31 Ago 2008
Según ha decidido no sé quién, hoy es el Día del Blog, y todos los que regentamos uno de estos chiringuitos estamos llamados a hacer "algo grande" que, en realidad, no es para tanto: recomendar cinco blogs que nos interesen. Bueno, las normas son más exigentes, porque los blogs en cuestión han de ser "nuevos" (¿abiertos ayer, hace un mes, en el último lustro?) y sus responsables deben estar avisados de que se les va a nombrar, pero me parece que estas reglas han nacido predestinadas al incumplimiento general. También se nos pide que elijamos blogs alejados de nuestra "cultura, punto de vista y posición", pero es que uno, sencillamente, no suele leer cosas que le sean totalmente ajenas, así que me he limitado a seleccionar cinco blogs de la última docena a la que me he suscrito, y aun así he hecho trampa al final. A ver si les gustan:
... No es extraño este vinilo? Impresionante selección descargable de discos españoles de los 80 en la que conviven clásicos inevitables y canciones devoradas por el olvido. Entre las últimas incorporaciones figuran referencias de Décima Víctima, Fernando Márquez, Danza Invisible, La Morgue, Luna o Esqueletos.
Raven Sings The Blues: Canciones descargables (ya saben, con la intención de que las escuchen y, si les gustan, se compren el disco, faltaría más) de distintas facciones del rock alternativo, a menudo extraídas de vinilos de siete pulgadas. Entre los temas más recientes tenemos a los Okmoniks, Mac Blackout o Milk N'Cookies. Yo tampoco los conocía, para eso está este blog.
Íñigo Domínguez: El corresponsal en Roma de este periódico escribe sobre su país de acogida y da rienda suelta a sus italofilias (viva la comedia) y sus italofobias. Aprovecho, de paso, para recomendarles su fascinante recorrido en descapotable por la costa mediterránea española: si se lo han perdido, acudan a las hemerotecas, aunque yo creo que donde debería acabar este texto es en las bibliotecas.
Metal Inquisition: un blog en inglés dedicado a mofarse con bastante mala baba de los aspectos más risibles del mundo del metal, que parecen inagotables. Puede ser muy cruel, sobre todo en sus disecciones estéticas de bandas absolutamente desconocidas, cuyos myspaces saquean en busca de material ridículo. La foto de abajo es, por supuesto, suya.
Orsai: vale, no es nuevo, ni me acabo de suscribir a él, pero Hernán Casciari me gusta mucho más que Maradona en el papel de Dios argentino y gordito. Cada actualización suya es un alegrón y da sentido a la existencia de eso que llaman blogosfera. Ah, el efecto argentinizante se potenciará si lo complementan con la tira diaria de Liniers.
27 Ago 2008
La pose es un asunto complicado incluso a la hora de explicarlo, pero creo que todos lo entendemos por pura experiencia personal. En cualquier sector de la cultura, junto a los aficionados genuinos, hay advenedizos que se suben al tren porque les gusta la gente que va dentro: la mayoría conoceremos a algún supuesto amante de la música electrónica, la comida japonesa o la novela del siglo XIX en el que se adivina cierta insinceridad. Es decir, da la impresión de que le motiva más la idea de pertenecer a ese club que la actividad del club en sí. Pero resulta difícil identificar a los impostores, quizá porque todos albergamos en nuestro interior una sombra de pecado, quizá incluso porque muchas pasiones auténticas enraizaron a partir de la pura pretensión.
Pensaba en esto el pasado fin de semana mientras leía un foro de Internet. Sitúo a los desubicados: existe algo llamado Last.fm que contabiliza las canciones que los usuarios escuchan en su ordenador y, por pura acumulación, va delimitando su universo musical, y existe algo llamado ‘índice de la apertura mental’ que analiza un perfil concreto de Last.fm y le asigna un número en función de su amplitud de miras, es decir, de la cantidad de géneros diferentes que aparecen en su listado. De ese modo un usuario –pongamos Pepito, o DarkKnightFromRottenHell– descubre que su índice de apertura mental es 114. No sabe si está bien o mal, porque ni siquiera queda claro cuál es el máximo, pero pronto comprobará que otras personas ostentan índices más altos y, probablemente, se active en él el mecanismo que conduce a la pose.
