20 Sep 2007

¿Llegó el hombre a la Luna? Es la pregunta que, casi cuarenta años después de la gesta estadounidense, se hace mucha gente quizás, entre otras razones, porque cada vez hay menos personas que vivieron aquella aventura en directo en julio de 1969. El próximo jueves, hablaré de la creencia en el fraude de los alunizajes, su fundamento y realidad, y examinaré las pruebas de la conspiración en la Casa de Cultura de Oñati (Guipúzcoa) a partir de las 19 horas. El acto ha sido organizado por Ilatargi Astronomia Elkartea, con la colaboracion del Ayuntamiento de Oñati, dentro de las fiestas patronales. Si quieren ir, están invitados.


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17 Jul 2007

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25 May 2007

Parece que fue ayer y, sin embargo, ya han pasado 30 años del estreno mundial de La guerra de las galaxias, una película que ha marcado un antes y un después en la historia del cine. Muchos lamentamos el posterior infantilismo de los ewoks y de Jar Jar Binks, personaje que tenía que haber muerto desnucado por los vehículos invasores de la Federación de Comercio segundos después de debutar en la pantalla grande; algunos pueden considerar que los errores científicos desmerecen la obra de George Lucas; otros detestan la mística que rodea la Fuerza, que en La amenaza fantasma -la peor de las entregas, con diferencia- se justifica con la existencia de los midiclorianos, bichos microscópicos que se encuentran en todo ser vivo. Yo creo que con la ficción no hay que ponerse purista cuando no pretende ir más allá -cuando dicen falsamente que se basa en hechos reales, es otra cosa- y, por eso, películas como La guerra de las galaxias hay que verlas como lo que son: un magnífico entretenimiento creado en una época en la que algunos éramos mucho más jóvenes y otros ni siquiera eran, un tiempo en el que todavía nos parecía posible un Universo plagado de extraterrestres viajeros y en el que, a quienes vimos la cinta con ojos adolescentes, no nos chirriaba que casi todos los alienígenas fueran bípedos, respiraran oxígeno y hablaran sin problemas español (inglés), por mucha lenguas que dijera dominar el sabiondo de C-3PO. Hoy hace 30 años que empezó aquella aventura en una galaxia muy, muy lejana, lo que es una magnífica excusa para coger este fin de semana el DVD, apagar las luces del salón, y disfrutar con las correrías de los héroes y estremecerse con la agobiante respiración de ese villano inimitable que es Darth Vader, secundado por Grand Moff Tarkin (Peter Cushing), y contrapesado por Obi-Wan Kenobi (Alec Guinness). Ante la ficción, hay que suspender el sentido crítico: merece la pena.
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22 Abr 2007

El 1 de agosto de 1947, poco después del primer avistamiento de platillos volantes sobre las montañas Cascade por Kenneth Arnold, un B-25 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos se estrelló cuando volaba de una base de Tacoma (Washington) a otra de Novato (California). En el accidente, murieron el capitán William Davidson y el teniente Frank Brown, dos oficiales de los servicios de inteligencia militares que habían investigado cerca de Tacoma el caso de isla Maury, un supuesto accidente de un ovni. Algunos periódicos dijeron en los días siguientes que el avión llevaba en su bodega fragmentos de una nave extraterrestre y que había sido derribado por saboteadores. ¡Era una conspiración! Ahora, casi 60 años después, James Greear, un vecino de Longview que lleva diez años buscando restos de la aeronave siniestrada, dice haberlos encontrado en un cañón cerca de Rose Valley. El Museo de los Misterios de Seattle expone desde hace años material sobre este caso, al que es muy posible que se sume lo hallado por Greear, entre lo que no puede haber -adelanto- ningún resto de un platillo accidentado.

James Greear, con restos atribuidos al avión militar. Foto: 'The Daily News Online'"Toda la historia de isla Maury fue un fraude. El primero, y posiblemente el segundo mejor, y el más sucio de los fraudes de la historia de la ufología", dejó escrito Edward J. Ruppelt, en The report of unidentified flying objects (1956). Ruppelt fue director del Proyecto Libro Azul entre 1952 y 1953, pero, lejos de ser considerado un detractor, ha pasado a la historia de la ufología como un investigador de buena fe. Su dictamen sobre el suceso de isla Maury es compartido por los ufólogos serios y coincide con el de 1953 del astrofísico Donald H. Menzel, en su imprescindible Flying saucers, y el que puede leerse en The ufo encyclopaedia (1980), obra editada por Ronald D. Story.

