10 May 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 5/10/2003
La plaza de Euskalherria, en Lakua, es como una gran habitación sin muebles
No hay nada tan desolado y a la vez esperanzador como una habitación sin muebles, a lo sumo habitada por una araña prófuga que trepa por la pared en busca de una esquina en la que colgarse. Quien contempla ese espacio vacío no tiene otro remedio que imaginar cómo sería si estuviera decorado, con su mobiliario idóneo, sus cuadros, sus lámparas y su alfombra aproximadamente barroca: un salón no merece esa soledad si se puede hacer algo para remediarla. Algo así le ocurre a la plaza de Euskalherria, en el barrio de Lakua: es un enorme espacio que durante la mayor parte del día permanece casi vacío, habitado apenas por unas cuantas mamás con sus niños y algunos parroquianos con el tiempo para tomarse algo en La Fragua de Vulcano o en la cafetería Dam.
Pero el visitante ya se imagina cómo será este lugar cuando el barrio crezca y se llene de paisanos bulliciosos que ocupen las terrazas y den sentido a este territorio urbano. A las siete de la tarde de un día cualquiera entre semana, la plaza enorme sólo reúne a las mamás y sus críos, esta vez asombrosamente pacíficos, a los clientes de la Fragua y a un tipo impaciente dotado de una carpeta en una mano y un móvil en la otra que mira una y otra vez al reloj controlando los accesos, en la actitud del que espera sin desesperar todavía. Cada dos o tres minutos, el sujeto se apoya en una de las extrañas farolas con forma de escalera que decoran el sitio, toca el tambor de su pierna con la carpeta amarilla y consulta de nuevo el reloj resoplando como un toro a punto de embestir al enemigo sin clarín que anuncie el trance.
En los soportales hay una papelería, una tienda de cosmética, un comercio de chucherías, una peluquería, una tienda de muebles, una herboristería o un vídeo club desde el que Hugh Grant nos mira con cara de crápula. El silencio es insólito para una ciudad como ésta en la que cualquier actividad por trivial que sea requiere un estruendo de casa de locos. En cuanto al tipo que espera, sus gestos apuntan a que la paciencia se le está acabando cada segundo que pasa y que de un momento a otro va a proceder a emitir airadas blasfemias o gruñidos monstruosos. Al pobre hombre le han dado evidente plantón, y semejante desaire es uno de los peores que puede soportar un ser humano de cualquier estirpe o familia.
Dentro de un tiempo la plaza de Euskalherria será un multitudinario lugar de encuentro, cuando la zona esté atiborrada de ciudadanos y el barrio ya no parezca el decorado vacío de una película que no se ha empezado a rodar. A esta hora de la tarde no se escucha el motor de los coches, un avión cruza el cielo limpio dejando su larga estela blanca y un paisano ya desesperado echa un vistazo a su reloj, pulsa sin resultado las teclas de su teléfono móvil y abandona la plaza a la carrera con la intención de repartir unas cuantas bofetadas por ahí. El día en que el salón se llene de muebles será muy acogedor y la araña furtiva no tendrá oportunidad de trepar por la pared por culpa de la presencia de hombres, mujeres y tiernos niños berreantes en cada metro cuadrado.
Ahora hay que dejar planteado el dilema sobre si la afluencia masiva de gentes a la plaza mejorará las cosas o convertirá la zona en un hormiguero desordenado comparable a los que se producen en el centro. Estoy seguro de que en este sentido se dividirán las opiniones en el barrio: unos preferirán la plácida soledad de la plaza vacía y otros la masa humana sin la que tanta gente no puede vivir. Lo que permanecerá suceda lo que suceda es la figura de un hombre solo que espera la llegada de quien no va a llegar, precariamente armado con un móvil.
09 May 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 12/10/2003
La plazuela de Santo Domingo es uno de los espacios de Vitoria que sería irreconocible para nuestros ancestros
Si cualquiera de nuestros venerables ancestros pudiera volver a la vida para darse un paseo espectral por ciertas zonas de su ciudad, seguramente sospecharían que la máquina del tiempo les estaba gastando una broma. Imaginemos aquella Vitoria en la que toda o casi toda la población vasca era blanca, vestía de manera acorde a la clase social de cada cual, se recogía en casa a la misma hora y sólo había visto extranjeros exóticos en las películas. Una vez trasladados aquí por la máquina de marras, asistirían al espectáculo asombroso de un paisanaje incomprensible para ellos: hombres y mujeres con la piel del color del ébano, señoras con chador y vestimenta hasta los pies o caballeros tocados con un gorro de fieltro rojo con forma de cubilete de timba.
