29 Ene 2005

"Tengo un anillo, sí, pero no sé si es de origen extraterrestre. Lo encontré en el mar Rojo, buceando, y en circunstancias muy extrañas", responde Juan José Benítez a un niño en su libro Mis ovnis favoritos (2001). Es el anillo de plata que protagonizó un capítulo de la serie Planeta encantado, emitida por Televisión Española (TVE) tanto en tiempos de José María Aznar como de José Luis Rodríguez Zapatero. Nos contaba el novelista en ese episodio que él y su esposa buceaban en el mar Rojo cuando ella se hirió en una pierna, tras lo cual perdió un anillo de oro. Un misterioso individuo la sacó del agua mientras Benítez se quedaba -"movido por una fuerza que no he conseguido explicar"- a buscar la joya. Y encontró un anillo, pero de plata y con nueve palos y otros tantos ceros: IOIOIOIOIOIOIOIOIO. El dibujo era el mismo que el de una piedra que un aldeano de Los Villares (Jaén) había recibido días antes de unos extraterrestres que aparcaron el platillo volante en medio del campo, historia de la que Benítez asegura que no supo nada hasta mucho después. "Echa un vistazo a las fotos y juzga por ti mismo", invita el ufólogo al niño de doce que en Mis ovnis favoritos le pregunta por el origen del anillo alienígena.

La foto del libro -que reproducimos aquí con un detalle resaltado- lo deja claro. No hace falta someter la pieza a ningún análisis. Dice a gritos que es de manufactura humana. O eso o los artesanos de otros mundos también tienen la costumbre de poner marcas de contraste en sus trabajos en plata para identificar al autor. Algo ridículo, como me decía el amigo que me llamó la atención sobre la fotografía. La pena es que, con lo que le gusta a Benítez dibujarlo todo, ignora la marca de contraste en todos los libros en los que habla del enigma del anillo. Desde Magonia nos comprometemos a intentar dar con el platero de cuyo taller salió la pieza si el ufólogo nos envía fotografías de alta resolución de las marcas que hay en el interior de la joya. Es lo que nos han pedido los profesionales del sector con los que hemos consultado y que han visto esta imagen. Daríamos así la puntilla a un presunto enigma explicado ya sin la necesidad de levantarnos del sillón: es lo que tiene la ufología de salón. La pelota ahora está en el tejado de Juan José Benítez.

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09 Ago 2004

Dice Fernando Savater, en un artículo sobre el encuentro de religiones del Fórum de las Culturas publicado ayer en El Correo, que, "aunque sean humanamente respetuosos, los creyentes de una fe ven a los que creen en otras como los ateos vemos a todos ellos: como gente equivocada. Y el error ajeno, por muy tolerante que sea uno, despierta a la larga más impaciencia y conmiseración que auténtica simpatía". El filósofo se sorprende, por eso, del "buen rollito reinante entre los cientos de representantes de creencias manifiestamente dispares" que se han citado en la capital catalana y sospecha que "entre los asistentes a esa ensalada de creencias y sortilegios ha predominado fundamentalmente el buenismo, o sea, el afán postmoderno de sentirse bueno por razones más estéticas que morales". Ciertamente, resulta muy difícil de tragar tanta fraternidad entre quienes han intentado e intentan a toda costa que sus dioses predominen sobre los de los demás -incluso que se impongan a los que vivimos sin dios tan ricamente-, y han predicado y practicado durante siglos la santa intolerancia hacia todo el que se aparta de sus dogmas.

La reflexión de Savater me ha recordado como, hace no tantos años, los apóstoles de la ufología renegaban de la parapsicología, los de la parapsicología no creían en la astrología, los practicantes de la astrología no se tragaban lo de las visitas de marcianos en la Antigüedad y los partidarios de éstas no profesaban la fe en los ovnis. Ésa era la tónica general entre los expertos de lo oculto: mi creencia es la buena; las otras no. El rechazo de las supersticiones ajenas era una forma de dar solidez a la propia, de dejar claro que uno no era un crédulo de tomo y lomo y que, si pensaba lo que pensaba, era porque lo había meditado y existían pruebas que cimentaban sus conclusiones. Ahora, al igual que católicos, budistas, islámicos y demás hermanados en Barcelona -¿hubo representantes de la fe jedi?-, los engañabobos de lo paranormal no hacen distingos: apoyan con el mismo entusiasmo y fervor la existencia de la piramidología, los platillos volantes, las conspiraciones, el vudú, la desapariciones misteriosas, las casas encantadas, los continentes perdidos, los monstruos, los extraterrestres en las pinturas prehistóricas, los dotados de poderes psíquicos... Como los clérigos de todos los colores, ninguno denuncia la falsedad de lo que dice el otro, no vaya a ser que el otro le saque a su vez los colores. Y, frente a ellos, sólo estamos los escépticos; como únicamente estamos los ateos frente a las religiones.

El escritor Juan Manuel de Prada dedicaba ayer su página de El Semanal a un ejemplo del maridaje entre las supersticiones paranormales y religiosas, personificada en la visión que tuvo en la televisión de "un programa que abordaba la figura de Jesucristo desde una perspectiva esotérica. El presentador, con aspecto de hombre Camel (así llama mi esposa a los tíos machotes, curtidos por el sol de la aventura, que visten como si la vida fuera un perpetuo safari), comenzaba exponiendo su interés en despojar a Jesucristo de toda esa hojarasca de tergiversaciones y manipulaciones que han emborronado su figura. Enseguida supe que me hallaba ante una pieza antológica de ese esoterismo pachanguero que tanto me estimula: el tono campanudo del presentador, la aportación de datos presuntamente históricos servían como coartada para el posterior desparrame". El artículo, titulado "21 de agosto, Navidad", disecciona el episodio de la serie Planeta encantado en el que Juan José Benítez sienta a Jesús en el Coliseo romano antes de que el edificio existiera.

