27 Ago 2006
El último número de The Skeptical Inquirer me ha dado una alegría: por fin, he publicado un artículo -aunque sea corto- en la más prestigiosa revista dedicada al análisis crítico de la pseudociencia y las supersticiones. Y es que me da mucha pereza escribir en inglés, idioma que no domino, y por eso hasta ahora ni lo había intentado. Por fortuna, cuando a Kendrick Frazier le hablé hace unos meses del caso del cosmonauta fantasma de Iker Jiménez, le pareció lo suficientemente interesante como para incluirlo en la publicación del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) y encima me metió prisa. Era sábado y lo necesitaban para el lunes, porque ese día tenían que cerrar el número. Así que no tuve tiempo para pensarlo demasiado. El resultado fue un texto en algo parecido al inglés que ha sido editado con la profesionalidad que suponía al equipo que dirige Frazier. Cuento, en esencia, lo que ya he comentado en Magonia sobre el caso Istochnikov y la profecía mundialista de Nostradamus, ejemplos de mala práctica periodística sobre los que hablo en más detalle en un artículo pendiente de publicación en la revista Pensar, a la que pueden suscribirse -no lo olviden- en la web el Círculo Escéptico. The Skeptical Inquirer cumple con este número treinta años de vida y ése es otro motivo de satisfacción.20 Ago 2006
Pues bien, en Antena 3 TV, siguiendo la estela del maestro del periodismo de imbestigación, cogieron el sábado y se montaron una película de casi dos minutos tan espectacular como engañosa sobre las cintas extraviadas por la NASA y el descenso de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en el Mar de la Tranquilidad. Por ver, vimos hasta la estúpida encuesta callejera de rigor en la que se pide a la gente que opine, aunque la mayoría no tenga ni idea sobre lo que está opinando, ni falta que hace. A eso, le llaman ahora algunos periodismo ciudadano y es una de las muestras más evidentes de la falta de rigor del periodismo actual. Porque no todas las opiniones valen lo mismo. No es lo mismo que un biólogo se pronuncie sobre los posibles efectos para el organismo de los teléfonos móviles que el que lo haga sea el primer viandante que pasa por delante de la cámara, pero hoy en día algunos medios dan más valor al segundo que al primero.
"Han pasado ya 37 años y la llegada del hombre a la Luna sigue rodeada de misterios. Aunque fueron millones de personas quienes vieron en directo la gesta espacial, cobra fuerza la versión de los más incrédulos, que llegaron a decir que todo era un montaje grabado en un escenario. A ello, ha ayudado el sorprendente anuncio de la NASA: algunas de las cintas originales de ese histórico momento han desaparecido", decía ayer Miriam Sánchez, presentadora de los informativos de fin de semana de Antena 3 TV, antes de dar pie a un corto reportaje conspiranoico con imágenes de archivo. Dos periodistas de la casa, Fernando Matey y Juan Rubiales, firman en la web de la cadena un texto muy parecido al que leyó un locutor: "Investigadores y periodistas comenzaron a hacerse preguntas, especialmente sobre el foco de luz que se reflejaba en el casco de Amstrong, por qué se movía la bandera americana si en la luna (sic) no había viento, por qué no se veía en el cielo ninguna estrella. Quizá por ello muchos siguen pensando que aquello fue un montaje de Hollywood grabado en el desierto del Mojabe (sic)". Todas esas incógnitas llevan años respondidas.
¿No les impresiona? A mí, sí. A mí me deja sin habla que todavía haya gente que se pregunte por qué no se ven la estrellas en el cielo lunar, que haya periodistas que escriban y digan cosas sin pensar, y se limiten a repetir como loros lo que han oído o leído a alguien. Ignoran los autores de esta información que el ridículo origen de la conspiración luna es un libro titulado We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna), que su autor publicó en fotocopias por su cuenta en 1974 y cuyo principal argumento es que las estrellas no aparecen en las fotos tomadas por los astronautas en la Luna. La razón la sabe cualquiera, aunque no el personal de los informativos de Antena 3 TV: si en la Tierra se saca una foto a alguien de noche al aire libre, el protagonista sale, pero el brillo de las estrellas es demasiado débil como para impresionar la película. Pues eso mismo pasó en la Luna. ¡Ah!, también se olvidan los periodistas de esa cadena de los 382 kilos de piedras lunares -imposibles de imitar- que trajeron los astronautas y cuya autenticidad han confirmado geólogos de todo el mundo, y de los espejos que dejaron allí arriba para medir la distancia entre la Tierra y su satélite. Ciertamente, es algo superfluo cuando de lo que se trata es de vender conspiraciones.
14 Ago 2006
Galicia se quema. Ya sé que no es noticia, que todos lo hemos visto por la televisión. Pero es que el daño no se limita al causado por las llamas. Resulta que algunos intelectuales han decidido que no les basta con ver esa tierra verde ennegrecerse por la acción de los pirómanos y se han puesto a encender sus propias hogueras políticas, sacándose de la manga una conspiración. ¿Los malos? Los del Partido Popular. Las llamas que arrasan la región serían fruto de "la acción de fuerzas organizadas que están lanzando un pulso a la nueva Administración gallega", ha declarado a La Vanguardia el escritor Suso de Toro, para quien los trágicos hechos responden a la "estrategia desligitimadora del PP, que, con Rajoy de vacaciones aquí, ha traído a Galicia su peor cara de Madrid". Otro novelista, Manuel Rivas, sostiene que en el origen de los incendios gallegos "hay gente que ha vivido con rencor el cambio" político registrado en esa región tras la salida del poder del PP y la llegada al Gobierno del Partido de los Socialistas de Galicia y el Bloque Nacionalista Gallego.
