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14 Ago 2008

Todos los meses y seguramente todos los días se editan discos que pasan desapercibidos, y a veces esa escasa repercusión no se debe a su falta de mérito sino a cierta inadecuación entre lo que ofrecen y lo que interesa en los medios. Para mí, uno de los casos más injustos de los últimos años ha sido el de La patronal por todas partes, debut comercial de GG Quintanilla, el nombre con el que el portugalujo Garikoitz Gamarra ofrece al mundo su personal combinación de post-punk oscuro y tecno-pop de estribillos luminosos –entre Corcobado y Aviador Dro, digamos–, con letras que reflexionan sobre la actualidad en un tono sarcástico y poco convencional. El disco salió el año pasado y no pareció enterarse mucha gente –desde luego, yo no tuve ni idea de su existencia hasta hace unos meses–, algo en lo que seguramente tuvo su parte el hecho de que tanto la voz como los textos de este hombre puedan disgustar profundamente al oyente. A mí, ya ven, me tienen perdidamente enganchado: lo llevo en el iPod y he grabado su tema La era de la inseminación artificial a varios amigos que han quedado sorprendidos y satisfechos, o eso han dicho. En su MySpace o aquí pueden escuchar e incluso descargar algunos temillas.

Pero bueno, les hablo de Gamarra Quintanilla porque esta semana lo tenemos por partida doble al lado de casa. Mañana viernes está en el Munich 72 de Santurtzi con su banda Ornamento y Delito –nombre tomado de un ensayo del arquitecto Adolf Loos, porque basta googlear a nuestro hombre para comprobar que tiende a la reflexión de altos vuelos– y el miércoles estrena en el Badulake bilbaíno su nuevo proyecto Mecánica Divina, donde ayunta poesía e improvisación electrónica junto al actor y escritor Andeka Larrea. Parece una buena opción para desintoxicarse de tanto kalimotxo y tanta canción de Marijaia, aunque con estas cosas nunca se sabe, lo mismo van y la tocan.

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06 Jun 2008

Con el asunto de las entradas de Motörhead, la afición anda más anfetamínica que Lemmy. Y es lógico, porque se trata de una especie de evento híbrido que no resulta fácil de entender a bote pronto. Motörhead tocan dos fechas seguidas en el Rock Star Live, el 19 y el 20 de julio, y para ambas se pueden comprar entradas a 39 euretes en la venta anticipada y 44 en taquilla, pero el segundo día también habrá un montón de invitaciones que el Ayuntamiento de Barakaldo va a repartir sólo entre personas empadronadas en la localidad, a modo de regalo por las fiestas del Carmen. Así que los lectores baracaldeses deben estar atentos a El Correo Digital si quieren conseguir su invitación, pero a los demás sólo nos queda el sistema habitual de rascarnos el bolsillo.

Si se sienten rácanos, también pueden ver a Lemmy por unos 20 euros, pero será en forma de esta pequeña action figure que tienen en la foto. La hermosa efigie del líder de Motörhead, más o menos tan expresiva como el original, ha quedado inmortalizada en un muñequito que embellecerá cualquier rincón de su hogar, aunque el homenajeado analiza el objeto desde unos presupuestos filosóficos motörheadianos y no lo tiene del todo claro: “Me dijeron que es una action figure, y yo dije: ‘Entonces, ¿le vais a poner una polla?’. Me contestaron que no y les dije: 'Bueno, entonces no va a tener mucha acción, ¿no? Es un mal nombre'”.

P.S. Por cierto, estoy de... VACACIONES, y no le pongo un cuerpo aún más grande porque el sistema no me deja. Nos vemos en la segunda semana de julio.

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02 Jun 2008

Por si fuera poco haber tenido a los Sonics casi a la puerta de casa, dentro de unos días estarán un poco más allá los Trashmen, otra tribu salvaje de los 60 que encabeza el cartel del Festival de Andoain (¡es gratiiiiiis!). Los Trashmen han pasado a la historia del rock por su himno majara Surfin’ Bird, combinación por la cara de dos canciones anteriores de otra banda a la que finalmente tuvieron que reconocer la autoría, aunque los pobres Rivingtons jamás imaginaron que su material era susceptible de un tratamiento tan excéntrico, tan atípico, tan psicótico. A cualquier persona normal debería bastarle con saber que Surfin’ Bird fue certeramente versionada por los Ramones y los Cramps, pero, por si queda algo de escepticismo en esta masa descreída, les quiero mostrar un alucinante documento...

