30 Sep 2009

Octubre es un mes genial para la música en directo, con una oferta que se vuelve inabarcable en cuanto llegan los fines de semana. Igual que hicimos con septiembre, vamos a repasar por encima los conciertos que aparecen en la agenda. Ya saben, sin pretensión exhaustiva, porque si no el exhausto sería un servidor.
Kafe Antzokia: el BUM trae el extraño folk de la canadiense de origen haitiano Mélissa Laveaux (día 2) y el híbrido de hip hop y jazz de Kase.O Jazz Magnetism (día 4). Habrá la habitual dosis de tradicionalismo selecto con la blueswoman Deborah Coleman (15), el eterno retorno de Elliott Murphy (22) y el country alternativo de categoría de Richmond Fontaine (30). Mark Eitzel y Franz Nicolay se lo montarán de cantautores (9), los Young Fresh Fellows armarán su fiesta guitarrera (16) y la modernidad quedará en manos del Bilboloop (23 y 24), que trae, entre otros, a los misteriosos navarro-londinenses Crystal Fighters.
Rock Star Live: la sala baracaldesa muestra su habitual heterogeneidad, pero bastante escorada a lo durillo, con el metal extremo de Cannibal Corpse y Dying Fetus (día 11), el tecnopop cañí de Camela (24, esto sí que es duro), el hard de los suizos Gotthard (30) y Over The Rainbow, una selección de miembros de Rainbow más el hijo de Ritchie Blackmore.
Santana 27: también empieza el mes en plan estruendoso, con la suma en un mismo cartel de Marduk y Vader (día 13), y sigue con el metal vikingo-medieval de Ensiferum (15). Además, se acercarán por el polígono de Santa Ana los escoceses Gun (24), la garganta soul de Laura Vane (24) y el reggae contemporáneo de Sizzla Kalonji (29), para acabar el mes de nuevo en terrenos metálicos, o similar, con la sensibilidad gótica de Epica (30).
Vitoria: aparte de Calamaro en el Buesa Arena (día 3), la programación vitoriana no está nada mal gracias a la suma de Jimmy Jazz, Ibu Hots y Hell Dorado. Destacan los festivales Pintalabios Attack, de rock enérgico y garajero (días 16 y 17), y Spktro, de electrónica oscura, gótica e industrial (días 9 y 10), pero también estarán por la capital alavesa las multicolores Agent Ribbons, retratadas por Kristin Cofer en la foto de arriba (8), los boscosos Castanets (9) y la arrolladora Jim Jones Revue (23).
Otros: de entrada, llaman la atención dos conciertos en L’Mono (Zombie Zombie el día 12 y Damo Suzuki, el japonés marciano que cantaba en Can, el día 31) y otros dos en el Azkena (la estupenda Eilen Jewell el día 3 y el retrorock de Nick Curran el día 15). Por El Balcón de la Lola pasarán Hidrogenesse (8); Paul Collins, John Wicks y Erik Blakely (15) y los Yum Yums (23). Estos primeros días de mes se celebra el Jet Lag Bio, con propuestas gratuitas tan interesantes como Mouse On Mars (día 2, en Bilborock). El Euskalduna, entre la exquisitez y el populismo, recibe a Diana Krall (día 12), Amaia Montero (16) y Billy Bragg (18), y en el Arriaga estarán la alemana Ute Lemper, siempre a caballo entre la música clásica y el cabaré (día 26, también el 22 en el Principal vitoriano), y el virtuoso vocalista de jazz Kurt Elling (27). Y no se olviden de Los Panchos en el Teatro Barakaldo (23), de Amaral en el frontón de Balmaseda (17) y del oudista sirio-griego-armenio Haig Yazdjian en Kultur Leioa (9).
Sin resuello me he quedado. Les dejo con Eilen Jewell, hala, y añadan cuantas convocatorias quieran en los comentarios.