Y también encontrarían en su paseo las iglesias católicas de toda la vida a pocos metros de mezquitas musulmanas, las carnicerías especializadas en los gustos de moros y cristianos, los locutorios telefónicos en los que se dan cita cada día las gentes que han venido aquí a encontrar esa vida mejor que se les niega en su tierra y que les sirven de hilo casi umbilical con lo que dejaron tan lejos. He visto llorar con lágrimas oceánicas a un tipo enorme con piel muy oscura aferrado a un teléfono y estoy seguro de que jamás expresaría los dolores de su alma en ninguna situación salvo en la de acordarse de sus seres queridos.
Todo esto sucede cada mañana, cada tarde y cada noche, y si sus ancestros venerables o usted mismo recorren los aledaños de la plazuela de Santo Domingo, se dan una vuelta por la Herrería, Barrancal, Portal de Arriaga, Zapatería o los cantones que las comunican se darán cuenta de que la cara de la ciudad sería ya irreconocible para quienes nos precedieron en el tiempo. Permítanme anotar que me alegro mucho de que así sea. Ver siempre las mismas caras es un ejercicio óptico harto fatigoso y mortalmente aburrido: la llegada de gentes diversas, ataviadas de modo extravagante para nosotros, con costumbres diferentes y por lo general respetuosas con las que seguimos, nos ha ventilado el ombligo antes de que la borra lo tape del todo.
Son las 11.30 de la mañana de un viernes milagrosamente soleado y en la plazuela de Santo Domingo parlotean en lenguas extrañas ciudadanos de orígenes más o menos remotos, sentados en los bancos. El único inconveniente para el peatón consiste en aplicar técnicas de supervivencia para no ser arrollado por las furgonetas de reparto y los coches que saturan la anchura minúscula de las calles medievales. Es desesperante cómo una de las zonas que deberían ser más apacibles de la ciudad se convierte en un tormento para cardíacos por la proliferación demente de monstruos mecánicos. En los bancos de Santo Domingo, los paisanos fuman, hablan de sus cosas en idiomas raros y esperan la hora del tránsito por la mezquita, la carnicería especial o el locutorio en el que recuperar el trozo más valioso del cordón umbilical, aunque sea en forma de hilo telefónico.
Volviendo a nuestros venerables ancestros y concluida esta visita guiada al nuevo paisaje urbano que ellos no hubieran concebido nunca, no sería descartable la imagen de uno de esos viajeros del tiempo abriendo una sonrisa solar ante lo que ve. A las comunidades cerradas hay que darles oportunidad de airearse, porque si no corren el riesgo de creer que su pequeño mundo es el único que vale la pena. No es imprescindible que usted, vitoriano de toda la vida, cambie de dieta y compre su carne en una tienda árabe. Basta con que acepte que exista.
08 May 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 16/11/2003
Un paseo por el centro de Vitoria cuando oscurece el domingo revela que la procesión laica tiene mucho de penitencial
Si usted tiene tendencia al masoquismo emocional y se lo pasa en grande sufriendo episodios de intensa melancolía que pueden llevarle incluso a vaciar los lacrimales en cantidades caudalosas, podemos proporcionarle un método infalible para gozar de su problema. Basta con que cuando llegue el anochecer de un domingo otoñal o de invierno salga de sus aposentos protectores y se dé una vuelta por la calle Dato y aledaños.
Es imprescindible que cumpla el ritual sagrado de recorrer el terreno de arriba abajo o de abajo arriba, el orden de los factores no suele alterar el deprimente producto, fielmente acompañado por su señora o su señor, por sus niños si los hubiere, por suegros, suegras, cuñados o cuñadas y bajo la custodia tutelar de cientos de paisanos tan aburridos como usted y con las mismas ganas urgentes de que llegue el lunes de una santa vez.
Procure no olvidar su aparato de radio para estar en todo momento al corriente de lo que ocurre en los campos de fútbol: el tamaño del artefacto es cosa suya, pero le aseguro que he visto mamotretos enormes al hombro de ciudadanos aparentemente en sus cabales. Es de buena nota seguir la norma de que los varones vayan por delante de las damas, a unos dos o tres metros de distancia más o menos, aunque también puede suceder que sean ellas las que preceden a sus cónyuges: de lo que se trata es de que nunca vayan del todo juntos las unas y los otros o las otras y los unos. Tienen intereses diferentes, maneras de ver el mundo diversas, concepciones de la vida a veces incompatibles. El puede estar discutiendo sobre el pésimo juego del Alavés y ella debatiendo acerca de lo bien que le sienta la gomina al conde Lequio o de las razones por las cuáles la prometida del Príncipe escribe su nombre con zeta.
Una vez ejecutado este ejercicio de autoflagelación psicológica ya esta usted listo para incurrir en depresión profunda, sentir deseos difusos de cortarse las venas o ponerse hasta el hipocondrio de barbitúricos fulminantes. Sólo le salvará de esas inclinaciones presuicidas la esperanza iluminada de que mañana es lunes y usted verá ese día de la semana como los conquistadores veían El Dorado o los cruzados el Santo Grial.

