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One day… in another future (iii)

Tercera entrega del relato histórico en el futuro publicado ayer en el blog hermano Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta.

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Iba a pasar de página cuando Laizza le pidió que dejara el resto del capítulo para el postre.

—Me siento incómoda. Tú leyendo, yo mirándote y todo el mundo observándonos. Parecemos una pareja de casados.

—Sí, claro, perdona… Resulta curioso esto, lo de los idiomas.

—Sabemos que la humanidad ha padecido la diversidad de lenguas desde su origen.

—Sí y te puedo asegurar, por lo que he estudiado, que desde siempre los idiomas fueron barreras en lugar de puentes de comunicación. Recuerda que, simplificando, la primera acción del espíritu santo cristiano en el proceso evangelizador fue dotar a los elegidos del don de lenguas.

—Es obvio que hemos dado un gran paso adelante con la unificación idiomática en todo el mundo. Ahora la comunicación está asegurada.

—¿En serio lo crees así? La riqueza cultural se está perdiendo. Además… bien sabes que los pocos que hablamos, además de la lengua oficial, otro idioma, a veces natal, estamos siendo señalados como parias de la cultura. Abogo, siempre he abogado, por mantener un único idioma global, que nos permita comunicarnos. Pero siempre defenderé las lenguas vernáculas, que en muchos casos son tan antiguas como las religiones.

La conversación pareció zanjada ante la llegada del camarero. Mientras servía los platos le preguntaron su opinión.

—Todos mis mayores hablaban su idioma natal. Mi tutor en educación, sin embargo, se encargó de convencer a mis padres que la sociedad ya veía muy mal usar otras lenguas. Sin embargo… nunca olvidaré cuando, en su último adiós, ellos se despidieron con sus palabras, extrañas para el resto. Les sentí felices y libres, muy libres.

Temas más fluidos y triviales acompañaron los sabores y aromas de la cena.

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Carlos Benito CBC

Mañana publicaré la última entrega de este relato histórico en el futuro en el blog hermano Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta.

One day… in another future

Érase una vez… en otro futuro…

Allá afuera el sol amenazaba un día más. Otra noche de bochorno asfixiante acababa de retirarse. El verano azotaba con ansia el calendario y dejaba muy lejos el único periodo templado del año, apenas un par de semanas frías, que coincidían con unos cielos que se abrían en lluvias desaforadas.

Laizza salía desnuda del baño de vapor condensado. Veía su cuerpo en el espejo y detrás la imagen de una diminuta funcional mesa sobre la que se esparcía un frugal y energético desayuno. El reflejo de toda su recámara quedaba recogido en el espejo. Un solo movimiento de ojos recorría tanto la puerta como las paredes que almacenaban todos los aparatos de última tecnología. Su vida privada quedaba enclaustrada en veinte metros cuadrados.

No se quejaba. Es más, estaba orgullosa. La tecnología en la recámara y el espacio de la misma dependía del estatus social. Ella había luchado mucho y había llegado profesionalmente muy alto. Su ayudante, por ejemplo, tan sólo vivía en una recámara estándar de apenas quince metros cuadrados y con un aire acondicionado que daba un mínimo de cinco grados centígrados más por encima del suyo.

«El aire acondicionado —sonrió, mientras pensaba en ello— la clave de la humanidad en esa época. Aire en casa, en el coche, en los aparcamientos, en los centros de abastecimiento, en los lugares de ocio y de restauración, en los trabajos… ¡ah! y en los mega invernaderos también. Y las ciudades… aireadas por un sistema de ventilación potentísimo. Las carreteras, subterráneas, puesto que un motor de un vehículo no podría, por sí sólo, refrigerar su interior. Los aviones, exclusivos para el transporte transoceánico, y con unas aleaciones anti-térmicas de última generación. El cincuenta por cien del consumo energético del planeta se dedica a enfriar… no, a refrigerar nuestras vidas… otro veinte por ciento a obtener y preservar agua potable.»

Tenía tiempo suficiente para acompañar el desayuno con una lectura. Repasó en el monitor de pared los libros digitales que tenía pendientes de leer. Sin embargo, sus pasos la llevaron inconscientemente a ese pequeño rincón donde guardaba sus tesoros. Acarició aquellos incunables: varios libritos de papel, ya amarillo, pero excelentemente conservados. Se los había transmitido su madre, como el más preciado del tesoro familiar. Desconocía cuántas generaciones los habían conservado. Estaban datados en el 2008 y el 2009, a principios de aquel lejano siglo XXI, de acuerdo al calendario de la era anterior.

