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El equipo del reino

Como en tiempos pretéritos… el reino apoya a su equipo. Vender la imagen del reino en el césped…

Tal vez estemos empezando a pagar la pitada monumental a la Corona y al himno.

Si miramos unos meses atrás veíamos un sistema financiero egoísta que amenazaba con un órdago si no les dábamos lana. Rescate bancario, avales, préstamos… qué se yo; con tanta opacidad aún no sé ni cómo ni cuánto dinero ha recibido nuestra banca. Lo seguro es que han acaparado caridad presupuestal a espuertas, a manos llenas.

Con el compromiso de repartirlo a las empresas, autónomos y familias han amasado con una avaricia propia del personaje de Moliere. Miento, sus accionistas, sus directivos aún sonríen.

Ahora abrieron la bolsa para entregar unos milloncejos para que los fichajes fluyan hacia el Bernabeu.

¿Ético? ¡qué más da! ¿Justo? creo que no, desde el momento en que el rescate bancario se reconvierte en el rescate merengue. ¿Legal? sí.

15 de junio, primer error arbitral a favor de los blancos.

¡Qué poco falta para que circulen monedas de un euro con el Rey en una cara y el escudo del Madrid en la otra!

Carlos Benito CBC

Media docena, por favor

Como cuando hacíamos los recados a mamá, el Barça bajó al Bernabeu y se trajo la media docena. Y una sonrisa de oreja a oreja.

Esa guerra no iba conmigo. Pero me acerqué al bar para ver el partido. Sabía que el dueño era un poco merengón así que me imaginé el percal.

La realidad se manifestaba en una clientela dividida. El comedor se había organizado en dos mesas largas; la mayor de unas diez personas, merengues, posiblemente tres familias completas y la otra de unas siete personas con gente más joven y culés. La barra estaba ocupada por una clientela no organizada por los colores de su equipo y todos del sexo masculino.

Nada más empezar el partido, el espectáculo estaba no en la pantalla, más bien en la mesa de los madridistas. De las tres señoras, entraditas en años, dos eran lo más parecido a esa mujer que una y otra vez, desde que éramos niños, se nos cuela en la charcutería. Además con unas voces agudas, no, chirriantes mejor diría, sus salidas de tono eran histriónicas. De fútbol poco sabían, de reglamento bastante menos. ¡Pero animar cómo animaban!

Todos los merengues del local se hacían notar tanto antes como al empezar el partido. Se sabían sobrados, sin mantón de Manila, pero muy chulapos ellos y ellas. Los medios de comunicación afines ya habían adoctrinado a sus huestes durante la semana. Por otra parte, los primeros minutos prometían. Ávidos de sangre, los dedos pulgares señalaban hacia abajo, como en los tiempos romanos.

El primer gol fue estremecedor. No exagero. Su felicidad extrema. Primero éxtasis y luego los músculos faciales distendidos en perenne sonrisa.

Tras el empate empezamos a darnos cuenta de que había barcelonistas en el local. Hasta ese momento su recato se había confundido con el anonimato. Quedaba claro que no habían confiado en demasía en sus colores.

El trascurrir del partido hizo que los ánimos se voltearan. Pero he de destacar que los culés mantuvieron la compostura, sabiendo mostrar la grandeza del vencedor y alejándose del escarnio.

De pie al lado mío, en la barra, encontré dos aficionados mesurados con los que era agradable y sano comentar el partido. Uno de ellos era neutral, como yo, y el otro madridista, pero todo lo contrario a un hooligan. A cada gol su cara se contraía en un rictus de dolor al que le seguía una sonrisa de qué-se-le-va-a-hacer. Y encontró el modo de alegrarse la tarde, tanto a él como a nosotros.

En cuanto podía, metía cizaña a las dos forofas merengues para que éstas se encendieran en sus comentarios. A reflexiones del tipo “señora, es que el árbitro no ha visto el fuera de juego” ambas entraban al trapo. Nos guiñaba el ojo pues era obvio para cualquiera que el árbitro estaba haciendo un buen papel.

Un chaval, de unos nueve años, deduzco, harto de pasar vergüenza ajena le solicitó a su madre permiso para levantarse de la mesa e irse al parque. ¡Ipso facto!

Al finalizar el partido, los claxones de los coches se mezclaban con el tronar de cohetes y petardos. Cuando me dirigía al coche, me crucé con un grupo de unos seis subsaharianos jóvenes a los que, entre frases en su propio idioma, llegué a escuchar expresiones en perfecto castellano como “¡qué paliza!” o “¡vaya partidazo!”.

Fui testigo de una muestra más del calado social de este deporte.

Carlos Benito CBC

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jARRILLEROrOJIBLANCO... sin palabras

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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