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07 Ene 2009

Ron Asheton, el guitarrista de los Stooges, ha muerto a los 60 años en su casa de Ann Harbor, su ciudad natal. En el libro Please Kill Me, el propio Ron describía así su adolescencia: “Yo era el tío raro. En la escuela era el completo bicho raro, el idiota, o el freak, y siempre me llamaban el beatle gordo, porque solía llevar trajes de beatle como ropa de vestir. No tenía muchos amigos y me interesaba, sobre todo, el rollo nazi (...). Llevaba a la escuela pins de las SS, dibujaba esvásticas en mis libros, dibujaba bigotes de Hitler en las fotos de todo el mundo y me dibujaba pequeños símbolos de las SS en el brazo”. Vamos, que Ron era uno de los inadaptados más notables del Estado de Michigan, un lugar que uno no imagina precisamente escaso de inadaptados. En su primer concierto con el grupo de Iggy Pop, llevaron una licuadora y la hicieron sonar durante quince minutos antes de salir al escenario, donde también martillearon varios bidones y enchufaron la aspiradora de la mamá de Ron: “Sonaba como un reactor, siempre me gustaron los aviones a reacción”, recordaba el guitarrista. En la boda de Iggy, fue el padrino, ataviado con su cazadora de la Luftwaffe y adornado con una Cruz de Caballero Nazi y dos cruces de hierro, una de primera clase y otra de segunda.

A pesar de esta conducta disfuncional, o quizá gracias a ella, Ron -que, pese a lo que pueda sugerir el párrafo anterior, tenía fama de ser un bonachón sin remedio- creó uno de los sonidos de guitarra más memorables y eléctricos de la historia del rock, con riffs salvajes interpretados a volumen abusivo: “No sabíamos tocar a menos que fuese muy alto”, decía. Funhouse es seguramente mi disco favorito, y, cuando me preguntan cuál es mi canción preferida de la historia del rock, suelo elegir ésta:

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29 Dic 2006

Cada vez que un grupo disuelto decide reunirse, me pongo a rezar para que no grabe un nuevo disco. Pero, claro, algunos de ellos salen al escenario y se encuentran con más gente de la que reunieron a lo largo de toda su carrera real, y entonces la euforia reanima de forma engañosa sus cerebros viejos y resecos. Se olvidan de lo mucho que se odiaban unos a otros, empiezan a preguntarse por qué se separaron en aquel pasado remoto y acaban poniendo manos a la obra con nuevos temas que echan a perder su legado. Parece que los Pixies se van resistiendo a la tentación del álbum, benditos sean, pero los Stooges ya tienen listo 'The Weirdness', que sale a mediados de marzo. Por mucho que hayan grabado con San Steve Albini, miedo me da lo que puedan hacer al cabo de 33 años, sobre todo después de que Iggy se haya adelantado a justificar la onda más adulta de sus nuevas letras. Les copio sus explicaciones en la traducción de una emisora argentina, porque suena más divertido y va mejor con ese rollo cosmopolita que ha instaurado Arrieta en el anterior post: «Estoy recolectando los beneficios que supuestamente debía haber obtenido por mi trabajo cuando tenía 21 años. Tengo una chica que está fuerte, puedo manejar adonde se me dé la gana, puedo ir a un cajero y sacar una bocha de plata, tengo un buen laburo... ¿Cuán enojado debería estar? Sólo un poquito. La cuestión con este disco fue encontrar la manera de decir ustedes apestan sin decirlo directamente». ¿Unos Stooges diplomáticos? ¿Cómo se podría decir quiero ser tu perro indirectamente?

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08 Dic 2006

Ya sé que al 90% de ustedes les voy a descubrir el Mediterráneo, pero me preocupa ese 10% restante que malvive sin haber escuchado nunca 'Fun House', o 'Funhouse', que de las dos maneras titulan el segundo de los Stooges aunque en la portada parezca clara la separación. Esta mañana lo he oído con cascos dos veces seguidas, en un pasillo atestado de opositores de la Sanidad vasca, y me he vuelto a maravillar ante la energía torrencial y la modernidad perenne de este disco, que se mantiene como mi candidato a mejor álbum de la historia del rock. Incluso con los emepetreses me lo sigo imaginando en vinilo: qué primera cara, señores, con tres trallazos de furia animal y un lento tan viciado que no cabe llamarlo balada; y, sobre todo, qué segunda cara, con ese saxo que se desgañita -uno se imagina el metal del instrumento retorciéndose- y ensancha los límites de las canciones hasta invadir los terrenos del free jazz y la vanguardia. Tengo amigos casados y con hijos para los que este disco, que salió un poco antes de que naciéramos, representa lo que la juventud tiene de salvaje e impetuoso, lo que han tenido que sacrificar a cambio de una vida también buena pero más doméstica. Y algunos domingos por la mañana se lo ponen y dan voces por la casa, en plan catarsis liberadora. Si hubiese podido conectar mi reproductor a la megafonía del BEC, seguro que a algún opositor agobiado le habría sentado divinamente. Otros habrían querido matarme, claro.

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