11 Feb 2007

Jacinto Antón publica hoy una larga e interesante entrevista a Joan Fontcuberta en EPS, el colorín del diario El País, en la que tiene su hueco el divertido escándalo de la emisión, en Cuarto Milenio, de la historia del cosmonauta fantasma como un hecho real. Periodista y fotógrafo dicen a las claras lo que, a su juicio, revela acerca de los métodos de investigación y el rigor de Iker Jiménez y su equipo (en negrita, las palabras del periodista):


"-... En ese contexto hago intervenciones paródicas, acciones de intoxicación informativa que sirven para llamar la atención sobre los peligros de la credulidad. Algunas de esas obras quedan como caballos de Troya o bombas de relojería sin estallar, esperando su ocasión.

-Supongo que se refiere al programa del pasado junio de Iker Jiménez en el que se presentó como un caso auténtico su conocido trabajo Sputnik [1997], acerca del supuesto astronauta soviético del Soyuz 2 desaparecido Ivan Istochnikov. No se dieron cuenta de que se trataba de un montaje -sensacional montaje, por cierto- y que el cosmonauta de las fotos era usted mismo [Ivan Istochnikov, para más inri, es la traducción aproximada al ruso del nombre Joan Fontcuberta].

-Fue orgásmico. Que un medio se tragara el anzuelo hasta el fondo...
-Bueno, el programa Cuarto Milenio no es famoso precisamente por su incredulidad.

-La verdad es que mi historia les iba como anillo al dedo. No hay nada tan fácil como engañar a quien quiere creer. Cuando tienes la credibilidad tan abierta, te la cuelan. Mira que era fácil comprobar los datos sobre el montaje en Google. Prisas o ingenuidad...
-La historia del cosmonauta fantasma ha hecho correr ríos de tinta.

-Ahora la gente cree que todo es un montaje mío, incluido lo del programa. La verdad es que es un caso excepcional por su difusión, pero mi trabajo, al menos una parte, se basa en eso."










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11 Ene 2007

Primera panorámica tomada por la 'Viking 1' en Marte el 20 de julio de 1976. Foto:NASA.Anda la comunidad de aficionados a la astronomía revuelta tras la publicación en varios medios de comunicación de un despacho de la agencia Efe según el cual un estudio ha demostrado que, hace treinta años, las naves Viking "pudieron hallar vida en Marte y la destruyeron por error". La historia no es ni cierta ni nueva. No es cierta porque lo que revela la investigación no es un minigenocidio marciano, sino que los experimentos que las dos naves Viking hicieron en la superficie de Marte en 1976 a la búsqueda de vida estaban condenados al fracaso desde la mesa de diseño, ya que, si se hubieran topado con ciertas formas de vida, las habrían destruido. No es nueva porque un trabajo que apunta en esa dirección apareció el 23 de octubre pasado en la revista Proceedings, de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense, tal como publicamos en el diario El Correo en su momento. Claro que nuestro titular era mucho menos llamativo: "Ensayos en Río Tinto revelan fallos en el instrumental de las Viking para buscar vida en Marte". ¿Por qué se habla de esto ahora? Porque el resultado de una investigación parecida ha sido presentado en el congreso anual de la Sociedad Astronómica Americana, lo ha divulgado una agencia de noticias y se han hecho eco de ello muchos medios.

El artículo de Proceedings revelaba que un análisis químico del suelo marciano realizado hace treinta años por las naves de la NASA pudo haber destruido, durante la preparación de las muestras, cualquier posible rastro de vida, me explicó hace dos meses el microbiólogo español Ricardo Amils, uno de los autores del trabajo. El proyecto fue una idea de Rafael Navarro-González, de la Universidad Nacional Autónoma de México, a quien se le ocurrió comprobar la validez del protocolo de uno de los experimentos de las Viking, el realizado con el cromatógrafo de gases. La prueba consistía en calentar muestras del suelo marciano a distintas temperaturas y buscar rastros de vida en los gases emitidos durante el proceso. "Aunque las especificaciones técnicas del instrumental establecían que, al calentarla, el hierro de la muestra no destruiría la materia orgánica, él quería comprobarlo", indica Amils, investigador de la Universidad Autónoma de Madrid y del Centro de Astrobiología.

El problema del hierro

Los cromatógrafos de las Viking no detectaron en 1976 indicios de materia orgánica. "Este resultado fue utilizado como el argumento más sólido para descartar la presencia de vida y determinar que Marte es un planeta estéril", recuerda Navarro-González. "Se concluyó que las condiciones ambientales eran tan oxidantes que hacían imposible la vida", añade Amils. Su investigación ha consistido en probar la misma técnica de análisis de las Viking en seis ecosistemas terrestres con condiciones semejantes a las marcianas, incluidos el desierto de Atacama y Río Tinto, en los que hay vida.

"Las muestras de Río Tinto eran muy importantes porque está considerado un análogo de Marte", indica Amils. Con su riqueza en jarosita, un sulfato de hierro descubierto en Marte por el todoterreno Opportunity, ofrecieron los primeros resultados determinantes. A pesar de lo que decían las especificaciones técnicas del instrumental, Navarro-González y sus colaboradores han probado que, hace treinta años, el hierro presente en el suelo marciano, al calentarse, habría destruido cualquier posible rastro de vida. La conclusión del estudio servirá para corregir ese defecto en las próximas misiones que se diseñen, ya que el experimento es tan simple y versátil que se usará en la misión Phoenix este año y en el Laboratorio Científico Marciano en 2009. "Trabajos como éste ayudan a que la gente empiece a apreciar la importancia de los modelos terrestres, de lugares como Río Tinto, donde se pueden probar técnicas en entornos muy parecidos al marciano", destaca Amils.