Es falso que los seres humanos odien la llegada del lunes: un paseo por el centro de Vitoria cuando oscurece el domingo revela que la multitud paseante compone una procesión laica de Norte a Sur o de Sur a Norte que tiene mucho de penitencial. Sólo falta el sumo sacerdote.
Para quienes no estamos interesados en los juegos masoquistas emocionales o físicos, la única opción consiste en huir hacia otras zonas de la ciudad durante el trance dominical. Así nos evitamos el trámite de llegar a casa desolados, al borde del llanto tonto, sin ganas de cenar y con el único propósito de meternos en la cama escuchando el 'Requiem' de Berlioz con cara de funeral prematuro.
Tergiversando bastante los versos de Gil de Biedma, benditos sean a veces los días laborales. Comparado con el tránsito de zombis de la calle Dato una tarde de domingo, comparecer en el tajo es un regalo de los dioses. Y si además uno detesta el fútbol, el regalo es ya suficiente para seguir viviendo una semana más.
08 May 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 02/11/2003
La travesía es apacible y segura y sólo encuentra obstáculos en una furgoneta
mal aparcada o unos cuantos coches en desafiante doble fila
Por la módica cifra de 65 céntimos de euro cualquier ciudadano puede recorrer la casi totalidad del Casco Viejo montado en un autobús urbano, adoptando la precaución de no tomar asiento sobre las ruedas del vehículo. El traqueteo es tal que el viajero puede perder la dentadura, expulsar las lentillas, centrifugar el almuerzo en el estómago o transformar su cabeza en una batidora loca.
Salvado este escollo, la travesía es apacible y segura y cruza calles y callejuelas, cantones y cuestas sin encontrar más obstáculos que el de una furgoneta mal aparcada o unos cuantos coches en desafiante doble fila. Es entonces cuando el conductor ha de hacer gala de una paciencia tibetana que resuelve tocando la bocina hasta que el transgresor de las normas de tráfico aparece para quitar su trasto de en medio.
No siempre la tarea es fácil. Algunos propietarios de furgones o automóviles díscolos desaparecen sin dejar rastro, se volatilizan y sólo regresan al lugar del crimen cuando les da la gana pese a escuchar con nitidez los bocinazos del autobús. No es descartable que el sujeto desaparecido en combate se encuentre en cualquier tasca devorando pinchos de tortilla, ceremonia para él de rango superior a la de molestarse en apartar el coche para dejar paso al transporte público. Tampoco es descartable que en caso de reprimenda por parte del empleado de Tuvisa, el gandul de turno responda con airada chulería y algún corte de mangas escasamente versallesco. Esta gente es así y no sería de otra manera ni siquiera si se le practicara una lobotomía. Como dice Brassens en su canción, cuando uno es gilipollas, es gilipollas.
A las 12.30 de un día de tiempo incierto, el autobús del Casco Viejo se detiene en su lugar de la calle Francia a la espera de clientes. Eliminados de la lista de viajeros, y por razones inobjetables, un señor empeñado en ir a Sansomendi y una señora cuyo único destino vital parecía ser el llegar a Txagorritxu por tierra, mar o aire, nos quedamos cuatro personas en el bus. El trayecto transcurre sin incidencias graves que anotar, salvo las ya enunciadas del terremoto interior causado por la mala idea de sentarse sobre las ruedas y la presencia impasible de una furgoneta que nos impide el paso en algún tramo.
Es un mediodía tranquilo cuya única víctima es un chaval con pelo a lo Bob Marley que camina pensando en sus sueños o no pensando en nada y que de repente recibe el estruendo de la bocina del autobús. Por lo que se refiere a nuestros dos acompañantes, un evidente matrimonio de jubilados, se bajan tras pulsar el botón rojo de las paradas solicitadas. No se han puesto de acuerdo en nada durante todo el viaje, pero más que acritud hay en sus disputas una larga rutina de desencuentros sin que tengan mayor importancia.

La travesía no ha sido desde luego tan caótica como la que emprendieron los Beatles en aquel autobús de 'Magical mistery tour', pero resulta agradable. No ha habido que soportar grandes atascos ni tumultos histéricos. No es poco comparado con lo que sucede a esas horas en otras zonas de esta ciudad tan desmadrada para lo malo y tan pacata para lo interesante.
También es cierto que si uno posee cierta cultura literaria puede sentir inquietud cuando se queda solo en el bus con el conductor. Entonces evoca aquel cuento de Cortázar titulado 'Omnibus' y sonríe por admitir la analogía entre lo que sucede en el relato y lo que está viviendo. No tiene nada que ver, y eso lo sabe después cuando desciende del vehículo frente a El Corte Inglés.