28 Sep 2009

No se ofendan, pero Bilbao no es precisamente el paraíso de la modernidad musical. Hay muchos conciertos, sí, pero lo que manda en las agendas son las glorias viejas e incluso resucitadas, los artistas con raíces y las bandas actuales que suenan como podrían haberlo hecho en 1969 o en 1979. Bilbao es rockista y tradicionalista, pero mucho, e incluso diría que también es más vanguardista que contemporáneo, aunque eso suene un poco paradójico: resulta más fácil pillar a algún explorador de paisajes postindustriales que a todos esos grupetes que salen siempre mencionados en los blogs de Madrid y Barcelona.
Por eso me ha llamado la atención que en el futuro próximo vayan a venir por aquí un par de esos nombres pujantes. El mérito es de Fever, un club al que jamás voy –no son horas, no son edades– pero que me parece un oasis, o más bien un inesperado géiser en medio del páramo. La semana que viene anuncian a Kim Ann Foxman, la chica de Hercules And Love Affair que en su momento muchos confundieron con un chico (¿o era al revés?) y que tienen en la foto de arriba. Y en noviembre han programado a The Pains Of Being Pure At Heart, grupo neoyorquino que ha conseguido una notable repercusión a pesar de ese nombre kilométrico con dos preposiciones. Si a todo esto sumamos la variopinta troupe de Billie The Vision & The Dancers, que estarán en noviembre en la Rock Star Live, y los franceses Zombie Zombie el 12 de octubre en L’Mono, esto empieza a parecer el siglo XXI.
Les cuelgo el chulísimo vídeo de Driving This Road Until Death Sets You Free, de Zombie Zombie. Aunque, ahora que vuelvo a escucharla, en realidad esta canción también suena un poco a 1971.
02 Ago 2009
No todos los días se encuentra uno con que su tienda de discos favorita de todo el universo recomienda a su clientela un grupo de Bilbao. De hecho, a mí es algo que sólo me ha pasado... hummmm... ayer: Aquarius Records, establecimiento de California especializado en músicas periféricas (black metal cazurro, electrónica letal, percusión hecha por elefantes y todo lo que se les pueda ocurrir) ha elegido como disco de la semana el elepé May 08 de Billy Bao, un proyecto de rock de vanguardia que lleva a Bilbao hasta en el nombre.
Pero vamos por partes. Aquarius es una tienda, sí, pero también mucho más: su lista quincenal de novedades es una recomendabilísima publicación periódica para mantenerse al tanto de los sonidos menos comerciales, porque el equipo de Aquarius comenta los discos con conocimiento profesional y entusiasmo amateur, que es como mejor se hacen las cosas. Tienen el link a su página, por cierto, en la sección de enlaces de Evadidos, aquí al lado a la derecha, en ese rincón
que casi nadie mira.
En cuanto a Billy Bao, bueno, se presentan como un músico nigeriano afincado en Bilbao (o en Bilboa, como escribe por ahí su sello americano, Parts Unknown), pero los tipos que tocan no tienen ninguna pinta de haberse criado en Lagos y sí de estar curtidos en mil batallas de la escena vizcaína, que lo están. "Aquí no nos conoce ni Dios", han declarado, aunque este periódico (ya ven, tan conservador que dicen) les dedicó una bella página hace un año. Ah, desde aquí pueden acceder a abundantes emepetreses con los que destrozar los altavoces de su equipo informático.
Y, hechas las presentaciones, volvamos al principio: los chicos de Aquarius han elegido May 08 como disco de la semana junto a lo nuevo de Cold Cave y se les ve estupefactos ante el degenerado estruendo de los bilbaínos, con su "aporreo neandertal" de la batería, las "voces que aúllan" y demás ingredientes de ese sonido "crujiente y sucio y punk rock y garage rock, pero con una rara vibración electrónica, bordeando una y otra vez lo industrial". Y concluyen: "Heavy and fucked up and noisy and genius. WAY WAY WAY recommended". Pues eso, que MUY MUY MUY recomendado, pero mentalícense y bajen el volumen antes de darle al play.