Lo que ahora ha añadido Dirk Schulze-Makuch, de la Universidad de Washington, es que, además, cabe la posibilidad de que, si la vida en el planeta rojo evolucionó en una línea determinada y las Viking toparon con ella, la ahogaran, según una nota la agencia AP. ¿Quiere decir esto que "la NASA encontró vida en Marte y la destruyó por error", como sostienen algunos titulares de prensa? No. Quiere decir que, como ya apuntó en octubre el grupo de investigadores liderado por Navarro-González, los experimentos diseñados para las sondas de la NASA quizá no fueron los idóneos para descubrir vida en Marte, si es que la hay. Los resultados de los experimentos de las Viking no servirían para descartar la existencia de marcianos, pero tampoco hay pruebas de que éstos existan y, por tanto, de que algunos de ellos fueran ahogados o cocidos por las naves de la NASA. Afrimar que las Viking destruyeron pruebas de vida marciana en los años 70 es dar un triple salto mortal sin red, un sinsentido que sólo se explica por el tirón popular del planeta rojo y esa obsesión de algunos por ir más allá de los hechos puros y duros.


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17 Dic 2006

Da igual lo que digan los arqueólogos, los astrónomos y todos los científicos que han estudiado el misterio de las falsas -y muy rentables- pirámides de Güímar. Ayer, el suplemento El Viajero, del diario El País, presentaba las estructuras de Tenerife como restos de la cultura guanche, asumiendo así la tesis de los promotores del Parque Etnográfico de las Pirámides de Güímar, el naviero noruego Fred Olsen y su fallecido amigo el explorador Thor Heyerdahl (1914-2002). El autor del reportaje, Carlos Pascual, afirma que el complejo turístico "relaciona unas pirámides guanches allí encontradas con estructuras similares de México o Perú, e incluso con los marae (tan increíblemente parejos) de Polinesia", asegura que "la existencia de este tipo de estructuras en la sociedad prehispánica de las islas era un hecho documentado", da a entender que los arqueólogos han confirmado lo extraordinario de las edificaciones en trabajos realizados desde 1991 y aporta como prueba de la guanchidad de las estructuras el descubrimiento de restos aborígenes en una cueva existente bajo una de las pirámides. El texto, lleno de errores y falsas interpretaciones, llegará lamentablemente a mucha más gente que trabajos como el publicado en 2003 por Historia 16 y libros como Las pirámides de Güímar: mito y realidad (2005), que ponen el enigma en su justo término.

En contra de lo que sostiene Pascual, el origen de las estructuras no se remonta en el tiempo más allá del siglo XIX, ni tiene que ver con los guanches. Otra cosa, claro, es lo que venden en el parque temático, "uno de los reclamos más atractivos y visitados de la isla", como bien recuerda el periodista. El negocio de Güímar, alimentado durante años por las revistas esotéricas, tiene tan poco fundamento como el de Roswell y se basa en lo mismo: mentiras, fantasías y tergiversaciones. La arqueología, sea isleña o internacional, no ha confirmado que estemos ante vestigios guanches; al contrario. Y que se hayan encontrado restos aborígenes bajo una de las estructuras no significa que éstas lo sean. ¿O es que el hallazgo de huesos prehistóricos bajo una iglesia confirma que esa iglesia es prehistórica? Tampoco hay documentos que avalen la existencia de las pirámides antes de la llegada de los españoles y su circunstancial vinculación con edificios similares de otras partes del mundo fue auspiciada por un Heyerdahl para quien la pirámide es un invento egipcio que el pueblo del país del Nilo difundió por todo el mundo, algo que rechaza cualquier estudioso de la Historia mínimamente informado.

Es una pena que Pascual se haya fiado más de la publicidad del complejo turístico que de lo que mantienen todos los científicos que se han aproximado al misterio de las pirámides de Güímar, un enigma prefabricado en los años 80 por un grupo de aficionados a lo paranormal, la Confederación Internacional Atlántida, y lanzado a la fama por el contactado con extraterrestres Francisco Padrón. No hacen falta ni atlantes, ni alienígenas, ni egipcios de viaje a América para explicar el origen de estas estructuras, que son amontonamientos de piedras hechos en el siglo XIX para limpiar un terreno que luego se dedicaría al cultivo de cochinilla. Lo explican los astrofísicos Antonio Aparicio y César Esteban en su libro Las pirámides de Güímar: mito y realidad, y lo hizo también hace tres años Cornel M.A. Van Strijp en Historia 16: el parque temático de Güímar es una fraude. Y promocionarlo es lo contrario a impulsar la cultura de un pueblo, por mucho dinero que mueva.


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20 Ago 2006

No lo pude grabar; pero lo vi y lo reflejan en la web de Antena 3 TV. La cadena privada dedicó ayer casi dos minutos de sus informativos de la tarde y la noche a defender la posibilidad de que el hombre no haya pisado la Luna. Si ustedes creían que ese tipo de tonterías estaban sólo al alcance de los conspiranoicos, estaban confundidos. Como yo. No pensaba que la escasez de noticias agosteña -¿se han fijado como, desde que se apagaron los fuegos de Galicia y Oriente Próximo se tranquilizó un poco, hay informativos de televisión que no informan de nada?- iba a dar para tanto y eso que me lo advirtió un compañero de El Correo nada más anunciar la NASA que no sabe dónde están exactamente las cintas de video originales del primer alunizaje y que las está buscando.

