14 Nov 2008
Los 80 –y me refiero, cachorros, a los años que van de 1980 a 1989– fueron una época peculiar en la música española, porque se recortó al máximo la distancia entre lo underground y el mainstream, entre el local de ensayo y las listas comerciales. Eso explica que un grupo como Maruja y los Filoestuches llegara a sonar repetidamente en la radio pese a su demencial nombre, su anómalo sonido, su ostentoso gamberrismo y la insólita temática de su single, Las infantas bailan rock. Con una actitud que se podría emparentar con Kaka de Luxe o Dinamita pa los Pollos y a ritmo de charlestón, el conjunto madrileño nos relata una fiesta de jóvenes aristócratas en el Palacio de Oriente y hace rimar “polkas y valses” con “Siouxsie and the Banshees”, entre otros hallazgos. Si funciona la tecnología, pueden escucharla abajo, pero en cualquier caso aquí pueden descargarse aquel sencillo, su única referencia, y aquí tienen sus maquetas, con títulos insuperables como El día de tu boda llegaste en un Skoda y letras a la vez cultas y chuscas. Ay, Internet va mucho más allá que nuestros recuerdos.
“Eran tiempos alucinantes”, resume la propia Maruja en esta entrevista. Salieron en ABC y la Casa Real agradeció con un telegrama el envío del disco, pero, qué lástima, seguramente nunca sabremos qué pensó de la canción nuestra carca monarca.
30 Sep 2008
Últimamente el rock parece haber ingresado en una extraña dimensión atemporal. La música actual y la música del pasado conviven, o compiten, en mayor igualdad de condiciones que antes de Internet: todo está disponible y, con perdón, todo es gratis, así que el chaval que se aficiona a Wolfmother puede regalarse también a Led Zeppelin sin más esfuerzo que teclear y cliquear unas cuantas veces. De hecho, ni siquiera tiene que investigar para descubrirlos, porque seguramente se los recomendará Genius, o Last.fm, o cualquiera de esos misteriosos cerebros dedicados a deducir qué artistas nos encantarían si tuviésemos tiempo de oírlos (en buena lógica, ese proceso de ir escuchando sonidos cercanos a los que ya conocemos acabaría extendiendo nuestro gusto hasta abarcar la producción musical de toda la historia, pero lamentablemente moriremos antes). Para colmo, la rentabilidad de la música en directo en esta era de los royalties menguantes ha devuelto a la carretera a una inconcebible caterva de viejos rockeros, cuyo peso histórico suele aplastar a los nuevos artistas en el cartel de festivales y en muchas publicaciones del ramo. Parece que, de pronto, todo está sucediendo a la vez.
Como muestra de esta nueva costumbre de resucitar, ayer me enteré de que se ha reunido uno de mis grupos favoritos, una banda tan ligada a un momento de la historia que me resulta incongruente que vuelvan a existir, aunque sólo sea –por ahora– para tres conciertos en Gran Bretaña. No son muy famosos, pero sí influyentes en ciertos ámbitos: Magazine nacieron en Manchester en el 77, cuando el primer cantante y líder de los Buzzcocks, Howard Devoto (en la fotillo), decidió que había quemado su etapa punk en un tiempo récord y se lanzó a explorar nuevos territorios. El sonido de su nueva banda quizá fuese punk en espíritu, pero desde luego también tenía mucho que ver con estilos previos y opuestos al punk, como ese rock progresivo al que remitía Dave Formula con sus torres de teclados, y el tono intelectual y penumbroso de sus canciones les acercaba asimismo a sus primos los siniestros. Resulta significativo ver en qué otras bandas tocaron sus miembros –Visage, Birthday Party, Siouxsie & The Banshees– y qué artistas les han versionado, desde Morrissey hasta conjuntos de metal oscuro. Últimamente, seguro que Genius y compañía se han hartado de dar pistas sobre Magazine a los seguidores del revivalismo
post punk que tanto se lleva.
Lo habitual es recomendar su primer álbum, Real Life, pero yo soy devoto –je, je, tenía que usar la palabra– del segundo, el gélido Secondhand Daylight. Les dejo con Permafrost...
