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27 Ago 2008

La pose es un asunto complicado incluso a la hora de explicarlo, pero creo que todos lo entendemos por pura experiencia personal. En cualquier sector de la cultura, junto a los aficionados genuinos, hay advenedizos que se suben al tren porque les gusta la gente que va dentro: la mayoría conoceremos a algún supuesto amante de la música electrónica, la comida japonesa o la novela del siglo XIX en el que se adivina cierta insinceridad. Es decir, da la impresión de que le motiva más la idea de pertenecer a ese club que la actividad del club en sí. Pero resulta difícil identificar a los impostores, quizá porque todos albergamos en nuestro interior una sombra de pecado, quizá incluso porque muchas pasiones auténticas enraizaron a partir de la pura pretensión.

Pensaba en esto el pasado fin de semana mientras leía un foro de Internet. Sitúo a los desubicados: existe algo llamado Last.fm que contabiliza las canciones que los usuarios escuchan en su ordenador y, por pura acumulación, va delimitando su universo musical, y existe algo llamado ‘índice de la apertura mental’ que analiza un perfil concreto de Last.fm y le asigna un número en función de su amplitud de miras, es decir, de la cantidad de géneros diferentes que aparecen en su listado. De ese modo un usuario –pongamos Pepito, o DarkKnightFromRottenHell– descubre que su índice de apertura mental es 114. No sabe si está bien o mal, porque ni siquiera queda claro cuál es el máximo, pero pronto comprobará que otras personas ostentan índices más altos y, probablemente, se active en él el mecanismo que conduce a la pose.

El hilo que me llamó la atención servía de ventana privilegiada e insólita sobre este fenómeno: la gente discutía cómo mejorar su índice. No deseaban ampliar su culturilla, sino superar al vecino. Y el remedio es fácil, sólo hay que escuchar estilos musicales que jamás te han interesado y que, de hecho, siguen sin interesarte. Free jazz, dub, bluegrass, motetes, power metal, dubstep, gamelán indonesio, jotas, ambient aislacionista, sludgecore, didgeridoo, música concreta, noise japonés, txalaparta, recopilaciones yeyés... Algunos están dispuestos a soportar cualquier tortura –porque bastantes de estos sonidos que he mencionado pueden resultar casi letales para el recién llegado– con tal de quedar como gente de mente abierta y orejas desprejuiciadas. Pero la cosa va más allá, porque, en rigor, no les hace falta escuchar la música, sino sólo que su ordenador la reproduzca, así que esta nueva generación de farsantes podrá cumplir el sueño de sus predecesores a lo largo de la historia: se convertirán en miembros distinguidos de clubes que les son completamente ajenos.

¿Qué, hace un poquito de gamelán?

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04 Abr 2008

En inglés se suele llamar hype a la promoción desmesurada que la prensa brinda a algunos artistas. Los críticos británicos, en concreto, siempre se han mostrado muy propensos a encumbrar a grupos que sólo han dado tres conciertos y, con suerte, han grabado un single. Casos señeros son los de Strokes o los Horrors, pero muchos otros quedaron finalmente como curiosidades de hemeroteca. Con el florecimiento de Internet, muchos pensaron que declinaba la época de los hypes, porque un ejército de aficionados bien pertrechados de blogs iba a contrarrestar la tiranía caprichosa de los cuatro plumillas que pontificaban desde los medios más influyentes.

Pues bien, me parece que está sucediendo justo lo contrario, en parte porque esa tendencia tan clara en el Reino Unido y EE UU no era sólo culpa de los críticos: el voraz consumo musical de ambos países obliga a buscar constantes novedades y next big things que satisfagan la demanda, alimenten las listas y mantengan la ilusión. Y eso no ha cambiado, porque ahora uno se harta de encontrarse los mismos grupos en todos los blogs, que se contagian unos a otros y van formando una gran ola con tres o cuatro bandas en la cresta. Ni sé cuántos posts voy leyendo ya –bueno, a partir de cierto momento, lo de leerlos es un decir– sobre Hercules And Love Affair, los resucitadores de la música disco apadrinados por Antony, o sobre Foals, la penúltima revelación del neopostpunk, o sobre Vampire Weekend y su pop de influencias africanas y antillanas. Y, como ha ocurrido casi siempre con los hypes, uno tiene la sensación de que la cosa está bien pero no es para tanto: quizá no te den gato por liebre, pero sí te cuelan producto de piscifactoría como lubina salvaje.

