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27 Ago 2009

Todos los años me resulta muy interesante el recuento de asistentes a los conciertos de la Aste Nagusia que difunde el Ayuntamiento un par de días después de quemar a Marijaia, o echarla a la ría, o lo que quiera que se haga para deshacerse de ella. No me creo las cifras –si realmente estábamos 550 en Bailén viendo a MaderaCore, debían de ser la mayoría muy delgados, traslúcidos, invisibles–, pero supongo que sí sirven cómo orientación sobre qué actuaciones arrastraron a más gente y cuáles interesaron a cuatro gatos, o a mil. Parecía obvio que La Oreja iban a ser los triunfadores de estas fiestas, pese a tocar en lunes, y efectivamente se llevan la palma en la cuenta oficial al sumar 30.000 espectadores. Les siguen Ska-P, con 20.000, la enésima demostración de que el kalimotxerismo siempre funciona de lujo por estos pagos: me encantaron, por cierto, las declaraciones de los taxistas diciendo que habían llevado a mucha gente esa noche hasta Botica Vieja, a tope con el proletariado. Los Secretos atrajeron a 18.000 personas y Miguel Ríos & Rosana, a 17.000, para que vean con los viejos rockeros, mientras que Despistaos sumaron unos muy honrosos 15.000 en un martes. Pero lo más curioso quizá sean los tres conciertos menos frecuentados de ese escenario: We Are Standard, Zodiacs y Mamba Beat tuvieron delante –siempre según el Consistorio, ya saben– a 5.500 espectadores, en emocionante empate con La Excepción y Arianna Puello, y los ilustres Waterboys se quedaron en 5.000. Recuerden lo que decimos de vez en cuando por aquí: no se dejen engañar por el hecho de que a sus amigos les guste lo mismo que a ustedes, ni por esas revistas y webs donde leen sobre grupos guays, ya que estas músicas siguen siendo minoritarias.

También hay un dato muy interesante en Abandoibarra. Raphael, que se perfilaba como el otro gran concierto de la Aste Nagusia –no sé si les pasaría a ustedes, pero a mi alrededor todo el mundo quería ir–, tuvo 12.000 espectadores. ¡Dos mil menos que Fondo Flamenco, esos tres muchachos de los que muchos ni siquiera habíamos oído hablar hasta que petaron el Rock Star Live hace unos meses! Son más fondo que flamenco, pero les dedicamos la foto en su calidad de triunfadores del underground.

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21 Ago 2009

Claro, ven ustedes mi raquítica producción desde el chupinazo de la Aste Nagusia y a lo mejor me imaginan entregado al desenfreno, revolcándome en un lodazal de juerga y vicios. Y no, qué va: llevo unas fiestas de lo más tranquilito, apenas sin conciertos –pertenezco a esa extraña cofradía de quienes dan el aprobado al programa de fiestas aunque no les entusiasme mucho nada de lo que hay– y con un consumo de alcohol más intensivo que extensivo. Vamos, que he pimplado lo mío, pero lo he concentrado en un par de noches. Y es que, como dice una de las voces que retratan la Semana Grande en nuestra canción del día, “ya no estoy para estos trotes”. El tema pertenece al último álbum del grupo bilbaíno-madrileño Ornamento y Delito, bellamente titulado Putas y cocheros. Si no me falla la memoria, es el primer cedé que ha llegado a Evadidos en los cuatro años de historia del blog, pero no me tengan envidia: los Ornamento se lo regalan también a ustedes en formato emepetresero en este enlace.

Y eso, Gora Aste Nagusia! Aunque, como también menciona la letra, siempre llueva.

