31 May 2004
Una Alerta ovni era algo corriente hace veinte años. No había programa de radio dedicado al misterio que se preciara de serlo que no montara una vez al año -preferentemente, en verano- una romería nocturna para que sus oyentes salieran al campo a ver luces en el cielo. La primera la convocó el periodista Antonio José Alés en Verano Noche, su programa de la Cadena SER. Se celebró del 14 al 15 de agosto de 1979 y fue un éxito. "Ochocientos cincuenta grupos organizados vigilarían aquella noche, acompañados de millones de personas que desde sus terrazas, camping, lugares de veraneo, aceptaban el juego con la esperanza de comunicar sus hallazgos. Los datos de las encuestas nos hablan aproximadamente de once millones de hombres, mujeres y niños, repartidos por toda la geografía nacional", indican Alés y Andrés Madrid en su libro Alerta: ovni (1979). Dos páginas enteras dedicó la revista Contactos Extraterrestres, dirigida por Enrique de Vicente, a glosar "La mayor experiencia de observación del cielo promovida por la radiodifusión española". Como otros, participé con ingenuidad adolescente en aquella salida -¡qué magnífica oportunidad para pasar una noche al aire libre con amigos!- y en alguna otra posterior, pero la inocencia cedió pronto ante la sospecha sobre la honestidad de los grandes de la ufología mediática. Fue el paso previo al desengaño.
En 1979, los periodistas de la SER animaron a su público a mirar al cielo a la caza de extraterrestres y, al mismo tiempo, se curaron en salud sobre las intenciones de su montaje. "Queda claro que lejos de nuestro ánimo estaba el asegurar a nadie que, si observaban el cielo la noche del 14 de agosto, verían algo que no fuera lo que se puede ver cualquier día del mes o del año", puntualizan en su libro. Sin embargo, nada más acabar la sintonía inicial del programa, Alés invocó a los visitantes: "Atención, seres el espacio. Os hablan los hombres del planeta Tierra. Si es verdad que existís, si realmente venís del espacio lejano para conocernos o para ayudarnos, venid de una vez. Porque al ser humano le molesta que alguien ande merodeando a su alrededor sin saber los motivos. El mundo se debate en guerras. La Humanidad pasa hambre y sed, y necesita urgentemente soluciones. El cáncer y otras terribles enfermedades están causando la muerte. Si vosotros tenéis algún remedio, no esperad más. Necesitamos vuestra ayuda. Tal vez conozcáis la gran verdad o quizá os estéis debatiendo como nosotros en tremendas dudas. Si es así, si podemos ofrecer nuestra mano, aquí la tenéis tendida. No esperad más. Esta noche, millones de seres están contemplando el cielo. ¡Ésta puede ser la mejor ocasión!".

No hubo respuesta. Los extraterrestres no se presentaron aquella noche. Como tampoco lo hicieron la segunda vez que se convocó una Alerta ovni. Ni la tercera, ni la cuarta, ni la quinta... Veinticinco años después, Iker Jiménez ha organizado otra romería ufológica. Se celebrará el 25 de junio, durante una emisión de Milenio 3, también esta vez un programa de la SER. "Será una madrugada mágica en la que estaremos unidos a través de la fuerza de la comunicación. Con la mirada puesta en el cielo y los sentidos en la radio, los sonidos y las palabras. Recorriendo España y el mundo en un acontecimiento sin precedentes. Reviviendo grandes sucesos ovni con corresponsales y miles de amigos interconectados en tierra, mar y aire repartidos por los puntos calientes de nuestra geografía. Seremos una gran pantalla humana de detección con el objetivo de aprender del cosmos. Os esperamos", dice el ufólogo en su web. Los expertos de lo oculto españoles suelen servirse de la grandilocuencia para disimular que no hay nada nuevo bajo el Sol, que casi nada de lo que dicen es original y que prácticamente todo lo que hacen lo han hecho otros antes decenas de veces. Despojen sus libros, artículos y programas de radio y televisión de frases rimbombantes y vayan a la esencia. Se encontrarán con lo mismo que el espectador de una película plagada de efectos especiales pero sin historia.