¿Qué pruebas tienen estos dos literatos de lo que afirman? Ninguna. Si no, las hubieran presentado. Así que cabe pensar que, más que reflexiones fundadas, lo suyo son elucubraciones similares a las de quienes dicen que no hubo un avión que chocara contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 o que John F. Kennedy fue víctima de una conspiración con alienígenas de por medio. De Toro y Rivas, tan positivamente activos durante la crisis del Prestige, han perdido los papeles y se han puesto las anteojeras políticas a la hora de hablar de los incendios de Galicia. Hace casi cuatro años, no tuvieron reparos en exigir responsabilidades políticas al Gobierno que había querido mandar un petrolero accidentado al quinto pino, según la infeliz orden de Francisco Álvarez Cascos, entonces ministro de Fomento, y a un Ejecutivo regional gobernado por el mismo partido que mandaba en La Moncloa. Ahora, con la entonces oposición en el poder en Madrid y en Santiago de Compostela, De Toro y Rivas no piden, sin embargo, ninguna responsabilidad a los respectivos Gobiernos. ¿Por qué? Sólo ellos lo saben, pero mucho me temo que la razón es muy simple: partidismo.
Entiéndanme, los primeros culpables de los incendios que asuelan Galicia son quienes los han provocado, accidental o intencionadamente. Lo mismo que el primer culpable en el desastre del Prestige fue el armador del barco. Pero, si hace cuatro años se pidieron legítimamente responsabilidades a los cargos públicos del PP por su pésima gestión de la crisis; ahora, hay también que preguntarse si los Gobiernos central y autonómico han hecho todo lo que estaba en su mano para impedir que, como todos los años, Galicia ardiera este verano y si, una vez que los fuegos se multiplicaron, tomaron medidas con la suficiente celeridad. Yo no lo sé, pero creo que, además de meter entre rejas a los pirómanos, los ciudadanos debemos exigir a nuestros empleados gobernantes que cumplan con su deber y controlar que lo hagan bien, porque para eso les pagamos. Y me da igual el color del cargo público a la hora de exigir responsabilidades. Más vale eso que ponerse conspiranoico, aunque no sea tan rentable ni económica ni publicitariamente. Además, ya estoy harto de ese intento de algunos por resucitar a toda costa las dos Españas irreconciliables de la Guerra Civil.
31 May 2006
"Fue la divulgación de una filmación que supuestamente mostraba la autopsia a un extraterrestre accidentado en Roswell en 1947 la que casi enterró el misterio, desacreditándolo mortalmente", argumenta el novelista y ufólogo, quien añade que, "ahora, las viejas excusas militares (se refiere a la conclusión de que nada extraterrestre se oculta tras los ovnis) y la película de las autopsias vuelven. Lo hacen a la vez y en un mismo escenario, el Reino Unido. Y ni qué decir tiene que tan extraña sincronicidad ha desatado ya algunas alarmas". No especifica qué alarmas son las que se han disparado ni entre quiénes, porque lo único que persigue es echar balones fuera.
Que el consejero editorial de Más Allá se lamente del flaco favor que hizo a la ufología la publicidad dada a la película de la autopsia de 1995 demuestra que tiene una cara más dura que la de los moais de la isla de Pascua. Quien hace once años se dedicó en cuerpo y alma a publicitar la falsa filmación fue él. Tanto en los artículos de la revista en la que entonces trabajaba, Año Cero, como en el libro Roswell: secreto de Estado, Sierra defendió que la cinta era auténtica, que los extraterrestres estaban vivos cuando los rescataron de entre los restos del platillo accidentado y que el caso Roswell suponía un auténtico "jaque a la ciencia". Ahora, cuando ha quedado claro lo que algunos decíamos entonces -que todo fue un fraude perpetrado por Ray Santilli con premeditación y alevosía-, el ufólogo alicantino se saca conspiraciones de la manga para desviar la atención de sus lectores sobre la realidad: él fue uno de los promotores del montaje, él fue uno de los beneficiados del engaño, él fue uno de los que vendieron al público gato por liebre.
La ufología no necesita nadie de fuera que la desacredite. Se bastan y se sobran para la tarea ufólogos de feria como Sierra, proclives a convertir en marciano un muñeco y a agarrarse luego a conspiraciones inventadas para esconder lo que está en las hemerotecas. Qué paradoja que el novelista titule su editorial "Nos quieren distraer", que culpe a terceros de lo que él trata de hacer respecto a su verdadero papel en el negocio de la película de la autopsia de Roswell.
19 Abr 2006
Sony Pictures niega, en la información para la prensa sobre la película El código Da Vinci, la existencia del Priorato de Sión como una organización constituida hace casi mil años para guardar el secreto del Santo Grial. "El Priorato de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una organización real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre los que destacaban Isaac Newton, Sandro Boticelli, Víctor Hugo y Leonardo da Vinci", dice Dan Brown en la nota de advertencia que figura al principio de la novela. Los responsables de la productora marcan distancias con el escritor y dejan claro, en el pressbook de la cinta, que el thriller policiaco que se estrena el 19 de mayo en todo el mundo carece de fundamento real, que una cosa es la ficción y otra la realidad.