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01 Jun 2008

Nunca pensé que algún día vería en directo a los Sonics. Y, seguramente, ellos tampoco soñaron jamás que, casi medio siglo después de su formación y 40 años después de su disolución, estarían debutando en Europa ante audiencias entusiastas con notable presencia de rockerillos que podrían ser sus nietos. El concierto de anoche en Santana 27 fue casi un milagro, una fractura en el espacio-tiempo, y al público se le notaba justamente emocionado, como apasionados geólogos que pudiesen contemplar en vivo algún fenómeno crucial en la formación del planeta. Porque los Sonics dieron un paso de gigante en la historia del rock and roll, y eso quedó claro en su concierto, donde pasaban de canciones que podrían encajar perfectamente en un festival de blues -su ortodoxa versión de Walking The Dog, por ejemplo- a temas propios que sonaban como trallazos contemporáneos: sobre todo, ese impresionante triunvirato de Strychnine, Psycho y The Witch, donde reinterpretaron el rock de una manera que abrió la puerta al sonido de Detroit, a los New York Dolls, al punk, al grunge...

Quizá los alaridos de Roslie no tengan la fiereza de hace cuarenta años, vale, pero los momentos cumbre sonaron a gloria. Y la vigencia de su estilo contrastaba de manera reveladora con la actitud de los músicos, propia de aquellos tiempos lejanísimos en los que debutaron: afrontaban el concierto con la disposición modesta y digna del entretenedor, consagrado al oficio de lograr que la gente pase un buen rato escuchando rock and roll, y no como tantos artistillas actuales que parecen hacer un favor al público permitiéndole compartir sus excelsas creaciones. Y de verdad que resultaba emocionante verlos tocar con esa naturalidad canciones que hemos oído versionar decenas de veces, pero que son suyas.

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21 May 2008

Es curioso cómo, mientras Bilbao acapara la mayor parte de la programación musical de Euskadi, San Sebastián parece haberse especializado en captar a los artistas de culto, desde Franco Battiato a Nick Cave, con una oferta limitada pero exquisita que va salpicando de ocasiones especiales el calendario. El próximo será nada menos que Tom Waits, que el 12 de julio iniciará en el Kursaal el tramo europeo de su gira Glitter And Doom, acompañado por cinco músicos que también saben aullar, según la promotora. “Tocan con la precisión de un coche de carreras y todos son verdaderos prestidigitadores. Con ellos hago canciones que nunca he intentado tocar fuera del estudio. Todos son multiinstrumentistas y bailan la polka como hombres de verdad”, ha dicho el propio Waits. Por los 100 y 125 euros que cuesta la entrada, incluso podrían bailarla desnudos, pero bueno, habrá que recordar que es el debut del artista en España y que la proverbial desmesura de Waits suele afectar también a los precios de sus conciertos.

Este hombre no sólo es un género musical en sí mismo, sino también un género literario, y resulta difícil escribir sobre él sin caer en los tópicos del poeta vagabundo, la voz de tubería y la belleza en el fondo de una botella. Pero la obra de Waits va mucho más allá de esa estética decadente y resacosa: con desarmante naturalidad, es capaz de enlazar el blues de burdel con la experimentación más desquiciada, y lo mismo canta baladas canónicas –como aquéllas que eran su marca de fábrica cuando todavía no tenía voz de Tom Waits– que ladra atolondrados temas megáfono en ristre. Yo soy devoto de su trilogía de los 80 (Swordfishtrombones, Rain Dogs y Frank’s Wild Years), así que disculpen que me ponga antiguo para dejarles con mi Waits favorito.

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16 May 2008

Pocos grupos transmiten tanta sensación de dureza como Napalm Death. Es cierto que la dureza admite muchas formulaciones y se puede vincular a variables como el ruido, la velocidad o simplemente la capacidad de desquiciar al oyente, pero la banda británica cotiza alto en cualquiera de estas clasificaciones. De hecho, en sus comienzos allá por los 80, estos cerriles mocetones se vieron obligados a inventarse un género para definir esa suma de factores, ya que no estaban dispuestos a ceder un ápice en sus aspiraciones maximalistas: a grandes trazos, tomaron el estruendo del metal, la velocidad del hardcore y la vocación irritante de la electrónica más radical y llamaron grindcore al monstruoso resultado. La Wikipedia resulta muy ilustrativa a la hora de analizar sus influencias de partida, ya que entre ellas no hay mucho heavy que se diga: aparecen anarcopunks como Crass o The Ex, pioneros de lo industrial como Throbbing Gristle (véase el post precedente) y bestias inclasificables como los Swans y su rock machacón y agónico.