10 Jul 2009
Ayer, después de trabajar, subí a la montaña para ver a Depeche Mode. Como la ruta es larga, por el camino me acosaron las dudas y la añoranza del sofá, pero finalmente mereció la pena la expedición: Depeche Mode –¿cómo pronuncian ustedes el nombre, por cierto? ¿A la inglesa, a la francesa o... a la española como yo?– se reafirmaron como una banda excepcional que trascendió hace muchos años el tecnopop de sus comienzos. Porque lo que vimos anoche no es, desde luego, un concierto de tecnopop, pero tampoco se trata exactamente de un concierto de rock ni de música electrónica: la banda británica mezcla unos ritmos casi brutales, los guitarrazos ocasionales de Martin Gore –que ahora se dedica primordialmente a las cuerdas y no a las teclas–, un frontman a años luz de la pasmada sosería habitual en la música electrónica y unas canciones mayúsculas, que a menudo delatan influencias clarísimas del blues y el gospel.
Sí, Depeche Mode son excepcionales por haber creado su propio estilo y también por haber sabido construir una carrera sólida, sin periodos desechables. Si en 1987, cuando un servidor se compró su primer vinilo del grupo, nos hubiesen dicho que algún día Depeche Mode iban a dar conciertos sin tocar ni un solo tema de sus cuatro primeros álbumes, nos habríamos echado a reír sin parar: ¿cómo no iba a caer, no ya un Just Can’t Get Enough, sino un Everything Counts, un Master And Servant o un People Are People? Pues ya ven, no tocaron ninguno. En realidad, uno se daba cuenta durante la actuación de que podrían prescindir de toda la década de los 80 –que, en cierto modo, es su década, la que alimentó su estilo– y mantener un repertorio potente y atractivo. Eso sí, se agradece que no lo hicieran y que en Kobetamendi sonaran Stripped, A Question Of Time, Fly On The Windscreen y una de mis favoritas, Never Let Me Down Again, mi cumbre personal del concierto. ¿Otros momentos clave? Habrá que citar Home –cantada por Gore, acompañado sólo por un teclista clavadito a Óscar Cubillo–, el Personal Jesus que cerró el concierto y, por supuesto, la definitiva y siempre apabullante Enjoy The Silence, aunque a mí me sorprendieron particularmente temas que tenía en menos estima como Walking In My Shoes o Precious. Incluso algunas canciones del último álbum –regularcillo, digan lo que digan– se sostenían bien con la contundencia del directo.
A ver si algún día hago un post reivindicando A Broken Frame, ese disco eternamente infravalorado.
15 Ene 2009
Lo del cierre del Kafe Antzokia durante un mes por haber duplicado el aforo una noche de marzo es un asunto complicado. De partida está claro que, si una inspección cuenta 920 personas en un local donde no está permitido meter a más de 420, el establecimiento debe ser sancionado. Discutir eso sería de cenutrios y, en cierto modo, equivaldría a asumir parte de la responsabilidad ante un hipotético desastre. Pero yo creo que a los clientes de este bar, que vienen a ser todas las personas que hayan salido alguna vez por Bilbao en los últimos quince años, la situación nos ha dejado perplejos y un poco inquietos. Las dudas están relacionadas con la peculiar condición del Kafe Antzokia, que es bastante más que un bar, y me van a permitir que las sintetice de manera más bien directa: tiene narices que, en un país repleto de bebederos que superan sus aforos sin mayor problema, la mano dura se aplique a uno de los pocos locales con una programación cultural abundante, interesante y diversa; tiene narices que el Ayuntamiento hable de "saturación" en la zona sin discernir entre churras y merinas, entre tocinos y velocidades; y, sobre todo, tiene narices que, en una ciudad que se precia de su vocación turística y cultural, no se haya logrado llegar a un acuerdo para aumentar ese aforo legal absolutamente ridículo para un recinto de la amplitud y las características del Antzokia, envidia de muchos visitantes venidos de fuera. Desde luego, a mis amigos es lo que más les gusta de Bilbao, y hablamos de respetables señores casi cuarentones, no de adolescentes dipsómanos y vomitantes.
Aquí tienen el manifiesto del Antzoki, por si quieren echar una firmita. Y no se confundan, que no se trata de un documento en contra de la sanción: simplemente reivindica... ¡una puerta trasera!