18 Sep 2008
Extremoduro son difíciles de clasificar, un rasgo que ellos seguramente contemplarán como una virtud, pero que conduce a menudo a tergiversaciones y a concepciones equivocadas sobre su trabajo. Lo más fácil, lo que se ha hecho siempre, es meterlos en el saco sin forma y sin fondo del kalimotxerismo, junto al punk patatero más cerril y cencerril, pero el parecido entre las canciones de Robe Iniesta y –pongamos– Piperrak es bastante anecdótico: si me permiten la exageración, es algo así como el parentesco entre Miles Davis y una fanfarria de peñistas, que también tocan la trompeta y consumen sustancias nocivas. El sonido de Extremoduro tiene poco o nada de punk y la sustancia poética de sus letras los aleja definitivamente de sus supuestos compañeros de viaje, por mucho que los arrebatos procaces y escatológicos de Robe –desde aquel ya lejano “cagó Dios en Cáceres y Badajoz”– les hayan distanciado de muchos aficionados impresionables. Para colmo, su estilo no es moderno sino más bien todo lo contrario, así que muchos críticos se han dedicado a ignorarles con decidida persistencia.
A mí me parecen un grupazo, responsable de algunas de las mejores canciones del rock español de los últimos veinte años. Y su nuevo álbum, La ley innata, tiene una pinta de obra maestra que asusta: ya saben que es una única suite con varios pasajes recurrentes, arreglos ambiciosos y letras que muchos no se atreverían a cantar, ya que los rockeros españoles siempre han sido muy pudorosos al tratar con la belleza. Vamos, que viene a ser un valiente disco de rock al estilo de los 70, cuidado al extremo y con una indisimulada vocación de perdurar. Quizá no sea para todos los gustos, pero yo prácticamente no he escuchado otra cosa en la última semana y, desde luego, no da la sensación de que se me vaya a agotar en mucho tiempo.
(Recuerden que los tienen el sábado en la plaza de toros de Bilbao, mientras yo me embrutezco en los sanmateos. Ah, la foto es de Merche de la Fuente).
09 Sep 2008
Vitoria se vuelve una ciudad muy interesante durante el Azkena Rock Festival: las calles se llenan de gente cool con ropa negra y más cabello de lo normal –bueno, me refiero a los varones, porque las chicas suelen tener pelo sólo en los lugares acostumbrados– y el rock se cuela hasta los halls de los mejores hoteles, cuyo ambiente de vitrina se hace añicos con estrepitosos tonos de móvil como el Psycho de los Sonics. Un dato clave para entender el ambiente de placidez y buen rollo es la edad media del público, altísima para un festival. Que no se me indigne la juventud: también hay menores de 30 años capaces de disfrutar de la música sin incordiar al prójimo, pero, en algunos casos, el superávit de energía propio de esas edades tempranas degenera en comportamientos demasiado expansivos que, a los mayores, nos agotan. Somos como jubilados que prefieren el rock a la brisca, qué le vamos a hacer.
En fin, para mí ha habido cuatro conciertos sobresalientes. Sex Pistols sonaron como una ametralladora, con John Lydon en plenitud de facultades como vocalista y como clown. Ya habrán leído que le arrearon un telefonazo en plena jeta, un acto que no llega a la salvajada de Oasis en Toronto pero que también es de vergüenza. Ray Davies (lo tienen en la foto de abajo, de Jesús Andrade) estuvo imponente, relajado, muy entretenido, con un admirable control del escenario y de los resortes del espectáculo, aunque no le perdono que no cantase Dedicated Follower Of Fashion. Lo de Hayseed Dixie fue un fiestón de proporciones inesperadas: en disco, sus versiones hillbilly de AC/DC o Motörhead son divertidas sin más, pero en directo el grupo arrasa, hasta el punto de que deja de importar si tocan temas ajenos, temas propios o improvisaciones. Y Viaje a 800 dieron un monumental conciertazo de rock setentero a las 14.30 horas del viernes, ante cien o doscientas personas, con un sonido que sacudía esternones. Dejo aparte a Lagartija Nick porque soy fan, me gustan hagan lo que hagan y me tiré toda su actuación pensando que, en un país normal, estarían de cabeza de cartel. Y cerca de la excelencia se me han quedado Dinosaur Jr., Jon Spencer Blues Explosion –¿por qué no se oía la voz, hombre?– y Boss Hoss.