"En la novela, Dan Brown sostiene que el Priorato de Sión es una organización real fundada en 1099, y que una serie de pergaminos que se encuentran en la Biblioteca Nacional de París revelan que entre sus miembros se hallaban destacadas figuras de la literatura, el arte y las ciencias. Sin embargo, los documentos de la Biblioteca Nacional han resultado ser modernas falsificaciones depositadas allí por Pierre Plantard, que admitió haber fundado el Priorato junto con tres amigos en 1956, para reírse un rato. Él fue nombrado Gran Maestre del Priorato en 1981. En los falsos documentos y manuscritos, que han llegado a ser conocidos como Dossiers Secrets, se afirma que la organización secreta fue fundada en 1099 por Godefroy de Bouillon, que guió el primer ejército que partió hacia Jerusalén en la Primera Cruzada y fue el primer soberano de la reconquistada Tierra Santa. También se dice que fue obra del Priorato la creación de los Caballeros Templarios, de los que, al parecer, se separaron unos cien años más tarde", sostiene la documentación que Sony Pictures ha enviado
hace unas horas a la prensa.La productora no ha descubierto nada nuevo, pero es significativo que admita que no hay que dar crédito a lo que el autor de la novela presenta como hechos veraces, como realidades demostradas. Resulta obvio que, sin Priorato de Sión milenario, hay que olvidarse, entre otras cosas, de la lista de grandes maestres citada por Brown, lo que nos lleva a descartar a Leonardo de Vinci como guardián de ningún secreto sobre Jesús y María Magdalena, y, por tanto, convierte toda la trama de El código Da Vinci en un simple juego de adivinanzas cuyo parecido con cualquier situación real es mera coincidencia, como ocurre con la mayoría de las películas.
13 Dic 2005
Sé algo que ustedes no saben. Tengo información de una conspiración de alcance mundial y algunos de sus protagonistas están en esta sala (1). Me ha costado casi veinte años darme cuenta. Dos décadas en las que he interpretado el papel de tonto útil, de colaboracionista, por ignorancia. Ahora, sólo espero que lo que les voy a contar sirva para que la gente conozca la verdad y para que otros como yo -que creen de buena fe en lo que hacen, a pesar de encontrarse en el bando equivocado- se den cuenta del engaño. Muchos de ustedes se encuentran en la misma situación que yo hasta hace poco; otros, los menos, son conscientes de lo que hacen, son algunos de los ideólogos y estrategas de la conspiración que voy a denunciar.
Todos conocen la historia oficial del moderno movimiento escéptico. Nació en la primavera de 1976 en Buffalo (Estados Unidos), a instancias de Paul Kurtz, profesor de Filosofía de la Universidad del Estado de Nueva York y organizador de un encuentro sobre Los nuevos irracionalismos: la anticiencia y la pseudociencia. En aquella conferencia, se presentó el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), entre cuyos fundadores estaban Isaac Asimov, Martin Gardner, Philip J. Klass, James Randi y Carl Sagan. Tres décadas después de aquel encuentro, el CSICOP -considerado por algunos la Policía de la Ciencia- es el más poderoso de una red mundial de grupos creadores de opinión que se extiende desde Japón hasta el Reino Unido, desde Canadá hasta Argentina, desde Egipto hasta Sudáfrica... ¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿Acaso es creíble que algo surgido de la nada y por iniciativa de un simple profesor universitario extienda sus tentáculos por el mundo de esa manera y atraiga a destacados científicos y pensadores que colaboran en sus proyectos por amor al arte?
Se entiende mejor todo si uno se para a pensar sobre los orígenes del CSICOP. ¿Creen que es accidental que esta organización naciera en Estados Unidos y que participaran en su creación personajes como Klass y Sagan? ¡Abran los ojos! ¡Piensen un poco! Klass fue durante décadas un destacado periodista de Aviation Week & Space Technology que estaba al tanto de los principales avances aeronáuticos de Estados Unidos y al que, desde mucho antes de su implicación en las actividades del CSICOP, se relacionaba con la CIA por su tendencia a explicar prosaicamente las observaciones de ovnis. ¿Y Sagan? ¿Qué les voy a contar a ustedes de este influyente astrofísico que no sepan? No sólo tuvo la sospechosa fortuna de que la televisión pública estadounidense, la PBS, emitiera en 1980 su serie Cosmos, con la que saltó a la fama en todo el mundo, sino que además mantuvo siempre -incluidas las épocas de mayor tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética- fluidas relaciones con sus colegas del otro lado del Telón de Acero.
Señoras y caballeros, el CSICOP es una tapadera, un instrumento creado para abortar cualquier progreso del conocimiento científico que pueda cuestionar el orden establecido. Lo venía sospechando desde hace tiempo y me lo confirmó hace poco una fuente que no puedo identificar. Esa persona me llamó la atención sobre lo que les estoy diciendo y luego me pidió que escribiera el nombre del CSICOP al revés, POCISC, porque ahí se escondía su auténtica denominación: Plan of Censorship and Infiltration in the Scientific Community (Plan de Censura e Infiltración en la Comunidad Científica). Uno lo ve claro si echa una ojeada a la lista de miembros del CSICOP: hay destacados representantes de todos los campos de la ciencia, que actúan como caballos de Troya en sus respectivas disciplinas para desacreditar cualquier idea innovadora que vaya contra el dogma. Y lo mismo sucede con el resto de las llamadas organizaciones escépticas. Todas ellas forman parte de una estructura que tiene como objetivo mantener el statu quo y evitar que la opinión pública sea consciente del enorme potencial de lo paranormal, una trama que me acabo de inventar y que no aguantaría el mínimo análisis crítico, tal como sucede con todas las conspiraciones en las que están de por medio los platillos volantes y lo que en general etiquetamos como enigmas, así como con algunas ideadas extravagantes formuladas a partir de hechos reales.
