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17 Sep 2009

El bueno de Ozzy Osbourne publica estos días en el Reino Unido su autobiografía, I Am Ozzy. Supongo que lo de auto será un decir, porque no me imagino a Ozzy sentándose disciplinadamente ante el ordenador para redactar su historia por capítulos, ni siquiera me lo imagino sentándose disciplinadamente para aprender las normas básicas de la sintaxis. Pero el hecho es que el libro se publica y la presentación en tres párrafos que ha colgado en su web resulta más atractiva que las vidas completas de la mayoría de los músicos. Un extracto: “Han dicho algunas locuras sobre mí a lo largo de los años. Quiero decir, de acuerdo: ‘Arrancó la cabeza a un murciélago de un mordisco’. Sí. ‘Arrancó la cabeza a una paloma de un mordisco’. Sí. Pero luego escuchas cosas como: ‘Ozzy fue al concierto anoche, pero se negó a actuar a menos que matase quince perritos’. ¿Yo, matar quince perritos? Me encantan los perritos. Tengo dieciocho de esas putas cosas en casa (...). Estas locuras me persiguen. Cada día de mi vida ha sido un acontecimiento. Tomé combinaciones letales de alcohol y drogas durante treinta putos años. Sobreviví al impacto directo de un avión, a sobredosis suicidas, a enfermedades de transmisión sexual. He estado acusado de intento de asesinato. Y, después, casi me mato al pasar con el quad por un bache a dos putas millas por hora”.

“Siempre me ha atraído el lado oscuro. Pero no soy el diablo. Soy sólo John Osbourne: un chaval de clase obrera de Aston que dejó su empleo en la fábrica e intentó pasarlo bien”. Rindamos tributo a John con esta obra maestra de hace –mes más, mes menos– cuarenta añitos.

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13 Ago 2009

Estoy siguiendo con curiosidad la tanda más reciente de declaraciones y artículos contra Stieg Larsson. Quizá hayan visto que Donna Leon declaró a El País que el primer libro de la trilogía Millennium le había parecido “patológicamente malo”, aunque tengo la impresión de que se trató de una traducción poco fina, ya que parece referirse a una supuesta perversión moral y no a falta de maña literaria. En cualquier caso, la valoración de la estadounidense trasplantada a Venecia –que no se acabó la novela por la “repugnancia” que le producía su falta de “calidez humana”, ya ven qué peculiar talante para una escritora de crímenes– encaja en la nueva moda: atacar a Larsson y decir que sus libros son basurita. Allá por junio, en mis vacaciones, la tendencia era la contraria: primaba cierto tono reivindicativo, incluso recuerdo haber leído a una desconcertante opinadora que decía “amar” al sueco pese a que las primeras doscientas páginas de su tercer libro le habían resultado “soporíferas”.

Yo, sinceramente, flipo con todo esto. Sobre todo, flipo con dos tipos de seres: aquellos que se han tragado los tres tochos de Larsson y no van a leer ni una página más en el resto del año y aquellos que desprecian sus libros sin haber leído ni línea. Pero entre ambos extremos también se da la opinión desencaminada. Creo que en este asunto hay varias verdades más o menos incuestionables: que el sueco escribía literatura de consumo –y no cabe compararlo, por ejemplo, con Le Clézio–, que era bastante bueno escribiendo literatura de consumo –les recuerdo que la gente se está devorando dos mil y pico páginas– y que su éxito ha alcanzado dimensiones desproporcionadas, ya que su literatura de consumo no es tan diferente de otra literatura de consumo que vende cien o mil veces menos. A partir de ahí, me parece que muchas valoraciones exageradamente negativas se sustentan sobre un andamiaje de pose y/o de expectativa desenfocada, mientras que muchas valoraciones exageradamente positivas se basan, con perdón, en la escasez de lecturas.

Por supuesto, a uno puede gustarle o no la trilogía, pero, por favor, no la vituperen por no cumplir lo que nunca pretendió ni la conviertan en una cumbre de la literatura. Ah, yo he leído los tres, me lo he pasado muy bien y he sentido esa urgencia que te impide soltar el libro hasta que lo terminas. Y la foto, que tanta envidia da vista desde aquí, es de María S. Nieto.

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16 Oct 2006

¿Tienen algún amigo de ésos que no admiten que les regalen libros, porque se sienten orgullosos de su alergia a las letras? Pues aquí les llega la ocasión de obsequiarle un buen montón de páginas, casi cuatrocientas, sin que ose siquiera rechistar. Más que nada, porque resulta muy difícil rechistar con la boca abierta de par en par. 'El gran libro de los pechos' recopila imágenes de «los pechos naturales más celebrados de los últimos cincuenta años», bajo el inequívoco lema «cuanto más grande, mejor». Las propietarias de las macroglándulas en cuestión responden a arquetípicos nombres de starlette como Candy Barr, Lorraine Burnett, Paula Page o la recordwoman de la abundancia mamaria, Norma Stitz, de quien les he seleccionado aquí una rara foto en la que aparece vestida. «En un mundo donde la silicona es la norma, estas espectaculares mujeres de verdad sirven como testimonio de que la naturaleza sabe hacerlo mejor», escribe la autora -sí, es mujer, ¿qué se pensaban?-, Dian Hanson. Ah, el ubérrimo tomo cuesta 40 euretes y lo edita Taschen, la firma alemana especializada en llevar el arte a las mesitas de cuarto de estar, aunque este volumen concreto no sé si servirá para quedar bien con las visitas.

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