06 Nov 2008
Me temo que al final habrá que enunciar un principio científico que rece más o menos así: todo grupo mítico de rock que se reúne después de un tiempo acaba, con perdón, cagándola. El proceso suele empezar con un concierto, un único y excepcional concierto, un concierto historiquísimo, que sirve más que nada para comprobar si les queda algún fan capaz de desplazarse hasta una sala, y en cuanto ven que la cosa funciona y da dividendos acaban cayendo en la inconsciencia y la locura: se ponen a grabar material nuevo que hunde su legado como un humillante lastre (véase, por ejemplo, a los Stooges), se ponen a girar sin reparar en que les falta algún miembro de cierta relevancia (véase, por ejemplo, a los Riders On The Storm esos que vinieron al Bilbao Live) o, en una pirueta de avariciosa temeridad, hacen ambas cosas (véase, por ejemplo, a los Queen encabezados por Paul Rodgers). Led Zeppelin tienen la intención de sumarse a esta última categoría, aunque bueno, mejor me corrijo, porque lo de Led Zeppelin es mucho decir: Jimmy Page, John Paul Jones y Jason Bonham han confirmado su propósito de salir de gira y, si se tercia, grabar material nuevo sin Robert Plant, aunque todavía no está claro si se harán llamar Led Zeppelin o si les dará corte. El anuncio ha disparado las cábalas sobre la identidad del cantante sustituto: que si Steven Tyler, que si Chris Cornell, que si Sammy Hagar, que si el tío que vocea en Alter Bridge, que si Dave Grohl, que si Jack White... "No tiene sentido buscar otro Robert -ha puntualizado John Paul-. Eso lo puedes sacar de un grupo tributo, pero nosotros no queremos ser nuestro propio grupo tributo".
Yo, sinceramente, no acabo de entender el encanto de escuchar las canciones de Led Zeppelin interpretadas por el guitarrista, el bajista y el hijo del difunto batería de Led Zeppelin junto a un vocalista que ni siquiera se parezca al de Led Zeppelin, pero bueno... ¡hay tantas cosas que no comprendo en el mundo moderno! Eso sí, anda por ahí gente bastante más radical. Jack Bruce, cantante y bajista de los también míticos Cream, se ha despachado a gusto sobre el asunto en la revista Classic Rock: "Todo el mundo habla de Led Zeppelin y han tocado un puto concierto, una puta birria de concierto, mientras que Cream tocó durante semanas conciertos de verdad, no sólo una birria como la que hicieron los Zeppelin, con las canciones bajadas a tonos más graves. Nosotros tocamos todo en las claves originales. Jodeos, Zeppelin, sois una mierda. Siempre habéis sido una mierda y nunca seréis otra cosa. Lo peor es que la gente se cree la mierda que le venden. Cream es diez veces más banda que Led Zeppelin". Después puntualizó que sólo bromeaba, para acto seguido añadir (bromeando, claro) que "Jimmy Page no es Eric Clapton", que "el único tipo decente en Led Zeppelin está muerto" y que "en Gran Bretaña no puedes criticar a la Reina ni a Led Zeppelin". Mmmmm, para ganar credibilidad, yo ficharía a este tipo como vocalista.
Con ustedes, Kashmir, 1979...
30 Sep 2008
Últimamente el rock parece haber ingresado en una extraña dimensión atemporal. La música actual y la música del pasado conviven, o compiten, en mayor igualdad de condiciones que antes de Internet: todo está disponible y, con perdón, todo es gratis, así que el chaval que se aficiona a Wolfmother puede regalarse también a Led Zeppelin sin más esfuerzo que teclear y cliquear unas cuantas veces. De hecho, ni siquiera tiene que investigar para descubrirlos, porque seguramente se los recomendará Genius, o Last.fm, o cualquiera de esos misteriosos cerebros dedicados a deducir qué artistas nos encantarían si tuviésemos tiempo de oírlos (en buena lógica, ese proceso de ir escuchando sonidos cercanos a los que ya conocemos acabaría extendiendo nuestro gusto hasta abarcar la producción musical de toda la historia, pero lamentablemente moriremos antes). Para colmo, la rentabilidad de la música en directo en esta era de los royalties menguantes ha devuelto a la carretera a una inconcebible caterva de viejos rockeros, cuyo peso histórico suele aplastar a los nuevos artistas en el cartel de festivales y en muchas publicaciones del ramo. Parece que, de pronto, todo está sucediendo a la vez.