Pues bien, en Antena 3 TV, siguiendo la estela del maestro del periodismo de imbestigación, cogieron el sábado y se montaron una película de casi dos minutos tan espectacular como engañosa sobre las cintas extraviadas por la NASA y el descenso de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en el Mar de la Tranquilidad. Por ver, vimos hasta la estúpida encuesta callejera de rigor en la que se pide a la gente que opine, aunque la mayoría no tenga ni idea sobre lo que está opinando, ni falta que hace. A eso, le llaman ahora algunos periodismo ciudadano y es una de las muestras más evidentes de la falta de rigor del periodismo actual. Porque no todas las opiniones valen lo mismo. No es lo mismo que un biólogo se pronuncie sobre los posibles efectos para el organismo de los teléfonos móviles que el que lo haga sea el primer viandante que pasa por delante de la cámara, pero hoy en día algunos medios dan más valor al segundo que al primero.

"Han pasado ya 37 años y la llegada del hombre a la Luna sigue rodeada de misterios. Aunque fueron millones de personas quienes vieron en directo la gesta espacial, cobra fuerza la versión de los más incrédulos, que llegaron a decir que todo era un montaje grabado en un escenario. A ello, ha ayudado el sorprendente anuncio de la NASA: algunas de las cintas originales de ese histórico momento han desaparecido", decía ayer Miriam Sánchez, presentadora de los informativos de fin de semana de Antena 3 TV, antes de dar pie a un corto reportaje conspiranoico con imágenes de archivo. Dos periodistas de la casa, Fernando Matey y Juan Rubiales, firman en la web de la cadena un texto muy parecido al que leyó un locutor: "Investigadores y periodistas comenzaron a hacerse preguntas, especialmente sobre el foco de luz que se reflejaba en el casco de Amstrong, por qué se movía la bandera americana si en la luna (sic) no había viento, por qué no se veía en el cielo ninguna estrella. Quizá por ello muchos siguen pensando que aquello fue un montaje de Hollywood grabado en el desierto del Mojabe (sic)". Todas esas incógnitas llevan años respondidas.

¿No les impresiona? A mí, sí. A mí me deja sin habla que todavía haya gente que se pregunte por qué no se ven la estrellas en el cielo lunar, que haya periodistas que escriban y digan cosas sin pensar, y se limiten a repetir como loros lo que han oído o leído a alguien. Ignoran los autores de esta información que el ridículo origen de la conspiración luna es un libro titulado We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna), que su autor publicó en fotocopias por su cuenta en 1974 y cuyo principal argumento es que las estrellas no aparecen en las fotos tomadas por los astronautas en la Luna. La razón la sabe cualquiera, aunque no el personal de los informativos de Antena 3 TV: si en la Tierra se saca una foto a alguien de noche al aire libre, el protagonista sale, pero el brillo de las estrellas es demasiado débil como para impresionar la película. Pues eso mismo pasó en la Luna. ¡Ah!, también se olvidan los periodistas de esa cadena de los 382 kilos de piedras lunares -imposibles de imitar- que trajeron los astronautas y cuya autenticidad han confirmado geólogos de todo el mundo, y de los espejos que dejaron allí arriba para medir la distancia entre la Tierra y su satélite. Ciertamente, es algo superfluo cuando de lo que se trata es de vender conspiraciones.

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19 Jun 2006


Iker Jiménez ha reconocido hoy que el cosmonauta fantasma nunca existió. Ha dicho que se trata de una "leyenda cósmica" y que se enteró gracias al público de Cuarto milenio, que fue el que avisó al equipo del programa. Debe ser un poco triste tener a sueldo un grupo de autocalificados investigadores y que ninguno sea capaz de detectar una broma de hace nueve años que Google -este enlace es una cortesía hacia los investigadores de Cuarto milenio, para que den los primeros pasos en su próxima investigación- revela a la primera. No creo, claro, que Jiménez se enterara de la metedura de pata como dice; pero le ha quedado bien como excusa y así ha eludido dar explicaciones sobre el inexistente rigor de su trabajo y de su equipo. Se ha salido por la tangente con una sonrisa, hasta la próxima, que la habrá. Joan Fontcuberta declaraba hace unos días a El Correo que le alegraba que el episodio del cosmonauta Ivan Istochnikov en Cuatro abriera "un debate sano sobre la deontología periodística". No va a ser así porque no estamos ante algo que tenga que ver con el periodismo, sino -como ha dicho Fernando de Felipe en La Vanguardia- frente a una muestra de "auténtico periodismo de imbestigación (de investigación imbécil, claro)". Y, cuando el periodismo de imbestigación -podía decirse también paranormal-  entra por la puerta, la ética y el rigor salen a por la ventana. Por cierto, yo he echado de menos en la mesa junto a Jimenez a Gerardo Peláez: ¿dónde está, Iker? Algunos esperamos ansiosos su próxima imbestigación.