¿Qué pasará el 25 de junio? Que miles de personas saldrán en España al campo con la ilusión de ver algo extraordinario en el cielo y que, como ha sucedido tantas veces, quienes tengan fe verán. Aquella noche de mediados de los años 80 que pasé en un coche, minutos después de identificar el ovni rojiblanco, pedí al conductor que encendiera y apagara las luces del vehículo repetidamente. Inmediatamente, aparecieron los platillos volantes. Al otro lado de la emisora de radioaficionado, no creyeron que éramos nosotros hasta que se lo demostramos haciendo coincidir mis órdenes de encendido y apagado con el ritmo de la misteriosa luz. Quizás alguien haga algo parecido dentro de tres semanas a la vista de uno de los puestos de observación de los ufólogos que participen en la ceremonia religiosa oficiada en la SER.
Sobre este blog
magonia
Luis Alfonso Gámez
Luis Alfonso Gámez es periodista de EL CORREO, donde ha cubierto la información de ciencia durante ocho años. Fundador del Círculo Escéptico, es consultor del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), la organización científica más importante dedicada al estudio de lo extraordinario.
Para contactar con el autor:
lagamez@gmail.com
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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Juan Carlos martinez Treviño Fernandez dijo
Eres un fantasma y todos los de tu grupo lo vuestro es no creer en nada llevar la contraria en todo no creeis en nada Ochate OVNIS Fantasmas en eso si ceereis por que sois unos FANTASMAS
Juan Carlos martinez Treviño Fernandez dijo
Eres un fantasma y todos los de tu grupo lo vuestro es no creer en nada llevar la contraria en todo no creeis en nada Ochate OVNIS Fantasmas en eso si ceereis por que sois unos FANTASMAS
carlos cantera rodelgo dijo
Hola Luis Alfonso Gámez :
Me parece bueno tu comentario,me parece bien que quieras aclarar las cosas a la gente,pero no puedes cambiar la aptitud ni la manera de pensar de mucha gente,hay gente que se puede dejar llevar por estos temas,pero lo hacemos por la simple y llana sentacion del misterio,aprender cosas nuevas y siempre respetando a la gente,bien es cierto que quien tiene la sabiduria tiene el poder,tu querras tenerla para mofarte de gente normal q no nos dejamos creer muchas cosas,para eso estamos cada uno de nosotros y nuestro sentido comun,las "Romerias Ufologicas" de las que hablas solo sirven de entretenimiento,para pasar una noche en el campo y observar el cielo,aprender un poco y mantener contacto con gentes de otras ciudades,nuestros amigos y gente que se unen en un mismo circulo para intercambiar conocimientos,en resumen,es una gran experiencia de comunicacion,todo el mundo tiene derecho a hacer lo que quiera,como si quieren montar 50 alertas al año,ok?,de estas "tonterias" (como dices subjetivamente en tus continuos articulos publicados por varias paginas web), he aprendido de muchas disciplinas cientificas que seguramente nunca me habria interesado,y es gracias a ello que si la ciencia hoy en dia se quiere mantener en un aspecto rigido,la mayoria de la gente ni se interesaria por ellas porque les aburriria,he de decir con ello que la ciencia tiene muchos misterios,(que se algun dia se resolveran),que son los que realmente les motivan a los investigadores a seguir investigando,el misterio y lo oculto que hay en cada disciplina cientifica e historica,tu estas en tu derecho de sabotear una alerta ovni,por supuesto,pero no te das cuenta de lo bien que se lo pasa la gente con tu sabotaje con el cual pretendes reirte de unos cuantos,Luis Alfonso,te creia mas coherente a la hora de hacer cosas pero lo que acabas de comentar en tu articulo deja mucho que desear de ti y de tu grupo,un cordial saludo para ti y para tu equipo de "racionalistas"
Juan Manuel de Prada dijo
Antes del boom turístico, sólo los ricos podían viajar; para comprobarlo, basta leer cualquier novela de Henry James, cuyos protagonistas cruzan el charco para tirarse meses en otro continente, explorando a sus gentes y dejándose sorprender por sus insospechadas costumbres. Desde que inventaran esa variante del transporte agropecuario designada eufemísticamente "vuelos low-cost", el gozo de viajar ha quedado reservado a los pobres de solemnidad. Y es que lo que el común de las gentes entendemos actualmente por "viaje" constituye, en realidad, un "desplazamiento" que nos deposita como fardos en el lugar de destino, para después convertirnos en zascandiles programados que se hospedan en hoteles idénticos y emplean sus horas en excursiones gregarias, regidas por un horario siempre apremiante y por la visita obligatoria a lugares que la propaganda ha desgastado hasta convertir en emblemas pestíferos del imaginario kitsch. Lo que antes distinguía el viaje era su demorada inmersión en las costumbres y en los ritos de un lugar que nos era ajeno; al suprimirse esta condición esencial, al despojar el viaje de su naturaleza exploratoria, apenas nos queda un sucedáneo o remedo de viaje, en el que los lugares ajenos se reducen a escaparates móviles que se suceden ante nuestros hastiados ojos, como láminas de un prospecto turístico. E incluso se da la paradoja de que si, por un raro azar, ese viaje programado introduce algún sobresalto que infringe la rutina, enseguida queremos interrumpirlo o poner una reclamación.