«Ciento setenta y pico años antes del inicio de nuestra era. Han pasado ya casi ocho siglos desde aquellos ancestros… —su pensamiento pareció quebrarse en añicos de vacío.»

—Padre… hija… madre —se asombró al oír su propia voz.

«¡Qué hermosas palabras!... ahora casi… descoloridas… Interpretar esos libros me llevó tanto tiempo… leer, releerlos, bucear en las bibliotecas para traducir su vocabulario arcaico, investigar la historia para asimilar las situaciones de aquella vida cotidiana… Soñaba tantas veces… en ser uno de ellos… la hermana de Alazne. Sí, casi siempre he sido su hermana en mis sueños…—de nuevo, la nada se apoderó del tiempo— ¡Dios me he quedado en babia!, es tardísimo. Me llevaré éste, para el almuerzo.»

Antes de acercarse a la mesa para desayunar, guardó uno de sus incunables en su maletín.

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Por poco no perdió el transporte público. De acuerdo a su condición social, iba cómodamente sentada en su correspondiente vagón.

Con las yemas de sus dedos acariciaba el libro, aún dentro del portafolios, mientras se debatía en si se ponía a leerlo allá, en público, delante de sus habituales compañeros de viaje. La lectura en formato papel, aunque no prohibida, aún reservada a las clases de élite, estaba en clara decadencia. Siglos atrás que la industria del papel dejó paso a nuevas tecnologías. La razón no era cultural, sino de supervivencia: conservar la poca naturaleza verde que quedaba en el planeta.

Deslizó el libro y lo colocó sobre su regazo. Le quedaban cinco minutos por delante antes de llegar a su parada. Lo suficiente para relajarse en la lectura y recargar energías para otro día en el laboratorio. Al azar eligió una página y buscó el inicio de ese capítulo.

«… un paseo por el cole… lo he leído tantas veces que podría recitarlo de memoria —cerró los ojos y suspiró—… Acabábamos de llegar a Monterrey, en pleno verano. La prioridad en el ámbito familiar era encontrarte colegio…»

Y se puso a leer.

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Una página le bastaba. Pero sólo llegó a leer dos párrafos. Sintió a medio vagón espiándola.

Especialmente el imbécil de siempre, que justo hoy lo tenía sentado enfrente. Le reventaba su acoso, pero más le molestaba que aún no hubiera entendido lo que significaba un desabrido “déjame en paz”. Coincidían a menudo en el tren, casi diariamente. Primero sus miradas insolentes y más tarde sus intentos por entablar conversación dieron lugar a sus típicos comentarios, nunca fuera de tono, pero siempre fuera de lugar.

Hoy no decía nada. Fijaba su mirada en Laizza y luego la bajaba al libro. Ella, incómoda, lo cerró. Sintió la tentación de guardarlo. Sin embargo, se oyó diciendo:

—¿Sabes leer? Es un libro… papel, Gutenberg, siglo XXI… ¿demasiada información para tus neuronas calenturientas?

—Ya… pero la imprenta no nace con Gutenberg, ¿oíste hablar de los chinos? Su problema no era la imprenta sino el papel. Además la cantidad de caracteres del chino hacía difícil la impresión basada en tipos móviles… ¿De principios del XXI? No me resulta conocido ni el autor ni el título. Como ves sé leer… he conseguido leerlo, incluso del revés.

—Creo que —y ella empezó a sentir cómo empezaba a ruborizarse— no es una edición comercial. Está bien conservado, no parece que le falte ninguna página y no veo por ninguna parte esos códigos que eran obligatorios en aquella época para imprimir un…

—Te refieres al depósito legal y al… —dudó unos instantes— ISBN.

Ambos callaron, evitaron sus miradas y se abrió un incómodo silencio por unos cuantos segundos.

—Tu parada es ésta. Sé que me consideras un pesado, pero… dame una oportunidad… para poder hablar sobre ese libro. Me apasiona la lectura impresa.

Laizza guardó el libro y se puso en pie. Se acercó a la puerta. Justo en el momento en que ésta se abría, se volvió y elevando la voz le dijo:

—Esta tarde en el SunCaaffee… a las siete —su cara era de jugador de póker, aunque mientras observaba cómo los vagones se ponían en movimiento no pudo evitar relajar los músculos faciales y esbozar una medio sonrisa.

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Carlos Benito CBC

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Mañana publicaré la segunda entrega de este futuro relato histórico en el blog hermano Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta.

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... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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