Ornamento y Delito - Gora Aste Nagusia! by Evadidos

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25 Ago 2008

Se acabó la Aste Nagusia. Marijaia ha vuelto a su cubil para dedicarse a tareas intelectuales, porque es aficionada al ajedrez y gran lectora de Schopenhauer, aunque en fiestas disimula. La verdad es que uno cada vez se parece más a Marijaia en eso de no salir más que en Semana Grande y quedarse luego hecho un trapo, pero sacaré fuerzas para escribirles un resumen: me he reencontrado con los bocatas de Zapiain y el kalimotxo –ese inquietante brebaje que sólo tolero en fiestas–, he vuelto a espantarme ante los excesos a la vez grotescos e intolerables de algunas txosnas, he consumido fundamentalmente en Sinkuartel y Hontzak –la obsesión de éstos por El Correo se acerca a lo patológico, por cierto–, me he sorprendido al escuchar en El Arenal canciones como el Voy a mil de los primeros Olé Olé, he descubierto que el bilbaíno en fiestas sigue prefiriendo la txosna al bar aunque esté jarreando y he asistido a conciertos buenos, conciertos regulares y conciertos terribles.

En realidad, sólo tuve tres noches musicales. El primer sábado lo pasé divinamente con Munlet en el rock local de Bailén: son chica y chico (los tienen en la foto) y hacen electropunk, es decir, combinan bases electrónicas, estentóreos guitarrazos y letras de descaro nuevaolero. Huimos de Mamba Beat a los tres minutos –ojo, no es que sean malos, es que su estilo no es lo nuestro– y tuvimos una actuación estelar en Botica Vieja: nos presentamos allí a la una, dando por hecho que a esa hora tomarían el escenario The Teenagers, y descubrimos que el trío francés había tocado primero y que nos esperaba un concierto completo de Delorean. Que sí, que suenan muy bien y parecen británicos, pero me aburrí como una ostra modernilla.

El lunes, salí de trabajar y me precipité al rock local, porque había quedado allí. Llegué el primero y me tragué en solitario veintitantos minutos de Patada en la Papada, que deberían convertirse en un grupo tributo de La Polla: no necesitarían cambiar de estilo, porque ya lo calcan, y por lo menos eso les permitiría tocar alguna canción buena. Nos marchamos mientras sonaba el estribillo “hijo de puta, hijo de puta” y fuimos a caer en otro concierto punk: Josu Distorsión y los del Puente Romano en las txosnas. Y qué quieren que les diga, no había color: también son reivindicativos y propensos al lenguaje grueso, pero van sobrados de ingenio en sus discursos descacharrantes, sus ocurrencias líricas y sus ripios siniestrototaleros. Me reí un montón, hasta se me saltaron las lágrimas en un par de momentos. De allí nos marchamos al Antzoki, donde oficiaban Los Derrumbes –instrumentales surf– y los garajeros yanquis The Cynics, imbatibles en lo suyo. ¡Viva el rock y la iniciativa privada!

El jueves, Loan se salieron en Bailén. Quizá su rollo, entre el doom y el post hardcore, no sea para todos los públicos, pero hasta los más recelosos –conmigo iba uno– acabaron dejándose llevar por las poderosas sacudidas que salían del escenario. Acabamos felices, con el cerebro masajeado, y ese bienestar mental nos duró hasta la gran decepción de las fiestas: Siniestro Total en Abandoibarra. Este grupo se ha convertido en un Frankenstein indefendible: la gente va a verlos por sus viejos éxitos, gamberros y cazurros, pero ellos aspiran a ser un grupo adulto con alma de blues; la gente recuerda sus conciertos de hace veinte años, con las canciones enlazadas en un frenesí ramoniano, y se topa con un amante del monólogo que no sabe controlarse entre tema y tema; la gente, en suma, quiere ver a los Siniestro de Miguel Costas, pero tiene que conformarse con los Siniestro de Julián Hernández. Y, para eso, mucho mejor Josu Distorsión. ¿Sabían, por cierto, que Costas tiene banda nueva?

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15 Ago 2008

Con la edad, uno afronta las fiestas con cierta planificación, porque la experiencia enseña que improvisar suele conducir a excesos poco recomendables a estas alturas de la vida. De manera que, a falta de un día para el chupinazo, ya he cerrado la lista de los conciertos a los que tengo intención de acudir. Aparte de bajar al rock local siempre que la jornada laboral me lo permita –es decir, sólo en mis días de libranza–, mi programa musical de Aste Nagusia se reduce a tres grupos.