El resto estuvo todo bien, porque en este festival tienes más o menos asegurado que no vas a toparte con ningún horror, aunque para mí bordearon esa categoría los tales Animal Alpha, unos noruegos encabezados por una tía gritona, antipática y maquillada al estilo de Joker. Eso sí, no alcanzo a comprender los motivos de la devoción rockista que existe en esta tierra por gente como los Jayhawks o Danko Jones, honestos artesanos cuya grandeza no acabo de ver. Ah, tampoco entiendo que sean legales ciertas prácticas de los organizadores de festivales: ¿cómo es eso de que alguien que paga una entrada para todo un día no pueda salir y volver a entrar en un evento que dura 17 horas? ¡Abusones!
03 Sep 2008

Plastiscines. Para qué voy a decir más, si sé que, una vez vista la foto, muchos lectores sólo necesitan saber el nombre del grupo para hacerse fans devotos. Pero bueno, a lo mejor con una sola palabra el post quedaría demasiado corto, así que les contaré que son francesas, que proceden de familias bastante pijas –digamos, para no parecer tan primarios, que sus padres pertenecen a la burguesía bohemia– y que están encuadradas en una oleada de grupos galos bautizados creativamente como los bebés rockeros. Su primer álbum, LP1, es del año pasado, pero yo lo he descubierto con retraso y no me voy a privar de recomendarlo, por más que el mundo entero compita en escuchar discos que todavía no se han editado.
La música de las Plastiscines se mueve entre el garaje ligero y los Strokes –otros pijaz... burgueses bohemios, quiero decir–, pero ellas interpretan sus canciones con lo que podríamos llamar frescura francesa. Al fin y al cabo, son jovencísimas y se han criado escuchando “un montón de R&B y rap”, dicho sea lo de R&B en sentido moderno, así que no tenían ni idea de rock hasta que se quedaron fascinadas con los Strokes y los Libertines. ¿Un bluff? On verra, que diría Otegi, pero seguro que a muchos de ustedes también les gustan canciones como ésta:
25 Ago 2008
Se acabó la Aste Nagusia. Marijaia ha vuelto a su cubil para dedicarse a tareas intelectuales, porque es aficionada al ajedrez y gran lectora de Schopenhauer, aunque en fiestas disimula. La verdad es que uno cada vez se parece más a Marijaia en eso de no salir más que en Semana Grande y quedarse luego hecho un trapo, pero sacaré fuerzas para escribirles un resumen: me he reencontrado con los bocatas de Zapiain y el kalimotxo –ese inquietante brebaje que sólo tolero en fiestas–, he vuelto a espantarme ante los excesos a la vez grotescos e intolerables de algunas txosnas, he consumido fundamentalmente en Sinkuartel y Hontzak –la obsesión de éstos por El Correo se acerca a lo patológico, por cierto–, me he sorprendido al escuchar en El Arenal canciones como el Voy a mil de los primeros Olé Olé, he descubierto que el bilbaíno en fiestas sigue prefiriendo la txosna al bar aunque esté jarreando y he asistido a conciertos buenos, conciertos regulares y conciertos terribles.
En realidad, sólo tuve tres noches musicales. El primer sábado lo pasé divinamente con Munlet en el rock local de Bailén: son chica y chico (los tienen en la foto) y hacen electropunk, es decir, combinan bases electrónicas, estentóreos guitarrazos y letras de descaro nuevaolero. Huimos de Mamba Beat a los tres minutos –ojo, no es que sean malos, es que su estilo no es lo nuestro– y tuvimos una actuación estelar en Botica Vieja: nos presentamos allí a la una, dando por hecho que a esa hora tomarían el escenario The Teenagers, y descubrimos que el trío francés había tocado primero y que nos esperaba un concierto completo de Delorean. Que sí, que suenan muy bien y parecen británicos, pero me aburrí como una ostra modernilla.
