Por Eduardo Angulo
17 Dic 2007
Las feromonas son mensajeros químicos que, secretados por uno o varios individuos al ambiente, afectan a la fisiología o a la conducta de otros individuos de la misma especie. Se describieron en primer lugar en insectos pero, ¿y los humanos? ¿tenemos feromonas los humanos? ¿necesitamos productos químicos para comunicarnos o es suficiente con el lenguaje, incluyendo el lenguaje corporal? Y, sin embargo, olemos y a veces mucho y muy mal, nos preocupamos por nuestro olor y colonias y perfumes se conocen desde muy antiguo. Además, los mensajeros químicos no equivalen al lenguaje; actúan por debaje del lenguaje, a un nivel mucho más básico, profundo y, en gran medida, incontrolable. Hasta hay personas que sufren vahídos con los malos olores. Y las feromonas son mensajes químicos que conectan individuos sin su conocimiento consciente. Se han encontrado feromonas en muchos grupos animales, incluso en primates, pero en la especie humana hay pocos datos, muy pocos pero muy ilustrativos.
Como siempre, también en este asunto de las feromonas humanas hay pioneros, una mujer que en la actualidad sigue investigando y publicando como hace 40 años. Todo empezó en uno de los dormitorios del exclusivo y sólo femenino Colegio Wellesley, de Wellesley, Massachusetts. Martha McClintock tenía entonces, en 1968, 20 años. Era alumna del Wellesley cuando, con otras compañeras, fue invitada a una conferencia en el Laboratorio Jackson, en el estado de Maine. Escondida en una esquina de la habitación, se atrevió a interrumpir la sesuda discusión del grupo de científicos que impartía la charla y hacer una observación que fue la base de toda su carrera científica posterior. Los científicos discutían sobre las feromonas y como causan que todos los ratones hembras que viven en la misma jaula acaben ovulando a la vez. McClintock intervino para afirmar que lo mismo sucedía en la especie humana. Los científicos tacharon de ridícula su afirmación y le pidieron pruebas. McClintock, en años posteriores y recordando esta conversación, indicó que los científicos no podían saber de qué estaba hablando, ya que todos ellos eran hombres. A su petición de pruebas, ella respondió taxativa que lo mismo ocurría en su dormitorio del colegio: todas las estudiantes habían sincronizado el momento de la menstruación. Los científicos respondieron que era una evidencia sin valor basada en una apreciación personal y que debía enfocar el asunto de una manera más aceptable por la comunidad científica. Así lo hizo Martha McClintock, y animada por su supervisora de Wellesley, comenzó a tomar las fechas de la menstruación de sus compañeras. Consiguió que participaran sus 135 compañeras de dormitorio (por cierto, el mismo año en que Martha McClintock se graduó en Wellesley, 1969, también lo hizo Hillary Rodham Clinton; lo que no sé es si eran compañeras de dormitorio y, en consecuencia, si la menstruación de Hillary Rodham Clinton forma parte de la historia de la ciencia). Cada una de ellas proporcionó las fechas de su ciclo menstrual y McClintock elaboró y estudió los datos obtenidos. Llegó a la conclusión de que el grado de coordinación de los ciclos menstruales dependía del tiempo que las alumnas llevaban juntas. Propuso, por tanto, que algún tipo de mensajero químico era el que coordinaba los ciclos de cada de ellas. El trabajo se publicó el 22 de enero de 1971 en Nature, cuando tenía 23 años.
Después de una vida de investigación, Martha McClintock publicó otro artículo sobre el mismo tema, en 1998 y también en Nature. En este experimento, colocó una almohadilla en el sobaco de nueve voluntarias en diferentes fechas de su ciclo menstrual. A continuación, hizo oler los compuestos extraidos de las almohadillas a 20 voluntarias. Los compuestos procedentes de mujeres en las primeras etapas del ciclo menstrual tendían a acortar los ciclos de las voluntarias y los compuestos tomados más tarde en el ciclo alargaban el de las voluntarias. De esta forma, al cabo de un tiempo, los ciclos acababan coincidiendo. En otro trabajo posterior, describió como las mujeres que alimentan a sus hijos con el pecho emiten alguna feromona que no sólo no coordina el ciclo sino que lo desorganiza en otras mujeres. En conclusión, las mujeres que dan el pecho a sus hijos influyen en el ciclo menstrual, es decir, en la fertilidad de otras mujeres.
Los trabajos de Martha McClintock son pioneros en este campo y han abierto el camino a otros estudios que tratan de descubrir si existe comunicación química por feromonas entre humanos. Los últimos resultados indican que no sólo existe comunicación química sino que, además, hay una relación directa entre la dotación genética del individuo y la feromona que produce, lo que es obvio debía ocurrir. Es decir, el mensajero químico que se envía en busca de pareja es diferente para cada individuo. Consciente o inconscientemente, por tabús sociales o por lo que sea, en la mayoría de los grupos animales, y en los humanos también, se busca pareja en individuos genéticamente diferentes. Uno de los marcadores genéticos del sistema inmune más conocidos es el Complejo Mayor de Histocompatibilidad (MHC, del inglés Major Histocompatibility Complex), que interviene en el reconocimiento de componentes extraños al organismo; por ejemplo, en el rechazo en los transplantes. Claus Wedekind, del Instituto de Zoología de la Universidad de Berna, en Suiza, propuso un experimento para demostrar la relación entre feromonas y genes. Recogió muestras de ADN de 49 mujeres y 44 hombres, estudiantes de la Universidad. Hizo que los hombres se pusieran una camiseta las noches de un sábado y un domingo y después la guardaran en una caja de plástico hasta el lunes. También les pidió que durante el experimento usaran jabones y detergentes sin perfumes, evitaran las habitaciones olorosas, practicaran actividades como fumar o el sexo, y no tomaran alimentos con olor. A las mujeres les proporcionó, con dos semanas de antelación, un espray para proteger las membranas nasales de cualquier infección. Además regaló a cada voluntario un ejemplar de El perfume, de Patrick Suskind, para que fueran más conscientes del mar de olores en que vivimos sin enterarnos.
