10 Jun 2007
09 May 2007
07 May 2007

Hay enigmas, de los de verdad, que siguen sin explicación décadas después de haber sido censados. Es el caso de la llamada señal Wow!, de la que me acordé ayer tras leer el título de la última anotación de Ciro Galante en Evadidos. 'En una palabra, WoW' trata de World of Warcraft, un juego de rol en red, pero a mí lo que me trajo a la cabeza ese título fue la búsqueda de señales de radio de civilizaciones extraterrestres. Me explico.
Se conoce como señal Wow! una detectada el 15 de agosto de 1977 por un radiotelescopio de la Universidad del Estado de Ohio, que quedó registrada en papel de impresora. Cuando Jerry Ehman, un profesor de la universidad que trabajaba en el proyecto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), revisaba los registros de ese día descubrió una señal anormalmente intensa, la enmarcó con el bolígrafo y escribió al margen una sola palabra: "Wow!" (¡vaya!, según los diccionarios al uso). De ahí el nombre de la señal, que duró sólo 72 segundos, llegó a ser 30 veces más intensa que el ruido de fondo, no parecía de origen terrestre y no ha vuelto a captarse desde entonces.
Treinta años después de su descubrimiento, la famosa emisión de radio sigue siendo un enigma. El "Wow!" de Ehman sería equivalente al "¡Tierra!" de un marinero de La Pinta el 12 de octubre de 1492 si después Cristóbal Colón y los suyos no hubieran descubierto América y siguieran vagando por esos mares a la búsqueda de una costa en la que desembarcar.
18 Mar 2007
11 Feb 2007
| "-... En ese contexto hago intervenciones paródicas, acciones de intoxicación informativa que sirven para llamar la atención sobre los peligros de la credulidad. Algunas de esas obras quedan como caballos de Troya o bombas de relojería sin estallar, esperando su ocasión. -Supongo que se refiere al programa del pasado junio de Iker Jiménez en el que se presentó como un caso auténtico su conocido trabajo Sputnik [1997], acerca del supuesto astronauta soviético del Soyuz 2 desaparecido Ivan Istochnikov. No se dieron cuenta de que se trataba de un montaje -sensacional montaje, por cierto- y que el cosmonauta de las fotos era usted mismo [Ivan Istochnikov, para más inri, es la traducción aproximada al ruso del nombre Joan Fontcuberta].
-Fue orgásmico. Que un medio se tragara el anzuelo hasta el fondo... |
11 Ene 2007
Anda la comunidad de aficionados a la astronomía revuelta tras la publicación en varios medios de comunicación de un despacho de la agencia Efe según el cual un estudio ha demostrado que, hace treinta años, las naves Viking "pudieron hallar vida en Marte y la destruyeron por error". La historia no es ni cierta ni nueva. No es cierta porque lo que revela la investigación no es un minigenocidio marciano, sino que los experimentos que las dos naves Viking hicieron en la superficie de Marte en 1976 a la búsqueda de vida estaban condenados al fracaso desde la mesa de diseño, ya que, si se hubieran topado con ciertas formas de vida, las habrían destruido. No es nueva porque un trabajo que apunta en esa dirección apareció el 23 de octubre pasado en la revista Proceedings, de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense, tal como publicamos en el diario El Correo en su momento. Claro que nuestro titular era mucho menos llamativo: "Ensayos en Río Tinto revelan fallos en el instrumental de las Viking para buscar vida en Marte". ¿Por qué se habla de esto ahora? Porque el resultado de una investigación parecida ha sido presentado en el congreso anual de la Sociedad Astronómica Americana, lo ha divulgado una agencia de noticias y se han hecho eco de ello muchos medios.
El artículo de Proceedings revelaba que un análisis químico del suelo marciano realizado hace treinta años por las naves de la NASA pudo haber destruido, durante la preparación de las muestras, cualquier posible rastro de vida, me explicó hace dos meses el microbiólogo español Ricardo Amils, uno de los autores del trabajo. El proyecto fue una idea de Rafael Navarro-González, de la Universidad Nacional Autónoma de México, a quien se le ocurrió comprobar la validez del protocolo de uno de los experimentos de las Viking, el realizado con el cromatógrafo de gases. La prueba consistía en calentar muestras del suelo marciano a distintas temperaturas y buscar rastros de vida en los gases emitidos durante el proceso. "Aunque las especificaciones técnicas del instrumental establecían que, al calentarla, el hierro de la muestra no destruiría la materia orgánica, él quería comprobarlo", indica Amils, investigador de la Universidad Autónoma de Madrid y del Centro de Astrobiología.
