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09 Ago 2009

Jónsi Birgisson es el vocalista del grupo islandés Sigur Rós, un tipo muy peculiar que toca la guitarra eléctrica con un arco de violonchelo y a veces canta en una lengua inexistente. Acaba de editar un disco junto a su novio Alex Somers bajo el nombre de Jónsi & Alex, pero lo que quería presentarles es otra creación de la pareja: han recopilado sus recetas favoritas en un coqueto librito, apetitosamente ilustrado, que se puede descargar gratis en su web. A partir de aquí tengo un par de noticias buenas y una tercera que, para mí y para muchos de ustedes, resultará más bien mala. Empiezo por las buenas: las recetas son tan sencillas que hasta un Atila de la cocina podría prepararlas de manera digna, o al menos comestible, y los platos que se ven al hojear el volumen tienen una pinta bárbara que promueve la salivación. ¿Que dónde está lo malo? Bueno, conociendo la música espiritual e ingrávida de Sigur Rós, uno ya se temía que estos tipos no se inflan a hamburguesas grasientas y alubiadas bien cargadas de tocino —en realidad, pocos rockeros lo hacen, no hay más que mirarles las piernecillas—, pero el caso es que Jónsi y Alex son veganos y crudívoros, una combinación que se ha dado en llamar crudiveganismo. Es decir, se nutren exclusivamente de vegetales sin cocinar, un concepto que a los cavernícolas carnívoros nos inspira tristeza y desaliento. Pero... ¿quién ha dicho que ese paté de pistachos tan rico no sirva como guarnición?

Para pasar mejor las espinacas, les cuelgo una de las muchas joyitas de Sigur Rós, quizá la más conocida. Ah, el cuarteto de cuerdas que toca con ellos son sus acompañantes habituales, Amiina, unas chicas muy recomendables por derecho propio.

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06 Oct 2006

Según he descubierto hace diez minutos, los pioneros que manejaban los primeros ordenadores solían utilizar el sonido para comprobar que el mecanismo funcionaba correctamente. No esperen una explicación técnica, pero el asunto es que conectaban un altavoz al sistema y lo oían trabajar: en tanto la cosa iba bien, se escuchaba una sucesión de ruiditos de distintas frecuencias, mientras que una nota continua significaba que la computadora se había bloqueado. En realidad, esto no tiene mucho que ver con lo que les iba a contar, pero supongo que en aquel truco están los primeros balbuceos de la música por ordenador. Y ahora, a lo que iba: en 1964, llegó a Islandia el IBM 1401, último grito de la técnica de aquel entonces, y el ingeniero encargado de su mantenimiento, el músico aficionado Jóhann Gunnarsson, concibió una manera de aprovechar artísticamente las ondas electromagnéticas que emitía al funcionar. Programaba la máquina, en lo que vendría a ser la fase compositiva, y colocaba al lado un receptor de radio, que captaba melodías de consistencia casi fantasmal.

Cuarenta años después, el hijo de aquel ingeniero se ha convertido en uno de los principales músicos de la isla, Jóhann Jóhannsson, cuyo disco 'Englabörn' les recomendé hace poquito. Y, claro, ha desempolvado las arcaicas cintas de su padre y se ha organizado un álbum llamado 'IBM 1401, a User's Manual', que sale dentro de diez días en el sello 4AD y tiene pinta de ser una cosa serena y más relajante que los Enigma del compañero Arrieta. No se dejen engañar por los movimientos espasmódicos que hace una tal Erna Ómarsdottir (me encantan estos nombres) en el ballet basado en la obra.

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19 Sep 2006

Ya ven: menciono a los Sugarcubes la semana pasada y van los tíos y se reúnen, aunque en teoría sea sólo para un concierto benéfico. Yo pensaba que éstos eran de los pocos que no se iban a juntar, porque a Björk le ha ido mucho mejor sola que con aquella pandilla tan estrafalaria, pero parece que todo el mundo sucumbe a los atractivos de la nostalgia organizada. Y ahí, con la alusión a la nostalgia, empieza mi flashback particular: me asusta pensar cuántas veces pude escuchar Life's Too Good, su primer álbum, sobre todo teniendo en cuenta que jamás llegó a convencerme. Eran otros tiempos, 1988, y la inversión en un LP obligaba al aficionado adolescente a machacarlo hasta el desgaste, tanto si le gustaba como si no. El disco contenía una canción de primera -ya saben, Birthday-, alguna otra bastante maja -Deus, Motorcrash- y un montón de relleno descarado, y para colmo estaba salpicado de las exasperantes parrafadas en inglés nórdico de Einar Örn Benediktsson, que crispaban los nervios de cualquiera. Pero, aun así, lo oí tanto que todavía me sorprendo a veces cantando absurdas frases de temas como Blue Eyed Pop o Delicious Demon, que... ¡nunca me gustaron!

Lo más atractivo de los Sugarcubes era su esencial rareza. Venían de Islandia, y eso siempre es un plus. Tenían una cantante con pinta de elfo de bolsillo, con voz agudísima y gesto desequilibrado, que según decían había tenido un hijo sólo para cobrar la subvención del Gobierno. Los demás tampoco parecían gente corriente y, de hecho, los Sugarcubes llegaron a tener en sus filas un matrimonio homosexual, algo que todavía sonaba a ciencia ficción en la España de los 80. Eso sí, actualmente, cuando tengo el día islandés, ya no recurro a ellos: me pongo el Ágaetis Byrjun de Sigur Rós o, sobre todo, el Englabörn de Jóhann Jóhannsson, un conjunto de miniaturas con instrumentación clásica que les recomiendo encarecidamente.

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