El de isla Maury es uno de los casos clásicos de la ufología por varias razones, una de las cuales es que en él estuvieron implicados dos de los personajes que crearon el mito en 1947: Ray Palmer, director de la revista Fate, y Kenneth Arnold, el primer testigo ovni y el segundo ufólogo, tras Palmer. Pocos días después del avistamiento de Arnold, ocurrido el 24 de junio, Palmer recibió una llamada telefónica de dos hombres, Fred Chrisman y Harold Dahl, que se presentaron como guardacostas. Le informaron de que el 21 de junio, cuando patrullaban cerca de la isla Maury, habían visto seis platillos volantes en el cielo, dos chocaron y los restos de uno cayeron sobre ellos como una lluvia. Palmer se sintió atraído por la historia y mandó a investigarla a Arnold, al que había conocido poco antes y ofreció 200 dólares. Cuando Arnold llegó a Tacoma, se vio desbordado por los hechos e informó de ellos a los militares, y así fue como entraron en escena el capitán Davidson y el teniente Brown.

Los dos investigadores se encontraron varias veces con los testigos, que les entregaron algunos, según ellos, fragmentos del platillo volante accidentado. Y el 1 de agosto los militares despegaron de la Base de McChord (Tacoma) a la de Hamilton (Novato). Nunca llegaron a su destino. Días después, los periódicos recibieron llamadas en las que un comunicante anónimo que les informaba de que el avión accidentado transportaba restos de un platillo volante. Así llegó el caso de la nave extraterrestre a las portadas de algunos diarios, cosa que no ocurrió con las conclusiones de Davidson y Brown, que no dejaban lugar a dudas y de las que informaron a un colega en McChord antes de despegar.

"Ambos [Chrisman y Dahl] admitieron que los fragmentos de roca no tenían nada que ver con platillos volantes. Todo había sido un fraude. Habían mandado los fragmentos de roca [a Palmer] como una broma", según el informe oficial posterior. Y habían dicho que eran de un ovni porque era lo que Palmer quería oír, ya que era lo que necesitaba para vender revistas. Chrisman y Dahl, que tampoco eran guardacostas en realidad, querían sacar una buena tajada de su inventada historia, y la investigación concluyó que Palmer les incitó a cometer el fraude. Ahora, Greear dice que ha encontrado restos del avión accidentado y las primeras noticias periodísticas recuerdan que, según rumores, el aparato transportaba los restos de un ovni. La verdad es otra, pero posiblemente no importe a quienes viven de explotar la credulidad ajena. Recuerden que Arnold nunca vio platillos volantes en el caso fundacional, sino objetos con forma de bumerán que volaban como platillos lanzados sobre el agua. Sin embargo, como la prensa habló de platillos volantes, a partir de ese momento los ovnis tuvieron esa forma.

Por cierto, el informe final de la investigación del accidente del B-25 no cita como causa nada fuera de lo común.


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18 Mar 2007

Intervención sobre el fraude de los alunizajes en el programa Bilbao la Nuit, de Bilbovisión, el 13 de febrero de 2007.

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11 Feb 2007

Jacinto Antón publica hoy una larga e interesante entrevista a Joan Fontcuberta en EPS, el colorín del diario El País, en la que tiene su hueco el divertido escándalo de la emisión, en Cuarto Milenio, de la historia del cosmonauta fantasma como un hecho real. Periodista y fotógrafo dicen a las claras lo que, a su juicio, revela acerca de los métodos de investigación y el rigor de Iker Jiménez y su equipo (en negrita, las palabras del periodista):


"-... En ese contexto hago intervenciones paródicas, acciones de intoxicación informativa que sirven para llamar la atención sobre los peligros de la credulidad. Algunas de esas obras quedan como caballos de Troya o bombas de relojería sin estallar, esperando su ocasión.

-Supongo que se refiere al programa del pasado junio de Iker Jiménez en el que se presentó como un caso auténtico su conocido trabajo Sputnik [1997], acerca del supuesto astronauta soviético del Soyuz 2 desaparecido Ivan Istochnikov. No se dieron cuenta de que se trataba de un montaje -sensacional montaje, por cierto- y que el cosmonauta de las fotos era usted mismo [Ivan Istochnikov, para más inri, es la traducción aproximada al ruso del nombre Joan Fontcuberta].

-Fue orgásmico. Que un medio se tragara el anzuelo hasta el fondo...
-Bueno, el programa Cuarto Milenio no es famoso precisamente por su incredulidad.