Toda teoría de la conspiración descansa en la idea de que una o varias personas o entidades maquinan en secreto, y generalmente al margen de la ley, para alcanzar unos fines. En la historia reciente, hay numerosos ejemplos de conspiraciones demostradas, como el intento de asesinato de Adolf Hitler del 20 de julio de 1944, la manipulación del tabaco por parte de la industria para hacer los cigarrillos más adictivos, el caso Watergate, la implicación de la CIA en el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile, la guerra sucia contra el terrorismo vasco alentada por el Gobierno español entre 1984 y 1986, el hundimiento del Rainbow Warrior por los servicios secretos franceses... Seguro que cada uno de ustedes puede hacer una lista de hechos recientes relacionados con una conspiración. Hasta los Gobiernos democráticos sujetos a un más ferreo control popular recurren al secreto para actuar fuera de ley y a espaldas de sus ciudadanos, escudándose en la denominada seguridad nacional. Y, en ocasiones, alimentan la idea de una conspiración ficticia, como cuando la CIA aprovechó la fiebre por los platillos volantes para camuflar como naves extraterrestres aviones espía como el U-2 y el SR-71, aparatos que -según los expertos de la agencia de inteligencia- llegaron a suponer en su época cerca de la mitad de los ovnis vistos en el país.
Las conspiraciones reales son la base de otras, indignas de crédito, en las que están implicados los extraterrestres, los templarios, el Opus Dei, la NASA, la trilateral, los jesuitas, los judíos y un largo etcétera de colectivos reales e imaginarios. Hay quien cree que todas las conspiraciones demostradas y por demostrar tienen el mismo fundamento, que -como los Gobiernos, las multinacionales y algunos colectivos han hecho a veces cosas ilegales para lograr sus objetivos- prácticamente todo lo que sucede en el mundo -desde la elección de papa hasta el tsunami del Índico de diciembre de 2004- responde a intereses ocultos. Como hay quien quiere creer, hay quien fabrica el producto a la medida de ese consumidor. Así, entre las cenizas de las Torres Gemelas, surgieron todo tipo de tramas que apuntaban a que la planificación de los atentados había corrido a cargo no del terrorismo islámico, sino del presidente de Estados Unidos, que habría implicado en los ataques al Pentágono. Se han publicado en esa línea varios libros en los que no se aporta ni una prueba de tan extraordinaria afirmación y se nos quiere hacer creer, por ejemplo, que ningún avión se estrelló aquel día contra el cuartel general del Ejército de Estados Unidos; pero no se nos explica qué pasó entonces con los 64 pasajeros y tripulantes del Vuelo 77 de American Airlines.
El escritor que asumió en España como propias las disparatadas ideas del francés Thierry Meyssan, autor de La gran impostura (2002), es Bruno Cardeñosa, un ufólogo metido desde entonces en el negocio conspiranoico. Un mes después de los atentados del 11-M, Cardeñosa firmó un libro de "investigación periodística" en el que sostiene "que los atentados de Madrid están enmarcados dentro de un plan internacional que apunta directamente a Estados Unidos, cuyos gobernantes han resultado beneficiados por lo ocurrido en Madrid". No sé para qué pierden el tiempo los servicios secretos, la Policía y los jueces de medio mundo investigando el entramado del terrorismo internacional cuando un perseguidor de platillos volantes da él solito con la verdad en unos días.
Cuando se une a fenómenos traumáticos y en ella se implica a gobernantes o grupos de poder, la conspiración es un buen negocio para el periodismo basura y, además, puede llegar a tener un efecto tranquilizador sobre la población. Hay asesinos de masas que viven camuflados entre nosotros, pueden haberse educado en nuestras escuelas y ser seguidores del mismo club de fútbol que nosotros; en nada se diferencian exteriormente de quienes estamos aquí hasta que actúan. Ante esa amenaza oculta -cuyos hechos resultan difícilmente comprensibles para una mente sana-, el periodismo basura identifica a los culpables -poco importa que no lo sean- de desgracias como la de las Torres Gemelas con personajes, colectivos y países con mala imagen entre los destinatarios del mensaje. Es más fácil -y, por supuesto, más rentable- achacar en el mundo árabe las 270.000 muertes del maremoto del Índico a pruebas secretas de armas hechas por Israel, Estados Unidos e India que admitir que la Tierra es un planeta vivo y que, ante lo imprevisible de algunos fenómenos, lo que falló hace un año fueron los sistemas de alarma y de protección civil de los países afectados.
Según la teoría de la conspiración, el mundo está dividido en tres clases de personas: los que manejan los hilos, la masa ignorante y los valientes que lo revelan todo. En esta sala, los conspiradores son Joe Nickell, Benjamin Radford, Alejandro J. Borgo -director de la revista Pensar-y las otras figuras destacadas del movimiento escéptico. La mayor parte de ustedes ignoraban lo que los primeros persiguen hasta que yo -el arrepentido de turno que ha visto la luz cual Pablo de Tarso- se lo he contado hace unos minutos. Lo que pasa es que tampoco les he dado muchas pruebas, ¿verdad? Digamos que difícilmente convencería de la verosimilitud de mi teoría a un jurado, porque lo que he hecho es reunir un conjunto de pruebas circunstanciales basadas en interpretaciones mías y he dejado de lado todo aquello que no casaba con mi historia. Siguiendo ese principio, puede demostrarse cualquier cosa. Así, podía haber dicho que las siglas de Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP) -asociación cuyos estatutos redacté en 1986- ocultaban en realidad a la Asociación para la Represión del Pensamiento, pero hubiera sido tirar piedras contra mi propio tejado porque me hubiera situado en el mismo corazón de la conspiración, y -que quede claro- yo soy el bueno en esta historia. Como contrapartida a su fácil elaboración, este tipo de montajes no aguanta la mínima reflexión. Veamos un ejemplo.