El hilo que me llamó la atención servía de ventana privilegiada e insólita sobre este fenómeno: la gente discutía cómo mejorar su índice. No deseaban ampliar su culturilla, sino superar al vecino. Y el remedio es fácil, sólo hay que escuchar estilos musicales que jamás te han interesado y que, de hecho, siguen sin interesarte. Free jazz, dub, bluegrass, motetes, power metal, dubstep, gamelán indonesio, jotas, ambient aislacionista, sludgecore, didgeridoo, música concreta, noise japonés, txalaparta, recopilaciones yeyés... Algunos están dispuestos a soportar cualquier tortura –porque bastantes de estos sonidos que he mencionado pueden resultar casi letales para el recién llegado– con tal de quedar como gente de mente abierta y orejas desprejuiciadas. Pero la cosa va más allá, porque, en rigor, no les hace falta escuchar la música, sino sólo que su ordenador la reproduzca, así que esta nueva generación de farsantes podrá cumplir el sueño de sus predecesores a lo largo de la historia: se convertirán en miembros distinguidos de clubes que les son completamente ajenos.
¿Qué, hace un poquito de gamelán?
23 Jul 2008
Soy uno de esos personajes aburridos y tristones que utilizan en su teléfono móvil el sonido clásico de un timbre. Sí, ya sé que es una opción sosona, como de pensionista, cuando existen propuestas tan rejuvenecedoras como el conejo orejibajo de los mimitos –“eres tú mi peluchito”, canta el bicho, que muy listo no parece– o el gorila rapero de los pedos, pero ya odio bastante el móvil, una pieza de tecnología de la que prescindiría muy a gusto, como para empeorar nuestra relación con sonidos detestables. Sí me he planteado alguna vez meterle algún fragmento de canción, por eso de mostrar la individualidad frente al mundo, pero todavía no se me ha ocurrido ninguna idea mínimamente brillante: todas las que se me pasan por la cabeza –la mayoría nostálgicas, desde el 99 Luftballons de Nena hasta los ruidos raros de los primeros OMD– son o vulgares, o poco funcionales, o cargantes a medio plazo.
Así que ahora he comenzado a explorar los tonos de autor, por si suena la flauta... Aunque, bueno, flautas precisamente no se escuchan muchas en esta colección que ofrece gratuitamente el sello Nexsound, especializado en “música medioambiental” y “ambient insumiso”. Reconozco que quizá no sea funcional en absoluto y que puede resultar cargante a plazo cortísimo, inmediato, pero seguro que ustedes también encuentran interesante este tono del artista español Francisco López –el del centro en la foto de abajo– titulado Broadband Grindcore: suban el volumen, pinchen aquí y atiendan la llamada.
16 Jul 2008
Internet nos ha cambiado la vida a todos en alguna medida, pero a los periodistas nos la ha revolucionado. Muchas veces, nuestro trabajo consiste fundamentalmente en escribir como si supiéramos sobre algo de lo que ignoramos casi todo, todo o aún más. Antaño, hace una década, el jefe le encargaba a uno cascarse una pieza sobre algún tema peregrino de gran interés general y nulo interés particular (yo qué sé, el sellado de pozos sépticos en el Gran Bilbao) y uno tenía que empezar a hacer llamadas kamikazes a seres misteriosos, voces en posesión de saberes arcanos que servían de orientación en un mar de desconocimiento. Ahora, en cambio, uno tira de Google y ya puede disertar como un experto, a menos que el que está delante sea un experto de verdad. En la información cultural y la crítica, el asunto ya es brutal. Sin entrar en lo ilegal, inmoral o feo –plagios de medios extranjeros, ideas saqueadas a blogs, citas de erudito sacadas de un buscador–, Internet es una joya para contextualizar y resolver en un momento cuestiones que antaño –sí, hace una década– habrían llevado semanas.
Y ahora es cuando descubren que les he soltado este rollo simplemente porque quiero ponerles dos vídeos guays. Es que ayer estuve contextualizando un par de cosas y, a la vez que pensaba en cómo simplifica el trabajo Internet, me acordé de ustedes. Quería averiguar hasta qué punto es verdad eso que dicen de que Coldplay han plagiado a la bella corsa Alizée, una comprobación que antes habría requerido poseer los dos discos y ahora se resuelve con un simple clic. Y, a la vez que desechaba las acusaciones como ganas de buscarle tres pies a Chris Martin, me di cuenta de que no había colgado jamás por aquí uno de los vídeos más nocivos para el heterosexual virtuoso. Hela.
Mi otra pesquisa tuvo que ver con la aparición de la cantante Feist en Barrio Sésamo, un paso casi inevitable cuando uno de tus éxitos se titula 1, 2, 3, 4, como si el letrista fuese el Conde Draco. Quería saber qué otros artistas habían visto realizado su sueño infantil de actuar con las marionetas –¿cómo habría podido investigarlo en la era preinternética?– y me topé con esta maravilla: R.E.M. cantando junto a los Muppets su exitazo Furry Happy Monsters, vamos, Felices monstruos peludos. Seguro que muchos de ustedes conocen de sobra este vídeo, pero yo no lo había visto nunca: después de lo que les he contado en el primer párrafo, no vamos a hacernos los listos.