La Televisión Española (TVE) del PP estrenó los documentales de Benítez en octubre de 2003 y la del PSOE los ha repuesto este verano. Estamos ante una muestra más del hermanamiento de la izquierda y la derecha en la superstición y la estupidez. Y no olvidemos, como indica Prada, que Planeta encantado ha sido emitido por una televisión que pagamos todos los españoles. Tenemos sobrados motivos para avergonzarnos.

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07 Jul 2004

La Televisión Española (TVE) del PP la estrenó y la del PSOE la repone. Planeta encantado, la serie dirigida por el ufólogo Juan José Benítez, ha regresado de la mano de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del Gobierno que prometió dar un golpe de timón en el rumbo de la televisión pública. La anterior época de los socialistas en el poder encumbró a adivinos como Rappel, que llegó a tener programa propio. Ahora, son Benítez y su discípulo Iker Jiménez -éste los viernes por la mañana en La Primera- quienes emboban al personal con sus enigmas inexistentes. Un dossier especial desmenuza en esta página todos los episodios de Planeta encantado, que incluyen momentos gloriosos como cuando Benítez sienta a Jesús en el Coliseo romano antes de que el edificio existiera, vende una película de animación como si fuera una cinta grabada por los astronautas en la Luna, atribuye a seres de Orión la edificación de las pirámides de Egipto, asegura que hay pruebas de la convivencia de seres humanos y dinosaurios, dice que un poder mágico facilitó el transporte de los moais de la isla de Pascua y afirma que el Arca de la Alianza era un arma de destrucción masiva. ¿Qué piensa de esta bazofia de 8 millones de euros el comité de sabios al que iba a recurrir Rodríguez Zapatero para regenerar TVE?

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20 Feb 2004

Quienes tanto hablan de conspiraciones, de políticas de encubrimiento, de que los gobiernos ocultan información -cierto, pero no de la naturaleza que ellos afirman-, han vivido un complicado comienzo de año. Los profesionales de lo paranormal se han enfrentado en España a una de las más graves crisis de credibilidad que ha zarandeado al gremio en décadas. La ha provocado Juan José Benítez, a quien muchos de los más jóvenes veneran como el maestro, al presentar un montaje de estudio de animación como una filmación rodada en la Luna en 1969. Sucedió en el penúltimo episodio de Planeta encantado, titulado Mirlo rojo y dedicado, según Televisión Española (TVE), "a una historia no oficial, la que jamás fue contada", de los viajes al satélite terrestre. El escándalo ha sido de los gordos; los silencios, reveladores.

El mutismo más comprensible ha sido el del autor de Caballo de Troya. Más de un mes después de la emisión de las falsas imágenes lunares, sigue sin decir ni pío. Ha hecho tímidas manifestaciones a través de intermediarios, como su hijo Iván Benítez, fotógrafo y miembro del equipo de Planeta encantado. El joven dirigió una carta al Diario de Noticias en la que esgrimía el éxito de audiencia del programa contra las críticas -"miles de millones de moscas no pueden estar equivocadas; coma mierda", dice el saber popular- y acusaba a quienes hemos sacado a la luz los disparates propalados por su progenitor de no haber visto el programa y escribir de oídas. "Lo peor de todo es que juzgan Planeta encantado sin sentarse a verlo. Qué casualidad que todos estos individuos intentan intoxicar en forma de arrebato infantil lo que la audiencia ya ha premiado cada domingo. Desde aquí les invito a que se sienten algún domingo y reflexionen. De esta manera, Javier Armentia, Gómez y Toharia, entre otros, podrían sacar sus propias conclusiones, sin decir siempre lo mismo y encima de forma equivocada". Iván Benítez no ha debido de leer ninguno de los textos publicados en Magonia horas después del estreno de cada capítulo de la serie.

"Si son tan escrupulosos con la verdad, ¿por qué intoxican diciendo que Planeta encantado ha sido financiado con el dinero público de Televisión Española? Hablan de que la serie ha costado 8 millones de euros y de que si Jesucristo consiguió sentarse en el Coliseo romano... Como decía antes, arrebatos infantiles que no se ajustan a la verdad. Les recomiendo que se vean el capítulo donde aseveran tales tonterías, quizá se den cuenta de que no hay que concentrarse mucho para entender el castellano. En primer lugar, el costo de Planeta encantado fue financiado por la editorial Planeta y no se superó los 500 millones de las antiguas pesetas", escribe el joven en Diario de Noticias. Da la impresión de que quien no ha visto la serie ni lee la web de su padre es él. "Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio", sentencia el director de la serie en el episodio titulado El mensaje enterrado. Quien quiera comprobar que la transcripción es literal, puede escuchar las palabras en boca del novelista. Respecto al coste de Planeta encantado, Juan José Benítez deja claro en su web que ha contado "con un presupuesto superior a los ocho millones de dólares" y aquí siempre hemos dicho que es una serie producida por DeAPlaneta, compañía que vendió a TVE los derechos de la primera emisión por una cantidad que el ente público no ha querido desvelar.

Prietas las filas

Dar la callada por respuesta ha sido la opción de la mayoría de los colegas de Benítez cuando se les ha preguntado por el montaje lunar. Algunos han admitido estar consternados, pero han eludido la crítica de fondo a el maestro. Otros han reconocido que Benítez cometió un error, pero, en vez de pedir explicaciones a su colega, han preferido desviar la atención y atacar a los críticos. Sólo unos pocos -pueden contarse con los dedos de una mano y sobran- han tenido el coraje de agarrar el toro por los cuernos. Entre estos últimos, destacan Marisol Roldán y José Antonio Roldán, dos jóvenes reporteros del misterio a quienes no ha intimidado la larga sombra del ufólogo navarro. "Aún recuerdo, cuando no hace mucho Juan José Benítez decía que los peores y más peligrosos desinformadores estaban dentro de los propios investigadores, unos conscientes por conseguir fama y dinero, otros estúpidos sin saberlo, ingenuos y siendo utilizados... Me pregunto, después de ver este documento lunar, ¿en qué apartado se podría catalogar él mismo?", decía uno de los hermanos Roldán en un artículo publicado pocos días después del escándalo. Compartí con ellos y con Sebastià D'Arbó una tertulia el 19 de enero en Radio Desvern, invitado por Ramón Álvarez. A pesar de nuestras profundas discrepancias a la hora de aproximarnos a lo paranormal, coincidíamos en líneas generales en que Benítez en que había puesto en solfa la credibilidad de todos los interesados en lo paranormal, incluidos los que actúan de buena fe y no persiguen ni fama ni dinero.