Prácticamente un tercio de la población estadounidense duda de que Neil Armstrong, Buzz Aldrin y otros diez hombres pisaran la Luna entre 1969 y 1972. Para esas personas, los seis alunizajes del proyecto Apollo fueron rodados en un estudio cinematográfico porque las imágenes son demasiado nítidas, en ellas no se ven las estrellas y, si hubiera sido realidad, se habría vuelto al satélite hace tiempo. Sin embargo, casi cuarenta años después, lo que tenemos es problemas para que unos astronautas vuelvan sanos y salvos de la Estación Espacial Internacional (ISS), que se encuentra a 400 kilómetros de altura, una milésima parte de la distancia que separa la Tierra de la Luna. ¿Cómo se explica en 2005 que el transbordador espacial pueda desintegrarse durante la maniobra de reentrada en la atmósfera terrestre y que con ninguna de las cápsulas del proyecto Apollo pasara algo parecido hace más de treinta años? Muy sencillamente: el proyecto Apollo fue un montaje de principio a fin y las naves se dejaban caer desde un avión a gran altura sobre el Pacífico como parte de una escenografía ideada nada menos que por Stanley Kubrick.
La conspiración lunar es, por desgracia para sus promotores, fácil de desmontar. Para empezar, hay un argumento, que nada tiene que ver con la ciencia, que resulta demoledor: ¿cómo es que los soviéticos no denunciaron el engaño?, ¿es posible que el departamento de efectos especiales de la Casa Blanca engañara al Kremlin? Existen numerosas incongruencias en el discurso conspiranoico sobre las misiones Apollo y pruebas -en forma de rocas, de espejos dejados en la Luna, de grabaciones y de partes de naves que se quedaron allí- que demuestran la realidad de los alunizajes. Sin embargo, una exposición mediocre y sesgada -como la de Bill Kaysing en We never went to the Moon (1974) o la mía del comienzo de esta charla- puede llevar a la gente a olvidarse de la realidad y dar crédito a la ficción. Como ocurre habitualmente cuando hablamos de fenómenos paranormales, en las conspiraciones, el infiltrado arrepentido no suele haber trabajado en donde dice que lo ha hecho. Así, Kaysing no sólo nunca fue empleado de la NASA, sino que no tuvo nada que ver con el proyecto Apollo. Es cierto que trabajó en la compañía Rocketdine, la firma que desarrolló los motores del Saturno 5, pero como bibliotecario y, además, abandonó la empresa en 1963, antes de que se implicara en la conquista de la Luna. Un caso aún más descarado es el del periodista español Santiago Camacho, quien sostiene, en su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (2003), que Maria Blyzinsky, astrónoma del Observatorio de Greenwich, no se explica por qué no se ven las estrellas en ninguna foto lunar. Cuando leí la primera vez las declaraciones de la astrónoma, pensé que se trataba un personaje inventado. No es así. Maria Blyzinsky existe, es astrónoma y trabaja en el Observatorio de Greenwich. Ahora bien, jamás ha dicho lo que afirma Camacho y considera un disparate la teoría de la conspiración.
¿Qué podemos concluir de todo esto? Que hay conspiraciones y conspiradores, sin duda, y que los ha habido siempre; pero que no hay ninguna prueba -más bien todo lo contrario- de que tramas del estilo de la de El código Da Vinci -una novela que pretende hacer pasar por históricos hechos de nunca han ocurrido-, We never went to the Moon, La gran impostura y El incidente (1980) tengan la mínima base real. Lo razonable no es ni negar que hay conspiraciones ni afirmar que vivimos en un mundo regido por ellas. Nos guste o no, las hay; pero eso no significa que tengamos que creer que todo lo que nos cuentan y lo que nos pasa es producto de contubernios. Claro que es más fácil y psicológicamente tranquilizador culpar, por ejemplo, de nuestro estancamiento profesional a un malvado colega que a nuestra incapacidad o falta de entrega. Con las grandes conspiraciones -ésas que ocultan secretos impensables y en las que participan decenas de miles y hasta centenares de miles de personas sin que ninguna sea capaz de filtrar la menor prueba-, basta en la mayoría de los casos con aplicar el sentido común para derribar el castillo de naipes. Quizá sea eso en lo que tengamos que centrarnos los escépticos de cara al gran público porque, simplemente, puede ser lo más efectivo.
(1) Intervención del autor en la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico, celebrada en Buenos Aires (Argentina) en septiembre.
08 Dic 2005
Lo ha demostrado un grupo de investigadores del prestigioso Instituto Tecnológico de Masachussetts (MIT): los cascos de papel de aluminio no protegen de un posible secuestro por parte de seres de otros mundos ni del control mental ejercido por los Gobiernos. Estos dos temores forman parte de la más paranoica subcultura paranormal, según la cual este tipo de artilugios caseros bloquea el paso de las ondas de radio con las que los extraterrestres controlan a los abducidos y el Gobierno de Estados Unidos a sus ciudadanos. Una muestra de lo primero se ha visto en el cine en Señales, la película de M. Night Shyamalan, y en la televisión en la serie Abducidos, producida por Steven Spielberg, en la que un sofisticadísimo casco impide que una niña híbrida pueda entrar en contacto telepático con sus parientes alienígenas.