Después de recoger las camisetas de los hombres, a cada mujer se le pidió que clasificara, según criterios de intensidad, agradabilidad y erotismo, tres camisetas de hombres con genes MHC similares y otras tres con genes MHC menos parecidos a los suyos. Según declaró Wedekind “las mujeres que no tomaban anticonceptivos encontraban el olor de un hombre con MHC diferente más placentero que las mujeres que tienen MHC parecido”. Los olores de hombres con MHC diferentes a los suyos recuerdan a las mujeres el olor de su propia pareja o el de parejas anteriores; en cambio, si toman anticonceptivos, la predilección se invierte, y prefieren el olor de hombres con el MCH parecido al suyo. Aunque en un experimento de Jan Havlicek y su grupo, de la Universidad Charles, de Praga, se ha demostrado que las mujeres, en la fase fértil del ciclo ovulatorio, prefieren el olor de los hombres que quedan muy alto en una escala de dominancia. Y esta elección es mucho más potente en las mujeres con pareja estable.
En relación con el aroma que desprendemos, Manfred Milinski y Claus Wedekind, de la Universidad de Berna, investigaron si existe alguna relación entre el MHC y el perfume que se elige para uno mismo o para la pareja. Nos gusta el perfume que está relacionado con nuestro MHC, es decir, nos aromatizamos para intensificar nuestro propio olor corporal y amplificar el mensaje que emitimos. Y los olores preferidos son la bergamota, el heliotropo y la vainilla, de los 36 utilizados en este trabajo, de entre los más de 10000 que puede diferenciar nuestra especie.
Hasta ahora hemos visto que, por medio de feromonas, las mujeres coordinan sus ciclos menstruales y que son capaces de distinguir la adecuación genética de sus parejas, ¿y los hombres? ¿así, sin más, son simples sujetos pasivos en toda esta historia? Pues no, son capaces de reaccionar a la ovulación de sus parejas ya que, como ha demostrado Astrid Jutte, del Instituto Ludwig Boltzmann de Etología Urbana de Viena, reaccionan con un aumento de testosterona al oler uno de los compuestos que forman parte de la secreción vaginal en el momento de la ovulación. Si se utilizan camisetas sudadas de mujer en la fase ovulatoria y en la no ovulatoria del ciclo menstrual, los hombres juzgan más agradables y atrayentes las camisetas de la fase ovulatoria, incluso después de dejar la camiseta una semana a temperatura ambiente. Si el experimento se hace con dos grupos de hombres, uno de ellos para oler camisetas y el otro para puntuar el atractivo de la mujeres que sudan, el olor preferido por uno de los grupos es de las mujeres más atractivas según el otro grupo.
En resumen, que como se ve (más apropiado sería decir “se huele”), respondemos a mensajeros químicos a distancia y que esa influencia se puede modificar, no sólo con perfumes y aromas, sino también con la píldora que, está olido, puede modificar la convivencia de la pareja. Y, además, se puede inferir que lavarse exageradamente no es bueno si queremos transmitir nuestros genes a la descendencia. Aunque es interesante usar la colonia adecuada; la misma Martha McClintock ha demostrado que un perfume para mujeres llamado Realm contiene el esteroide androstadienona que, en un experimento particularmente aburrido como es rellenar círculos en un ordenador sólo con cliqueos del ratón, consigue que las usuarias estén menos irritadas, ansiosas y deprimidas.
*Azar, B. 1998. Communicating through pheromones. APA Monitor 29: 1-3.
*Havlicek, J., S.C. Roberts & J. Flegr. 2005. Women's preference for dominant male odour: effects of menstrual cycle and relationship status. Biology Letters 1: 256-259.
*Jacob, S., N.A. Spencer, S.B. Bullivant, S.A. Sellergren, J.A. Mennella & M.K. McClintock. 2004. Effects of breast feeding chemosignals on the human menstrual cycle. Human Reproduction 19: 422-429.
*McClintock, M.K. 1971. Menstrual synchrony and suppression. Nature 229: 244-245.
*Milinski, M. & C. Wedekind. 2001. Evidence for MHC-correlated perfum preferences in humans. Behavioral Ecology 12: 140-149.
*Russell, M.J. 1976. Human olfactory communication. Nature 260: 520-521.
*Singh, P.M. Bronstad. 2001. Female body odour is a potential cue to oculation. Proceedings of the Royal Society B 268: 797-801.
*Stern, K. & M.K. McClintock. 1998. Regulation of ovulation by human pheromones. Nature 392: 177-179.
*Wedekind, C., T. seebeck, F. Bettens & A.J. Paepke. 1995. MHC-dependent mate preferences in humans. Proceedings of the Royal Society of London B 260: 245-249.
Sobre este blog
La biología estupenda
Eduardo Angulo
Eduardo Angulo es doctor en Biología y profesor de la Universidad del País Vasco. Su área de investigación es el estudio microscópico de células y tejidos, y su relación con los cambios ambientales. Ha publicado más de cien artículos de investigación en revistas científicas y es autor de los libros 'Julio Verne y la cocina: la vuelta al mundo en 80 recetas' y 'Monstruos'. Es miembro del Círculo Escéptico.
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