La valentía de los hermanos Roldán tuvo su contrapartida en la actitud de las tres principales revistas esotéricas, que en sus números de febrero echaron tierra sobre la historia de Mirlo rojo. Únicamente en Enigmas, la publicación dirigida por Fernando Jiménez del Oso, se hablaba de la emisión por parte de TVE de "un sorprendente vídeo que mostraba a los astronautas del Apollo 11 caminando junto a ruinas artificiales que habrían encontrado en su viaje a la Luna". Se decía que las imágenes habían "desatado una ilimitada polémica", pero nada más. Se ocultaba a los lectores que la polémica se centraba en la actitud de Benítez, no en la autenticidad de la cinta, descartada desde el primer momento. Los asiduos de Más Allá y Año Cero -revistas dirigidas por Javier Sierra y Enrique de Vicente, respectivamente- ni siquiera se enteraron de la existencia de la película de marras.

El escándalo de Mirlo rojo ha demostrado que los más interesados en ocultar la verdad son los responsables de las publicaciones esotéricas. La razón es evidente. Si uno de los maestros no duda en presentar como un documento auténtico una recreación informática, ¿qué no serán capaces de hacer sus colegas y discípulos? Ésa es la reflexión que, con su silencio, los profesionales del misterio han querido abortar entre los aficionados. Por eso, han cerrado filas en torno a Benítez.

Víctimas colaterales

James M. McPherson, profesor de la Universidad de Princeton y presidente de la Asociación Histórica Americana (AHA) durante 2003, ha dedicado su última columna en Perspectives, la revista de la AHA, a denunciar las tergiversaciones de la Historia. Centrado en el caso de Abraham Lincoln, de quien afirma que es el personaje al que se han atribuido más citas falsas, expone las mentiras que se han hecho pasar por verdades en varios libros -entre los que presta especial atención a Dark union: the secret web of profiteers, politicians, and booth conspirators that led to Lincoln's death (2003)- y concluye: "¿Por qué los historiadores deben preocuparse por que este tipo de ficción pase por historia? Precisamente porque los autores y sus editores insisten repetidamente en que ésa es la verdadera historia del asesinato [de Lincoln] y miles de lectores seguirán creyéndolo si los historiadores ignoramos o despachamos con cuatro palabras un libro sin entrar en serio en sus afirmaciones extraordinarias. Tenemos una responsabilidad con los lectores de Historia más allá de nuestro gremio".

Cuando leí "Fact or fiction?" -así se titula el artículo de McPherson-, lamenté que España siga siendo diferente. Lo hemos comprobado en los últimos meses con Planeta encantado. Nuestros expertos no se han molestado en salir de sus despachos, se han quedado en su torres de marfil, calentitos, mientras fuera Benítez atribuía a seres de Orión la edificación de las pirámides de Egipto, aseguraba que hay pruebas de la convivencia de seres humanos y dinosaurios, decía que un poder mágico facilitó el transporte de los moais de la isla de Pascua y presentaba el Arca de la Alianza como un arma de destrucción masiva. A esos disparates y otros han sido expuestos más de un millón de espectadores españoles, por término medio. No he leído, sin embargo, ningún artículo de opinión ni carta al director en la prensa de historiador alguno denunciando el engaño y que TVE se haya prestado a hacer de altavoz de los falsificadores del pasado.

Los historiadores no han sido los únicos cuya credibilidad ha quedado colateralmente tocada por las andanzas del ufólogo en la televisión pública. Planeta encantado ha confirmado la modorra en la que está sumido el movimiento escéptico español, que no ha aprovechado la mejor ocasión que va a tener en muchos años de hacerse notar. Oportunidades como ésta, en las que un traficante del misterios incurre en un error tras otro ante cientos de miles de personas, no se dan habitualmente y son la perfecta excusa para sembrar la duda necesaria en el público. A comienzos de diciembre, el abogado tinerfeño Luis Javier Capote Pérez, profesor de la Universidad de La Laguna, lanzó un manifiesto contra la emisión de la serie, que han firmado más de quinientas personas. Quienes pensábamos entonces que la reacción de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico -donde hay gente muy capacitada- no se haría esperar, nos equivocamos. Inexplicablemente, la organización escéptica tardó en pronunciarse sobre Planeta encantado más de tres meses. Lo hizo el 15 de enero, después de la emisión de Mirlo rojo, cuando faltaban sólo cuatro días para el final de la serie, cuando ya no servía para nada. ¿Por qué calló ARP durante tanto tiempo cuando las cosas estaban tan claras desde el principio?

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05 Feb 2004

Juan José Benítez, en el anfiteatro Flavio en una escena de 'Planeta encantado', mientras explica como Jesús visitó Roma y presenció los juegos en el Coliseo.