06 May 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 23/11/2003
Acceder al espacio que ocupa el museo Artium tiene su dificultad: zanjas, vallas, obras y motos a mil por hora
La única dificultad real para acceder a la plaza del Artium y al museo en sí mismo consiste en la travesía: si usted consigue sortear zanjas y vallas, motos a mil por hora que han convertido la zona en una pista de carreras para descerebrados y otros inconvenientes casi siempre provocados por la pertinaz política de obras públicas emprendida por nuestro Ayuntamiento, llegará a la plaza, podrá sentarse en un banco, disfrutar de la escultura de Miquel Navarro con mucho cuidado de que no se le caiga encima e incluso tomarse un vino en alguno de los bares del lugar. Si usted pertenece a la estirpe de los ilustrados o de los curiosos incluso puede ingresar en el museo a las horas adecuadas para salir de él un poco más sabio o un poco más atónito.
A las 13.25 horas del mediodía la plaza que acoge al Artium está tan desierta como un solar vacío, pero no por ello dejan de deambular ancianos, señoras con la cesta de la compra y un evidente chino que acude a su trabajo en el Pabellón Celestial, restaurante oriental cuyo escaparate está decorado por unos inmóviles ositos de peluche. El gentío se reúne en La Bilbaína, histórico local siempre repleto de paisanos, llueve o truene, en la salud y en la enfermedad y hasta que el camarero les atienda. En la puerta hay un vendedor de boletos de la ONCE con gran capacidad de persuasión que alivia los rigores de su trabajo practicando las artes infatigables de la charla con los perseguidores de la buena suerte. A esta virtud hay que añadirle la de soportar con estoico heroísmo el ruido del tráfico infernal que sacude la calle.

En este mediodía de otoño, el peatón se fija sin poder remediarlo en una señora de pelo amarillo, labios rojos como la sangre y un paraguas incongruente que no va a servirle ni para cubrirse en caso de lluvia ni para guarecerse de los ataques del sol. A la dama también otoñal la acompaña un perro diminuto dotado de barba canina y con ojos de pícaro perpetuamente cabreado, uno de esos ejemplares de caniche que si se les cruza el cable pueden llegar a ser más peligrosos que un rotweiller.
El microscópico perro ladra a cuanto se le pone por delante, y lo hace con el tono agresivo de un matón de taberna que parece buscar a toda costa que alguien más grande que él le rompa la cara o, en este caso, se lo coma sin salsa, de un bocado certero. Su dueña asiste a estas exhibiciones provocadoras de su mascota con la indiferencia de una sorda, pero lo más curioso es que un par de perros enormes se limita a mirar con desdén aristocrático al chucho y le perdonan la vida como si para ellos devolver la afrenta del enemigo tan menguado fuera un desdoro personal.
La que fuera estación de autobuses, escombrera, ruina urbana donde la hubiese y paraíso de ratas contiene hoy un museo de arte contemporáneo y una plaza imaginativamente decorada con bancos de diseño y esculturas de vanguardia. En cuanto a la señora de cabellera dorada y labios de rubí, ya se ha perdido hacia el Casco Viejo con su fiero animal de compañía. Tal vez haya visitado alguna vez el museo o tal vez no, pero lo que está claro es que se encuentra tan acostumbrada a los ladridos atiplados del animalito que le importa un rábano controlarlos. Un día de estos, y que me disculpen los partidarios de la bondad innata de los irracionales, algún doberman con un mal día responderá al desafío del enano y se lo zampará sin remordimientos. Y la señora llorará tan inolvidable pérdida hasta que el Señor la convoque a su seno.
05 May 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 07/12/2003
Cuando llegan estas fechas navideñas, La Florida se convierte en un parque temático
El parque de La Florida es por lo general un lugar apacible por el que deambulan ciudadanos de toda índole, políticos que vienen de agotadoras sesiones parlamentarias, mendigos que duermen sobre la hierba y bajo los árboles centenarios, algún navajero con escasas dotes para el asalto a mano armada y perros bulliciosos, agresivos, indolentes, ladradores o anoréxicos, dependiendo del nivel financiero y del talante cívico de sus dueños. También hay una montaña misteriosa con su cueva correspondiente y otras alegrías para la vista, incluida la estampa impávida de unos cuantos reyes godos alrededor de un kiosco de música.
Pero cuando llegan estas fechas navideñas el parque se convierte en temático. Se instala una pista de hielo que rodea el kiosco, múltiples casetas de madera que parecen sacadas de un western, una gran jaima calefactada que a las 13.00 horas del miércoles, 3 de diciembre del año en curso, los operarios proceden a levantar con la disciplina que debieron utilizar los constructores de las pirámides y, quizá lo más importante, una feria de tiovivos y carruseles que al peatón le conduce sin necesidad de máquina del tiempo a la infancia. La mejor canción sobre estos prodigios modestos la escribió Serrat y se titula 'El carrusel del Furo', aunque don Joan Manuel no podía adivinar cuando la compuso que tan sólo un par de décadas después resultaría por completo inverosímil la venta de dos boletos por un duro. Y no sólo porque ya no hay duros.