El sábado iré a ver a The Teenagers. No soy fan, ni siquiera he escuchado entero su álbum, pero las tres o cuatro canciones que tengo en rotación desde hace meses me animan a emprender la larga expedición hasta Botica Vieja. En particular, Homecoming, un tema suavecito en lo musical y bastante bruto en lo lírico que narra la relación entre un inglés y una yanqui desde los dispares puntos de vista de ambos. Con perdón por las explicit lyrics, éste es el recuento de los hechos que hace el tipo en la primera estrofa: “La semana pasada volé a San Diego para ver a mi tía. El primer día conocí a su hijastra. Es animadora, es virgen y está muy bronceada. Cuando salió de su enorme coche, sólo pude darme cuenta de que era más que follable. Creo que volvía del partido o algo así, porque todavía llevaba esos tontos pompones. El segundo día me la tiré y fue salvaje”. Y el estribillo se lo dejo en inglés para que los motores de búsqueda me traigan al blog pervertidos de todas las naciones: “I fucked my American cunt”, dice él. “I love my English romance”, cuenta ella. Les enlazo el vídeo, que por alguna razón hoy los youtubes no se dejan insertar.

El lunes, no me quiero perder por nada del mundo a los Cynics en el Kafe Antzokia. Mi relación con el rock garajero ha ido cambiando con los años: cuando unos compañeros de la Universidad, los hermanos Cruz, me grabaron una casete de los Cynics, su música me interesó bastante poco porque estaba mucho más metido en el pop británico: ya saben, una cosa de más sensibilidad y sofisticación. Pero de un tiempo a esta parte escucho bastante garaje, desde grupos light como las francesas Plastiscines –tengo pendiente escribir sobre ellas algún día, por cierto– hasta engendros más cavernícolas como los Hexxers. Y, sin duda, los Cynics son mis favoritos del género, porque los Cruz sabían un montón de esto. Ahí va Baby What's Wrong...

Y el jueves viene mi gente de Logroño y tenemos previsto acercarnos a Abandoibarra, donde tocan Siniestro Total. Como tantos de ustedes, yo crecí con los primeros Siniestro Total, me distancié de ellos a raíz de la marcha de Miguel Costas –aquella voz y aquella presencia, macarras y guasonas, de sus grandes clásicos chocarreros– y asistí con tristeza a la posterior metamorfosis tradicionalista. Pero, aun así, un concierto de Siniestro Total siempre merecerá la pena, y más en las fiestas, que son su entorno natural. ¡A menear el bullarengue!

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14 Jul 2008

Con esto de que Bilbao se ha convertido en sede de festivales multitudinarios para gente añosa, hemos perdido un poco de vista la programación musical de la Aste Nagusia, que solía convertirse en preocupación y pasatiempo de los aficionados desde finales de la primavera. ¡Cómo nos entreteníamos con la ya tradicional cadena de rumores, confirmaciones y cancelaciones, sin saber si al final vendría David Bowie o David Bisbal, y el ejemplo es un decir! En cambio, este año se ha publicado un cartel que parece definitivo y no ha suscitado demasiadas repercusiones, ni emoción, ni indignadas discrepancias públicas. Si no están al tanto, pinchen aquí y lean, que les cedo el espacio de los comentarios para desbarrar cuanto quieran.

A mí me parece una buena programación, como siempre. Entiéndanme: creo que no me apetece mucho ver a ninguno de los artistas que actúan en los grandes escenarios (supongo que iré a los Teenagers, en la foto, y quizá a Amaral, o tal vez a alguna cosita más seria de la Plaza Nueva), pero es que nunca he pretendido que los señores del Ayuntamiento traigan música de la que me gusta a mí, y veo como una simple cuestión de suerte que en la selección caigan más o menos grupos que me interesen. Me parece muy difícil organizar un cartel de fiestas que atraiga a la cantidad exigible de público y contente de algún modo a las minorías mayoritarias (ya saben, los kalimotxeros, los raperos, los heavies, los modernos, los del reggae, los que quieren ver a Oskorri por cuadragésima vez...), así que retiro lo dicho: mejor que desbarrar, utilicen los comentarios para plantear propuestas alternativas con ocho conciertos en cada uno de los tres escenarios principales, a ver qué se les ocurre.