-La verdad es que mi historia les iba como anillo al dedo. No hay nada tan fácil como engañar a quien quiere creer. Cuando tienes la credibilidad tan abierta, te la cuelan. Mira que era fácil comprobar los datos sobre el montaje en Google. Prisas o ingenuidad...
-La historia del cosmonauta fantasma ha hecho correr ríos de tinta.

-Ahora la gente cree que todo es un montaje mío, incluido lo del programa. La verdad es que es un caso excepcional por su difusión, pero mi trabajo, al menos una parte, se basa en eso."










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23 Oct 2006


"Las coincidencias sólo significan lo que nosotros queremos que signifiquen", dice el narrador de Mobius Dick, novela de Andrew Crumey que empecé a leer hace una semana. El comentario tiene su origen en dos personajes que se conocen en el comedor de una universidad cuando uno lee a Thomás Mann y el otro un libro de física sobre la ecuación de Erwin Schrödinger. El primero recuerda que La montaña mágica trata de un personaje que va a un sanatorio de los Alpes suizos, se publicó en los años 20 del siglo pasado y, "poco tiempo después", Mann ganó el Nobel. El segundo, que al año siguiente de la publicación del libro de Mann, Schrödinger "visitó un establecimiento parecido e hizo su famoso descubrimiento". "Ambos obtuvieron el premio Nobel por sus trabajos, y se convirtieron en respetados filósofos de su tiempo. ¿Existe alguna conexión entre ambos? absolutamente ninguna", concluye el narrador.

Poco antes de leer ese fragmento de Mobius Dick, un compañero de El Correo me contó que Iker Jiménez había dedicado la parte inicial del Cuarto Milenio del 15 de octubre a sacar los colores a los medios de comunicación por hacerse eco de mentiras como la profecía de Nostradamus sobre la caída de las Torres Gemelas y otras. No lo había visto, pero lo tenía grabado. Cuando comencé a leer la novela de Crumey, los paralelismos entre Thomas Mann y Erwin Shcrödinger me trajeron a la mente los existentes entre John F. Kennedy y Abraham Lincoln, y que Jiménez había hablado del asunto hace meses en su programa. Fue el 5 de marzo pasado cuando el director de Cuarto Milenio dedicó unos minutos a las vidas paralelas de Kennedy y Lincoln. Con su teatralidad habitual, aseguro a su público que se trataba de "una historia increíble" y que ambos presidentes estadounidenses "parecen estar ligados por un hilo invisible durante cien años". Vayamos con las extraordinarias coincidencias entre ambos personajes.

"Abraham Lincoln fue elegido congresista en 1847. Un siglo exacto después, cien años después, Kennedy es elegido", destacó Jiménez. Además, los dos llegaron a la presidencia del país con cien años de separación. "Por cierto, que ambos medían 1,83 y, como habrán comprobado, sus apellidos, por los que son célebres, tienen siete letras". Jiménez continuó diciendo que a los dos se les alertó de que no fueran al lugar donde luego les asesinaron. "Más curioso todavía es pensar que el secretario general de John Fitzgerald Kennedy se llamaba Lincoln y que el secretario, cien años antes, de Lincoln se llamaba Kennedy". ¿Les parece poca coincidencia? Pues, vean lo que pasa con los magnicidas: "El asesino de Lincoln disparó desde un teatro, el teatro Ford, y se escondió en un almacén. El asesino supuesto de Kennedy disparó desde un almacén y se escondió en un teatro", apuntó el capitán de la nave del misterio. Ah, y no se olviden de que Kennedy sufrió las heridas mortales cuando iba en un Ford Lincoln, los nombres de los asesinos tenían quince letras -Lee Harvey Oswald y John Wilkes Booth- y "habían nacido también con un vínculo exacto de cien años". Jiménez recordó, para acabar, que los vicepresidentes de Lincoln y Kennedy habían nacido también con cien años de diferencia y que los dos se apellidaban Johnson. "¿Casualidad, azar, juegos del destino? Que cada uno piense lo que quiera", concluyó el periodista. Pensemos, pues.