(la foto es de Borja Agudo)
11 Dic 2008
¡Qué dos conciertos tenemos mañana en bares de Bilbao! El Azkena recibe a los reunidos Boss Hog, la banda de Jon Spencer y su señora, la extremeña Cristina Martínez. Ella ejerce de sensual lideresa, pero el sonido del grupo luce de manera patente el sello del explosivo guitarrista, ese regurgitado de los cachitos más intensos de la música negra. De todas formas, Boss Hog se atiene más a la estructura de canción que la Blues Explosion –que, en disco, acaba aturdiendo con sus collages de solos y exhortaciones vocales– e incorpora influencias más claras del punk y el garaje. Yo quería colgarles su espléndida versión del I’m Not Like Everybody Else de los Kinks, pero no aparece en YouTube, así que les dejo con Hustler y sigo debajo.
El Aurki de Barrenkalle se ha incorporado con ganas y acierto a la escena de música en directo. Su programación escora hacia el doom y géneros afines de metal lento y pesado, pero mañana va un poquito más allá al albergar –¡¡¡gratis!!!– un concierto del dúo canadiense Nadja, cuya música invade ya terrenos experimentales. Aidan Baker y Leah Bukareff exploran texturas tan extremas que algunos de sus discos suenan fatal en el iPod, se lo digo yo. Ahí abajo les va una muestra bastante convencional dentro de su repertorio, hasta tal punto que debería agradar a los seguidores de grupos como Godflesh o Burzum.
27 Nov 2008
Antes de venir a trabajar hoy, he hecho dos cosas: he intentado comprar una entrada para el concierto de AC/DC a través de la web de Tick Tack Ticket y he echado un boleto para el Euromillones de mañana. Y, ya de partida, tenía la sensación de que la probabilidad de tener suerte en lo segundo era mucho más alta. El proceso de venta telemática (así la llaman, ¿no?) ha generado un exasperante ritual previo a los megaconciertos, que tiene entre sus consecuencias más indeseables el hecho de que muchos fans fatales se queden sin ver a sus ídolos mientras buena parte de la sala se llena de indiferentes atraídos por el momento histórico y la cita social. Pero supongo que eso es pura democracia, qué le vamos a hacer: tampoco van a organizar un concurso-oposición para asignar las entradas, aunque lo de dar acceso preferente a los clubes de fans tiene algo de eso. Otra cosa es que la opacidad del proceso alimenta las dudas sobre si realmente todo el mundo juega en igualdad de condiciones, y en las colas formadas esta mañana –vivo muy cerca del Foto Ikatz de Santutxu y me he pasado por allí, por simple curiosidad– ya se escuchaban ironías sobre supuestos privilegiados que se saltan todo el proceso. Nunca sé si son rabietas ante la fortuna desfavorable o críticas con fundamento.
En el fondo, mi intento de comprar entradas forma parte del problema: me gustan AC/DC, llevo escuchándolos casi toda mi vida, pero también me da relativamente igual no verlos en directo, así que podría haberme abstenido de saturar aún más el sistema. Los eventos con más de cuatro mil personas me dan mucha pereza, implican un montón de incomodidades y de servidumbres que tienen poco que ver con lo que a mí me atrae del rock, y lo de ver un concierto en una pantalla gigante me parece uno de los mayores despropósitos de esta industria. Así que, nada, pásenlo muy bien los que hayan tenido suerte. Los demás, firmen en los comentarios: si me toca el bote de Euromillones, a lo mejor organizo un concierto privado de AC/DC sólo para mí y para ustedes, y que rabien los demás.
Actualizado: no ha habido suerte, señores. Cero números, cero estrellas. Busquen al tipo austriaco que nos ha robado los 28 millones y el concierto.