11 Abr 2008
Internet está mostrando al mundo algunos puntos débiles de la democracia chikilicuatre, esa que, sólo por quedar de guay, deja en manos de la masa decisiones de las que uno se puede arrepentir después. Les ha pasado a los Mets, el club de béisbol de Nueva York, que organizaron una votación abierta en la red para elegir la canción que iba a servirles de himno, con el admirable propósito de dejarla atronar por la megafonía antes de los partidos y unir a todo el público en una sola voz y una misma ronquera. A sus propuestas –cosas tan honestas y americanas como el Living On A Prayer de Bon Jovi– se sumó una aportación popular inesperada, el Never Gonna Give You Up de Rick Astley, que acabó arrasando en el referéndum. El promotor de la iniciativa se debió de quedar bailando el brinkindans, el crusaíto, el michaeljackson y el robocop, todo a la vez. Y aquí hago una pausa para menores de treinta: Rick Astley era un inglés pelirrojo que en los 80 cantaba para un equipo de productores llamado Stock, Aitken & Waterman, reputados por facturar la música más hortera de la década, aunque el bueno de Rick tenía una gran voz y ese tema en concreto es perfectamente defendible siempre que no sea como himno de un viril club deportivo estadounidense.
Los Mets han sido víctimas del fenómeno conocido como rickrolling, una de las bromas por Internet más exitosas de los últimos años. Su objetivo es impedir que se extinga la llama del Never Gonna Give You Up y, hasta ahora, su principal mecanismo habían sido los enlaces engañosos que conducen a páginas donde se muestra el videoclip de la canción: vamos, como si yo les digo que aquí tienen a El Duque desnudo y aquí, la escandalosa escena lésbica entre Elsa Pataky y Scarlett Johansson. Con la votación de los Mets, les bastó correr la voz por Internet para que todo el mundo se apuntase a la gracieta. Lástima que el club neoyorquino haya ignorado la decisión de la mayoría y se haya sacado de la manga una segunda ronda, que se dirimirá según las “reacciones” del público en el estadio. ¡Para que luego presuman de demócratas!
26 Oct 2007
Casi no tengo tiempo para estar con ustedes, pero no puedo pasar sin recomendarles el Orsai de hoy.
04 Oct 2007
Ya saben que, a partir del miércoles que viene, Radiohead permitirá descargar su nuevo álbum a cambio de la voluntad, en un gesto que todo el mundo califica con justicia de revolucionario pero que no se queda sólo en eso: también resulta tremendamente divertido, mucho más que cualquier cosa que haya hecho antes la doliente banda británica. Porque, claro, después de muchos años de quejas airadas por lo cara que nos cobran la música, ha llegado el momento de fijar qué precio nos parece justo: ¿cuánto les pagamos a los chicos a cambio de In Rainbows, el importe de un café, el de una caña, el de un combinado, el de un menú del día? ¿Acaso tendremos remordimientos si sólo les damos nuestro eterno y baratísimo agradecimiento? ¿Mentiremos como bellacos al contar a los colegas nuestra aportación? Imagino que la maniobra les saldrá bien, porque el público quiere premiar su valentía y está dispuesto a apoquinar para oponerse al mercado tradicional, a todos esos figurones antipáticos que llevan años criminalizando los P2P y llamando ladrones a sus propios hijos y nietos, pero me gustaría que se hiciese pública la donación media que han hecho los compradores. ¿Ustedes cuánto calculan que saldrá?
Por supuesto, está claro que la cosa sería muy distinta si todos los artistas utilizasen el mismo sistema para comercializar sus productos: seguro que entonces la casilla para determinar nuestra aportación se nos volvía invisible, como esas huchas grandotas que suelen languidecer en los museos gratuitos. Pero supongo que el órdago de Radiohead sólo es un modelo válido para grupos con una masa de seguidores nutrida y fiel, con un estatus que convierta el gesto en acontecimiento. Si la tecnología no frustra el proceso en su momento cumbre, estremece pensar cuántas personas estaremos escuchando simultáneamente un disco recién parido.
22 Sep 2007
MySpace no es, desde luego, mi espacio. Su éxito me desconcierta: entiendo que viene muy bien, por ejemplo, a los músicos, que se ahorran el esfuerzo de hacerse una web convencional y pueden colgar sus canciones, sus fotos y sus ocurrencias para disfrute del mundo entero, pero no acabo de captar esa dimensión de red social, de acumulación de miles de amigos que se intercambian mensajes vacíos de contenido. Vale, a lo mejor dos o tres de cada cien tienen más sustancia que "gracias por tu ad", "holaaaaaa" o "estás muy wapa en la foto", pero supongo que sus autores son gentes anticuadas, ajenas al imperio de la nadería, que acabarán abandonando o convirtiéndose a la ortografía demencial y la abolición del pensamiento.