En el segundo de los libros sobre la serie Planeta encantado, Juan José Benítez narra la historia del nunca demostrado viaje a Roma de Jesús de Nazaret, pero no dice que el Mesías visitara el Coliseo. Me lo contaba hace un par de días el historiador y periodista Julio Arrieta y hoy lo he comprobado en una librería. El novelista ha sido lo suficientemente hábil como para corregir el error y que no quede memoria impresa de él. Sin embargo, al mismo tiempo ha sido tan torpe que ha dejado escrito que el anfiteatro Flavio se inauguró en el año 80 antes de Cristo. Otro disparate que, antes que yo, vio Arrieta. A ver si alguien enseña a Benítez a diferenciar entre antes y después: el Coliseo se acabó de construir en el año 80 de nuestra era. "Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio", sentenció el ufólogo en el cuarto episodio de la serie que emitió Televisión Española (TVE). Poco después de que, el 3 de noviembre de 2003, sacáramos a relucir en esta página la histórica metedura de pata -el Jesús bíblico, si existió, murió cincuenta años antes de que se acabara de edificar el Coliseo-, los seguidores de Benítez decidieron centrar sus esfuerzos en negar que su escritor favorito hubiera dicho lo que aquí recogíamos. Puede que ahora argumenten que la lectura del libro dedicado a los dogones y Jesús les da la razón. Por si acaso, la foto que encabeza este comentario corresponde a la escena de Mensaje enterrado en la que el autor de Caballo de Troya coloca a Jesús en el Coliseo y, si pinchan en ella, podrán escuchar las palabras de Benítez en TVE, sin trampa ni cartón. Juzguen ustedes.

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19 Ene 2004

"Después de treinta años de investigación, he aprendido que los enigmas no deben ser desvelados. Sólo así podemos seguir soñando", dice Juan José Benítez al final del último episodio de Planeta encantado. Después de trece documentales en los cuales ha dado sobradas muestras de sus conocimientos históricos y de su altura ética, el autor de Caballo de Troya cierra su aventura en Televisión Española (TVE) con una frase que resume a la perfección la filosofía que le mueve. Porque, si algo no puede hacer Benítez, es resolver enigmas. Y no por incapacidad, sino porque sería como matar la gallina de los huevos de oro: cuando uno come del misterio, investigar de verdad -no ponerse un chaleco de aventurero y posar para la foto en el sitio de rigor- es tirar piedras sobre el propio tejado. De ahí que las revistas esotéricas no se caractericen precisamente por responder preguntas, sino más bien por inventarse interrogantes sin sentido. Eso ha hecho Benítez en Las esferas de los dioses, la entrega que cierra por el momento su aventura en la TVE del PP, y eso hizo en los anteriores episodios de la serie producida por DeAPlaneta.

Planeta encantado se estrenó con un viejo misterio inexistente, el de las piedras de Ica, y se ha despedido con otro presunto puzle arqueológico que no es tal, el de las esferas de piedra de México y Costa Rica. Supe de este enigma por primera vez cuando protagonizó la portada del número 26 (agosto de 1978) de Mundo Desconocido, la primera revista esotérica que compré y que todavía conservo. Hace veintiséis años, la historia de las bolas de piedra la explotaba Erich von Däniken, quien mezclaba en el reportaje unas de origen natural con otras que parecían de manufactura humana. Lo mismo hace Benítez en Las esferas de los dioses, donde une, en el altar del misterio, las bolas de piedra mexicanas y las costarricenses.

El ufólogo aboga por la artificialidad de las esferas norteamericanas -"obras gigantescas más propias de dioses que de titanes"-, que se encuentran en la sierra de Ameca, en el Estado de Jalisco, y a las cuales los geólogos atribuyen un origen volcánico. Pero, como es habitual, él sabe más que los científicos: "Las explicaciones de geólogos y vulcanólogos no son consistentes", dice tras medir con un metro vulgar y corriente algunas de las bolas. Todo el documental -incluida la segunda parte, dedicada a las esferas de Costa Rica- raya en lo ridículo cuando muestra al novelador haciendo chapuceras mediciones y hablando de "milimétrica perfección", diciendo que se trata piedras de "perfecta esfericidad" y de "un pulido exquisito, casi imposible", muchas veces junto a ejemplos de todo lo contrario. "Los científicos, una vez más, han intentado descafeinar la realidad", sentencia respecto al origen natural de las esferas mexicanas. Él no lo hará jamás: él ha hecho pasar un montaje de estudio de animación por una película grabada por los astronautas en la Luna. Sin embargo, para su desgracia, las esferas de Jalisco son naturales, al igual que otras de menor tamaño que hay en Nuevo México, Estados Unidos. No ocurre lo mismo con las costarricenses; ahí, el problema es otro.

He dicho antes que el puzle arqueológico que presenta Benítez "no es tal" porque une las bolas naturales de México con las de Costa Rica, reconocidas como obra de los indígenas por los arqueólogos. John W. Hoopes, antropólogo de la Universidad de Kansas, mantiene un interesante sitio en el que desmonta el misterio que inventó en su día Von Däniken y que ahora Benítez ha revendido a TVE. Dice el científico que las bolas de Costa Rica están en peligro, que muchas han sido movidas de su emplazamiento original -lo que dificulta cualquier estudio arqueológico-, que sólo un puñado están en el sitio en el que las colocaron sus creadores y que algunas han sido voladas por los lugareños en la creencia de que escondían tesoros en su interior.

Benítez no cuenta, sobre las bolas de piedra de Costa Rica, nada que se ignore, como no lo ha hecho en ningún documental de la serie e intenta meter lo increíble de por medio, como siempre. "¿Se trata de mapas celestes? ¿Indican la posición de las estrellas? Hasta hoy, que yo sepa, nadie ha profundizado en esta sugerente posibilidad. Algunos nativos a quienes consulté me hablaron de algo mucho más fantástico. Según la tradición heredada de sus ancestros, estas esferas son poderosos centros de energía, una especie de focos que irradian fuerza y bienestar, y que afectan a la vitalidad y salud de personas, animales y plantas", indica el periodista. También apunta la verosimilitud de las ideas del atlantófilo Ivvar Zapp, quien mantiene que estamos ante una especie de mapas para navegantes, algo a lo que los historiadores conceden tanto crédito como a la presencia de Jesús en el Coliseo romano; aunque Benítez tiene una explicación mejor. Tras señalar que las esferas tuvieron que ser hechas por "una cultura con un alto grado de evolución mental y material, un pueblo con una especial sensibilidad y un notable sentido de la abstracción". Y se pregunta: "¿De dónde llegó esa sabiduría? ¿Por qué los nativos repiten una y otra vez que son creación de los dioses que bajaron del cielo?".