Dicho esto, cómo me gusta el disco de Vampire Weekend...

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31 Mar 2008

Estoy siguiendo con estupefacción las batallas campales que enfrentan en México a emos y anti-emos. Según un periódico chileno, los agresores no soportan "sus peinados que tapan un ojo, su manera flopi de ver la vida y su forma de hablar con frases como 'chao, besitos con sabor a leche de frutilla para ti'", así que se dedican a perseguirlos y apedrearlos por calles y plazas. ¡Hay que ver qué capacidad tiene la gente para enzarzarse en pendencias estúpidas! Sé que a estas alturas no debería asombrarme: al fin y al cabo, vivo en un pequeño país donde mucha gente basa su visión del mundo en las diferencias que le separan del vecino (sí, sí, claro, las banderas son más importantes que los peinados raros y el maquillaje facial, porque sirven para... para... ¿para?), pero los alardes de irracionalidad como esta caza del emo me siguen sobrecogiendo. Son la enésima demostración de que a muchas personas particularmente necias les gusta sentirse superiores al otro y, si se tercia, machacarle, como manera fácil de ubicarse en el mundo y dar cierto sentido a su existencia. Y lo peor es que, como sabe bien cualquiera que suela leer comentarios de blogs, esa corriente de pensamiento está muy extendida hoy en día. Más, por ejemplo, que la ortografía.

En fin, espero que estén sanos y seguros todos esos emos mexicanos que, por razones que se me escapan, han dejado comentarios en nuestro post de los Horrors. Tengo que confesar que la corriente emo me resulta tan incomprensible como a cualquier otra persona de más de veinticinco años: los veo como góticos aligerados, superficiales, ajaponesados, mercadotécnicos, y me desconcierta que les suene rebelde lo que a mí me parece domesticado y trivial. Pero también diré que a veces me he cruzado por Bilbao con el club de fans de My Chemical Romance, que de cuando en cuando empapela de panfletos el Casco Viejo, y me han causado una impresión bastante positiva, algo parecido a una complacencia que sólo se me ocurre calificar de... paternal.

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04 Oct 2007

Ya saben que, a partir del miércoles que viene, Radiohead permitirá descargar su nuevo álbum a cambio de la voluntad, en un gesto que todo el mundo califica con justicia de revolucionario pero que no se queda sólo en eso: también resulta tremendamente divertido, mucho más que cualquier cosa que haya hecho antes la doliente banda británica. Porque, claro, después de muchos años de quejas airadas por lo cara que nos cobran la música, ha llegado el momento de fijar qué precio nos parece justo: ¿cuánto les pagamos a los chicos a cambio de In Rainbows, el importe de un café, el de una caña, el de un combinado, el de un menú del día? ¿Acaso tendremos remordimientos si sólo les damos nuestro eterno y baratísimo agradecimiento? ¿Mentiremos como bellacos al contar a los colegas nuestra aportación? Imagino que la maniobra les saldrá bien, porque el público quiere premiar su valentía y está dispuesto a apoquinar para oponerse al mercado tradicional, a todos esos figurones antipáticos que llevan años criminalizando los P2P y llamando ladrones a sus propios hijos y nietos, pero me gustaría que se hiciese pública la donación media que han hecho los compradores. ¿Ustedes cuánto calculan que saldrá?