Soplan, pues, malos vientos para quienes confían en el papel de aluminio a la hora de impedir invasiones cerebrales, terrestres o extraterrestres. Porque, si el Gobierno de EE UU puede eludir tal escudo, es de suponer que los alienígenas secuestradores de humanos harán lo propio. "Esperamos que este informe anime a la comunidad paranoica a desarrollar mejores diseños de cascos para evitar caer en estos defectos", dicen los investigadores en las conclusiones de su estudio. Cuando lo leí, creí que los cuatro ingenieros se habían inventado un presunto experimento para tomar el pelo a los chalados que van por ahí con cascos de papel de aluminio. Se lo he preguntado y Ali Rahimi, uno de los autores, que me ha respondido con rapidez: "Los experimentos son reales. Los realizamos tal como se explica en el informe. La semana pasada, los repetimos ante un equipo de rodaje de Discovery Channel Canada". Ahora, es de esperar que la comunidad pararanoica se tome en serio las recomendaciones de broma de los jóvenes científicos a la hora de rediseñar sus artilugios de protección cerebral.11 Oct 2005

Telecinco anunció el 5 de diciembre de 2002 que había adquirido los derechos de emisión en España de Taken, un serie producida por Steven Spielberg que cuenta la historia de varias generaciones de seres humanos que han visto a los extraterrestres cara a cara. "La cadena ofrecerá esta producción a partir del próximo año", indicaba un comunicado de prensa que calificaba la serie de "relato épico". Pasó 2003, pasó 2004, estamos en el último trimestre de 2005... y de Taken en Telecinco no se sabe nada. Como si la hubieran abducido. Menos mal que existe la televisión de pago. AXN estrenó la serie el 3 de octubre a las 22.20 horas y, a fecha de hoy, ha emitido dos entregas: Más allá del cielo y Jacob y Jesse.
El primer episodio de Taken, rebautizada en español como Abducidos, revisita Encuentros en la tercera fase (1977) y ET (1982). Empieza con una batalla aérea sobre Alemania, en la Segunda Guerra Mundial, en la que un bombardero estadounidense cae derribado por los cazas nazis, rodeado de foo fighters, nombre con el que se conoce a las bolas de luz que algunos pilotos aliados vieron en los cielos europeos durante la contienda. La tripulación del aparato será salvada de la muerte por los extraterrestres. Encuentros en la tercera fase comenzaba con el hallazgo en el desierto de Sonora de un escuadrón de aviones torpederos desaparecido en el triángulo de las Bermudas el 5 de diciembre de 1945 y acababa con los aviadores saliendo de una gran nave alienígena décadas después. Además, en Abducidos hay escenas de ovnis en la carretera similares a la que protagonizó Richard Dreyfuss en 1977 y un extraterrestre que, como el entrañable ET, se queda en la Tierra, el de ahora después de que su platillo volante se haya estrellado en Roswell. Y hay militares malos, como en el cuento de hadas dirigido por Spielberg, y platillos volantes que parecen árboles de Navidad repletos de bombillitas. Pero todo eso sería anecdótico si Abducidos resultara divertida, interesante, cautivadora, como lo fueron en su momento los dos largometrajes. Lamentablemente, no lo es. Más allá del cielo, el primero de los diez episodios, es un tostón de tomo y lomo dedicado a presentar a los protagonistas y a meter al espectador en el ajo: los alienígenas visitan la Tierra desde los años 40 del siglo pasado y el Ejército de Estados Unidos lo está ocultando. Jacob y Jesse, la segunda entrega, mejora respecto a la primera -no era muy difícil-, pero está lejos de ser lo que uno espera de un producto de la marca Spielberg. Eso no quiere decir que no se encuentre a años luz de la bazofia nacional con que nos bombardean nuestras queridas televisiones patrias, volcadas en subproductos como Ana y los siete, Gran hermano, Aventura en África, Salsa Rosa...
Abducidos está protagonizada por tres familias estadounidenses cuyas vidas se cruzan durante cincuenta años con un hilo común: los extraterrestres. Una es un clan de abducidos; otra, el de un militar capaz de cualquier cosa por guardar el secreto de las visitas alienígenas, y el tercero, el de una mujer que tuvo relaciones sexuales con uno de los visitantes, como resultado del cual nació un niño con poderes extraordinarios. En el primer episodio, se soluciona la incógnita de la apariencia de los tripulantes de los platillos volantes: son los grises flacuchos y cabezones que ha puesto de moda la mitología ovni en los últimos años y no los angelicales seres que describían los primeros contactados. Aunque, claro, como los extraterrestres son capaces de modificar su aspecto a gusto del espectador, puede que los alienígenas caucásicos vestidos con buzos al estilo Star Trek que hicieron furor en ovnilandia en los años 50 fueran en realidad unos repugnantes grises. Los guionistas nos desvelan también pronto qué mueve las naves de los visitantes: su poder mental. Lo deduce un científico nazi tras examinar el platillo volante estrellado en Roswell. La serie, por supuesto, está llena de referencias a la historia de la ufología: se habla de Kenneth Arnold, sale William Brazel, vemos el accidente de Roswell en primera fila, hay testigos de las famosas luces de Lubbock... Y da una explicación -¡conspiracionista, no podía ser de otro modo!- a la contradicción entre los documentos secretos sobre Roswell y lo que dicen los ufólogos: en la localidad de Nuevo México se estrelló un globo lanzado para detectar ondas causadas por pruebas nucleares soviéticas -como afirman los informes hechos públicos hace unos años-, pero es que chocó con una nave alienígena que por eso cayó al suelo.
La serie es un producto que puede ir a más desde el punto de vista televisivo, según la trama avance. Lo criticable es que la mezcla de realidad y ficción siempre se incline del lado de la teoría más absurda, que se pase por alto lo que ha sido la historia real del fenómeno ovni para presentar la historia de lo que a algunos ufólogos les gustaría que hubiera sido. Abducidos da por hecho que hay seres humanos que están siendo secuestrados por extraterrestres y, aunque se deja caer varias veces que el Gobierno de EE UU ha aprovechado las visiones de ovnis para ocultar tras esa cortina de humo pruebas de armas secretas, uno de los ejes de la serie es que el Ejército ha recuperado naves de otros mundos y los cuerpos de sus tripulantes. Habrá que ver qué deparan los episodios que restan y si este producto de DreamWorks y SciFi Channel acaba por despegar dramáticamente. Por de pronto, estamos ante una especie de Expediente X centrado sólo en los ovnis, aunque la calidad de los guiones no llega a la altura de la serie de Chris Carter. Quizá se deba a que el Spielberg de comienzos del siglo XXI es bastante más escéptico que el joven realizador de Encuentros en la tercera fase y ET.