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15 Jun 2006

Localizar la Atlántida en la Tierra topa con un escollo imposible de salvar. La corteza de nuestro planeta es como un rompecabezas formado por piezas que flotan sobre roca fundida. Esas placas -que pueden ser exclusivamente oceánicas o incluir tierras emergidas- crecen por sitios como la cordillera volcánica submarina del centro del Atlántico, lo que hace que Europa se aleje cada año de Norteamérica entre 1,8 y 2,5 centímetros; se reducen donde se encuentran y una de ellas se hunde por debajo de la otra o chocan entre sí para formar cordilleras como la del Himalaya; y acumulan tensión en algunos puntos de encuentro donde provocan terremotos, como ocurre en California con la falla de San Andrés, punto de fricción entre las placas del Pacífico y Norteamérica. Los continentes que hay son los que siempre han sido, si bien se mueven y hubo un tiempo -hace 300 millones de años- en que eran uno solo, llamado Pangea. Lo que no hay es huecos. No existe ningún espacio libre en la superficie de nuestro planeta en el que en otro tiempo hubiera habido una isla continente de las dimensiones de la citada por Platón en el Timeo y el Critias, lo mismo que no hay espacio para una pieza más en un puzle de cien piezas. Por eso, la solución que han dado a su localización los guionistas de Stargate Atlantis es inmejorable: se la han llevado a otra galaxia.

La serie original de Stargate está repleta de alusiones a los Antiguos, una raza que ha dejado la Vía Láctea plagada de puertas estelares -ingenios que permiten el viaje instantáneo entre mundos- y otros restos de su civilización, aunque de ellos casi nada se sabe. Stargate Atlantis -si no ha visto los dos primeros episodios y no quiere enterarse de detalles de la historia, sáltese este párrafo- comienza hace millones de años cuando los Antiguos hacen que la Atlántida, su ciudad, despegue de la Antártida rumbo a las estrellas. Ya en la actualidad, el comando Stargate encuentra sus restos en el Polo Sur, un equipo emprende un viaje sin retorno por la puerta estelar de las ruinas y llega a la Atlántida, que ahora está en un mundo de la galaxia Pegaso. Los exploradores se encuentran con que, para protegerla de una especie hostil, los Antiguos hundieron la ciudad en el mar del planeta al que fue trasladada y que, con su llegada, se despierta y el consumo de energía pone en peligro su integridad bajo el agua. Cuando parece que la estructura va ser aplastada por el mar, comienza a elevarse, hasta salir a flote. Los guionistas han hecho casar la leyenda de Platón -a la que en un momento hace referencia un personaje- con los hechos y hunden la ciudad en el océano, aunque sea de otro planeta, para una posterior subida a la superficie. Una vez más, la factoría Stargate introduce en la trama un elemento de lo que podíamos llamar pseudohistoria dänikeniana, y lo hace con cierta coherencia interna. Para eso están las leyendas, para jugar con ellas en la ficción.

Lo que más me agrada del guiño de Stargate Atlantis es que recupera y reinventa el mito. Lo actualiza y, 2.500 años después de Platón, lleva el nombre del legendario continente al título y a la esencia de una serie de televisión. Es ficción y es divertido que, tanto tiempo después del filósofo griego, su creación más popular emerja de las aguas y protagonice un producto que para muchos puede ser su primer contacto con la Atlántida. Estamos ante una prueba de que el mito -en el mejor sentido de la palabra- goza de excelente salud. "Entre todas las leyendas antiguas que han llegado hasta nosotros, el mito de la Atlántida es una de las más duraderas. No forma parte de ninguna cosmografía religiosa y ha durado miles de años pese a carecer de la ventaja de un clero que hiciera proselitismo. Mientras que el judeocristianismo tiene la Biblia el islamismo tiene el Corán y las religiones védicas tienen los Upanisad, no hay ninguna religión que se base en los principios atlantes y tampoco existe un libro que haya transmitido la sabiduría de los siglos. La Atlántida aparece por primera vez en el diálogo de Platón titulado Timeo, que es un tratado filosófico sobre la creación, pero el filósofo griego no fundó ninguna religión. El relato tiene tal poder de sugestión que ha perdurado por sus propios méritos, se ha transmitido, con frecuencia de palabra a palabra, a lo largo de dos milenios y medio, y hoy día, en una era que se caracteriza por maravillas tecnológicas como la energía atómica e Internet, la leyenda de la Atlántida sigue viva", dice Richard Ellis en En busca de la Atlántida (1998), el mejor libro sobre el tema publicado en España.

Trece libros hay en mi biblioteca que llevan el nombre del continente platónico en el título y del de Ellis es del que me acordé tras ver los dos primeros episodios de Stargate Atlantis. En los últimos años, no ha sido una obra fácil de encontrar, pero ahora eso va a cambiar, paradójicamente, gracias al tirón de un vendedor de misterios. Pedro Luis Gómez Barrondo, secretario del Círculo Escéptico (CE), me contaba hace una semanas que el bueno de Iker Jiménez pone su rostro a una colección de libros pseudocientíficos que va a publicar Círculo de Lectores. Se ha debido despistar y en la selección de libros se le ha colado el de Ellis entre las trolas de rigor de Santiago Camacho, Enrique de Vicente, Raymond Moody y Michael Drosnin. La obra de Ellis no se publicará hasta Navidad, pero yo que ustedes iría localizando algún amigo socio de Círculo de Lectores para que me lo consiguiera. Merece la pena.

Ellis, Richard [1998]: En busca de la Atlántida. Mitos y realidad del continente perdido [Imagining Atlantis]. Trad. de Jordi Beltran. Editorial Grijalbo (Col. "Huellas Perdidas"). Barcelona 2000. 393 páginas.


