron veinte individuos, les enseñaron fotos de su niñez procedentes del álbum familiar. Entre las imágenes, incluyeron una manipulada digitalmente con el protagonista montado en un globo aerostático, algo que nunca había pasado. Al ver la foto, la mitad de los sujetos recordó la vivencia inventada.
Los investigadores han constatado ahora que instantáneas que tienen vagamente que ver con unos hechos también favorecen la creación de recuerdos de esos sucesos en un 67% de los sujetos. "Me ha dejado atónito haber obtenido un nivel tan alto de falsas memorias", reconoce Lindsay, cuyo trabajo aparece en el último número de la revista Psychological Science. "Los resultados apoyan la idea de que los recuerdos no se almacenan en algún lugar de nuestra cabeza. Son experiencias fruto de la interacción entre cosas que realmente nos sucedieron en el pasado y nuestras creencias y expectativas actuales".
El experimento
En el estudio, participaron 45 alumnos de primero de Psicología. Los científicos contaron a cada uno de ellos tres historias de su niñez de las que les dijeron que les habían informado los padres. Eran vivencias escolares: dos habían ocurrido realmente; la tercera era ficticia, aunque también se atribuía a los progenitores, quienes habían confirmado que su hijo no había vivido nada parecido. La escena imaginada había ocurrido en primer curso, cuando el protagonista tenía 6 años: él y un amigo habían puesto una masa verde gelatinosa de apariencia asquerosa -el Slime estadounidense en el que se basó el español Blandi Blub- en la mesa de la maestra y fueron castigados por ello. Los experimentadores dieron a la mitad de los jóvenes fotos de sus clases, sacadas del catálogo escolar, para ver si se acordaban mejor de los hechos.
Una semana después, los universitarios volvieron al laboratorio para informar de lo que habían conseguido recordar los tres sucesos, los dos reales y el inventado. Dos entrevistadores, que no sabían qué jóvenes habían recibido fotos de la época y cuáles no, leyeron las transcripciones de los testimonios de los estudiantes y juzgaron la precisión de los mismos. Mientras sólo una cuarta parte (27%) de los participantes a los que no se dieron fotos revivió la travesura inventada, el porcentaje ascendió hasta el 67% entre quienes contaron con una imagen de su clase de 1º. "Los falsos recuerdos eran muy detallados", destaca Lindsay. Cuando los científicos informaron a los sujetos de que una de las historias era falsa, todos menos tres identificaron la ficción correctamente. Pero fueron muchos los que se sorprendieron de que algo que recordaban tan vivamente no hubiera sucedido: "Si no me hubieran dicho que no ocurrió, habría salido de aquí creyendo que pasó".
Los autores achacan el alto índice de falsos recuerdos a la plausibilidad de la historia -incluido el que un amigo estuviera involucrado-, la confianza inspirada por los entrevistadores y el poder evocador de la foto, aunque se tratara no de una imagen de la travesura, sino de la clase de la que formaba parte entonces el sujeto. Para los experimentadores, no cabe duda de que mecanismos similares a los demostrados en su estudio se dan cuando un psicoterapeuta utiliza fotos para sacar a la luz supuestas memorias reprimidas de abusos sexuales infantiles, rituales satánicos o secuestros por extraterrestres. Los recuerdos se recrean, se reinventan. Piénselo la próxima vez que abra el álbum de fotos de su infancia.
La historia
"Recuerdo cuando Jane (se cambiaron en cada caso el nombre del protagonista y el del maestro) estaba en 1º y, como todos los chicos de entonces, tenía un repugnante Slime (equivalente estadounidense del Blandi Blub) de ésos con los que jugaban los niños. Recuerdo que un día me contó que había llevado el Slime a la escuela y lo había puesto en la mesa de la maestra antes de que llegara. Jane decía que no fue idea de ella, sino de un amigo que le dijo que tenían que hacerlo. Creo que la maestra, la señorita Smollett, se enfadó y castigo a Jane y a su amigo a sentarse media hora de cara a la pared con los brazos y piernas cruzados."
Publicado originalmente en el diario El Correo.
07 Mar 2004
El lama defiende en sus escritos la existencia del abominable hombre de las nieves, hace predicciones -anunció que la Tercera Guerra Mundial estallaría en 1985-... y demuestra una y otra vez su supina ignorancia sobre las realidades tibetana y budista. Porque Rampa personifica una de las mayores estafas editoriales de la historia reciente. Antes de que saltara al estrellato, la editorial Secker & Warburg envió el manuscrito de El tercer ojo a expertos orientalistas como Agehananda Bharati, Marco Pallis, Heinrich Harrer, autor de Siete años en el Tibet, y Hugh Richardson, representante del Gobierno británico en Lhasa. Todos llegaron a la misma conclusión: Rampa y su libro eran un fraude. "Las primeras dos páginas me convencieron de que el escritor no era tibetano; las diez siguientes, de que nunca había estado en Tibet o India y de que no sabía absolutamente nada del budismo en cualquiera de sus variantes, tibetana u otras", recordaba Bharati en un artículo de 1974 en el Tibet Society Bulletin.
Tuesday Lobsang Rampa no era ni monje ni tibetano. Pallis descubrió en 1958 que bajo ese nombre se ocultaba Cyril Henry Hoskin, el hijo de un fontanero de Devon. Hoskin nunca estuvo en el Tibet, ni supo una palabra de tibetano, ejerció de astrólogo a la manera de Rappel antes de hacerse famoso y murió en 1981 en Canadá, adonde había emigrado para pagar menos impuestos. Fue un farsante cuya obra todavía presenta una editorial española como la de "un auténtico lama huido del Tibet ante la invasión comunista". Y es que el negocio es el negocio.
Publicado originalmente en Muy Especial.
21 Dic 2003
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Luis Alfonso Gámez
Una ventana crítica al mundo del misterio
Para contactar con el autor:
lagamez@gmail.com
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