27 Abr 2008

La paz esté con vosotros. Hoy arrancamos buenrollistas con el gran éxito de Yael Naim. No sé si procede mucho, porque al fin y al cabo es una canción bastante conocida, pero me parece una manera estupenda de empezar la mañana. Después, el power pop en perfecta forma de Paul Collins Beat, el hermanamiento entre Neu! y Jean Michel Jarre que logran Zombie Zombie, la reformulación del rock duro tradicional a manos de Witch y, como guinda, la ración semanal de dolor de cabeza: Trinacria, los de la foto, curioso conjunto noruego que resulta de sumar un quinteto de black metal y dos chicas dedicadas a la electrónica experimental (una de ellas, si me toleran el desliz rijosillo, la atractiva Maja Ratkje). Yo creo que con esto terminamos bellamente este miniciclo de sesiones dominicales, podéis ir en paz.

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23 Abr 2008

Los más jóvenes lo conocían sólo como el DJ largo y rubio del Kafe Antzokia de Bilbao, un tipo de apariencia tímida que se desvivía por complacerte cuando le pedías alguna canción. Pero, para mí, Josetxo Anitua siempre fue el vocalista de Cancer Moon, el grupo que protagonizó –junto a Los Bichos, La Secta, La Perrera y algún otro– la oleada más interesante que ha parido el rock del norte y, si me lo permiten, de toda España. Aquella gente demostró que se podía hacer música tan creativa como la de Londres o Nueva York y, de paso, nos permitió comprobar que no estábamos solos, que esos discos que escuchábamos en nuestra habitación también habían dejado su fermento en otras mentes. Recuerdo nítidamente a Anitua al frente de Cancer Moon –en un concierto que ubico en Logroño, pero en eso quizá me engañe la memoria– con la mirada fija, intensísima, y el cuerpo tenso y poseído por la electricidad, como un Ian Curtis que se hubiese situado al alcance de la mano.

Acaban de confirmarme la noticia de su muerte y me ha venido a la cabeza aquel concierto y una costumbre traviesa que mi amigo César y yo tuvimos durante un tiempo: cuando estábamos en el Antzoki con alguien de fuera, mandábamos al forastero a la cabina a pedir algo de Cancer Moon, sin explicarle la relación del DJ con el grupo. Espantado ante ese protagonismo indeseado, Josetxo jamás nos pinchó una de sus canciones, el muy modesto.

Yo le dedico una ahora a él...

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21 Abr 2008

Ya saben (y, si no, atraviesen esta puerta hacia la dimensión magoniana) que Robbie Williams se ha retirado del mundo para dedicarse a jornada completa a la ufología. El Guardian ha publicado este fin de semana un alucinante reportaje sobre su asistencia a un congreso sobre abducciones celebrado en Nevada. Al principio, la cosa suena preocupante: el Robbie rasurado de sonrisa lasciva se ha convertido en un freak barbudo, circunspecto y con visera, que colecciona DVDs sobre ovnis y los ve junto a su novia. Pero, poco a poco, su obsesión se va revelando como una simple vía de escape del aburrimiento, como si la cúspide del mundo fuese tan tediosa que no le quedase otro remedio que mirar hacia arriba para ver si aparece algún ser verde que le entretenga. De hecho, primero le dio por los espíritus: intentó pasar la noche en supuestas casas encantadas y trató con un par de videntes que le engañaron y le hicieron perder la fe. “Supongo que eso también podría pasar con los ovnis -admite- y entonces podría continuar con mi vida”. Y también dice: “Aunque se lo inventen todo, está mejor inventado que lo que escriben los tabloides. Es más interesante. Al menos, para mí”.

La verdad es que, cuando nos mofamos de las conductas demenciales de los ultrafamosos, a menudo olvidamos que su punto de partida son unas vidas muy raras, en las que nada parece de verdad. A mí me mandaron a entrevistar a Robbie Williams en un hotel de Bilbao cuando no era más que un ex Take That en busca de fortuna, la centésima parte de popular de lo que es ahora, y eso me permitió atisbar su enfermizo día a día: cuando llegué en taxi, decenas de fans apelotonadas frente a la puerta principal se abalanzaron sobre el vehículo pensando que el pasajero podía ser Robbie (mi apostura de esa época sin duda ayudó) y después me entregaron todo tipo de obsequios para el ídolo, desde peluches con corazones hasta la camiseta del Athletic que finalmente lució para la foto. La habitación del cantante estaba en la planta más alta, pero se seguían escuchando los chillidos histéricos procedentes de la calle. ¡Había desmayos! Y, en medio de todo eso, el tipo me pareció sorprendentemente cercano y... normal, si se tiene en cuenta que había vivido ya varios años en el ojo de ese remolino de pasiones desbordadas y engañosas. Ahora, según parece, ha cambiado una ficción por otra.