Como muestra de esta nueva costumbre de resucitar, ayer me enteré de que se ha reunido uno de mis grupos favoritos, una banda tan ligada a un momento de la historia que me resulta incongruente que vuelvan a existir, aunque sólo sea –por ahora– para tres conciertos en Gran Bretaña. No son muy famosos, pero sí influyentes en ciertos ámbitos: Magazine nacieron en Manchester en el 77, cuando el primer cantante y líder de los Buzzcocks, Howard Devoto (en la fotillo), decidió que había quemado su etapa punk en un tiempo récord y se lanzó a explorar nuevos territorios. El sonido de su nueva banda quizá fuese punk en espíritu, pero desde luego también tenía mucho que ver con estilos previos y opuestos al punk, como ese rock progresivo al que remitía Dave Formula con sus torres de teclados, y el tono intelectual y penumbroso de sus canciones les acercaba asimismo a sus primos los siniestros. Resulta significativo ver en qué otras bandas tocaron sus miembros –Visage, Birthday Party, Siouxsie & The Banshees– y qué artistas les han versionado, desde Morrissey hasta conjuntos de metal oscuro. Últimamente, seguro que Genius y compañía se han hartado de dar pistas sobre Magazine a los seguidores del revivalismo
post punk que tanto se lleva.
Lo habitual es recomendar su primer álbum, Real Life, pero yo soy devoto –je, je, tenía que usar la palabra– del segundo, el gélido Secondhand Daylight. Les dejo con Permafrost...
11 Dic 2007
Parece que todo el mundo ha salido muy contento del concierto de reunión de Led Zeppelin en Londres, con Bonham hijo a la batería. La verdad es que había pocas probabilidades de que la cosa acabara en desastre: por mucho que tuviesen que cambiar el tono de algunos temas porque la voz de Robert Plant ya no alcanza los agudos de antaño, ya sabíamos que los tres supervivientes se han mantenido en activo todo este tiempo y no han dejado que se les atrofien los músculos de tocar. Y las canciones... Vamos a ver, para mí Led Zeppelin entran en esa categoría difusa que se podría denominar música de hermano mayor (difusa, sobre todo, en mi caso, que soy hijo único), pero tengo muy claro que han firmado algunas de las composiciones más arrolladoras de la historia del rock. Y dejo de divagar, porque sólo quería recomendarles esta página, en la que están recopilando los enlaces a todos los vídeos del concierto que van emergiendo en YouTube, organizados por canciones. La Warner ya ha ordenado retirar alguno, pero seguro que llegan a tiempo de ver un buen cacho.
Por cierto, señores, ¿no me irán a pinchar la primera Stairway To Heaven, verdad? Yo me he ido de cabeza a Kashmir.
08 Nov 2007
Hay una razón un poco tonta por la que siempre me siento incómodo al hablar de My Bloody Valentine. Son uno de mis grupos favoritos y la crítica los ha convertido en deidades de la distorsión, así que quizá debería sacar pecho y presumir de que me gustan desde hace muchos años, cuando algunos todavía desdeñaban esa producción que ahora elogian y decían que sus discos estaban mal grabados. Pero tengo un problemilla: parece haber unanimidad vaticana sobre cuál es su obra maestra, Loveless, el álbum que supo crear belleza con nebulosas de ruido, pero yo siempre he preferido el anterior, Isn't Anything, donde el viaje de MBV desde la canción hacia la abstracción aún no había llegado tan lejos: a mí, después de temas como Feed Me With Your Kiss o la delicada Soft As Snow, el siguiente paso me resultó extrañamente insatisfactorio.
Y, desde principios de los 90, la nada. El adormilado megalíder del grupo, Kevin Shields, apenas se ha sacudido la pereza para pergeñar un par de fruslerías por encargo de Sofia Coppola, pero ahora asegura (una vez más) que existe un álbum nuevo a punto de editarse. No sé, quizá el último estadio lógico en el proceso creativo de My Bloody Valentine fuese simplemente el silencio, la suma imposible de todos los ruidos, un vacío que no hace más que alimentar la devoción por Loveless. En ocasiones, hasta la desmesura: Japancakes, enésimo proyecto salido de la ciudad de Athens (Georgia), acaba de versionar íntegramente el álbum y, al desnudarlo de electricidad, ha demostrado que en él había mucho más que habilidades de producción. Oigan, oigan.
24 Sep 2007
Muchas veces, apreciar a los grandes clásicos del rock exige el esfuerzo intelectual de situarse en su época, como un arqueólogo que estudia un estrato del terreno, hasta distinguir cuál fue su aportación a eso que llaman historia. Porque, normalmente, aquellos hallazgos han sido superados en décadas posteriores por otros artistas que han ido reduciendo a los pioneros a tímido antecedente. La juventud -y me refiero a todos nosotros cuando hemos sido jóvenes- suele mostrarse poco propensa a estas consideraciones y establece bruscas comparaciones entre música del pasado y música del presente: explíquenles a muchos que el sonido de los Ramones era muy duro en su tiempo, o que los Beatles ampliaron las rígidas costuras del rock, o que los descubrimientos de Joy Division fueron infinitamente mayores que los de Interpol... Lo más probable es que escuchen diez segundos aquellas maravillosas canciones y les digan que parecen viejas, que suenan viejas, que son viejas.