Pero bueno, aunque me reviente bastante el tono general, sí he encontrado una aplicación entretenida a MySpace: da resultados muy curiosos buscar un artista llamativo, saltar de su perfil al de algún amigo suyo y repetir la operación indefinidamente hasta que la vida te ofrezca algo mejor que hacer. Mis dos últimas excursiones han sido por bandas taiwanesas -a partir de VARO, un trío de chicas que les recomiendo desde aquí- y por grupos españoles... cómo diría yo... peculiares por su lírica y, muchas veces, por su bautismo, en un estilo de cuelgue irreversible que parece tener tremenda raigambre en la Comunidad Valenciana. Así fui visitando a gente como España (autores de hits como Wagner era heterosexual, en la línea de las novelas que comentaba ayer el camarada Coca), Anticonceptivas (cómo me recuerdan a los primeros Siniestro Total en Las monjas de clausura) o los electrónicos Amanita y los Faloides (los de la foto del pulpo, con creaciones tan redondas como Teruel no existe). A lo mejor les provocan risa de la mala, pero les aseguro que en MySpace son un reconfortante oasis de brillantez, con textos que incluso utilizan la ironía y las oraciones subordinadas.
28 Ago 2007
A los periodistas nos gusta mucho armar bulla con asuntos como Second Life, ese universo virtual que brinda la posibilidad de ser otro, de crearnos un avatar para vivir con él las aventuras que el mundo real nos niega. Pero, últimamente, noto que Internet está provocando en mucha gente el efecto más o menos opuesto: la virtualización de la vida, la renuncia a la biografía privada en favor de un avatar público. Los escritores y, en especial, los autores de diarios conocen bien el riesgo de reducir tu existencia a una mera acumulación de experiencias susceptibles de ser contadas, del mismo modo que algunos turistas entienden sus vacaciones como un safari fotográfico sin interrupción. Pero, con la posibilidad de difusión que da Internet, el fenómeno ha alcanzado dimensiones de pesadilla: hay personas que parecen vivir para volcarse en sus blogs o, muy particularmente, en sus fotologs, que se crean un perfil y luego ajustan a él su realidad. Al fin y al cabo, ¿qué se puede esperar de una cultura que llama amigos a esa recua de desconocidos que figura en la lista de MySpace?
Hablo de esto porque he descubierto en mí algún síntoma leve de esta enfermedad. Cada vez consulto más mi perfil de Last.fm para ver qué canciones he escuchado en la última semana. Y, a veces, me alegro cuando me salen determinados grupos en el random del iPod, pero no porque en ese momento me apetezca escucharlos más que a otros, sino porque quiero que avancen puestos en mi ranking de usuario. Ay, cuánta tontería.
02 Ago 2007
La actualidad de la música siempre ha tenido una dimensión subjetiva que, últimamente, parece haber ganado relieve. Para quien no conoce el Closer de Joy Division, editado en 1980, este disco es tan nuevo como el que acaban de sacar Interpol (y perdón por este ejemplo tan malintencionado); a quien no lo ha escuchado jamás, el primero de los Bee Gees, de 1967, puede resultarle tan sorprendente como el nuevo de Art Brut. En fin, ya me entienden: todos tenemos unos discos en rotación intensa que pueden llevar décadas en el mercado, pero que acabamos de descubrir y forman nuestra banda sonora del momento. Tengo la impresión de que las revistas musicales olvidaron durante mucho tiempo este hecho y se centraron excesivamente en la pura novedad, un enfoque que a menudo les obligaba a sobrevalorar discos mediocres para dar la impresión de que la creación bullía, pero últimamente prestan mucha más atención a las reediciones y a la repesca de joyas añejas. Internet y su plena disponibilidad habrán tenido algo que ver.
Los blogs musicales son el extremo de esta tendencia, y permiten que el aficionado se cree una actualidad a medida con, por ejemplo, álbumes de rock progresivo de 1971. Un caso particularmente radical es el de Zakkorama, que ha emprendido la difusión de recopilaciones con lo mejor de la música popular y, en su avance año a año, va por... ¡1941! Y aquí me tienen, escuchando a los Ink Spots -en la foto-, George Melachrino, Wendy Clare y otros espectros del pasado lejano, que me seducen mucho más que la última hornada de copistas británicos y americanos. Son novísimos, al menos para mí.
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