El lunes, salí de trabajar y me precipité al rock local, porque había quedado allí. Llegué el primero y me tragué en solitario veintitantos minutos de Patada en la Papada, que deberían convertirse en un grupo tributo de La Polla: no necesitarían cambiar de estilo, porque ya lo calcan, y por lo menos eso les permitiría tocar alguna canción buena. Nos marchamos mientras sonaba el estribillo “hijo de puta, hijo de puta” y fuimos a caer en otro concierto punk: Josu Distorsión y los del Puente Romano en las txosnas. Y qué quieren que les diga, no había color: también son reivindicativos y propensos al lenguaje grueso, pero van sobrados de ingenio en sus discursos descacharrantes, sus ocurrencias líricas y sus ripios siniestrototaleros. Me reí un montón, hasta se me saltaron las lágrimas en un par de momentos. De allí nos marchamos al Antzoki, donde oficiaban Los Derrumbes –instrumentales surf– y los garajeros yanquis The Cynics, imbatibles en lo suyo. ¡Viva el rock y la iniciativa privada!
El jueves, Loan se salieron en Bailén. Quizá su rollo, entre el doom y el post hardcore, no sea para todos los públicos, pero hasta los más recelosos –conmigo iba uno– acabaron dejándose llevar por las poderosas sacudidas que salían del escenario. Acabamos felices, con el cerebro masajeado, y ese bienestar mental nos duró hasta la gran decepción de las fiestas: Siniestro Total en Abandoibarra. Este grupo se ha convertido en un Frankenstein indefendible: la gente va a verlos por sus viejos éxitos, gamberros y cazurros, pero ellos aspiran a ser un grupo adulto con alma de blues; la gente recuerda sus conciertos de hace veinte años, con las canciones enlazadas en un frenesí ramoniano, y se topa con un amante del monólogo que no sabe controlarse entre tema y tema; la gente, en suma, quiere ver a los Siniestro de Miguel Costas, pero tiene que conformarse con los Siniestro de Julián Hernández. Y, para eso, mucho mejor Josu Distorsión. ¿Sabían, por cierto, que Costas tiene banda nueva?
18 Ago 2008
Corren semanas difíciles para quienes sentimos un desinterés casi infinito por el deporte. A modo de manifiesto ante el olimpismo asfixiante, escuchen aquí abajo a Faca...
15 Ago 2008
Con la edad, uno afronta las fiestas con cierta planificación, porque la experiencia enseña que improvisar suele conducir a excesos poco recomendables a estas alturas de la vida. De manera que, a falta de un día para el chupinazo, ya he cerrado la lista de los conciertos a los que tengo intención de acudir. Aparte de bajar al rock local siempre que la jornada laboral me lo permita –es decir, sólo en mis días de libranza–, mi programa musical de Aste Nagusia se reduce a tres grupos.
El sábado iré a ver a The Teenagers. No soy fan, ni siquiera he escuchado entero su álbum, pero las tres o cuatro canciones que tengo en rotación desde hace meses me animan a emprender la larga expedición hasta Botica Vieja. En particular, Homecoming, un tema suavecito en lo musical y bastante bruto en lo lírico que narra la relación entre un inglés y una yanqui desde los dispares puntos de vista de ambos. Con perdón por las explicit lyrics, éste es el recuento de los hechos que hace el tipo en la primera estrofa: “La semana pasada volé a San Diego para ver a mi tía. El primer día conocí a su hijastra. Es animadora, es virgen y está muy bronceada. Cuando salió de su enorme coche, sólo pude darme cuenta de que era más que follable. Creo que volvía del partido o algo así, porque todavía llevaba esos tontos pompones. El segundo día me la tiré y fue salvaje”. Y el estribillo se lo dejo en inglés para que los motores de búsqueda me traigan al blog pervertidos de todas las naciones: “I fucked my American cunt”, dice él. “I love my English romance”, cuenta ella. Les enlazo el vídeo, que por alguna razón hoy los youtubes no se dejan insertar.