Es verdad que de aquellos fundadores del grupo no queda nadie –el más veterano es el corpulento bajista Shane Embury, enrolado en 1987–, que ahora hay miles de indistinguibles escuadrones grincoretas y que Napalm Death dieron la espalda hace mucho a su sonido primigenio y a los excesos absurdos que conllevaba, como esas canciones de segundo y pico. Pero sus conciertos, como el de esta noche en Durango junto a Suffocation y Warbringer, siguen siendo una experiencia memorable, abrumadora y muy satisfactoria, siempre que no te absorba el habitual vórtice enloquecido y violento de las primeras filas: a veces, conviene admitir que uno es un poquito blando.

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15 May 2008

Los museos dan un poco de mal rollo por la noche. Supongo que estamos condicionados por todas esas películas en las que las momias y las estatuillas aztecas cobran vida y, en vez de disfrutar de las delicias de la existencia recuperada, se dedican a destripar a vigilantes lelos y ensartar arqueólogos de tres en tres. Pero de lo que vamos a hablar aquí es de una fiesta que se celebra este sábado: La Noche de los Museos, una exitosa iniciativa francesa a la que cada vez se suman más instituciones de todo el mundo. En el Guggenheim, las estrellas de la velada serán SoiSong, proyecto en el que milita un personaje que, la verdad, puede asustar más que cualquier ídolo precolombino sediento de sangre. Peter Sleazy Christopherson fue miembro fundador de Throbbing Gristle, los temibles creadores del concepto de música industrial, y después formó parte de Psychic TV y Coil, que son palabras mayores para ese uno o dos por ciento de los aficionados a la música que sienten algo de interés por estas regiones tenebrosas. Ahora se ha aliado con Ivan Pavlov, el ruso que se oculta detrás del reputado proyecto COH, para hacer música inspirada en los callejones oscuros de Bangkok, su sospechosa ciudad de residencia. Eso viene a significar SoiSong, la canción del callejón tailandés.

Lo que no sabía yo, en mi calidad de diletante que sólo tiene un par de discos de Throbbing Gristle, es que Sleazy también se ha labrado una imponente carrera como realizador de videoclips: él puso imágenes a temas como Double Barrel Prayer, de Diamanda Galás; N.W.O., de Ministry; Refuse/Resist, de Sepultura; Killing In The Name, de Rage Against The Machine; Infected, de The The, y... estoooo... Owner Of A Lonely Heart, de Yes. Pero no les voy a pegar ninguno de ellos, sino un vídeo amateur de cómo sonaron SoiSong hace unos días en Italia, para que se hagan una idea del malestar y la intranquilidad que reinarán en el Guggen. Al final, desearemos estar en la sala de momias del British Museum.

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12 Mar 2008

Lo de Vizcaya con los conciertos de rock se aproxima ya a lo increíble. En menos de una semana hemos sabido que nos van a visitar los Stray Cats, Bad Religion, Wendy James, ZZ Top, Motörhead (¡dos días seguidos!) y los Sonics, bien repartidos por escenarios de Barakaldo, Bilbao y Durango. Supongo que es resultado de una feliz coincidencia: el miedo a que la piratería e Internet les vacíen los bolsillos ha empujado a los artistas a actuar más que nunca, a la vez que el ahorro en discos alienta al público a consumir música en directo, y todo esto se ha producido justo cuando Vizcaya acaba de añadir a su red de salas dos recintos de aforo competitivo como Santana 27 y el Rock Star Live. Algunos me dirán que todos los grupos que he enumerado, y la mayoría de las bandas importantes que se animan a venir por aquí, comparten unos cuantos rasgos definitorios: son... mmmmm... antiguos (ayer estuve explicando a un par de veinteañeros quiénes son los Sonics y me sentí un brontosaurio, aunque lógicamente yo tampoco los viví en su época) y son descaradamente rockistas, de manera que un fan del pop contemporáneo no encuentra muchos motivos para dar brincos de alegría a los sones de Patrick Wolf o Hercules And Love Affair. Es cierto.