Spielberg, incrédulo
"Ya no estoy tan seguro de la presencia de vida extraterrestre entre nosotros como veinte años atrás -admite el cineasta en una entrevista del ufólogo Álex Chionetti publicada en agosto en la revista Año Cero-. En los 70 yo estaba absolutamente convencido de que estábamos siendo visitados. Es lo que reflejé durante el rodaje de Encuentros en la tercera fase, y después con ET. Pero no me han convencido mucho las evidencias que se han aportado desde entonces. A diferencia de los años 60 y 70, ahora poseemos millones de videocámaras y, no obstante, no hemos conseguido mejores evidencias. Las imágenes de los ovnis de hace treinta años no han cambiado y siguen siendo de objetos que no requieren necesariamente una tecnología extraterrestre. En Encuentros en la tercera fase había diversos tipos de no identificados, muchos imaginados por mí, pero otros basados en hechos reales. Sin embargo, en todo el material de estos años no he llegado a ver un caso que se acercara a alguna de mis interpretaciones del fenómeno". El entrevistador discrepa -"No estoy de acuerdo"- y le dice que en los últimos años las pruebas han seguido acumulándose. "Bueno, me gustaría ver esos vídeos, ya que nadie me ha demostrado todavía que existan evidencias más fuertes... Naturalmente, no lo niego... Por favor, hágamelos llegar a través de su contacto con mi publicista", responde Spielberg, quien admite que su giro hacia el escepticismo esta vinculado a la madurez. "Mi obsesión tal vez se debió a cuando me perdí aquel ovni en Indiana por culpa de la fiebre... Pero desde 1977 he estado criando y educando a mis siete hijos y, cuando uno se convierte en padre, se olvida de subir a las estrellas". Paradójicamente, uno de los protagonistas de Abducidos hace el camino al revés: es escéptico y al final acaba convirtiéndose en creyente, justo lo contrario que lo que suele pasar a quienes alguna vez se han interesado por el tema ovni desde un punto de vista intelectual, no religioso.
15 Sep 2005
"Lo de Roswell fue una ilusión. No creo que ocurriera", afirma Bill Clinton en una entrevista concedida a la revista FinanceAsia, de la que me ha informado James E. Oberg, ex ingeniero de la NASA y miembro del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP). Recuerda el predecesor de George W. Bush en la Casa Blanca que durante su segundo mandato se celebró el cincuentenario del supuesto accidente de un platillo volante en Roswell (Nuevo México) en 1947, cómo gente de todo el mundo viajaba hasta la localidad y cómo había en Estados Unidos un segundo foco de atracción del turismo platillista, la famosa Área 51. "Existía también otro sitio en Nevada donde la gente creía que habíamos enterrado un ovni y quizás un alienígena profundamente bajo tierra porque no queríamos permitir que nadie fuera allí. Ahora puedo decirlo porque el secreto se ha levantado y es de dominio público. Había mucha gente en mi propia Administración que estaba convencida de que Roswell era un fraude, pero que lo de ese lugar de Nevada iba en serio, que había allí un artefacto alienígena. Así que mandé a alguien a que lo averiguara. Y se trataba realmente de una instalación de defensa en la que se hacían cosas aburridas que no queríamos que nadie más viera".
Pistas de aterrizaje, hangares, una piscina, carreteras, un campo de béisbol... Eso es lo que hay en la base del lago seco de Groom, en Nevada, conocida entre los fanáticos de los ovnis como el Área 51 o la Tierra de los Sueños. Se sabe desde hace años. Cualquiera puede comprobarlo en la web de la Federación de Científicos Americanos (FAS), donde hay imágenes de satélite de la región tomadas en 1968 por el Servicio Geológico de Estados Unidos. Sin embargo, tuvieron que salir a la luz, en abril de 2000, cinco instantáneas de un satélite para que el rentable mito ufológico se fuera abajo. Las imágenes, de una resolución de dos metros, fueron captadas en marzo de 1998 por un satélite ruso para Aerial Images. Esta firma participa, junto con Microsoft, Kodak, Digital Equipment, Autometric y la agencia Sovinformsputnik, en la realización de un mapa de la superficie terrestre. La sorpresa se produjo cuando Aerial Images puso cinco fotos del Área 51 en su web, donde podían verse gratis, aunque haya que pagar para descargarlas.
La ruptura del secreto alrededor de la famosa instalación militar copó las portadas de los principales medios de comunicación norteamericanos y los internautas se lanzaron en masa a ver cómo es la Tierra de los Sueños. Su gozo debió de ser efímero: lo que muestran las fotos no es nada de otro mundo. Pero, aún así, el servidor que las alojaba decuplicó su tráfico habitual -llegó hasta los 8 millones de páginas vistas por jornada-, y esto, unido a la acción de un hacker, hizo prácticamente imposible, hasta pasados unos días, conectar con esa web, extremo que los conspiranoicos de siempre atribuyeron a maniobras del Gobierno estadounidense. Ahora, quien desee puede contemplar, en la página de la Federación de Científicos Americanos, las imágenes de 1968, las de 1998 y unas encargadas por la propia FAS. Estas últimas tienen mayor resolución -un metro- que las de Aerial Images, pero tampoco se ve en ellas nada espectacular.