El director de Planeta encantado vuelve a preferir a los extraterrestres que a unos antepasados nuestros como autores de algo que le maravilla. La arqueología no sabe para qué se hicieron las bolas de piedra de Costa Rica, que datan de antes del Descubrimiento y de las que se han hallado muestras asociadas a restos materiales de las culturas locales. (Lean a Hoopes, que explica muy bien el estado de la cuestión y desmonta las tesis esotéricas, incluida la de la gran perfección que Benítez repite hasta la saciedad.) Pero que no se sepa algo no da carta blanca para decir sandeces, que es lo que hace el reportero de lo paranormal al hablar de los extraterrestres como origen del conocimiento para hacer estas piedras. El autor navarro vuelve a incurrir en ese pecado al que tan proclives son los amantes de la arqueología fantástica: otorgar la autoría de las grandes obras no europeas a seres de otros mundos o a inexistentes civilizaciones desaparecidas. Es una lástima que TVE haya seguido el juego a este inventor de misterios y haya sido, indirectamente, tan poco respetuosa hacia unos humanos que hoy son antiguos, pero nunca fueron tontos. La Historia demuestra, entre otras cosas, que el ingenio humano no es patrimonio del hombre actual.

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15 Ene 2004

Ni se grabó en el Mar de la Tranquilidad en julio de 1969, ni está protagonizada por Neil Armstrong y Buzz Aldrin, ni ha salido de ningún archivo secreto de la NASA. La película presentada en Televisión Española (TVE) por Juan José Benítez, como prueba de que los astronautas estadounidenses descubrieron una base extraterrestre en ruinas en la Luna, es obra de un estudio de animación vasco. Se rodó en Irún (Guipúzcoa) en 2001 en las instalaciones de Dibulitoon Studio SL, donde también se crearon los moais volantes y la nave y los extraterrestres de Los Villares (Jaén). Las imágenes de la falsa edificación lunar, al igual que las de las estatuas voladoras pascuenses y la de la aparición alienígena andaluza, fueron encargadas a Dibulitoon Studio SL por Benítez, según ha podido saber Magonia. La diferencia estriba en que, en el episodio titulado Mirlo rojo, el director de Planeta encantado encajó la animación lunar como si de un documento real se tratara, incluida la más que engañosa sobreimpresión de la leyenda "Imágenes inéditas". Dibulitoon Studio es la productora de El ladrón de sueños, nominada en 2001 al Goya a la Mejor Película de Animación.

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12 Ene 2004

Neil Armstrong y Buzz Aldrin se encontraron en 1969 en la Luna con una base alienígena de miles de años de antigüedad, dice Juan José Benítez en Mirlo rojo. La prueba es una filmación de catorce minutos, de la que el ufólogo ha presentado en Televisión Española (TVE) varios segundos en primicia mundial. Sinceramente, he visto desde hace años juegos de ordenador con texturas más creíbles que las de la presunta Luna y las supuestas ruinas de Benítez, y ¿qué me dicen de los movimientos en baja gravedad del pretendido astronauta? Lo de Planeta encantado sería para tomárselo a broma si no fuera porque la serie la programa una televisión pública -es decir, hemos pagado los derechos de emisión entre todos los españoles- y se presenta como documental, no como ficción. Ha habido momentos ridículos -como cuando los moais volaban en la isla de Pascua desde la cantera en la que fueron tallados hasta sus altares-, pero tratar de vender una tosca recreación informática por una escena real a un público acostumbrado a los prodigios de Industrial Light & Magic y Weta Digital supera todos los listones.

Una frase aparece varias veces sobreimpresionada en Mirlo rojo. Dice: "Por razones de seguridad, algunos nombres y datos han sido cambiados". Queda bien, da un aire de intriga al documental, pero ¿a la seguridad de quién se refiere? No creo que sea a la de quien Benítez dice que le contó la historia de las ruinas lunares -"un alto militar norteamericano"- porque está ya enterrado en el cementerio de Arlington, en Washington. Y lo curioso es que no hay nadie más involucrado en la trama, además del periodista navarro. Creo que Benítez guarda en secreto sus fuentes sobre el gran secreto del proyecto Apollo por lo cómico del caso. Quien le contó por primera vez que en la Luna se descubrieron ruinas extraterrestres y se destruyeron con bombas atómicas fue el peruano Carlos Paz Wells, que a mediados de los años 70 aseguraba tener encuentros con seres de otros mundos. "Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación. Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano", afirma el contactado en Ovnis: SOS a la Humanidad, la obra que Benítez dedicó en 1975 a las andanzas de los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI). En ese libro, puede leerse una ficticia versión de un diálogo entre los astronautas del Apollo 11 y Houston muy parecida a la que el ufólogo sitúa en el Mar de la Tranquilidad, donde los expedicionarios humanos habrían visto platillos volantes. Pero el chivatazo del bombardeo de los edificios alienígenas lunares no se lo dieron a Benítez únicamente los extraterrestres, vía Paz Wells.