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07 Nov 2005

Hubo en los años 70 del siglo pasado una fiebre piramidiota, consecuencia de la publicación de El poder mágico de las pirámides (1974), de Max Toth y Greg Nielsen. El libro incluía una pequeña pirámide roja de cartón que el lector podía poner debajo de la cama para descansar mejor, en la que podía meter cuchillas de afeitar para que duraran más tiempo afiladas o que podía usar para incrementar su poder sexual (¡tiembla, Viagra!). Al menos, eso es lo que aseguraban los autores, para  quienes, "sin duda alguna, los próximos años han de aportar un gran avance en la recuperación de la sabiduría extensiva e intensiva de las pirámides. Para quienes hemos consagrado nuestras vidas a dicha sabiduría, el futuro encierra una de las fuerzas más misteriosas, uno de los mayores misterios que nos legaron los Antiguos: el poder mágico de las pirámides".

La fiebre y "los próximos años" pasaron sin el boom de las pirámides; pero en el saber popular quedó anclada la idea de que la forma piramidal propicia algún tipo de energía misteriosa que la ciencia no ha llegado a detectar. ¿Nunca? Bueno, según un artículo publicado en el número 2 de Muy Historia -que acaba de llegar a los quioscos-, el poder mágico de las pirámides funciona con las cuchillas de afeitar y eso está demostrado. ¿De verdad?

La revista ha dedicado su última entrega a 10 incógnitas de la Historia y Alberto Porlan es el encargado de informarnos de "El secreto de la Pirámide". Recuerda lo más desquiciado de la piramidiotología y que, hace tres décadas, "hasta se habló de una escuela tántrica que practicaba sus ritos sexuales en el interior de una cámara piramidal". Hasta ahí parece que va por el buen camino, pero inmediatamente da un giro a lo Más Allá.

"En la misma época -dice- los rusos le daban un uso mucho más exotérico (práctico) a la estructura: guardaban sus hojas de afeitar bajo pequeñas pirámides de baquelita. Habían comprobado que, de ese modo, podían afeitarse con la misma hoja durante seis meses". Seguidamente, Porlan nos informa de que un investigador checo, Karel Drbal, "tardó diez años en poder explicarlo científicamente". Y nos ofrece la típica explicación esotérica: "Al parecer, la estructura piramidal actúa por sí sola como un resonador energético o un potente deshidratador que, en el caso de las hojas de afeitar, contribuye a preservar la estructura metalo-cristalina de su filo. Actúa también sobre la materia orgánica, facilitando su deshidratación y, por lo tanto, su conservación". Amén.

Sólo cabe decir una cosa ante tal conjunto de afirmaciones: que son una tontería, falsas de principio a fin, que el poder mágico de las pirámides no está demostrado y que tiene tanto fundamento real como lo que el autor presenta como excentricidades. Los fabricantes de cuchillas de afeitar pueden dormir tranquilos.

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29 Jun 2005

GUERRA INTERPLANETARIA. Orson Welles, en un momento de la histórica emisión de octubre de 1938.Los marcianos invadieron la Tierra el 30 de octubre de 1938 con un éxito desigual. Alrededor de 1,7 millones de estadounidenses creyeron en el desembarco alienígena y, de ellos, 1,2 millones "se asustaron o fueron perturbados", según el equipo de la Universidad de Princeton, dirigido por Hadley Cantril, que analizó meses después el impacto de la emisión radiofónica de La guerra de los mundos. Sin embargo, a finales de los años 90, Robert E. Bartholomew, sociólogo de la Universidad James Cook, concluyó que el pánico no tuvo tanta extensión.

La dramatización de La guerra de los mundos escenificada por Orson Welles y el Mercury Theatre para la CBS se ha considerado tradicionalmente uno de los hitos de la historia de la comunicación de masas, la demostración del gran poder que en 1938 tenía la radio. La habilidad de un director y unos guionistas, unas convincentes interpretaciones y unos -hoy, primitivos- efectos especiales habrían hecho que centenares de miles de norteamericanos tomaran una sesión de radioteatro por la transmisión en directo de una invasión extraterrestre.

La guerra de los mundos de Orson Welles era una adaptación de la novela homónima de Herbert G. Wells publicada en 1898, en la que también se basa la película de Steven Spielberg que se estrena hoy en todo el mundo. El original cuenta la historia de un ataque marciano en la Inglaterra victoriana y describe a los invasores como unos seres de "extraño aspecto", con "boca en forma de V" y babeante, tentáculos que no paran de moverse, respiración dificultosa, movimientos lentos y "ojos inmensos". "Todo esto me produjo una sensación parecida a la náusea", advierte el personaje del narrador. Los alienígenas avanzan por la campiña sembrando la destrucción con su rayo ardiente.

Edición española del estudio de Hadley Cantril.La versión radiofónica trasladó la acción a Grovers Mill (Nueva Jersey, Estados Unidos). Allí aterrizaba la primera nave marciana y se abría ante los ojos de Carl Phillips, cuya intervención interrumpía un concierto de Ramón Raquello y su orquesta en el hotel Park Plaza de Nueva York. "Un cuerpo con una giba sale fuera del pozo. Puedo ver un pequeño rayo de luz reflejado en un espejo -indicaba el reportero-. ¿Qué es esto? Algo así como un chorro de fuego sale de ese espejo dirigiéndose hacia los hombres que avanzan. ¿Los golpea! ¿Dios mío, los convierte en llamas!". Poco después, en medio de explosiones, el micrófono del periodista enmudecía y, desde el estudio, un locutor decía: "No nos es posible continuar nuestra radiotransmisión desde Grovers Mill".

