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23 Jul 2008

Soy uno de esos personajes aburridos y tristones que utilizan en su teléfono móvil el sonido clásico de un timbre. Sí, ya sé que es una opción sosona, como de pensionista, cuando existen propuestas tan rejuvenecedoras como el conejo orejibajo de los mimitos –“eres tú mi peluchito”, canta el bicho, que muy listo no parece– o el gorila rapero de los pedos, pero ya odio bastante el móvil, una pieza de tecnología de la que prescindiría muy a gusto, como para empeorar nuestra relación con sonidos detestables. Sí me he planteado alguna vez meterle algún fragmento de canción, por eso de mostrar la individualidad frente al mundo, pero todavía no se me ha ocurrido ninguna idea mínimamente brillante: todas las que se me pasan por la cabeza –la mayoría nostálgicas, desde el 99 Luftballons de Nena hasta los ruidos raros de los primeros OMD– son o vulgares, o poco funcionales, o cargantes a medio plazo.

Así que ahora he comenzado a explorar los tonos de autor, por si suena la flauta... Aunque, bueno, flautas precisamente no se escuchan muchas en esta colección que ofrece gratuitamente el sello Nexsound, especializado en “música medioambiental” y “ambient insumiso”. Reconozco que quizá no sea funcional en absoluto y que puede resultar cargante a plazo cortísimo, inmediato, pero seguro que ustedes también encuentran interesante este tono del artista español Francisco López –el del centro en la foto de abajo– titulado Broadband Grindcore: suban el volumen, pinchen aquí y atiendan la llamada.

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04 Oct 2007

Ya saben que, a partir del miércoles que viene, Radiohead permitirá descargar su nuevo álbum a cambio de la voluntad, en un gesto que todo el mundo califica con justicia de revolucionario pero que no se queda sólo en eso: también resulta tremendamente divertido, mucho más que cualquier cosa que haya hecho antes la doliente banda británica. Porque, claro, después de muchos años de quejas airadas por lo cara que nos cobran la música, ha llegado el momento de fijar qué precio nos parece justo: ¿cuánto les pagamos a los chicos a cambio de In Rainbows, el importe de un café, el de una caña, el de un combinado, el de un menú del día? ¿Acaso tendremos remordimientos si sólo les damos nuestro eterno y baratísimo agradecimiento? ¿Mentiremos como bellacos al contar a los colegas nuestra aportación? Imagino que la maniobra les saldrá bien, porque el público quiere premiar su valentía y está dispuesto a apoquinar para oponerse al mercado tradicional, a todos esos figurones antipáticos que llevan años criminalizando los P2P y llamando ladrones a sus propios hijos y nietos, pero me gustaría que se hiciese pública la donación media que han hecho los compradores. ¿Ustedes cuánto calculan que saldrá?

Por supuesto, está claro que la cosa sería muy distinta si todos los artistas utilizasen el mismo sistema para comercializar sus productos: seguro que entonces la casilla para determinar nuestra aportación se nos volvía invisible, como esas huchas grandotas que suelen languidecer en los museos gratuitos. Pero supongo que el órdago de Radiohead sólo es un modelo válido para grupos con una masa de seguidores nutrida y fiel, con un estatus que convierta el gesto en acontecimiento. Si la tecnología no frustra el proceso en su momento cumbre, estremece pensar cuántas personas estaremos escuchando simultáneamente un disco recién parido.

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29 Ago 2007

Las filtraciones a Internet de los lanzamientos discográficos conducen a situaciones pintorescas. Ahí tenemos, por ejemplo, La radiolina, el nuevo álbum de Manu Chao, que no sale hasta el lunes pero lleva ya bastantes días en los P2P y colgado en distintos sitios de la red. ¿Qué pasa con él? ¿Se puede comentar o no? ¿Decir que te gusta, por ejemplo, Politik Kills equivale a una confesión pública de piratería? Y, sinceramente, ¿alguien en sus cabales puede esperar que un fan no se lo descargue por escrúpulos éticos? ¿A la gente que exige eso le gusta la música?

En fin, tiremos de condicional: si hubiese escuchado La radiolina, me habría gustado mucho más de lo esperado. Ya saben que Chao se impregna de música popular de distintos continentes, pero en el núcleo de esa esponja estilística late un corazón punk, y eso siempre mitiga los riesgos de misticismo, buenrollismo y turismo de saqueo que suelen pesar sobre estos apátridas culturales. A mí, con todo lo refractario que soy a estas cosas, el álbum me resulta -estoooo, me resultaría- tremendamente adictivo, igual que me pasó ya con Clandestino. Siempre digo lo mismo, pero lo peor de Chao es su legión de imitadores perroflautistas.

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