Coincidencias seleccionadas

Abraham Lincoln -catorce letras, el nombre completo- nació en 1809 y murió en 1865. John Fitzgerald Kennedy -veintiún letras, el nombre completo- nació en 1917 y murió en 1963. Sus nombres completos no tienen el mismo número de letras, y tampoco hay un siglo de diferencia exacta entre sus nacimientos y muertes. Lincoln fundó el Partido Republicano; Kennedy era demócrata. Sí fueron elegidos con cien años de diferencia como congresistas y presidentes, pero mientras la carrera de Lincoln se contó por fracasos en las urnas entre 1846 -no 1847- y 1860, la de Kennedy fue ascendente desde 1946 -no 1947- hasta 1960. Lincoln, además, fue reelegido para el cargo, mientras que Kennedy no acabó su primer mandato en la Casa Blanca. Aunque Kennedy tuvo una secretaria llamada Evelyn Lincoln, no hubo secretaria de Lincoln que se apellidara Kennedy. Oswald se escondió en un cine, y no en un teatro, y asesinó al presidente a distancia, mientras que Booth lo hizo de cerca. Es falso que los dos magnicidas nacieran "también con un vínculo exacto de cien años", porque Booth lo hizo en 1838 y Oswald, en 1939. Que los vicepresidentes se apellidaran Johnson es tan sorprendente como que, dentro de cien años, haya habido dos González o Rodríguez como presidentes españoles. Y podíamos seguir recorriendo la vida de ambos mandatarios y encontrando algunas similitudes y muchas diferencias. Pasa lo mismo con todo el mundo: al comparar la vida de dos personas, si seleccionamos sólo en lo que coinciden, acaba creándose la sensación de que estamos ante algo sorprendente, cuando en realidad no es así.

Busque puntos en común entre usted y un vecino, y verá que hay muchos. Busque diferencias, y verá que hay muchas más. ¿Pero qué pasa si sólo se fija en las coincidencias? Es lo que hacen los defensores de la conexión entre Lincoln y Kennedy, a la que hay una magnífica aproximación en las Páginas de Referencia sobre Leyendas Urbanas. Si quieren explorar el mundo de las coincidencias, les recomiendo el artículo que Bruce Martin, de la Universidad de Virginia, publicó en 1998 en The Skeptical Inquirer, en el que el autor recuerda que los dos presidentes no nacieron el mismo día ni el mismo mes, entre otros detalles olvidados por Jiménez. Lo mismo pasa con Thomas Mann y Erwin Shrödinger. El primero era alemán y el segundo, austriaco; y, contado como lo cuentan los personajes de Mobius Dick, parece que tenían una conexión secreta, pero sus biografías fueron muy diferentes. Basta convertir las fechas aproximadas en exactas para que las similitudes se difuminen. Mann nació en 1875 y murió en 1955, mientras que la vida de Schrödinger discurrió entre 1887 y 1961. La obra más famosa de Mann, La montaña mágica, se publicó en 1924 y recibió el Nobel en 1929. Schrödinger desarrolló su célebre ecuación en 1925 y ganó el Nobel en 1933. ¿Dónde están las coincidencias?, ¿en que un escritor centroeuropeo ambientase una novela en un sanatorio de los Alpes suizos y un físico centroeuropeo pasase una temporada en un centro de ese tipo?

Santiago Camacho."Ya no sabemos qué es verdad, qué es mentira, qué se inventa... qué se hace con el fin de derrocar a un Gobierno o de derrocar a la competencia. Ya no sabemos casi nada", decía el director de Cuarto Milenio hace una semana. En su lección de ética periodística, habló de "historias que dimos (los medios de comunicación) como reales y son mentira, o, por lo menos, hay gran parte de mentira en ellas", y lamentó que se divulgaran como verídicas. Minutos después, le acompañaba en el plató Santiago Camacho, a quien podía haber preguntado por el caso de Maria Blyzinsky. Camacho afirma, en su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (2003), que esta astrónoma del Observatorio de Greenwich apoya la idea de que el hombre no llegó a la Luna en 1969. Sin embargo, la científica jamás ha dicho eso y considera un disparate la teoría de la conspiración. También podía Jiménez haber hablado con su compañero Gerardo Peláez sobre cómo los dos vendieron a la audiencia de Cuatro como real la historia del falso astronauta soviético Ivan Istochnikov, una creación del fotógrafo Joan Fontcuberta. O, por qué no, podía haber recordado el caso de las elegidas coincidencias entre Lincoln y Kennedy. Además de todo esto, a Iker Jiménez se le olvidó en su lección de ética decir que la explotación de mentiras e invenciones es muy rentable. ¿Casualidad? Lo dudo.