Eso sí, mi mayor alegría ha sido ver que han trasladado la muestra de rock local (ésa es la minoría a la que pertenezco, supongo) a un lugar menos insensato que el del año pasado. Nunca recuperaremos el placer sensual de abrevar en el Muga entre concierto y concierto, como cuando se celebraba en la plaza de Unamuno, pero al menos la calle Bailén parece una ubicación con cierto fuste y nobleza rockera.

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27 Ago 2007

Pues bueno, la Semana Grande y Húmeda ya ha terminado. Si miran el calendario de la derecha, observarán que a lo largo de las fiestas ha bajado nuestra productividad -bueno, la mía, porque el compañero Galante ha acudido despejado y sin lamparones de kalimotxo a sus citas de los domingos- y quizá lo atribuyan a una vorágine festiva que nos ha devorado como Gargantúa con hambre atrasada. En mi caso, se equivocan: he salido poco y mal, sin convencimiento, aunque he tenido ocasión de asistir a unos cuantos conciertos con desigual fortuna. ¿Se los comento? Para cuando contesten que no, será ya demasiado tarde.

The Pogues: me imaginaba a Shane MacGowan deteriorado por el alcohol, pero sinceramente no me esperaba que, además, estuviese tan borracho. Vamos, que contaba con el efecto de la bebida trasegada durante décadas, pero no creía que a esa ebriedad estructural se fuesen a sumar los combinados ingeridos antes del concierto e incluso en su transcurso. De todas formas, el hombre tiene tal costumbre de actuar beodo que cantaba mejor de lo que hablaba, e incluso fue mejorando hasta brindarnos (nunca mejor dicho) un final impecable y conmovedor. Para mí, claro, que soy fan y me sé las canciones, porque los que iban de nuevas seguramente no le pillaron la gracia ni la belleza a la cosa.

Rhino y Grey Daturas: yo quería aprovechar mi día de libranza para ver el rock local, porque normalmente se solapa por completo con mi jornada de trabajo, pero llovía y en El Arenal no había ni concierto, ni público, ni siquiera mesa de sonido. Así que acabé en un bar de Ripa sometido a la embestida brutal de los bilbaínos Rhino, trío impresionante al que tienen en esta foto y en este MySpace que deben visitar. No sé si el ambiente peludo y barbudo tenía mucho que ver con el rollo festivo, pero... ¡qué bien me lo pasé! Después, los australianos Grey Daturas nos sometieron a una sesión mareante y estupefaciente de ruido y electricidad. Genial.

Barón Rojo: ya sé que muchos de ustedes empezaron en el rollo del rock con Barón, pero por aquella época yo debía de andar escuchando a Mike Oldfield o alguna blandenguería similar, de modo que no comparto la nostalgia generalizada por sus clásicos antañones. Aun así, fui a Botica Vieja convencido de que iba a pasar un buen rato, además de cubrir un penoso vacío en mi culturilla de andar por casa, y me metí de cabeza en un infierno de lluvia, baterías averiadas, actitudes sonrojantes (esa coba de espectáculo de varietés, con frases como "en Bilbao la gente sí que sabe divertirse") y letras muy pasadas de fecha (la de los banqueros vampiros, la de "soy el hombre de Neandertal", la de...). Me pareció tan horrible que casi me siento culpable, como si tuviese que pedir perdón a sus seguidores.

Tulsa: no quería que se me acabasen las fiestas sin pasarme por el escenario de Fever en el Museo Marítimo, así que aproveché el concierto de Tulsa para darme un garbeo por allí. Me sentí gallina en corral ajeno, pulpo en garaje y cualquier otra comparación faunística que se les ocurra, pero la actuación me gustó un montón y el kalimotxo llevaba Coca-Cola de verdad, se lo juro. El amigo que iba conmigo acabó seriamente preocupado por Miren Iza (la verdad es que las letras se las traen, siempre al borde del abismo, con un tono confesional poco oído en la música española), además de preguntarse si a toda esa gente tan pija del público le gustaba realmente una lírica de tal exigencia. Ustedes échenle la bronca por la generalización injusta, que yo se la transmito.

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