El lunes, no me quiero perder por nada del mundo a los Cynics en el Kafe Antzokia. Mi relación con el rock garajero ha ido cambiando con los años: cuando unos compañeros de la Universidad, los hermanos Cruz, me grabaron una casete de los Cynics, su música me interesó bastante poco porque estaba mucho más metido en el pop británico: ya saben, una cosa de más sensibilidad y sofisticación. Pero de un tiempo a esta parte escucho bastante garaje, desde grupos light como las francesas Plastiscines –tengo pendiente escribir sobre ellas algún día, por cierto– hasta engendros más cavernícolas como los Hexxers. Y, sin duda, los Cynics son mis favoritos del género, porque los Cruz sabían un montón de esto. Ahí va Baby What's Wrong...
Y el jueves viene mi gente de Logroño y tenemos previsto acercarnos a Abandoibarra, donde tocan Siniestro Total. Como tantos de ustedes, yo crecí con los primeros Siniestro Total, me distancié de ellos a raíz de la marcha de Miguel Costas –aquella voz y aquella presencia, macarras y guasonas, de sus grandes clásicos chocarreros– y asistí con tristeza a la posterior metamorfosis tradicionalista. Pero, aun así, un concierto de Siniestro Total siempre merecerá la pena, y más en las fiestas, que son su entorno natural. ¡A menear el bullarengue!
02 Jun 2008
Por si fuera poco haber tenido a los Sonics casi a la puerta de casa, dentro de unos días estarán un poco más allá los Trashmen, otra tribu salvaje de los 60 que encabeza el cartel del Festival de Andoain (¡es gratiiiiiis!). Los Trashmen han pasado a la historia del rock por su himno majara Surfin’ Bird, combinación por la cara de dos canciones anteriores de otra banda a la que finalmente tuvieron que reconocer la autoría, aunque los pobres Rivingtons jamás imaginaron que su material era susceptible de un tratamiento tan excéntrico, tan atípico, tan psicótico. A cualquier persona normal debería bastarle con saber que Surfin’ Bird fue certeramente versionada por los Ramones y los Cramps, pero, por si queda algo de escepticismo en esta masa descreída, les quiero mostrar un alucinante documento...
01 Jun 2008
Nunca pensé que algún día vería en directo a los Sonics. Y, seguramente, ellos tampoco soñaron jamás que, casi medio siglo después de su formación y 40 años después de su disolución, estarían debutando en Europa ante audiencias entusiastas con notable presencia de rockerillos que podrían ser sus nietos. El concierto de anoche en Santana 27 fue casi un milagro, una fractura en el espacio-tiempo, y al público se le notaba justamente emocionado, como apasionados geólogos que pudiesen contemplar en vivo algún fenómeno crucial en la formación del planeta. Porque los Sonics dieron un paso de gigante en la historia del rock and roll, y eso quedó claro en su concierto, donde pasaban de canciones que podrían encajar perfectamente en un festival de blues -su ortodoxa versión de Walking The Dog, por ejemplo- a temas propios que sonaban como trallazos contemporáneos: sobre todo, ese impresionante triunvirato de Strychnine, Psycho y The Witch, donde reinterpretaron el rock de una manera que abrió la puerta al sonido de Detroit, a los New York Dolls, al punk, al grunge...
Quizá los alaridos de Roslie no tengan la fiereza de hace cuarenta años, vale, pero los momentos cumbre sonaron a gloria. Y la vigencia de su estilo contrastaba de manera reveladora con la actitud de los músicos, propia de aquellos tiempos lejanísimos en los que debutaron: afrontaban el concierto con la disposición modesta y digna del entretenedor, consagrado al oficio de lograr que la gente pase un buen rato escuchando rock and roll, y no como tantos artistillas actuales que parecen hacer un favor al público permitiéndole compartir sus excelsas creaciones. Y de verdad que resultaba emocionante verlos tocar con esa naturalidad canciones que hemos oído versionar decenas de veces, pero que son suyas.
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