El problema del hierro
Los cromatógrafos de las Viking no detectaron en 1976 indicios de materia orgánica. "Este resultado fue utilizado como el argumento más sólido para descartar la presencia de vida y determinar que Marte es un planeta estéril", recuerda Navarro-González. "Se concluyó que las condiciones ambientales eran tan oxidantes que hacían imposible la vida", añade Amils. Su investigación ha consistido en probar la misma técnica de análisis de las Viking en seis ecosistemas terrestres con condiciones semejantes a las marcianas, incluidos el desierto de Atacama y Río Tinto, en los que hay vida.
"Las muestras de Río Tinto eran muy importantes porque está considerado un análogo de Marte", indica Amils. Con su riqueza en jarosita, un sulfato de hierro descubierto en Marte por el todoterreno Opportunity, ofrecieron los primeros resultados determinantes. A pesar de lo que decían las especificaciones técnicas del instrumental, Navarro-González y sus colaboradores han probado que, hace treinta años, el hierro presente en el suelo marciano, al calentarse, habría destruido cualquier posible rastro de vida. La conclusión del estudio servirá para corregir ese defecto en las próximas misiones que se diseñen, ya que el experimento es tan simple y versátil que se usará en la misión Phoenix este año y en el Laboratorio Científico Marciano en 2009. "Trabajos como éste ayudan a que la gente empiece a apreciar la importancia de los modelos terrestres, de lugares como Río Tinto, donde se pueden probar técnicas en entornos muy parecidos al marciano", destaca Amils.
Lo que ahora ha añadido Dirk Schulze-Makuch, de la Universidad de Washington, es que, además, cabe la posibilidad de que, si la vida en el planeta rojo evolucionó en una línea determinada y las Viking toparon con ella, la ahogaran, según una nota la agencia AP. ¿Quiere decir esto que "la NASA encontró vida en Marte y la destruyó por error", como sostienen algunos titulares de prensa? No. Quiere decir que, como ya apuntó en octubre el grupo de investigadores liderado por Navarro-González, los experimentos diseñados para las sondas de la NASA quizá no fueron los idóneos para descubrir vida en Marte, si es que la hay. Los resultados de los experimentos de las Viking no servirían para descartar la existencia de marcianos, pero tampoco hay pruebas de que éstos existan y, por tanto, de que algunos de ellos fueran ahogados o cocidos por las naves de la NASA. Afrimar que las Viking destruyeron pruebas de vida marciana en los años 70 es dar un triple salto mortal sin red, un sinsentido que sólo se explica por el tirón popular del planeta rojo y esa obsesión de algunos por ir más allá de los hechos puros y duros.
17 Dic 2006
Da igual lo que digan los arqueólogos, los astrónomos y todos los científicos que han estudiado el misterio de las falsas -y muy rentables- pirámides de Güímar. Ayer, el suplemento El Viajero, del diario El País, presentaba las estructuras de Tenerife como restos de la cultura guanche, asumiendo así la tesis de los promotores del Parque Etnográfico de las Pirámides de Güímar, el naviero noruego Fred Olsen y su fallecido amigo el explorador Thor Heyerdahl (1914-2002). El autor del reportaje, Carlos Pascual, afirma que el complejo turístico "relaciona unas pirámides guanches allí encontradas con estructuras similares de México o Perú, e incluso con los marae (tan increíblemente parejos) de Polinesia", asegura que "la existencia de este tipo de estructuras en la sociedad prehispánica de las islas era un hecho documentado", da a entender que los arqueólogos han confirmado lo extraordinario de las edificaciones en trabajos realizados desde 1991 y aporta como prueba de la guanchidad de las estructuras el descubrimiento de restos aborígenes en una cueva existente bajo una de las pirámides. El texto, lleno de errores y falsas interpretaciones, llegará lamentablemente a mucha más gente que trabajos como el publicado en 2003 por Historia 16 y libros como Las pirámides de Güímar: mito y realidad (2005), que ponen el enigma en su justo término.
En contra de lo que sostiene Pascual, el origen de las estructuras no se remonta en el tiempo más allá del siglo XIX, ni tiene que ver con los guanches. Otra cosa, claro, es lo que venden en el parque temático, "uno de los reclamos más atractivos y visitados de la isla", como bien recuerda el periodista. El negocio de Güímar, alimentado durante años por las revistas esotéricas, tiene tan poco fundamento como el de Roswell y se basa en lo mismo: mentiras, fantasías y tergiversaciones. La arqueología, sea isleña o internacional, no ha confirmado que estemos ante vestigios guanches; al contrario. Y que se hayan encontrado restos aborígenes bajo una de las estructuras no significa que éstas lo sean. ¿O es que el hallazgo de huesos prehistóricos bajo una iglesia confirma que esa iglesia es prehistórica? Tampoco hay documentos que avalen la existencia de las pirámides antes de la llegada de los españoles y su circunstancial vinculación con edificios similares de otras partes del mundo fue auspiciada por un Heyerdahl para quien la pirámide es un invento egipcio que el pueblo del país del Nilo difundió por todo el mundo, algo que rechaza cualquier estudioso de la Historia mínimamente informado.