"Durante años he combatido a quienes decían haber visto o tener contacto con naves de otros mundos. Sometido a la disciplina que se exige a cualquier agente secreto y a mis propias convicciones trataba de destruir lo que consideraba patrañas, embustes y acciones de gente sin escrúpulos o de comportamiento demencial. La experiencia me ha demostrado que el equivocado era yo y cuantos tratan de desprestigiar algo natural y positivo. No estamos solos en el cosmos, el planeta Tierra está siendo visitado por extraterrestres que, además, descansan y se estacionan en bases ignoradas en su mayoría". Con esta confesión en su presentación, llegaba en 1979 a las librerías españolas Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O'Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, en aquel entonces un joven de veintiún años, para un premio literario. En la historia, mezclaba hechos reales con tramas conspiranoicas al estilo de Expediente X. "Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas... De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera. A la vista de la información recopilada, inventaba la historia con argumentos cómo: "La noticia que se dio al público por la prensa fue... cuando lo que realmente ocurrió fue...". Siguiendo esta línea, no reparé en gastos: relaté historias inverosímiles, como la de colocar un ovni en medio de una explosión nuclear en Siberia o hacer que el protagonista asesinara a varios ufólogos por acercarse demasiado a la verdad, y cualquier otro tipo de hazañas que los ufólogos suspiran vivir. Toda la trama, una vez argumentada, cumplió con los objetivos propios de una novela. Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates. Ya se sabe que la fe mueve montañas...", recordaba Esteban en 1996 en La Alternativa Racional, revista de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

Con Bases de ovnis en la Tierra sucedió lo mismo que con La delegación (1973), de Rainer Erler, y Alternativa 3, de Leslie Watkins, David Ambrose y Christopher Miles: algunos ufólogos tomaron la ficción por realidad. Benítez, Bruno Cardeñosa y Francisco Padrón fueron tres de los que demostraron su perspicacia y rigor. Los dos primeros mantuvieron reuniones en persona con Esteban creyendo que hablaban con un agente de la CIA, y el joven decidió seguirles el juego para ver en qué acababa todo. Terminó con algunas de sus inventadas historias publicadas por los expertos en periódicos, revistas esotéricas y libros sobre platillos volantes. Afirma Benítez en Mirlo rojo que "Estados Unidos usó armas tácticas y nucleares" para destruir unas ruinas extraterrestres en la Luna. Esteban revelaba, como Douglas O'Brien, en 1979: "Según los servicios secretos se descubrieron cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna. En el año 1975 se procedió a realizar un bombardeo táctico". En su novela, también hablaba los llamados Fenómenos Lunares Transitorios (LTP), vinculándolos a la actividad alienígena; de cómo los rusos habían detectado, con sus primeras sondas, la existencia de estructuras artificiales en el satélite; y de cómo se destruyeron tras los alunizajes. La realidad es mucho más sorprendente que la ficción hecha película lunar por Benítez: "Escribí el libro con unos diecinueve años, por lo que, de ser una novela autobiográfica... ¡entré en los servicios secretos estadounidenses con ocho años!", suele ironizar Esteban. Ni el autor de Caballo de Troya ni Cardeñosa ni Padrón pusieron reparos a creer que la CIA cuenta con espías infantiles. Cosas de los ufológos profesionales.

El resto de los ingredientes de este guiso conspiranoico -que ignoró hasta John F. Kennedy, según Benítez- no superaría una mínima inspección por parte de las autoridades sanitarias. El elemento principal son los platillos volantes, de cuyo origen extraterrestre habrían estado al tanto EE UU y la Unión Soviética desde el primer momento. Los ovnis dan cuerpo a un plato cuya base son los LTP, los extraños fenómenos de corta duración -bolas y llamaradas de luz, cambios de color y brillo de la superficie...- vistos en la Luna durante los últimos siglos, achacables muchos de ellos -como los que atañen al cráter Linné- a observaciones hechas al límite de la resolución de los telescopios y del ojo. La NASA hizo en 1968 un catálogo de LTP y la ciencia, de momento, carece de explicación para algunas de las cosas observadas. Benítez toma la parte por el todo y, como siempre, se agarra a que algo carezca de explicación para meter por medio a los extraterrestres, cuando lo cierto es que los marcianos no solucionan nada.

Los LTP y los platillos volantes son los pilares de un decorado que es como un castillo de naipes y al que, para dar consistencia, el ufólogo suma el informe Brookings. Presenta como algo excepcional que unos expertos alertaran, a principios de los años 60, del impacto que podría tener para nuestra civilización el hallazgo de "artefactos alienígenas abandonados en la Luna y otros mundos". En ese documento, sostiene el director de Planeta encantado, "se anima a la NASA a ocultar información y eso fue lo que hicieron". La ingenuidad de muchos científicos y no científicos respecto al contacto con extraterrestres era enorme hace cuarenta años: Stanley Kubrick intentó, sin éxito, suscribir una póliza de seguros con Lloyd's para el caso de que el encuentro tuviera lugar antes del estreno de su película 2001, una odisea del espacio. Ese ambiente venía bien a la NASA para conseguir fondos para la exploración espacial. Lo que Benítez oculta es que el contenido del informe Brookings fue y es público. Seguramente, estamos ante uno de esos datos cambiados en el documental "por razones de seguridad", las mismas por las cuales no se dice que las fuentes de información del novelista -¿cómo puede creerse alguien que un militar estadounidense de alto rango recurra a un reportero español sin ninguna credibilidad, teniendo a su alcance a quienes destaparon el escándalo Watergate?- son un contactado y un inexistente espía de la CIA. Como ha apuntado más de un escéptico, a veces da pena que TVE no haya emitido Planeta encantado en horario de máxima audiencia: Benítez se basta y se sobra para desenmascararse a sí mismo.

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05 Ene 2004

"Nadie en su sano juicio, y con un mínimo de información, puede aceptar que esta maravilla arquitectónica fuera obra de unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura", dice Juan José Benítez, delante de la pirámide de Keops, en la undécima entrega de Planeta encantado. El ufólogo afirma, en Escribamos de nuevo la Historia, que los egipcios no pudieron levantar la única maravilla de la Antigüedad que ha llegado hasta nuestros días porque, "hace 4.600 años, el valle del Nilo despertaba al periodo Neolítico". Los habitantes de la región, explica, "se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica". Analfabetos y primitivos. Así eran los egipcios de mediados del tercer milenio antes de Cristo (aC), según Benítez.