"Un enemigo formidable"

Durante el programa, entraron en antena militares, científicos y hasta el secretario de Estado, quien reconocía "la gravedad de la situación" y pedía a los ciudadanos que conservaran la calma y colaboraran con las autoridades para hacer frente a "un enemigo formidable". "Mientras tanto, conservando nuestra fe en Dios, cada uno de nosotros debe continuar cumpliendo con sus deberes, de suerte que nos sea posible oponer a ese enemigo destructor una nación unida, valiente y consagrada a conservar la supremacía humana en esta tierra".

Al final, Orson Welles se despedía recordando que todo había sido una broma de la noche de Halloween. "Hasta la vista a todo el mundo y recuerden, por favor, durante un día o algo así, la lección terrible que aprendieron esta noche. Ese invasor globular, reluciente, que apareció haciendo muecas en las salas de sus casas, es sólo un habitante de la imaginación; y, si llega a sonar el timbre de su puerta y no ven a nadie allí, no crean que fue un marciano... fue el genio travieso que aparece la víspera de Todos los Santos", decía antes de que se anunciara para el domingo siguiente la dramatización de tres novelas cortas.

Primera página de 'The New York Times' del 31 de octubre de 1938."Radioyentes aterrorizados toman una obra de teatro bélica como algo real", rezaba el 31 de octubre el titular principal de The New York Times, que destacaba que muchas personas habían intentado huir del gas marciano, y que la emisora de radio y la Policía habían resultado desbordadas por las llamadas telefónicas. Un escenario apocalíptico que confirmó el estudio de los expertos de la Universidad de Princeton, a cuyos autores hubo gente que declaró haber visto las llamas del campo de la batalla, olido el gas y oído el ruido de los disparos.

Los sociólogos apuntan hoy al poder de los medios no como el causante de la histeria de masas por la retransmisión del ataque, sino como el creador del mito de que una gran parte de la población se tomó en serio la invasión alienígena. Al eco de los medios, se unió en la creación de la leyenda un trabajo científico cuyas conclusiones se antojan ahora alejadas de la realidad. "Existe un creciente consenso entre los sociólogos acerca de que la extensión del pánico, tal como la describió Cantril, fue enormemente exagerada", señala Bartholomew, quien admite, no obstante, que "hay pocas dudas de que muchos americanos resultaron verdaderamente asustados", hasta el punto de emprender la huida del peligro, especialmente en Nueva Jersey y Nueva York.

Los marcianos aterrorizaron a muchos oyentes; pero no a 1,2 millones, sino posiblemente a miles. El equipo de Cantril sólo entrevistó para su trabajo -publicado en forma de libro como The invasion from Mars (1940)- a 135 personas, pocas para extrapolar la cifra apuntada, y escogió los testimonios más coloristas. Y las llamadas a la Policía fueron numerosas, pero muchos telefonearon únicamente para preguntar si lo que escuchaban por la radio era real. Aún así, Welles y el Mercury Theatre demostraron en 1938 que no hace falta que los marcianos existan para que la gente los vea.

 

Una historia que Welles consideraba aburrida

Mucha gente creyó en La guerra de los mundos por cómo fue presentada. A pesar de los cuatro anuncios que se emitieron durante la obra diciendo que se trataba de un relato de ficción, el formato de programa de variedades interrumpido por conexiones en directo otorgó al relato una gran credibilidad.

Orson Welles temía días antes que la audiencia de la CBS se aburriera ante una "historia tan improbable", que encima sucedía en la lejana Inglaterra. Así que lo primero que hicieron fue cambiar de escenario: los marcianos invadirían Estados Unidos. Faltaban seis días. Howard Koch, que luego fue uno de los guionistas de Casablanca, decidió el lugar del aterrizaje extraterrestre dejando caer a ciegas un lápiz sobre un mapa de Nueva Jersey. Y los nombres reales de poblaciones, calles y edificios -unidos a los ficticios de militares, miembros del Gobierno y científicos- acabaron de hacer creíble la narración. El equipo preparó los efectos especiales e hicieron historia aquella noche de Halloween.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

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31 Ago 2004

Bill Kaysing escribió y publicó We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna) en 1974. Cinco años después del histórico paso de Neil Armstrong, reveló al mundo que los alunizajes se habían rodado en un estudio cerca de Las Vegas y presentó las pruebas del fraude. El periodista Santiago Camacho dice de él: "Este californiano de pelo cano trabajó como jefe de publicaciones técnicas para la sección de investigación y desarrollo de Rocketdyne, contratista de los motores del proyecto Apollo. Ya entonces empezó a sospechar que el trabajo que se desarrollaba en su empresa poco tenía que ver con la Luna" (El Mundo, 10 de noviembre de 2002). Es cierto. La firma Rocketdyne tenía poco que ver con la Luna en los tiempos de Kaysing, quien empezó en 1957 a trabajar en la compañía que desarrolló los motores del cohete Saturno 5. Era bibliotecario, un buen puesto para un licenciado en Filología Inglesa por la Universidad del Sur de California, y abandonó Rocketdyne en 1963, antes de que la firma se implicara en el proyecto Apollo. Detalles -que no era un técnico y que no participó directamente en la aventura lunar- que no parecen importar ni a Camacho ni a otros partidarios de la conspiración lunar. Pero ¿qué cuenta Kaysing, en cuyo trabajo se basan quienen mantienen que el hombre no ha llegado a la Luna?