11 Nov 2008
El festival bilbaíno Musica Ex Machina tiene un nombre curioso. Primero, porque la música sólo es una parte de un extenso programa que aglutina también cine y arte de vanguardia. Y segundo, porque un porcentaje muy elevado de la afición jamás utilizaría la palabra música para describir los sonidos de los que hablamos, que se mueven mayormente por los terrenos del estruendo, la libertad formal y la melodía escasa. Yo dejé hace mucho tiempo de pelearme con la gente que defiende un uso restrictivo del término música, porque me da exactamente igual llamarlo ruido y la cuestión es que estas cosas me divierten, me interesan y, a veces, incluso me gustan, sobre todo en directo, cuando la monstruosa descarga decibélica se convierte en un raro placer físico. El MEM, que en pasadas ediciones ha traído a ídolos de esta pequeña cofradía como Merzbow o Whitehouse, abarca en esta ocasión todo el mes de noviembre e incluye los conciertos de dos artistas internacionales muy destacados que parten de conceptos prácticamente opuestos. Bajen y lean.
El día 25 estarán el L’Mono los estadounidenses Lightning Bolt, dúo de bajo y batería que practica un rock ruidista, hiperactivo y desatado, un puro borbotón de energía. Sus conciertos, en los que prescinden del escenario y tocan directamente entre el público en algún punto de la sala, tienen fama de ser una de las experiencias más intensas que puede proporcionar la música actual. Suban al máximo el volumen de su computadora y delen al youtube de arriba, que empieza con la presentación de John Peel. Y el día 22, en Santana 27, será el turno de los minimalistas Signal, el trío que reúne a los impulsores del sello alemán Raster/Noton, uno de los más importantes en la electrónica avanzada. Lo suyo, en principio, resulta mucho menos molesto para los oyentes desprevenidos, pero también se encuentra más lejos de esas convenciones del pop y el rock que todos tenemos tan asumidas. Pulsen, pulsen en el vídeo de abajo. Ah, también me parece muy interesante el concierto de Ankitoner Metamars, el dúo formado por dos veteranos de la escena: Anki Toner (que alcanzó cierta fama como vocalista de Superelvis) y Javier Piñango (de Mil Dolores Pequeños, Cerdos y otros). Aquí pueden descargarse por la jeta su primer disco, con versión del Hallelujah de Leonard Cohen y todo: vamos, ideal para introducirse sin sobresaltos en el universo poco cartografiado del MEM.
18 Sep 2008
Extremoduro son difíciles de clasificar, un rasgo que ellos seguramente contemplarán como una virtud, pero que conduce a menudo a tergiversaciones y a concepciones equivocadas sobre su trabajo. Lo más fácil, lo que se ha hecho siempre, es meterlos en el saco sin forma y sin fondo del kalimotxerismo, junto al punk patatero más cerril y cencerril, pero el parecido entre las canciones de Robe Iniesta y –pongamos– Piperrak es bastante anecdótico: si me permiten la exageración, es algo así como el parentesco entre Miles Davis y una fanfarria de peñistas, que también tocan la trompeta y consumen sustancias nocivas. El sonido de Extremoduro tiene poco o nada de punk y la sustancia poética de sus letras los aleja definitivamente de sus supuestos compañeros de viaje, por mucho que los arrebatos procaces y escatológicos de Robe –desde aquel ya lejano “cagó Dios en Cáceres y Badajoz”– les hayan distanciado de muchos aficionados impresionables. Para colmo, su estilo no es moderno sino más bien todo lo contrario, así que muchos críticos se han dedicado a ignorarles con decidida persistencia.
A mí me parecen un grupazo, responsable de algunas de las mejores canciones del rock español de los últimos veinte años. Y su nuevo álbum, La ley innata, tiene una pinta de obra maestra que asusta: ya saben que es una única suite con varios pasajes recurrentes, arreglos ambiciosos y letras que muchos no se atreverían a cantar, ya que los rockeros españoles siempre han sido muy pudorosos al tratar con la belleza. Vamos, que viene a ser un valiente disco de rock al estilo de los 70, cuidado al extremo y con una indisimulada vocación de perdurar. Quizá no sea para todos los gustos, pero yo prácticamente no he escuchado otra cosa en la última semana y, desde luego, no da la sensación de que se me vaya a agotar en mucho tiempo.