Se vuelve a confundir el autor de Caballo de Troya, como cuando sentó a Jesús en el Coliseo romano. En el episodio titulado Mensaje enterrado, Benítez dio un traspié de 50 años; ahora, la metedura de pata es de 3.000 años. El Egipto que describe no se corresponde con el del reinado de Keops (2551-2528 aC), sino con el de mediados del sexto milenio aC, cuando se fecha el comienzo del Neolítico en la región. Hace 4.600 años, Egipto era ya un Estado, unificado bajo un rey-dios -el faraón-, con una compleja organización política y social, y que utilizaba la escritura desde 500 años antes, como poco. Más le hubiera valido al imaginativo autor destinar una mínima parte de los 8 millones de euros que ha costado Planeta encantado a consultar enciclopedias o libros de texto. Así, habría aprendido que los más antiguos ejemplos de escritura jeroglífica que conocemos se remontan a 3100 aC y, por tanto, es falso que los contructores de la Gran Pirámide fueran "unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura". Así, habría aprendido que, para entonces, ya se habían hecho en Egipto grandes obras de canalización y riego, y se había redactado el primer tratado de cirugía, entre otras cosas. Benítez no cuenta en esta entrega de la serie nada que sitúe la Gran Pirámide -"una construcción incomprensible, un desafío a la razón, una obra que provoca vértigo"- en su contexto histórico y social. Se desprende de su relato que apareció en la meseta de Gizeh de buenas a primeras, sin precedentes, como algo aislado. La tumba de Keops es la pirámide más monumental, pero hay muchas antes. Se trata de la obra funeraria cumbre de un proceso que empieza con el enterramiento bajo un montón de tierra, arena o piedras; prosigue con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; asciende hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra de la Pirámide Escalonada de Saqqarah; se empieza a convertir en auténtica pirámide en la inclinada de Esnefru, cuyo ángulo se corrigió sobre la marcha para evitar el derrumbe; y culmina con la de Keops, la más grande jamás construida. El ufólogo no explica nada de esto, de tal manera que da la impresión de que, de repente, un loco se propuso levantar un edificio de dimensiones colosales en Egipto ¡en plena Edad de Piedra!, no olvidemos el detalle. Pasa por alto la existencia la Pirámide Escalonada de Djoser (2630-2611 aC), un edificio impresionante construido cien años antes que la tumba de Keops, y de otras posteriores porque implican la existencia un avance de métodos y estilos constructivos incómodo para su tesis.

El periodista nos da los números de la Gran Pirámide -siempre apabullantes- y concluye que no pudo construirse durante el reinado de Keops, porque ello habría requerido colocar en su sitio 357 bloques de piedra cada doce horas, uno "cada dos minutos". "La célebre teoría de las rampas no termina de convencer a quienes hemos tenido el privilegio de pisar la meseta de Gizeh", dice Benítez, quien no da nombres de esos supuestos expertos que comulgan con sus ideas. Egiptólogos como Mark Lehner, que ha pisado Gizeh muchas veces desde que en 1972 llegó al país de los faraones contagiado por las ideas del vidente Edgar Cayce, discrepan del ufólogo. En su recomendable libro Todo sobre las pirámides (1997), Lehner calcula que los trabajadores -no, esclavos- tuvieron que poner en la Gran PIrámide "la pasmosa cantidad de 230 metros cúbicos de piedra al día, un ritmo de un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas". Recuerda que Herodoto escribió que el edificio se hizo en 20 años con la participación de 100.000 hombres, pero indica que "es posible -y más creíble- que se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando turnos de tres meses, más que al número total en Gizeh en un momento dado". El historiador, uno de los más grandes expertos en el Egipto antiguo, cree que el personal permanente podía rondar los 25.000 individuos. "Aunque esto signifique un gran asentamiento, también refuerza la idea de que las pirámides son monumentos humanos, totalmente posibles para los egipcios de la IV Dinastia", asegura. Todo lo contrario de lo que Benítez mantiene.

El escenario pintado por el novelista incluye, además de un ambiente prehistórico de cosecha propia, a los dioses y semidioses de la lista de soberanos egipcios del Papiro de Turín -por cuya realidad histórica aboga-; la fechación de la Esfinge por el geólogo Robert Schoch hace 10.500 años basándose en que la erosión de la roca sólo la ha podido producir agua de lluvia; la interpretación de un grabado en un huevo de avestruz de hace 7.000 años como una representación de las pirámides de Gizeh y el Nilo; y la idea del ingeniero Robert Bauval de que las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos son un reflejo terrestre de las estrellas del cinturón de Orión tal como estaban hace 12.500 años y, por tanto, datan de entonces. La hipótesis de Schoch ha sido refutada por prácticamente todos los expertos que han examinado sus datos; el intérprete del grabado en el huevo de avestruz es Manuel José Delgado, una aficionado a la egiptología cuyo "mayor interés reside en demostrar que los antiguos egipcios no pudieron construir algunos monumentos de su país por la tecnología aplicada, por los conocimientos anacrónicos que encierran y por el significado de un saber capaz de manejar energías, de tan sutil naturaleza, que sólo los que son capaces de traspasar sus limitaciones pueden descubrir esos centros de poder reservados a los grandes iniciados"; y Bauval es un autor desacreditado, una especie de Erich von Däniken de la egiptología que pone y quita monumentos en el mapa a la caza de constelaciones.

Juan José Benítez yerra en la situación histórica -hablar de Neolítico en la época de Keops es como datar la conquista de la Luna en tiempos de Julio César-, ignora el desarrollo cultural, político y social que llevó desde los túmulos hasta la Gran Pirámide y echa mano sólo de expertos a su medida porque lo que persigue es lo de siempre: vendernos a extraterrestres como autores de lo que es una obra humana. "Ha llegado el momento de ser valiente -dice al final de Escribamos de nuevo la Historia-. Para mí, hace 9.000 ó 10.000 años, quizá más, alguien no humano descendió en el gran jardín, en el Sahara azul, y puso en marcha una gran cultura, una civilización intuida en una lengua, una religión y unas costumbres comunes. Esos seres, esos dioses de cabeza redonda pintados en Tassili, podían proceder de Orión. Y ellos, o sus descendientes, levantaron estas magníficas e imposibles construcciones", sentencia Benítez. Con el altavoz de Televisión Española (TVE), atribuye una vez más a seres de otros mundos los logros de una civilización no europea. En 2002, la BBC produjo Así se hizo la Gran Pirámide, un magnífico documental que en España emitió Canal Plus en el que se explica cómo los antiguos egipcios construyeron el edificio. Por desgracia, TVE no es la BBC y, al emitir Planeta encantado, respalda la Historia inventada de Benítez, que no desafía a la "arqueología ortodoxa" -como sostiene el ufólogo-, sino a la verdad, el sentido común y las pruebas acumuladas durante siglos, además de insultar a nuestros antepasados.