Según cuentan los papás, los niños que regresan de sus patinazos a casa lo hacen empapados y ruego que no vean en lo anterior un juego de palabras. También es sabido que un considerable número de practicantes de las artes del patinaje tienden a romperse la frágil crisma durante sus evoluciones coreográficas, supongo que para dar trabajo a los desocupados traumatólogos.
En estos tiempos tontos en los que romperse algo es síntoma de excelente salud y gran fervor deportivo, qué absurda paradoja, cualquier aprendiz de patinador puede descalabrarse sin mayores esfuerzos en la pista de hielo y alardear después ante sus amistades de andar con los huesos quebrantados por esquiar en las pistas de Candanchú. O en las de Baqueira Beret, que es donde recala la gente principal.
De todas maneras, yo me quedo con los tiovivos, esos artefactos mágicos que consiguen hacer del eterno retorno una aventura épica. Si me permiten citar de nuevo a Joan Manuel Serrat, es difícil comprobar en otro sitio cómo alucina un niño. Salir de paseo forrado como un astronauta con abrigos y bufandas y sentarse a los mandos de un coche de bomberos o a lomos de un tordillo de madera es una de esas experiencias que no se olvidan nunca. Y si se olvidan, peor para el amnésico.
Conocí a un tipo muy serio, tan serio como un cadáver con vida, que una noche de borrachera terminal se montó en un tiovivo, en concreto en la silla de un corcel de cartón y gastó una fortuna dando vueltas y vueltas en el carrusel hasta que el tinglado se cerró hasta el día siguiente. Cuando me lo encontré algunos días después me confesó con una sonrisa que si hubiera viajado antes a ninguna parte como lo hizo aquella noche ahora sería feliz como un niño alelado.
El parque de La Florida es durante estos días un escenario distinto al habitual. Procure no mojarse, no desbaratar su sistema óseo y no abusar de los churros. Pero si tiene un momento, celebre la vida viendo cómo los críos recorren en círculo el mundo a bordo de un camión de bomberos.
02 May 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 30/11/2003
El cementerio de Santa Isabel, repleto de tumbas y mausoleos, es un remanso de paz frente al caos de tráfico
Conozco a un tipo que resuelve sus quebrantos sentimentales, que son muchos, y sus desastres financieros, que son más, por el procedimiento aterrador de dirigirse el cementerio de Santa Isabel y recorrer con parsimonia desesperada la ruta de las tumbas. Después de un buen paseo por mausoleos, palacios lúgubres de los que podría emerger el conde Drácula con ganas de beber y tumbas humildes, nuestro hombre se siente renovado y vuelve al reino de los vivos con la intención imbatible de seguir sufriendo quebrantos amorosos y desastres contables, combinación de inconvenientes que como todo el mundo sabe componen lo esencial de la existencia humana. Ningún psiquiatra ha tratado su caso, pero podría dar para un simposio fascinante.
Este sujeto tan peculiar paseaba un día de otoño cruel por las calles de la ciudad de los muertos cuando topó con otro individuo de cara alegre, fumador inmune al acecho de la nicotina, hablador y muy laborioso, a juzgar por el cuidado que ponía en enderezar ramos de flores, barrer hojas secas y podar arbustos. El tal menda se identificó como sepulturero titulado y contó a nuestro héroe sus historias de cada jornada fúnebre como quien relata lo que le ocurre a un oficinista en su oficina. Ofreció detalles sumamente escabrosos con tal naturalidad que el visitante del camposanto empezó a irritarse, como si su paraíso de las desgracias irremediables se hubiera convertido por obra del enterrador en una mera residencia de fiambres sin mayor valor tétrico. Era como si acudiera a un congreso de espectros y tan intimidantes personajes aparecieran sosteniendo portafolios y tarjetas de identificación en sábanas mortuorias.
Desde aquel encontro inolvidable, mi amigo no es el que era. Sus perturbaciones eróticas las resuelve sin ninguna grandeza y sus descalabrofinancieros los paga como puede sin que le ayuden en nada los pobres difuntos ni los difuntos pobres. Las lecciones magistrales del enterrador sobre el oficio de sepultar a los muertos y adecentar sus aposentos definitivos le han quitado todo interés a sus incursiones a Santa Isabel. El, que se creía el último discípulo de aquel poeta que escribió sobre lo solos que se quedan los que han pasado a la otra vida, ahora se enfrenta a sus cuitas poniéndose hasta lo más profundo del estómago de raciales callos y de orujo de hierbas. Y su existencia es menos emocionante, menos literaria, mucho menos propia para el estudio. El digno enterrador municipal, que por cierto tiene la manía de relatar las incidencias del día a su embelesada señora durante la cena logrando así que ésta olvide mirar 'El gran hermano', ha acabado con un poeta que nunca ha escrito un verso.