Generalizo pero sé de lo que hablo, porque, en los 80, yo pensaba eso mismo de los 60, y cualquiera que me viniera reivindicando la música de aquella remota década quedaba inmediatamente catalogado como carcamal y antiguo. Pero hubo una banda concreta que me dejó con la boca abierta y recondujo mis prejuicios hacia una postura más sensata: también eran evidentemente viejos, pero, caramba, sonaban salvajes, con una agresividad mucho más primaria que la facción bestia de los grupos que yo estimaba, y el cantante chillaba como nadie, al menos dentro de la especie humana. Les hablo, claro, de los Sonics -curso rápido en Real Audio para recién llegados aquí, aquí y aquí-, que ahora se reúnen por primera vez desde principios de los 70 para dar dos conciertos en el festival Cavestomp! de Nueva York. Estarán el vocalista, el guitarrista y el saxofonista originales, y lo peor del caso es que no estaremos nosotros: seguro que dejábamos de ser arqueólogos y nos transformábamos en desmelenados cavernícolas.
29 Dic 2006
Cada vez que un grupo disuelto decide reunirse, me pongo a rezar para que no grabe un nuevo disco. Pero, claro, algunos de ellos salen al escenario y se encuentran con más gente de la que reunieron a lo largo de toda su carrera real, y entonces la euforia reanima de forma engañosa sus cerebros viejos y resecos. Se olvidan de lo mucho que se odiaban unos a otros, empiezan a preguntarse por qué se separaron en aquel pasado remoto y acaban poniendo manos a la obra con nuevos temas que echan a perder su legado. Parece que los Pixies se van resistiendo a la tentación del álbum, benditos sean, pero los Stooges ya tienen listo 'The Weirdness', que sale a mediados de marzo. Por mucho que hayan grabado con San Steve Albini, miedo me da lo que puedan hacer al cabo de 33 años, sobre todo después de que Iggy se haya adelantado a justificar la onda más adulta de sus nuevas letras. Les copio sus explicaciones en la traducción de una emisora argentina, porque suena más divertido y va mejor con ese rollo cosmopolita que ha instaurado Arrieta en el anterior post: «Estoy recolectando los beneficios que supuestamente debía haber obtenido por mi trabajo cuando tenía 21 años. Tengo una chica que está fuerte, puedo manejar adonde se me dé la gana, puedo ir a un cajero y sacar una bocha de plata, tengo un buen laburo... ¿Cuán enojado debería estar? Sólo un poquito. La cuestión con este disco fue encontrar la manera de decir ustedes apestan sin decirlo directamente». ¿Unos Stooges diplomáticos? ¿Cómo se podría decir quiero ser tu perro indirectamente?
18 Oct 2006
La profesión periodística no tiene mucho que ver con esa vida emocionante que muestra a veces la televisión, pero es cierto que, de cuando en cuando, brinda momentos que hacen que uno se sienta un privilegiado. Si tuviese que quedarme con una de esas experiencias sin precio -tampoco hay tantas donde elegir, no se crean-, tengo muy claro cuál sería: en enero de 1999, el periódico me envió al barrio sevillano de Las 3.000 Viviendas para escribir un reportaje sobre un disco colectivo que acababa de editarse. Las 3.000 no son precisamente Neguri, y en ciertas épocas ni siquiera los carteros se aventuraban por sus calles, pero albergan una vida artística casi sobrenatural y un ambiente callejero consagrado a la inactividad, la Cruzcampo y los delitos y faltas. Nada más llegar, me condujeron a un callejón donde varios tipos patibularios trasegaban botellines y, como ven en la foto de Luis Díaz, Rafael Amador tocaba la guitarra y cantaba con un pie en el flamenco rufián y otro en el blues descacharrado. Pata Negra, el grupo que fundó junto a su hermano Raimundo, se había disuelto años atrás, pero en aquel rincón perdido me encontré de sopetón con la esencia de su arte visionario, su duende malhablado y buscavidas. Pocas músicas, quizá ninguna, me han producido la impresión de aquellas tres canciones. Después, por cierto, nos comimos un pollo asado en su piso bajo un retrato de Camarón, que parece el santo patrón del barrio.