Pero hoy no tengo mucho tiempo para compadecerme porque yo sí estoy dando saltos de alegría a los sones de Psycho, de Strychnine, de The Witch y de todas esas canciones concisas, salvajes e irresistibles que los Sonics grabaron allá por los 60. Hace medio año, cuando se anunció su reunión para el Cavestomp neoyorquino, ya escribí por aquí mi elogio por su presencia y mi lamento por nuestra ausencia. Hoy sólo cabe proferir tremendos alaridos de felicidad como hacía el mejor gritador de la historia del rock, que, a juzgar por este vídeo de aquí abajo, se mantiene en plena forma: WAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!!!!

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10 Mar 2008

Voy a decir algo muy impopular: los conciertos de rock son demasiado largos. La gente suele quejarse de lo contrario, se deja la garganta pidiendo bises para rentabilizar la pasta invertida en la entrada, incluso los hay que sacan cuentas para ver a cuánto les ha salido el minuto de actuación, pero la mayor parte de los grupos se hacen redundantes en su intento de alcanzar ese estándar de alrededor de una hora que se considera tolerable. Para mí, la duración ideal de un concierto es media horita: si los que están en el escenario son unos mantas, la cosa se sobrelleva buenamente sin dejar cicatrices en el ánimo; si merecen la pena, seguro que el efecto se optimiza al comprimir el repertorio en lugar de dilatarlo. Vale, sí, yo también disfruté en su momento viendo a los Cure durante tres horas sin quedar saciado, pero en la mayoría de los casos me reafirmo en mi postura de que menos es mejor.

Por eso me encanta el formato de los conciertos del concurso Villa de Bilbao, que empezaron el pasado jueves en Bilborock: media hora para que cada grupo demuestre, con el estímulo que implica competir, todo lo que sabe hacer. Entre los seleccionados e invitados de esta edición abundan las bandas de renombre comarcal –Mamba Beat, Las Culebras (en la foto), Dynamo, On Benito, Munlet, Eureka Hot IV y más– que ya están lo suficientemente rodadas para no decepcionar las expectativas, y los grupos extranjeros sirven para dar un toque cosmopolita aunque muchas veces sean peores que la representación canterana. A mí me encantaría bajar a Bilborock como hacía antaño, tomar unas cervezas de máquina y escuchar rock de base, pero... a las ocho de la tarde sigo aquí, en el tajo: la jornada laboral también es demasiado larga.

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03 Mar 2008

El hilarante Metal Inquisition publicaba el otro día un post en el que uno de sus colaboradores se hacía visitar por su yo adolescente de 1991. El chaval, fanático de bandas como Anthrax y Nuclear Assault, se indignaba al comprobar que su yo del futuro no llevaba el pelo largo ni parches en la ropa, tenía “almacenadas” sus viejas casetes e incluso acudía a conciertos de jazz. Pues bien, si mi yo de mediados de los 80 me visitase esta semana, fliparía al comprobar mi total indiferencia por la restringidísima actuación que Mike Oldfield va a dar el viernes en el Guggenheim de Bilbao. El Benito de 1983 inició su colección de discos con Crises, un elepé que le sirvió para aprender un par de cosas: Mike Oldfield no era, como él pensaba, la voz que cantaba Moonlight Shadow, sino un señor que se dedicaba a tocar muchos instrumentos (yo sospecho que algunos sólo los metía para lucirse en las larguísimas enumeraciones de sus carpetas) y que combinaba las canciones pop con largos temas de corte más ambicioso. El Benito de 1984 poseía quizá ya una docena de discos, de los que seis o siete estaban firmados por Oldfield, y recibió con entusiasmo las dos novedades que el multiinstrumentista editó aquel año: Discovery y la banda sonora de The Killing Fields.

Y se acabó el idilio. Seguro que influyeron nuevos gustos como los Cure o los Smiths, pero también tengo la impresión de que la carrera de Oldfield entró en una decadencia imparable a partir de ese momento. Veo que la All Music Guide puntúa con tres estrellas su siguiente álbum, Islands (¡las mismas que da a Ommadawn y Hergest Ridge!), pero yo lo recuerdo como una decepcionante sinsorgada. Y, a partir de ahí, ya saben: más y más versiones del tubo tubular, cuelgues ibicencos y declaraciones que muestran a Oldfield como un personaje antipático y petulante. Sigo escuchando a menudo los viejos discos de este hombre, pero seguramente nunca llegaré a oír el nuevo Music Of The Spheres, porque ya el título me da pavorcito. Eso sí, confieso que me encantaría saber qué habría pensado de él aquel Benito sin malear de 1984.

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