Es una pena que Pascual se haya fiado más de la publicidad del complejo turístico que de lo que mantienen todos los científicos que se han aproximado al misterio de las pirámides de Güímar, un enigma prefabricado en los años 80 por un grupo de aficionados a lo paranormal, la Confederación Internacional Atlántida, y lanzado a la fama por el contactado con extraterrestres Francisco Padrón. No hacen falta ni atlantes, ni alienígenas, ni egipcios de viaje a América para explicar el origen de estas estructuras, que son amontonamientos de piedras hechos en el siglo XIX para limpiar un terreno que luego se dedicaría al cultivo de cochinilla. Lo explican los astrofísicos Antonio Aparicio y César Esteban en su libro Las pirámides de Güímar: mito y realidad, y lo hizo también hace tres años Cornel M.A. Van Strijp en Historia 16: el parque temático de Güímar es una fraude. Y promocionarlo es lo contrario a impulsar la cultura de un pueblo, por mucho dinero que mueva.
20 Ago 2006
Pues bien, en Antena 3 TV, siguiendo la estela del maestro del periodismo de imbestigación, cogieron el sábado y se montaron una película de casi dos minutos tan espectacular como engañosa sobre las cintas extraviadas por la NASA y el descenso de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en el Mar de la Tranquilidad. Por ver, vimos hasta la estúpida encuesta callejera de rigor en la que se pide a la gente que opine, aunque la mayoría no tenga ni idea sobre lo que está opinando, ni falta que hace. A eso, le llaman ahora algunos periodismo ciudadano y es una de las muestras más evidentes de la falta de rigor del periodismo actual. Porque no todas las opiniones valen lo mismo. No es lo mismo que un biólogo se pronuncie sobre los posibles efectos para el organismo de los teléfonos móviles que el que lo haga sea el primer viandante que pasa por delante de la cámara, pero hoy en día algunos medios dan más valor al segundo que al primero.
"Han pasado ya 37 años y la llegada del hombre a la Luna sigue rodeada de misterios. Aunque fueron millones de personas quienes vieron en directo la gesta espacial, cobra fuerza la versión de los más incrédulos, que llegaron a decir que todo era un montaje grabado en un escenario. A ello, ha ayudado el sorprendente anuncio de la NASA: algunas de las cintas originales de ese histórico momento han desaparecido", decía ayer Miriam Sánchez, presentadora de los informativos de fin de semana de Antena 3 TV, antes de dar pie a un corto reportaje conspiranoico con imágenes de archivo. Dos periodistas de la casa, Fernando Matey y Juan Rubiales, firman en la web de la cadena un texto muy parecido al que leyó un locutor: "Investigadores y periodistas comenzaron a hacerse preguntas, especialmente sobre el foco de luz que se reflejaba en el casco de Amstrong, por qué se movía la bandera americana si en la luna (sic) no había viento, por qué no se veía en el cielo ninguna estrella. Quizá por ello muchos siguen pensando que aquello fue un montaje de Hollywood grabado en el desierto del Mojabe (sic)". Todas esas incógnitas llevan años respondidas.
¿No les impresiona? A mí, sí. A mí me deja sin habla que todavía haya gente que se pregunte por qué no se ven la estrellas en el cielo lunar, que haya periodistas que escriban y digan cosas sin pensar, y se limiten a repetir como loros lo que han oído o leído a alguien. Ignoran los autores de esta información que el ridículo origen de la conspiración luna es un libro titulado We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna), que su autor publicó en fotocopias por su cuenta en 1974 y cuyo principal argumento es que las estrellas no aparecen en las fotos tomadas por los astronautas en la Luna. La razón la sabe cualquiera, aunque no el personal de los informativos de Antena 3 TV: si en la Tierra se saca una foto a alguien de noche al aire libre, el protagonista sale, pero el brillo de las estrellas es demasiado débil como para impresionar la película. Pues eso mismo pasó en la Luna. ¡Ah!, también se olvidan los periodistas de esa cadena de los 382 kilos de piedras lunares -imposibles de imitar- que trajeron los astronautas y cuya autenticidad han confirmado geólogos de todo el mundo, y de los espejos que dejaron allí arriba para medir la distancia entre la Tierra y su satélite. Ciertamente, es algo superfluo cuando de lo que se trata es de vender conspiraciones.