(Recuerden que los tienen el sábado en la plaza de toros de Bilbao, mientras yo me embrutezco en los sanmateos. Ah, la foto es de Merche de la Fuente).
25 Ago 2008
Se acabó la Aste Nagusia. Marijaia ha vuelto a su cubil para dedicarse a tareas intelectuales, porque es aficionada al ajedrez y gran lectora de Schopenhauer, aunque en fiestas disimula. La verdad es que uno cada vez se parece más a Marijaia en eso de no salir más que en Semana Grande y quedarse luego hecho un trapo, pero sacaré fuerzas para escribirles un resumen: me he reencontrado con los bocatas de Zapiain y el kalimotxo –ese inquietante brebaje que sólo tolero en fiestas–, he vuelto a espantarme ante los excesos a la vez grotescos e intolerables de algunas txosnas, he consumido fundamentalmente en Sinkuartel y Hontzak –la obsesión de éstos por El Correo se acerca a lo patológico, por cierto–, me he sorprendido al escuchar en El Arenal canciones como el Voy a mil de los primeros Olé Olé, he descubierto que el bilbaíno en fiestas sigue prefiriendo la txosna al bar aunque esté jarreando y he asistido a conciertos buenos, conciertos regulares y conciertos terribles.
En realidad, sólo tuve tres noches musicales. El primer sábado lo pasé divinamente con Munlet en el rock local de Bailén: son chica y chico (los tienen en la foto) y hacen electropunk, es decir, combinan bases electrónicas, estentóreos guitarrazos y letras de descaro nuevaolero. Huimos de Mamba Beat a los tres minutos –ojo, no es que sean malos, es que su estilo no es lo nuestro– y tuvimos una actuación estelar en Botica Vieja: nos presentamos allí a la una, dando por hecho que a esa hora tomarían el escenario The Teenagers, y descubrimos que el trío francés había tocado primero y que nos esperaba un concierto completo de Delorean. Que sí, que suenan muy bien y parecen británicos, pero me aburrí como una ostra modernilla.
El lunes, salí de trabajar y me precipité al rock local, porque había quedado allí. Llegué el primero y me tragué en solitario veintitantos minutos de Patada en la Papada, que deberían convertirse en un grupo tributo de La Polla: no necesitarían cambiar de estilo, porque ya lo calcan, y por lo menos eso les permitiría tocar alguna canción buena. Nos marchamos mientras sonaba el estribillo “hijo de puta, hijo de puta” y fuimos a caer en otro concierto punk: Josu Distorsión y los del Puente Romano en las txosnas. Y qué quieren que les diga, no había color: también son reivindicativos y propensos al lenguaje grueso, pero van sobrados de ingenio en sus discursos descacharrantes, sus ocurrencias líricas y sus ripios siniestrototaleros. Me reí un montón, hasta se me saltaron las lágrimas en un par de momentos. De allí nos marchamos al Antzoki, donde oficiaban Los Derrumbes –instrumentales surf– y los garajeros yanquis The Cynics, imbatibles en lo suyo. ¡Viva el rock y la iniciativa privada!
El jueves, Loan se salieron en Bailén. Quizá su rollo, entre el doom y el post hardcore, no sea para todos los públicos, pero hasta los más recelosos –conmigo iba uno– acabaron dejándose llevar por las poderosas sacudidas que salían del escenario. Acabamos felices, con el cerebro masajeado, y ese bienestar mental nos duró hasta la gran decepción de las fiestas: Siniestro Total en Abandoibarra. Este grupo se ha convertido en un Frankenstein indefendible: la gente va a verlos por sus viejos éxitos, gamberros y cazurros, pero ellos aspiran a ser un grupo adulto con alma de blues; la gente recuerda sus conciertos de hace veinte años, con las canciones enlazadas en un frenesí ramoniano, y se topa con un amante del monólogo que no sabe controlarse entre tema y tema; la gente, en suma, quiere ver a los Siniestro de Miguel Costas, pero tiene que conformarse con los Siniestro de Julián Hernández. Y, para eso, mucho mejor Josu Distorsión. ¿Sabían, por cierto, que Costas tiene banda nueva?
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