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22 Dic 2003

La travesía del desierto de Juan José Benítez acaba como empezó: con una burda trampa. Si en El anillo de plata el ufólogo se inventa una historia según la cual, el 16 de julio de 1996, encontró una joya en el fondo del mar Rojo grabada con los mismos signos -IOI o "palo-cero-palo", en palabras de Benítez- que aparecían en un ovni que aterrizó aquel día en Los Villares (Jaén), el ciclo se cierra en Sahara rojo con una imagen de esos signos en un monumento funerario etrusco. Bueno, eso es lo que quiere hacer creer el director de Planeta encantado al espectador, porque en realidad se ve lo que parece un cero y poco más, ya que, de repente, la piedra bien iluminada deja de estarlo. ¿La razón?

Evidente, que no hay "palo-cero-palo" en la tumba etrusca y sólo oscureciendo la escena se puede engañar al público. Si han grabado el documental en vídeo, podrán comprobar que la inscripción de la pieza del museo italiano no es lo que el autor de Caballo de Troya vende. Ésa es la clave de que, en una serie cuya producción ha costado 8 millones de euros, se fundan los plomos en el momento cumbre. El final de Sahara rojo, la tercera de las entregas dedicadas al inventado misterio de IOI, está precedido, además, por otro de esos momentos ridículos a los que nos ha acostumbrado la serie que emite Televisión Española (TVE). Me refiero a cuando Benítez, quien debería recibir clases de actuación, pone cara de ido para simular una irresistible atracción por la obra en la que luego encontrará el grabado. "Al penetrar en el museo etrusco de la ciudad de Tarquinia, algo extraño y superior a mí me empujó con fuerza hacia uno de los sepulcros". Sinceramente, da risa.

La conclusión que saca el escritor navarro de su aventura africana es tan espectacular como falsa. Pasan cerca de veinte minutos del último tedioso documental de la trilogía sahariana antes de que el novelador se meta en faena. Tras contarnos que a los bereberes los sacaron del salvajismo seres extraterrestres, ahora pretende convencernos de que el éxodo de ese pueblo, cuando el Sahara se desertizó, está en el origen de los guanches, los vascos, los iberos y los etruscos. Para ello juega con las fechas y los datos a su antojo, ningunea la opinión de los historiadores -¿se han fijado en que la única voz en toda la serie es la del fabricante de misterios?- y da a meras coincidencias valor probatorio. Así, fecha el éxodo de los "desahuciados" del Sahara hace unos 4.000 años y nos muestra en un mapa cuáles fueron los caminos que, según él, siguieron. ¿Qué ocurrió en los más de 1.000 años que pasan desde que salen de África hasta que aparecen los etruscos? ¿Dónde estuvieron los iberos durante 1.500 años? ¿Y los guanches durante casi 2.000? Poco le importa a Benítez que los primeros vestigios de esas culturas daten del siglo IX, V y I antes de nuestra era, respectivamente.

La visión que tiene el ufólogo de la cultura guanche es de una ingenuidad de parvulario. Los indígenas canarios -protagonistas de la mayor parte de este episodio- son los perfectos buenos salvajes. Parecen salidos de un cuento infantil: se trata de "gentes alegres y festivas, amantes de toda suerte de deportes y desafíos"; con una capacidad craneal media de 1.557 centímetros cúbicos, lo que "presupone un importante desarrollo mental"; "una magnífica cultura"; "una raza espléndida y singular diezmada por los españoles" que traslada a las islas "los secretos y costumbres heredados de aquellos encuentros con los cabezas redondas -se refiere a los extraterrestres- en el corazón del paraíso sahariano"... Una admiración que el novelista extiende a los iberos, quienes se asentaron en territorios "ocupados por primitivos y toscos cazadores", a los etruscos y a los vascos. El objetivo último es presentar a estos pueblos -de origen desconocido, en alguno de los casos- como herederos de alienígenas y portadores de una cultura superior.

Admite Benítez que los historiadores no comparten sus ideas. Si bien nadie niega un origen sahariano a los guanches, la imagen idílica que da de ellos el ufólogo es tan falsa como la historia del hallazgo del anillo y como casi todo lo sorprendente de Planeta encantado. Que dos pueblos distantes tengan entre sus tradiciones la adivinación del futuro, no puede extrañar a nadie, como que entierren a sus muertos acompañados de ajuar o símbolos tan comunes como el palo y el cero se den en tipos de escritura distantes geográficamente. El periodista no es capaz de citar a un historiador de prestigio que apoye sus dislates: lo que dice es producto de su investigación, la misma que le lleva a asegurar que Jesús estuvo en el Coliseo romano en una época en la que, en realidad, el edificio no existía. Para el fabricante de misterios, el mensaje del anillo, la piedra de Los Villares y la inscripción etrusca es el siguiente: "Escribamos de nuevo la Historia". Para mí, es otro distinto: programas como éste demuestran lo fácil que es engañar a la población, y la necesidad de una comunidad científica comprometida, que no se recluya en su torre de marfil. Doctores tiene la Historia y que casi todos permanezcan en silencio ante tanto disparate sufragado con dinero público dice bien poco a su favor. Se quejan cuando los políticos tergiversan el pasado por votos, pero callan cuando centenares de miles de personas se ven expuestos semanalmente al cáncer de la pseudociencia en TVE.

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magonia

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