Una de las pruebas de la conspiración que presenta Bill Kaysing en su libro.Su libro tiene 87 páginas y la mitad están ocupadas por fotografías de las sólo que una decena viene a cuento: se trata de fotocopias -como todas las imágenes de la obra- de instantáneas de los alunizajes. El resto de las ilustraciones corresponden a fotos de rampas de lanzamiento y encendidos de motores, esquemas de naves espaciales y de la misión lunar, paisajes de Nevada... Mis preferidas son las que demuestran que el cuartel general del engaño estuvo en los alrededores de Las Vegas: vistas de la ciudad, de la piscina de un hotel, del buffet del Hotel Casino Dunes -"Otra razón por la que los astronautas y sus jefes eligieron el área de Las Vegas", escribe Kaysing-, de una joven exhibiéndose en biquini -"Las recepcionistas y secretarias del centro de control del Proyecto de Simulación Apollo fueron reclutadas en los casinos de Las Vegas, lo que añadió atractivo al lugar"- y de mesas de juego -"Fue otra de las razones por las que los astronautas creyeron que Las Vegas era el lugar ideal para relajarse y recuperarse del viaje a la Luna"-. Kaysing sitúa su conspiración en Las Vegas porque, simple y llanamente, se trata para él de una especie de paraíso inalcanzable. No presenta, por supuesto, ninguna prueba. A la pregunta de por qué se eligió un lugar próximo a la capital del juego para simular los alunizajes, responde con un simple: "Las fotografías cuentan mejor la historia". Ésa es la realidad de la base secreta de Nevada. Pero ¿por qué cree que el proyecto Apollo fue un gran engaño?

Kaysing tiene pruebas, la mejor de las cuales es que las estrellas no aparecen en las fotos tomadas por los astronautas en la Luna. La razón la sabe cualquiera que haya sacado una foto a alguien de noche al aire libre: el protagonista sale, pero el brillo de las estrellas es demasiado débil como para impresionar la película. Aún así, Kaysing se sorprende una y otra vez: "¿Estrellas? ¿Dónde están las estrellas?". Podría haber preguntado a un fotógrafo, pero no lo hizo. Con los años, sus seguidores han visto en las fotos lunares muchas anomalías que no son tales. Resulta inconcebible que alguien dé crédito a We never went to the Moon. Quienes, basándose en este libro -el germen de esta conspiración-, pregonan a los cuatro vientos que el proyecto Apollo fue un montaje o son unos ignorantes o unos desaprensivos. Me cuesta creer que alguien pueda tomarse en serio el texto de Kaysing, dado que su acumulación de disparates y tonterías casi deja corto el Planeta encantado con el que nos está bombardeando la Televisión Española (TVE) socialista, después de que la popular hiciera el primer ataque al sentido común con tan letal arma. De hecho, me he acordado de la obra de Kaysing hoy porque TVE ha vuelto a emitir el episodio de la serie de Juan José Benítez en el que el ufólogo intenta convencer al público de que un vídeo creado en un estudio de animación vasco fue en realidad rodado en el Mar de la Tranquilidad, lo contrario que en el complot desvelado por Kaysing.

Una de las pruebas de la conspiración que presenta Bill Kaysing en su libro.La conspiración vende, sea de la naturaleza que sea: el francés Thierry Meyssan defiende que no se estrelló ningún avión contra el Pentágono el 11-S, pero no explica qué pasó con los pasajeros de la aeronave desaparecida; el periodista Bruno Cardeñosa no sólo hace los coros en español a Meyssan, sino que además mantiene que hubo una conspiración en los ataques terroristas del 11-M, que sólo ve él; su amigo Santiago Camacho no tiene muy claro que el hombre pisara la Luna a finales de los años 60; su maestro Juan José Benítez predica en la televisión pública que los astronautas estadounidenses destruyeron ruinas alienígenas en el satélite terrestre; Javier Sierra dice que el transistor es un invento basado en tecnología de otros mundos... El fundamento de todas esas conspiraciones es, en el mejor de los casos, tan endeble como el de la que Kaysing expone en su libro. La única conspiración que parece real es la de ciertos medios de comunicación y periodistas sin escrúpulos que, para hacer negocio, pretenden hacer creer a la gente que somos víctimas de conjuras un día sí y otro también. Dos meses después de los ataques del 11-M, llegaron a las librerías varias muestras de un periodismo de investigación que no pudo ser muy profundo porque, entre redacción, corrección, impresión y distribución, igual quedó una semana para hacer pesquisas. Con las víctimas de los trenes de Madrid recién enterradas, los conspiranoicos no tuvieron el menor escrúpulo en levantar vuelo y no en aras de la verdad, precisamente.

Kaysing, Bill [1974]: We never went to the Moon. America's thirty billion dollar swindle. Health Research. Pomeroy 2002. 87 páginas.