De cualquier forma, la duda que tenemos quienes conocemos a uno y a otro es la de, si sucediese un paseo de ambos por el camposanto y un cadáver se levantara de su tumba para ver mundo, cuál de los dos sufriría el infarto. A las 10.25 de la mañana de un día de noviembre nublado, el cementerio de Santa Isabel, ubicado en pleno Zaramaga, es un remanso de paz comparado con el caos de tráfico y comparado en general con todo lo que circunda. Un café con leche en un bar cercano te recuerda que por ahora estás vivo y no necesitas los servicios del sepulturero.
El protagonista de esta historia cierta aunque no lo parezca está deshaciendo una vez más alguna relación amorosa con resultados traumáticos y su amigo el funcionario, que pudo ser vigilante de piscinas municipales y prefirió su actual destino, andará remediando el daño que las hojas muertas hacen a los muertos.
20 Abr 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 14/12/2003
De todos los desastres que ocasiona la falta de electricidad, uno produce pánico: quedarse en el ascensor
De vez en cuando, y cada vez más a menudo, la compañía eléctrica de turno obsequia a sus clientes con fulminantes cortes de luz que dejan a oscuras barrios enteros. Las únicas explicaciones sobre ese variado surtido de apagones consisten en tres o cuatro melonadas que no se traga nadie, pero el mal está hecho. Miles de ciudadanos se quedan de pronto sin calefacción, sin tele, sin ducha caliente, sin microondas, sin cocina en la que plantearse un plato de superviviencia, sin ordenador, y sin ganas de vivir sometidos a la triste dictadura de la oscuridad completa. La suministradora del fluido puede condenarnos a las tinieblas sin que cuando se recupera la luz tenga el detalle mínimo de pedirnos disculpas por carta o reducirnos el importe de la factura bimensual.
Pero de todos los desastres que puede ocasionar un apagón hay uno que produce un pánico especial sólo con imaginarlo: se trata de viajar en ascensor y que en un momento dado el aparato se quede varado en cualquier piso durante horas. Los claustrofóbicos sufren terribles ataques de ansiedad, los histéricos gritan como poseídos por todos los diablos con Satanás al frente, los calmados se aburren porque no han adoptado la precaución previsora de traerse un libro o un periódico, los tipos con secreta vocación antropófaga distraen su mente pensando en un asado cuyo ingrediente principal es ese vecino gordito que comparte el encierro, los salidos se montan en la mente una tórrida escena pornográfica con la chica de enfrente y la señora que viene de la compra se va comiendo la barra de pan y el jamón de york sin ninguna intención de compartir el refrigerio con sus colegas de infortunio. Se han dado casos de asalto brutal a la señora, desprovista de sus viandas a mordiscos mientras dura el accidente.
Sin embargo hay una entre las desgracias que pueden sucedernos en un ascenso durante un corte de energía eléctrica que no se la desearía ni a mi peor enemigo. Usted se encuentra en ese trance agónico compartiendo el exiguo espacio del cubículo y junto a usted sólo hay un tipo que fuma un puro apestoso de segunda mano, cuyo alerón le canta con efectos estupefacientes y que lleva el 'Marca' bajo el aromático sobaco.
Este sujeto, de índole cabalmente celtibérica, procederá a proporcionarle todo tipo de datos acerca de los avatares de la Liga sin darle tiempo a preguntarle si le importan un rábano las hazañas de Beckham o los tropezones del Alavés. No cesará su perorata hasta que los bomberos acudan en ayuda de usted, que exhausto y menoscabo, pedirá a sus salvadores que utilicen las hachas de salvamento para partir en dos al comentarista deportivo. Cuando por fin se abran las puertas del ascensor, usted saldrá de estampida, y no tanto por el miedo y la angustia que ha pasado como por huir de un psicópata peligroso.
Tengo un buen amigo al que le pasó algo muy parecido durante un apagón de los que le gusta organizar a Iberdrola para animar un poco el tedio de sus clientes. Desde entonces no ha vuelto a subirse en ascensor, ni siquiera el de su casa. Menos mal que vive en un segundo y se mantiene en buena forma. Otro día les contaré la aventura padecida por una chica que conozco también y que profesa una fobia incurable hacia los perros. Se quedó encerrada en un elevador con una emperifollada matrona que adornaba su presencia invasora con un caniche feroz que no dejó de ladrar ni en un instante de tregua para tomar aliento.