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20 Abr 2008

Buf, qué semana en blanco tan fea. Menos mal que los domingos le dejan a uno tiempo libre para trabajar... Hoy empezamos la mar de indies, con Black Francis haciendo el pixie (su nuevo miniálbum es lo mejor que ha editado desde... ¿1993?) y con Bella, el trío de la foto de abajo. Después, la cosa se pone frenética y los títulos se vuelven extravagantes con la batidora sónica de Does It Offend You, Yeah? y el metal retro de The Sword. Y acabamos con el islandés Ólafur Arnalds, cuyo neoclasicismo instrumental quizá sea un poco sentimentaloide, hueco, esforzadamente bonito, pero sirve para reequilibrar los sistemas nerviosos tras la macarrada precedente.

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13 Abr 2008

Como dice un amigo mío, hasta esta semana éramos mayores que los futbolistas, pero ahora empezamos a ser también mayores que los ministros. Y quizá sea por el sentido de la responsabilidad propio de esta edad avanzada, pero el caso es que me siento inesperadamente capaz de cumplir por tercera semana una obligación autoimpuesta, como un hombrecito: en la sesión de este domingo les va el impetuoso garaje de White Denim, el blues-jazz nocturno de Melody Gardot (en la foto de abajo), el indie pop sensible de Bitter Bitter Weeks, la chispeante energía adolescente de Be Your Own Pet y la macarrización que hacen Ministry de la vieja canción de trabajo Black Betty (muy similar, y para mi gusto inferior, a la que firmaron hace cuatro años los australianos Spiderbait). Todo made in USA, ha salido así.

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11 Abr 2008

Internet está mostrando al mundo algunos puntos débiles de la democracia chikilicuatre, esa que, sólo por quedar de guay, deja en manos de la masa decisiones de las que uno se puede arrepentir después. Les ha pasado a los Mets, el club de béisbol de Nueva York, que organizaron una votación abierta en la red para elegir la canción que iba a servirles de himno, con el admirable propósito de dejarla atronar por la megafonía antes de los partidos y unir a todo el público en una sola voz y una misma ronquera. A sus propuestas –cosas tan honestas y americanas como el Living On A Prayer de Bon Jovi– se sumó una aportación popular inesperada, el Never Gonna Give You Up de Rick Astley, que acabó arrasando en el referéndum. El promotor de la iniciativa se debió de quedar bailando el brinkindans, el crusaíto, el michaeljackson y el robocop, todo a la vez. Y aquí hago una pausa para menores de treinta: Rick Astley era un inglés pelirrojo que en los 80 cantaba para un equipo de productores llamado Stock, Aitken & Waterman, reputados por facturar la música más hortera de la década, aunque el bueno de Rick tenía una gran voz y ese tema en concreto es perfectamente defendible siempre que no sea como himno de un viril club deportivo estadounidense.

Los Mets han sido víctimas del fenómeno conocido como rickrolling, una de las bromas por Internet más exitosas de los últimos años. Su objetivo es impedir que se extinga la llama del Never Gonna Give You Up y, hasta ahora, su principal mecanismo habían sido los enlaces engañosos que conducen a páginas donde se muestra el videoclip de la canción: vamos, como si yo les digo que aquí tienen a El Duque desnudo y aquí, la escandalosa escena lésbica entre Elsa Pataky y Scarlett Johansson. Con la votación de los Mets, les bastó correr la voz por Internet para que todo el mundo se apuntase a la gracieta. Lástima que el club neoyorquino haya ignorado la decisión de la mayoría y se haya sacado de la manga una segunda ronda, que se dirimirá según las “reacciones” del público en el estadio. ¡Para que luego presuman de demócratas!

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08 Abr 2008

Al pobre Pete Doherty lo han enchironado por incumplir las especificaciones de su libertad condicional: aparte de que su sentencia por posesión de drogas y conducción ilegal le exigía someterse a rehabilitación, y no sé yo si el concepto de rehabilitado se ha vuelto tan elástico como para incluir a este hombre, la cuestión es que no acudió a una de sus citas en el juzgado y llegó tarde a otra. Cosa lógica, por otra parte: no tengo ninguna duda de que Pete estará adornado de muchas virtudes, pero jamás imaginé que entre ellas pudiese estar la puntualidad. Si se inventase la máquina de visitar cerebros, yo me apresuraría a hacer una excursión al de este tipo, porque sus mecanismos mentales han de ser un espectáculo fascinante, sobrecogedor, digno de quedarse con la boca abierta. Como suele estar él, por otra parte, y lo digo desde mi cariñosa postura pro-Doherty.