El mito del Área 51, al que tanta rentabilidad saca la ufología comercial, tiene su origen en el muro de silencio que Washington levantó alrededor la base del lago Groom desde que empezó a funcionar en 1950. La razón es obvia: en el lugar, la primera potencia del planeta ha probado sus más sofisticados aviones: desde el U-2 hasta el B-2, pasando por el SR-71 y el F117-A. El secreto llegó a tal punto que la Administración norteamericana ni siquiera reconocía la existencia de las instalaciones hasta principios de 2000. Ahora, admite que existen, pero da pocos detalles más. "Reconocemos tener ahí un centro de operaciones, pero el trabajo es materia clasificada", puntualizaba hace cinco años Gloria Cales, portavoz de las Fuerzas Aéreas, cuando millones de personas ya habíamos visto las nuevas imágenes del complejo secreto.
A preguntas de la periodista la revista FinanceAsia sobre la posibilidad de que él también haya sido víctima de un gigantesco encubrimiento, Bill Clinton responde que intentó comprobar si existen documentos secretos sobre el caso Roswell que revelaran cosas y que le habían sido ocultados. "Si existen, me los ocultaron también a mí", sentencia antes de ironizar con que haya burócratas "escondiendo esos oscuros secretos hasta a los presidentes electos". "Si es así, me engañaron con éxito y me avergüenza reconocer ante usted que intenté encontrar esos documentos", dice entre risas. Y, antes de dar el asunto por zanjado, hace un alegato sobre la necesidad de "continuar explorando los límites de nuestra existencia, en la Tierra y en el espacio", porque quedan muchas cosas interesantes por descubrir que los más jóvenes verán desveladas a lo largo de sus vidas. El ex presidente Clinton apuesta por la ciencia, como ya hizo en sus dos estancias en la Casa Blanca, y destaca que la secuenciación del genoma humano va cambiar nuestra vida en las próximas décadas, prolongándola y curando enfermedades hoy mortales. "Y muchas de las cosas que ocurran -buenas y malas- serán más extrañas que cualquier cosa escrita por la ciencia ficción", sentencia.
01 May 2005
Otro español, Santiago Camacho -famoso en el mundo del misterio como experto en conspiraciones-, ha hecho algo parecido a la hora de defender que el hombre no llegó a la Luna y que hay científicos que apoyan la idea de que las misiones Apollo fueron un montaje hecho en un estudio cinematográfico. Dice Camacho en su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (La Esfera de los Libros, 2003): "Pero quizá la más curiosa de estas anomalías -se refiere a las de las fotografías de las misiones Apollo- es la que hace notar Maria Blyzinsky, directora de astronomía del Observatorio de Greenwich (Londres). A falta de una atmósfera que entorpezca el paso de la luz, en la Luna las estrellas deberían ser totalmente visibles. Pues bien, en las imágenes tomadas por los astronautas no es que se vean muchas... ni pocas, en realidad no se ve ninguna estrella. Resulta ciertamente notable que, dadas las inmejorables condiciones de observación, la gran calidad de la cámara Hasselblad con la que estaban equipados y la sensibilidad de la película Ektachrome utilizada, a ninguno de los astronautas se le ocurriese hacer una instantánea con un tiempo de exposición suficiente como para recoger ese firmamento único". Ese capítulo se publicó en forma de reportaje en El Mundo el 10 de noviembre de 2002 y en él Camacho explicaba la ausencia de estrellas en el cielo lunar: "Tal vez se debiera a que, de todos los elementos susceptibles de falsificación a la hora de construir un decorado que simulase el paisaje lunar, el cielo es precisamente el único imposible de reproducir sin levantar las sospechas de un astrónomo".
Nunca había dado crédito a estas palabras de Blyzinsky -que están reproducidas hasta la saciedad en Internet- porque pensaba que se trataba de un personaje inventado. La verdad, sin embargo, es que Maria Blyzinsky existe, es astrónoma y trabaja en el Real Observatorio de Greenwich. La mentira es que dijera alguna vez algo parecido a lo que sostiene Camacho. Me informó de esta nueva muestra de ética periodística paranormal Alberto Matallanos, un escéptico que se tomó la molestia de localizar a la astrónoma y preguntarle por la autenticidad de la cita que se le atribuye. La respuesta de la científica fue clara: no sólo nunca había dicho lo que Camacho afirma que dice, sino que además jamás le ha hecho nadie una pregunta en ese sentido sobre el proyecto Apollo. En un mensaje personal enviado a Matallanos, la astrónoma señala que este caso demuestra cuál es el caldo de cultivo de las ideas conspiracionistas: "El mal periodismo y la mala investigación".
Consultada por Magonia, Blyzinsky ha reiterado la falsedad de la cita empleada por Camacho en 20 grandes conspiraciones de la Historia, algo que también ha hecho Robert Massey, astrónomo jefe del Real Observatorio de Greenwich. "La cita es falsa. Maria no sabe de dónde ha salido; pero no representa de ningún modo la postura oficial del observatorio ni su punto de vista personal. El personal del Real Observatorio de Greenwich dedica mucho tiempo a refutar afirmaciones de los promotores del fraude lunar y de otros pseudocientíficos. Todo esto probablemente demuestra cómo las ideas se propagan por Internet y la tarea casi imposible a la que nos enfrentamos a la hora de convencer a la gente de que algunas de esas ideas pueden no ser ciertas", me ha indicado Massey en un mensaje de correo. Tanto si ha fabricado las declaraciones de Maria Blyzinsky como si se ha limitado a copiarlas, la calidad del periodismo de investigación que practica Santiago Camacho queda fuera de toda duda.
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Luis Alfonso Gámez
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