Por supuesto, está claro que la cosa sería muy distinta si todos los artistas utilizasen el mismo sistema para comercializar sus productos: seguro que entonces la casilla para determinar nuestra aportación se nos volvía invisible, como esas huchas grandotas que suelen languidecer en los museos gratuitos. Pero supongo que el órdago de Radiohead sólo es un modelo válido para grupos con una masa de seguidores nutrida y fiel, con un estatus que convierta el gesto en acontecimiento. Si la tecnología no frustra el proceso en su momento cumbre, estremece pensar cuántas personas estaremos escuchando simultáneamente un disco recién parido.

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22 Sep 2007

MySpace no es, desde luego, mi espacio. Su éxito me desconcierta: entiendo que viene muy bien, por ejemplo, a los músicos, que se ahorran el esfuerzo de hacerse una web convencional y pueden colgar sus canciones, sus fotos y sus ocurrencias para disfrute del mundo entero, pero no acabo de captar esa dimensión de red social, de acumulación de miles de amigos que se intercambian mensajes vacíos de contenido. Vale, a lo mejor dos o tres de cada cien tienen más sustancia que "gracias por tu ad", "holaaaaaa" o "estás muy wapa en la foto", pero supongo que sus autores son gentes anticuadas, ajenas al imperio de la nadería, que acabarán abandonando o convirtiéndose a la ortografía demencial y la abolición del pensamiento.

Pero bueno, aunque me reviente bastante el tono general, sí he encontrado una aplicación entretenida a MySpace: da resultados muy curiosos buscar un artista llamativo, saltar de su perfil al de algún amigo suyo y repetir la operación indefinidamente hasta que la vida te ofrezca algo mejor que hacer. Mis dos últimas excursiones han sido por bandas taiwanesas -a partir de VARO, un trío de chicas que les recomiendo desde aquí- y por grupos españoles... cómo diría yo... peculiares por su lírica y, muchas veces, por su bautismo, en un estilo de cuelgue irreversible que parece tener tremenda raigambre en la Comunidad Valenciana. Así fui visitando a gente como España (autores de hits como Wagner era heterosexual, en la línea de las novelas que comentaba ayer el camarada Coca), Anticonceptivas (cómo me recuerdan a los primeros Siniestro Total en Las monjas de clausura) o los electrónicos Amanita y los Faloides (los de la foto del pulpo, con creaciones tan redondas como Teruel no existe). A lo mejor les provocan risa de la mala, pero les aseguro que en MySpace son un reconfortante oasis de brillantez, con textos que incluso utilizan la ironía y las oraciones subordinadas.

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28 Ago 2007

A los periodistas nos gusta mucho armar bulla con asuntos como Second Life, ese universo virtual que brinda la posibilidad de ser otro, de crearnos un avatar para vivir con él las aventuras que el mundo real nos niega. Pero, últimamente, noto que Internet está provocando en mucha gente el efecto más o menos opuesto: la virtualización de la vida, la renuncia a la biografía privada en favor de un avatar público. Los escritores y, en especial, los autores de diarios conocen bien el riesgo de reducir tu existencia a una mera acumulación de experiencias susceptibles de ser contadas, del mismo modo que algunos turistas entienden sus vacaciones como un safari fotográfico sin interrupción. Pero, con la posibilidad de difusión que da Internet, el fenómeno ha alcanzado dimensiones de pesadilla: hay personas que parecen vivir para volcarse en sus blogs o, muy particularmente, en sus fotologs, que se crean un perfil y luego ajustan a él su realidad. Al fin y al cabo, ¿qué se puede esperar de una cultura que llama amigos a esa recua de desconocidos que figura en la lista de MySpace?

Hablo de esto porque he descubierto en mí algún síntoma leve de esta enfermedad. Cada vez consulto más mi perfil de Last.fm para ver qué canciones he escuchado en la última semana. Y, a veces, me alegro cuando me salen determinados grupos en el random del iPod, pero no porque en ese momento me apetezca escucharlos más que a otros, sino porque quiero que avancen puestos en mi ranking de usuario. Ay, cuánta tontería.

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