Mi amiga se gastó después una fortuna en valium y desde entonces sufre extraños espasmos musculares que podrían explicarse como el gesto inconsciente de patear a un chucho. O a su dueña.
20 Mar 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 04/01/2004
Descartes dejó escrito «si piensas es que existes», pero ahora parece que sólo existes si consumes
En los tiempos que corren la única religión verdadera es el consumo pertinaz y su liturgia más o menos solemne consiste en ir de compras. Millones de ciudadanos recorren los grandes almacenes, las tiendas, los complejos, las plazas públicas en las que se vende algo y se dejan asesorar espiritualmente por los sacerdotes del nuevo culto, que en vez de vestir con alzacuellos y sotana lo hacen con vistoso chaleco o chaqueta, minifalda persuasiva en el caso de las chicas o elegante terno en el de los caballeros.
Usted entra en el templo del sagrado consumo y una legión de clérigos laicos con uniforme ceremonial le atiende para que no se vaya al infierno de los rácanos por haber cometido el pecado de no gastar lo suficiente. Descartes, que no tuvo un duro en su vida, dejó escrito aquello de que si piensas es que existes, pero ahora de lo que se trata es de demostrar que existes si compras.
Este peatón perplejo tantas veces ante la visión del comportamiento ajeno visita también los grandes centros comerciales y tiende a sentir una controlada angustia pese a su condición de hombre tranquilo. Cientos de sujetos presos de gran agitación deambulan histéricos por todas partes, los niños chillan, los abuelos, que han ido al lugar para disfrutar de la calefacción y sin el menor interés en comprar algo, se obstinan en hacer de tapones humanos en mitad de los pasillos gracias a un talento para la inmovilidad borde realmente digna de premio, las señoras proceden a arrasar cuanto pillan con sus carritos homicidas poniendo esa cara de psicópatas que ponen las señoras en circunstancias como las que comento, y todo es caos y a uno le dan ganas de salir de ahí aunque sea rescatado por los geos.
No soy el único que piensa así: conozco hombres y mujeres de entera confianza que me han contado sus experiencias en día de compras como si estuvieran relatando 'Apocalypsis now'. Y doy entero crédito a sus testimonios basándome en la experiencia propia.
Hace tiempo leí un artículo de Gabriel García Márquez en el que contaba lo que ocurrió en unos grandes almacenes de Londres, creo. Estaba permitida la entrada de animales de compañía, medida muy típica en un país que adora a sus bestias hasta el extremo de nombrarles de vez en cuando primeros ministros, y he aquí que una señora bajaba con su caniche querido por las escaleras mecánicas. De pronto el chucho se soltó de la mano de su dueña y fue despeñándose por la imparable escalera hasta terminar destrozado por los peldaños y convertido en un inerte amasijo de carne sobre un charco de sangre.
Les cuento este triste episodio porque desde que lo relató el maestro de los maestros no puedo subir unas escaleras mecánicas sin temer la aparición del cadáver triturado de un caniche familiar, pisoteado con saña involuntaria por un ejército de consumidores compulsivos que han ido al templo a cumplir con el rito de la verdadera religión y se han topado con el sacrificio sangriento de un ser vivo a mayor gloria del mercado omnipotente.
Acólitos de grado o por fuerza de la teología del consumo, poco podemos hacer por practicar al ateísmo radical frente al Dios de la compra. Sólo nos queda resistir de la mejor manera que sepamos, colocarnos bolitas de cera en los oídos para no escuchar los cantos del coro celestial que nos abruma por los altavoces y refrescarnos con una cerveza sanitaria después del trance.
Y menos mal que en nuestro país no se permite la entrada de los perros en los grandes almacenes. Tiene que ser espantoso contemplar cómo un lindo caniche es despanzurrado sin piedad por un artilugio mecánico y no poder hacer nada para salvarlo.
20 Feb 2009
POR CARLOS PEREZ URALDE 11/01/2004
El parque del paseo de La Senda, con horario fijo, tiene un delicado aroma indescifrabl
Hay momentos a lo largo del día en los cuales uno siente un peso abrumador, un amago de dolor de cabeza ingobernable, una tristeza difusa sin causa concreta o con causa demasiado concreta y el presentimiento de que lo que hasta ahora ha ido muy mal es muy probable que vaya aún peor. A esta nómina de calamidades emocionales los médicos le llaman estrés, pero antes le llamaban surmenage o melancolía, y los galenos recomiendan para su curación o mero alivio Prozac, Valium o complejos antidepresivos de variada índole.
Vivimos tiempos duros en los que cualquier inconveniente cotidiano se convierte en causa de dolencia mental. Eche usted un vistazo a la cara de la gente por la calle en un día gris con amenaza de lluvia y se dará cuenta inmediata de lo mal que funciona la serotonina colectiva, ese compuesto químico que todos llevamos encima y cuyo control es fundamental para no incurrir en estados lamentables de desasosiego.

