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Barcelona, sin alma

¿Del Barça tú?... así cualquiera.

13 de mayo. 9:30 AM. Recorro a pie parte de la ciudad. Cruzo arterias importantes como la Diagonal, la Gran Vía, Guipuzcoa hasta llegar a Laietana. No me lo puedo creer. Ni una bandera ni un escudo azulgrana que engalane fachadas terrazas escaparates o automóviles. La ciudad respira un día laborable, sin más.

13 de mayo. 13:25 AM. Recorrido inverso. Una enorme bandera culé ondea en la terraza de un bar. El resto de mi camino muestra un encefalograma futbolero plano.

13 de mayo. 14:05 AM a 14:50 AM. De Barcelona a Argentona, por la carretera del litoral donde se recorren varias ciudades cuento a penas una docena de sus banderas.

13 de mayo. 14:55 AM. Argentona está sin pulso azulgrana.

Esa noche se juega una final. Esa que tanto reclaman por ser el mejor equipo del mundo, por su apuesta al fútbol espectáculo.

¡Qué error! El fútbol espectáculo no sale de las botas de Messi, ni lo dibujan los pases de Xavi. La piel de gallina se pone cuando una ciudad brilla con los colores de su equipo. Y si esos colores conquistan la sede de una final días antes del partido…

Lo he comentado con ellos y se escudan en que llevan tres días de celebraciones –el 2-6, la semifinal contra el Chelsea y el “campeonato interruptus”- sin haber ganado aún ni un título. No me convencen.

El Barça es más que un club, dice su grito de guerra. En efecto, no lo dudo. Es un talonario. Y su afición ahí está… sin embargo su ciudad carece de espíritu blaugrana. Es la que sale a la calle cuando gana su equipo. Si no, prefieren las sardanas y los castillos humanos.

Ayer decía de los rojiblancos exiliados que somos los auténticos embajadores del Club, los que sufrimos, con entereza y orgullo, los escarnios cuando las cosas no van bien, los que explicamos su filosofía y los que sacamos las banderas siempre que hay algo que disputar.

Hoy todo España, muerta de envidia, se impresiona por la comunión de un pueblo con su equipo. Ganaremos… aunque perdamos en el césped, habremos ganado el partido de la afición.

Este pueblo culé sólo saca sus colores azulgranas cuando ganan, no tienen filosofía que explicar, mas que la del talonario, y si pierden se arrastran en el anonimato.

Carlos Benito CBC

Escrito a media tarde del miércoles 13 de mayo, en las horas previas al partido.

Media docena, por favor

Como cuando hacíamos los recados a mamá, el Barça bajó al Bernabeu y se trajo la media docena. Y una sonrisa de oreja a oreja.

Esa guerra no iba conmigo. Pero me acerqué al bar para ver el partido. Sabía que el dueño era un poco merengón así que me imaginé el percal.

La realidad se manifestaba en una clientela dividida. El comedor se había organizado en dos mesas largas; la mayor de unas diez personas, merengues, posiblemente tres familias completas y la otra de unas siete personas con gente más joven y culés. La barra estaba ocupada por una clientela no organizada por los colores de su equipo y todos del sexo masculino.

Nada más empezar el partido, el espectáculo estaba no en la pantalla, más bien en la mesa de los madridistas. De las tres señoras, entraditas en años, dos eran lo más parecido a esa mujer que una y otra vez, desde que éramos niños, se nos cuela en la charcutería. Además con unas voces agudas, no, chirriantes mejor diría, sus salidas de tono eran histriónicas. De fútbol poco sabían, de reglamento bastante menos. ¡Pero animar cómo animaban!

Todos los merengues del local se hacían notar tanto antes como al empezar el partido. Se sabían sobrados, sin mantón de Manila, pero muy chulapos ellos y ellas. Los medios de comunicación afines ya habían adoctrinado a sus huestes durante la semana. Por otra parte, los primeros minutos prometían. Ávidos de sangre, los dedos pulgares señalaban hacia abajo, como en los tiempos romanos.

El primer gol fue estremecedor. No exagero. Su felicidad extrema. Primero éxtasis y luego los músculos faciales distendidos en perenne sonrisa.

Tras el empate empezamos a darnos cuenta de que había barcelonistas en el local. Hasta ese momento su recato se había confundido con el anonimato. Quedaba claro que no habían confiado en demasía en sus colores.

El trascurrir del partido hizo que los ánimos se voltearan. Pero he de destacar que los culés mantuvieron la compostura, sabiendo mostrar la grandeza del vencedor y alejándose del escarnio.

De pie al lado mío, en la barra, encontré dos aficionados mesurados con los que era agradable y sano comentar el partido. Uno de ellos era neutral, como yo, y el otro madridista, pero todo lo contrario a un hooligan. A cada gol su cara se contraía en un rictus de dolor al que le seguía una sonrisa de qué-se-le-va-a-hacer. Y encontró el modo de alegrarse la tarde, tanto a él como a nosotros.

En cuanto podía, metía cizaña a las dos forofas merengues para que éstas se encendieran en sus comentarios. A reflexiones del tipo “señora, es que el árbitro no ha visto el fuera de juego” ambas entraban al trapo. Nos guiñaba el ojo pues era obvio para cualquiera que el árbitro estaba haciendo un buen papel.

Un chaval, de unos nueve años, deduzco, harto de pasar vergüenza ajena le solicitó a su madre permiso para levantarse de la mesa e irse al parque. ¡Ipso facto!

Al finalizar el partido, los claxones de los coches se mezclaban con el tronar de cohetes y petardos. Cuando me dirigía al coche, me crucé con un grupo de unos seis subsaharianos jóvenes a los que, entre frases en su propio idioma, llegué a escuchar expresiones en perfecto castellano como “¡qué paliza!” o “¡vaya partidazo!”.

Fui testigo de una muestra más del calado social de este deporte.

Carlos Benito CBC

Sobre este blog

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jARRILLEROrOJIBLANCO... sin palabras

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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