Hace mucho calor y no me gusta. Me levanto del futón, que es casi lo mismo que decir que del suelo, y me descubro empapado. Pongo el aire acondicionado y miro por la ventana para descubrir un día lluvioso y triste por lo gris.
Hoy he decidido empezar a ir a la oficina en bici, y aunque llueve, no me echo atrás. Compruebo las ruedas, están deshinchadas, y veo, con pena, que partes de la bici se han oxidado. Hay días en que todo lo malo parece peor.
Entonces la dueña de mi casa me saluda, me sonríe y me tapa con su paraguas mientras hincho las ruedas. No hablamos el mismo idioma, pero nos entendemos. De repente, me viene a la cabeza todo lo que se dice sobre los japoneses, la imagen que se tiene de ellos y me da rabia y decido que cuando llegue a casa por la noche, voy a escribir algo como para saldar una deuda que tengo con ellos.
Todos los días veo gente que vive su vida, madres que llevan a sus hijos al colegio, abuelas que preparan el té y hombres trajeados que se dejan la piel trabajando. Veo parejas de adolescentes cogidos tímidamente de la mano, nunca besándose y rara vez abrazándose. Conozco a una señora que trabaja en el supermercado de mi barrio y a la vez en el Seven Eleven, y me pregunto si vivirá sóla, y por qué trabaja tanto.
He tenido el privilegio de compartir mesa en casa de una familia, de vivir el drama de una persona enferma, de escuchar los sueños de una madre que carga sobre sus hombros con la vida que le ha tocado con una sonrisa en la cara y lágrimas en el alma, y, encima, es capaz de desvivirse por mis problemas que no son nada en comparación.
Los japoneses son seres humanos, con su peculiar sentido del humor y su no tan estricta filosofía de vida basada en reglas que están entre el honor, el sentido común y el respeto. No son samurais, ni son chinos, ni están todo el día jugando a las consolas o en internet. Tampoco todos tienen los últimos móviles con tele, y muchos ni siquiera han visto anime en su vida.
Me gustaría que todos aquellos que me preguntan tantas tonterías sobre ellos, hiciesen un ejercicio de reflexión: ni los españoles son todos toreros o cantaores, ni los japoneses se pasan el día en los karaokes comiendo pescado crudo.
Espero que sepáis perdonar este cambio de tono en el blog, pero tengo que dar las gracias a todos aquellos que me han ayudado cuando llegué aquí más sólo que la una.
Va por vosotros, de todo corazón...
Sobre este blog
Nací de pequeño en Zalla, digno pueblo papelero donde los haya (aunque los folios los compremos en el Eroski como todo kiski). Después de hacer que estudiaba durante toda mi vida y engañar a todo el mundo, incluidos profesores, aparecí en Tokyo con un título de informático del Deusto con el Guggenheim a medio hacer, y aquí estoy haciendo que trabajo.
De mientras, os cuento mis historias por estos recovecos del mundo, pa que veáis que hay vida más allá del Athletic.
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Suli dijo
Me descubro ante ti querido amigo porque has dicho algo que nos iguala a todos los seres del mundo
...Hay días en que todo lo malo parece peor.
Así es. También están esos otros días en todo lo bueno parece mejor. Como este lugar tuyo donde nos dejas estar.
Bravo.
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