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13 Ago 2004

Una gigantesca explosión arrasó el 30 de junio de 1908 unos 2.200 kilómetros cuadrados de la taiga siberiana, el equivalente aproximado a la provincia española de Guipúzcoa. Sucedió cerca del río Podkamennaya Tunguska, en Siberia, y no hubo muertos. En 1927, el geólogo ruso Leonid A. Kulik localizó el epicentro del evento de Tunguska gracias a que millones de árboles habían quedado tendidos de forma radial. En el punto del presunto impacto no había ningún cráter y los troncos permanecían en pie, por lo que se supone que lo que fuera explotó en el aire. Desde hace décadas, los científicos se dividen entre quienes creen que se trató de un meteorito y quienes achacan la devastación a un fragmento de un cometa, en concreto del Encke. Los amantes de los falsos misterios suelen preferir, sin embargo, otra explicación: la de que una nave extraterrestre se estampó en la taiga hace casi un siglo. Ahora, unos científicos rusos dicen haber encontrado restos de ese ingenio alienígena. Según el diario Pravda, miembros de la Fundación Fenómeno Espacial de Tunguska, dirigida por Yuri Lavbin, han hallado en la región una muestra de tecnología extraterrestre que ha sido trasladada a la ciudad de Krasnoyarsk para su estudio. Esperen sentados, porque sospecho que con esta prueba pasará lo mismo que con el examen de ADN de los pelos del yeti, las fotografías aéreas de la Atlántida y las demostraciones científicas de los poderes de Uri Geller: se la llevará el viento.

La historia de la nave espacial accidentada en Siberia es más antigua que la de Roswell; más antigua que el mito de los platillos volantes. El primero que habla de ella es Alexandr Kazantsev en 1946. Así lo reconoce la mayoría de los autores que después han abrazado la idea del ovni estrellado. "La hipótesis de Kazantsev me parece la más probable de todas las que se han emitido, comprendiendo la mía", dice en Los extraterrestres en la Historia (1970) Jacques Bergier, quien también propone que pudo tratarse de una explosión nuclear debida a experimentos hechos por "los desterrados políticos en Siberia". "Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica", afirma Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). "Una de las hipótesis más convincentes -dadas las especiales circunstancias del suceso-, compartida por un gran número de investigadores y lanzada en 1949 por Alexandr Kazantsev, es que la explosión de 1909 fue efecto de la explosión de una astronave extraterrestre", concluye Andres Faber-Kaiser en ¿Sacerdotes o cosmonautas? (1974). "Las grandes preguntas siguen sin respuesta: ¿se trataba de una nave tripulada? ¿Fue un accidente o un experimento? ¿Y por qué en esa región del planeta?", se pregunta Juan José Benítez en Mis enigmas favoritos (1993). Todos se olvidan de un detalle: Kazantsev era escritor de ciencia ficción y no presentó la teoría en ninguna revista científica, sino que la ideó para dos cuentos.

Los relatos -"Un visitante del espacio" y "El marciano"- se publicaron en español en Argentina en 1978, reunidos en un libro titulado Alguien vino del futuro, prologado por Antonio Las Heras. La nave de la ficción está tripulada por marcianos que, ante la escasez de agua en el planeta rojo, intentan conseguirla en otros mundos. "Al principio, en el momento más apropiado, volaron a Venus, y luego, el 20 de mayo de 1908, vinieron de Venus a la Tierra. Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteoro o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir la velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado, según lo demuestran los precisos cálculos actuales", dice uno de los protagonistas del primero de los relatos. En el segundo, un marciano ha sobrevivido, parece un humano más -"Los seres de la Tierra eran como él, se asemejaban a ese habitante del lejano Marte, lo cual indicaba que la suprema racionalidad de la evolución es estrecha y selecciona para los seres inteligentes una misma forma en todos los lugares del Universo"- y el diario de su estancia en la Tierra ha llegado a uno de los personajes. No encontrarán estos detalles en las obras de los Bergier y compañía, que se olvidan -si es que alguno ha leído los cuentos originales- del origen real de los visitantes de Kazantsev.

Tampoco busquen a ningún científico ruso de prestigio llamado Yuri Lavbin. Este individuo, que ha visitado varias veces el epicentro del fenómeno de Tunguska y está obsesionado con los ovnis, tiene en Krasnoyarsk un pequeño museo donde expone piezas que supuestamente avalan su teoría -que en Siberia se estrelló una nave de otro mundo- y afirma que Chris Carter se basó en sus ideas para los episodios de Expediente X relacionados con la explosión de 1908. "Vamos a intentar encontrar pruebas de que lo que chocó con la Tierra no fue un meteorito, sino una nave espacial extraterrestre", declaró Lavbin a la prensa el 23 de julio, antes de emprender su última expedición. Ahora dice que los alienígenas nos salvaron haciendo explotar "un meteorito enorme que se dirigía hacia nosotros a gran velocidad". ¿Y las pruebas?

Geert Sassen, un historiador holandés especialista en la exploración espacial, indicaba ayer por correo electrónico a un grupo de colegas que los expedicionarios "pueden haber encontrado piezas del quinto vuelo de prueba del Vostok", que despegó del cosmódromo de Baikonur el 22 de diciembre de 1960 y se estrelló poco después por un fallo en la tercera fase. Y citaba al especialista en historia de la astronáutica Asif Siddiqi, quien -en el libro Challenge to Apollo: the Soviet Union and the space race, 1945-1974- explica que "la carga aterrizó a unos 3.500 kilómetros del lugar del lanzamiento en una de las regiones más remotas e inaccesibles de Siberia, en la región del río Podkamennaya Tunguska, cerca del punto de impacto del famoso meteorito de Tunguska". Sassen recordaba, además, que la región se encuentra en la trayectoria de la mayoría de las naves que despegan de Baikonur, por lo que se puede esperar "que esté plagada de fragmentos de cohetes". Así que es posible que, si se trata de algún tipo de artefacto, lo que Lavbin haya recuperado sea parte de una nave espacial, pero humana.

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magonia

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