Las fusiones consisten muchas veces en tomar lo peor de dos géneros y juntarlo rápido y mal. En ese mundo de ingredientes light, Pata Negra representaban la rica sustancia; en ese reino de frankensteins con grapas y costurones, constituían el híbrido perfecto, natural, orgánico. Y lo siento por el exitoso Raimundo, pero para mí el alma de Pata Negra era Rafael, el hermano canalla y complicado, que ahora ha resucitado el nombre y anda de gira por España. El 25 de noviembre está anunciado en el Kafe Antzokia de Bilbao, así que habrá que cruzar los dedos para que el duende no se pierda ese día por alguna calle oscura.
15 Oct 2006
Anoche, en el concierto de los Drones, un compañero de la prensa me comentó que había entrado una vez a este blog, pero que a los pocos minutos salió despavorido y con las tripas revueltas al ver que hablábamos de FR David, ese imperecedero mito evadido. Como no me apetece ir por la vida provocando trastornos digestivos, avisaré a tiempo a las gentes de gusto recio e intestino delicado: señores rockistas, abandonen inmediatamente la página, porque este post está dedicado a Culture Club... Ay, a lo mejor se han descompuesto con sólo leer el nombre, lo siento, corran, corran...
Sí, el Club de la Cultura, un nombre que parecía más adecuado para un grupo de universitarios ceñudos y enfundados en anoraks que para los abalorios y la fantasía andrógina de Boy George. 'Colour By Numbers' fue el tercer o el cuarto álbum que me compré, y entenderán que tanta vistosidad y tanta melodía pegadiza encandilasen a un chaval de trece años con el criterio musical sin formar. Quizá no comprendan tanto que hoy en día el disco me siga gustando igual, pero así es, y si se empeñan me busco algún argumento peregrino para justificarlo: en realidad, pese a su ligereza, Culture Club era uno de los grupos comerciales ochenteros con raíces más claras e estilos respetables. Vamos, que 'Church Of The Poison Mind' o 'Victims' encantarían a muchos fans de la música negra si no estuviesen cantadas por un tipo blanquísimo que parecía un muestrario de bisutería y complementos.
La noticia es que Culture Club se han reunido... ¡¡¡sin Boy George!!! Lo de los Cars, que han buscado un sustituto a su líder absoluto Ric Ocasek, ya parecía un hito insuperable, pero yo creo que estos tipos han dado un paso más allá en los dominios del descaro y la avaricia. En fin, aquí pueden ver en acción al nuevo vocalista, un tal Sam Butcher, que pese al apellido no es precisamente un rudo carnicero, y aquí tienen la desapasionada valoración que hace Boy George de su imitador, al que encuentra "terrible" y "atroz".
19 Sep 2006
Ya ven: menciono a los Sugarcubes la semana pasada y van los tíos y se reúnen, aunque en teoría sea sólo para un concierto benéfico. Yo pensaba que éstos eran de los pocos que no se iban a juntar, porque a Björk le ha ido mucho mejor sola que con aquella pandilla tan estrafalaria, pero parece que todo el mundo sucumbe a los atractivos de la nostalgia organizada. Y ahí, con la alusión a la nostalgia, empieza mi flashback particular: me asusta pensar cuántas veces pude escuchar Life's Too Good, su primer álbum, sobre todo teniendo en cuenta que jamás llegó a convencerme. Eran otros tiempos, 1988, y la inversión en un LP obligaba al aficionado adolescente a machacarlo hasta el desgaste, tanto si le gustaba como si no. El disco contenía una canción de primera -ya saben, Birthday-, alguna otra bastante maja -Deus, Motorcrash- y un montón de relleno descarado, y para colmo estaba salpicado de las exasperantes parrafadas en inglés nórdico de Einar Örn Benediktsson, que crispaban los nervios de cualquiera. Pero, aun así, lo oí tanto que todavía me sorprendo a veces cantando absurdas frases de temas como Blue Eyed Pop o Delicious Demon, que... ¡nunca me gustaron!
Lo más atractivo de los Sugarcubes era su esencial rareza. Venían de Islandia, y eso siempre es un plus. Tenían una cantante con pinta de elfo de bolsillo, con voz agudísima y gesto desequilibrado, que según decían había tenido un hijo sólo para cobrar la subvención del Gobierno. Los demás tampoco parecían gente corriente y, de hecho, los Sugarcubes llegaron a tener en sus filas un matrimonio homosexual, algo que todavía sonaba a ciencia ficción en la España de los 80. Eso sí, actualmente, cuando tengo el día islandés, ya no recurro a ellos: me pongo el Ágaetis Byrjun de Sigur Rós o, sobre todo, el Englabörn de Jóhann Jóhannsson, un conjunto de miniaturas con instrumentación clásica que les recomiendo encarecidamente.
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