En realidad, en el actual mundo de la música, mercantilista y sostenido por la ambición, Doherty es excepcional porque no rige su vida por cálculos. Lo de hoy sirve de prueba: por ahorrarse echar una firma en el juzgado, una tarea que es sólo un poco más trabajosa que bajar a por el pan, va a tener que posponer el conciertazo que tenía programado este mes en el Royal Albert Hall. Y, si le obligan a cumplir las 14 semanas de condena, tampoco podrá estar con los Babyshambles en el festival de Glastonbury. Ay, este hombre es uno de los pocos idealistas que quedan en el rock de hoy, aunque no tenga muy claro qué ideas son las suyas.

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07 Abr 2008

Uno se pasa la vida intentando definir su gusto para poder explicarlo a los demás, pero después llega un disco y lo trastoca todo. El segundo álbum de las Charades (permítanme el femenino aunque haya un Guillermo a la batería) no encaja en ninguna de las categorías que suelen formar parte de mis preferencias, pero se ha convertido de largo en mi disco favorito de lo que va de año. En realidad, ni siquiera sé muy bien en qué categorías encaja: es rock bastante clásico, dulce en las armonías vocales pero contundente en el fondo, con cierto filo que recuerda al rock alternativo de los últimos 80 y primeros 90. Y juro que esto ya lo pensaba yo antes de leer que querían sonar “como si las Breeders se casaran con Buffalo Springfield”, porque de hecho lo que se me había venido a mí a la cabeza eran los Byrds y Lemonheads. En fin, que En ningún lugar es una auténtica gozada, breve y sustanciosa, disfrutable por cualquiera, con letras en castellano que remiten a la intensidad de sentimientos de la adolescencia. Pero vamos, qué les voy a contar si pueden catarlo a placer en su MySpace.

Y ya, de paso, curioseen la lista de las diez canciones que prefieren estas chicas cuando están "recién levantadas por la mañana", un genial despertador que empieza con The Jamaicans y acaba con Edwin Starr, haciendo escalas en los Zombies, las Breeders o Dusty Springfield. ¿Que ellas sí que tienen un gusto difícil de definir? No se crean: es simplemente bueno.

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06 Abr 2008

Ahí van las cinco canciones de este domingo, en una selección claramente esquizofrénica que pasa de lo sereno a lo bestial. La versión cantautoril que hace la noruega Hanne Hukkelberg del Break My Body de los Pixies, la dulzura pop de La Bien Querida (a quien, en esta canción, se la ve bastante mal querida), una buena dosis de folclore búlgaro con Valya Balkanska y, al otro extremo del espectro de la brutalidad, el punk de baja fidelidad de Black Bug (en la foto) y el impresionante tema que abre el nuevo álbum del trío japonés Boris. ¡Sea el primero en escuchar la sesión! ¡Sea, quizás, el único!

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04 Abr 2008

En inglés se suele llamar hype a la promoción desmesurada que la prensa brinda a algunos artistas. Los críticos británicos, en concreto, siempre se han mostrado muy propensos a encumbrar a grupos que sólo han dado tres conciertos y, con suerte, han grabado un single. Casos señeros son los de Strokes o los Horrors, pero muchos otros quedaron finalmente como curiosidades de hemeroteca. Con el florecimiento de Internet, muchos pensaron que declinaba la época de los hypes, porque un ejército de aficionados bien pertrechados de blogs iba a contrarrestar la tiranía caprichosa de los cuatro plumillas que pontificaban desde los medios más influyentes.

Pues bien, me parece que está sucediendo justo lo contrario, en parte porque esa tendencia tan clara en el Reino Unido y EE UU no era sólo culpa de los críticos: el voraz consumo musical de ambos países obliga a buscar constantes novedades y next big things que satisfagan la demanda, alimenten las listas y mantengan la ilusión. Y eso no ha cambiado, porque ahora uno se harta de encontrarse los mismos grupos en todos los blogs, que se contagian unos a otros y van formando una gran ola con tres o cuatro bandas en la cresta. Ni sé cuántos posts voy leyendo ya –bueno, a partir de cierto momento, lo de leerlos es un decir– sobre Hercules And Love Affair, los resucitadores de la música disco apadrinados por Antony, o sobre Foals, la penúltima revelación del neopostpunk, o sobre Vampire Weekend y su pop de influencias africanas y antillanas. Y, como ha ocurrido casi siempre con los hypes, uno tiene la sensación de que la cosa está bien pero no es para tanto: quizá no te den gato por liebre, pero sí te cuelan producto de piscifactoría como lubina salvaje.

Dicho esto, cómo me gusta el disco de Vampire Weekend...

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