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27 Ago 2006

El último número de The Skeptical Inquirer me ha dado una alegría: por fin, he publicado un artículo -aunque sea corto- en la más prestigiosa revista dedicada al análisis crítico de la pseudociencia y las supersticiones. Y es que me da mucha pereza escribir en inglés, idioma que no domino, y por eso hasta ahora ni lo había intentado. Por fortuna, cuando a Kendrick Frazier le hablé hace unos meses del caso del cosmonauta fantasma de Iker Jiménez, le pareció lo suficientemente interesante como para incluirlo en la publicación del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) y encima me metió prisa. Era sábado y lo necesitaban para el lunes, porque ese día tenían que cerrar el número. Así que no tuve tiempo para pensarlo demasiado. El resultado fue un texto en algo parecido al inglés que ha sido editado con la profesionalidad que suponía al equipo que dirige Frazier. Cuento, en esencia, lo que ya he comentado en Magonia sobre el caso Istochnikov y la profecía mundialista de Nostradamus, ejemplos de mala práctica periodística sobre los que hablo en más detalle en un artículo pendiente de publicación en la revista Pensar, a la que pueden suscribirse -no lo olviden- en la web el Círculo Escéptico. The Skeptical Inquirer cumple con este número treinta años de vida y ése es otro motivo de satisfacción.

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20 Ago 2006

No lo pude grabar; pero lo vi y lo reflejan en la web de Antena 3 TV. La cadena privada dedicó ayer casi dos minutos de sus informativos de la tarde y la noche a defender la posibilidad de que el hombre no haya pisado la Luna. Si ustedes creían que ese tipo de tonterías estaban sólo al alcance de los conspiranoicos, estaban confundidos. Como yo. No pensaba que la escasez de noticias agosteña -¿se han fijado como, desde que se apagaron los fuegos de Galicia y Oriente Próximo se tranquilizó un poco, hay informativos de televisión que no informan de nada?- iba a dar para tanto y eso que me lo advirtió un compañero de El Correo nada más anunciar la NASA que no sabe dónde están exactamente las cintas de video originales del primer alunizaje y que las está buscando.

Pues bien, en Antena 3 TV, siguiendo la estela del maestro del periodismo de imbestigación, cogieron el sábado y se montaron una película de casi dos minutos tan espectacular como engañosa sobre las cintas extraviadas por la NASA y el descenso de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en el Mar de la Tranquilidad. Por ver, vimos hasta la estúpida encuesta callejera de rigor en la que se pide a la gente que opine, aunque la mayoría no tenga ni idea sobre lo que está opinando, ni falta que hace. A eso, le llaman ahora algunos periodismo ciudadano y es una de las muestras más evidentes de la falta de rigor del periodismo actual. Porque no todas las opiniones valen lo mismo. No es lo mismo que un biólogo se pronuncie sobre los posibles efectos para el organismo de los teléfonos móviles que el que lo haga sea el primer viandante que pasa por delante de la cámara, pero hoy en día algunos medios dan más valor al segundo que al primero.

"Han pasado ya 37 años y la llegada del hombre a la Luna sigue rodeada de misterios. Aunque fueron millones de personas quienes vieron en directo la gesta espacial, cobra fuerza la versión de los más incrédulos, que llegaron a decir que todo era un montaje grabado en un escenario. A ello, ha ayudado el sorprendente anuncio de la NASA: algunas de las cintas originales de ese histórico momento han desaparecido", decía ayer Miriam Sánchez, presentadora de los informativos de fin de semana de Antena 3 TV, antes de dar pie a un corto reportaje conspiranoico con imágenes de archivo. Dos periodistas de la casa, Fernando Matey y Juan Rubiales, firman en la web de la cadena un texto muy parecido al que leyó un locutor: "Investigadores y periodistas comenzaron a hacerse preguntas, especialmente sobre el foco de luz que se reflejaba en el casco de Amstrong, por qué se movía la bandera americana si en la luna (sic) no había viento, por qué no se veía en el cielo ninguna estrella. Quizá por ello muchos siguen pensando que aquello fue un montaje de Hollywood grabado en el desierto del Mojabe (sic)". Todas esas incógnitas llevan años respondidas.