Así que para viajar en nuestros días hace falta ser pobre de solemnidad, o actuar como si lo fuésemos. Sólo el viajero a salto de mata que sigue frecuentando las carreteras comarcales y las líneas de ferrocarril menos concurridas, el vagabundo que se hospeda en pensiones descatalogadas y mata el hambre en tabernas refractarias a los menús políglotas, puede presumir de aprovechar los beneficios del viaje. Porque lo otro, que es lo que usted y yo hacemos, apenas merece la designación de simulacro; un simulacro tan cómodo y recurrente como un sueño de morfina. Si la misión del viaje consiste en zambullirnos en la extrañeza, a través de geografías que nos van despojando de las legañas que entorpecen nuestros sentidos y nuestra inteligencia (y así, zambullidos en esa extrañeza, llegar a incorporar esas geografías a nuestro atlas vital), convendremos que hemos suplantado el viaje por el desplazamiento. Y es que esa zambullida en la extrañeza se lograba, sobre todo, a través de la interiorización de otro tiempo y la conquista de otro espacio que podía resultar hospitalario o inhóspito, pero que en cualquier caso nos hacía sentir forasteros. El boom turístico asesinó la posibilidad del verdadero viaje, aboliendo tiempo y espacio, suplantándolos por una ‘reconstrucción’ de nuestro mundo habitual que imbuye al turista la creencia de que, pese al desplazamiento, sigue inmerso en un ámbito familiar. Las lentas travesías transatlánticas, los viajes nocturnos en trenes por los que circulaba la tumultuosa vida (con su cortejo de azares risueños o infaustos) han sido sustituidos por vuelos velocísimos en los que queda borrado todo apunte de improvisación; o en los que, si acaso, podemos disfrutar de un retraso "por razones técnicas" que nos deja empantanados en cualquier aeropuerto con olor a tigre. El turista de nuestro tiempo, hacinado en aviones en los que apenas puede rebullirse, acata las penurias de esta nueva forma de transporte a cambio de la inmediatez en el traslado, olvidando que no existe viaje si no hay conciencia del paso del tiempo. Lo otro es mero transporte de ganado.
Pero esta conversión del viaje en devaluado desplazamiento no sería completa si no se contase con la complicidad de los hoteles, cuya misión no es otra que transmitir al cliente una sensación de aséptica y repetida familiaridad. Las habitaciones de los hoteles –no importa el país o continente al que hayamos sido "desplazados"– son siempre idénticas: idénticos materiales acrílicos, idénticos aparatos televisivos con tropecientos canales, idénticos minibares con botellas liliputienses, idénticos potingues en el lavabo. Tanta premeditada uniformidad, que convierte a los hoteles en una especie de refugio transnacional protegido contra los efluvios exteriores, obedece a un afán de mantener al turista ajeno al flujo abigarrado de la vida que discurre tras las ventanas. Abolidos tiempo y espacio, ¿qué demonios queda del viaje? Bienvenidos a la era de los grandes desplazamientos.
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