Sin embargo, hay procedimientos distintos a los farmacológicos para enfrentarse a los problemas del día. Hay uno sin más componentes químicos que los que desprende la madre naturaleza en sus funciones rutinarias y que no necesita receta: basta con dar un paseo e ingresar en un jardín solitario en cuyo espacio verde no puede ocurrir nada peor de lo que sucede a apenas unos metros. En el paseo de La Senda, y alrededor del edificio que alberga la Fundación Sancho el Sabio, hay un jardín público que parece privado y en el que casi nunca hay nadie. Usted penetra en él, respira hondo, se da una vuelta, intenta sentarse, aunque lo va a tener difícil en ese aspecto, toma contacto con las hojas muertas del invierno, dedica un saludo conmovido a los árboles desollados por la estación que en primavera y verano estarán espléndidamente vestidos y trata de relajarse sin recurrir al Prozac. Seguro que la operación se salda con un enorme éxito del ánimo, tan maltrecho cuando usted atravesaba la verja del pequeño paraíso.
Este peatón no suele necesitar reconfortantes espirituales que no sean un buen libro, una buena música y la actividad por excelencia que ustedes supondrán, pero reconoce que este jardín público tiene una eficacia calmente muy especial. Por eso le extraña que casi nadie acuda al lugar, quizá porque carece de unos imprescindibles bancos en los que sentarse y por estos lares si no te puedes sentar no eres feliz del todo. Con las aglomeraciones del centro, con el tráfico demente que hay que soportar, con el tedio paradójicamente espídico que causa la espera a que las luces del semáforo cambien de color para los peatones, es inexplicable por qué ese remanso de paz romántica está siempre tan vacío.
Una vez dicho esto, atiendo al comentario que me susurra al oído alguien que mira lo que escribo: si el jardín se volviera territorio popular y populoso, su encanto habría desaparecido. Imaginen la parcela verde con sus árboles gigantes saturada por una muchedumbre impertinente como lo son todas las muchedumbres. El estrés volvería a apoderarse del espíritu, las tensiones provocarían calambres morales de alto voltaje, el espacio quedaría hecho un muladar por culpa de la intervención masiva de seres humanos y el jardín de las delicias íntimas pasaría a ser territorio comanche.
Mejor que la cosa siga así, con su soledad tímida, su condición de oasis urbano y su modesta belleza. No es el de los Finzi-Contini, por fortuna si me mira bien, ni el del Bosco, pero el jardín de La Senda tiene un delicado aroma indescifrable. El de las cosas que a uno le gusta oler sin saber exactamente dónde está el motivo de esa fascinación sensorial. Visítenlo, pero no se amontonen. Lo estropearían todo.
Sobre este blog
La tira
icerrajeria
La intención de este blog es recopilar mi trabajo diario en las páginas de
EL CORREO.
Muchas veces el lector no tiene tiempo de disfrutar de las ilustraciones en color o quiere verlas otro día o bajarlas de la página para poder editarlas en su impresora, ya que en el tema tratado se ve retratado, sale algún conocido, quiere coleccionarlas...
Asimismo, encontrareis en las secciones del blog distintos trabajos que han sido publicados en años anteriores y que poco a poco voy añadiendo.
Caricaturas de escritores y otros personajes que vuelven a tener vigencia, las elecciones vascas 2009 con humor, páginas especiales, planas sobre fiestas de Vitoria-Gasteiz, San Prudencio, San Juan del Monte,... El fútbol con las jornadas del Deportivo Alavés, recreaciones de juicios y, por supuesto, las tiras diarias de las ediciones de Álava y miranda de Ebro.
También un recuerdo a Carlos Perez Uralde con el que compartí amistad, trabajo y muy buenos ratos, publicando su poemario y otros artículos que iré añadiendo a el blog.
Desde todos estos espacios podéis acceder a las noticias, datos adjuntos y participar de forma activa añadiendo vuestros comentarios e ideas.
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Espero que os lo paséis bien y sonriáis un poco navegando en este espacio.
IÑAKI CERRAJERÍA (Jose Ignacio Zarrajería García) Vitoria-Gasteiz, 1957
Realizó estudios de Bellas Artes en las Facultades de Sevilla y Bilbao entre los años 1976 y 1981.
Desde 1980 compagina su trabajo de pintor con el de ilustrador gráfico para diversos medios de comunicación. Desde 1989 es colaborador en EL CORREO, donde todos los días, tanto en la edición de Álava como en la de Miranda publica una tira, LA ILUSTRACIÓN , una forma de ver la actualidad entre la ironía y la sonrisa, así como otros dibujos en las secciones deportiva y de opinión.
Como artista ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas
Ver enlace: www.trayectogaleria.com/
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