¿No les impresiona? A mí, sí. A mí me deja sin habla que todavía haya gente que se pregunte por qué no se ven la estrellas en el cielo lunar, que haya periodistas que escriban y digan cosas sin pensar, y se limiten a repetir como loros lo que han oído o leído a alguien. Ignoran los autores de esta información que el ridículo origen de la conspiración luna es un libro titulado We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna), que su autor publicó en fotocopias por su cuenta en 1974 y cuyo principal argumento es que las estrellas no aparecen en las fotos tomadas por los astronautas en la Luna. La razón la sabe cualquiera, aunque no el personal de los informativos de Antena 3 TV: si en la Tierra se saca una foto a alguien de noche al aire libre, el protagonista sale, pero el brillo de las estrellas es demasiado débil como para impresionar la película. Pues eso mismo pasó en la Luna. ¡Ah!, también se olvidan los periodistas de esa cadena de los 382 kilos de piedras lunares -imposibles de imitar- que trajeron los astronautas y cuya autenticidad han confirmado geólogos de todo el mundo, y de los espejos que dejaron allí arriba para medir la distancia entre la Tierra y su satélite. Ciertamente, es algo superfluo cuando de lo que se trata es de vender conspiraciones.

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14 Ago 2006

Dos vecinos se enfrentan a las llamas cerca de Orense. Foto: Efe.Galicia se quema. Ya sé que no es noticia, que todos lo hemos visto por la televisión. Pero es que el daño no se limita al causado por las llamas. Resulta que algunos intelectuales han decidido que no les basta con ver esa tierra verde ennegrecerse por la acción de los pirómanos y se han puesto a encender sus propias hogueras políticas, sacándose de la manga una conspiración. ¿Los malos? Los del Partido Popular. Las llamas que arrasan la región serían fruto de "la acción de fuerzas organizadas que están lanzando un pulso a la nueva Administración gallega", ha declarado a La Vanguardia el escritor Suso de Toro, para quien los trágicos hechos responden a la "estrategia desligitimadora del PP, que, con Rajoy de vacaciones aquí, ha traído a Galicia su peor cara de Madrid". Otro novelista, Manuel Rivas, sostiene que en el origen de los incendios gallegos "hay gente que ha vivido con rencor el cambio" político registrado en esa región tras la salida del poder del PP y la llegada al Gobierno del Partido de los Socialistas de Galicia y el Bloque Nacionalista Gallego.

¿Qué pruebas tienen estos dos literatos de lo que afirman? Ninguna. Si no, las hubieran presentado. Así que cabe pensar que, más que reflexiones fundadas, lo suyo son elucubraciones similares a las de quienes dicen que no hubo un avión que chocara contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 o que John F. Kennedy fue víctima de una conspiración con alienígenas de por medio. De Toro y Rivas, tan positivamente activos durante la crisis del Prestige, han perdido los papeles y se han puesto las anteojeras políticas a la hora de hablar de los incendios de Galicia. Hace casi cuatro años, no tuvieron reparos en exigir responsabilidades políticas al Gobierno que había querido mandar un petrolero accidentado al quinto pino, según la infeliz orden de Francisco Álvarez Cascos, entonces ministro de Fomento, y a un Ejecutivo regional gobernado por el mismo partido que mandaba en La Moncloa. Ahora, con la entonces oposición en el poder en Madrid y en Santiago de Compostela, De Toro y Rivas no piden, sin embargo, ninguna responsabilidad a los respectivos Gobiernos. ¿Por qué? Sólo ellos lo saben, pero mucho me temo que la razón es muy simple: partidismo.

Entiéndanme, los primeros culpables de los incendios que asuelan Galicia son quienes los han provocado, accidental o intencionadamente. Lo mismo que el primer culpable en el desastre del Prestige fue el armador del barco. Pero, si hace cuatro años se pidieron legítimamente responsabilidades a los cargos públicos del PP por su pésima gestión de la crisis; ahora, hay también que preguntarse si los Gobiernos central y autonómico han hecho todo lo que estaba en su mano para impedir que, como todos los años, Galicia ardiera este verano y si, una vez que los fuegos se multiplicaron, tomaron medidas con la suficiente celeridad. Yo no lo sé, pero creo que, además de meter entre rejas a los pirómanos, los ciudadanos debemos exigir a nuestros empleados gobernantes que cumplan con su deber y controlar que lo hagan bien, porque para eso les pagamos. Y me da igual el color del cargo público a la hora de exigir responsabilidades. Más vale eso que ponerse conspiranoico, aunque no sea tan rentable ni económica ni publicitariamente. Además, ya estoy harto de ese intento de algunos por resucitar a toda costa las dos Españas irreconciliables de la Guerra Civil.

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Sobre este blog

magonia

Una ventana crítica al mundo del misterio

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