19 Jun 2006
15 Jun 2006
La serie original de Stargate está repleta de alusiones a los Antiguos, una raza que ha dejado la Vía Láctea plagada de puertas estelares -ingenios que permiten el viaje instantáneo entre mundos- y otros restos de su civilización, aunque de ellos casi nada se sabe. Stargate Atlantis -si no ha visto los dos primeros episodios y no quiere enterarse de detalles de la historia, sáltese este párrafo- comienza hace millones de años cuando los Antiguos hacen que la Atlántida, su ciudad, despegue de la Antártida rumbo a las estrellas. Ya en la actualidad, el comando Stargate encuentra sus restos en el Polo Sur, un equipo emprende un viaje sin retorno por la puerta estelar de las ruinas y llega a la Atlántida, que ahora está en un mundo de la galaxia Pegaso. Los exploradores se encuentran con que, para protegerla de una especie hostil, los Antiguos hundieron la ciudad en el mar del planeta al que fue trasladada y que, con su llegada, se despierta y el consumo de energía pone en peligro su integridad bajo el agua. Cuando parece que la estructura va ser aplastada por el mar, comienza a elevarse, hasta salir a flote. Los guionistas han hecho casar la leyenda de Platón -a la que en un momento hace referencia un personaje- con los hechos y hunden la ciudad en el océano, aunque sea de otro planeta, para una posterior subida a la superficie. Una vez más, la factoría Stargate introduce en la trama un elemento de lo que podíamos llamar pseudohistoria dänikeniana, y lo hace con cierta coherencia interna. Para eso están las leyendas, para jugar con ellas en la ficción.
Lo que más me agrada del guiño de Stargate Atlantis es que recupera y reinventa el mito. Lo actualiza y, 2.500 años después de Platón, lleva el nombre del legendario continente al título y a la esencia de una serie de televisión. Es ficción y es divertido que, tanto tiempo después del filósofo griego, su creación más popular emerja de las aguas y protagonice un producto que para muchos puede ser su primer contacto con la Atlántida. Estamos ante una prueba de que el mito -en el mejor sentido de la palabra- goza de excelente salud. "Entre todas las leyendas antiguas que han llegado hasta nosotros, el mito de la Atlántida es una de las más duraderas. No forma parte de ninguna cosmografía religiosa y ha durado miles de años pese a carecer de la ventaja de un clero que hiciera proselitismo. Mientras que el judeocristianismo tiene la Biblia el islamismo tiene el Corán y las religiones védicas tienen los Upanisad, no hay ninguna religión que se base en los principios atlantes y tampoco existe un libro que haya transmitido la sabiduría de los siglos. La Atlántida aparece por primera vez en el diálogo de Platón titulado Timeo, que es un tratado filosófico sobre la creación, pero el filósofo griego no fundó ninguna religión. El relato tiene tal poder de sugestión que ha perdurado por sus propios méritos, se ha transmitido, con frecuencia de palabra a palabra, a lo largo de dos milenios y medio, y hoy día, en una era que se caracteriza por maravillas tecnológicas como la energía atómica e Internet, la leyenda de la Atlántida sigue viva", dice Richard Ellis en En busca de la Atlántida (1998), el mejor libro sobre el tema publicado en España.
Trece libros hay en mi biblioteca que llevan el nombre del continente platónico en el título y del de Ellis es del que me acordé tras ver los dos primeros episodios de Stargate Atlantis. En los últimos años, no ha sido una obra fácil de encontrar, pero ahora eso va a cambiar, paradójicamente, gracias al tirón de un vendedor de misterios. Pedro Luis Gómez Barrondo, secretario del Círculo Escéptico (CE), me contaba hace una semanas que el bueno de Iker Jiménez pone su rostro a una colección de libros pseudocientíficos que va a publicar Círculo de Lectores. Se ha debido despistar y en la selección de libros se le ha colado el de Ellis entre las trolas de rigor de Santiago Camacho, Enrique de Vicente, Raymond Moody y Michael Drosnin. La obra de Ellis no se publicará hasta Navidad, pero yo que ustedes iría localizando algún amigo socio de Círculo de Lectores para que me lo consiguiera. Merece la pena.
Ellis, Richard [1998]: En busca de la Atlántida. Mitos y realidad del continente perdido [Imagining Atlantis]. Trad. de Jordi Beltran. Editorial Grijalbo (Col. "Huellas Perdidas"). Barcelona 2000. 393 páginas.
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Luis Alfonso GámezUna ventana crítica al mundo del misterio
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